Filosofía en español 
Filosofía en español


José María Quadrado Nieto

La religión y la filosofía

Toda fe produce una especie de religión y culto tributado a aquel en quien se coloca, ora sea una persona, ora un principio; pues nada más natural que inclinar la frente ante el mismo a quien doblegamos nuestra razón: si es genuina la fe, el culto será legítimo: si la fe es errónea o por extraviarse desde su origen, o por no levantarse bastante arriba, deteniéndose donde no debiera, será el culto superstición e idolatría. Todos los principios, todos los sentimientos, todas las autoridades, todas las preocupaciones que ejercen imperio así en las sociedades como en los individuos, son otras tantas deidades con sus aras y con sus sacrificios: y bajo este concepto no aparece tan extraña la multitud inmensa de dioses que los gentiles reconocían. Faltos de una idea de unidad en la que se reasumiesen toda verdad, grandeza y vida, y sin saber llegar al extremo de los diversos órdenes creados que conducen todos al mismo centro, en aquel punto del camino hasta donde alcanzaban sus fuerzas erigían una deidad, escribiendo non plus ultra al pie de su pedestal; sus facultades y sentimientos, sus necesidades y placeres, entre sí independientes y aisladas, necesitaban cada una un término, un Dios particular; y donde quiera veían un reflejo de verdad, de bondad o de poder, considerándolo como luz propia, lo adoraban y divinizaban. Divinizaban a los fundadores de su razón, a sus legisladores, a los inventores de las artes útiles para la vida, a los monarcas justos o conquistadores temidos, a los sabios que se elevaban sobre la esfera común de los conocimientos; divinizaban sus facultades, [66] sus pasiones, sus goces, sus necesidades, todo cuanto influía en su vida o en sus actos, todo cuanto les parecía de una naturaleza superior. No era todo vil lisonja la apoteosis que hacían de los difuntos soberanos, no era todo temor supersticioso, o desahogo del cariño el culto que prestasen a los manes de los antepasados; en aquellos divinizaban el poder, conservador de la sociedad, cuya verdadera fuente no conocían; en estos la prioridad de existencia, cuyo primer dador y creador ignoraban. Y más allá de ese cielo que tocaban, por decirlo así, con las manos, más allá de esos dioses que tan poca distancia separaba de los mortales, entreveían un espacio infinito, obscurísimo, donde nadie se atrevía a lanzarse, donde reinaba el Hado, el dios de sus dioses, o más bien la negación de todo Dios. La idolatría seguida hasta el último resultado hubiera llegado al ateísmo, y solo se salvaba de él merced a la inconsecuencia; porque toda superstición es impía, así como toda impiedad es supersticiosa.

Quitad de en medio a un Dios, pero al Dios de los cristianos, al Dios único, creador y próvido, de quien salen y a quien van a parar todas las cosas; y todo queda descuadernado y sin objeto, y el gran conjunto del universo se fracciona en mil y mil porciones que buscan en vano su centro de gravedad. No querréis un Dios, y tendréis mil entonces, negaréis fe a la verdad universal, a la clave que todo lo explica, y tendréis que creer en cuanto os rodea, que será desde entonces un enigma para vosotros. La libertad es el orden, la libertad es la facultad que tiene cada ser de obrar según las leyes de su esencia; y en este sentido, no nos cansaremos de repetirlo, la fe divina es la libertad de la razón, porque emancipándola de todo dominio extraño, la sujeta al único a quien lo está por su esencia: la religión es la libertad de las sociedades y del individuo, según a este o a aquellas se aplica, porque es la única que puede ilustrarlas acerca de sus leyes esenciales, de su origen, de sus deberes y de su destino. En todos los conceptos religiosos y [67] políticos, físicos y morales, nada hay tan libre como el orden y la legitimidad, nada tan opresor y tiránico como la anarquía y la revolución.

Mientras que algo se afirme aunque sea un error, habrá fe, habrá religión, si bien falsa; mientras quede un palmo de tierra firme que no devore el océano de la duda, allí se levantará un altar, cualquiera sea el ídolo que en él se siente. El ateismo es tan imposible como el escepticismo completo, como el suicidio de un espíritu: en tanto que viva este, deberá creer, deberá adorarse a sí mismo a falta de otro objeto. El mismo día en que los revolucionarios franceses proclamaron el ateísmo, reconocieron una divinidad, y no implícita o al menos abstractamente, sino con nombre, efigie, templos y solemnidades, con todo el aparato del culto externo: esta divinidad fue la Razón. He aquí toda la altura a que puede llegar la razón: ¡pero insensata! no advierte que destruyéndolo todo, no halla así donde sentar su trono, porque nada se edifica sobre la nada, y que mal puede mandar quien no tiene a quien, ni gozar de los honores de la divinidad quien carece de adoradores.

