Filosofía en español 
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[ Juan Martínez Villergas ]

Los antiguos partidos monárquicos en Francia

En nuestro último número hablamos del general Cavaignac, lisonjeándonos con la idea de verle pronto de un modo definitivo al frente de la República. Nosotros decíamos: Cavaignac es ahora el héroe de la Francia republicana; el país ha contraído con él una deuda de gratitud, que pagará dándole su voto para la presidencia. Cavaignac será, pues, el presidente de la República.

Entonces, sin embargo, no podíamos tener muchos motivos aparentes para lisonjearnos de ese acontecimiento. En el sentir de los órganos reaccionarios de la Francia, el general Cavaignac estaba entregado por entero a las influencias de los que antes fueron partidos dinásticos, y ahora forman en la cola de los republicanos. El mismo Mr. Thiers creía dominarle.

Sin embargo, a través de estas apariencias, nosotros veíamos en Cavaignac un hombre de corazón recto, de fe republicana y que no podía faltar a lo que debe a su nombre y a su gloria. Esta era nuestra opinión cuando tan en discordancia estábamos con los demás periódicos anti-revolucionarios, que creían también tener de su parte al actual jefe del gobierno republicano. El tiempo nos ha dejado muy poco lugar a la vacilación: un paso dado recientemente por el general Cavaignac ha venido a presentarle tal como nosotros le creíamos, y a hacerle romper con la pandilla que le andaba adulando y que se creía ya dueña de la Francia.

En la última sesión de la asamblea nacional se interpeló acaloradamente al gobierno sobre el nombramiento que había hecho de algunos de los representantes más avanzados de la cámara para comisarios en los departamentos. Estos comisarios tenían por misión averiguar el estado de la opinión en Francia, con el fin de que el gobierno central pudiera tomar las medidas que más conviniesen para asegurar la República. El general Cavaignac en esta ocasión ha echado mano de los hombres de la república roja, dando con esto graves motivos de descontento a los más templados de la asamblea. De aquí que la sesión del 16 fuese una sesión de vida o muerte para el gabinete. Dióla otro giro una orden del día motivada por Mr. Marrast, en la cual la asamblea manifestaba a medias una desconfianza embozada, pero sin atreverse a romper con el gobierno.

El hecho, pues, es bien claro. Después de las continuas fluctuaciones en que el general Cavaignac parecía haber estado, se ha decidido al fin por el partido que es el único que podrá calmar la efervescencia y las pasiones de la Francia. El partido de la república roja, sin ser socialista, es el único que infundirá confianza en esa clase obrera que ahora se deprime. Viéndole a él en el poder se acallarían todas esas murmuraciones que anima el descontento, y los más desgraciados aplazarían para un término próximo la mejora de su condición. Nuestra opinión ha sido siempre la misma: creemos que las causas deben abrazarse con fe, y que solo así hay bastantes fuerzas para superar los obstáculos que encuentra en la faz envejecida de las sociedades la menor de las innovaciones. Por propicios que se presenten los acontecimientos, siempre tienen sus asperezas. Estas no logran afligir a los hombres de fe, porque en el trabajo profundo y solitario que han hecho de las instituciones que entonces plantean, han contado ya con el pro y el contra de todas las cuestiones. Saben los sudores que cuesta producirse y triunfar una idea en el terreno de la práctica, como sabe el labriego el trabajo que ha consumido la espiga que amontona en la era.

Además, en todas las cosas los hombres ponen cierta dosis de amor propio que los hace doblemente activos. Los que han apadrinado y defendido un sistema, los que han gastado el brillo de su palabra y de su pluma en hacerle aparecer propicio, los que han adquirido un nombre militando en favor de una causa dada, esos tienen, aparte de todo otro interés, uno muy grande en acreditar en el hecho lo que han sustentado su teoría. Su vanidad de hombres especulativos se interesa vivamente en favor de la realización de principios que ellos han hecho aceptar al mundo.

Pero aparte de este interés frívolo, hay para los hombres de conciencia otro mayor en hacer fructuoso el triunfo de una causa que han defendido. En la actualidad los partidos políticos se forman alrededor de cierta bandera que les hace aparecer como teniendo los ojos fijos en un lema que todos pueden leer y entender a la vez. Como los partidos llevan en la defensa de sus principios, todo el calor de la convicción, de aquí que tengan que renunciar bajo un sistema contrario al suyo, a aceptar toda posición social. Son hombres entregados por entero a una idea que servirían malísimamente a otra. Los gobiernos, por lo tanto, están en su derecho cuando los dejan sin darles una parte activa en el juego político de la sociedad.

