Melodía del mundo · Melodie Der Welt
Walter Ruttmann · 1929
Película alemana en cuatro actos, dirigida por Walter Ruttmann, anunciada como el primer largometraje sonoro alemán. Financiada por la naviera HAPAG (Hamburg-Amerika Linie) y producida por TOBIS (Tonbild-Syndikat), fue rodada en el otoño de 1928, aprovechando el crucero del Resolute, en Hamburgo, Venecia, Roma, Londres, Libia, Siria, Arabia Saudita y Asia. Se estrenó el 12 de marzo de 1929 en el Mozart Hall de Berlín. Presenta las actividades y logros humanos con imágenes de muy diferentes lugares. En el Acto I se presentan edificios, monumentos, cultos religiosos (Pío XI aparece en 14:18), desfiles y acciones de guerra (Benito Mussolini en 15:36). En el acto II aparecen niños, cachorros animales, pesca, ganadería, agricultura (el emperador japonés Hirohito en 26:31). En el acto III actividades matinales realizadas por mujeres, lenguas del mundo (breve diálogo de George Bernard Shaw con con el cineasta Ivor Montagu en 34:45), artes y espectáculos. En el acto IV obras industriales y artesanales, volviendo el barco al puerto de partida.
1929 «La “Melodía del mundo”. Desde hace un par de años vuelven a organizar las grandes compañías de navegación alemanas viajes alrededor del mundo, restableciendo así un servicio de turismo que la guerra había desorganizado (uno de estos viajes será en breve emprendido por el Columbus, inmenso transatlántico de 36.000 toneladas, el mayor buque de la flota alemana, a excepción del Europa y del Bremen, que todavía no prestan servicio). El último crucero alrededor del mundo del transatlántico de la compañía Hamburgo-Americana, Resolute, dio lugar además a un interesantísimo experimento de cinematografía sonora, cuyo resultado está siendo actualmente ofrecido al público berlinés en uno de los teatros de la capital alemana. Bajo la dirección de Walter Ruttmann fue impresionada durante el viaje una película sonora –La Melodía del mundo– que hace pasar ante los ojos (y por los oídos) del espectador la sucesión de imágenes, y correspondientes ruidos acompañatorios, más abigarrada y original que darse pueda. Esta obra en extremo interesante, sin argumento, sin títulos y sin palabras, será recibida, a no dudarlo, con la misma curiosidad y simpatía que en Berlín, por todos los públicos del mundo.» (El Adelanto, Salamanca, 5 abril 1929, pág. 8.)
1930 «—Sí, señor; todavía queda más. Entre las películas sonoras disponermos también de cuatro largas documentales. La melodía del mundo, el portentoso film de Walter Ruttmann, y El Congo, descrita totalmente en español, son dos de ellas. Después, tenemos nueve atracciones sonoras, y otras diez, varias de las cuales son cantadas en español, aparte de los films de dibujos animados sonoros: doce del Gato Periquito y 12 más de Flip la Rana.» (“Lo que nos presentará la Gaumont”, Las Provincias, Valencia, 12 octubre 1930, pág. 9.)
1932 «Estudio Proa-Filmófono. Esta entidad cinematográfica celebrará su segunda sesión el próximo sábado, 22 de octubre, a las cuatro de la tarde, en el cine de la Opera, representando Hampa (Berlín, plaza de Alejandro), una radiografía de los bajos fondos de Berlín, basada en la famosa novela de Alfred Doeblin Berlin, Alexanderplatz y realizada por Phil Jutzi. Como complemento, y a petición de un importantísimo sector de Estudio Proa-Filmófono, se proyectará el gran documental de Walter Ruttmann La melodía del Mundo.» (La Libertad, Madrid, 20 octubre 1932, pág. 11.)
