Filosofía en español 
Filosofía en español

Historia del Partido Comunista de España1960


 
Capítulo cuarto ☭ La dictadura franquista

Nueva etapa

En la primavera de 1951 se produjo una intensificación de las luchas populares. El 1º de marzo comenzaba un boicot a los tranvías como protesta contra el aumento de Barcelona labor tenaz y paciente del PCE y del PSUC por elevar la conciencia de los trabajadores y, por organizarlos para la lucha contra la dictadura franquista comenzaba a dar sus frutos. [239]

Y si bien en la organización y desarrollo de la lucha participaron ampliamente los estudiantes, que expresaban con su protesta el descontento de la pequeña y media burguesía, el papel principal correspondió a los trabajadores, que dieron al boicot un carácter de protesta general contra la dictadura.

El Gobierno quiso ahogar en su origen este movimiento pacífico; la policía practicó numerosas detenciones. No obstante, el éxito del boicot fue total. La población de Barcelona se abstuvo unánimemente de utilizar los tranvías durante cinco días.

El 4 de marzo, en pleno auge de la lucha, el PSUC publicó un manifiesto llamando a los trabajadores a la huelga y a transformar el movimiento contra la subida de las tarifas de los tranvías en una gran acción contra el régimen franquista. El manifiesto planteaba las cuestiones más sentidas por los trabajadores: lucha contra la carestía de la vida y por la elevación de los salarios, contra el terror y contra la política de guerra de la dictadura.

Esta idea de huelga fue acogida y puesta en práctica por los trabajadores. El 6 de marzo, después de una reunión tempestuosa con los jerarcas fascistas de los sindicatos, los enlaces, entre los que había comunistas elegidos en las votaciones de octubre de 1950, decidieron, en unión de los obreros más consientes llamar a los trabajadores barceloneses a declarar la huelga general el 12 de marzo para protestar contra la carestía de la vida.

La huelga se inició en las fábricas textiles de Pueblo Nuevo y se extendió a toda Barcelona. Pararon los obreros de las industrias textil, metalúrgica, química, de la construcción y otras. Se sumaron a la huelga también los taxistas, los empleados de teléfonos y espectáculos públicos, la mayoría de los tranviarios, &c.

El pueblo de Barcelona salió a la calle y formó potentes manifestaciones que se dirigieron al Gobierno Civil y al Ayuntamiento protestando contra la carestía de la vida.

La huelga de Barcelona produjo en los medios gubernamentales pánico y desconcierto, que reflejó el ministro de Trabajo, el falangista Girón, en este comentario: [240]

«En 24 horas, la insensatez de ciertas gentes hubiera podido dar al traste con la obra levantada con tanto esfuerzo».

El Gobierno volcó sobre la capital catalana sus fuerzas represivas; Barcelona fue ocupada prácticamente por la Policía Armada y la Guardia Civil. La policía practicó detenciones en masa. Las tropas de la guarnición de la capital catalana fueron acuarteladas. El Gobierno envió al puerto de Barcelona cuatro buques de guerra.

La huelga general duró hasta el día 14, en que los obreros reanudaron el trabajo en la mayoría de las empresas y fábricas.

El Gobierno intentó tomar represalias contra los huelguistas, pero ante la actitud de los obreros que amenazaban con ir de nuevo a la huelga, tuvo que desistir. Los trabajadores percibieron los salarios y sueldos de los días de huelga. La mayoría de los detenidos fueron puestos en libertad. Los obreros volvieron al trabajo como vencedores. La huelga general había sido no sólo una protesta contra la vida cara, sino también una gran acción contra el régimen franquista, causante de la carestía, una acción que dio ánimo a millones de hombres y mujeres para incorporarse a la lucha contra el franquismo.

En los meses que siguieron a la huelga de Barcelona, fueron escenario de luchas y protestas obreras y populares Vizcaya, Álava, Navarra, Madrid, Guipúzcoa y diversos pueblos en distintas provincias. Las huelgas y manifestaciones de la primavera de 1951 afectaron a centros fundamentales de la industria y abarcaron a cientos de miles de trabajadores.

En las manifestaciones populares y movilizaciones de masas participaron, al lado de los obreros veteranos, los jóvenes trabajadores que no habían conocido los tiempos de la República, y los campesinos recientemente incorporados a la industria, así como miles de empleados y funcionarios, estudiantes e intelectuales. Amplios sectores de la pequeña burguesía y de la burguesía no monopolista expresaron sus simpatías al movimiento.

A las huelgas y protestas de 1951 siguió una acción represiva contra los comunistas. La policía detuvo y torturó salvajemente al dirigente comunista Gregorio López Raimundo y a 27 trabajadores más, la mayor parte militantes del Partido, acusados de ser organizadores del movimiento de Barcelona. El Gobierno pretendía aplicarles un castigo ejemplar y amedrentar a las fuerzas de la oposición antifranquista: pero fracasó ruidosamente en sus propósitos. La movilización del pueblo en defensa de los detenidos y la campaña internacional de solidaridad impidieron que el franquismo realizara sus criminales proyectos de condenar a muerte a estos patriotas.

El proceso contra Gregorio López Raimundo y sus compañeros demostró que el franquismo no estaba ya en condiciones de aplicar el terror con la misma intensidad que en épocas anteriores y que el pueblo español y la solidaridad internacional podían, con su movilización, detener la mano del verdugo.

