Cesáreo Rodríguez y García-Loredo
¿Qué es la Universidad?
- I -
Bajo ese epígrafe acaba casi de publicarse en “AUTENTICIDAD” (portavoz de nuestro bien amado S.E.U. Ovetense) un artículo. Aparece inserto en el número veinticuatro del mentado portavoz. Extenso sobremanera resulta dicho artículo, pues con sus ocho columnas ocupa el amplio espacio de toda la página octava y la mayor parte del de la sexta. Ojalá que nuestra calificación (¡la quisiéramos muy laudatoria!) pudiera cifrarse siquiera en esta frase, que con pena consignamos: difuso, profuso y confuso es tal artículo. Pero, aunque lo deploramos, se impone aplicar al mismo otra censura más adecuada y justamente severa; los conculcados fueros de la verdad así lo demandan. Con ésto ya se sobrentiende que el articulista ha incurrido en errores. ¿Y serán acaso “objetivamente” graves? Si, por desgracia, unos cuantos; añádase aún que la gravedad de los mismos reviste singular trascendencia en varios aspectos; omitiendo otros, sólo basta considerar que los principales destinatarios de “AUTENTICIDAD” son nuestras juventudes universitarias, que siempre deben y necesitar ser bien orientadas. He dicho “objetivamente”, porque me abstengo de enjuiciar la intención y responsabilidad del signatario de ese artículo. En cuanto que son internas ambas cosas, prefiero atenerme ahora al tan conocido aforismo jurídico-canónico: “De internis nin iudicatu Ecclesia”. Más todavía: generosa y caritativamente quiero dar por supuestas la buena intención y la ausencia de responsabilidad.
Entremos ya de lleno en materia. No pocos son esos errores, al par que de índole diversa; mas se pueden clasificar en cuatro grupos principales: errores de carácter “teológico”, “didáctico-cultural”, “histórico” y “filosófico”. Sobre los más relevantes voy a presentar un previo esquema o síntesis muy breve, fundándome en las afirmaciones hechas en el consabido artículo, ora explícitas, ora implícitas o que con rigurosa e irreprochable lógica se deducen de las primeras.
Errores de carácter “teológico”: a) se ponen, nada menos que en el mismo plano, la revelación cristiana y la “revelación” musulmana..., la Biblia y el Corán; b) preténdese que de la Universidad –en su función investigadora y docente– sea excluida la verdad “revelada”, lo cual viene a ser un anacrónico intento de galvanizar estos viejos y tan absurdos errores: el “laicismo” y el “racionalismo”; c) en consecuencia, toda actuación e influjo de la Iglesia en la Universidad quedarían eliminados, como carentes de base o razón suficiente; d) también, como secuela, del ámbito científico-universitario tendría que desaparecer la Reina de las Ciencias, la Teología, que es precisamente la ciencia de la revelación, es decir, el objeto fundamental y característico sobre el que versa la Teología es la verdad elevada; e) por otra parte y atendiendo al contexto, con entera falsedad se asevera allí que la “certeza” de la fe –es decir, de la verdad revelada, en cuanto que su concreta revelación es un hecho real e histórico– no puede ser demostrada.
Errores de carácter “didáctico-cultural”. El articulista, con su infundada, anticientífica, retrógada, oscurantista y peregrina teoría sobre la verdad “trascendental”: a) hace de la Universidad, como si dijéramos, un engendro caricaturesco, la convierte casi en una piltrafa o guiñapo, la trunca y horrorosamente mutila, es decir, la decapita y le amputa sus pies y manos, según demostraré después; b) da un enorme salto atrás, retrotrayendo la Universidad e instalándola en una posición y ambiente neopaganos o ultrapaganos y, desde luego, de mucho menos fuste y envergadura [15] didáctico-culturales que los de la Academia platónica y del Liceo aristotélico: c) lógica y realmente invalida o anula hasta el mismo significado objetivo del vocablo “Universidad”, pues a ésta habría que llamarle –de ser verdadera la predicha teoría– “Particularidad”, universidad de vía estrechísima”, de monocarril, etcétera.
Errores de carácter “histórico”. El autor del artículo afirma o equivocadamente viene a decirnos: a) que en la Universidad medieval el contenido de la revelación cristiana y el de la “musulmana” se ofrecen, como una “evidencia” trascendente a la contemplación humana; b) que, “desde entonces”, la trascendente Verdad suprema también “se ofrece, no sólo como el término trascendente de un largo camino de investigación que parte de la ignorancia, sino como al principio y norma de todo conocimiento revelado gratuitamente a los hombres por una autoridad religiosa (que se expresa principalmente en un libro: la Biblia y el Corán)”; y fíjese en ésto el caro lector: ese “conocimiento revelado” o revelación no aparece ahí como hecha por Dios –eficiente causa única de la revelación “activamente” considerada– a los hombres, sino por una autoridad religiosa o meramente humana, cual es la de la inauténtica o falsa revelación coránica, en todo in- [sic] simplemente equiparada por el articulista a la auténtica o verdadera revelación bíblica; c) que la actuación de la Universidad medieval se cifraba en el ejercicio o indagadora función específicamente deductivo-teológica; d) que aquélla, por lo mismo, se prestaba “para modelar lo que hoy llamaríamos la barbarie del especialismo”; e) que esa Universidad medieval tenía por misión “custodiar y defender la verdad revelada”; pero ello, como luego se verá, fué entonces –y sigue siendo– propio y oficial cometido del Magisterio de la Iglesia; f) que, según la mentalidad griega, “la penuria de noticias que la razón humana logra obtener respecto de la Verdad suprema, determina la ineficacia de esta Verdad suprema, determina la ineficacia de esta Verdad intelectual trascendente como cánon y norma d ella verdad especulativa, que parte siempre de la ignorancia...”
Iba yo a presentar ahora el índice de los susodichos errores de carácter “filosófico”; mas no quiero cansar a mis lectores; dejemos eso para el próximo artículo. Acaso el índice y exposición de aquéllos puedan suministrarnos una prueba más de cómo “un mal filósofo es un teólogo pésimo”. Por lo demás, en sucesivos artículos justificaré, con textos o citas al canto, que mi recuento sobre “todos” los errores predichos o ya señalados no ha sido arbitrario. Al mismo tiempo los iré refutando uno a uno.
Oviedo, viernes 8 de junio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- II -
He dicho anteriormente que en el consabido artículo de “Autenticidad” hay también errores de carácter “filosófico”, errores que ahora voy a señalar e impugnar brevemente. Digo “impugnar brevemente”, porque el hacerlo con detenimiento me llevaría demasiado lejos.
Giran todos esos en torno de la inadmisible, mala o antifilosófica definición que sobre la Universidad presenta el autor del predicho artículo. Mas para que en mi labor expositivo-censaria haya mayor claridad y orden lógico, establezco los siguientes apartados.
A) En primer lugar el aludido articulista comienza ya por plantear inexactamente ése que los filósofos llaman “estado de la cuestión”, es decir, confunde la “quaestio iuris”: cuestión de derecho, con la “quaestio facti”: cuestión de hecho. Y precisamente por ello aquél se equivoca, pues encabeza su artículo con este rótulo incongruente: “¿Qué es la Universidad?”. Pero, como adecuado, se impone estotro: “¿Qué debe ser la Universidad?”. No en el primero, sino en el segundo se formula el verdadero problema vivo y palpitante; acerca del mismo se vino –y se viene todavía– discutiendo, al par que se le buscaron ñas más variadas soluciones y se prosigue aún en la búsqueda de otras. Que ello es así lo saben muy bien quienes están al tanto de los temas que acerca de la Universidad se suscitan entre los sectores del mundo intelectual. Nuestro mismo articulista me da –al menos conscientemente– la razón; pues él, aunque procede ilógicamente, “de hecho” aborda más bien el segundo problema, y no el primero. Este, al fin y al cabo, ni siquiera es problema, ya que no resulta difícil averiguar “que fué y qué es, realmente, la Universidad del pasado y la de hoy”.
