Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Rodolfo Gil Torres ]

Los señores feudales en los dos Protectorados de Marruecos
II


Como prueba de los grandes resultados que podíamos obtener fomentando la formación de los grandes caidatos en nuestra zona, vamos a estudiar ligeramente los resultados obtenidos por Francia en toda la parte meridional y central del Imperio por la hábil utilización del prestigio de los grandes caídes que dominaban en aquellos territorios, entre los cuales citaremos a los hermanos Madani y Thami Glaui, al Gundafi, al Ayadi, al Mtugi, al Uriki y a Haida-u-Muis.

Francia ha aumentado gradualmente este prestigio, utilizándole en provecho propio, y por conducto de ellos ha llegado a dominar en todos los territorios situados entre el Um-er-Rbia y la frontera sahariana casi sin derramar sangre francesa, pues la mayor parte de los combates sostenidos contra los enemigos del protectorado francés han sido ganados por las jarcas indígenas de los señores feudales antes citados, y los franceses no han tenido que intervenir más que en dos momentos: la marcha de Mangin sobre Marrakex y el paso del Atlas por la columna del general Lamothe al dirigirse al país del Sus con el objeto de ocupar Tiznit, baluarte del pretendiente Madhi-el-Hiba.

Sería conveniente, antes de pasar a estudiar la aplicación a nuestra zona del sistema que tan excelentes resultados ha dado a Francia en la suya, fijarse bien en las profundas diferencias que existen entre las comarcas del Gran Atlas y las cordilleras que se extienden a lo largo de la costa marroquí mediterránea, pues las condiciones geográficas de ambos territorios imponen a sus habitantes el sistema político por el cual se rigen.

En el Norte del Imperio, en las regiones de las zonas española y francesa, situadas entre el mar y el Yebel Tiziren, y entre éste y el territorio de Uarga, el país se presenta lleno de valles, desfiladeros, cerros y otros accidentes orográficos, que dividen el territorio en una infinidad de pequeños cantones. Esto, unido a la gran fertilidad de estas comarcas, hace que los naturales se basten a sí mismos y, no teniendo necesidades, pues su país les da todo cuanto pueden desear, son extremadamente refractarios a cuanto signifique someterse a cualquier especie de dominación, y solamente por motivos espirituales se determinan a reconocer alguna autoridad.

Esto explica lo efímero de las dominaciones puramente políticas en aquellas comarcas y el escaso éxito obtenido por aquellos caudillos que, como Abd-el-Krim, El Miziam, El Roghi, han tratado de enseñorearse de aquellos territorios, a no ser que hayan mantenido el espíritu de adhesión de las kabilas por medio del interés o por el hábil aprovechamiento de los errores de sus adversarios. Porque, aun los mismos que han llegado a dominar en una vasta comarca y a reunir en torno suyo una gran cantidad de kabilas, no han podido llegar a fundar una institución tan poderosa como, por ejemplo, la citada Casa de los Xorfa, descendientes de Muley-Abd-Es-Selam, que perdura a causa de su carácter exclusivamente religioso.

En cambio, en el Gran Atlas nos encontramos con un País completamente opuesto en sus condiciones generales al Marruecos mediterráneo. Aquí, las montañas son mucho más elevadas; los valles y desfiladeros, mucho más escasos; sus montañas dejan escasos terrenos cultivables, y aun éstos poco fértiles, lo cual hace que casi todos sus habitantes se dediquen al pastoreo. Careciendo de todo lo indispensable para la vida, aquellos montañeses tenían que ir a vender sus lanas, sus pieles y sus carnes, sus mulas y sus caballos en los zocos de Marrakex y de las kabilas que rodean a la gran capital del Sur.

