Filosofía en español 
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Eduardo Junco Martínez

El regionalismo catalanista

Su crítica y sus relaciones con la reforma de la Administración local. La región: ¿tiene personalidad y derechos políticos y administrativos autonómicos? Memoria leída por don Eduardo Junco Martínez en las sesiones celebradas por el Ateneo palentino, en los días 6 y 9 del mes de Diciembre de 1907.

I
Introducción

Señores: En las frases que acabáis de escuchar, queda formulada una ecuación jurídica que constituye hoy nuestro problema nacional y en la que aparece una incógnita que no han logrado despejar los sociólogos y políticos más acreditados de nuestra patria. Acaso dependa de que el regionalismo no ha logrado aún cristalizar en un sistema político-social determinado, pues ni siquiera el catalán que es el que nos presenta un más largo período de formación moderna e intenso movimiento molecular, ha logrado condensarse en una fórmula definitiva de reivindicación de los derechos de la personalidad regional; y tan cierto es esto, que el cerebro nacional hoy en plena actividad bajo las bóvedas del palacio de la representación nacional, no ha logrado irradiar la luz que necesita este problema para que lo aprecie con claridad la Nación. Si esto es así, os preguntareis extrañados que ¿por qué me atrevo en mi significancia a solicitar vuestra benevolencia y a molestar vuestra ilustrada atención en este asunto? Debo explicároslo. He sido en esta ocasión el último soldado a quien se le encarga ejecutar una hazaña superior a sus fuerzas. Cumpliendo el encargo debo ejecutarlo con los medios escasos de que dispongo. Las comisiones de la Sociedad Económica me lo encargaron y yo no hago más que cumplir resignado su encargo. Creyeron fundadamente en su elevada ilustración, que dentro de los fines de esta respetable corporación podríase prestar algún servicio a la cultura histórica y social del país, procurando ilustrar la opinión pública acerca de aquel problema nacional, y para cumplir sus deseos, aquí tenéis al último de sus soldados comprometido en una empresa digna tan solo de algunos paladines en ciencias y artes que honran a esta Sociedad por pertenecer a ella.

Pero en fin; vuestra tradicional benevolencia, y la seguridad que tengo de que aquéllos han de hacer surgir por la discusión, la luz que yo no podré hallar, me han decidido a salir al campo.

Apenas salgo, comienza mi perplejidad. Para marchar hacia la solución del problema veo de un lado un camino accidentado y tortuoso que se hunde serpenteando en los dilatados y profundos horizontes de la Historia de España; y de otro una ancha vía, recta y que asciende hasta las alturas purísimas del entendimiento, de la filosofía, y del raciocinio. ¿Cuál de ellos seguir?

La Historia ha solido andar a la greña con los principios racionales y la justicia abstracta y parece que muchas veces se ha complacido en no moldear los organismos político- administrativos con arreglo al tipo arquitectónico ideado por la razón humana en esa larga carrera de genios políticos que va desde Platón a Rousseau. Si a la masa de los pueblos se la pudiera moldear con líneas matemáticas como hace el geómetra con el octaedro, la ciencia política podría resolver sus cuestiones para medio de teoremas. Pero no es así; y la historia humana se ha burlado muchas veces de la rectitud de los principios, acaso porque como dice un publicista, estos son repugnados por la Historia como la línea geométrica repugna a la espontaneidad de las formas de la vida. Tenemos, pues, que recorrer ambos caminos si hemos de tener alguna esperanza de hallar alguna verdad que resulte provechosa. Estudiemos al regionalismo en todos sus aspectos históricos y luego lo contrastaremos con el modelo de los principios abstractos.

II
Concepto y extensión del regionalismo

El concepto actual de la región está aún sin delinear en la esfera de la ciencia política. Los publicistas en sus tratados no han logrado ni casi intentado fijar el concepto científico de la región. ¿A qué responderá esto? ¿Será que los perfiles de esta idea se confunden con los de la nacionalidad? Probemos no obstante de obtenérselos propios y bien definidos. Para ello marchemos al campo catalanista y en él debemos encontrarlos. Los catalanes que demandan al Estado español el reconocimiento de su región como unidad administrativa, autónoma o político-administrativa, no han logrado fijar claramente su concepto. Nosotros hemos leído sus libros, hemos estudiado sus discursos, y después de ello en nuestra imaginación no ha quedado fijada la forma de ese ser, con líneas claras y precisas. Todos afirman que la región existe, aunque nadie la define ni marca sus caracteres fijos e inalterables como toda ciencia o verdad científica exige. Lo único que hacen es fijar lo que piden pero sin especificarlo bien, y variando mucho en sus peticiones cada matiz del regionalismo.