Con respecto a la Universidad de antaño, ahí están las críticas y documentadas historias –exhaustivas, en lo que cabe– en las distintas y más célebres Universidades; sólo por vía de ejemplo, he aquí los nombres de algunos autores y de sus obras sobre esa materia: C. Du Boulay: “Historia Universitatis Parisiensis a Carolo Magno usque ad nostra temporada”, 6 vols.; J. B. L. Crevier: “Histoire de l' niversité de Paris despuis son origine jusque a l'annés 1600”, 7 vols.; E. Dubarie: “Histoire de l'Université de Paris”, 2 vols.; C. Thurot: “De l'organisation de l'enseignement dans l' Université de Paris au moye–age”; P. Féret: “La Faculté de Theologie de Paris et sese doeteurs les plus célebres”, 11 vols; Denifle-Chatelain: “Chartularium Universitatis Parisiensis”, 4 grandes volumenes, con otros dos complementarios e intitulados: “Aucturium Chartuarii” A. Clerval: “Les écoles de Chartres au moyen-age, du V au XIV siécles”; la obra clásica sobre la Universidad de Oxford es la de A. Wood: “The History and Antiquities of the University of Oxford”; y, como obra moderna, la de C. E. Mallet: “A History o the University of Oxford” de M. Sarti y M. Fattorini: “De Claris Archigymnasii Bononiensis [15] professoribus a saeculo XI usque ad saec. XIV”; G. Zaccagnini: “La vita dei maestri e degli scolari nello studio di Bologna nei secoli XIII e XIV”; Card. Ehrie: “I piu antichi Statuti della Facoltá teologica dell'Universitá de Bologna”; J. Aschbach: “Gesichte der Wiener Universitat mi ersten Jahrhundert ihres Bestehens”, tres vols.; F. Denifle: “Die Ensteshung der Universitaten des Mittelalters bis 1400”; H. Rashdall: “The Universities of Europe in the Middle Ages”, 2 vols. Vidente de la Fuentes: Historia de las Universidades, Colegios y demás establecimientos de Enseñanza en España”, 4. vols.; E. Esperabé Arteaga: “Historia pragmática e interna de la Universidad de Salamanca”, dos vols. (y hace sólo unos días Radio Nacional nos ha anunciado la inminente publicación de una nueva Historia de la celebérrima Alma Mater Salmantina; son, además, recentísimos estos dos libros españoles, relacionados con el tema presente: Maria Anunciación Febrero Lorenzo: “La Pedagogie de los Colegios Mayores a través de la legislación en el Siglo de Oro”; Francisco Martín Hernández: “La formación clerical en los Colegios universitarios españoles”; Fermín Canella: “Historia de la Universidad de Oviedo” cuyo magnífico complemento son unos concienzudos e interensatísimos artículos del egregio historiador –el primero de la España actual– P. Beltrán de Heredia, O. P., y publicado en la “La Ciencia Tomista”, allá, por los años de 1930, es decir, antes que el devastador y alevoso fuego marxista convirtiese en pavesas la biblioteca y archivo tan valioso de nuestra Universidad; ayer, como quien dice, ha visto la luz pública la “Historia de la Universidad compostelana”; etcétera., etc..
Por lo que a la atañe a la Universidad contemporánea y de hoy mismo, tampoco es difícil averiguar “qué es”. Existe muy abundante literatura o bibliografía (que, en gracia a la brevedad no cito ahora) sobre el asunto, es decir, en los último tiempos se ha escrito mucho en torno de los diferentes tipos, características, orientaciones, matices, etcétera, de la Universidad, v. g.: la inglesa, alemana, francesa, norteamericana... Pero dejemos todo esto a un lado.
Lo que si verdaderamente preocupa –desde hace ya bastantes años– a los gobernantes, pensadores, pedagogos... es el enunciado problema “¿Qué debe ser la Universidad?”. ¡Cuántas sentencias u opiniones se vinieron dando hasta hoy! Mas muy pocos –y entre los seglares ninguno– se acercaron tanto a la solución recta de la batallona cuestión como el eximio Cardenal J. H. Newman. Abrumadoramente así la demuestran sus magistrales y maravillosas obras: “Historical Sketches”, 3 vols., “Sermons on Various Occasions” e “Idea of University”. Sobre todo, este último libro del tan insigne y sabio purpurado sigue siendo, con perenne vigencia, obra maestra y verdaderamente clásica en la materia. Quien imparcialmente compare ésa con el ensayo orteguiano, por algunos tan traído y llevado, no sé por qué, “Misión de la Universidad” (J. Ortega, “Obras”, de. De 1933, pp. 1179-1224) hallará que el “segundo” se diferencia de la “primera” casi al modo con que la indecisa luz del alba difiere de los esplendores fulgurantes del mediodía. Todas las ideas son aprovechables en tal “ensayo” (descontando lo que en el mismo erró Ortega) fueron, con bastantes años de antelación, expuestas con mayor claridad, hondura y amplitud en el citado libro de Newman. Y, desde luego, hay en tal obra otras ideas acerca de la Universidad –muy principales y verdaderas– a las que no llegó Ortega por que se lo impedía su propio sistema pedagógico, de recortadas alas y corto vuelo, me refiero al crudo y rabioso “laicismo” orteguiano. Pero habiendo puntos de vista comunes –coincidentes hasta en la terminología– entre la obra de Newman y el ensayo de Ortega, ¿cómo se explica ello? Tengo para mi que Ortega “se inspiró más o menos”... en el libro de Newman. Además, hay el siguiente dado: Ortega prometía, en la advertencia preliminar a dicho ensayo, un futuro curso sobre “La Idea de la Universidad”. ¿Y no es éste el título, precisamente que puso Newman a su obra, es decir: “Idea of University”... Ni qué decir tiene que ese “futuro curso” no pasó de inédito.
Queda, pues, explanado un poco el “estado de la cuestión”. En el próximo artículo continuaré el examinar y confutación de los dislates y errores “filosóficos” de nuestro articulista, “bono e caro fratello”, tan audaz y arriesgado en las Letras y “Ciencias del Espíritu”, como Gustavo Adolfo de Suecia en las armas y empresas bélicas.
Oviedo, 10 de junio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- III -
En mi anterior artículo he prometido continuar el examen y confutación de los dislates y errores “filosóficos” del –sinceramente lo decimos– “caro fratello nostro”. Allí, en el apartado A), he dilucidado someramente “el estado de la cuestión”. Pasemos ya al siguiente apartado.