Pero, para alcanzar estas llanuras, los montañeses del Sus y el Atlas se veían obligados a atravesar las montañas por los pasos y desfiladeros dominados por las enormes alcazabas de los grandes caídes. Naturalmente, los señores feudales propietarios de estos castillos situados tan estratégicamente, tienen bajo su influencia a las kabilas vecinas, obligadas a pasar bajo sus fortalezas para poder alcanzar los mercados en los cuales venden sus productos. Este hecho, repetido durante siglos, ha creado entre los caídes y los montañeses relaciones de vasallo a señor, que aún perduran. Estas relaciones están hechas de una mezcla singular de respeto y amistad, de sumisión y confianza, que constituyen una curiosa supervivencia feudal, que resulta extraña en estos tiempos de luchas sociales.

La aparición de tales jefes en el Sur del Imperio data del periodo de desorganización y anarquía que se extiende desde el comienzo de la Edad Moderna hasta las luchas fratricidas entre los hijos de Muley Hassan, que tuvieron por consecuencia la subida al trono de Muley Yusef, bajo el protectorado francés, y la instalación de nuestra Patria en la orilla Sur del Estrecho.

Desde el siglo XV al XX ocupan el trono marroquí una serie de monarcas desprovistos de toda autoridad, entregados a los placeres cortesanos y careciendo del poder necesario para poderse imponer a las kabilas sublevadas, porque las luchas entre las diversas dinastías, y aun entre los mismos individuos de ellas, hacía imposible la empresa de imponer la autoridad del Gobierno a las kabilas, tanto árabes como bereberes, que se negaban a reconocer la autoridad del Sultán y pagarle tributo.

Viendo los Sultanes que la indisciplina crecía y que las grandes ciudades del Imperio solían ser víctimas de la rapacidad kabileña, que más de una vez las pasó a cuchillo, pensaron en delegar su autoridad en individuos que, gozando de una amplia autonomía, contribuyeran a la seguridad de aquellas regiones más directamente amenazadas; pero se encontraban con la dificultad insuperable de que éstos hombres podían usar de su poder para ir en contra del propio Sultán que les había nombrado.

Para contrarrestar este espíritu de rebelión, discurrieron diversos medios. En todas las regiones procuraron apoyarse en aquellos elementos que estaban en minoría y que corrían peligro de ser absorbidos por las poblaciones colindantes, o sea las minorías étnicas. Allí donde predominaban los bereberes, el Majzen se apoyaba en las tribus árabes. En cambio, en las comarcas en que los beréberes eran una minoría, la autoridad imperial se ejercía por conducto suyo.

Pero había otras regiones, y principalmente los países de montaña, en donde los bereberes dominaban como señores absolutos y que, por estar excesivamente pobladas, dado lo pobre del terreno, tenían tendencia a desbordarse sobre las regiones sometidas. Aquí, el Majzen empleó otra política distinta. Teniendo en cuenta el espíritu de independencia que anima a las kabilas bereberes y lo difícil que resulta para un hombre de talento o de energía elevarse sobre los otros kabileños, a causa del enorme poder de las Yemaas, especie de ayuntamientos primitivos muy extendidos en país berebere, discurrieron elegir entre todas las kabilas de una región una de ellas, generalmente la más temible, y apoyarla en sus luchas con todas las demás, concediéndole al mismo tiempo ventajas comerciales y facilitando su entrada en los zocos de las ciudades imperiales. La kabila, a cambio del reconocimiento de su autonomía por los Sultanes, apoyaba a éstos en contra de las otras kabilas. Una mehalla del Sultán se instalaba en el territorio; los notables de la tribu iban a Fez, Marrakex o Mequinez, siendo hospedados por el Sultán, y la montaña se aliaba con la ciudad.

Pero, mientras tanto, los refinados y diplomáticos moros hadaríes estudiaban atentamente a los jefes bereberes, y, en cuanto veían que alguno descollaba por su ambición o su inteligencia, procuraban convertirle en jefe absoluto de la kabila, por medio de un golpe de Estado, facilitado por la presencia en la kabila de tropas del Sultán.

