Filosofía en español 
Filosofía en español

Rodolfo Gil Fernández en
Hojas Selectas. Revista para todos. Biblioteca Salvat
(1909-1919)


Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, abril 1909
año VIII, número 88
páginas 353-354

Cantos eslavos

Los violines


Pobres y sin rumbo, por la misma senda
  juntos caminaban
  un día dos músicos;
tristes y famélicos, mudos y abatidos,
  delante de un árbol
  paráronse un punto.

–¡Qué árbol más esbelto! –dijo el uno al otro.
  –Gallardo de veras
  es, hermano mío.
Es un bello plátano de tronco robusto:
  yo con él haría
  un violín magnífico.

–¡Mejor, dos! Partámosle. Mi amigo, ¿te atreves?
  –Manos a la obra.
  Las hachas, en alto,
tajantes y fieras hendieron el tronco,
  brillando el acero
  con lumbres de rayo.

Un hondo suspiro alzó el primer golpe:
  al segundo, sangre
  del árbol manaba;
al tercero, el plátano, con voz lastimera,
  dijo al implacable:
  –¡Piedad! No me partas.

Yo no soy un árbol; aquí mi infortunio
  encerró mi espíritu
  bajo esta corteza.
Garrida aldeana, convirtióme en árbol
  maldición airada
  de una madre austera.–

Los músicos, sordos a la voz ignota,
  siguieron cortando
  la madera virgen:
despúes la pulieron, pusiéronle cuerdas
  y a la aldea fueron
  con sus dos violines.

Delante una puerta luego los tocaron:
  las notas alegres
  sonaban tristísimas,
como si, al conjuro del encantamiento
  el roce del arco
  rasgase las vísceras.

–Callad esa música,– les grita la madre
  que su eco es la queja
  de mi amor perdido:
a mi hija recuerda, la maldije un día
  y hoy es su memoria
  mi juez y castigo.

Siguieron los músicos la senda desierta
  y aún se oye en el fondo
  del dormido valle:
–¡Ay de las cuitadas que maldicen hijos!
  –los violines roncan,–
  ¡Desgraciadas madres!

Por la versión castellana: Rodolfo Gil
(Dibujo de G. Camps.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, enero 1911
año X, número 109
página 33

La lira portuguesa

Anthero de Quental

A un poeta


   Espíritu sereno
  que duermes y reposas
a la sombra del cedro secular,
  cual sacerdote, ajeno
a la lucha y estruendo de las cosas,
que al pie descansa del sagrado altar:

   ¡Despierta, que ya es hora!
  El sol del mediodía,
pone en fuga a la larva sepulcral;
  porque con luz de aurora
de el seno de estos mares a otro día
resurja un mundo nuevo, que espera una señal.

   Escucha. Con voz llena,
la muchedumbre a tu alredor se agita:
esos que se alzan tus hermanos son,
  y la guerra palpita
  en esa voz que suena;
óyela, que es de alarma su canción.

   Levántate, soldado
  del porvenir; levanta.
Sacude el torpe sueño de la paz
  y, pensador osado,
con la luz que tu espíritu agiganta,
fulmínea espada de combates haz.

Rodolfo Gil
(Dibujo de G. Camps.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, junio 1911
año X, número 114
páginas 581-582

  Mañanica de San Juan
las flores florescerán…


Mañanica de San Juan
presto mi amada despierta.
¡A cuántas mantuvo alerta
oculto amoroso afán
y a coger el trébol van!
¿Qué esperará mi serrana
al albor de la mañana?
Sin palabras me lo dijo,
porque en mí
la misma inquietud sentí.

No madrugan más las flores
que con sus manos aroma;
que, antes que la altiva loma
hiera el sol con sus fulgores,
la reina de mis amores
peina y riza sus cabellos
y los nardos prende en ellos.
¡Cuánto puede la impaciencia
de su afán
la mañana de San Juan!

Ya las rosas y claveles
de un huertecito encantado,
para mi dueño adorado
guardan en el cáliz mieles.
De los risueños vergeles
que perfuman mi retiro,
turba el silencio un suspiro.
En los suspiros del alma
¡quién no cree,
si en ellos puso Amor fe!

Andaluza es mi morena,
andaluza es mi alegría,
el sol de mi Andalucía
tostó su faz de azucena.
Su voz mi espíritu llena;
como la mejor espada
destella luz su mirada...
¡Flor del campo, amada mía,
si eres toda para mí,
voy a ti!

Voy a ti, como impaciente
corre a los mares el río.
Ábreme, Amor, que el rocío
humedece ya mi frente.
Permíteme que en tu fuente
ponga mi boca abrasada
y mi sed quede apagada.
Que, aunque en sus aguas hay fuego
de un volcán,
trocaralas miel mi afán.