B) Como se trata de indagar cuál es la “esencia” de la Universidad, nuestro articulista escribe: “La pregunta ¿qué es la Universidad? será interpretada aquí como la pregunta por su esencia. Utilizaré el viejo concepto de “esencia” en el sentido lógico habitual: un conjunto de rasgos o propiedades que satisfacen estas condiciones: Primera. Ser específicas o diferenciales dentro de una totalidad de objetos. Segunda. Ser estructuradas internamente, coherentes, vinculadas por una interna cohesión que les confiere una estabilidad distinta de la que conviene a un mero agregado extrínseco de propiedades”. Censura que yo doy: No salgo de mi asombro ante la inesperada y extravagante definición, errónea de sumo grado y por entero falsa. ¡Y todavía su autor la presenta –antihistóricamente o de espaldas a la Historia de la Filosofía– como “el viejo concepto de esencia”, cuando, por el contrario, es un concepto “novísimo”, mera, peculiar, arbitraria y estrambótica invención del articulista! Paréceme que si el “viejísimo” Estagirita –más que bimilenario en años– levantara cabeza, indignado, agüiríales a ese no con silogismo, sino tal vez con la fusta. No se puede alegar ni un solo filósofo –de alguna solvencia– que hubiera hecho suya o apruebe la redicha definición de la “esencia”. Emplazo, pues, al articulista para aduzca algún ejemplo o nombre.
Sobre tal enormidad filosófico-metafísica bástame ahora indicar las cuatro especies de “propiedades” –ya enumeradas, hace ya casi diecisiete siglos por el famoso Porfirio de Tiro, autor del celebórrimo “arbol porfiriano”– pertenecen al género de los accidentes: pero éstos, ya sean “predicamentales” o ya “predicables”, no sólo se distinguen realmente de la sustancia y de la “esencia”, sino que además, claro está, no son elementos intrínsecamente constitutivos de las mismas; todavía más: tampoco lo es la llamada “propiedad metafísica”, que es la propiedad más propiedad o de más honda raigambre en la “esencia”; fluye esa necesariamente de la esencia (“como natural resultado de la misma”, con expresión de Angélico), pero no constituye la “esencia”. Por otra parte, a esos “rasgos o propiedades” les llama el articulista “específicas o diferenciales”; pero no son tal cosa y, por lo mismo, no pueden llamarse así; porque precisamente, para la “especificación o diferenciación” de la esencia está –exclusiva y solamente– la denominada “diferencia específica” que no es rasgo o propiedad, sino parte constitutiva de la misma “esencia”. Luego... de ninguna manera –¡ello entraña un absurdo!– es dado afirmar, con verdad lógico-objetiva, que la “esencia” de las cosas (ya sean ellas entes naturales, ya artificiales, etcétera) consiste, como dice el articulista, “en un conjunto de rasgos o propiedades...”
En obsequio a mis caros lectores que no entiendan mucho de altas disquisiciones filosófico-metafísicas voy a ofrecer unos ejemplos plásticos-intuitivos, como si dijéramos, los cuales ponen ante los ojos cómo el “quid” o la entidad intrínseca de la “esencia” no consiste “en un conjunto de rasgos o propiedades...” De antemano conviene establecer un punto de comparación: es aquí la “esencia” del hombre. Todos mis lectores saben que la definición real intrínseca, esencial y metafísica del hombre es ésta: “el hombre es un animal racional”. Las dos últimas palabras, pues, son expresivas de la “esencia” humana. Ahora bien: he aquí sólo unos cuantos ejemplos que corroboran la verdad de la tesis que acabo de probar; se fundan ellos en las “propiedades” o accidentes, ora “predicables”, ora “predicamentales”; ninguna de esas “propiedades” constituye, evidentemente, la “esencia del hombre.
Ejemplo primero: “El ser cirujano o médico, abogado o químico”, etc., es una “propiedad” del hombre, pero no forma parte de la humana “esencia”; pues, de ser así, indefectiblemente y por necesidad metafísica o absoluta los hombres todos teníamos que ser médicos...; dentro del mundo o planeta que habitamos, esas “propiedades convienen solamente a la especie humana, pero no a todos sus individuos. Y lo mismo digamos de otras muchas propiedades, v. g., la sabiduría... Segundo. Los “rasgos” –tráelos a colación el articulista– del rostro son “propiedades” de la faz o cara humana; mas no son elementos constituyentes de la “esencia” del hombre; aún más: ni siquiera del rostro en general, pues, de lo contrario, todos los humanos tendríamos idénticas facciones. Tercero. La “risibilidad” y la “admiratividad” (es decir, las potencias o facultades de poder reírse, de poder admirarse, aunque de hecho no se reduzcan al acto o lleven a la práctica) son “propiedades” o accidentes predicamentales o metafísicos; sin embargo, no entran en la “esencia” del hombre como partes constituyentes; fluyen natural y necesariamente de la misma, pero son posteriores a ella en orden al origen y a la perfección. Cuarto. La cualidad gravitatoria o gravedad de nuestro cuerpo es también una propiedad o accidente predicamental; a los astronautas se les escabulle –al parecer– tal propiedad, más nunca se les desaparece la llamada gravedad “radical”; aunque ésta no se identifica, claro está, con la "esencia” del hombre, o de su cuerpo.
¡Pero si aún en el pensamiento y lenguaje corrientes no hay nadie que no dé por supuesta una distinción “relísima” entre las propiedades de Fulano –rústica o urbanas– y el Fulano mismo! Las propiedades son de alguien, pero de alguien “muy distinto” de las cosas poseídas.
En resumen: nuestro articulista “se ha tomado el rábano por las hojas”; ha sufrido una ilusión semejante a la de Don Quijote, el cual confundió “la bacía con el yelmo”. ¡La definición de aquél sobre la esencia es toda un “baci-yelmo”!...
Prolijo he sido; pero es que ahí se trata de una cuestión o materia “fundamentalísima” en todo el ámbito de la Filosofía.
Oviedo, miércoles 13 de junio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- IV -
En el apartado B) del artículo precedente ha tratado acerca de la definición –¡errónea en sumo grado y por entero falsa!, como han visto mis lectores– que sobre la “esencia” nos ha dado el “fratello bono”. Reanudo ahora el examen y refutación de otros dislates y errores “filosóficos” en que ha incurrido aquél: ¡Todavía faltan no pocos! ¡A más de los “teológicos”, “didáctico-culturales” e “históricos”, no refutados aún.
C) A través de este “apartado voy a exponer y a combatir un “nuevo” error, todavía más grave –y de mayor transcendencia– que el antecedente. Sin embargo, de lleno e íntimamente se relaciona con ése, pues el de ahora también versa en torno de la “esencia”. Dado el concepto –espurio, tan equivocado e irreal– que de la “esencia tiene nuestro articulista, no es nada extraño que veamos surgir este “nuevo” y magno error uno de los máximos en el vasto campo de la Metafísica. Si, por un imposible, tal error resultara verdad, entonces ya sin demora alguna se podían cerrar con siete llaves y triple sella las puertas de nuestra Universidad y las de todas. ¡Y si fuera esto solo! Pero hasta se cuartearía y totalmente se desmoronaría el grandioso alcázar de la ciencia universal o el de las ciencias todas, ya que serían radical y plenamente minados los cimientos en que se apoyan. Todavía más: por la misma razón, cualquier otro conocimiento, amén del científico, se haría imposible. Ello revela claramente cuán desastrosas consecuencias implica la negación de una descollante o primordial verdad metafísica, al par que se pone de relieve la enorme importancia de la misma Metafísica, aunque explícitamente no siempre pensemos en ella.