Todo lo que es objeto de fe, lo es también por consiguiente de cierto culto y religión, siendo ambas a dos igualmente indispensables: pero solo la religión católica centralizándolo todo en Dios, y legitimando el culto, puede eximirnos del politeísmo y de la superstición. Cualquier otra autoridad sería usurpación, cualquier otro rendimiento sería de parte nuestra mengua y servilismo; mas una independencia absoluta fuera un absurdo. Seguro es que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos; tampoco nos hemos dado la verdad: que necesita nuestro cuerpo de alimentos extrínsecos; también al espíritu le viene de fuera su sustento; el hombre tan dependiente por la parte que le liga con el polvo que huella, con más razón lo será por la que mira al Criador que le formó. La razón es esencialmente pasiva, es un espejo donde todo se pinta, y nada de [68] suyo existe, una puerta que puede cerrarse o abrirse a las impresiones que de fuera le vienen, y que nada tiene en sí de activo sino la facultad de recibir o rechazar, y de elaborar a su modo lo recibido. Hacia el mundo físico tiene abierto un conducto, y es el de los sentidos; hacia el mundo espiritual tiene otro, y es el de la tradición. Si no fuera por temor de extraviarnos de nuestro propósito, y por el deseo de volver a este punto con mayor detención, indicaríamos con cuanta profundidad y acierto señaló Bonald la palabra como base y principio de los conocimientos humanos, poniendo por tanto su fuente fuera de nosotros, y remontándola de generación en generación hasta Dios que la reveló al primer hombre: pero bastará preguntarnos lo que sería el hombre apartado desde la niñez de toda comunicación, lo que sería una razón completamente aislada; ¿qué ideas podría tener del mundo espiritual, de su origen y de sus destinos?, ¿qué podría hacer sino sentir el vacío sin alcanzar a llenarlo, gemir en su ignorancia sin remediarla? Y si reunimos millares y millares de esas razones individuales destituidas de toda tradición, ¿brotará acaso de entre ellas la verdad y la luz? sí, cuando resulte alguna cantidad de una inmensidad de ceros, o cuando puedan darse luz unos a otros una multitud de espejos colocados en la obscuridad. Hasta en el orden físico no hacemos otra cosa que combinar y clasificar sensaciones, y las que se llaman ciencias positivas no son más que hipótesis ingeniosas muchas veces, deducciones fabricadas sobre una base aérea; a poco que las profundicemos nos hallamos con alguno de aquellos principios que llamamos claros por no poder dar razón de ellos, con algún arcano que creemos penetrar por haberle dado nombre. ¿Qué será en el orden espiritual, el cual las sensaciones, lejos de auxiliar, contrarían a menudo? A menos que no se proclame un sensualismo completo, a menos que no se diga que el alma vive también para los sentidos, existen ideas [69] de un orden superior que ella no puede recibir por medio del cuerpo al cual va unida, por grandes que sean las analogías que se supongan entre lo visible y lo invisible; ideas que tampoco pueden ser patrimonio innato del alma, pues de otro modo no dormirían enteramente desconocidas durante los años de la infancia; ideas en fin, que no se revelan en el hombre, sino cuando se es capaz de recibir en sí la tradición y de comprender la palabra que es su conducto, y que proceden siempre de un impulso extraño, de una autoridad sea legítima; sea usurpada, de una fe que en último término debe refundirse en Dios mismo. El mundo visible puede hablar a los sentidos y por medio de ellos al alma, pero al alma directamente no puede hablar sino Dios. El hombre interroga, solo Dios responde; el hombre no tiene más que facultades, sólo Dios le suministra materia para ejercitarlas; el hombre no tiene de yo más que la inercia y la ignorancia, sólo Dios puede imprimirle movimiento y doctrina. Ni aun la negación pertenece en propiedad a la razón humana, pues para negar preciso es que algo se le proponga. Véase pues con cuánta justicia dijimos en otro número que la ciencia del hombre es negativa, puesto que la negación es el único acto de su independencia, y que su extensión solo se mide por lo que duda. La mayor, la única verdad que ha podido descubrir por sí sola, es la siguiente: sé que no sé nada.