Sus amores son mejores
que el más oloroso vino.
Musas, cubrid su camino
con rica alfombra de flores.
Ya cantan los ruiseñores
de mi río en la ribera;
ya es ida la primavera;
ya tus labios acaricia
mi canción:
¡ya es esclavo el corazón!

¡Esclavitud bendecida
la que el corazón inflama!
¿Quién no bendice la llama
que da a su espíritu vida?
Mi paloma, ven y anida
en el alma que te adora;
tu mirada seductora
brilla y atrae y subyuga
como imán
la mañana de San Juan.

Trovador y caballero,
trovador enamorado,
ya me tienes a tu lado,
señora, humilde pechero.
De tus ojos prisionero
nadie ya de ti me aleja.
Busca rosas en tu reja,
con ellas ciñe mis sienes...
Pues soy todo para ti,
ven a mi.

Ven a mí, dueño querido,
que, en un bosque de laureles,
tú labrarás dulces mieles,
yo reconstruiré mi nido.
En nuestro jardín florido,
cuidado con tus desvelos,
se reflejarán los cielos,
y las Gracias en tu boca
sonreirán
la mañana de San Juan.

Rodolfo Gil
(Dibujo de A. Gual.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, enero 1912
año XI, número 121
páginas 16-17

Cantos marroquíes

(Anónimo)


Ya no abren sus capullos
las rosas de la sierra:
ya sus capullos no abren
aun cuando el sol las besa.

Ya del jazmín las flores
del tallo se desprenden
y fingen en el suelo
suave tapiz de nieve.

Es que mi amada ha huido;
la paloma ha dejado
el valle, porque teme
las garras del milano.

Mis ojos, por su ausencia,
inúndanse de lágrimas;
mi corazón, en tanto,
palpita, sufre y calla.

En todo lo que miro
hay sombras y tristezas;
quizá el sol, más dichoso,
siguió avaro a mi bella,

llenando sus caminos
de luz y de alegría,
para celarla amante,
para gozar su vista,

para tejerle espumas
en las azules ondas,
para expirar rendido
de amor en nuestras costas.

Ya no está aquí mi amada;
la paloma ha dejado
el valle, porque teme
las garras del milano.

Huye, bien mío, escapa,
que, mientras tú te alejas,
yo con el alma altiva,
como águila que vela

por sus inermes hijos
allá en lo alto del monte,
firme estaré en acecho
tras la almenada torre,

para afrontar la lucha
si el enemigo avanza
y defender intrépido
mi amor, mi fe y mi patria.

Se fue mi palomica,
el miedo la ha espantado,
el miedo que le inspiran
las garras del milano.

Se fue, mas en su puesto
el cazador aguarda.
El cazador no teme
y el ave cruel no avanza.

Por la versión castellana:
Rodolfo Gil  
(Dibujos de Camps y Triadó.)




Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, enero 1915
año XIV, número 157
página 64

Mirtos


–No te canses, no te canses,
–dijo una dama a su amor;–
de las flores que me ofreces
en mi jardín tengo yo.

Tan sólo una flor quisiera
y entre éstas no ví mi flor,
¡que no pierde su perfume!,
¡que no muere con el sol!

–¿Cuál?
   –¡Torpe! Lee en mis ojos.
–No acierto.
   –¡Tu corazón!!
–¡Si es tuyo!
  –No todavía,
pues tu alma no adivinó.

Cuando el alma arde en los ojos,
nunca pregunta el Amor.


Rodolfo Gil
(Dibujo de M. Feliu d'Lemus.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, abril 1915
año XIV, número 160
página 358

Heridas de Muerte

Amoris gladium,
amoris gaudium.


Un día Amor, por olvido,
dejóse atrás una espada,
y la empuñó mi adorada
por tenerme aun más rendido.

A mi vista hizo brillar
su bruñida hoja de acero,
y apuntó un golpe certero
en mi corazón a dar.

Mas, antes que al corazón
llegase la hoja temida,
mi bella sintióse herida,
que el acero hizo traición.

    …

De su mano ensangrentada
cayó el arma. Y comprendió
que, quien con mirar mató,
no hubo menester espada.


Rodolfo Gil
(Dibujo de A. de Riquer.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, abril 1917
año XVI, número 184
páginas 432-433

No por mucho madrugar

cuento


Cetrino, cejijunto, caviloso, más cargado de angustiosas preocupaciones que del peso de los años el cuerpo, siempre receloso y cada vez más apegado a aquellos surcos de sus pegujares y a aquellas tapias resquebrajadas de su chocil cortijero; tal érase que se era el tío Joseíco, el labrantín más codicioso y descontentadizo de la vega.