Pero a pesar de esta vaguedad, todos los apóstoles del catalanismo al querer explicar la región y el regionalismo caen atraídos inexorablemente por la fuerza de gravedad de la nación y el nacionalismo. La obra del señor Duran y Ventosa, Regionalismo y Federación, rompe el equívoco y de una manera franca nos dice que el regionalismo es el nacionalismo. En el cap. II, explicando el concepto del regionalismo, nos dice así:

«En cada país se nos presenta el movimiento bajo un diferente aspecto y generalmente con diferentes nombres. Pero buena o malamente, con el nombre de regionalismo trato de comprender tanto las aspiraciones nacionalistas de los irlandeses, thecas, polacos, finlandeses, pueblos balcánicos, americanos, &c.; como las reclamaciones de los flamencos de Bélgica, como el regionalismo de los gallegos y asturianos; como el fuerismo y el bizcaitarrismo de los vascos; como nuestro catalanismo; como el americanismo de los yankis.

Dentro de la nueva concepción de la doctrina, está el imperialismo inglés y las tendencias federalistas a constituirlo con la base del reconocimiento de las entidades naturales (Inglaterra, Escocia, Irlanda, País de Gales y todas las Colonias) y no son más que manifestaciones del mismo regionalismo estando explicadas por la misma teoría. La palabra región tiene un sentido muy vago, y puede decirse lo mismo que Europa es una región del mundo, como que la Gran Bretaña es una región de Europa, como que el Lancashire es una región de la Gran Bretaña. Por otra parte un término de tecnicismo geográfico no es propio para la denominación de una doctrina política. Seguramente el nombre de nacionalidad sería más justo, pero como en otros países se ha entendido por nacionalismo doctrinas muy diferentes, y en España se ha considerado punible aquel calificativo, y como las gentes se han acostumbrado a conocer sus aspiraciones bajo el nombre de regionalismo, acepto aquel nombre.»

Y el señor Prat de la Riva en el prólogo del libro del señor Durán se congratula de no haber discutido nunca de las doctrinas de éste: «Porque partimos –dice– del mismo principio; es que a más de tenerlo dentro del alma como condición clara y honda, siempre está en nosotros y sobre nosotros la idea madre de la nacionalidad catalana.»

(Se continuará.)


El regionalismo catalanista

(continuación)

Y es que el señor Durán y Ventosa va después a fundar todas sus doctrinas en el principio fundamental de que toda nación debe constituir un Estado con gobierno suyo, aunque se asocie o reúna a otros para el mejor cumplimiento de sus fines. Y el señor Suñol en su discurso relativo a la reforma de Administración local decía en la sesión de 19 de Octubre último en el Congreso de los Diputados:

«Es que habéis desconocido la realidad histórica al prescindir (en el proyecto) de la existencia de las regiones y con ello no sólo habéis quitado a vuestra política aquel sentimiento positivista que habíais anunciado tantas veces al subir al poder... No; vuestro proyecto no es viable a mi juicio, quizá lo será en el terreno parlamentario, pero no lo será en la realidad si no reconocéis antes de una manera explícita, terminante, la existencia de la región.

Porque este problema regional que en otros países puede tener quizá un carácter más bien administrativo que político y social, aquí en nuestro país es un problema fundamentalísimo. ¿Cómo no, si muchas de las regiones españolas tienen todos los caracteres de una verdadera nacionalidad, tienen un idioma propio que es lo que caracteriza a las nacionalidades según dijo Fitche y según recuerda don Vicente Santamaría de Paredes...; si tienen no ya lengua propia, sino un derecho civil propio que se está desenvolviendo en la imposibilidad de hacerlo en el terreno de la legislación porque se le ha privado de organismos políticos oficiales, en el terreno consuetudinario, en el de la costumbre, en el de vida, y sí tienen costumbres propias y peculiares que les caracterizan hondamente? Pues en un país como el nuestro donde existen otras regiones que lo fueron y que volverán a serlo ¿cómo podéis vosotros conservadores armados según vuestro deber de un sentido positivo y de un sentido histórico, borrar de nuestra ley de una sola plumada la existencia de las regiones españolas?»

También el señor Junoy abundaba en parecidas ideas cuando se discutía últimamente dicho proyecto de ley.

