Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Capítulo II: 5
5. Desarrollo de la filosofía en la antigua Roma. El materialismo de Tiro Lucrecio Caro
Las contradicciones inherentes a la sociedad esclavista alcanzaron una tensión extrema en la antigua Roma, donde la lucha de clases de los esclavos contra los esclavistas adoptó la forma de levantamientos armados de masas que se prolongaron durante largos años. Hasta el siglo IV a. n..e. inclusive, la economía de la antigua Roma se caracterizaba por el predominio de la pequeña propiedad agrícola, de la economía natural y del modo patriarcal de vida. Sin embargo, ya en esa época se había iniciado el proceso de concentración de la propiedad privada particular y se libraba una lucha entre la aristocracia gentilicia (los patricios) y los plebeyos (pequeños propietarios que carecían de derechos). La forma ideológica dominante era la religión politeísta.
Bajo la república esclavista, a partir del siglo III a. n. e., se desarrolla el modo esclavista de producción, se extiende la gran propiedad agraria y se arruinan los campesinos. Durante este período, la República Romana sostiene una serie de guerras de conquista, que traen consigo el sometimiento de muchos pueblos del sur de Europa y del norte de África al poder romano, Como resultado de estas guerras de conquista aumenta en Roma el número de esclavos, cuyo trabajo se aprovecha principalmente en los grandes latifundios. El aumento de estos latifundios va acompañado de la expropiación de las tierras de los campesinos. La acumulación de inmensos recursos en dinero contribuyen a elevar las especulaciones financieras y la usura.
En el transcurso de los siglos III-I a. n. e. se desarrolló una encarnizada lucha de clases entre la nobleza esclavista y los campesinos arruinados. Expresión de las contradicciones más agudas de aquel tiempo fue la lucha de los esclavos contra los esclavistas, lucha que, en los siglos III-I a. n. e.. se transformó en abiertas sublevaciones armadas. La primera sublevación de los esclavos en Sicilia (138-132 a. n. e.). encabezada por Ennio y Cleón, terminó con la victoria de los sublevados. Los esclavos derrotaron a las tropas de los esclavistas y mantuvieron su dominio durante varios años. La segunda insurrección de los esclavos, en Sicilia (104-101 a. n. e.), encabezada por Trifón (Salvio) y Atenión, marcó el comienzo de una serie ininterrumpida de acciones armadas. De las rebeliones de los esclavos, la que alcanzó más éxito y mayor volumen fue la acaudillada por Espartaco (74-71 a. n. e.). Para aplastarla, los esclavistas romanos se vieron obligados a recurrir a medidas militares excepcionales y a poner sus fuerzas en extrema tensión.
Más de una vez, la lucha de los esclavos contra los esclavistas iba acompañada en Roma de la lucha de los plebeyos contra los patricios, de la lucha de la población urbana sin derechos, de los campesinos pobres y de los pueblos avasallados contra las altas capas explotadoras de la sociedad esclavista. A consecuencia de los levantamientos armados de los esclavos y de las guerras civiles entre diferentes sectores de los hombres “libres”, cayó la República esclavista romana, siendo sustituida en el siglo 1 de nuestra era por una dictadura militar. En el transcurso de los siglos I-V de la era actual, el Imperio Romano se extendió considerablemente merced a nuevas conquistas, Pero la crisis del sistema económico esclavista y las sublevaciones de los esclavos y de los pueblos sojuzgados hundieron al imperio en la decadencia hasta que éste se derrumbó a fines del siglo V.
La intensidad de la lucha entre los esclavos y esclavistas, así como entre los plebeyos y patricios, determinó también el carácter de la lucha ideológica que se libraba en el seno de la sociedad romana.
En la ideología esclavista de la antigua Roma figuraban en lugar preeminente los problemas del Estado, del derecho y la moral. En la creación de la teoría del derecho corresponde un papel muy importante a los pensadores políticos romanos. La esencia de clase del derecho romano estribaba en sancionar legislativamente la explotación de los esclavos y de las capas más pobres de la población; el derecho romano salvaguardaba la propiedad privada y los privilegios de los esclavistas, a la vez que ponía a los esclavos fuera de la ley. La explotación del hombre por el hombre era considerada como una relación eterna y “natural” entre los hombres.