Dijérase que era un místico, viendo sus ojos a todas las horas del día clavados en el cielo; dijérase que era un avaro ruin, un Juan-roñica, con sus continuas contarriñas y el angustioso clamor de sus ansias, nunca satisfechas, en la época de la recolección.

Para el tío Joseíco, todo el mundo se encerraba en aquella porción de terreno a que consagraba sus afanes y cariños, que verdeaba con destellos de esmeralda en plena primavera y que, como un tapiz de oro, se tendía en los años prósperos ante sus ojillos grises, en que la alegría fosforescía un instante y la pesadumbre ahondaba como pico de minero. Sólo en las varadas de San Juan y San Miguel asomaba por el pueblo y sentíase como fiera acorralada y presa entre los barrotes de una jaula.

Indignábale el trato con las gentes derrochonas de la villa, y la dicha ajena le agriaba el ánimo al ver cómo aquellos vagos señoritingos, que en su vida habían empuñado la azada ni el arado, se codeaban con él y le miraban con aires de superioridad en el casinillo en que sus pulmones se asfixiaban.

No tenía hogar; no habla creado familia ni la deseaba. Todos los amores que podía sentir su alma, seca como los espartos de la sierra, los había puesto en aquella tierra de pan llevar, que bien pudiera ser suya por los sudores que le había costado.

Justificada estaba su aversión al pueblo.

Aquello no era para él más que un sacadineros: la renta, la contribución, los consumos, las igualas del matasanos, las exigencias de los jornaleros, y tantas socaliñas como le vaciaban el bolsillo, le compungían y le hacían huir a todo correr hacia aquel su rinconcillo de la campiña.

Allí vivía en paz y en gracia de Dios, sin otros cuidados que los suyos propios. ¿Leer? ¿Saber? Teníase por abogado de secano, y para ello le bastaban su gramática parda, los dedos para contar sin equivocarse, los ojos para velar como centinela por su sementera.

¡Pobrecica sementera! ¡Qué desmedrada estaba aquel año! Mirándola, sentado a la puerta de su cubil, desafiando al sol, rodábanle por las mejillas dos lagrimones de desaliento que le escaldaban el rostro.

El año era de prueba; no había caído en los campos ni una gota; el sol hacía chiribitas ya por Semana Santa; el polvo denso de la carretera, posado en los sembrados acogotados, dábales una tonalidad gris de ruina…

Pero allá abajo, en los predios lindantes con el arroyo que se perdía en la hondonada, estaban los trigales que eran una bendición; sus carrizos casi podían tapar a un hombre. Aquello sí que era un cosechón. ¡Y no poderles robar la vecindad del agua en provecho de su pegujarillo!

¡Y no llover!

¿Qué haría? En su magín bullíanle las ideas más estrambóticas; andaba desganado y corcovado por la cavilación; apenas saboreaba un hoyo de aceite; cuando más, se corría a mojar cuatro sopas en el dornajo rebosante de salmorejo o a paladear unas migas que se le atragantaban como pedruscos. Se había quedado en los huesos y rara era la noche que conseguía pegar los ojos.

Pero el tío Joseíco no cejaba en sus trece de encontrar remedio al atraso de su sementera. Él no adivinaba cómo habría de hallarlo, mas de seguro toparía con el busilis, porque no era cosa de estarse mano sobre mano, cuando por la sequía pertinaz de los dos años anteriores pesaba sobre él y sus cultivos un pacto a retro.

Un día amaneció con el entrecejo desarrugado, la desdentada boca sonriente, los ojos comunicativos y brillantes, y carminosas las mejillas apergaminadas. Había soñado, y en sueños había dado con el intríngulis de su mal. ¡Cómo le iban a envidiar los otros labrantines!

La naturaleza era una perezosa empecatada, y, cuando se dormía, había que zarandearla para que despertara y se estirase. Y eso haría él. Pero el secreto, la revelación milagrosa, para él solito. Fuera insensatez descubrirlo a nadie.

Dicho y hecho. Diligente, se echó fuera de su choza con honores de casa, se inclinó con ardimientos juveniles sobre los surcos, que más parecían sembrados de alpiste que de trigo, y comenzó la faena, de punta a punta, redoblando sus energías con la esperanza del éxito. Con cierto mimo que no remataba la prisa, sin agobios de cansancio, fue tirando de los tallos uno por uno, sacando las raíces casi a flor de tierra, para dejar los trigos a la altura que codiciaba el deseo.