Esta que a primera vista parecerá una paradoja; o cuando menos una exageración, es sin embargo una verdad comprobada cada paso. El rústico vive indiferente en medio de las maravillas de la naturaleza, ni sospecha que haya en ellas un arcano, creyendo todo y nada más de lo que alcanzan sus sentidos; la curiosidad y la duda van desarrollándose al par que la razón y los conocimientos. Las ciencias ensanchan de cada día su esfera, pero su esfera es un vacío; y a cada paso que dan brotan bajo sus huellas mil y mil problemas antes desconocidos, y las dificultades se agrandan conforme más de cerca las tocamos. No dudaríamos afirmar que en las ciencias naturales se ignora en [70] el día mucho más que en los tiempos antiguos, cuando con algunos principios generales o groseras hipótesis se creía explicado todo: mas ahora cada adelanto hecho en ellas nos revela un mundo ignorado y fenómenos de todo punto inconexos, en los cuales se pierde la razón. Y lo mismo que en esta, observamos en las demás facultades del hombre, que al paso que se desenvuelven sienten más su vacío y su malestar: lo mismo sucede con las sociedades que con el refinamiento de la civilización pierden su envidiable reposo primitivo. Donde quiera se introduce la ciencia humana lleva consigo su cortejo de disputas, y deja en pos de sí un rastro de agitación y de inquietud.

Sin pretender dar más valor a nuestra aserción siguiente que el de una simple teoría, si bien apoyada en sólidos fundamentos y analogías, creemos que nada hay en el hombre rigurosamente original, y que le es tan imposible inventar de la nada una idea, como crear un cuerpo de la nada. Su trabajo y actividad en una y otra esfera se limitan a descomponer, a reunir, a modificar, a trasformar, prestando a las cosas miles y miles de formas, bajo las cuales existen siempre los mismos elementos. El entendimiento no es más que el laboratorio químico de las ideas, y la mayor o menor excelencia de la razón se mide únicamente por la fuerza y habilidad de que está dotada para semejantes operaciones. El pensamiento más sublime, la invención más original no son en nuestro concepto sino una nueva combinación encontrada; y no creemos por esto rebajarlas, porque ¿qué otra cosa son nuestras invenciones en lo material? Nada obstan al presente sistema la variedad y la innumerabilidad de los pensamientos; ¿quién ha agotado la de las formas de los cuerpos? Mucho prueban a favor nuestro la importancia que se da a la educación, a las relaciones, a la posición particular, al lugar y al siglo en que vivimos, como que esencialmente influyen en la naturaleza y dirección de las ideas; mucho también la curiosidad que nos lleva a investigar estas circunstancias personales en los nombres cuya inteligencia nos admira, [71] y a sorprender, digámoslo así, la generación de sus pensamientos. Gran parte descubriríamos del secreto de su composición, si fuera posible el estudio de su vida íntima y de sus más leves accidentes, mucha hay de la cual ellos mismos únicamente pudieran informarnos, mucha también de la cual no pudiera dar razón sino Dios, porque no siempre conoce el hombre lo que sobre él influye. ¿Porqué la frecuencia de los viajes y de la sociedad ilustra en un espíritu observador, no solo la memoria, sí que también el entendimiento?, ¿por qué, si busca el otro la sabiduría en el retiro, llama al menos a los libros por compañeros?, dos fuentes de ilustración son estas muy distintas, pero privad de entrambas al hombre, privadle del comercio con los vivos o con los difuntos, y veréis qué cuenta dará su inteligencia. Y los siglos ¿porqué progresan, sino porque reciben en herencia los adelantos de los pasados? quitad la tradición, o suponed que cada generación desapareciera del mundo toda de una vez, sin dejar de sí rastros ni en libros ni en monumentos, y el mundo nunca pasaría de la infancia de la civilización. Júzguese pues si será temerario afirmar de una facultad cuya impotencia individual todos reconocemos, y que sin embargo, según sea su posición y su comercio con las demás, puede llegar a un grado de perfección admirable, afirmar, repito, que es una facultad pasiva que por sí no puede crear ni inventar.