La filosofía inició su desarrollo en Roma a mediados del siglo I a. n. e. y alcanzó su máximo florecimiento en el siglo siguiente. Después de la conquista de Grecia por Roma (en 146 a. n. e.), se establecieron estrechas relaciones entre ambos países y, tras de hallar entre los romanos un terreno propicio, la cultura helénica se convirtió en una de las fuentes de la cultura romana.
La historia de la filosofía de la antigua Roma es la historia del desenvolvimiento del materialismo y de su lucha con el idealismo. La línea de Demócrito estaba representada en ella por la doctrina materialista de Lucrecio; la línea de Platón, por el eclecticismo de Cicerón, y por la filosofía de los estoicos y de otros idealistas más tardíos, los místicos.
En la filosofía idealista romana imperaba el eclecticismo, orientación filosófica que arraigó en la Academia y también en las escuelas estoica y peripatética. Al igual que los filósofos idealistas griegos, los filósofos romanos defendían la religión y combatían a la ciencia antigua. Sin embargo, estas reaccionarias tendencias idealistas y religiosas no pudieron detener los avances del pensamiento científico romano.
Las necesidades económicas y el progreso técnico, especialmente la construcción de edificios, puentes y caminos, &c., impulsaron en Roma el desarrollo de la ingeniería. La obra de Marco Vitruvio, Los diez libros de la arquitectura, dio a conocer a los romanos lo que los griegos habían aportado en este campo. Las ciencias naturales contaban entre sus representantes a Plinio el Viejo, autor de una Historia Natural en 37 libros, y a Columela, que escribió el tratado Sobre la agricultura en 12 libros. Los progresos de la medicina romana estaban asociados al nombre de Galeno.
Los ideólogos de las capas más progresivas de la clase dominante, partidarios de la democracia esclavista, defendían la tendencia epicúrea materialista, El primer representante del epicureísmo romano fue C. Amafinius (segunda mitad del siglo II a. n. e.).
En la propagación de la filosofía materialista y especialmente del atomismo antiguo, ejercieron gran influencia en Roma los materialistas griegos, sobre todo el epicúreo Fedro, que escribió una obra antirreligiosa Sobre los dioses, y Filodemo de Gadara, cuyas obras gozaban de gran popularidad en la sociedad romana. Probablemente, Filodemo fue maestro de Lucrecio.
Filodemo escribió diversas obras abordando los problemas de la religión, la lógica, la retórica, la economía y la historia de la filosofía. En su tratado lógico De los signos y las designaciones desarrollaba el método inductivo y una teoría empirista del conocimiento. Filodemo demuestra que los conceptos científicos se forman sobre la base de los hechos observados y que, sobre esta misma base, se formulan las hipótesis acerca de las causas de los fenómenos inasequibles a nuestra percepción y se establecen también las previsiones científicas. La lógica inductiva de Filodemo estaba dirigida contra la lógica dogmática de los estoicos y contra el agnosticismo de los escépticos.
Hacia el siglo I a. n. e. se remonta la actividad del gran pensador de la antigua Roma, filósofo materialista y ateo, Tito Lucrecio Caro (aproximadamente 99-55 a. n. e.), ideólogo de la democracia esclavista romana. No se dispone de datos acerca de su vida.
Lucrecio figuraba dentro de la corriente atomística del materialismo antiguo, fundada por Leucipo y Demócrito y continuada por Epicuro.
Su poema filosófico De rerum natura (“Sobre la naturaleza de las cosas”) es la exposición más completa y sistemática del atomismo antiguo, ya que de las obras de Leucipo y Demócrito sólo se conservan algunos fragmentos y de los libros de Epicuro no han llegado a nosotros más que tres cartas y algunas máximas.
Lucrecio aspiraba a vincular la filosofía con las exigencias vitales de la sociedad romana de su tiempo. Quería liberar a sus contemporáneos de las tradiciones reaccionarias que nublaban sus mentes y, sobre todo, de la preponderancia de la religión romana, que se caracterizaba por su rígido dogmatismo, por sus terribles supersticiones y su acusada hostilidad contra el conocimiento científico.
Lucrecio Caro era un ateo militante. En su poema decía que la religión sume a la humanidad en el mayor infortunio, ofusca la razón de los hombres, les induce a cometer acciones inmorales y crímenes y, por último, esclaviza y humilla al hombre.
Al oponerse a la religión, Lucrecio pretendía fundamentar sistemáticamente una concepción materialista de la naturaleza. Basándose en las tesis fundamentales epicúreas, en su doctrina de la naturaleza, Lucrecio recogía ampliamente los datos de las ciencias naturales de la Antigüedad, sumando a ellos sus juicios originales y sutiles observaciones.