La huelga general de Barcelona y las acciones desarrolladas en muchos otros lugares de España habían abierto una nueva etapa en la lucha del pueblo contra la dictadura franquista.

Esa etapa estaba determinada por un conjunto de cambios operados tanto en la situación económica del país, como en el aspecto político.

La política económica de la dictadura al servicio de la oligarquía financiera-terrateniente lesionaba a sectores cada vez más amplios de la población. Durante unos años, la aguda escasez reinante como resultado de la guerra civil y de la segunda guerra mundial había permitido a una parte de los pequeños y medios comerciantes, industriales y campesinos obtener pingües ganancias. Pero esta situación comenzó a cambiar y a medida que se fortalecían los grandes monopolios, y en particular el capitalismo monopolista de Estado, muchas empresas pequeñas y medias se vieron reducidas a una situación difícil.

La burguesía no monopolista empezó a sentir todo el rigor de la política económica de la dictadura.

La evolución económica se reflejó en la situación política. Se acentuó el aislamiento y la desintegración de Falange, que dejaba de ser la fuerza fundamental del conglomerado [242] franquista. De ella se separaban fuerzas políticas que en 1937 habían ingresado por decreto en sus filas, e incluso diversos elementos falangistas de la primera hora. Unos y otros se orientaban a realizar cierta actividad política al margen del «Movimiento Nacional».

Por su parte, la Iglesia no podía dejar de tener en cuenta el creciente descontento de las masas; si la jerarquía continuaba, en su conjunto, apoyando a la dictadura, algunas personalidades católicas, seglares y eclesiásticas, empezaban a diferenciarse del régimen adoptando ciertas actitudes críticas para conservar el ascendiente de la Iglesia sobre las masas católicas. Comenzaron a crear las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), que aparecían como un embrión de sindicatos de tipo democristiano, independientes del régimen. A través de sus órganos de prensa, como el semanario «Tú», criticaban diversos aspectos de la política social de la dictadura y adoptaban posturas «liberales». Con todo ello pretendían sentar las bases de un movimiento católico de oposición que pudiera reclamar el derecho a desempeñar un papel dirigente en la vida política española, en caso de bancarrota del franquismo, cuya posibilidad la Iglesia no excluía.

Además de estos cambios económicos y políticos estaba cambiando también la conciencia de la clase obrera, merced a su propia experiencia y a la labor infatigable de los comunistas. Las masas empezaban a hacer acto de presencia en la vida política española. En la primavera de 1951 se lanzaron a la calle para protestar contra la carestía, pero también contra el régimen de tiranía y terror.

Este era el factor fundamental que había roto la relativa estabilidad y provocado el comienzo de la crisis política de la dictadura.

El general Franco creyó poder zanjar la crisis política del régimen con algunos cambios ministeriales, introducidos en el verano de 1951. Dichos cambios reflejaron, en cierta forma, las modificaciones que se habían operado en la constelación de las fuerzas reaccionarias. Disminuyó el peso de la Falange en el Gobierno y, en cambio, fueron incorporados a él representantes de la derecha católica, del tradicionalismo y del campo monárquico alfonsino. Uno de los objetivos la reorganización ministerial era contener las corrientes oposicionistas en el seno de la burguesía, dando la sensación de que el régimen iba a «liberalizarse».

El Partido extrajo de la experiencia viva de las acciones populares de la primavera de 1951 las lecciones que podrían permitirle perfeccionar su actividad. Durante las huelgas y manifestaciones habían aparecido defectos del Partido que éste debía corregir. Al análisis autocrítico de tales defectos estuvieron dedicados, fundamentalmente, el informe de la camarada Dolores Ibárruri en la reunión de dirigentes del Partido, del 25 de octubre de 1951, y la Carta del Comité Central del PCE a sus organizaciones y militantes de julio de 1952.

Uno de los problemas importantes abordados fue el de la debilidad del trabajo del Partido en el campo. Las acciones de la primavera de 1951 habían demostrado la necesidad de incorporar a la lucha a los jornaleros agrícolas y a los campesinos pobres, aliados naturales de la clase obrera. Esto reclamaba de todos los comunistas un esfuerzo perramente para ayudar a las masas rurales a formular sus reivindicaciones y a defenderlas con energía.

El Partido criticó la tendencia al practicismo en el trabajo, la tendencia a subestimar la discusión política y el estudio del marxismo-leninismo dejándose absorber por las tareas prácticas. Los comunistas debían desarrollar mayor actividad en el frente ideológico para contrarrestar los efectos de la propaganda del régimen franquista y del imperialismo, enfilada a destruir la conciencia de clase del proletariado. Era esencial también estimular la iniciativa política de los militantes y de las organizaciones del PCE.

En la nueva etapa de la lucha contra el franquismo, el Partido tenía que desprenderse de cuanto dificultase el reforzamiento de sus vínculos no sólo con la clase obrera y los campesinos, sino también con los núcleos sociales que manifestaban más o menos claramente su oposición al franquismo.

El Comité Central señalaba a los militantes la necesidad de conocer de una manera concreta los problemas que agobian a los trabajadores de la ciudad y del campo y de ligar esas cuestiones a la lucha contra la dictadura. [244]

Tales fueron los principales problemas que el C. C. planteó a los militantes del Partido a la luz de las grandes luchas de 1951.

Historia del Partido Comunista de España, París 1960, páginas 238-244.