Siendo esto así, y viniéndonos de afuera todo conocimiento, no comprendernos en verdad lo que significa en materias que no sean físicas la palabra filosofía, considerada como creación y producto de la razón abandonada a sí propia, y contraponiéndola a la religión hija de la fe. Podrá ser una negación, una restricción, una duda, pero jamás una cosa positiva; podrá destruir, pero crear de ningún modo: la filosofía en este sentido no puede tener dogmas ni verdades, ni proponer cosa alguna como tal. Lo único que posee de afirmativa o en el orden espiritual es lo que adopta y dejar subsistente de la [72] religión: y cuando más hostil se le manifiesta y de más independiente blasona, trabaja, sin saberlo o sin confesarlo, sobre las verdades de aquella, las modifica, las elabora, las vuelve y revuelve bajo mil formas distintas; pero por más que haga, no puede moverse fuera de su círculo, y para que tenga un soplo de vida, ellas son las que deben servirle de alimento. Sin la religión solo es posible una filosofa, la del escepticismo: y en él llega a caer el error tarde o temprano, y caería desde luego si fuera lógico y consecuente; porque siendo la verdad una e indivisible, y siendo imposible separar unos de otros los eslabones de su cadena, es preciso reconocerla o negarla toda: Mas el error por un instinto de conservación, al sentirse resbalar por la fatal pendiente, se ase con fuerza a algunos restos de verdades como a las raíces que crecieran sobre el borde de un abismo, que o bien se rompen después de crujir más o menos tiempo entre sus manos, o bien le proporcionan por un esfuerzo extraordinario, ayudado de alguna mano amiga, el fijar otra vez el pié en tierra firme.

He aquí porque la filosofa para ser algo, jamás niega de un golpe todas las verdades, y si con la diestra quiere hacer guerra a unas, con la siniestra debe asirse a otras; siendo tanta su dependencia respecto de la religión, como la del hombre respecto de Dios, contra quien ni aun sublevarse puede, sino abusando de los mismos dones que le concedió: Pretenderá oponer enseñanza a enseñanza, edificio a edificio; pero las piedras con que intenta construir sus escuelas, son piedras robadas de los templos, y el solar mismo sobre que edifica es un solar sagrado. Descompongamos los sistemas filosóficos que más extraños y nuevos nos parezcan, y que más presuman de innovadores; y no nos será difícil discernir los elementos que de una y otra tradición han tomado, y hallar en su fondo una verdad religiosa más o menos desfigurada. Ciencia en la esfera superior a los sentidos es sinónimo de religión, porque el conocimiento de ella no se adquiere sino por la fe: filosofía [73] es sinónimo de duda, y sin la religión ni aun nombre tendría, como no lo tuvieran las tinieblas si no hubiese luz, como no lo tuviera la nada si no hubiese ser. En todo lleva la filosofa este sello de duda e incertidumbre, hasta en su misma tecnología; su aparato de análisis, problemas, cuestiones, &c. se parece mucho a una colección de instrumentos anatómicos muy aptos para disecar, mutilar, matar si importa, pero incapaces de dar un minuto de vida. Solo que la filosofía nada puede destruir sino respectivamente a sí misma; se priva de la verdad mas no la aniquila, así como los ojos pueden cerrarse a la luz del sol, pero no extinguirla en su fuente.

Y estas reflexiones, y el paralelo que establecemos entre la religión y la filosofa, no se limitan a los tiempos trascurridos desde la aparición del cristianismo, y a la situación que una y otra actualmente ocupan, pues siendo la primera la verdad misma revelada bajada directamente del cielo, la otra en caso de contrariada o restringirla no puede ser sino una rebelión y un sacrilegio; sino que se extiende a aquellas épocas mismas en que corrompida la tradición, hasta el punto de no poder discernirse lo que había en ella de mentira y de verdad, podría parecer la filosofía una legítima protesta contra sus absurdos, y una luz interina para disipar en parte las tinieblas que cubrían la faz de la tierra. Para mostrar la nulidad de la filosofía como elemento activo y creador, para hacerle ver su dependencia, no tenía necesidad de aparecer el cristianismo, porque esta nulidad y esta dependencia estaban en su raíz misma. Aquí prescindimos por un momento de lo legítimo o ilegítimo de la autoridad, de lo verdadero o falso de la tradición; basta para nuestro intento observar que la filosofía no ha podido [74] hacer más qué destruir sin edificar. El mundo físico es su exclusivo patrimonio, y cuando intenta traspasar las fronteras de su imperio para invadir el ajeno, o queda ella misma cautiva, o lo arrasa y aniquila todo.