El materialismo de Lucrecio arranca de esta primera tesis: nada puede nacer de la nada, por voluntad divina. Si las cosas surgieran de la nada, los seres no necesitarían de ningún germen para nacer; los hombres nacerían entonces del mar; los peces, de la tierra, y el ganado mayor y menor caería del cielo; en cada árbol se daría toda clase de frutos, &c.
Lucrecio llegó a atisbar la ley de la conservación de la materia: nada se convierte en nada. Poniendo de manifiesto la eternidad de la materia, decía que en el mundo no se da nunca una aniquilación absoluta, sino pura y sencillamente la descomposición de los cuerpos compuestos en sus elementos componentes, los átomos, invisibles por su pequeñez. No vemos las corrientes de aire que forma un huracán, pero sí podemos percibir su inmenso poder destructivo. La ropa se humedece a orillas del mar y se seca al sol; sin embargo, no vemos cómo se sedimentan y se secan las partículas de la humedad. El anillo que llevamos puesto durante largo tiempo cada vez se vuelve más delgado, el pavimento va borrándose bajo las pisadas de la multitud, &c.
Lucrecio solamente admitía la existencia de los cuerpos y del espacio vacío; la porosidad de los primeros y su diferente peso específico demuestran, según él, que existe el vacío. Todo lo demás no son más que propiedades (coniuncta) de los cuerpos o fenómenos (eventas) suyos. Las propiedades de las cosas existen objetivamente, pero no por sí mismas, sino en los cuerpos. Propiedad es aquello que no puede ser separado en absoluto de un cuerpo; por ejemplo, el peso, de la piedra; el calor, del fuego, y la humedad, del agua.
También el tiempo es una propiedad de la materia; no existe por sí mismo, al margen del movimiento o reposo de los cuerpos.
Los cuerpos se dividen en simples y compuestos. Los cuerpos simples (los principios o las semillas de las cosas) son las partículas ínfimas de materia que no pueden ser desintegradas ni destruidas. Lucrecio piensa que la divisibilidad infinita de la materia es imposible. Si la materia fuese infinitamente divisible, la destrucción de las cosas habría llegado tan lejos en el pasado infinito que todo se hallaría en un estado de disgregación y ya nada permanecería unido. Y si las partículas materiales ínfimas se compusieran, a su vez, de infinitas partes, de tal modo que el proceso de división no conociera ningún límite, entonces la cosa más diminuta, en virtud de su inagotabilidad, no podría distinguirse en nada del universo. Lucrecio apela al sentido común que, según él, nos obliga a reconocer la existencia de partículas muy pequeñas y absolutamente indivisibles.
Lucrecio no utilizó nunca el vocablo griego “átomo”; en vez de él, empleaba los términos “principios de las cosas”, “primeros cuerpos”, “cuerpos generadores” y “semillas”, así como “elementos”, “corpúsculos”, etcétera.
En su poema escribe:
Porque serán materia de mi canto
La mansión celestial, sus moradores;
De qué principios la naturaleza
Forma todos los seres, cómo crecen,
Cómo los alimenta y los deshace
Después de haber perdido su existencia:
Los elementos que en mi obra llamo
La materia y los cuerpos genitales,
Y las semillas, los primeros cuerpos,
Porque todas las cosas nacen de ellas.102
Para poder explicar todos los fenómenos de la naturaleza, hay que admitir, según Lucrecio, la existencia de los átomos y del vacío:
Estriba, pues, toda naturaleza,
En dos principios: cuerpos y vacío
En donde aquéllos nadan y se mueven...103
Aunque todas las cosas, todos los fenómenos naturales, son cambiantes y pasajeros, los “primeros cuerpos” (los átomos) de que se componen son eternos e indestructibles. Son también indivisibles, tienen solidez y peso y son tan diminutos que escapan a nuestra vista; además, son homogéneos por su masa e impenetrables; se distinguen por su forma y magnitud y (en las combinaciones) por su posición y cantidad. Estos “primeros cuerpos” carecen de color, olor, sabor o sonido; tampoco tienen suavidad, flexibilidad, porosidad u otras cualidades. Todas estas cualidades se dan exclusivamente en los cuerpos compuestos. Pero las propiedades de éstos dependen de la forma de los átomos componentes, así como de su [130] cantidad y posición. Al cambiar la posición de los átomos o alterarse el orden en que se combinan, cambian también las cualidades de las cosas. No toda combinación de átomos es posible, ya que los átomos se combinan con sujeción a determinadas leyes.