«Avanzadas del cinema. Proa-filmófono, II. La melodía del Mundo y Hampa. En su segunda sesión, el Estudio Proa-Filmófono nos ha ofrecido un programa de contrastes, de doble interés en sus dos tendencias divergentes. La melodía del Mundo y Hampa son dos films que, partiendo de una misma hora del cinema, buscan direcciones cronológicas opuestas. Walter Ruttmann va hacia el porvenir, a la captura de la velocidad, ritmo de nuestra época. Phil Jutzi, lento y seguro, aspira a rescatar la novela analítica –epopeya zolesca de ayer– y convertirla en plástica por los procedimientos técnicos ya consagrados, si bien depurándolos en su crisol de artista. ¿Cuál de los dos es el camino cierto? Para muchedumbres – espectáculo de masas–, Hampa es, todavía, el arte adecuado. Para minorías –e incluso para mayorías juveniles, de nueva formación–, La melodía del Mundo. Hay en el formidable reportaje lírico de Walter Ruttmann tal vitalidad, tal fuerza, tal dinamismo musical de la vida contemporánea, que el espectador se siente suspenso, arrebatado en el hermoso vértigo. Es un documental de usos y costumbres de todas partes, realizado con arte magnífico por una sensibilidad auténticamente de hoy y posiblemente de mañana. Hampa, extraordinaria también, es otra cosa. Una versión cinemática de la novela Berlín, Alexanderplatz, de Doeblin, el famoso médico escritor, que tan prodigiosamente ha descrito los estratos sociales infrahumanos, y de quien sólo en nuestro admirable doctor Juarros podríamos hallar digna equivalencia española. Jutzi no solamente ha acertado en la traslación de un arte a otro, sino que ha sabido animar de un soplo espiritual poderoso su realización plástica de la obra literaria. Algo lenta –a la alemana– en su desarrollo, la película de los bajos fondos berlineses tiene, en compensación, un intérprete insustituible en Heinrich George –gordo, sentimental y optimista–, que dará días estupendos al cinema. Aligerada, en algunos trances un tanto «domodés», Hampa es seguro que obtenga en una pantalla abierta al público en general un éxito resonante. En la segunda sesión de Proa-Filmófono, la cordial acogida que le dispensaron los asiduos del Estudio corrió parejas con la que mereció La melodía del Mundo, aplaudida con entusiasmo. J. G. O.» (Heraldo de Madrid, Madrid, 26 octubre 1932, pág. 13.)
1933 «Cine Club Proletario. En el cine San Miguel. El próximo domingo 16, a las once de la mañana, celebrará el Cine Club Proletario en el cine San Miguel una sesión extraordinaria en beneficio de la rotativa de El Socialista, con el programa siguiente: 1, En Java, un viaje a esta isla. 2, La melodía del Mundo, de Walter Ruttmann. 3, el film de W. Pudovkin, Tempestad en Asia.» (La Libertad, Madrid, 13 de abril de 1933, pág. 10.)
La melodía del mundo
Ya en 1929, una obra excepcional abre sobre la nueva ruta sonora innumerables perspectivas en las que debió mirarse el cine, si a éste no lo hubiesen vendido luego al mejor postor teatral. La melodía del mundo, de Walter Ruttmann, muestra una riqueza exuberante en materia visual, y aunque se le pueda hallar más de un procedimiento literario en la constante asociación de ideas que nos propone, sus conceptos y la realización visual sonora de los mismos no poseen equivalente en forma de expresión alguna.
Nos hallamos, pues, ante una obra auténticamente cinematográfica que intenta exponer una idea capaz de unir el mundo. En su humana coincidencia, los temas presentan como una armonía perfecta del instinto, de las costumbres y de la moral de todos los pueblos e intentan remarcar, en medio de la enorme diversidad de los actos humanos, aquellas dominantes que los gobiernan.
El propio Ruttmann ha dicho que deseaba mostrar los parecidos, tanto como las diferencias de los hombres, su afinidad con los animales, los lazos que les unen a los paisajes y a los climas, así como el esfuerzo que realizan para separarse de lo puramente animal o de su propio ambiente; hacía falta, sigue, dar una forma sensible a todo lo que agita al hombre, más allá de las épocas y de las fronteras: el amor, el culto, los ejércitos, la guerra; la maternidad y el amor de los niños; las artes (la danza, la música, la arquitectura, el teatro); la alimentación, el tráfico, los placeres, los deportes.
Con esta intención, Ruttmann ha aprovechado el riquísimo material disperso de los noticiarios para crear su obra. Ahora bien, quitarles toda apariencia fortuita, hallar la exacta comprensión para expresar su hondo mensaje, o sea, dicho con otras palabras, lograr con todo ello un montaje atinadísimo que origine la magia del ritmo, es el acierto máximo de esta obra excepcional: lo que le da su elevado tono de creación.
Este poder mágico de reunir lo que puede haber de más distante en el tiempo y en el espacio, de crear un lenguaje original de asociaciones, de comparaciones sucesivas, de analogías, nos enfrenta decididamente con cuanto existe de verdadero en esta forma de expresión. A veces, podrá parecer el juego un tanto primitivo; otras, el lápiz, perversamente irónico, ha recargado las tintas de algún contraste o, quizá, el vivo sentido de documento que tiene el cine señale la impresión perecedera de algunas de estas imágenes; pero, aun así y todo, el conjunto queda como una melodía auténtica de analogías universales, en las que se funden las más diversas razas después de haber tendido sobre ellas el puente de los eternos valores humanos.