En muchas ocasiones fallaba el plan; pero otras veces, la visión de lujo y de opulencia que se presentaba a los ojos de los montañeses en los palacios ciudadanos, los decidía a imponerse a su tribu, la cual se dejaba a veces guiar por el interés de encontrarse señora de la montaña. Este poder pasaba luego de padres a hijos; la tribu primitiva se agrupaba alrededor de una kasbah comunal para protegerse de las posibles rebeliones de las tribus sometidas.

De vez en cuando, surgía en las profundidades de las cordilleras un movimiento de emigración a las llanuras, y las tribus se ponían en marcha, movidas por un ideal de transformación religiosa o social, o simplemente para entregarse a la rapiña. Al llegar a las faldas de las montañas o a los desfiladeros abiertos en las mismas, se encontraban con las alcazabas de las tribus aliadas del Sultán y las atacaban; en el caso de ser rechazados, la tribu robustecía los lazos que la unían a su nuevo jefe feudal. Y así se iba formando el poder de los jefes, que llamamos grandes caídes, aunque no sea éste el nombre más apropiado, pues no hay que confundir tales jefes con los simples jefes de kabila elegidos por el Sultán o por la kabila misma y desprovistos, por tanto, de todo prestigio hereditario.

Aquellos grandes señores estaban unidos al Sultán del mismo modo que sus kabilas estaban unidas a ellos: nominalmente, si el Sultán no podía hacer sentir su poder; pero, en el caso de que el Sultán fuera fuerte, ellos le pagaban tributos, le ayudaban con sus hombres en la guerra y le acompañaban en sus excursiones. En sus relaciones mutuas, presidía la desconfianza; los señores feudales se odiaban entre sí, y siempre estaban peleándose, reconciliándose y volviendo a luchar, para volverse a reconciliar más tarde, siempre prontos a traicionarse para aumentar su poder y su influencia.

También hay que tener en cuenta que en estas regiones del Gran Atlas el poder feudal fue siempre ejercido por individuos desprovistos de todo carácter religioso, pues nunca se dejaron los Xeljaas dominar por jerifes ni santones, a causa de la tendencia que siempre han tenido hacia los movimientos de carácter herético dentro del mahometanismo. Basta recordar que de aquellas comarcas o del macizo del Atlas medio salieron los movimientos Almoravid, Almohade y Benimerin, en la Edad Media, y en nuestra época los movimientos madhistas, de Ma-El-Sinin y su hijo El Hiba, que, aunque oriundos del Sahara español, extendieron su predicación por las comarcas marroquíes del Sus y el Tazerualt.

En esto estriba la necesidad de modificar el sistema de los grandes caídes al aplicarlo a la zona española, pues, en Yebala y el Rif, los santones y los jerifes tienen una influencia, grande, mientras que en el Atlas los caídes son los enemigos más grandes de la influencia del poder religioso, que atenta a su prestigio. De aquí las luchas del Glaui y sus compañeros contra el hibismo y la ayuda eficacísima que han prestado a la labor del mariscal Liautey.

Ya que en nuestra zona se encuentran mezclados ambos poderes, procuremos sacar de ellos el mayor partido posible.

Como ejemplo de grandes señores feudales en el extremo Sur del Mogreb, vamos a decir dos palabras sobre las figuras más ilustres y representativas del feudalismo meridional: los hermanos Glaui.

Estos dos hermanos —Madani y Thami Glaui— son las figuras más ilustres del Sur, puesto que los demás caídes, mucho menos poderosos, tienen al lado de ellos un interés muy secundario, y su política viene a ser la misma de los Glaui, practicada en menor escala. Además, los Glaui, desde el triunfo de las expediciones al Sus, han adquirido una influencia tal, que reduce casi a los otros jefes a la categoría de satélites.

Antes de hablar de los Glaui y de su influencia en la aplicación del protectorado francés, en Marruecos, conviene estudiar el territorio por el cual se extiende esa influencia, y muy especialmente las tribus que pueblan el país de Teluet, núcleo del poder feudal de la familia Glaua.