Las formas de los átomos son muy diversas, pero esta diversidad no es infinita; sólo es infinito el número de átomos de cada especie (en este punto, Lucrecio se adhiere a las ideas de Epicuro y se separa de Demócrito). La limitación de la diversidad de formas de los átomos se pone de manifiesto en la constante repetición de las cosas del mismo género (por ejemplo, en los fenómenos hereditarios).
En el modo de concebir el movimiento de los átomos, Lucrecio se suma a Epicuro. Distingue tres clases de movimiento: 1) movimiento por impulso; 2) movimiento rectilíneo hacia abajo, en virtud del peso, y 3) desviación espontánea (clinamen) de los átomos con relación a esta línea recta en su caída vertical.
La tesis de la desviación de los átomos demuestra el carácter dialéctico espontáneo de las ideas de Lucrecio, al igual que de las de Epicuro, sobre el automovimiento de la materia.
Y has de entender también, ínclito Memmio,
Que aun cuando en el vacío se dirijan
Perpendicularmente los principios
Hacia bajo, no obstante, se desvían
De línea recta en indeterminados
Tiempos y espacios; pero son tan leves
Estas declinaciones, que no deben
Apellidarse casi de este modo.
Pues si no declinaran los principios,
En el vacío, paralelamente,
Cayeran como gotas de la lluvia;
Si no tuvieran su reencuentro y choque,
Nada criara la naturaleza.104
Lucrecio refutó la idea de los representantes de la escuela atomista que creían que el choque de los átomos podía explicarse por la gran velocidad del movimiento de los átomos más pesados en el vacío. Según él, la formación de los mundos sólo puede explicarse por causas internas, por la desviación (espontánea) de los átomos.
Así, pues, en la doctrina de Lucrecio se da ya el atisbo dialéctico de que el movimiento se halla unido indisolublemente a la materia y de que aquél no es sino el automovimiento de ella, que se opera sin ninguna intervención de los dioses. Si los dioses son los que han creado y gobiernan al mundo, ¿de dónde proviene entonces –se pregunta Lucrecio– la injusticia que reina en él; de dónde tanto dolor, tanto sufrimiento e infortunio?
... No puede ser hecha por los dioses
Máquina tan viciosa e imperfecta.105
Continuando las tradiciones del materialismo antiguo, Lucrecio sostenía que el cambio es universal y eterno en la naturaleza y que constantemente se produce una formación y destrucción de mundos; afirmaba asimismo la eterna renovación de la naturaleza mediante la generación de unos fenómenos y la corrupción de otros. En el movimiento infinito de los átomos, movimiento que se produce eternamente, aquéllos participan en infinitas combinaciones mutuas que dan origen a todos los fenómenos naturales.
Lucrecio consideraba que el universo es infinito. No es posible que tenga límites, ya que fuera del universo no puede existir nada. Si fuera finito, hace ya mucho que toda la materia, al caer cada vez más bajo, se habría amontonado en el fondo del universo y todo el movimiento habría cesado. Pero no hay reposo en ninguna parte; la materia que engendra las cosas se mueve eternamente; por tanto, en el universo no hay ninguna región que esté absolutamente abajo. Tan infinita como el espacio es la materia. Y dado que el universo no tiene límites, tampoco puede tener un centro. Al ser infinito el universo, no podemos pensar de ninguna manera que nuestro mundo sea el único existente. En el universo nacen, se desarrollan y perecen innumerables mundos.
Al igual que los demás mundos, la Tierra ha surgido de la combinación de los átomos. A su vez, todo está sujeto en ella a un cambio y devenir constantes.
Lucrecio trataba de explicar las causas naturales del origen de la tierra, del mar, del cielo y de los astros; de la vida terrestre, de las plantas y, por último, del hombre.
En el poema se intenta explicar, desde el punto de vista del materialismo antiguo, fenómenos como el trueno y el relámpago, la lluvia, el rocío, los torbellinos, el viento, el granizo, la nieve, la escarcha, así como los temblores de la tierra, la acción de los volcanes, las propiedades magnéticas, &c. También ofrece el poema explicaciones originales, aunque no científicas, de los eclipses de Sol y de Luna, así como de otros fenómenos cósmicos y astronómicos.
