Filosofía en español 
Filosofía en español


Víctor Serge

Estampas mexicanas


 
Michoacán, Pátzcuaro

20-27 febrero 44.– Viaje con Laurette, por Michoacán. Estepas quemadas, la tierra rojiza, amarilla, árida, inmenso país sin pueblos, estas quebradas, estas pendientes sin agua, abandonadas al sol. Uno se pregunta qué es lo que las vacas pueden pacer en estas soledades desérticas. Casuchas de adobe, entre algunos magueyes erizados, suntuosamente decorativos ya que proclaman la energía vegetal con un severo rigor de formas, dejando una impresión de renunciación y de trágica soledad. Estaciones: mendigos de la edad media a las ventanas, los rostros cobrizos, surcados, viriles, ásperos. Son los hermanos de nuestros mendigos de Rusia y son siluetas pintadas por Breughel que sin cesar me vienen al espíritu. El sol calcina la tierra, el hombre, la miseria, la voluntad de vivir. Adentrándose en Michoacán, los parajes cambian, verdean: amplios valles, campos claros, esto, hace a los ojos un bien indecible. Siento cuán próxima y necesaria nos es la vida vegetal.

Vuelto a ver Pátzcuaro. El pueblo está abandonado, antiguo pueblecito hispano-indio, español por sus piedras, tarasco por la gente. Singular encontrar allí a menudo ojos grises o azules. Día de mercado, mezcolanza, pobreza. De las aldeas vecinas, los tarascos suben por la carretera, llevando sus humildes mercancías, las más de las veces unos pocos pescados largos y transparentes de un matiz de asta suave. Las mujeres llevan el niño enrollado en un chal azul y sujeto así a la espalda. El niño despierto, que por lo que parece no llora nunca; hay docenas o centenares, silenciosos, ya graves como si estuviesen resignados.– Se vende carne, creo que carnero, secada al sol, en espesas hojas aplastadas, oscura, que no tiene mal aspecto.– Los mendigos yerran, viejos, enfermos, bajo sus grandes sombreros sucios y sus sarapes polvorientos.– Gran tranquilidad. A un lado de la plaza, la hermosa casa cerrada, pintada de rosa-rojo, con cortinas burguesas, un balcón. Detrás una vidriera del primer piso, un señor acaudalado, vestido a la europea, fuma observando el bullicio de la plaza. Él reina.– El Ayuntamiento, del siglo XVII, trivial; tres ventanas enrejadas en el primero; desde ellas hombres, con sombrero miran también la plaza charlando. Son los encerrados de la cárcel. Se me dice que los hay que purgan penas de varios años, algunos por haber raptado a su novia en lugar de pedirla a sus padres y concluir comercialmente el asunto discutiendo la dote.– Las calles laterales, orilladas de casas bajas de alegres colores, de amplios colgadizos, son atravesadas por tiros que reconozco: el arba del Cáucaso, dos bueyes pequeños con anchos cuernos, un coche con dos altas ruedas; un campesino conduce, al igual que sus hermanos de Osetia o de Mingrelia que desconoce, casi el mismo ancho sombrero, una vara fuertemente ferrada en la mano.– En una callejuela tranquilamente luminosa, subiendo hacia una iglesia barroca con tonos de tierra cocida, la joven mendiga, idiota o loca, acurrucada en el dintel de su puerta, se levanta a nuestra aproximación, viene a tendernos una mano rosa y parda, terrible de ver, costrosa de grasa endurecida y su rostro es inmóvil como una máscara, con ojos pardos, apagados, que ven y comprenden.