El territorio de los grandes caídes, en el centro del cual se hallan las posesiones del país glaua, es una extensísima región situada entre la comarca de Marrakex, al Norte, Con los territorios de Xiadma, Rehamna Seghama y parte de Tadla; por el Oeste, está el Atlántico, y en el resto confina con el país del Draá. Este país, poblado por los xeljaas, población que constituye el grupo indígena más interesante entre todas las poblaciones de Marruecos, se puede dividir en tres fajas paralelas: primera, el territorio entre Marrakex y el Atlas; segunda, el Gran Atlas, y tercera, el país del Sus y el Tazerualt.

Pues bien: en el corazón de todas estas comarcas, en pleno país xeljaa y en el mismísimo centro del Gran Atlas, radica el poder de la familia Glaua, que tiene por centro la alcazaba de Teluet, junto al desfiladero de su nombre, ocupando una posición estratégica formidable, que explica el gran poderío que ha llegado a alcanzar la familia.

Teluet es una pequeña población, situada en la vertiente meridional del Gran Atlas, a 1.960 metros sobre el nivel del mar. Está en el fondo de una profunda depresión, por cuyo fondo pasa el río Imanne, y lo atraviesa el camino que va del Haus al Sahara. Domina el poblado la Casbah-Dar-Glaui, monumental y gigantesco edificio, de enormes proporciones e imponente estructura. Esta gran ciudadela, situada sobre una eminencia que domina los valles cercanos, sugiere la idea de lo que debieron ser los palacios y castillos levantados por los semitas en Siria y en las llanuras de Mesopotamia en tiempo de las dominaciones de Asiria y Caldea. Teluet abriga una infinidad de señores montañeses clientes de la poderosa familia, de siervos de ambos sexos, de guerreros de las kabilas tributarias, de grandes rebaños de toda clase de ganados, utilizados para alimentar a la guarnición; y la vista de todo aquel aparato y gran suntuosidad bárbara hace pensar que las cortes de nuestros antiguos reyes de Taifas debieron ser una cosa análoga.

Rodean a Teluet las kabilas sometidas a los Glaui, que les pagan tributo y les dan sus guerreros. Enzel, Zaraksen, Sit-Roba, Tluat, Yunilen, Assaka y Tizgui, a más de otras menos importantes, obedecen las órdenes que les dan los poderosos señores de Teluet y presentan la particularidad de estar bastante extendido entre ellas el conocimiento de la lengua árabe, lo cual no es muy corriente entre los bereberes del Gran Atlas.

Todas estas tribus son de carácter más pacífico que las otras que pueblan las montañas al Norte y Este del Imperio, montañas donde se encuentran una infinidad de pequeñas tribus sometidas a una tradición de lucha continua, de que carecen en el Sur, pues en país xeljaa sucede que media docena de individuos ejercen sobre enormes territorios un poder absoluto, que varía según las circunstancias, llegando a ser en algunas tribus una verdadera esclavitud voluntaria aceptada alegremente por los montañeses. En otros casos, el vasallaje se reduce al pago del tributo anual y a la escolta del señor y sus amigos o protegidos.

Claro está que no por eso desaparecen los consejos tribales, tan importantes en país bereber; pero su influencia es casi nula.

¿Cómo explicarse esta sumisión tan absoluta en un país poblado por la raza bereber que tiene una tradición de independencia absoluta, casi anárquica? Pues, sencillamente, recordando que los susíes siempre han sido uno de los elementos más sanos e inteligentes del Imperio, siendo, además, muy aficionados a viajar, lo cual les ha permitido ponerse en contacto con naciones sometidas a regímenes políticos mucho más perfectos que el caótico sistema de gobierno al que se hallaba entregado el Mogreb.

En las peregrinaciones a la Meca, los susíes están en mayoría sobre los demás elementos norteafricanos. Las regiones orientales del Islam están llenas de individuos de estas kabilas, que las recorren ora enseñando serpientes amaestradas, ora como narradores de historias o vendedores ambulantes; y en Túnez y su país hay muchos de ellos que ejercen los cargos de porteros, guardas y vigilantes nocturnos. Por otra parte, los circos de Europa y América son recorridos a veces por troupes de susíes que, al volver a su país, procuran difundir en él los adelantos que han visto.

