Filosofía en español 
Filosofía en español


Gustavo Bueno Martínez

Cartas al director
Advertencia a los lectores

El señor Rodríguez y García Loredo ha iniciado una serie de artículos destinados a impugnar las ideas que en “Autenticidad” he venido exponiendo, a lo largo de este curso, sobre la esencia de la Universidad. Nada más necesario que el diálogo y la polémica. Quienes conocen mis métodos pedagógicos saben que es precisamente el diálogo, el argumento de los seminarios y, en ocasiones, de las clases. En mi propio escrito sobre la Universidad sostengo también la naturaleza dialéctica de la Verdad.

Sin embargo, la presente nota está destinada a manifestar al lector de REGIÓN las razones por las cuales yo no voy a entrar en dialéctica con el señor Rodríguez. Considero necesaria esta manifestación dado que el mero silencio, si bien podría merecérselo el señor Rodríguez, no lo merece el lector de REGIÓN, particularmente el lector neutral, que no conoce mis artículos y juzga un poco desde fuera los argumentos. Para este lector, que no me conoce sino a través de un enemigo, mi silencio podría interpretarse como orgullosa o derrotada actitud: podría, en suma, determinar una apariencia injusta de mi mismo ante su conciencia, a la que no tengo derecho.

Las razones por las cuales no voy a contestar a los artículos del señor Rodríguez pueden resumir en una sola: que el tono de las objeciones del señor Rodríguez carece de fuerza para iniciar una polémica [6] seria, tanto por el carácter irrespetuoso de su estilo, cuanto por el rango pedestre y elemental de su contenido.

El señor Rodríguez ha faltado al respeto que me debe como ciudadanos y como compañero de profesorado. Es una falta de respeto aludirme, sin nombrarme, por medio de frases italianas y de nombres de reyes escandinavos. Es una falta de respeto propinarme listas de adjetivos injuriosos desde el punto de vista profesional. Por otra parte, las objeciones son de tipo verbal y elemental y yo no puedo aceptar una discusión pública en este plano. El señor Rodríguez ha adoptado la postura del dómine que recita listas de libros, que señala páginas elementales y hasta que amenaza con la palmeta (la fusta, dice él). El señor Rodríguez enarbola sus definiciones y olvida que las dirige a quien, por oficio, se dedica a ellas; no se le ocurre pensar que sus definiciones pueden ser también conocidas por otros; no se le ocurre pensar que cuando un profesional se aparta de sus definiciones, puede tener también sus motivos fundados y que el apartamiento no se debe simplemente a ignorancia. Como sólo conoce sus definiciones, cree que no existen otras. Se atiene solo a las palabras y goza recitando frases hechas como argumentos supremos. Se siente tan satisfecho de lo que llega a la inconsciencia de lo que ignora y llega a pensar que no es posible que nadie sepa más de lo que él conoce. Daré tres rápidos análisis de objeciones del señor Rodríguez para demostrar al lector que mi diagnóstico no es gratuito. Primero: El señor Rodríguez se atreve a emplazarme para que cite autores relevantes que utilicen el término de esencia de manera semejante a como yo lo utilizo. Con esto demuestra su ignorancia en quien se atreve a emplazar a nadie, cuando su verdadera actitud era matricularse en un curso universitario de Lógica y enterarse de quién es Leibniz, de quién es Husserl –y su concepción de la esencia como “conjunto de notas unidas entre sí por fundamentación”; de quién es Dewey, de quién es Carnap, etc. Asimismo, el señor Rodríguez pretende enseñar la doctrina de Porfirio sobre los predicables, doctrina que aparece en cualquier manual y que yo mismo tengo explicada en un libro de texto de Bachillerato: El señor Rodríguez dedica todo su segundo artículo a escandalizarse de que yo haya titulado mis especulaciones con la pregunta: ¿Qué es la Universidad?, cuando el contenido de mis artículos se dirigiría, según él, a responde a esta otra pregunta: ¿Qué debe ser la Universidad? Entonces el señor Rodríguez se permite recordarme la distinción entre “lo que es” y “lo que debe ser”, y hasta lo dice en latín. Y dedica dos columnas a copiar una lista de libros sobre la Historia de lo que la Universidad ha sido, por si no lo sabemos quienes por oficio somos universitarios. Debía el señor Rodríguez presuponer que yo ya conocía semejante distinción y que si no la utilizo es porque argumento desde el supuesto de que, en las esencias culturales, axiológicas el “qué es” se confunde con el “qué debe ser”. Porque el “qué” buscado es el arquetipo, la esencia. Cuando preguntamos: ¿Qué es la Justicia” en un sentido esencial, no buscamos la enumeración de todos los fallos de los Tribunales (muchos de los cuales han sido injustos), sino que nos referimos a la esencia de la Justicia, a “lo que debe ser” en el plano real, a lo que es en el axiológico. Es cierto que esta cuestión puede discutirse, como todas –ahí están las obras de Scheler o de Hartmann o de Ortega–; pero el señor Rodríguez ni siquiera se ha dado cuenta del problema, en su nivel universitario. El señor Rodríguez se asombra del uso que hago de la palabra “trascendental”. Otra vez las palabras. Parece que anuncia un artículo dedicado a la cuestión. Otra vez el pedante que enarbola una definición que aprendió en su bachillerato, y que no advierte que se dirige a quien, por oficio, se dedica a explicar durante gran parte del curso la Historia de la Filosofía trascendental.

Estas son las razones por las cuales no creo oportuno entrar en una discusión planteada en términos no dialécticos e infrauniversitarios. Por ello, esta nota la dirijo al lector, para rogarle encarecidamente que, con sentido de justicia, no se atenga únicamente, para juzgarme, a las fragmentarias referencias del señor Rodríguez.

Gustavo Bueno Martínez