Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Juan Martínez Villergas ]

Los partidos

Una situación semejante, por necesidad
ha de ser transitoria.  
(La España).

Confesión de prueba releva de parte…
quiero decir, confesión de parte  
releva de prueba.  
(D. Circunstancias).

Una de las necesidades de necesidad más necesaria, por decirlo así, que yo había concebido al emprender la publicación de mi periódico, era el examen de los partidos políticos en que la nación se halla dividida, y aun estoy por decir que multiplicada. Ya he tenido la brocha en la mano más de una vez, y aun he empezado a hacer el boceto; pero me he detenido ante la terrible consideración de las circunstancias. Y no es porque no arredrase el mal desempeño de mi obra; al contrario, hay ocasiones en que el dibujante quisiera no ser muy exacto en las descripciones, y por desgracia mía había yo trazado con tanta verdad el perfil de los partidos, que desde luego me hubiera hecho acreedor a la crítica sañuda de uno que si no es el más poderoso moral y numéricamente considerado, es el que más debemos temer en las presentes circunstancias.

Por fortuna, la idea que yo había abandonado por peligrosa, se ha encargado de darla a luz un periódico que no puede ser sospechoso de incitador a la insurrección, como que por no aprobar las insurrecciones, se ha declarado enemigo de la independencia italiana, en lo cual es bastante más retrógrado que el Heraldo, lo que parecerá imposible. Hablo de la España, y me refiero a su artículo del domingo; artículo que trasladaría íntegro a un papel sino estuviera escrito tan de prisa, es decir, sino fuera tan largo, que en mi concepto tenía razón aquel que empezaba así una de sus cartas: Amigo mío; le escribo esta carta tan larga, porque no he tenido tiempo para hacerla más corta. Pero ya que no pueda insertar todo el artículo de la España en mi reducido periódico, copiaré algunos párrafos y lo haré con la mayor imparcialidad, eligiendo aquellos con los cuales estoy conforme lo mismo que otros con los cuales no me conformo. Allá va uno en que La España cree haber hecho un bosquejo completo de la comunión liberal: «Consúltese a los hombres del antiguo partido progresista, y se les hallará discordes hasta en los puntos más capitales, hasta en los primeros artículos de su fe, hasta en lo más esencial de su dogma.»

Francamente, aconsejo a la España, que se matricule el mes que viene en la academia de San Fernando para aprender el dibujo si quiere perfeccionarse un poco en la pintura, pues lo que es el retrato que hace del partido progresista es bastante fatal y no puede aspirar a figurar en la oposición pública que dará principio el día de San Mateo. ¿Será verdad que los progresistas estén discordes hasta en los puntos más capitales, hasta en los primeros artículos de fe, hasta en lo más esencial de su dogma? No puede ser. Lo que la España querrá decir, es que están discordes los que se llaman progresistas y los verdaderos progresistas, y esto es indudable, así como están discordes los progresistas y los moderados. Pero es necesario que la España no confunda a los que son progresistas con los que se llaman progresistas sin serlo, como muchos que yo conozco. Es necesario separar los progresistas por principios de los progresistas por conveniencia. Es preciso saber que hay hombres que se afilian a un partido como la policía a los clubs para trastornar todos los planes y dar cuenta de todos los secretos; estos son progresistas de temporada que mudan de traje según el calor o frío de la estación política, y de la noche a la mañana dicen que no hay mus, solo porque les han dicho que hay mus. Si quiere la España conocer en qué se diferencian unos progresistas de otros, no tiene más que ver la recompensa que reciben los unos y los otros. González Bravo y Pérez Calvo, merced a los servicios que prestaron al gobierno con el nombre de progresistas, han sido condenados a comer turrón; otros pobres sin más delito que su opinión están encarcelados o proscriptos. Esto es lo que debe observar la España antes de soltar la especie de que los progresistas están discordes en los puntos más capitales, hasta en los primeros artículos de su fe, hasta en lo más esencial de su dogma.