El Hotel Principal tiene tres cantinas, una al lado de las otras: El Sol de Oro, El Edén, Ternura.– Un autocar pintado de lila desteñido, magullado por los choques, la carrocería hundida o rota, se denomina El Bolchevique. «Un viejo bolchevique, dice L., el último, que ya no puede más, todo cubierto de cicatrices, y corre aún sofocándose las carreteras de México...» –En venta un cesto trenzado con esta divisa: Feo, pero, me quieres...– En el centro de la plaza, bajo magníficos árboles, la estatua de bronce de Gertrudis Bocanegra, una mujer fuerte de cuerpo tenso, pleno de ímpetu viril. Gertrudis Bocanegra fue ajusticiada aquí por haber luchado por la independencia. Le arrancaron los senos. Ogorman la puso en su fresco de la biblioteca, de blanco, el seno abierto sangrando como una fuente.– Alegría de volver a ver esta espaciosa biblioteca; pocos libros, pocos lectores, muchos niños ocupados, un viejo maestro que les aconseja; el edificio es de una iglesia, el fresco ostentoso muestra al fondo su intensa estampería. Este fresco continúa la tradición de los Códices que refieren los anales en imágenes. A otros el decir que esta estampería «no es arte» porque no expresa ni metafísica ni psicoanálisis para revistas lujosas y galerías de cuadros. Canta en azul vivo, en rojo, en fuego, para los niños y los grandes niños, una historia terrible y legendaria, con símbolos fáciles, que emocionan fácilmente, es elemental y viva, habla a gentes simples y me habla a mí, os hablaría también si no estuvieseis tan satisfechos de sí mismos, tan lejos de las simples gentes, tan lejos de la dura vida real que no es literatura y bellas ediciones. Ogorman me ha dicho a su respecto: «Estoy contento de haber pintado en Pátzcuaro porque el arte debe penetrar en los pueblos; parto de la idea que los Indios tienen más necesidad que la gran ciudad negociante...» Tiene razón.– El antiguo seminario de don Vasco de Quiroga se ha convertido en museo, un museo sin riquezas, agradablemente cuidado; varias esculturas tarascas, un Chacmol hallado en el país, evidenciando la influencia de los Mayas. Admiro platos que descansan sobre tres senos de mujer perfectos. Figurinas de muertos, algunas pintadas de rojo. En un patio florido, se han reconstituido viviendas de pescadores, con hermosas maderas esculpidas en el interior puntillas de papel de color, redes.

Atravesamos el pueblo el día de carnaval. Una encrucijada de barriada. Las calles descienden en pendientes vivas hacia el campo. Plazuela triangular, fuente, árboles podados alrededor, de los que no queda más que los troncos grises, quebrados. Fiesta (poca gente, los vecinos). Un grupo de músicos; máscaras representan corridas bufonescas. Un gran diablo desaparece bajo un toro blanco, de cartón, que lleva sobre las espaldas y que con sus pequeños cuernos de chivo arremete contra los grotescos toreros. Varios de estos están vestidos de mujer; las largas faldas rojas, plisadas con rayas negras del país. Un muchacho admirablemente musculado, vestido así y cubierto con un gran sombrero de paja ejecuta una danza con un machete. Con el acero golpea el empedrado. Este grupo va de puerta en puerta a llevar el homenaje de su danza burlesca ejecutada con imaginación y gravedad, y con hermosa energía puesto que hace calor. Indiferencia completa de los danzarines y espectadores a nuestro respecto.– En el centro del pueblo, otro grupo de danzarines, atrayente éste por la extraordinaria mascarada de truhanes. Varios personajes en andrajos, sombreros de fieltro con anchas alas levantadas y recortadas, ridículamente adornados con una máscara, gran barba negra y nariz a lo Cyrano, el otro con una máscara de demonio como los primitivos las tallaban en madera; el primero lleva un pantalón de pieles rasgadas; el demonio, más pequeño, un viejo abrigo color buriel. Los que se han vestido de mujer han puesto, por el contrario, máscaras rosas y blancas de criaditas bretonas con cejas sorprendentes, sonrisas complacientes y beatas. Representan su corrida agitando látigos y machetes; es un baile de piratas y de inocentes idiotas. La música canta, el toro de cartón se bambolea, arremete... Están talmente desfigurados que me siento aliviado al ver uno de ellos quitarse su máscara de muchacha blanca, que llevaba bajo una especie de canotier de paja amarilla, para refrescarse. Durante horas se agitarán. Ni ruidos, ni gritos, ni risas en esta fiesta; es el cumplimiento de un rito en el que lo que llamamos alegría parece faltar; ni la menor alegría en el sentido europeo de la palabra; fuerza desencadenada, rítmica, visión, una especie de frenesí moderado.– Regocijo, alegría, no sé si estas palabras pueden aplicarse al Indio. Siempre está sosegado, dominado por una energía pasiva, tranquilo, taciturno, violento, cuyo ritmo interior es lento, nunca agitado. Ama el canto, la música con aires de letanía o de cantinela, la danza con cadencias rituales que sin duda produce una especie de angustia.– Nadie ríe y nosotros no tenemos ganas de reír.