Difícil sería señalar la época en que empezó la filosofía, emancipándose de la religión, y en que principiaron a andar divididos los hombres de sabios y de sacerdotes: lo cierto es que pasaron muchos siglos antes de este divorcio; tardanza que no comprendiéramos en verdad, si fuera la razón por sí sola activa y creadora. Se dirá que no estaba todavía suficientemente ilustrada para gobernarse, que la civilización no estaba bastante avanzada; pero ¿qué es esto sino confesar con palabras más o menos especiosas que hay una luz extraña a la razón que se adquiere y no nace con ella, que va aumentando con el tiempo, y enriqueciéndose con la tradición de las pasadas generaciones? Nunca los legisladores de los pueblos antiguos, ni cuantos se ocuparon en cosas concernientes al orden moral y espiritual del hombre, hablaron a sus semejantes en nombre de la filosofía, sino en el de la Divinidad cuya voz ora en sueños, ora por boca de los oráculos, ora en el fondo de los bosques suponían haber oído: los filósofos mismos daban a sus sistemas un barniz de sobrenatural y milagroso, y Sócrates el más sincero de ellos pretendía tener un genio familiar. Aun cuando no designemos otro motivo de este hecho general e innegable que el objeto de explotar en favor propio la superstición del vulgo, y el de poner al abrigo de todo humano ataque sus leyes y concepciones, no serviría menos de apoyo a nuestro aserto la convicción general que supondría en el género humano, de que la verdad no es producto de la tierra y desciende del cielo, y que el hombre no pueda enseñar al hombre, sino Dios únicamente. Mas en honor de la humanidad creemos que había en aquel hecho algo más que una sórdida especulación o una sacrílega impostura, y no es verosímil que existieran contemporáneas, en unos tan necia [75] credulidad, en otros impiedad tan refinada: Si alguna fe hubieran tenido en su razón estos últimos, ¿a qué buscar para sus partos una sanción religiosa?, el fuerte sometía al débil, sin curarse de apoyar su usurpación en el derecho divino, sino en la fuerza misma; ¿por qué pues el sabio no había de mandar al ignorante fiado en la sola superioridad de su razón, sin necesidad de revelación supuesta? Digamos más bien que ellos sabían no haber puesto nada de lo suyo, que estaban convencidos de su misión los más de ellos, y que con sus fábulas maravillosas sensibilizaban únicamente, por medio de una imagen acomodada a la grosera comprensión de las gentes, la procedencia sobrenatural de aquellas verdades que no habían hecho sino recoger de los restos esparcidos de la tradición.

La modesta etimología del nombre amor de la ciencia indica cómo empezó la filosofía. La razón no creó la ciencia, ni la halló, dentro de sí misma, sino que se lanzó en busca de ella, la amó, le prestó una especie de culto. El filósofo fue peregrino antes que pensador, viajó por lejanas regiones antes de encerrarse en su retiro, y no empezó a construir su colmena sino después de haber chupado el aroma de todas las flores conocidas. Largos y numerosos fueron los viajes de los filósofos griegos, primeros que con este nombre se conocen, e hijos primogénitos del racionalismo, por el Egipto, por la India, y por los países del Oriente, donde más pura y más reciente a la sombra de los templos y del misterio se conservaba la tradición. Sabido es con cuánto afán interrogaron los oráculos de Brama y de Osiris, estudiaron sus sagrados jeroglíficos y sus enigmáticas teogonías, o introdujeron en su patria como caudal y adquisición propia las mercancías extranjeras. Si alguna luz alcanzaron a derramar sobre materias tan sublimes pero tan necesarias al mismo tiempo, no brotó de su razón esta luz, sino que fueron a encenderla en las aras de los dioses extranjeros donde quedaban aun centellas del sagrado fuego de la tradición. Muchos han sostenido, y no sin sólidos fundamentos, que [76] Platón el más eminente de los filósofos antiguos, y que mereció contar a muchos santos Padres entre los de su escueta, tuvo noticia en sus viajes al Oriente de los libros de los judíos, y el nombre de divino que se le dio prueba como generalizada entonces esta convicción misma de que la ciencia no podía proceder sino de Dios, y que el sabio no era más que su instrumento. Sea como fuere, la escuela afirmativa de Platón tuvo poco séquito en las aulas, y menor influjo todavía en la sociedad; sus libros no fueron considerados sino como hermosos sueños, o monumentos curiosos de la ciencia y a pesar de sus ideas sublimes de Dios, y de sus bellas lecciones de moral, el culto fue de cada día haciéndose más grosero, y las costumbres más corrompidas. Las demás escuelas o se contentaban con negar, aniquilando toda tradición en vez de depurarla, o faltas de toda idea de espiritualismo, arrastrando por la esfera de los sentidos, y aglomerando monstruosamente las ideas acá y acullá recogidas, elaboraban absurdos sistemas mil veces más groseros que las supersticiones que pretendían reemplazar: Es de notar que las escuelas que más séquito alcanzaron, primero en Grecia y trasplantadas luego a Roma, fueron la estoica, la epicúrea y la pirrónica, es decir la fatalista, la materialista y la escéptica, las tres grandes negaciones de toda providencia, de toda virtud y de toda verdad. Si esté fue un progreso del espíritu humano y un paso para el mejoramiento de la sociedad, dígalo la historia lamentable de aquellos tiempos; aunque nosotros no tenemos necesidad de esta prueba práctica para afirmarnos en que es preferible el error a la incredulidad, como la enfermedad es preferible a la muerte.