Claro está que a estos individuos de cultura muy superior a la general en las kabilas del Imperio tenía que disgustarles el caótico estado de su país, y procuraban remediarlo por los medios que estaban a su alcance. Unos se afiliaban al bando de algún gran señor feudal, que constituía una autoridad más fuerte que la anarquía de las yemaas y los sof y del cual se podía esperar un comienzo de regeneración del Mogreb.

Otros, en cambio, buscaban su salvación y la salvación de su país en una profunda transformación social y religiosa, apoyándose en el Corán, desde luego, pero con una marcada tendencia socialista. Todos estos partidarios de las reformas se apresuraban a levantarse en cuanto surgía algún titulado profeta que, utilizando en provecho propio toda esta tradición de disciplina y ansia de reformas, llegaba a dominar en aquellas comarcas, hasta que surgía un competidor o los Sultanes, apoyándose en los señores feudales, lograban atravesar el Atlas y acabar con el movimiento.

Sin embargo, era probable que, al fin y al cabo, hubiese llegado a surgir una nueva dinastía de origen susí, que trayendo sangre nueva al caduco Majzen mogrebino, hubiera salvado a Marruecos, impulsando su renacimiento sin necesidad de intervenciones extranjeras; y si esto no se realizó, débese, quizás, a la oposición de los señores feudales, que viendo en estos movimientos de carácter avanzado un serio peligro para su poder secular de señores absolutos, trataban de hacer triunfar la causa del orden, apoyándose en el Sultán cuando el Sultán era fuerte y podía ampararlos, y en los franceses, cuando la autoridad de éstos sustituyó en Marruecos a la autoridad Imperial.

Esta fue la idea de Madani-el-Glaui, idea a cuya realización consagró toda su vida y que a su muerte ha seguido poniendo en práctica su hermano Thami-el-Glaui.

Toda esta admirable labor de consolidación del Imperio, realizada con hábil diplomacia por los hermanos Glaui, los convierte en las figuras más interesantes del Marruecos meridional y hace de ellos el prototipo vivo del feudalismo marroquí.

Al llegar los franceses a Marrakex comprendieron la utilidad de aprovechar la influencia de los feudales y ayudarlos a consolidar su poder; y esta política ha permitido a Francia llegar a dominar sin ningún trabajo en la tercera parte de su zona.

Los episodios más salientes de esta implantación del poder francés en el Sus son sobradamente conocidos por todas las personas que han dedicado su atención al estudio de los problemas marroquíes. Así es que no trataremos aquí de ellos.

La visita de Muley-Hassan a los Glaui al regresar de su expedición al Tafilete en 1893, visita en la cual colmó de honores a los dos hermanos; el advenimiento al trono de Muley-Hafid, gracias al apoyo eficacísimo de Madani-El-Glaui; la ingratitud del nuevo Sultán; el asalto del Hiba a Marrakex en 1912, y la entrada de los franceses en la ciudad después del combate de Sidi-Bu-Otman, así como el apoyo prestado por los feudales a Francia durante la guerra europea, gracias a la decidida adhesión de los Glaui, son episodios sobradamente conocidos para tratar aquí de ellos; así es que terminaremos el estudio de la acción de Francia en el Sur del Imperio.

Solamente insistiremos una vez más en la necesidad de seguir este sistema en nuestra zona, apoyándonos en los grandes caídes allí donde existan, y fomentando su creación en las comarcas donde sean desconocidos, como sucede en el Rif, donde podríamos tratar de utilizar la fuerza de los jefes de la región del Uarga, tales como Abd-El-Malek y Amas-Hamido; pues en el caso de que estos individuos reconociesen la autoridad del Majzen y se pusiesen en contacto con nosotros, tendríamos bloqueadas por el Sur a las kabilas de la región de Alhucemas, y ello quizás contribuyese a la rápida pacificación de la región central de nuestra zona.

R. Gil Torres