Filosofía en español 
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Historia del Partido Comunista de España1960


 
Capítulo cuarto ☭ La dictadura franquista

Cambio de táctica

A partir de 1947, el imperialismo yanqui emprendió abiertamente la «guerra fría» contra la URSS y las democracias populares. Sin ningún recato, tomó bajo su protección a las fuerzas reaccionarias y a los residuos fascistas en todo el mundo, singularmente en Alemania Occidental, asumiendo el papel de gendarme mundial frente a las fuerzas obreras y democráticas.

La bandera utilizada por los imperialistas en su ofensiva contra la independencia, la libertad y el progreso de los pueblos fue el anticomunismo. Desplegando en escala mundial una campaña calumniosa contra los comunistas, el imperialismo se esforzó en romper la unidad democrática forjada en el curso de la segunda guerra mundial. Bajo el influjo de los Estados Unidos, en 1947 las fuerzas reaccionarias y los socialdemócratas de Italia y de Francia eliminaron a los comunistas de los Gobiernos de esos países.

La «guerra fría» y el anticomunismo fueron para el franquismo una tabla de salvación. El imperialismo yanqui no sólo intensificó su ayuda a la dictadura, sino que acentuó su presión sobre diversas fuerzas del campo antifranquista para que rompiesen la unidad democrática plasmada en el Gobierno republicano en el exilio. [234]

Contra la unidad dirigieron sus golpes con especial celo los elementos más derechistas del PSOE y una fracción de la CNT. Esta fracción había surgido en el proceso de descomposición política e ideológica del anarcosindicalismo. La CNT se había dividido en una CNT «política» y otra que seguía pregonando los dogmas «apolíticos».

La primera, a pesar de que participó durante un período en el Gobierno republicano en el exilio, apoyó cada vez más abiertamente a la reacción monárquica. Algunos de los dirigentes de la CNT «política» (los Luque, Leiva y otros) ofrecieron su apoyo al pretendiente al trono. Se puso así de relieve, una vez más, que la ideología anarquista, por su misma raíz pequeño-burguesa, no sólo es incapaz de guiar a los trabajadores por una senda revolucionaria, sino que abona el terreno para toda suerte de degeneraciones políticas, como el citado «anarco-monarquismo».

La orientación reaccionaria de la CNT «política» ayudó en cierto modo a que la otra fracción pudiese conservar influencia entre una parte de los cenetistas de la emigración, pese a que «apoliticismo» se expresaba sobre todo en una política antiunitaria, en el anticomunismo y en el apoyo a las campañas antisoviéticas del imperialismo.

Mientras tanto, en el seno del Partido Socialista Prieto encabezaba la lucha por la liquidación del Gobierno republicano con los monárquicos. En el verano de 1947, con el apoyo que le daba la política de guerra fría del imperialismo, obtuvo que una Asamblea de Delegados del PSOE votase la retirada de éste del Gobierno republicano presidido a la sazón por el socialista Llopis, lo que equivalía a la liquidación del Gobierno republicano unitario. La asamblea decidió que el PSOE concertase un pacto con los monárquicos (política que fracasó a pesar de los «buenos deseos» de los socialistas).

Ante el III Congreso del PSOE en el exilio, Prieto definió la esencia de la política preconizada por él para acabar con la dictadura en los términos siguientes:

«Camino no hay otro… que el de servir los deseos de [235] las potencias occidentales reduciéndonos a lo que dichas potencias quieren concedernos».

La historia ha demostrado sobradamente que «lo que las potencias occidentales querían conceder», no era ni más ni menos que la continuación del régimen franquista.

Los resultados de la política del PSOE fueron romper la incipiente unidad lograda en torno al Gobierno republicano y debilitar en consecuencia la lucha antifranquista tanto en el país como en el plano internacional. Ello cerró la perspectiva alentadora abierta por la gran huelga de Bilbao, y en cambio facilitó los planes imperialistas de mantener a España bajo el yugo fascista y de utilizar su suelo como plaza le armas.

A la fase de lento y laborioso renacer del movimiento antifranquista, que se prolongó de 1943 a 1947, sucedió una fase de descenso entre finales de 1947 y 1950. Las causas principales de ese cambio fueron «la guerra fría» en el terreno internacional y la ruptura de la unidad democrática en el plano español.

El PCE tuvo que enfrentarse con nuevas dificultades. La política de los gobiernos imperialistas, del Vaticano, de la Internacional Socialista, se centraba en el anticomunismo, en su forma más desenfrenada. En Francia, un Gobierno en el que participaban los socialistas tomó medidas represivas contra los comunistas españoles, que tan alta contribución de sangre habían entregado a la causa de la resistencia antihitleriana; «Mundo Obrero» fue prohibido, mientras seguían publicándose periódicos socialistas y cenetistas que dedicaban páginas enteras a difundir calumnias anticomunistas; numerosos militantes del PCE y del PSUC fueron detenidos y deportados por las autoridades francesas.

El PCE hizo frente a las nuevas dificultades que se interponían en su camino. Sobre la base de un profundo examen de la realidad nacional e internacional y de un análisis crítico y autocrítico de la política seguida hasta entonces, estableció un cambio de táctica que habría de permitirle obtener posteriores éxitos en la lucha, al frente de las masas, contra la dictadura franquista.