Con la revelación del cristianismo desalojada la filosofía por la luz inmortal de este de aquella región superior en que sólo había palpado tinieblas, y confinada en el recinto de que nunca debiera salir, en la observación e investigación de las cosas naturales y sensibles, tomó muy pronto otro sesgo hostil a la religión, no ya contrariándola abiertamente y minándola [77] por su base, sino presumiendo enmendar su fábrica y dar más solidez y trabazón entre sí a las partes que la componen. Todas las herejías teológicas no son más que errores filosóficos, que pretendiendo explicar por los principios que rigen en el mundo, material lo que es de una esfera muy superior, o aproximando una a otra dos verdades aparentemente contradictorias y cuyo lazo no percibía la razón, negaban o torcían violentamente lo que no era dable comprender. Examínense una por una las herejías anteriores al protestantismo; o eran reminiscencias de los siglos idólatras y de las corrompidas tradiciones, o falsas analogías sacadas de lo natural, e indocilidad de los sentidos, o pretensiones orgullosas de averiguar lo que Dios quiso ocultarnos; y en la guerra que hizo por partes al catolicismo la razón encarnada sucesivamente en ellas, de toda clase de armas encontramos, pero ningunas que puedan llamarse hallazgo o creación de la filosofía.

El protestantismo inauguró una llueva guerra, no ya por partes, sino dirigida al todo y a la base, tal vez sin apercibirse de ello sus autores, cuyos principios tampoco eran del todo nuevos, pues los Albigenses y Wiclefitas habían antes echado ya la semilla del árbol que todavía no era bien conocido por sus frutos. Fue el protestantismo la negación de toda tradición y autoridad, la abierta rebelión de la materia contra el espíritu, rechazando la carne cuanto le era penoso, y los sentidos cuanto les era incomprensible; nada nuevo afirma su doctrina: mas a pesar de sus principios eminentemente negativos y destructores, salvóle la inconsecuencia de su aplicación; y lo mucho que conservó del catolicismo, el nombre de Jesucristo, su moral aunque adulterada, el fantasma de iglesia que intentó crear, prescindiendo de causas políticas y sociales, le conservaron por algunos siglos la existencia que todavía arrastra lánguidamente. De suerte que sus variaciones y su duración prueban igualmente en favor nuestro: aquellas deponen de la caducidad del error, esta de la fuerza de la verdad que puede dar [78] vida por algún tiempo al error mismo si este en parte la respeta.