En el triunfo de una causa por lo tanto debe verse envuelto el triunfo de millares de víctimas que se han sacrificado a ella. Lo demás es ingratitud de parte de la causa que triunfa y tiene ya este cargo más que hacerle la historia que le ha de juzgar impasible. En Francia por lo tanto el partido verdaderamente republicano es el que debe subir bajo la República, aunque no sea más que en los primeros años de su constitución. Debe subir, porque él solo ha estudiado con ardor y con fe las cuestiones que debe suscitar ese cambio social, y él solo puede resolverlas de un modo propicio. Debe subir, porque nadie como él, por la gloria de su nombre y por la honra de una causa a que ha consagrado su vida, está interesada en hacer aparecer gloriosa y pura la República que se acaba de crear. Debe subir, porque su amor propio, como ya hemos dicho, está interesado en que las complicaciones que puedan surgir en la Francia a consecuencia del cambio de instituciones, no aparezcan como imposibles de resolver: antes por el contrario, él tratará de que la Francia republicana aparezca a los ojos de la Europa como un modelo que todos deben imitar. No creáis, pues, vosotros, los que en todo veis peligros y trastornos, que el partido ferviente republicano bajó a envolver en sangre a la Francia. Eso lo haréis vosotros que queréis el descrédito de la República, pero no ellos que quieren su triunfo. Por último, debe subir, porque bastantes tiempos ese partido ha llenado los calabozos de la monarquía y ha comido el pan de la reprobación. Humillado, escarnecido por la fe con que defendía un sistema que se creía de remota aplicación, hora es ya de que salga de esa oscuridad y de esa miseria, y de que venga a decir a los sabios de la monarquía: «vosotros fuisteis los ignorantes.»

Por todas estas razones, para bien de la Francia, el partido de la República roja, debe subir al poder. Por eso nosotros nos felicitamos altamente de la media vuelta que parece haber dado el general Cavaignac, y que nosotros esperábamos más pronto o más tarde.

Porque ¿qué sería de la Francia si continuasen dominando con sus influencias esos hombres dados en cuerpo y alma a la reacción? Las instituciones se irían por un lado y ellos por otro. Aquellos pedirían expansión y bondad, estos no más que represión y dureza.

No, convenceos, hombres de la monarquía, la República no os pertenece. Gozad en paz de sus beneficios y de sus liberalidades, pero no vengáis a comprometerla con vuestras imprudencias. Vosotros habéis predicado hasta ahora que la República era un imposible: para adular los oídos de un rey que os pagaba con una sonrisa tan extraña abnegación, habéis estado sosteniendo durante muchos años que traer la Francia a la República era lo mismo que convertirla en un lago de sangre. A fuerza de pensar en ello os habéis llegado a formar una convicción que nada podrá arrancar de vuestras inteligencias. Estaréis palpando la República y la creeréis una ilusión.

Vosotros por lo tanto no servís para la obra de constitución de la República. Cuando esta haya entrado en juego, cuando estén corrientes todos sus resortes, entonces no será ya tan comprometido encargaros el manejo de cualquiera de ellos. Pero ahora, torpes mecánicos, van a tropezar vuestros dedos y a estropear la máquina que se os confía. Estáis acostumbrados a la antigua maquinaria y no sabéis que ahora se acaba de obrar una revolución en la mecánica. Antes era preciso mantener siempre a un calor graduado la máquina, lo que producía menos velocidad y graves exposiciones al menor descuido: ahora se ha introducido en ella la válvula de seguridad que da libre salida al demasiado calor comprimido, manteniendo siempre a aquella en toda la fuerza del movimiento. ¡Oh! las instituciones republicanas no necesitan un graduador; con dejar expeditas y libres las vías a la opinión, por ellas saldrá y se escapará todo ese vapor demasiado subido de punto que podría producir la explosión de la caldera. No vayáis a creer que dando consistencia a esta ha de poder ser eterna: vuestro sistema de compresión la haría estallar aunque le dieseis la mayor fortaleza imaginable.

Os lo repetimos, dejad el puesto que ocupáis, hombres de la reacción. Haced cuenta que estáis asistiendo a los ensayos de un nuevo sistema que os coge a vosotros tan de nuevas como la cosa más extraña. Aprended en los demás lo que con un loco empeño habéis despreciado hasta ahora; que cuando llegue el día en que los prácticos os den por buenos y probados, harto tiempo os quedará de lucir vuestro ingenio.