«Nuestro espíritu, decía, es demanda, sea dicho con claridad diáfana, sin eufemismos, la reconstitución, la redención de vuestro propio Estado vacilante y carcomido que se cuartea por todos lados, de vuestro Estado que marcha a una rápida y fatal descomposición, sobre dos soluciones bien sencillas, la autonomía de municipalidades y la reconstitución armónica y orgánica de las antiguas regiones de las viejas y gloriosas nacionalidades españolas.»

Y más adelante afirmaba rotundamente:

«Este movimiento es genuinamente nacionalista, es nacionalista hasta la médula de los huesos; es afirmación vigorosa, clara y rotunda de Cataluña como nación fuertemente ligada a la nacionalidad española. Si lo ha sido Cataluña en la historia, si lo es; si tiene la voluntad de afirmarse en estos términos y en estas condiciones por las razones que aquí se han expuesto, porque tenemos una lengua, porque tenemos una historia y porque tenemos un derecho, porque tenemos una novela, porque tenemos un teatro, porque tenemos todas las manifestaciones internas y externas de un verdadero espíritu nacional. Es nacionalista sí y hasta el fin lo será el movimiento. Por eso al terminar mi discurso hablaba de que nuestra concepción de la Patria y la Nación se ensanchaban soñando en un Estado español compuesto, en España, nación sí, más que nación, nación de naciones».

Y esta equivalencia, esta proyección exacta de las ideas región y nacionalidad, se perciben siempre en los defensores del regionalismo. Uno de los verbos del catalanismo, el señor Cambó, al intervenir en la discusión del proyecto referido, estuvo aún más explícito en esta yuxtaposición de conceptos:

«Pero en cuanto a la intensidad del pensamiento regional en Cataluña, exclamaba, eso no puede negarlo nadie; en cuanto a que Cataluña ha tenido siempre una personalidad peculiar característica, es inconcebible que se niegue; sería negar la Historia. Los historiadores más antiguos que se ocupan de España ya nos hablan de una Etnos ibérica que formaba una nación desde Murcia al Ródano. Cuando los romanos, una porción de la Etnos ibérica formó parte de la Galia y otra formó la provincia parte de la Hispania, y en esta Hispania se formó la provincia Tarraconense, comprendiendo todo lo que es raza catalana. Vienen los godos, y no solamente no se constituyó la unidad que se ha pretendido, sino que a cada momento en que el Poder real godo se debilitó, toda la Etnos ibérica en su antigua unidad de Murcia al Ródano se sublevó contra la denominación goda. Gilderico y Paulas son ejemplos que están en la memoria de todos.” “En Cataluña ocurrió un hecho que quien no lo estudia muy de cerca, le produce cierta confusión; en Cataluña ocurrió el hecho de que cuando aún conservaba personalidad política, apenas conservaba conciencia nacional colectiva, que la personalidad política era una cosa muerta que cayó al primer soplo del despotismo. Pero como cuando la personalidad política, no lleva el apoyo de una conciencia nacional colectiva la personalidad política se pierde, yo os digo que ahora pasa al revés, ahora la conciencia nacional colectiva existe en Cataluña y el reconocimiento como personalidad política vendrá con toda la seguridad, no lo dudéis, hay cosas que no pueden evitarse.»

¿Dónde, pues, nos preguntamos ahora todos, están los límites del concepto de la región, si lo que se afirman existir en Cataluña es una conciencia nacional colectiva? El concepto de la región se esfuma y diluye en el de la nacionalidad para los regionalistas catalanes, y nos va a ser un tanto difícil hallar los contornos que esa tendencia le ha dado. Pero quien más claramente fundió en el concepto de la nacionalidad el de la región, fue el señor Vallés y Ribot.

«Y el tercer fundamento, dijo, que ya tiene un carácter y una concreción menos fundamental, por decirlo así, de los expuestos, que tiene un sentido más concretamente político, es el de que en donde hay una sociedad humana con territorio propio, con unidad de lengua, que es el verbo del alma de los pueblos, con unidad de aptitudes, con unidad de vocaciones, con unidad de costumbres y comunidad de antigua historia, comunidad de derecho; allí donde hay una sociedad que comprende todas estas unidades, allí hay una nacionalidad, y que allí donde hay una nacionalidad, allí corresponde un Estado, y en este concepto el pueblo de Cataluña, con solidaridad, con sus diputados, entiende que la nacionalidad con la región catalana tiene perfecto derecho a constituirse en Estado; en Estado con poderes propios, organizado con poderes propios por Cataluña misma; con funciones ordenadas y determinadas por los mismos catalanes, y que cuide absolutamente de todo lo que exclusivamente se refiera al régimen y gobierno interior de la región o nacionalidad de Cataluña».