Ante estos Indios jamás puedo olvidar que hasta hace cinco siglos no tomaron contacto con la civilización europea y que lo primero que conocieron fue la crueldad, que todavía no conocen sino los aspectos implacables de la penetración capitalista colonial. A la llegada de Cortés, eran hombres de la edad de la piedra pulida organizados por una civilización bárbara, patriarcal y sanguinaria.– Tal vez la alegría, el regocijo de vivir bajo las formas alegres que conocemos, son adquisiciones que necesitan una cultura larga de varios milenios, con siglos de bienestar y de seguridad. Los campesinos franceses descritos por La Bruyere como un triste ganado humano, sin duda tampoco reían mucho.

 
Una vida de indio

18 abril 43.– Vlady, de vuelta de Zacapu, me cuenta que dibujó un viejo Indio, mendigo, de más de ochenta años, que le hablaba de buena gana con gran dignidad, humildad, plena lucidez. Encogido, harapiento, piojoso, una calavera de ojos vivos y tristes bajo el gran sombrero... Recordaba haber visto, de niño, pasar las tropas francesas: «Magníficos machos barbudos y bigotudos, con pantalones rojos. El general me preguntó por el camino. Respondí: Que Su Señoría me perdone, pero don Benito (Juárez) nos ha prohibido prestar servicio a los franceses; no le parezca mal...» Y el general me dijo: «Vete, muchacho.» En el 15 o 16 de este siglo, los partidarios de Villa llegaron al pueblo, en Michoacán. Eran bandidos. «Me cogieron y me colgaron. Todavía no estaba muerto, mal colgado, cuando una vieja se puso a lanzarles reproches: Es un padre de familia y un hombre honrado, un cristiano... Entonces un jinete dijo: Si corto la cuerda de un balazo, quedará vivo. El jinete disparó y cortó la cuerda. Me desmayé...» De los carrancistas tiene mejor recuerdo. La tropa de don Venustiano Carranza ocupó el país. Se sabía que este campesino tenía 200 pesos (aproximadamente 40 dólares). Unos soldados vinieron a pedírselos. Se negó a entregarlos, mostrando sus hijos. Le golpearon y fue conducido al Estado Mayor. Allí, pidió comparecer ante el general. El general le dijo que los ciudadanos debían sostener el ejército, pero se negó a entregar sus 200 pesos, demostrando que era pobre. –¿Quién te ha golpeado en el rostro? preguntó el general. –Sus soldados, Señoría. –Mis soldados no son bandidos. –Que lo sean o no, ellos fueron quienes me golpearon, Señoría.» El general hizo formar los soldados y pidió al campesino reconociese a los que le habían brutalizado. Reconoció a tres y el general les levantó él mismo la tapa de los sesos ante el resto de la tropa. «Cayeron a mis pies y t

uve piedad de ellos. Tres hombres muertos, por 200 pesos que ni tan siquiera habían logrado cogerme...»

Vlady le pagaba las sesiones de modelo 1 peso diario. Después de tres días, el viejo le dijo: «Ya no vendré más; con los 3 pesos que me ha hecho ganar, Señor, voy poder tomar el camión y regresar al pueblo para morir allí cristianamente. –¿Está lejos el pueblo? –Ocho quilómetros...» Vlady le ofreció un cuarto peso que el anciano rechazó con dulzura: «No puedo cogerlo, por no haberlo ganado.» Vlady se lo metió en el bolsillo.

«¡Qué dignidad y que sabiduría en tales viejos Indios!»