La melodía del mundo nos sitúa, pues, ante una labor de creación, admirablemente seleccionada. La primera parte es, socialmente, la más avanzada. Arquitectura, tráfico, cultos, ejército y guerra se nos presentan encaminados hacia un mismo fin. No obstante, la intención de Ruttmann quizá sea más poética que social y, en definitiva, trate, más que de desunir, de unir a todos los hombres en la experiencia común del instinto y, más tarde, de la reflexión. El silencio del camposanto lleno de cruces con que termina esta primera parte puede ser una protesta contra la guerra, es cierto, pero el mismo Ruttmann nos ha probado antes que, en las actuales condiciones del mundo, o del ser humano, que para el caso es lo mismo, surge siempre ese hecho inevitablemente.
Ese silencio prolongado que sucede a los entusiasmos colectivos de los momentos anteriores, recuerda el admirable silencio de las escenas finales de Aleluya, otro ejemplar magnífico de coincidencia en este año cinematográfico. Lo mismo sucede en otras ocasiones, como cuando los brazos se agitan en la despedida del buque, que pueden traernos memoria de los ritos religiosos del film de Vidor. También vale la pena señalar que Ruttmann emplea en esta parte algunos de los temas principales de Berlín, sinfonía de una gran ciudad, con lo que el espíritu universal de esa cinta queda casi aclarado. Ruttmann había cantado entonces uno de los mitos más modernos, el de la gran ciudad, involucrando en Berlín a todas las demás.
La sincronización aumenta su extraordinaria riqueza. Es posible que luego, al vulgarizarse en la producción comercial los innumerables hallazgos de La melodía del mundo, aparezcan diluidos, sin la intención creadora que Ruttmann les supo dar. Esto reflejará la penuria de un sistema que llega a acartonar una materia sonora que en La melodía del mundo señala con su riqueza todo su valor.
Si La rueda, de Gance, aprovechaba el montaje rápido que los americanos habían dado por bueno en la época de la Triangle, Ruttmann realiza ahora con los sonidos del mundo una orquestación parecida que se funde en la unidad de un acorde. El ruido de las máquinas (que parece recordarnos el Pacific, de Honneger); los tres tonos distintos de las sirenas; el griterío de las muchedumbres; los sonidos de la guerra; el diálogo, como sonido articulado; la partitura de Wolfgang Zeller, que subraya la diversidad de los temas, a veces, como en el despertar de la mujer civilizada, con irónica significación. Se logra, pues, la buscada equivalencia musical auditiva, a la que aspiraba esta sinfonía, dividida, a la manera clásica, en tres tiempos diversos.
Ruttmann nos ha descubierto, pues, un mundo de equivalencias, de analogías visuales y auditivas que acrecientan el valor del cine. Sólo partiendo de esta obra excepcional se comprenden muchos hallazgos de después, que aquí aparecen claramente esbozados. Sobre un mismo plano, el contraste entre sonido e imagen abrirá innumerables vías a la expresión. Lo veremos entre las voces de la masa y el océano en Tempestad en Asia; en la voz de la conciencia y el inmenso coral de El millón; en la persecución de la americana y el partido de rugby, en esa misma cinta; en la monotonía del ambiente y el pasar del tiempo, con el tictac del reloj, en Romanza sentimental; en el viento y el órgano de David Copperfield; en la rana y la flauta de El príncipe Achmed...
Es curioso comprobar que un film como éste nazca de una organización puramente comercial. Es la Hamburg-Amerika-Line la que, como propaganda turística, le dio a Ruttmann la posibilidad de lograr una obra tan excepcional como Flaherty había logrado parecidos propósitos en Nanook, gracias al deseo de propaganda de una industria peletera. Ni la una ni la otra tenían nada que ver, claro, con el cine. Lo malo es que este camino de independencia, dentro de un espíritu comercial, no se seguiría. O quizá es que no pudiera ser seguido por cuanto La melodía del mundo también nos indica cierta limitación en estos asuntos, igual que eran limitadas las teorías de Vertov. Lo cierto es que la producción comercial va a ser, en lo sucesivo, más potente que nunca. Para cubrirse audazmente de ridículo ante obras que, como La melodía del mundo, son capaces de avanzar en el camino de esa esperada analogía universal de que nos ha hablado Baudelaire.
(Ángel Zúñiga, Una historia del cine, Ediciones Destino, Barcelona 1948, tomo primero, págs. 402-405.)