No puede, pues, decirse con más claridad que la región es la nacionalidad, y que ese federalismo que insinúa el Sr. Valles y Ribot, no es federalismo regionalista sino nacionalista con relación a las otras naciones que se supone forman el territorio español. Y lo que lógicamente tenemos que deducir, en vista de lo expuesto, es que en el campo del regionalismo catalán, no hemos hallado determinado de una manera científica el concepto y límites de la región. Acudimos a él por ver si hallábamos un concepto positivo y exclusivo de la región, y nos le hemos hallado confundido con el de nacionalidad; o mejor dicho, territorio en que mora una nacionalidad.

Mas no debemos retroceder ante este primer fracaso; la determinación científica del concepto región, tiene a nuestro juicio tal importancia para resolver el problema regionalista que entendemos que si ese concepto no puede al fin fijarse de una manera positiva, con verdadero plasticismo geográfico e histórico, ese problema resultará insoluble, porque no fijándose la personalidad física y moral de la…


El regionalismo catalanista

región, no pueden determinarse sus derechos naturales y los que en el orden del tiempo la haya concedido el fallo ejecutorio de la historia.

Continuemos nuestra investigación hacia el hallazgo del concepto regional, porque si éste no existe, no podría existir el problema regionalista. Nos falta aún en el campo regionalista mucho terreno que reconocer; nos falta la obra maestra de Almirall “El Catalanismo”; la del creador científico y sistemático del regionalismo catalanista; el que impulsó el nacimiento de esta tendencia en el orden social y político. Su obra que apareció por vez primera hace veinte años, tiene un tono suave que le prestan las modestas aspiraciones de un particularismo menos exigente que el grado nacionalista a que hoy llega su evolución. Ya lo dice Almirall en el prólogo con que publica en 1902, una nueva edición de su libro:

«Fuimos los primeros o de los primeros a lo menos en pregonar y propagar las excelencias del regionalismo en general y las ventajas que del mismo podría reportar nuestra patria catalana y no han pasado todavía treinta años, que hemos de hacer constar que nada tenemos de común con el catalanismo o regionalismo al uso que pretende sintetizar sus deseos y aspiraciones en un canto de odio y fanatismo resultado o medio resultado de un período anormal y funesto de nuestras disensiones. ¡Qué distancia tan enorme media entre nuestro regionalismo federalista que armoniza y une y como el Hércules de la leyenda “separando junta” y esa tendencia que no se propone más que enemistar y separar!... Tal ha sido siempre nuestra convicción que hemos defendido y propagado desde hace treinta años. Nada tendría de extraño que durante tan larga fecha alguna vez nos hubiéramos dejado arrastrar por alguna preocupación momentánea y de detalle, pero en el fondo siempre nuestra propaganda ha tendido a nuestro ideal. Jamás hemos entonado ni entonaremos “Los Segadors”, ni usaremos el insulto ni el desprecio para los hijos de ninguna de las regiones de España. No tememos ni nos importa un comino las excomuniones que nos valdrá esta franca exposición de nuestro criterio. Es el que hemos sostenido siempre y sin renegar de él jamás y no ocultándolo nunca durante nuestra vida activa se nos ha elevado a todos los sitios de honor del regionalismo catalanista desde las presidencias del primer “Congreso catalanista”, del “Centre Catalá” y de los “Jochs Florals” de Barcelona, hasta la dirección del primer Diari Catalá y la presidencia del “Ateneo Barcelonés”.»

Esto prueba cuánto y en qué sentido tan peligroso ha evolucionado el catalanismo; Almirall, el primer apóstol del catalanismo sistemático y científico, se ha creído en el caso de restablecer la ortodoxia de la escuela regionalista y arrojar de su comunión a los que han ido evolucionando tan lejos que hasta han caído en el separatismo.

Y volvamos a nuestro argumento.