Respondo: «Como entre nuestros viejos mujics.»

 
Ruinas toltecas de Tula

30 abril-1 mayo 44.– Pueblecito pobre, mercado coloreado, en el centro una iglesia feudal, alta y almenada, de piedra gris, rodeada de una muralla blanca igualmente almenada. El convento contiguo está en ruinas, patio tranquilo. Ayuntamiento verde obscuro revestido de blanco, torrecita, reloj. Deterioro y calor.

Verde valle, cual un valle de Sena o de Marne, pero se atraviesa el río por un puente colgante a base de varias tablas danzantes colocadas sobre cables encima de los cuales corren dos cables finos –el guardalado. Se trepa una colina gredosa erizada de fuertes cactus. Es el Cerro del Tesoro. Hace algunos arios, la gente del pueblo iba a buscar allí el tesoro tolteca y halló hermosas piedras esculpidas. Un presidente municipal hizo ponerlas en las calles luego aparecieron americanos que las compraron; sólo queda una, que no pudo ser vendida puesto que hubiera sido preciso destruir una casa para adquirirla.

Las ruinas, en la cumbre, son vastas; sólo se ha quitado una gran pirámide de al menos seis terrazas, otra se ha hecho visible bajo un túmulo vecino. Tula pasa por haber sido antes del año 1000 la ciudad de los toltecas, contemporánea de Teotihuacán que ya existía desde hacía mil años, posterior de quinientos al antiguo imperio maya del Yucatán y a la civilización zapoteca de Monte Albán, Oaxaca. El esplendor de Tula se situaría entre 1000 y 1200. Sea lo que sea, el parentesco de estas ciudades es tan sorprendente como lo sería el de las ciudades de arquitectura románica y gótica de Europa juzgada según las ruinas. El Dios-hombre sentado y acodado, ligeramente tirado hacia atrás, con un altal rectangular sobre el pecho, el Chacmool está aquí presente como en Chichén-Itza. El que vemos, esculpido en granito gris, está medio destruido, no queda más que las manos y el altar; parece que un arqueólogo francés, hace mucho tiempo, hizo aquí excavaciones con dinamita. La gran pirámide está bien construida, rectangular, pareja a una fortaleza; pero una enorme brecha se abre en uno de sus lados y fue allí que se halló, enterradas, tal vez en la época de la invasión azteca, las magníficas estatuas que se cree formaban columnas soportando en la más alta terraza un templo (los techos de madera trabajada sin duda no resistieron al tiempo). Son grandes obras únicas de las que no se encuentra el equivalente más que en una región tropical de Veracruz o de Tabasco, donde existen enormes cabezas humanas monolíticas, de hechura perfecta, yaciendo en círculo en la maleza. Los constructores toltecas erigían la esfinge humana con traje de gala, esculpida en tres monolitos de cerca un metro de diámetro y más alto. Admiro la estilización simple, pero viva, pies calzados en sandalias pintadas de rojo y amarillo, rodillas cuya curvatura es suave y poderosa, sobrios vestidos. Pero la perfección de los rostros es atrayente. Intriga por su grandeza abstracta. ¿Se trata de un rostro humano hierático, reducido al simbólico elemental de los rasgos, o de un tipo divinizado que no es el de la raza de los constructores mismos? Son anchos rostros regulares sin acentuación de los pómulos, ojos horizontales ampliamente abiertos, bien proporcionados, nariz aguileña, más bien fina, boca pequeña con labios en modo alguno prominentes. Podría ser el retrato esquemático de europeos o de mongoles (con más parecido sin embargo con el europeo) de un tipo aristocrático. Los rostros me parecen tener unos 60-70 cm. de diámetro. Contrastan con el realismo evidente de los retratos de jefes en bajorrelieves sobre otros trozos de columnas cuadradas.

