Salvador de Madariaga
Las relaciones culturales entre Europa y America
Los vínculos que unen a América con Europa son tan hondos que apenas si cabe expresarlos como relaciones culturales. Cuatro naciones europeas nutren la cultura americana no ya en su terreno, clima, luces, sino en su savia y raíz. Portugal, España, Francia e Inglaterra son las madres de América. Y no hay «relación» cultural más honda que la de la sangre.
Ya desde sus orígenes, se manifiestan matices distintivos entre las cuatro naciones creadoras del nuevo continente humano. España busca de instinto los territorios fragosos e inaccesibles, creando así en el continente americano una imagen de su proprio ser, fragoso, inaccesible y vario. Portugal crea en Brasil una imagen de su propio territorio, adosado al de España, como el del Brasil se adosa a Hispano-América. Francia, con ese sentido cartesiano y estratégico de las coordenadas, penetra en el territorio por las bocas de los dos grandes ríos, y funda imágenes de París en Nueva Orleans y en Quebec. Inglaterra deja hacer a sus mercaderes, y funda colonias prósperas de negociantes e industriales de la tierra, a imagen y semejanza de la metrópoli que se ha hecho rica con los despojos del imperio español.
Hasta aquí el terreno. En cuanto a las gentes, es sabido cómo los españoles y los portugueses mezclaron su sangre con los indígenas así como con los africanos importados como esclavos, mientras que en los territorios ocupados por los anglosajones se mantuvo con más rigidez la separación biológica y social entre los blancos y las otras dos estirpes humanas. Por otra parte, si bien en los países iberoamericanos los conquistadores, con excesiva frecuencia, despojaron a los naturales de sus tierras, subsiste la propiedad de los naturales en numerosas tierras; y, aun en aquellas que el indio pierde jurídicamente, continúa su presencia biológica. No así en los países angloamericanos, donde los naturales van siendo eliminados a medida que el blanco avanza.
Este complejo de hechos está llamado a tener consecuencias importantes en el desarrollo cultural de las dos Américas –la ibérica y la ánglica; ya que la francesa va a quedar absorbida casi del todo en el sur (Luisiana) y en una especie de margen, no sin interés, pero limitada, en el Norte (Canadá). La eliminación geográfica y biológica del indígena en la América ánglica crea en el norte una civilización emigrada pero no transplantada. Las raíces de Anglo-América las da el negro, con quien el blanco no tiene relación biológica. El blanco, desarraigado de Inglaterra, no arraiga en Anglo-América. De aquí se desprenden dos características anglo-americanas: el urbanismo y la movilidad. No hay campesinos. Hay industriales, de la fábrica (obreros, ingenieros) o del campo (farmers). El producto es una etapa hacia el dividendo. Agotada la tierra, el farmer se va en busca de otra. Resurge en un mundo nuevo el nomadismo del indio norteamericano. Anglo-América vive sobre ruedas; y el europeo que pasa por sus llanuras y ve las ciudades, cada casa colocada como sobre una bandeja, cree ver bajo la ciudad entera las ruedas que van a permitir a un tractor tirando desde las afueras llevarse todo el ajedrez de viviendas cien millas más allá.
Esta carencia de raíces y este nomadismo son los rasgos más hondos del carácter angloamericano. Los dones que vienen de la raíz –y en particular la religión y la música– son negros; como tenía que ser, puesto que los negros son en Anglo-América los únicos seres humanos con raíz. La ausencia de inhibiciones, el progresismo como fe sin reservas, la cultura como educación impuesta desde arriba y no brotada desde abajo, el utilitarismo hasta en la noción de la verdad y del bien (tesis de John Dewey), el menosprecio de la tradición espontánea y natural, no sin cierto respeto intelectualista y derivado para con la tradición consciente, la vivacidad pronta a cansarse, el entusiasmo pronto a virar de rumbo, el optimismo siempre expuesto a crisis de depresión y de pánico, todos los rasgos, en fin, que el angloamericano moderno manifiesta con tanta vitalidad, se explican por ese substrato nómado y sin raíces que debe a su historia.
En los países ibéricos, el cuadro es muy otro. En primer lugar, los conquistadores españoles se encontraron en Méjico, en Perú, en Colombia, con Estados indígenas bien organizados y arraigados; y como, además, ellos arraigaron en la tierra americana a través de las dos estirpes humanas en quienes procrearon y con quienes mezclaron su sangre, los países ibero-americanos son todos países de raíz. No hay nomadismo, y la cultura no se limita a la educación intelectualista, superimpuesta desde arriba; sino que procede del suelo y del suelo sube con la savia humana.
Fundamentalmente, pues, los países iberoamericanos son injertos de Europa en América. Sea cualquiera su historia biológica personal, todo iberoamericano, hasta el blanco absoluto, es mestizo; y la cultura de Iberoamérica, mestiza es.
