Eduardo G. Rico
Gustavo Bueno: un filósofo amante de la Biología
Me decían: “Vente a Santiago”, pero elegí Oviedo. - Especialista en Lógica. - A Ortega le han perjudicado algunos discípulos, Marías sobre todo.
—Nos salvamos milagrosamente
El doctor Bueno, nuevo catedrático de Filosofía, nos cuenta cómo el otro día, cuando venía hacia Oviedo por la carretera de Santander, su “Seat-600” se deslizó, a la altura de Infiesto, y chocó aparatosamente.
—Veníamos mi mujer y yo. No nos pasó nada. Un milagro…
Otro cualquiera, supersticioso, hubiera retornado a Llanes. Pero el doctor don Gustavo Bueno vive firmemente inscrito en la realidad. Tomamos café en el hotel donde se hospeda. Afuera, el bullicio de la calle de Uría. El doctor Bueno dispone de media hora. El tiempo vuela.
—He venido hoy porque tengo que formar parte del tribunal de las Escuelas Normales de la Iglesia. Ahora estoy en Llanes, donde veraneo.
Algún día podemos hacer un ensayo periodístico sobre el tema «Llanes y la filosofía». En Llanes pasa los veranos Fernando Vela. En Llanes vivió sus últimas vacaciones don José Ortega y Gasset.
—Me gusta Llanes –dice don Gustavo Bueno–. Veraneo en la villa desde hace cuatro años. Acaso sea esta la razón de haber escogido Oviedo.
—¿Conocía nuestra ciudad?
—Tenía las referencias normales acerca de ella, su imagen a través de la literatura de un Clarín o un Pérez de Ayala. Pero veo que es además otra cosa muy diferente: urbanísticamente tiene jerarquía. Me ha causado una excelente impresión.
Don Gustavo Bueno, que es hombre joven, posee ya, sin embargo, una larga experiencia profesional.
—Estudié filosofía en Zaragoza y en Madrid. Me licencié en 1945, me doctoré en 1947. Y en 1950 me designaron para dirigir el Instituto Femenino de Salamanca.
—Conozco Italia, Suiza y Francia. Y pienso visitar Alemania.
El doctor Bueno es riojano, de Santo Domingo de la Calzada. Abierto y cordial, conserva su acento regional que infunde una mayor simpatía aún a su conversación.
—¿Qué significa la filosofía en una Facultad de Letras?
—Para mí viene a ser lo que la anatomía en Medicina. Algo así como el esqueleto, la base de todo lo demás. En Alemania su función se entiende muy bien: todos los profesores de Letras tienen que estudiar un conjunto de asignaturas de filosofía. Mi disciplina es formativa e informa, en cierto modo, todas las demás.
Al doctor Bueno le gusta la medicina. No hace falta que lo diga. Se desprende de esta preferencia de sus imágenes, de sus comparaciones.
—Siento que aquí no haya Facultad de Medicina. Tengo una gran afición por las ciencias biológicas. Un amigo gallego me dijo cuando gané las oposiciones: «Vente a Santiago». La tentación era poderos. En Santiago existe esa Facultad. Pero Oviedo me atraía con más fuerza y… aquí estoy.
Nosotros nos alegramos. No son frecuentes en la Universidad española –por qué no decirlo– hombres de la comprensión, la simpatía y el espíritu juvenil de Gustavo Bueno. No creo que nadie se ofenda porque sentemos claramente esta realidad. Después de todo hay excepciones, y no pocas, afortunadamente, a pesar de esa infrecuencia que señalábamos. Nuestra Universidad, la Universidad de Oviedo, en este momento, se encuentra, en profesorado y alumnado, a un buen nivel.
—¿Cuál es su especialidad?
—Me he dedicado preferentemente a estudiar la Lógica. Mi asignatura aquí en Oviedo es “Fundamentos de Filosofía e Historia de los sistema filosóficos”.
—¿Es partidario del diálogo entre maestro y discípulo?
—Desde luego. Lo creo imprescindible para la eficacia de la enseñanza. Ese es mi método.
En España la filosofía de este siglo aparece llevar el nombre de Ortega. Preguntamos al doctor Bueno por el pensamiento de Ortega.
—Siento por el simpatía, pero no lo comparto. Estoy en otra línea. En la famosa polémica suscitada por el padre Ramírez yo adopté un punto de vista crítico con respecto a los orteguianos que tomaron parte en la disputa. A Ortega le han perjudicado mucho algunos discípulos, sobre todo, se lo diré sinceramente, Julián Marías.
Recordamos a este propósito un artículo publicado por Marías en «ABC» sobre el libro «La idea del principio en Leibniz», de Ortega.
—Aquel trabajo contenía elogios desmesurados, que no conrresponden ni mucho menos al valor filosófico del libro. No creo que esta obra añada nada importante al pensamiento orteguiano.
—¿Cómo es, para usted, la filosofía de Ortega?
—Requeriría la pregunta una respuesta demasiado larga. En síntesis le diré que a mí Ortega me parece un moralista y acaso de esta condición suya deriva su prestigio. Su actitud olímpica, jovial, así me lo hace creer. Ortega parece estar diciendo, en cada una de sus páginas: «Esto debemos hacer…»
—¿A qué atribuye el ardor que ponen en su defensa algunos discípulos, sobre todo Marías?
—Los que lo conocieron personalmente pueden estar influidos por su poderosa personalidad. En este aspecto fue un hombre admirable. Pero algunos se empeñan en demostrar, por todos los medios, su originalidad. No se percatan de que para ser un gran filósofo puede no ser imprescindible esta condición.
—¿Y de la revancha que se ha tomado Zubiri, qué me dice?
Nos referimos, al formular a pregunta, a un capítulo del nuevo libro de Xavier Zubiri, que apareció como adelanto en la revista «Índice». En este capítulo Zubiri trata de destruir el orteguismo en su punto de partida.
—No me parece muy correcto, humanamente hablando, Zubiri, tan escasamente fecundo, acaso haya ido demasiado lejos.
El tiempo vuela. El reloj impone su ineludible tiranía. Hablamos, para terminar, de la especialidad de Gustavo Bueno, la lógica matemática. De sus aficiones, de su simpatía por todo lo joven. Y nos despedimos.
Impresión última: Gustavo Bueno, nuevo catedrático de Filosofía de nuestra Universidad, es hombre activo, amante del trabajo, abierto a las inquietudes juveniles, profundo conocedor de su asignatura, gran conversador. La frase tópica: «Me alegro de conocerle», responde, por una vez, sinceramente, a la verdad.
Eduardo G. Rico