–No puedo más; al fin acabé,– rugió, congestionado el rostro y enrojecida la mirada, al caer la noche.

Y se desplomó delante de su choza como herido por un rayo. La fatiga le ahogaba y acabó por rendirle. En tantas horas no había parado un instante. Todo lo quiso hacer en un día, y apenas había suspendido el trajín para refrescar sus fauces con un chorro del porrón rezumante. Al cabo, el cansancio y la fiebre del propio afán exacerbado dejábanle inerte.

Aquella noche sí que durmió a la buena de Dios, con la inmovilidad de un tronco. El sol, bien entrada la mañana, le despertó.

Jovial, respirando fuerte, remozado, con cara de pascua, se incorporó y, sentado a lo moro en el santo suelo, sus ojos se dilataron abarcando en una caricia avarienta toda la extensión de su sementera, desperezada y avivada por un brutal esfuerzo.

La cosecha estaba salvada. Pues, qué, ¿aquellos tironcitos no traerían en sazón una granazón espléndida? Así, durante el día entero, día canicular, la alegría que transpiraba de sí túvole como alocado en lisonjero coloquio y sin poder permanecer dos segundos en un sitio.

–¿Cómo no se me ocurriría esto antes?, –rezongaba para su capote, remordiéndole lo que él llamaba su torpe ceguera.

A la hora del crepúsculo salió bruscamente de su éxtasis de socarrón iluso. Abrasaba el ambiente, y los trigos, lozanos y enhiestos al amanecer, se acostaban a lo largo de los surcos en inevitable inclinación de muerte. Las raíces habían salido de su lecho al sol, y aquel sol de fuego las había secado con sus besos, abatiendo los esbeltos carrizos.

En esto paró su estirazón forzada y prematura; Los sembrados estaban muertos. De bruces sobre ellos, pagando una locura con otra, yacía el cuerpo yerto del tío Joseíco.

El hachazo de su espantoso infortunio le había tirado a tierra y en ella posaba sus labios amoratados…

¿Para morderla? ¿Pera besarla?…

¡Sacra naturaleza! ¡Tú no procedes nunca a saltos!


Rodolfo Gil
(Dibujo de J. Segrelles.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, agosto 1917
año XVI, número 188
página 832

¡Siempre enigma!


En manos de una mujer
el abanico es un cetro
ante el cual los hombres todos
rinden culto genuflexos;

porque tiene algo de rito
su rítmico movimiento;
porque el aire que levanta
quema como ola de fuego;

porque es queja y es suspiro
el rumor de su aleteo;
porque duerme entre sus flores
la abeja de los recuerdos;

porque, si habla como un mago,
da muerte como un guerrero;
porque en su vaivén columpia
el dolor con el ensueño,

y… porque en su mudo hechizo
¡siempre es enigma y misterio!

Rodolfo Gil

Madrid, 1916



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, septiembre 1917
año XVI, número 189
página 904

Medallones


De las montañas al valle
baja rendido el pastor,
que entre rocas de la cima
se ahogaba su corazón.

La nieve de las alturas
su fuego interno encendió
y centellea en sus ojos
la llamarada de amor.

Ha estallado entre sus labios
y ha sido flecha su voz,
que demanda, que suplica,
que vibra como el dolor.

Ante el altar de sus ansias
se postra de cara al sol,
mientras su ídolo deshoja
las flores de su ilusión.

Está en ellos la respuesta…
¿Qué dirá la última flor?
Sentencia de vida o muerte,
¡quién tu fallo adivinó!…

¡Sobre un cielo de esperanza
pasa la sombra de Dios!

    * * *

–¿Me conoces?, –dijo Amor,
e hizo de sus manos venda.
–Sí, –le contestó la niña.
–Y ¿cómo, si ya estás ciega?
–Porque tan solo tus manos
siempre que acarician, queman;
y porque, al hablar y oírte,
mi corazón goza y tiembla.

Rodolfo Gil

(Dibujo de M. Ramos.)



Hojas Selectas. Revista para todos
Biblioteca Salvat, Barcelona, febrero 1919
año XVIII, número 206
página 904

Trovas del Albaicín


Amor y amistad comparo
con un río y una fuente:
si el río puede secarse,
el manantial es perenne.

Mi cariño y tu cariño
no ceden a la distancia;
son ramas de un mismo tronco
que en el recuerdo se enlazan.

Los años que pasan tienen
la virtud de los rosales:
los cubre el tiempo de flores
cuando su savia es fragante.

Dos armas tiene el Amor
que siempre le dan victoria:
dagas de luz en los ojos,
besos de miel en la boca.

Rodolfo Gil
(Dibujo de A. Jarque.)