La Censura. Revista mensual
Madrid, diciembre de 1846
año III, número 30
páginas 238-240

Poesía

147

Ayes del alma

por D. Ramón de Campoamor: un tomo en 8.º prolongado.

Por el título y por alguna especie que habíamos oído a ciertos amigos del autor, creímos buenamente que estas poesías serían como la manifestación del estado de su alma en el tránsito de la juventud frívola y fácil de entusiasmarse a la reflexiva y sesuda edad viril; pero leído este libro debemos confesar que nos hemos engañado en gran parte. Desde luego auguramos siniestramente al leer la dedicatoria a D. Juan Eugenio Hartzenbusch, que empieza del siguiente modo original:

Usted que es el tipo del hombre moral perfecto; que así como nos vence a todos en ingenio, nos excede en poseer las cualidades en que estriba la verdadera virtud &c.

Aquello del hombre moral perfecto y aquel [239] a todos que se quedó en el aire sin saber a quién agarrarse ni de quién ampararse, vale por lo menos una plaza de cortesano en el palacio de cualquier rey constitucional, donde sin duda deben pagarse mejor las lisonjas. Volvamos la hoja, y toparemos después de la chistosa dedicatoria con una Oda a la reina Cristina, restauradora de las libertades patrias. El título y el objeto de esta composición eran mas que suficientes motivos para que pasaramos de largo sin decir: esta boca es nuestra; pero no sabemos qué tiene esta sangre española y este punto de honor castellano, que (la verdad) no pudimos tragarnos la saliva al ver que un poeta y filósofo de la noche a la mañana, usando de licencias que no dan a nadie ni la poética, ni la filosofía, se atreve a insultar atroz y calumniosamente a la nación española, valiente hasta el heroísmo, caballerosa y noble hasta un grado que parece fabuloso, y dotada de los sentimientos más hidalgos y generosos. Esto lo dice la historia, lo saben hasta los extranjeros, y hay hechos contemporáneos que lo comprueban. Sin embargo el señor Campoamor dice:

Y tú, pueblo aguerrido,
Que la proscribes con ardor bizarro,
Recuerda cuando uncido
Como alazan vendido
Llevarte pudo a su triunfante carro.
Si dejaste beodo
La regia frente de baldón sellada
···
Engrie tus pendones
Agobiados de bélicas coronas:
Quien venció Napoleones,
Añada a sus blasones
La baja prez de proscribir matronas.

Hecha esta indicación en desagravio de la verdad histórica y de nuestra patria ultrajadas por el poeta doliente, entremos a examinar su libro por lo que nos incumbe en especial.

La primera composición que se titula La compasión, puede que sea muy moral juzgando allá por las máximas de una sublime filosofía que no alcanzan nuestros rudos entendimientos; pero para las personas de seso y experiencia siempre será peligroso tratar de tales asuntos en libros que han de andar en manos de mujeres y gente moza.

En las varias poesías insertas desde la pág. 21 a la 96 inclusive no hallamos nada que notar, y algunas abundan en buenos sentimientos morales. No así la canción báquica intitulada Muertos y vivos, en que se hace impío alarde de despreciar las creencias religiosas entre la algazara de una bacanal. Sirvan de muestra las dos primeras estrofas:

Hoy vienen dejando
Las tétricas huesas
De nuestras promesas
Las almas en pos.
Ahogad las creencias
Cerrad la ventana;
Que vuelvan mañana,
Benditas de Dios
.

El Juicio final es una composición disparatada, verdadero parto de un celebro calenturiento, en que hay tal confusión en unos hechos, tal inexactitud en otros, y tal baturrillo de ideas, que se la damos al mas pintado para que después de ordenada cada parte y puesta en su lugar entienda el pensamiento del autor y nos explique qué fin se propuso en esta fantasía; y tan fantasía como es. Por de pronto sacamos en limpio que el señor Campoamor es preadamita, pues sienta que fue aniquilada otra raza humana antes de nuestro primer padre Adam, a quien levanta la calumnia de haber sido ateo y maldecido su existencia fatal hasta que tuvo a su lado a Eva. En la pág. 130 se lee esta religiosa exclamacion:

¡Ay de vosotros los tristes
Que en tan proceloso mar
Luchando con las tormentas
Sin esperanza bogais;
Sabiendo por vuestro daño
Que de la ruta al final
Solo será vuestro premio
La cruda muerte y no mas!
Y vos los que en sueños vagos
De eterna felicidad
Creeis de vuelo en muriendo
Sobre los aires pasar,
¿Qué galardón, miserables,
Por fé tan ciega esperais,
Si está entre Dios y los hombres
Mediando la eternidad?