La necesidad del cambio de táctica estaba determinada, [236] en primer lugar, por los cambios que se habían operado en la situación. La actitud de las potencias imperialistas liquidaba por completo la posibilidad de que el régimen franquista desapareciese como consecuencia directa de la derrota del fascismo en la segunda guerra mundial. Si en Italia y en Alemania el fascismo había sido eliminado en gran parte como consecuencia de factores exteriores, el pueblo español tenía que enfrentarse con la tarea de acabar con una dictadura fascista por la acción de factores interiores, por la lucha de las masas, lucha que aceleraría el quebrantamiento y descomposición del bloque gobernante.

A la luz de la nueva situación, el Partido llegó a la conclusión de que era necesario introducir un cambio en la táctica seguida hasta entonces, la cual se basaba en el criterio, común a todas las fuerzas democráticas, de una rápida caída de la dictadura como resultado de la derrota hitleriana, pero que no tenía suficientemente en cuenta la política imperialista.

En octubre de 1948 se celebró una reunión amplia de dirigentes y cuadros del PCE y del PSUC para examinar a fondo la cuestión decisiva de las ligazones del Partido con la clase obrera y revisar la táctica sindical del Partido.

A raíz de la implantación del fascismo, el Partido había aconsejado el trabajo en el seno de los sindicatos y organizaciones fascistas como uno de los medios para los comunistas de mantener contactos con las masas, a pesar de que en los primeros tiempos de la dictadura las posibilidades reales de aplicar esta orientación eran limitadísimas.

Más tarde, el Partido no luchó con la suficiente energía en pro de la táctica leninista de trabajar siempre allí donde están las masas, inclusive en los sindicatos reaccionarios; a partir de 1944, y con la perspectiva de un rápido hundimiento de la dictadura, había preconizado la creación de sindicatos clandestinos en vez de trabajar en los sindicatos verticales. Al examinarse en 1948 esta cuestión se comprobó que semejante orientación no había dado resultados positivos.

El Partido debía adoptar una táctica que le permitiese estrechar y multiplicar sus vínculos con la clase obrera en su conjunto, y no sólo con los grupos de veteranos obreros [237] revolucionarios que eran, por añadidura, los más castigados por la represión policíaca.

La clase obrera en 1948, ni por su composición, ni por su grado de conciencia, era la misma que la de 1936-1939. El Partido, las fuerzas de vanguardia en general, habían sido diezmadas por la guerra, el terror, la cárcel o la emigración. A las filas del proletariado se habían incorporado una nueva generación obrera y grandes masas provenientes del campo.

En el seno de los sindicatos verticales creados por el Gobierno estaban afiliados forzosamente todos los obreros. La aversión de los trabajadores a estas organizaciones y sus protestas habían obligado al franquismo a realizar ciertas concesiones y se habían creado algunas posibilidades, si bien muy limitadas, para que los obreros pudiesen actuar dentro de esos sindicatos en defensa de sus reivindicaciones.

A la luz de un examen concreto de la realidad, el Partido llegó a la conclusión de que el deber de los comunistas era trabajar en el seno de los sindicatos verticales para ligarse allí a las masas; plantear en ellos las reivindicaciones de los obreros y unirles en la acción, lo que iría dándoles confianza en sus esfuerzos y elevando su conciencia política.

El Partido comenzó a combinar el trabajo ilegal con el aprovechamiento de las posibilidades legales, no sólo en los Sindicatos Verticales, sino en todas las organizaciones de masas existentes bajo la dictadura.

En el plano sindical y en todos los terrenos, el Partido se orientó a una táctica paciente de acumulación de fuerza. El Partido tenía que adoptar los métodos de trabajo y de lucha que mejor le permitiesen fundirse con las amplias masas, ayudar a éstas a ponerse en movimiento, a defender sus intereses, a enfrentarse con la dictadura en acciones modestas, parciales, limitadas, que después podrían convertirse en otras de mayor envergadura.

Para las tareas que surgían en la nueva situación, perdía su razón de ser la lucha guerrillera, que en épocas anteriores había sido una aportación heroica y valiosa a la causa antifascista. La dirección del Partido, de acuerdo con los jefes del movimiento guerrillero, decidió la disolución de dicho movimiento. [238]

La aprobación de la nueva táctica en 1948 inició un viraje en la vida del Partido; representó la superación de cierto subjetivismo que había existido anteriormente en la apreciación de algunas realidades del país, particularmente en la insuficiente apreciación de las consecuencias desmoralizadoras que la derrota había tenido en amplios sectores del pueblo, llevándoles a perder la confianza en sus fuerzas.

A partir de ese momento, el Partido progresó considerablemente en la elaboración de una táctica verdaderamente ajustada a la situación concreta existente en España. El cambio de táctica de 1948 significó asimismo un golpe muy serio a ciertas concepciones sectarias que habían dificultado la ligazón del Partido con las masas; el Partido consiguió que esa ligazón se elevase cualitativamente; a partir de entonces, y a pesar de la dictadura fascista, el Partido fue enraizándose más y mas profundamente en las masas populares de nuestro país.

La aplicación de la nueva táctica permitió al PCE y al PSU mejorar su labor de orientación y educación política de la clase obrera e intervenir de un modo decisivo en la gestación de una fase de ascenso de las luchas obreras y populares, a través de una serie de pequeñas acciones y protestas contra el empeoramiento de las condiciones de vida del pueblo. Gracias a la nueva táctica sindical, en las elecciones de enlaces de octubre de 1950 fueron elegidos –sobre todo en Cataluña– muchos comunistas y otros obreros conscientes y combativos.

El primer fruto importante del cambio de táctica se cosechó en la primavera de 1951.

Historia del Partido Comunista de España, París 1960, páginas 233-238.