La prueba de todo eso nos la va a deparar dicho articulista. Le cedo la palabra; oiganlo atentamente mis lectores:
“Voy a “usar” esta sumaria definición de esencia en algunos ejemplos, para que quede bien claro el enlace que le doy cuando la aplico a la Universidad... Hablaremos de la “esencia” de los vertebrados, de la esencia del cloro o del helio, de la esencia del triángulo. Estas esencias, pese a aplicarse al dominio de los seres naturales, no implican una “necesidad” objetiva (al modo platónico o incluso fenomenológico), sino que se salvan ya interpretándolas como construcciones lógicas, necesarias para dominar racionalmente el mundo. Es por ello enteramente previsible la transformabilidad dialéctica de unas esencias en otras, en virtud de mecanismos internos a la propia esencia...”.
Resulta indudable que el articulista nos habla ahí de las esencias “metafísicas”. Y en verdad, las esencias por él mencionadas: a) tienen la misma índole o naturaleza que la esencia de la Universidad; equivalentemente se dice ello en el párrafo trascrito: ahora bien; el intento del articulista es dar una definición esencial de la Universidad y, por lo mismo, expresar la esencia “metafísica” de ésta; b) se refieren no a cosas concretas o singulares, sino de carácter general. v. g., “a la esencia del triángulo”, en abstracto; c) “se aplican al dominio de los seres naturales”; pero precisamente la locución “se aplican” supone y denota, que son las respectivas esencias “metafísicas” las que se aplican a seres “individuales”; d) se interpretan “como construcciones lógicas”, lo cual es connotativo de la previa causalidad o intervención insiquisitivo-deductiva del entendimiento para la formulación de las esencias metafísicas; e) caen bajo “la transformabilidad dialéctica de unas en otras, enteramente previsible”; más el solo vocablo “dialéctica” nos pone ya de manifiesto que se trata ahí de esencias “metafísicas”. Bien es verdad que esa palabra me huele un poco a estotro; al absurdo “materialismo dialéctico” del Comunismo...
¿Y qué piensa de tales esencias el articulista? Piensa (1), en primer lugar: que las esencias metafísicas no implican “necesidad objetiva. Esto, en el terreno filosófico, significa que las notas constitutivas de las esencias metafísicas pueden ser otras distintas de las que realmente son. Pero afirmar tal cosa entraña un superlativo desatino, pues toda esencia metafísica “necesariamente” exige unas determinadas notas esenciales, al par que absolutamente excluye otras diferentes y de tal modo requiere aquéllas y rechaza éstas que, puestas las primeras necesariamente urge o existe como esencia “metafísica” y, en cambio, perece o deja de ser, si se le despoja de las mismas. En prueba de esto y para mayor claridad, he aquí unos ejemplos sobre esencias “metafísicas”: a) la esencia del triángulo es “necesaria” o implica una necesidad objetiva, pues no de otra manera podemos concibir [sic] el mismo sino como teniendo tres ángulos; por el contrario o según la teoría del articulista, nos sería dado concibilirlo [sic], v. g., como un cuadrángulo; b) la esencia del círculo lo es “necesaria”, porque no es concebible sin la redondez; más al parecer, el articulista le podría aplicar al círculo el concepto propio del cuadrado... y aún le sería factible al “bon fratello” resolver –él primer que nadie– ese tan zarandeado y gran problema, hasta ahora insoluble: la cuadratura del círculo...; c) la esencia metafísica del hombre es “necesaria”, pues tampoco al mismo se le puede concibir [sic] sin las dos consabidas notas o predicados esenciales: animal racional; pedro, tal vez, no le sea difícil al [15] articulista sustituir o conmutar esas dos notas por las esencial –características, v. g., del gusano...
En segundo lugar, piensa (!) el articulista que es “enteramente previsible la transformabilidad dialéctica de unas esencias en otras...”. Aquí se muestra “il fratello” como ultradarvinista, pues que la teoría de Darwin se circunscribe solamente a la esfera biológica, sin mentar las esencias “metafísicas”. ¡Bien se ve, por otra parte, que nuestro articulista, no tiene de pamenídico ni siquiera un pelo! Es la antítesis de Parménides, campeón de la “inmovilidad”. Pero si es heracliteo por los cuatro costados; o lo que es igual: renueva en nuestro siglo XX el crasísimo error de un filósofo que vivió nada menos que en el siglo VI antes de Jesucristo. Para Heráclito cambio “todo”; para Parménides “nada” cambia.
Como va siendo largo este artículo, dejo para el próximo lo que se refiere a las desastrosas consecuencias –ya indicadas: cerrar Universidad, etc.– que fatalmente habrían de seguirse, con tal que fuera cierto o verdadero “el transformismo de las esencias”, teoría resucitada y remozada por nuestro “fratello”, nuevo o redividido Heráclito. Entonces procuraremos también que se vea cómo las consecuencias serían similares, aunque el articulista entendiese por esencias no las metafísicas, sino las “físicas”.
Oviedo, sábado 16 de junio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- V -
He terminado mi último artículo prometiendo que en éste pondría de manifiesto, en primer lugar, las desastrosas consecuencias que habrían de seguirse, si fuera cierto o verdadero “el transformismo de las esencias metafísicas”, teoría resucitada y remozada por el consabido articulista, al que yo pudiera casi llamar mi paleolítico o paleontológico “fratello” inefable, pues él viene a ser el nuevo o redivivo Heráclito. Fue éste un empedernido dinamista, el primer corifeo del perpetuo flujo o “movilidad”, antiesencialialista cien por cien y, por contera, logró “pedísecuos” en la España contemporánea; recuérdese que el “historicismo” –a ultranza, tan crudo como absurdo– de Ortega no sólo [ll]eva la importa heraclitea (más bien es un mero calco de la sistema presocrático), sino que también del historicismo de Heráclito se halla impregnada la delicuescente y falsa –en todos los problemas fundamentales y en no pocos de los accesorios, secundario– “filosofía– orteguiana; verdad es que el heracliteo “historicismo” de Ortega no fué directo, sino indirecto: a través de Dilthey, en cuya tudesca aduana pagó Ortega fuertes alcabalas. Pero entremos en materia.
Según nuestro articulista, “es enteramente previsible la transformabilidad de unas esencias en otras...” Primeramente, para que mis lectores vean cuán superlativamente disparatada y absolutamente inadmisible sea dicha afirmación, voy a presentar sólo unos ejemplos –entre los muchos que pueden aducirse– sobre esencias “metafísicas” en relación con esa “transformabilidad”. ¡Qué de absurdos se siguen!...
Primer ejemplo: La esencia del hombre es “transformable” en la del guijarro. Segundo: La esencia del triángulo es “transformable” en la del elefante. Tercero: La esencia del principio de contradicción –príncipe o primer principio especulativo, fundamentalísima en todo el orden lógico-ontológico e insustituible base de todas las ciencias y conocimientos– es “transformable” así: Es posible que “sub eodem respectu” una misma cosa sea y no sea al mismo tiempo. Cuarto: La esencia del primero o universalísimo principio del orden práctico ético-moral es “transformable” en la de estotro, su contrario: Se ha de hacer el mal y evitar el bien. Quinto: La esencia del principio de causalidad es “transformable” en la de éste, su antítesis: Ningún efecto tiene causa. Sexto: La esencia del principio de identidad comparada –piedra angular o necesaria de todos nuestros raciocinios– es “transformable en la de este otro, su antípoda: Dos cosas iguales a una tercera no son iguales entre sí. Y dígase lo mismo de la esencia de otros muchos principios que son quicio y punto de partida en todas las ciencias y en todo ejercicio cognoscitivo que se realiza por la razón humana; hasta el conocidísimo principio: “El todo es mayor que la parte” sería transformable en éste, su contradictorio: “La parte es mayor que el todo”. Séptimo: La esencia del cero es “transformable” en la esencia del número, v. gr. nueve. Etcétera, etc.