Almirall, cuando escribió su libro El Catalanismo, hablaba sólo de la región, no de naciones, y fundaba todo el edificio regionalista en lo que él llama particularismo de los pueblos y regiones. Todo su sistema parte de la diferencia entre el tipo y carácter del castellano y el tipo y carácter del catalán, según después veremos, y fundado en estos dos particularismos pide la fundación del estado compuesto que haga posible el desenvolvimiento armónico de estos dos tipos o razas. No habla Almirall de nacionalidades, pero en el fondo va a confundir este concepto con el de la región; al pedir los Estados compuestos que representen la suma de los particularismos regionales. “Ni el Estado grande ni el pequeño –dice– resuelven el problema de la organización de las sociedades; la solución de éste está en la asociación de Estados sobre la base del particularismo.” Acaso en el tiempo en que Almirall escribió su libro, no fuese conveniente hablar de nacionalidades, por eso hablaba de particularismos solamente; pero esos particularismos que exigen la formación de un Estado para cada uno, y la división de la soberanía, no pueden fundarse más que en el extenso y total concepto de las nacionalidades.

De todos modos, Almirall, con su teoría del “particularismo”; es quien más se acerca a la formación del concepto regional, como idea intermedia entre el Municipio y la Nacionalidad, que son los dos organismos a quienes la ciencia política ha extendido hasta el día, la ejecutoria de personas colectivas por derecho natural.

Y por fin, antes de exponer nuestro concepto acerca de lo que debe entenderse por región y regionalismo, no debemos dejar de transcribir el concepto regionalista de Mañé y Flaquer, que es el que a nuestro juicio menos confunde la región y el regionalismo con la nación y el nacionalismo, y reduce a más justos límites las reivindicaciones que dentro de la prudencia pueden pedir las llamadas regiones intranacionales. Dice el señor Mañé en sus cartas acerca del regionalismo:

«Cataluña no quiere romper, ni siquiera manchar ese tejido histórico (formado por los Reyes Católicos) que unió estrechamente a ambos pueblos; pero al mismo tiempo como ama el patrimonio de su derecho y de sus costumbres, que es su manera de ser, no consentirá de buen grado que nadie se lo arrebate, sea cualquiera el pretexto que se tome para llevar a cabo semejante atentado.

El pueblo catalán repetirá con dignidad y entereza las palabras que pone Tácito en boca de los jefes escitas “Urbis nostra institutum sicut a majoribus accepimus, sic posteris tradamus.” Este es el verdadero, el genuino regionalismo catalán y en defenderlo estamos conformes todos los catalanes sin distinción de clases ni partidos. Celebramos nuestra unión con Castilla, pero deploramos que no se respeten nuestros derechos entre pueblos hermanos. Cataluña no podía conservar su independencia colocada entre dos poderosas naciones de Europa.

Los regionalistas federalistas sueñan con un Estado casi independiente, con su Parlamento donde se riñeran batallas y dieran espectáculos como los que ustedes (castellanos) están presenciando todos los días.

Este Parlamento había de ser más fatal a Cataluña que el que ahora funciona en Madrid, pues así como en la actualidad pagamos nosotros los platos rotos, alguna vez, entonces los pagaríamos siempre. Desde luego hay que tener en cuenta que los de Almirall aceptan a beneficio de inventario nuestro pasado que es en parte nuestro presente.

De este secular edificio quieren quitar la argamasa, la influencia del sentimiento religioso y también del monárquico, con cuya operación irían rodando por el suelo todos los sillares y no nos quedaría sino un montón inservible de ruinas. Privadas nuestras instituciones del espíritu que las informa en todo el curso de la Historia, Cataluña dejaría de ser lo que es, Cataluña no tendría razón de ser.

El soplo racionalista que va nivelando y uniformando todas las regiones de España obraría sobre nosotros más directa y eficazmente y borraría nuestra fisonomía particular con más rapidez que en Castilla. Exigir personalidad para Cataluña y atentar contra su alma me parece el mayor de los absurdos.»

Como se ve para Mañé y Flaquer el regionalismo catalán significa la conservación de las venerandas instituciones y costumbres del pueblo, la conservación de su alma, de su espíritu tradicional. Pero en cambio para los nacionalistas es la consagración de Cataluña con nación en cuyas entrañas radica el poder político, la soberanía, aunque esté limitada por la merma necesaria para vivir bajo la dirección del Estado compuesto. Y por tanto se ha disuelto entre esos postulados el concepto de la región como organismo natural intermedio entre el Municipio y la Nacionalidad. Por eso Almirall y Durán y Ventosa, al fundar dentro de la ciencia política la teoría del regionalismo, piden el Estado particular para la región con los atributos de la soberanía nacional.