Los principios del partido progresista, son bien conocidos y el que intente separarse un ápice de ellos, sea por conveniencia, sea por una culpable debilidad, sea por lo que quiera, no es progresista. ¿Se nos querrá argüir por lo que dicen los escritores que dicen pertenecer a nuestro partido? Eso sería muy cómodo para la España; pero no probaría sus asertos. Entre nosotros, es verdad, hay diversos modos de considerar ciertas cosas. Unos hemos combatido al gobierno de Luis Felipe y no podíamos hacer otra cosa siendo progresistas; otros en cambio, se han encargado de ridiculizar los principios que han prevalecido en Francia y estos no son progresistas. Nosotros celebramos todo lo que es liberal, todo lo que es filantrópico, todo lo que es humanitario, porque somos progresistas; otros por lucir una gracia y nunca es gracia lo que está en pugna con los nobles sentimientos del corazón, se mofan de las ciudadanas francesas que dirigen a la Asamblea nacional una petición en favor de los presos políticos, llegando hasta a insultarlas suponiéndolas mujeres de mala vida, sin considerar que la mayor parte de ellas son esposas, hijas o hermanas de los desgraciados que sufren las persecuciones del gobierno. Los que ridiculizan un acto tan noble y tan humanitario, no son progresistas aunque ellos digan que lo son; por lo cual será preciso que el partido liberal en vista de la conducta que observa cada uno, tome la prudente medida de coger por un brazo a los falsos apóstoles de la libertad y los pongan de patitas en la calle.

Veamos si la España es más fiel en la pintura del partido carlista. «Váyase a los carlistas para hacer la misma investigación, y con poco trabajo se adquirirá la certidumbre de que ese partido, dejado en realidad de existir, admitiendo ya muchos, con más o menos latitud, y acaso con reservas mentales, las doctrinas que antes combatieron con ciega fe; persistiendo otros en sus primeras opiniones, pero manteniéndose aislados por falta de bandera que las sostenga en su originaria pureza, habiéndose hecho los más indiferentes o escépticos; continuando los de peor género fieles a la dinastía que suponen más favorable a la realización de sus miras egoístas.»

Este cuadro filosóficamente considerado sólo puede pasar por bueno en atención a que no es malo. Hay en él algunos defectos de arte, que le alejan bastante de la perfección; pero por lo demás no es enteramente descabellado, y poniéndole un marquito de pino pintado de almazarrón, que es todo lo más que se merece, puede alternar con los cuadros que suelen ponerse todos los años en los últimos salones de la academia.

Donde la España está felicísima es en el diseño que hace del partido moderado, como que es su partido y ha podido enterarse afondo de todas las particularidades que encierra. «Acúdase, en fin (dice la España), a la primitiva comunión moderada, y apenas se la encontrará conforme en otra cosa que en el sostenimiento del trono constitucional y en la conservación a todo trance del orden público.

«Ahora los elementos que compusieron esos partidos antiguos andan como disueltos y agitados por la tormenta revolucionaria: si alguna vez se aproximan unos a otros, cediendo a una afinidad pasajera y débil, nunca se traban y adquieren cohesión tan íntima que formen agregados definitivos y consistentes… ¡Han desaparecido todas las ilusiones! ¡Se han visto ensayadas sin fruto todas las teorías! ¡El desengaño ha arrancado con mano dura la fe política de los corazones! Así sucede que, consultando el hombre honrado y sensato a su propia conciencia, y prescindiendo de temores, esperanzas personales y todo interés mezquino, difícilmente hallaría partido a cuyas filas agregarse. Obligadle a decir qué bandera es la suya, y le veréis vacilar primero, o exclamar después de repetidas instancias: la de los buenos españoles: la de los hombres pacíficos y honrados.»

¡Qué tiempo! ¡ya vacilan los moderados! ¡Ya no se atreven a decir que son moderados! Esto, si bien se mira, no es extraño, porque tales cosas está haciendo ese partido que nadie puede envanecerse de pertenecer a él. Efectivamente, yo veo arrepentidos a muchos que fueron moderados en el buen sentido de la expresión; no moderados por comer, sino moderados por sus ideas templadas y porque creían (como yo creo) que la libertad y el orden no son cosas incompatibles. Lo único que yo veo aquí de extraño es que sea la España quien arroje la máscara que encubría la deformidad de su partido. «¡Han desaparecido todas las ilusiones!» dice la España. ¡Ya hace tiempo que desaparecieron, digo yo. «¡Se han ensayado sin fruto todas las teorías!» «¡El desengaño ha arrancado con mano dura la fe política de los corazones!» vuelve a decir la España. ¿Qué añadiré yo? Nada, que ya no se necesita escribir una línea para probar la nulidad de los moderados; la España se ha tomado este trabajo, y confesión de parte releva de prueba.