Con razón, pues, he dicho en mi anterior artículo: si, por un imposible, esa “transformabilidad” resultara verdadera, entonces ya sin demora alguna se podían cerrar con siete llaves y triple sello las puertas de nuestra Universidad y las de todas... Pero desechemos aún la menor zozobra; la Metafísica –que está en la base misma de las humanas disciplinas, hasta de las que parecen más alejadas de ella– prueba o demuestra científica y apodícticamente que las [15] mentadas esencias son el sí “necesarias”, “inmutables”, “indivisibles” y “eternas”.
En segundo lugar, debo responder a esta cuestión, enunciada en las últimas líneas del precedente artículo: ¿Y si el “bon fratello” entendiese por esencias no las metafísicas, sino las “físicas”? Ya he indicado allí que las consecuencias serían similares. Y apenas se necesita decir algo acerca de los magnos obstáculos que opondrían a la “transformabilidad” de las esencias “Físicas” en otras. Basten dos ejemplos ilustrativos. Primero: La “transformabilidad” de la esencia física de nuestra esbelta y maravillosa torre catedralicia en la esencia física, v. gr., de un hipopótamo, que no es animal minúsculo. Segundo: La “transformabilidad” de la esencia física de nuestro “fratello” en la esencia física, v. gr., de Nikita Krutschef. ¿Y le desagradaría muchísimo al “fratello bono” esa real transformación. Ahora que en tiempos de guerra caliente no nos vendría mal la “transformabilidad” efectiva. ¿Qué podríamos entonces hacer con ella? ¡Ah! Pues, sencillamente, “transformar” la esencia física de los teledirigidos soviéticos en la física esencia de pacíficas palomas mensajeras; y la de las bombas de hidrógeno, en la de bellísimos e inocuos artefactos pirotécnicos... ¡Acelere, acelere usted, caro “fratello”, la venturosa realización de la transformabilidad, “enteramente previsible”!...
Pero dejémonos de inofensivas bromas; volvamos a lo serio. Y lo serio es ésto: “il fratello” en su estupenda y estupefaciente teoría de la “transformabilidad” ha procedido ilógicamente, es decir, ha venido como a sentar una conclusión que no está contenida virtualmente en las premisas; ello, desde luego, inconscientemente. Expliquémonos. Según él, la esencia “es un conjunto de rasgos o propiedades”; ésto equivale a decir –como yo he demostrado en el tercer artículo– que la esencia es un conjunto de “accidentes”. Ahora bien: la “transformabilidad” de esencias en esencias supone una transformación esencial o sustancial y, por lo mismo, también supone una forma “esencial” o sustancia, forma que pasa de una esencia a otra. Pero resulta que los “accidentes” son, a lo sumo, formas “accidentales”, no “esenciales” o substanciales. Luego... Además, toda transformación esencial o sustancias implica una mudanza intrínseca (o metafísica, o física), la cual requiere un sujeto esencial o sustancial. Pero los “accidentes” no pueden ser, por definición, sujeto esencial o sustancias. Luego...
En nuevos apartados del próximo artículo refutaré otros errores “filosóficos” del dilecto “fratello”, que versan sobre: a) La verdad “trascendental”; b) la “conciencia”; c) la verdad “trascendente”; d) las categorías “negativas”; e) el entendimiento “especulativo” y “práctico”; f) las normas de la “definición” g) las “oscuras evidencias místicas”; h) la facultad “judicativa” y “razonadora” del entendimiento; 1) la “idea de la verdad y las Escuelas técnicas; j) reconstrucción de la “evidencia”, etc. Y en seguida confutaré los errores “teológicos”, “didáctico-culturales” e “históricos”. Terminada esta serie de artículos en debida forma o adecuadamente daré contestación al que en estas columnas me dedicó el pasado día 12 el “fratello bono”.
Oviedo, martes 26 de junio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- VI -
En el postrer párrafo del artículo precedente prometía ya refutar, en nuevos apartados, otros errores “filosóficos” del dilecto “fratello”. A mis caros lectores (¡muchos son los que siguen –lo sé– con muy vivo interés esta polémica!) les advierto de nuevo que en la refutación de aquéllos procederá casi escueta o esquemáticamente. Un detenido examen de los mismos indudablemente me haría correr el riesgo de la prolijidad. “¡Ne quid nimis!”. Pero tampoco quiero que la excesiva concisión redunde en perjuicio de la claridad. Por otra parte, deseo aprovechar esta oportuna ocasión para divulgar un poco entre cierto número de mis coterráneos astures algunas cuestiones de elevada y auténtica filosofía. ¡Nos dejó dicho –y no lo olvidemos– el P. Feijóo que los “asturianos teníamos extraordinaria aptitud en orden a los estudios especulativos”, como son los filosóficos! Y ahora, manos a la obra.
D) Para los técnicos en materias filosóficas obvio y manifiesto es que los problemas sobre la “verdad” tienen reservado, en el anchuroso campo de la Metafísica, preeminentes, dilatados e importantísimos capítulos. El tema de la “verdad” incitó e impulsó la pluma de los más grandes filósofos, quienes lo abordaron directamente –o en obras especiales– y desde todos sus aspectos. Baste ahora citar solamente las insuperadas, celebérrimas y sapientísimas “Quaestiones de veritate” que nos legó el máximo filósofo de todos los tiempos –y esto defiendo ante cualquier contradictor: – Santo Tomás de Aquino. Todavía –ayer, como quien dice– el último Mensaje navideño de S. S. Juan XXIII versaba acerca de la “verdad”. Y todos nosotros, aun los no versados en ninguna disciplina filosófica, manejamos a diario el concepto y a cada momento hablamos de la “verdad”. Esto sólo revela su alcance excepcional. No importa que a veces no sepamos expresar o describir técnicamente lo que es y cuáles sean las especies o clases de la misma. Queda ello para los filósofos de profesión. Más la problemática de la “verdad” se presta singular e insuperablemente para tomar el pulso filosófico a dichos profesionales. Quienes yerran sobre tal problemática carecen de ese pulso o, al menos, sufren grave “arritmia”, seguro prenunelo o presagio de inminente colapso.
En gracia a determinados lectores míos que no se hallan entrenados en el estudio serio de cuestiones la que ahora vamos a ventilar, conviene ofrecer unos breves prenotandos acerca de las especies de “vedad”; así podrán aquéllos darse más precisa cuenta de otro error “filosófico” –ya indicado– en que también ja incurrido nuestro “fratello”: este error gira en torno de la verdad “trascendental”.
