Filosofía en español 
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[ Rodolfo Gil Torres ]

Utilización de los árabes en la zona española


Al estudiar los diversos elementos que forman la población indígena en nuestra zona de Marruecos, vemos que la raza predominante es la bereber, raza especialmente indómita, cuyo exagerado individualismo se manifiesta en la zona española con un marcadísimo relieve.

Mas no por eso es el bereber el único indígena musulmán. Sabido es que a su lado habitan otras razas, con las cuales hemos contado muy poco hasta ahora, y que, sin embargo, por ser originarias del país, están en mejores condiciones que nosotros para atraer las muchedumbres kabileñas a la causa de la civilización.

Dejando para otra ocasión a los hebreos y a los moros ciudadanos, vamos a ocuparnos de la raza más olvidada, de una raza en la que nadie piensa cuando de resolver el problema marroquí se trata.

Nos referimos a los árabes, que, tras de haber elevado el Imperio a un alto grado de civilización durante la época medioeval, imponiéndole su lengua, sus costumbres y su religión, que significa un progreso enorme respecto del pseudofetichismo predominante entre los aborígenes, se han visto postergados y han presenciado la desaparición de su gloriosa civilización entre oleadas de sangre.

Cierto es que aún queda mucho de su espíritu entre los moros y hasta entre las mismas kabilas bereberes, sobre todo las de las llanuras; pero los verdaderos árabes viven en una lamentable postración, de la que sería conveniente sacarlos para que la luz del saber oriental brillase otra vez sobre los espíritus mogrebíes.

Así lo han entendido, Inglaterra en Egipto, donde los árabes constituyen la clase intelectual de la población, y la misma Francia en su zona marroquí, al robustecer al Majzen imperial, constituido principalmente por elementos árabes o arabizados.

Este es, desde luego, un ejemplo a imitar; pero, además, nosotros tenemos para con los árabes un deber de gratitud.

No hay que olvidar que en la invasión de España por todos los pueblos musulmanes en los comienzos de la Edad Media, los árabes eran sólo una minoría, pero constituían el elemento intelectual; y mientras los emigrados bereberes peleaban en la frontera superior, ellos, acampados en las riberas del Guadalquivir, elevaban aquellos sorprendentes edificios, cuyas ruinas nos llenan hoy de asombro, y convertían la Península Ibérica en el territorio más culto de Europa, abriendo paso al Renacimiento al difundir la cultura clásica desde sus medarsas de Córdoba y Granada.

Imposible es pagar a la raza árabe todo lo que le debemos; pero desde el momento en que algunas tribus árabes establecidas en nuestra zona se encuentran en estado de decadencia y arrastran una vida miserable, nuestro deber y nuestra conveniencia es levantarlas, y bien sea conservándolas aisladas o fundiéndolas con la población mora de las ciudades, llegar a formar una casta selecta que contribuya a nuestra labor y esparza su cultura entre los montañeses, cosa fácil por tener ambos lengua y religión comunes.

Al orientalizar al kabileño, éste no puede temer que sea una añagaza que tenga por objeto dominarle, como sucede al quererle europeizar a la fuerza, cosa poco conforme con el verdadero espíritu del Protectorado.

El problema fundamental de la constitución civil de la zona española es este: Durante siglos enteros han luchado las kabilas contra los árabes y los moros que representaban el poder del Majzen, o sea la autoridad, cosa desagradable para los levantiscos montañeses.

Si nosotros vamos allí a llevar el progreso, apoyando a las autoridades constituidas e imponiendo el poder del jalifa, es lógico que tratemos de aumentar la influencia de aquellas clases de la población que, continuando una tradición secular, vienen siendo el apoyo del gobierno indígena.

Los árabes, desde los tiempos de la invasión hilaliana, en el siglo XII, fueron el elemento utilizado por los Gobiernos norteafricanos para consolidar su poder; pero quien organizó en provecho propio a tribus de esta raza fue la actual dinastía reinante en Rabat y Tetuán.

La principal manifestación de esta organización fue la creación del Guix.

Todo el que se ha ocupado aun someramente del problema marroquí conoce en sus menores detalles la historia de este cuerpo, razón por la cual nosotros no pretendemos descubrir nada a nuestros lectores; sólo tratamos de recordar, a grandes rasgos, algunas de sus características de más fácil aplicación a nuestra zona.

El Guix, cuerpo de ejército que estaba a las órdenes directas del Sultán, y que constituía el apoyo más firme del Majzen, estaba formado de distintos elementos, entre los cuales predominaban los árabes, y fue siempre tendencia del Majzen el hacer entrar en él todas las tribus de origen oriental, y aunque no lo consiguió completamente, logró atraerse a la mayor parte, llegando algunas a alcanzar celebridad histórica, como, por ejemplo, los Xeraga, los Xerarda y los Udaia.

La misma guardia imperial o msajrin estaba compuesta de jinetes pertenecientes a la nobleza árabe, en cuya lealtad se entregaban completamente los sultanes, correspondiendo ellos a esta confianza con una ciega adhesión al poder imperial.

El resto de los árabes acampaba en los puntos estratégicos, en las Kasbah o en Ksur, pueblecillos fortificados, desde donde irradiaba su influencia por el país vecino.