Lucrecio sostiene que la vida procede directamente, por generación espontánea, de los “principios”. En tiempos remotos, de la tierra aún joven nacieron los organismos por este orden: primero, las plantas; después, los animales y el hombre. Ahora que la tierra ha envejecido sólo nacen de ella, por generación espontánea, los animales pequeños. También atisbó Lucrecio el fenómeno de la lucha de los animales por la existencia, lucha que lleva a la extinción de las especies que no se adaptan a las condiciones del medio. Así se explicaba Lucrecio el hecho de que hubieran desaparecido de la faz de la tierra muchas especies animales que existieron anteriormente; como advierte Herzen, esto demuestra que Lucrecio debió conocer algunos fósiles. Refiriéndose a las especies extinguidas, Lucrecio criticó la doctrina de Empédocles, doctrina según la cual en otros tiempos habían existido seres monstruosos (semifieras, semihombres, &c.).
Lucrecio distinguía el alma (anima) o principio vital y el espíritu (animus) o conciencia e inteligencia. Tanto el alma como el espíritu son materiales y se componen de átomos sumamente sutiles y pequeños. El espíritu tiene su asiento en el centro del pecho, mientras que el alma se halla dispersa por todo el cuerpo. Espíritu y alma nacen y mueren simultáneamente [132] con el cuerpo. La muerte significa la desintegración del cuerpo, del alma y del espíritu en sus principios componentes.
Lucrecio consideraba absurda la doctrina de la transmigración y de la inmortalidad de las almas. Según él, la íntima relación entre el cuerpo, el espíritu y el alma demuestra que las ideas acerca de un reino de ultratumba y sobre los castigos después de la muerte no son más que invenciones. Lucrecio rechazaba primeramente el temor a la muerte. La muerte no es nada; no representa un sufrimiento, sino la liberación de los sufrimientos. Después de morir, ya no somos; por tanto, no hay sensaciones ni sentimientos. El temor de los hombres a la muerte proviene de su ignorancia de las leyes de la naturaleza.
Siguiendo a Epicuro, Lucrecio criticaba la doctrina de Platón conforme a la cual las almas existen por sí solas, fuera del cuerpo; asimismo criticó su teoría de la preexistencia de las almas y de la anamnesis, la mística doctrina del “alma universal”, &c.
La teoría del conocimiento de Lucrecio tiene un carácter materialista. Parte del criterio de que la percepción sensible proporciona un conocimiento de la realidad objetiva y de que las cualidades de las cosas existen objetivamente, no sólo en nuestra conciencia.
La acción de los átomos, que componen los objetos exteriores, sobre los átomos que forman los órganos sensoriales provoca las sensaciones, cuyos datos generaliza la razón, dando origen al conocimiento.
La teoría materialista ingenua de Lucrecio sobre las sensaciones (visuales, auditivas, gustativas, &c.) se basa en la doctrina de las imágenes (simulacros), que emanan sin cesar de todas las cosas. Gran interés reviste la intuición de Lucrecio de que la intensidad del estímulo externo debe tener cierta magnitud para que pueda producirse la sensación. Lucrecio expone con todo detalle la doctrina atomista de las imágenes, o de la emanación:
Por lo cual es preciso que confieses
Las emisiones de los simulacros
Que hieren muchos ojos y producen
La visión: en efecto, los olores
De ciertos cuerpos son emanaciones
Continuas: de este modo emana el frío
De los fluidos; calor del Sol emana,
Y la sal que se come las riberas
Del mar emana: y los sonidos varios
Sin cesar por el aire van volando...
...tanta certeza
Tenemos de que envían emisiones
De sí todos los cuerpos de continuo,
Que a todas partes giran sin pararse,
Y sin interrumpir jamás su flujo,
Pues tenemos continuas sensaciones,
Ver, oler y aun oír podemos siempre.106
Lucrecio exagera un tanto el papel de las sensaciones, pues considera que pueden darnos por sí solas una certeza absoluta y que los datos de los sentidos no pueden ser refutados. [133]
Así en la relación de los sentidos
Si no hay seguridad y confianza,
Los juicios que formares es preciso
Te salgan todos falsos e ilusorios.107
Las sensaciones, según Lucrecio, engendran en nosotros conceptos verdaderos y con su verdad destruyen la falsedad. Ahora bien, los datos sensoriales son interpretados por la razón, y esta interpretación puede ser falsa, ya que la razón también puede equivocarse. Así, las ilusiones visuales nacen de las ficciones de la razón, introducidas por el sujeto cognoscente en la interpretación de los datos de la percepción sensible, a consecuencia de lo cual cree ver lo que en realidad no ve.