Tres son las principales clases de verdad: “lógica”, “trascendental” y “moral”. De esta última y de alguna que otra subespecie un poco hablaré después; al presente me circunscribo a exponer muy rápidamente la noción o concepto de las dos primeras. Y en efecto: la verdad, con respecto al hombre, no es algo independiente, separado y autónomo, sino que se halla –característicamente– ora en nuestro entendimiento, ora en las cosas. La verdad que mora, por así decirlo, en esa facultad cognoscitiva se llama “verdad del entendimiento”, “lógica”, “formal”. Esta, según la clásica e indiscutible definición “consiste en la conformidad o adecuación del entendimiento con la cosa conocida”. En tanto es auténtica la verdad “lógica” del hombre en cuanto que el entendimiento del mismo se adecua a las cosas, es decir, las conoce como son en sí. La verdad “lógica” no siempre supone el raciocinio ni las conclusiones, sino que ya está de lleno en la operación del entendimiento, que se llama “juicio” e incoactivamente, en la “simple aprehensión”. Pero en todo caso el juicio y el raciocinio han de ajustarse siempre a la realidad de las cosas. ¿Y esa verdad residirá sólo en nuestro entendimiento? No, pues la verdad lógica está si “formalmente” en el humano entendimiento, mas también al mismo tiempo se halla en las “cosas”, conocidas o cognoscibles por nosotros. Esto nos lleva ya a tratar de la verdad “trascendental”.
Por metafísica necesidad, en “todos” los entes o seres reales –ya sean actuales, ya posibles– hay siempre “verdad”, la que los filósofos denominan con estos nombres entre sí equivalente: “verdad de las cosas”, “trascendental”, “ontológica” u objetiva. Se llama “trascendental”, porque trasciende –¡va más allá!– estas y aquella categorías de seres y se extiende a “todos” y a cada uno de ellos, aun al mismo Dios. Tal verdad intrínsecamente acompañada, pues, a todo ente, por el mero hecho de ser tal. Todavía más: dicha verdad se identifica realmente –o en el orden real – con los respectivos seres, de tal manera que resulta incontrovertible este principio filosófico –metafísico: “El ente y lo verdadero –la verdad trascendental– se convierten”, es decir se predican así mutua y realmente: El ente es la verdad, y ella es el ente. Pero sin detrimento de esa identidad real, media entre los dos alguna distinción, al menos la llamada por los dialécticos “distinción virtual menor”, la cual basta para que no sean sinónimos ni tautológicos el ente y la verdad trascendental. Mas en dicha distinción se nos da la clave para saber, más concretamente, qué es la verdad “trascendental” y en qué se diferencia o distingue del ente. No es ella otra cosa, pues, sino el mismo ente real, en cuanto que él dice indefectiblemente o connatural relación al entendimiento; o lo que es igual: todo ente, por el mero de ser tal, es en sí cognoscible e inteligible, hay en él “cognoscibilidad”, “inteligibilidad”, aptitud intrínseco –necesaria para ser conocido, entendido y, en una palabra, posee él verdad “trascendental”.
Por lo que atañe al entendimiento humano, la verdad “trascendental” se distingue realmente de éste, pues ella en si misma es objetiva, es decir, existe con independencia de nuestro intelecto; con respecto a él, bástale a ésa ser inteligible solo “en potencia” y no requiere, al mucho menos, ser siempre inteligible “en acto” o de hecho. Como corroborativa prueba de todo ello recordemos: a) antes de aparecer el hombre –y su aparición es relativamente moderna– sobre la Tierra, existían muchos seres creados que, evidentemente, entrañaban en sí verdad “trascendental”; b) ahora mismo hay en nuestro planeta innumerables cosas que desconocemos y, sin embargo, son cognoscible o poseen verdad “trascendental”; c) los recientes descubrimientos hechos en el macrocosmos y en el microcosmo por la Astronomía, Física, Atómica, Biología, etc., nos han dado a conocer mil objetos que ya llevaban en sus vísceras o entresijos ontológicos la verdad “trascendental”.
Y ahora viene el “muy grave” error metafísico del “fratello”. Define él así la verdad trascedental: “No es sino el mismo resultado de la propia actividad racional”. Casi huelga decir que tal definición me produjo muy hondo e inusitado estupor. La comentaré un poco en el próximo artículo. Al presente, sólo esta anécdota. En una prestigiosa Universidad extranjera, cuyas aulas frecuenté, a un doctorando en Filosofía le hicieron, durante “el examen oral de tentativa” varias preguntas, a las que el candidato respondió muy bien. Finalmente le interrogaron: “¿Qué es la verdad trascendental?”. La contestación fué parecida –no más errónea o falsa– a esa definición del “buon fratello”. ¿Resultado? Pues que al doctorando le “catearon”, dicho sea en expresión del “argot” estudiantil.
Oviedo, viernes 6 de julio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- VII -
Cumplo ahora la promesa –hecha en el anterior artículo– de comentar un poco la definición que de la verdad “trascendental” nos ha dado el “fratello bono”. Consignémosla de nuevo: “No es sino el mismo resultado de la propia actividad racional”.
Voy a “indicar” sólo unas cuantas razones –entre las muchas– que muestran la tamaña atrocidad o incalificable desatino metafísico implicado en esa definición. He dicho “indicar”, pues me veo constreñido, por exigencias de brevedad, a presentar esas razones casi en forma de comprimidos, como si dijéramos, y no en pleno desarrollo. Hélas aquí:
a) Nuestro “fratello”, inexplicablemente y equivocándose de medio a medio, confunde ahí la verdad “lógica” con la verdad “trascedental”, que evidentemente, son muy distintas; por eso de ningún modo la definición dada ahí por el “fratello” conviene a la verdad “trascendental”, sino –a lo sumo y juzgando con benignidad excesiva– a la verdad “lógica”; más en mi anterior artículo he probado ya que la verdad “trascendental” es objetiva o que existe independientemente de nuestra “actual” actividad racional; por lo mismo (Aquélla no puede ser el “resultado” de ésta, como dice –¡tan erróneamente!– el fratello”.
b) También ahí nos viene él a manifestar que desconoce la relación que hay entre nuestra verdad “lógica” y la verdad “trascendental”; y en efecto, según he dicho en el precedente artículo, nuestra verdad lógica está sí “formalmente” en el entendimiento, pero también al mismo tiempo se halla en la verdad trascendental de los entes o cosas conocidas por nosotros; y no de cualquier manera se halla aquélla en ésta, sino “fundamentalmente y casualmente”, en expresión de los filósofos, es decir: los entes o cosas son –merced a su verdad ontológica, objetiva, trascendental– “fundamento” y “causa” del conocer humano; nuestro entendimiento no crea la verdad, sin que la investiga y descubre en la verdad “trascendental” de los entes o cosas; a su vez, éstas –con su verdad trascendental– son la mensura y como la piedra de toque del conocimiento intelectual nuestro; ahora bien: el “fratello”, al identificar ahí la verdad “trascendental” con la verdad “lógica”, asimismo confunde la “causa” con el “efecto”, al par que el “fundamento” con lo que en él “se apoya”; por eso toma el efecto por la causa, lo que fundamenta por lo fundamentado, y llama verdad “trascendental” a la que es sólo verdad “lógica”, a lo sumo; pero, en realidad, no lo es ya que nuestra verdad “lógica” supone como base la verdad “trascendental”, implícitamente o de hecho negada ahí por el “fratello”.
c) Decir que la verdad trascendental “no es sino el mismo resultado de la propia actividad racional” es cosa tan absurda como afirmar: que los objetos luminosos son “el resultado” o efecto de nuestra visión ocular; que los manjares saporíferos [sic] son el efecto o “resultado” de nuestro sabor o gusto; que las cosas odoríferas son el “resultado” o efecto de nuestra olfación; que los objetos sonorosos son el “resultado” de la auditiva sensación nuestra; que las cosas tangibles son “efecto” de nuestra actividad táctil; como se vé, estos ejemplos se caracterizan por ser “a pari” y, como tales, ilustrativos y aún demostrativos; accesibles –por otro lado– o de fácil inteligencia para cualquiera de mis lectores menos avezado a la mental gimnasia filosófico-metafísica.