Bien pronto se vio que el protestantismo era solo la primera fase de la incredulidad universal, y que con el desarrollo de su pestífero germen iban disminuyéndose rápidamente las verdades por los hijos de los hombres. En el siglo XVIII empezó a darse a conocer la filosofía en la acepción en que la tomamos en este artículo, aunque debiera más bien llamarse racionalismo; y el timbre de incrédula que no reparó en aceptar, manifiesta sobrado su índole negativa para que nos detengamos en demostrarla. Abrió la marcha la escuela sensualista, siguieron las ciencias naturales suministrando cada cuál su contingente de armas, luego la historia y la erudición desenterrando antiguallas que convertían en instrumentos de guerra, y pergaminos en los cuales se esforzaban, en leer sus doctrinas; no parece sino que el hombre quería sublevar contra Dios las difuntas generaciones y el mismo universo insensible: pero ¿dónde está el sistema psicológico, el dogma, la verdad que proclamaron? Aún más: el prodigioso desarrollo que inspiró bastante audacia a la razón humana para divinizarse, el vigor que tan funestamente empleó solo en la destrucción, el caudal de conocimientos, la sutileza de las objeciones, eran dones que exclusivamente debía a la Religión; era aquella filosofía, una sierpe que mordía el seno que la había calentado y reanimado; combatía el cristianismo y le asestaba sus tiros a la luz de los resplandores inmortales que de sí despedía. ¿No le hicieron guerra acaso con sus mismos dogmas, y en nombre de los sentimientos que él únicamente podía haber inspirado?, ¿qué hubieran sabido ellos de libertad, de igualdad y de independencia, hijas del cristianismo en su recto sentido, y que sólo acertaron a profanar?, qué hubieran sabido de humanidad, de tolerancia, de caridad, palabra que en vano, para hacer olvidar su origen, sustituyeron con la de filantropía?, qué hubieran sabido de tantas virtudes que en el mundo idólatra ni aun nombre tenían?, ¿acaso en la antigüedad se había elevado nunca un filósofo con miras [79] humanitarias, o aspirara a una especie de apostolado para ilustrar y hacer felices a sus semejantes? Porque es preciso confesarlo, desnudándonos del odio que nos inspira su negra ingratitud y la perversidad de sus miras; la filosofía del siglo XVIII es por lo general más elevada que la de la antigüedad y contiene mayor número de verdades; porque lleva aun a pesar suyo el sello del cristianismo; y además conoce al par que su desnudez la necesidad de vestirse con ajenas galas, y de satisfacer convicciones y sentimientos que no se arrancan una vez sembrados. No es una sola la apología que del catolicismo se ha formado solo con fragmentos de autores incrédulos y con sus involuntarios homenajes. Concretémonos solo a la moral, que es la que más dificultades a nuestra aserción ofrece, pues estando su fuente y su aplicación dentro de nosotros mismos teniendo por impulso los sentimientos y la conciencia por guía, parece que más debiera estar al alcance de la razón: y sin embargo, ¿qué ideas tuvieron de ella los filósofos antiguos, a pesar de los vislumbres de la tradición primitiva?, ¿cuántos crímenes no permitieron?, ¿cuántas injusticias no sancionaron? y los filósofos modernos qué han hecho sino copiar completamente el código moral del cristianismo? Solo que promulgaron en su nombre lo que antes se había promulgado en el de Dios; intentaron trasplantar el edificio entero sin que este se estremeciera desde la base del deber a la del interés, y la experiencia va mostrando sus frutos y madurando los desengaños.

Corre en el día muy en boga una especie de filosofía, que sin negar lo que ha tomado del cristianismo, y hasta rindiéndole homenajes hipócritas, presume sin embargo mejorar su obra, aspirando a usa perfectibilidad indefinida. Claro está que para estos filósofos no puede ser el cristianismo una religión, porque ¿quién será el temerario que aspire a completar la ciencia de Dios con la ciencia del hombre?, el cristianismo no será para ellos más que una escuela filosófica, un producto de la razón sujeto como tal a mudazas y adelantos. No echaremos [80] mano por ahora de los innumerables argumentos históricos y metafísicos que aniquilan este error, no tan nuevo que no halle ya precedentes entre las herejías de los primeros siglos; solo un reparo opondremos que es el que más hace a nuestro propósito. ¿Cómo es que no ha habido otra filosofía afirmativa que el cristianismo?, ¿cómo es que nada parecido vieron los siglos anteriores ni los posteriores?, ¿cómo es que de la razón de un hombre sólo brota la verdad toda que nunca pudieron hallar las generaciones de antes, y a la cual nada han podido añadir las siguientes?, ¿cómo es que desde diecinueve siglos acá, después de un paso tan gigantesco, ha quedado estacionaria la filosofía? A vista de lo pasado permítannos pues esos adoradores de la razón ser más desconfiados del porvenir y de sus anuncios lisonjeros. El espíritu humano para su alimento necesita de verdades, y no de profecías que no empiezan a serlo sino desde su cumplimiento; y puesto que a nosotros nos tocó nacer todavía bajo el reinado del cristianismo, séanos licito ser cristianos, y creer como tales en la divinidad e inmortalidad de nuestra religión.