Por ahora reservaos un papel que no se os puede negar. Puesto que habéis aparentado aceptar la República, consagraos en la Asamblea a hacer ver todos los que realmente, en vuestro sentir, pueden ser obstáculos a su marcha. Vosotros poseéis altamente los resortes y los juegos de la palabra: emplead, pues, vuestro ingenio oratorio en hacer ver los que vosotros creéis peligros para la República. Así estimulareis el celo de los que la gobiernan, y con vuestros mismos sofismas contribuiréis a poner más de relieve la verdad. Lo demás será comprometeros vosotros y comprometer a la Francia. Si en efecto os empeñáis en ir por la senda de la reacción, estad seguros de que provocareis serios trastornos. Por huir de vosotros la Francia se echará hasta en brazos de los socialistas. Esto, como vosotros conocéis, no debe ser muy grato para vosotros que poseéis las riquezas y los capitales de la Francia.

Otra cosa sucederá, como ya os hemos dicho, si os confiáis en las rectas intenciones del partido republicano que con más fe puede consagrarse a la consolidación de la República. No esperéis entonces trastornos ni temáis esas reformas radicales que amenazan la propiedad y la constitución más íntima de las sociedades. Al socialismo, la república sincera no le combatirá, sino que le desarmará. Tratando de aliviar la desgracia de los pobres, manifestando sinceros deseos de hacer el bien de las clases trabajadoras, el socialismo y el comunismo perderá su cuerpo de ejército que ahora se compone de todos los desgraciados. La república debe empezar por quitar a los particulares el monopolio de todas esas grandes empresas que mantiene a millares de obreros, y que por el simple capricho de unos cuantos descontentos pueden paralizar en un día sus trabajos, y dejar en la ociosidad y en la miseria a cuantos de ellas dependen. Así el estado tendrá en sus manos los medios de prevenir las crisis industriales, o por lo menos los recursos suficientes para resolverlas del modo más favorable a la tranquilidad. La República debe además dejar al pobre la explotación de millares de hectáreas de tierra que pueden entrar en cultivo, haciendo la felicidad de infinidad de familias. La República debe fomentar la asociación que reúne las fuerzas de los débiles para oponerlas a los fuertes. La República debe asegurar la suerte del pobre, y no dejarla a merced de los caprichos del rico. Así logrará asentarse en bases indestructibles, e interesará en su conservación a todas las clases de la sociedad.

Es preciso que las clases ricas se convenzan de que monopolizando la riqueza del país se exponen a que los que nada gozan, llamen a la propiedad un robo. Los hombres conocen ahora que nacen todos con iguales disposiciones para la felicidad. Ya no se les puede hacer creer en las preeminencias de las castas, ni se les logrará imponer silencio con los orígenes casi divinos de ciertas familias. Ya nadie cree más que en las razones naturales de supremacía: tu eres más fuerte, tu eres más inteligente, tu eres más virtuoso; pues gobierna a los estados en la medida de la justicia. Las demás autoridades se desconocen, o por lo menos van perdiendo de día en día una gran parte de su prestigio.

La autoridad y la fuerza de la riqueza es una de las que más es preciso legitimar. ¿Por qué eres rico; pregunta el pobre a su señor? Examinemos las condiciones de tu riqueza y veamos si nacen de tus ventajas naturales o de las ventajas que te ha dado la sociedad. «Si la sociedad, a tí que eres indolente e inepto, te ha ceñido la corona de oro de los triunfos modernos, mientras que a mi laborioso e inteligente me ha condenado a vestir el S. Benito de la miseria, la sociedad es mala. Destruyámosla pues para levantar en su lugar cualquiera otra cosa, que nunca ha de ser más injusta que lo que ahora existe.»

Así razonan los pobres en la irritación que produce en ellos el hambre de un día y otro día y que los lleva a los mayores extremos.

No nos cansaremos pues de repetirlo: los gobiernos deben tratar de legitimar la propiedad, que es lo que más se combate, arrancándola al monopolio y haciéndola el premio del trabajo, de la virtud o del talento. Todo lo demás que se haga, podrá aplazar la revolución social pero no evitarla. Más tarde o más temprano estallará para anegar a la sociedad.

Porque nosotros queremos arrancar al pobre del camino del comunismo y del socialismo, deseamos que en Francia entre a ponerse al frente del gobierno el único partido que puede inspirar confianza al país. En el profundo amor al pueblo que ha sido siempre su divisa, encontrará sobrados medios de introducir en la sociedad las reformas que las miserias públicas reclaman sin hacer a la Francia socialista. Todo depende por ahora de la conducta que vaya siguiendo el general Cavaignac.