d) La “fratellesca” definición sobre la verdad “trascendental” revela claramente que el autor de aquélla atribuye al intelecto humano en su activo conocer una entera independencia con respecto a las cosas –conocidas o cognoscibles–, lo cual equivale a un quimérico idealismo o absurdo ssubjetivismo, tan antifilosófico como antiteológico y, por lo mismo, siempre vitando; sin duda, esa definición “fratellesca” viene a ser un calco de la tan disparatada y totalmente inadmisible doctrina kantiana sobre el problema del conocimiento; ello, pues, representa la adhesión al “idealismo trascendental” –denominado también “fenomenismo” o “fenomenalismo”– de Kant; éste con su trascendental “idealismo”, divulgado en la Kritik der reinem Vernunft”, dió muerte –en lo que de él dependía– no sólo a la Metafísica, sino también a toda ciencia y a la misma verdad ontológico-lógica; ni siquiera quedaron en pie la Matemática, únicas ciencias que Kant juzgaba –erróneamente, dado su sistema– posibles; sabido es que, según el filósofo tudesco, el hombre no conoce “das Ding an sich”, es decir, cognoscitivamente no acepta las cosas en sí; el “noúmenon” o realidad de las mismas es –a tenor de la infundada e irracional opinión de aquél– incognoscible; aún más: afirma Kant que al humano conocimiento no le corresponde un objeto extrasubjetivo o del mundo real, negando así la verdad “trascendental”; y hasta llega a decir el de Koenigsberg que la existencia es una forma meramente subjetiva; de ahí la desatinada pretensión kantiana de explicar el conocimiento por las consabidas “apriorísticas formas subjetivo-mentales”, exclusivo producto connatural del entendimiento, según aquél; y esto mismo dice –aunque con otras palabras– el “fratello”, ya que define así la verdad “trascendental” –de hecho, negándola, también, como Kant–: “No es sino el mismo resultado de la propia actividad racional”; en consecuencia o por lógica necesidad el “fratello” –dada, por otra parte, su “opinión” sobre la naturaleza de la “esencia”– tiene que hacer suya también estotra falsa doctrina –dialéctica secuela de la anterior– del filósofo alemán: sí asevera Kant que el hombre conoce el “fainómenon”, ésto es, los fenómenos o “apariencias” de las cosas; pero los fenómenos kantiano son pura fantasmagoría o el más exacerbado subjetivismo, ya que a los mismos tampoco corresponde, según la mente y expresión de Kant, realidad alguna u objeto realmente existente; sin embargo, el profesor de Koenigsber intentaba –¡en vano!– fundar la verdad y la ciencia en los “fenómenos”; ¿y quién no vé que la verdad la ciencia “fenoménicas” son el colmo del absurdo?...
e) En fin, el “fratello” confunde insipiente y monstruosamente la verdad trascendental “causal-secundaria” con la trascendental “formal-primaria”; ésta es exclusivamente propia de Dios creador, cuyo entendimiento es “causa” y “mensura” de la verdad trascendental que hay en los seres reales, creados o creables; la otra se refiere a las criaturas inteligentes (el hombre y los ángeles), cuyo entendimiento no es “causa” ni “mensura” de la verdad trascendental –estrictamente dicha– de las cosas, sino que son éstas con su trascendental verdad las que causan y mensuran la verdad “lógica” del dicho entendimiento. Mas el “fratello” pretende apropiarse o se apropia –a tenor de su precitada definición– la verdad trascendental que es privativa o peculiar del entendimiento divino. ¿Acaso el “fratello” quiere seguir este irracional y vestustísimo consejo que dió el caído Luzbel a nuestros primeros padres: “Seréis como Dios”?
En síntesis o resumen: el “fratello” no sabe qué es la verdad “trascendental”, no posee ni remota idea sobre ella. ¿Y esa “definición” que de la misma el “fratello” nos ofrece será “pedante” o pedantesca? ¡Oh si fuese ésto siquiera! ¿“Infrauniversitaria”, tal vez? ¡Menos, menos! Su categoría es mucho más inflama, valga el pleonasmo; rotundamente se le puede denominar: “ultrainfrauniversitaria”. Y ¡perdón! Por la adjetival hipertrofia. Por lo demás, hay quienes suelen llamar a otros lo que son ellos...
Consecuencia global o recopiladora: Luego el “fratello” no tiene pulso... filosófico.
Oviedo, martes 10 de julio de 1962
¿Qué es la Universidad?
- VIII -
Muchos alumnos de nuestras Facultades universitarias me han rogado que difiriese hasta octubre la publicación de esta iniciada serie de artículos, que ellos venían leyendo con tanta avidez. Unos se iban a Monte la Reina; otros se disponían a regresar a los respectivo paternos lares de las distintas provincias. Me ha parecido muy atendible la petición de nuestros escolares; accedo a la misma, pero sustituyendo esa futura reanudación por algo que les ha de agradar más, al igual que a todos mis caros lectores. Pienso publicar un libro, que se titulará: “Qué no puede y qué debe ser la Universidad”, con el subtítulo entre paréntesis: (“Secuelas de una sonada polémica”).
Como claramente ahí se indica, dicho libro tendrá dos partes. En la primera pondré de manifiesto “qué no puede ser la Universidad”; será esa una rotunda contraposición al falso ideario “fratellesco” sobre la esencia de la Universidad refutaré allí –hasta la pulverización– los restantes errores del “fratello” consignados en mi primer artículo. Muchos son los no impugnado aún pues sólo he confutado algunos –parte casi mínima– entre los de carácter “filosófico”; mas en la mentada parte proseguiré y de especial manera, debelando las trincheras que circundan y los cimientos que sostienen la covachuela o morabito “filosófico” en que tiene su profesional [15] morada el caro “fratello”; seguidamente vendrá el definitivo asalto a los castillos de naipes que sirven de efímera e inhóspita guarida a los consabidos errores “fratellescos”: teológicos, didáctico-culturales e históricos. En la segunda parte –de índole “positiva”– abordaré la problemática atañente al tema, muy interesante: “Qué debe ser la Universidad”. Consecuentemente doy por conclusa la polémica comenzada en estas columnas, a no ser que el “fratello” replique, pues entonces volveré a la carta fulminantemente, He aquí ahora unas muy concisas indicaciones críticas sobre la “carta-artículo” que el 12 de Junio publicó en REGIÓN el “fratello”, y que no quise leer hasta ayer.