Y remata la composición con los versos siguientes:

¿Y a dónde vos, engañados
En tan ciega confusión,
Caminais, hermanos mios,
Treguas prestando al dolor?
Si vais como yo marchando
Lleno de fe el corazón,
Creyendo tras el sepulcro
Pasar a vida mejor,
Doblad como yo la frente,
Tened el paso veloz,
Que por sentencia del mismo
Para nosotros no hay Dios.
Mas no, seguid vuestra senda
Al mágico resplandor,
Con que la dulce esperanza
Vuestra niñez alumbró;
Y ¡oh! ¡si afanado corriendo
De vuestras huellas en pos
Por su destello alentado
Pudiera seguiros yo!

En la leyendo de El alma en pena, remedo a lo que parece de El Diablo mundo de Espronceda, se propone el autor tratar la siguiente cuestión: «La voluntad, reguladora [240] de nuestros actos físicos y morales, obra por sí misma con absoluta independencia, o lo hace a impulsos de una providencia superior?» Y ¿cómo la resuelve o a lo menos indica la resolución? En un sentido herético y hasta gentílico, esto es, haciendo esclava nuestra voluntad y necesitada a obrar por un ente misterioso, por el hado de los paganos antiguos y de los modernos fatalistas. Conforme a esta doctrina condenada no solo por nuestra religión, sino por una razón ilustrada con la luz de la sana filosofía, está escrita la leyenda de El alma en pena; y porque no se dude de que así piensa el autor, lo manifiesta clara y terminantemente en la advertencia de las páginas 137 y 138. La acción es la siguiente: D. Luis de Castro es amante, pero infiel, de Irene, la cual muere a impulsos de su pasión, y convertida en alma en pena sigue a aquel como la sombra al cuerpo hasta el último instante, no le deja gozar de tranquilidad ni placer, y por fin le precipita a cometer dos crímenes. Muerta Irene D. Luis se casa con Elvira de quien ya estaba enamorado antes, y durante este matrimonio nace Ana, reputada hija de ambos; pero al cabo de tiempo cae en manos de D. Luis una carta de Elvira a D. Pedro de Lara, de la que resulta ser Ana hija de este caballero, con el cual mantenía aquella ilícitas relaciones amorosas. D. Luis monta en cólera; y va a asesinar a Ana; mas no la halla: se dirige lecho de Elvira y la mata, desafia a D. Pedro y le deja tendido en el campo. Este al morir se le ase del brazo, y D. Luis sin poder desprenderse de él corre por montes y derrumbaderos atormentado de atroces remordimientos y horrendas visiones. En esto divisa la blanca sombra de Irene que le dice: Sígueme; y en efecto la sigue, hasta que ya exánime se rinde y da el último suspiro no sin ver antes a aquella implorando el perdón del ingrato amante ante el Señor. Le consigue, y poco después (dice el autor de la leyenda) se vieron subir al cielo las sombras de D. Luis y Doña Irene rodeadas de eternas luces. Con idéntica impía ficción termina tambien el drama D. Juan Tenorio del señor Zorrilla. A esto se reduce la famosa leyenda del poeta filósofo como él se llama.

Nuestros lectores conocen muy bien que no debe leerse un libro sembrado de tan absurdos errores, en que no solo se profesan doctrinas abiertamente contrarias a las del catolicismo, sino aun a los principios de la verdadera filosofía. Lo hemos dicho con repetición: no es lo mismo hilvanar unas cuantas docenas de versos, buenos o malos, originales o imitados, sobre el manoseado tema de los amoríos, que comporier poemas didascálicos, filosóficos o religiosos. Para esto se necesita un caudal de conocimientos y una madurez de juicio, muy raros en los que cultivan las musas, muchas veces de pura afición, sin los previos estudios necesarios y mal digerida lectura. Tractent fabrilia fabri es una verdad muy cierta, aunque añeja.

 


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