Sacrílego por consiguiente, y no menos que sacrílego es insensato, el empeño formado por algunos de divorciar la filosofía de la religión, y aun de suponer que puede aquella oponer dogmas a dogmas y verdades a verdades: y sacrílega es igualmente la presunción de los que se colocan entre una y otra como mediadores, si entienden que la reconciliación ha de ir precedida de transacciones por entrambas partes, y consideran de igual naturaleza a los combatientes. Es muy común oír en nuestros tiempos deplorar los abusos e ignorancia de aquellos siglos en que marchaba sola la religión sin la luz de la filosofía, y los excesos a que por su odio a la religión se dejó arrastrar una filosofía atea, presentando como el más bello porvenir de la humanidad aquel día en que ambas mezclen sus luces, y se enlacen en estrecho abrazo. No será por cierto la religión quien lo rehúse, porque jamás ha tenido miedo a la luz de la filosofía; pero se engaña el que crea que esta luz [81] haya de añadir algunos quilates a los resplandores de aquella, porque la filosofía, en el sentido que nos hemos concretado a darle en este artículo, podrá quitarle cuanto quiera, pero añadirle nada; su antorcha incendia, no ilumina. Pero si la filosofía se toma por sinónimo de sensatez y recta razón, entonces no data desde ahora su intimidad inseparable con la religión, que, prescindiendo de los abusos cometidos en su nombre y de la debilidad de los mortales, nunca ha cesado de ser bajo este aspecto racional y filosófica en sí misma. Así pues de todas maneras esta reconciliación de la religión y de la filosofía considerada como cosa necesaria y como efecto de mutuas concesiones, es una blasfemia y un absurdo, suponiendo que la religión tiene necesidad del racionalismo, o que pudo ser algún tiempo irracional. Lo único que es de desear y de pedir es que la filosofía, conducida por el camino más breve a los pies de la religión, enmudezca y adore, y que el estudio de las cosas visibles le sirva sólo para respetar mejor los arcanos de lo invisible, y bendecir al Criador universal.

De estos principios que hemos procurado sensibilizar cuanto nos ha sido dable con la observación y la experiencia, deducimos tres consecuencias, cuya importancia hará perdonar acaso lo abstracto de la materia, y lo mucho que en ella nos detuvimos. Siendo la razón no un principio creador y activo, sino una facultad pasiva a la cual le viene de fuera el alimento y la materia de su ejercicio, y existiendo en ella muchos pensamientos, muchas verdades que no pueden introducírsele por el conducto de los sentidos, debe reconocer una tradición, una fe, una religión, un Dios, cuatro nombres que en último término vienen a ser lo mismo. Solo puede negarse esta necesidad por el que no reconozca más órganos para la razón que los sentidos, ni más ser por consiguiente que la materia. La filosofía, considerada como emancipación y divinización de la razón humana, no puede ser sino la religión de los materialistas. [82]

Naciendo de la tradición, y no de la razón, todas las ideas de esfera superior a la de los cuerpos y de los sentidos; en la religión, es decir en la tradición genuina y verdadera, y no en la filosofía, están basados el orden espiritual, el orden moral, el social, el político, y cuantos están más arriba del orden físico y material. Dogma filosófico, moral filosófica, leyes filosóficas, son palabras que implican en sí propias. Hasta los sentimientos que tienen una fuente más elevada que las sensaciones, purgados de la escoria de la degradación original, son inspiraciones de la tradición, de la fe, de Dios mismo.

La razón era el orden sobrenatural no tiene más oficio que discernir la tradición verdadera de la falsa; así que una vez reconocido el catolicismo como religión verdadera, cesa de todo punto de intervenir en él la filosofía, porque cualquier negación destruiría su divina esencia. La razón de los cristianos está unida a Dios por una larga cadena de verdades: que se rompa la cadena por un punto más alto o más bajo, que sea más o menos importante a nuestros ojos la verdad que se niegue, de todos modos caerá la razón en la honda sima del escepticismo. La religión todo nos lo explica, todo lo dora y alumbra; pero si ingratos con ella pretendemos apurar temerarios un misterio, un arcano que se haya reservado, nos sucederá lo que a aquel príncipe de las Mil y una noches, que viviendo en el seno de las delicias, en el encantado palacio de los cien salones, por querer entrar en el que únicamente se le había vedado, deshizo el encanto, y volvió a encontrarse de repente en áspero y pavoroso desierto.

José María Quadrado