a) Es de lamentar que el incipiente epistológrafo haya de nuevo incurrido, a través de su ramplona, ñoña, bufonesa e hilarante “carta”, en los errores filosóficos siguientes:
Primero. Dice aquél: “En mi propio escrito sobre la Universidad sostengo también la naturaleza dialéctica de la Verdad”. Pero tal afirmación general es falsa. Y en efecto, aseverar que la verdad es dialéctica por “naturaleza” o esencia equivale exactamente a estotro: “siempre”, mediante el discurso o raciocinio es obtenida la verdad por los seres –todos, sin excepción– inteligente; “siempre”, porque lo que pertenece a la “naturaleza” o esencia de una cosa acompaña a ésta necesaria o esencialmente; de otro lado, verdad “dialéctica” es –ni más ni menos– verdad adquirida por raciocinio; precisamente la Dialéctica constituye una parte de la Lógica Formal que “trata del raciocinio y de sus leyes, formas y modos de expresión”. Ahora bien, la Teología –suprema Ciencia– prueba apodícticamente que la verdad en Dios y en los ángeles no es “dialéctica”, sino “intuitiva”. Luego, en contra de lo dicho, no es de esencia o “naturaleza” de la verdad el ser “dialéctica”. Y con respecto al hombre, ¿tendrá que ser siempre “dialéctica”, su verdad? “Siempre”, tampoco. En prueba de ello ahí están, v. g., los primeros principios especulativo-prácticos (enumerados por mi en el artículo V) cuya verdad es para nosotros inmediata o evidente, no “dialéctica” o discursiva; y lo mismo digamos de muchas verdades “fácticas” o de hecho, v. G., la presencia del Sol en el firmamento, la verdad del testigo ocular que depone sobre la realidad de un homicidio, etc., etc. Luego. Y es que se confunde la “verdad” con la “ciencia”, que no son una misma cosa. Toda ciencia es –incluye– verdad, pero no toda verdad es ciencia. Nuestra verdad lo´gica no siempre supone el raciocinio y las conclusiones, sino que frecuentemente ya está de lleno, en el juicio “analítico”; en cambio, la humana ciencia requiere necesaria y característicamente el discurso o la comparativa concurrencia simultánea de dos juicios, que son el hontanar que origina las conclusiones y la misma “ciencia”, pues con razón dicen los auténticos filósofos que la ciencia se halla formalmente en las conclusiones. Resumiendo: se confunde la verdad “dialéctica” con la verdad de inmediata “evidencia”, que es casi como confundir la magnesia con la gimnasia... ¿Qué dicen, sobre eso las “Logische Untersuchungen” de Husserl?.
Segundo. Se escribe: “... Husserl y su concepción de la esencia como “conjunto de notas unidas entre sí por fundamentación”. ¡Pero si también esta definición es en si misma totalmente falsa! Razones: “porque” en el sistema husserliano esas notas no se hallan “implicadas”, sino “complicadas”, es decir, no forman esencial parte del sujeto o esencia definibile, antes bien son meros accidentes o predicados accidentales que se unen al sujeto o esencia por fundamentación (“Fundierung”) surgiendo entonces una relación contingente entre la esencia –“fundamento” de la relación– y las notas; “porque” la base misma de tal definición son los kantianos juicios “sintéticos a priori”, inadmisibles por entero “porque” Husserl estaba radicalmente incapacitado, ya como fenomenólogo o ya como idealista, para definir la esencia; como fenomenólogo, pues en absoluto prescindia de la Metafísica (ello es patente en la obra de aquél: “Idean zu einer Phanomenologie und phanomenologischen Philosophie”), declaraba que los universales no son algo real fuera del pensamiento ni en el pensamiento y ponía en práctica la “reducción fenomenológixa” –o “epokhé”–, todo lo cual es incompatible con toda definición, que siempre versa sobre la universal; también como idealista, ya que él, propugnaba la “intuición eidética”, que es utópica y absurda: “porque” esas notas hursselianas no son esenciales, sino “individuantes”, a lo suco; “por que” tal definición es impracticable, que se según Husserl, “un objeto cualquiera no se puede describir porque tiene infinitas notas”. Verdad es que se mutiló ahí la definición hursserliana, pero sigue siendo tan falsa, aun contemplándola.
Tercero. Item más, literalmente asevera el “fratello” caro: “Argumento desde el supuesto de que, en las esencias culturales axiológicas, el “que es” se confunde con el “que debe ser”. ¡Qué desatino “fatalista”! ¿Se dejó influir quien el sabe por las alcoránicas suras? Y a continuación confunde la jurídica administración de la justicias con la virtud de la justicia. También confunde Allí “refutación” con “objeciones”, al par que la “frase” con la “expresión”, cosas distintas.
b) Por la gran penuria de espacio, en casi telegráfico estilo dígole: 1) su insolencia, bambolla e ínfulas de “profesional” hicieron sonreír a quien tiene más estudios y grados académicos –el triple– que usted, hechos y recibidos en cuatro –dos a dos– Universidades españolas y extranjeras; 2) compare usted su vulgar manualejo de “rudimentos” lógicos con las páginas –varios miles– de mis obras publicadas, cuya difusión rebasó las fronteras patrias; 3) en tales obras refuto errores de Leibniz, Hartmann, Scheler (no sé por qué el “fratello” no citó junto al de Scheler los nombres de los “rusos”... W. Solowiw y N. Losky, que aquél debe de conocer muy bien), Husserl, Dewey, etc. y todavía afirma usted, con ingenuidad de pasmante lugareño y rastrero vuelo de gorrioncito, que esos autores me son desconocidos... 4) sepa que las primeras –y casi únicas– conferencias, habidas en nuestra Universidad, sobre el Existencialismo y otros sistemas del abigarrado y “polífacético” fárrago de la desorientada filosofía moderna y contemporánea fueron pronunciadas por este canónigo-profesor; 5) no piense usted que los “profesionales” en la docencia filosófica poseen el monopolio y llave maestra de la Filosofía; en contra, un ejemplo, entre los muchos: Balmes, no “profesional”, supo mucha más filosofía –temática y problemática– que todos los profesionales seglar-docentes en la Universidad española a partir de 1848 hasta 1962 inclusive; 6) sin ninguna especie de honorarios y para que usted desempeñe –al menos discretamente– su cometido universitario, me ofrezco para darle, en esta mi casa y suya, unas lecciones sobre la Filosofía “perenne” y acerca del monstruoso cúmulo de errores que inficionan la secularizada filosofía moderna, contemporánea y novísima, a la par que pongo a disposición de usted una colección de obras selectas y de revistas especializadas –extranjeras y españolas– en torno a esas materias; ello no significa que yo lo lleve a usted, de nuevo, al tan famoso “caño del Fontán”, que viene a ser el “fuero intelectual2 de nuestra venerable y cultísima Vetusta, la cual tiene allí una original “Canosa”, reservada para los sabihondos e infatuados alienígenas alardosos de oronda y fementida suficiencia; 7) aviados estaríamos quienes cultivamos los saberes teológicos, bíblico-orientales, jurídicos, sociológicos... y otras Ciencias del espíritu, si no supiésemos más filosofía –instrumento indispensable para todo eso– que usted, hombre de una sola científica parcela, pero aun mal labrado; 8) su carta-artículo es una continuada sarta de vacua verborrea, carta pobre de léxico y estilo –entre kantiano y krausista, como el de los artículos publicados en “Autenticidad”– y con solecismos o defectos sintáctico-semánticos; 9) o totalmente se equivoca usted o miente como un bellaco, cuando afirma que yo “amenazo con la fusta”; 10) dejo para mi libro el responder a otras sandeces de la “carta” de usted 11) debía y debe usted retractarse públicamente de sus errores, máxime de los teológicos, pues se oponen a la doctrina de la Iglesia y a la legislación del Estado (cfr. “Syllabus” Concilio Vaticano I, enc. “Divini Illius Magistri”, Código de Derecho Canónico, Concordato, Leyes fundamentales del Estado español, Ley de Ordenación universitaria, etc.), de tal manera que usted puede ser denunciado al Ministerio Público o Fiscal de los Tribunales competentes.
Perdonen mis carísimos lectores que yo me haya visto aquí obligado a hablar de mi mismo; pero nada me envanezco de lo bueno que tengo, pues humildemente reconozco que de Dios nuestro Señor recibí todo.