Los moderados son muy aficionados a dar consejos, y muchas veces nos han indicado a los progresistas el rumbo que debemos seguir, aunque nosotros siempre hemos desoído la voz de los moderados, porque como es natural y como dice Rousseau, no queremos que hombres de otra religión nos prescriban, en cierto modo, el camino del infierno. El consejo del enemigo, no puede ser consejo amistoso y no es extraño que los progresistas no nos fiemos de lo que nos dicen los moderados y vice-versa. Al contrario, los consejos de los amigos deben apreciarse siempre y por eso celebramos que la España se dirija al gobierno diciendo:

«¡El deseo de paz y de orden; el temor a las revoluciones; los sacrificios hechos para apartar los males que estas llevan consigo; el amor al trono en fin, no deben confundirse con un estado halagüeño y reconocido de satisfacción y de contento! Esa mala inteligencia retraería de toda idea de mejora, y tras la seguridad que da la aquiescencia, interpretada como sincera adhesión, vendrían peligros sin cuento de que conviene mucho huir.

«Una situación semejante, por necesidad ha de ser transitoria. No puede considerarse el periodo porque vamos pasando, sino como un periodo intermedio que conducirá sin la menor duda a horizontes nuevos. ¿A dónde iremos a parar? ¿Qué resultará del estado presente?»

Ya lo ven mis lectores. Según la España, «la situación actual por necesidad ha de ser transitoria.» (Eso quería yo decir y no sabía como). «No puede considerarse el periodo porque vamos pasando sino como un periodo intermedio que conducirá sin la menor duda a horizontes nuevos.» –(Bueno; eso es lo que yo deseo, y no me importa nada que sean nuevos o viejos con tal que sean distintos horizontes). «¿A dónde iremos a parar?» (Difícil es adivinarlo.) «¿Qué resultará del estado presente?» (No lo sé; pero probablemente resultará el estado futuro.)

Oigamos, en fin, estotro párrafo de la España, y convengamos en que si los moderados se conforman con él, no está lejos el día en que la nación se vea libre de contiendas políticas. He aquí en resumen el espíritu del artículo de la España que reasume las ideas de gobierno de nuestro colega desde que nuestro colega empezó a reconciliarse, reorganizarse, legalizarse, humanizarse y liberalizarse.

«Si gobierno ha de haber, preciso es que se organice sirviéndole de base las doctrinas de orden, las doctrinas de legalidad y de libertad razonable y bien entendida, que ha proclamado siempre la mayoría de los constitucionales. Esas doctrinas de gobierno son aceptadas sin duda por todos los hombres de opiniones liberales, y por el mayor número de los que las tuvieron absolutistas; pero es necesario observarlas fielmente, y no profesarlas tan solo en teoría, desde el momento en que pase la borrasca que conmueve al mundo.»

Este parrafito de la España, francamente, es una adquisición: desde ahora auguro buen éxito al gobierno que profese tan excelentes doctrinas, y sobre todo al que las observe. Cúmplase lo que dice la España, pero pronto, muy pronto, porque la nación tiene más deseos de ver buenas obras, que de oír buenas palabras. Esperar a que la Europa se tranquilice para realizar tan magnífico programa, sería el cuento de nunca acabar, y además sería poco lógico, porque ¿qué tenemos que ver nosotros con lo que suceda o deje de suceder en otros países? Lo que nosotros deseamos ante todo, es la felicidad del nuestro, y creo que podríamos hacerla si nos empeñáramos todos, si bien los hombres del partido dominante son los que han de dar la señal, adoptando una marca de reparación, de legalidad y de libertad bien entendida.