Una terraza cimentada, cemento vegetal y mineral, muy bien conservada por lugares, estaba rodeada, en la parte baja, de bajorrelieves pintados de rojo, amarillo y azul reproduciendo indefinidamente el mismo motivo de hombre visto de perfil haciendo una ofrenda. El color es vivo, el arte mediocre. Agujeros cuadrados señalan sobre esta terraza el emplazamiento de columnas, siendo el conjunto de hermosas proporciones.– En otro sitio el acelote, con collar, la lengua colgante, muy musculoso (60 cm. de largo, 30 cm. de alto) se reproduce como motivo ornamental; y el águila perfilada. Notar la explotación del motivo de la greca, como en Mitla. (Un «patio de honor» lateral a la pirámide). En uno de los lados de la pirámide, se ha puesto al descubierto las bases de habitaciones con muchas vasijas de barro rotas. Anchas tuberías para el desagüe, abiertas y cimentadas en el interior.

Estos constructores del año mil eran arquitectos e ingenieros completos. Es evidente que para ejecutar sus grandes trabajos, por ejemplo el montaje de las macizas columnas hechas con varios bloques monolíticos, disponían de ingeniosas máquinas de madera y de cordelería (al igual que los constructores de las catedrales cristianas de la misma época). Los troncos de columnas se ajustaban mediante una especie de eje que penetraba en una cavidad redonda, de manera que los terremotos no podían descomponer el equilibrio de los bloques.

Bajorrelieves representando una serpiente que tiene en su boca abierta una cabeza de muerto.

Se encuentra la calavera esculpida –en gran número– al pie de la pirámide del Sol de Tenayuca y en otras partes. La calavera mexicana reúne dos simbolismos, el de las civilizaciones precolombinas y el de la muerte cristiana.

Curiosas coincidencias de nombres: Teotihuacán –en azteca Ciudad de los Dioses– y Theo, Dios.

En país tarasco, la estación de Tarascón.

Tula –y en Rusia, Tula.

 
El popo

Domingo, 19 noviembre 44.– Buena carretera en pendiente suave que conduce a un poco por debajo del límite de las nieves. El aire rarificado está impregnado de luz, hace fresco. Bosques de pinos y de abetos, tranquilidad, transparencia. Sensación del espacio a flor de tierra, ligereza. Uno se siente radioso, pacíficamente; me parece que los otros deben sentirse como yo. Muy alto, la encrucijada de Cortés, «por donde pasó el primer caballo de los conquistadores». El camino de Veracruz pasaba entre el Ixtaccihuatl y el Popo. Desde esta encrucijada se descubren horizontes de planeta virgen, las pendientes de nieve abruptas y suaves del Ixtacci, las más macizas y redondeadas del Popo, las bajadas de verdes bosques, las llanuras más abajo, semejantes al mar, montones de nubes horizontales y encima sus vapores, una cima azulosa, La Malinche, y más lejos el pico resplandeciente del Orizaba... La carretera es de ceniza volcánica, rojiza, que al subir aún más se vuelve de un gris pálido. Se camina a saltitos, en un jadeo embriagado, se quisiera correr, tal vez bailar, se siente a la vez el alma ligera, cual si la transparencia del mundo y la blancura fría de la nieve la airearan, la refrescaran, la liberaran y el pecho debilitado, el corazón vacilante. (Un hermoso lugar para morir.) Y mientras estamos en fiesta, alguien ha muerto, un alpinista caído en una grieta a una hora de aquí... Unos jóvenes hablan de ello. (Tres horas más tarde, encontramos la ambulancia que viene a buscarlo –desde México puesto que no existe puesto de socorro en Amecameca.) No alcanzamos el límite de las nieves, la sofocación. La verdadera ascensión llevaría todavía cuatro duras horas después de un entrenamiento especial. Laurette y Jeannine descienden las pendientes, los pies desnudos en la ceniza luminosa. Moedano, el más joven de entre nosotros, se tumba de repente a un lado de la carretera, el corazón batiente y presa del vértigo. Tiene una estupenda cabeza de mestizo, con sangre negroide, ojos grandes y dulces, un aire de fuerza. Admiramos una roca que sobresale sobre la carretera, que es gris; más de cerca se ve que está cubierta de flores de altitud, de colores vivos y permanentes, luz vegetal de lamparilla, en sordina. «Se diría un fondo de mar», dice Laurette. El Dr. G. P. cuelga a todas las cosas su pensamiento sobre el universo, la herencia, la estructura de la materia y la investigación humana. Hablamos sin fin de estas cosas, a retazos, respirando la montaña y la exaltante fatiga, risa en los ojos. De detrás de la roca en flor surge una silueta de hombre joven de rostro anguloso, cabellos bastante largos, creo reconocer a Vlady –ningún encuentro me sorprendería aquí. Es un globe-trotter húngaro, sonriente, los brazos cargados de plantas de matices cantantes, que nos muestra orgulloso su bastón en el cual ha clavado los emblemas de todas las ciudades de Europa: Estambul, Sofía, Viena, Génova, Barcelona y la Torre Eiffel. Habla un buen francés. «Recorro el mundo a pie.» Es un objetivo a la vida –un objetivo de egoísmo inocente. Le deseo rehacer la vuelta a una Europa sosegada. «¡Oh, no! Soy demasiado viejo. Ya treinta años...»