A veces iban a establecerse en aquellas fortalezas comerciantes moros y profesores coránicos, que contribuían a extender la cultura por el territorio, enseñando las ciencias islámicas a los desarrapados chiquillos kabileños y extendiendo entre ellos el uso de la lengua árabe.

Todos estos campamentos tenían un carácter especial. Eran una especie de colonias agrícolas donde los guerreros del Sultán llevaban sus mujeres y sus hijos, viéndose dentro de las murallas de la alcazaba infinidad de bosquecillos, huertas, palmerales y toda clase de plantaciones.

A veces conseguían estas colonias arraigar en el país, y no eran raros los matrimonios de los soldados con mujeres indígenas, llegando en ocasiones a pacificar las tribus vecinas, haciendo entrar a los bereberes en el Bled-el-Majzen.

Así, poco a poco y desde el siglo XVII, consiguieron los Xorfa Filali ir extendiendo su influencia por todo el Mogreb-el-Aksá, y si no llegaron a dominarlo por completo, fue por las innumerables disensiones que se suscitaban entre los miembros de la familia imperial.

Los Sultanes remuneraban los servicios de estos soldados repartiéndoles tierras y eximiéndoles del pago de todo tributo.

Sin embargo, en el pasado siglo, fueron introduciéndose en el Guix otros elementos, como los famosos bujaris, que fueron alterando el carácter de esta institución. Los árabes empiezan a decaer, son víctimas de toda clase de expoliaciones, y al ser suplantados y humillados por negros y moros, dejan de constituir el sostén de la corona, comenzando la lenta agonía de esta raza, que coincide con el período de mayor anarquía que ha conocido la historia de Marruecos.

Citamos estos hechos, sobradamente conocidos, porque en el territorio de nuestro Protectorado pudieran ser muy útiles estas colonias de carácter agrícola-militar, que, constituidas a base del elemento árabe y repartidas convenientemente por el país bereber, contribuirían, juntamente con las alcazabas que actualmente se construyen, a crear, en plena montaña rebelde, una red que envolviese a los bereberes, dificultando sus sublevaciones.

Otras muchas combinaciones pueden hacerse para utilizar a nuestro favor esta población indígena, creando las colonias antedichas o implantando el servicio militar en todas las tribus árabes, lo cual quizá fuese un buen principio para aplicar en nuestra zona el reclutamiento indígena que Francia ha puesto en práctica en Argelia y aun en los dominios del Sultán de Rabat.

Dentro de este sistema, cabría otorgar premios a los árabes que se distinguieran por los servicios prestados a la causa del jalifa, premios que podrían consistir en concesiones gratuitas de terrenos Majzen para que ellos los pusiesen en explotación, o en construirles casas en la capital de la Zona, contribuyendo así a crear en torno del jalifa un núcleo de población que le fuese adicta y con la cual pudiésemos contar en todo momento. Una vez dentro de Tetuán o de las otras ciudades del Protectorado, podrían edificárseles barrios especiales o establecerles en los alrededores. Los llanos de Río Martín serían un lugar muy apropiado para situar estas colonias de orientales.

También sería útil mezclarles con la población mora de origen andaluz o majzeniano, gente refinada, que representa el elemento más fácilmente utilizable, pero que, desgraciadamente, aumenta poco, contrastando con la prolífica raza montañesa, generalmente hostil a nuestra labor.

Los árabes, raza fuerte y sana, pueden vivificar a los moros, contribuyendo a que esta población, aumentada con tal infusión de sangre nueva, pueda equilibrar el poder de sus eternos enemigos, los guerreros de las montañas rifeñas y yebalas.

Resumiendo, podemos decir que lo importante en nuestra zona es crear una clase social que pueda ser un apoyo sólido y firme para la causa del Gobierno indígena de Tetuán.

Importa poco la forma de que España pueda valerse para realizar esto. Sólo importa que se pongan los medios para que ello sea pronto una realidad.

Todos los países que se han encontrado en contacto con pueblos orientales han obrado sabiamente si, al gobernarlos, se han apoyado en una clase intermedia, generalmente una minoría étnica o religiosa que, conocedora del país, lo ha administrado prudentemente, reduciendo la intervención del país protector a un segundo término, lo cual evita muchos disgustos y odiosidades a la nación dominadora. Así mantiene Inglaterra su poder en la India, utilizando a los parsis y otras poblaciones indígenas, entre las cuales descuellan los mahometanos, cuya adhesión a la Corona inglesa permite a ésta tener a raya a la masa de los brahmanistas, adhesión basada en el deseo de evitar ser absorbidos por la ola hindú.

Elevemos el nivel cultural y social de los habitantes de El-Solot, Jolot-Tilig, La Garbia, Es-Sahel, Uled-Setut y Beni-Ukil, arabizando al mismo tiempo a los Quebdana, los M-Talza y gran parte de los Yebalas, tribus que, siendo mezcla de elementos bereberes con otros orientales, pueden semitizarse, alejándose así del contacto con los rebeldes.

El elemento más rápidamente aprovechable pueden ser los árabes. Manos a la obra.

R. Gil Torres

Madrid, mayo 1923.