Esta conclusión es tan esencial para la cultura iberoamericana como la del nomadismo y falta de arraigo lo es para la anglo-americana. De ella se deducen los rasgos maestros del carácter y de la vida de Iberoamérica.
En primer lugar, su variedad. Frente a los Estados Unidos del Norte los Estados Desunidos del Sur. Así como en España se dan andaluces, extremeños, castellanos, aragoneses, valencianos, catalanes, vascos, gallegos y tantos más, así en la América hispana se dan mejicanos, guatemaltecos, peruanos, chilenos, venezolanos, colombianos, argentinos y tantos más –todos con arraigo en suelos distintos que les dan su aroma, modo de ser, ritmo y música interior, cada una la suya y muy llena de su carácter. Esta facultad localista de lo hispano, fuente de tantas limitaciones y flaquezas en lo político, es manantial de vida y vigor en lo espiritual.
En la América Hispana, la cultura no viene de arriba, superimpuesta en forma de educación, como sucede en la América ánglica; viene de abajo, de la raíz. No sale ya hecha de las páginas del libro; sino que brota, balbuciente y vacilante, de los quehaceres, decires y cantares de cada cual y de cada pueblo. La variedad no es pues tan sólo (y ya es mucho) cosa de nación a nación (diferencia entre venezolano y colombiano) sino de pueblo a pueblo (mucho va de bogotano a cartagenero) y hasta de hombre a hombre.
Ahora bien, en la raíz iberoamericana están el indio y el negro. Pero el indio en muchos casos y el negro siempre, están hispanizados por tres siglos de cultura con resultados que no cabe simplificar porque son harto complejos.
Hay regiones de indios no-hispanizados. Son zonas de aislamiento, a la vez lateral y vertical; es decir, que las colectividades de este tipo no comunican ni con otras de índole análoga ni con el conjunto hispánico, porque tanto lateralmente como hacia el zenit, en busca de la expresión, se topan con lo hispánico. Estas zonas tienen su interés intrínseco, como todo lo humano pero en el acantilado de la historia humana, que quieran que no, hacen figura de fósil. No faltan indigenistas sentimentales que ven en estas zonas una virtud especial; ni pescadores en el río revuelto de las relaciones humanas que aspiran a explotarlas para sus fines. Pero es evidente que la incorporación de estas zonas a la cultura hispánica se impone, como la única vía que tienen abierta hacia la cultura universal.
Abstracción hecha de estas curiosidades históricas, la América hispana debe a los tres siglos de cultura que recibió un conjunto de rasgos característicos. El primero, ya apuntado, es la hispanización de la raíz misma, es decir, del indio y del negro. Así lo prueban las dos manifestaciones culturales que por excelencia proceden de la raíz –la religión y la música. Única la primera, varia la segunda; y por la misma razón, por venir de España, país uno en su fe y vario en su cantar. La guitarra hispánica ha hecho florecer en nuestra América formas características como la vidalita argentina, la cueca chilena, la guajira cubana, el corrido mejicano, y así, cada país la suya.
Esta hispanización de la raíz es cosa notable y que no hay que tomar a beneficio de inventario: Revela la atención a cada hombre como hombre que llevan a América los frailes españoles. Más tarde, cuando otros pueblos toman en su mano la tarea de la colonización, lo que menos les interesa es la relación entre Dios y los naturales. No así los españoles. Para ellos era indispensable hacer de los indios hombres y de los hombres cristianos. Y si al margen de esta labor, se explota abominablemente a indios, la labor en sí hispanizó y cristianizó al indio, asimilándolo al europeo. Aún hoy, es el filipino el más europeizado de los asiáticos amarillos.
Por paradójico que parezca, el segundo rasgo que provoca la hispanización de la raíz es una emancipación completa del hispanoamericano para con España. Toda hispanización lleva consigo el fomento de un espíritu de independencia personal de toda guía o superioridad. Los frailes no concibieron la cultura del indio como española, sino como humana por cristiana. Los clásicos que enseñaban al indio eran Cicerón y Aristóteles, no Lope ni Suárez; y lejos de imponer la lengua española, aprendían ellos las lenguas de los naturales. No enseñaron pues a los indios a ser españoles; si los hispanizaron fue porque los enseñaron a ser más indios. Lo hispano iba en el «más».