Luego, el paraje magnífico de Amecameca, quizás el que más amo de México, junto con el de Pátzcuaro. La Plaza está de fiesta, vemos pasar un matrimonio de 1830, la casada con vestido blanco y flores de naranjo (campesina de sonrojadas mejillas), el casado torpe como es del caso solemnes chicos lindamente vestidos llevan la cola blanca, una chiquilla salida de un cuento de hadas sostiene un cojín sobre el cual hay algo que no distingo. ¿Los anillos, la llave de la cámara nupcial, un amuleto de la Virgen morena? La chiquilla precede los casados y lleva sobre la cabeza una corona de papel dorado. Los muchachos de honor llevan uniforme de una Escuela militar, las señoritas de honor con vestidos de seda rosa. Este cortejo avanza a través la multitud del mercado, la mezcolanza, el sol, los colores, hacia la iglesia tras la cual se yerguen las nieves del Ixtaccihuatl y azules montañas con sobrepuestas nubes movedizas. Al lado de la iglesia, una escuela con ventanas estrambóticamente góticas aparece pintada de azul claro. Cerca de nosotros inverosímiles autocares tragan Indios, sus cestos, sus pavos, sus condumios, sus granujillas –uno se pregunta si llegará el momento en que estos coches ya no podrán admitir un último viajero con sombrero– y en efecto este momento no llega nunca. Muchachas jóvenes vienen de misa, sin duda las hijas de los caciques del lugar, ricas y sonrientes; una me parece de rara belleza (pero quizás es simplemente el encantamiento de la plaza y de la montaña próxima): Española pura, nariz recta, boca grande, riente, vestida con gusto; mantilla sobria, vestido de un blanco grisáceo, falda corta, medias negras de grandes mallas sobre piernas rellenas bien musculosas. Ella borra la imagen del mendigo tal vez leproso. Brillo de las naranjas y de las pimientas en el mercado, oro ligero de las esteras y de las cuerdas.

Del Sacromonte, el paisaje se abre con una plenitud que jamás había visto aún a cada estación de la Cruz, los dos volcanes blancos surgen más poderosamente encima de los follajes. La iglesia de Fray Martín de Valencia es una joya de colores, vieja-rosa. Caminamos sobre antiguas tumbas y por todas partes las tierras aparecen, un valle encaminado hacia horizontes de innumerables colinas, el pueblo en claro y gris, las cimas blancas, enormes, próximas, chorreantes de luz. Las veremos dorarse, apagarse en fuego pálido. A la entrada lateral de la iglesia, acaban de colocar un excelente estatua de bronce de Fray Martín, simple silueta delgada y grave. Los cirios están encendidos ante el coro, se está entre el horizonte y el altar. Vuelto a ver la capilla más alta, encima, y el cementerio simpático, deteriorado, todavía pleno de flores secas traídas el día de los difuntos. Sobre las paredes de la capilla y sobre numerosas tumbas, el signo multiplicado de la mano: he pensado en la mano árabe del destino.

Buena traducción de Ixtaccihuatl: la Mujer dormida.

Víctor Serge