Prisciliano
Aunque parece que el autor de la secta llamada de los priscilianistas fue un tal Marco, natural de Egipto, Prisciliano le dio el nombre y es conocido como el corifeo y patriarca de ella. Era español y descendiente de una familia distinguida. Poseía riquezas, talento, mucha facundia, el arte de persuadir y hacerse dueño de los corazones y una bella índole; dotes más que suficientes para hacer prosélitos y ganar partidarios de su causa. Agréguese que era frugal y desinteresado, capaz de sufrir abstinencias y vigilias, fogoso, inquieto y estaba animado de una viva curiosidad. Su exterior humilde, la compostura de su semblante y su elocuencia sedujeron a mucha gente.
Los priscilianistas formaron una secta considerable. Higinio e Idacio, obispos de Córdoba y Mérida, se opusieron a los progresos de estos herejes; pero Higinio se dejó seducir por ellos e Idacio consiguió agriarlos mas no ganarlos. Después de larga controversia los obispos de España y Aquitania reunidos en concilio en Zaragoza los condenaron. Instancio y Salviano, obispos priscilianistas, lejos de someterse a la sentencia del concilio consagraron obispo a Prisciliano. Entonces Idacio de Mérida y otro prelado llamado Itacio recurrieron al emperador Graciano, para que mandase echar de todas las provincias del imperio a los priscilianistas. Estos se dispersaron y eludieron los más el rigor de la ley por medio del disimulo. Prisciliano, Instancio y Salviano fueron a Roma y a Milán con intento de engañar al papa San Dámaso y a San Ambrosio; pero como estos les diesen repulsa, encaminaron todos sus esfuerzos a ganar al emperador Graciano, y con redobladas instancias y presentes lograron por influjo del mayordomo mayor de palacio Macedonio un edicto de revocación del de su destierro y expulsión; con lo que volvieron a poseer sus iglesias.
También ganaron la protección de Volvencio, proconsul de España, y a la sombra de tan poderoso protector persiguieron a Itacio como perturbador de las iglesias. El obispo católico hubo de buscar un asilo en las Galias, donde por más que hizo no pudo conseguir que llegase la verdad a oídos del emperador, porque siempre estaba sitiado por Macedonio.
Cuando Máximo se apoderó del cetro imperial, Itacio le presentó un memorial contra los priscilianistas, y el emperador convocó inmediatamente un concilio en Burdeos, donde mandó comparecer al heresiarca y sus principales secuaces. Instancio y Prisciliano fueron conducidos ante el concilio: el primero fue depuesto de su dignidad; mas el segundo temeroso de la misma pena apeló al tribunal del emperador, y el concilio tuvo la debilidad de otorgar esta apelación irregular, cuando debía, como dice Sulpicio Severo, condenar al heresiarca por contumacia o reservar el juicio a otros obispos si estos eran sospechosos para el acusado, y no someter la causa al emperador.
Los sectarios fueron llevados a Tréveris donde Máximo residía con su corte, y los siguieron como acusadores Idacio e Itacio, que obraron más bien por pasión que por celo de la justicia, porque olvidando lo que se debía a la santidad de su ministerio, procuraron que fuesen condenados a muerte los herejes y no se sonrojó Itacio de presenciar el tormento. San Martín que llegó por entonces a la corte para implorar el perdón de algunos desgraciados, conjuró al emperador que no se arrogase el juicio de una causa eclesiástica y que no derramase la sangre de los culpables limitándose a separarlos de sus iglesias. Itacio para evitar los efectos del celo de San Martín le acusó de herejía; pero este inicuo medio le salió mal. Mientras el santo prelado estuvo en Tréveris, se suspendió la sentencia de los priscilianistas, y cuando se partió, le prometió Máximo que los acusados no sufrirían la pena de muerte. Mas apenas se ausentó San Martín, el emperador cediendo a las instancias y consejos de los obispos Magno y Rufo (este último fue depuesto luego por hereje) cometió la causa de los priscilianistas a Evodio, prefecto del pretorio. Este magistrado era justo; pero fogoso y severo: examinó dos veces a Prisciliano y le dejó convicto y confeso de haber propagado doctrinas torpes, de haber tenido juntas nocturnas con mujeres corrompidas y de haberse puesto en cueros para hacer oración. Evodio dio su informe a Máximo, quien condenó a muerte a Prisciliano y sus cómplices.
Lejos de extinguirse la herejía con el suplicio de Prisciliano se propagó y afirmó más: sus sectarios que ya le tenían en la veneración de un santo, le dieron culto como a un mártir, y su más solemne juramento era jurar por él. Galicia y otras provincias de España se infestaron de priscilianistas, y un obispo de la secta consagró a otros varios.
San Ambrosio escribió a los obispos de España pidiéndoles que fuesen reconciliados los priscilianistas con la iglesia siempre que condonaran el mal que habían hecho. Túvose un concilio en Toledo, y se dio un decreto para admitir los priscilianistas a la reconciliación. Mas tampoco la indulgencia y cordura del concilio toledano fueron capaces de extinguir enteramente la herejía de los priscilianistas, y de allí a pocos años se quejaba Orosio a San Agustín de que los bárbaros entrados en España no hacían tantos estragos como aquellos falsos doctores, y muchos habitantes abandonaban su patria a causa de semejante confusión.
En el año 407 ordenó el emperador Honorio que los maniqueos, catafrigios y priscilianistas fuesen privados de todos los derechos civiles: que sus bienes se diesen a los parientes más próximos: que no pudieran tomar, dar ni comprar nada; y que hasta sus esclavos pudieran delatarlos y dejarlos para entregarse a la iglesia. Teodosio el joven renovó esta ley. Pero a pesar de todas estas medidas aún había muchos priscilianistas en el siglo sexto, y se reunió un concilio en Braga contra ellos.
Priscilianos. Véase montanistas.