Este «más» se añadía a lo vertical más que a lo lateral; es decir a lo espiritual más que a lo técnico. Recuérdese aquí que las culturas que los conquistadores se encontraron en América eran más bien técnicas que espirituales. Por eso perecieron tan fácilmente: porque sus técnicas no valían las europeas, ante las cuales tuvieron que ceder. Pero el verdadero triunfo de los españoles no se debió a la técnica sino al espíritu y al sexo. A la igualdad humana que inspiró su evangelización, igualdad ante el bien y ante el mal; que cristianiza por igual a blancos, negros e indios, y por igual los trata o maltrata; y a la mezcla de sangres que produce esta igualdad y que crea un árbol de savia humana sin corte ni interrupción desde la tierra hasta el cielo. Mientras en la América ánglica la europeización es un movimiento horizontal, en la hispánica lo es vertical. En el norte, a donde llega empuja, para ir más allá. En el sur, a donde llega arraiga y crece hacia el cielo que ilumina la tierra local. Puente y ruta en el norte ánglico, es flecha de catedral en el sur hispánico. Red de uso comunal en el Norte, es conjunto de torres señeras en el Sur. De aquí la flojera política del Sur, y su fuerza humana.
Añádase el efecto de tres siglos de teología. Recién conquistado, el continente se cuaja de colegios eclesiásticos y de iglesias, capillas y catedrales. Todas las universidades americanas más antiguas son hispanas. Toda la arquitectura antigua, hispana es. Toda la belleza tradicional, intensa, con carácter, se halla en las nuevas Salamancas que España injerta en los antiquísimos Cuzcos. Y en estos ambientes, ya de sí suyos e independientes, se educan en humanidades y teología generaciones sucesivas de hispano-americanos orientados hacia arriba, hacia el espíritu, en flecha de catedral, en torre señera. Viene la secularización del siglo XIX, y esta orientación, saliendo de la iglesia al atrio, vira al humanismo y a la poesía.
Estas son las líneas generales de la situación que determina las relaciones culturales entre América y Europa. La primera ley que de ella se desprende es que la América hispana siente quizá menos la necesidad de una influencia europea que la América ánglica, precisamente porque lleva a Europa en la raíz, hasta donde Europa ha ahondado por el injerto. Como consecuencia de esta independencia relativa de Europa, la América ibérica no adolece de esa tendencia a rechazar lo europeo que a veces se observa en las zonas más susceptibles de la América ánglica, precisamente porque el angloamericano necesita más a Europa al nivel consciente. Dicho de otro modo, el iberoamericano no siente la cultura europea como extraña, sino como propia. Acepta pues aprender de Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, lo que no sabe, porque esto que no sabe no afecta a la esencia o entraña del ser, sino a su existencia o movimiento; ya que en lo esencial, el iberoamericano sabe que sabe, puesto que es.
De aquí el error de los extremistas del indigenismo. Este movimiento nació como reacción de una reacción. Comienzan las cosas con una denigración de las cosas de España en América, a base de Las Casas; y se forma la «leyenda negra». Por reacción surge una «leyenda blanca» en que para exaltar a España se rebaja al indio tanto como para rebajar a España se le había exaltado en la leyenda negra. Y por reacción contra esta reacción, sale el indigenismo, movimiento en gran parte distinto de la «leyenda negra» por su índole científica y seria. Esta escuela ha dado excelentes trabajos y resultados. Pero ¿no corre el riesgo de sobrepasarse al ignorar la importancia inestimable de la europeización de los indios y de su continente? Concedamos que hubiera sido mejor que incas y aztecas verificaran su evolución con arreglo a sus propias leyes en su ritmo propio; pero, puesto que vivían en un planeta separado por tan poca mar del activísimo europeo, ¿no hay que felicitarse de que hicieran su conquista los europeos más capacitados para europeizarlos, hispanizándolos?
Al poner en duda, y aun atacar esta tesis, los extremistas del indigenismo pudieran muy bien crear una frontera espiritual entre Europa y la América que hasta ahora no ha existido. Es de desear que no cuaje el intento. Porque, hasta ahora, los iberoamericanos han sido tan radicalmente europeos que no es cosa de expulsarlos de Europa para exaltar regímenes y culturas de interés puramente arcaico.
La evolución humana se sigue haciendo con normas europeas. En su esencia dominan y es de desear que sigan dominando, esta evolución, estas dos tradiciones europeas por excelencia –la socrática y la cristiana. Hoy más que nunca, cuando ambas tradiciones se hallan amenazadas, muy especialmente en Iberoamérica, importa que la unión estrecha, determinada por la sangre y la cultura entre Iberoamérica y Europa siga fuerte y vigorosa. Sólo así podrá evitarse que Iberoamérica recaiga de un modo permanente en sistemas políticos absolutistas que, pese a las apariencias, son la negación misma del antiguo régimen español, fundado explícitamente en el derecho, de índole socrática, y en la fe, de índole cristiana.
Salvador de Madariaga
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Salvador de Madariaga, escritor, historiador y biógrafo, ex-delegado de España a la Sociedad de las Naciones y ex-ministro de la República. Es profesor de literatura española en la Universidad de Oxford (Inglaterra).