Lucrecio admitía que la razón (el pensamiento teórico) desempeña una importante función en el proceso cognoscitivo; la razón amplía nuestro conocimiento, pero sus productos solamente son verdaderos cuando se basan en los datos de los sentidos.
Al explicar los fenómenos de la naturaleza, Lucrecio aplicaba el principio epicúreo de la pluralidad de los mundos, según el cual los mismos fenómenos pueden ser provocados por diferentes causas; y, como Epicuro, sostenía también que sólo deben admitirse como causas los fenómenos naturales, no los sobrenaturales.
La teoría epicúrea de la multiplicidad de las causas desarrollada por Lucrecio y la exclusión de todo factor sobrenatural en la explicación científica de los fenómenos naturales y sociales representan una valiosa aportación de la escuela epicúrea a la teoría materialista de la causalidad.
Para demostrar la sujeción natural de los fenómenos a leyes, Lucrecio aducía la experiencia de la propia vida; señalaba, por ejemplo, que el suelo mejor labrado da también mejores frutos. Esta idea se relacionaba, a su vez, con el considerable desarrollo de la agricultura y de la astronomía en la antigua Roma.
En la filosofía de Lucrecio ocupa un lugar importante la física, a la que trataba de convertir en fundamento del conocimiento de la naturaleza. A este propósito escribía Marx: “En Lucrecio que, en general, fue el único de todos los antiguos que comprendió la física epicúrea, hallaremos un estudio más a fondo del problema.”108
Lucrecio impulsó la filosofía materialista en medio de una apasionada lucha contra todas las formas de idealismo: doctrina platónica de la inmortalidad del alma, teoría aristotélica de la “causa final”, doctrina pitagórica de la transmigración de las almas, &c. Se opuso asimismo con redoblado brío a la doctrina estoica idealista-religiosa de Dios, como creador, rector y artífice del mundo, fuente del orden y de la belleza del universo. Á la voluntad divina, contraponía Lucrecio las leyes inquebrantables de la naturaleza (foedera naturae), demostrando que todo lo crea ella por sí sola, sin necesidad de ninguna ayuda del cielo. Según Lucrecio, la sociedad se halla subordinada también a esas leyes inquebrantables, pues de lo contrario se disolvería.
Al criticar a los escépticos que no admiten la evidencia de los datos [134] sensibles, Lucrecio califica sus teorías de “montón de palabras”, de “pura palabrería”. Y afirma también que si destruimos nuestra confianza en los sentidos, derribamos lo que sostiene nuestra propia vida.
Pero, al mismo tiempo, Lucrecio se pronunciaba contra el dogmatismo, contra la confianza ciega en la autoridad de las escuelas. Al exponer sus ideas materialistas, invitaba al lector a pensar por cuenta propia, a observar la naturaleza y seguir indagando.
En Lucrecio, la concepción materialista de la naturaleza se combina con una visión idealista de la vida social; sin embargo, también aquí se dan atisbos muy valiosos para su tiempo. Supone Lucrecio que los hombres primitivos vivían como animales y traza un cuadro de la paulatina evolución de la cultura material y espiritual de la humanidad. Los hombres primitivos ignoraban todavía el uso del fuego; no conocían la familia, las relaciones sociales ni el Estado, ni tampoco las leyes, la moral, ni el lenguaje. Todo esto fue producto de un largo proceso de desarrollo. Cuando aprendieron a encender el fuego, frotando ramas de árboles o piedras, se produjo el primer .cambio importante en la vida humana. Más tarde, tuvo gran importancia el descubrimiento del arte de elaborar los metales (primero, el hierro, y después, el cobre). Para procurarse el necesario sustento, los hombres se valieron primeramente de sus manos desnudas, de sus dientes y sus uñas; después comenzaron a utilizar palos y piedras como instrumentos de trabajo y, por último, aparecieron los instrumentos de metal. Gracias a ellos, se perfeccionó el cultivo de la tierra, la elaboración de tejidos, &c. Al principio, los hombres se alimentaban de lo que les ofrecía el propio suelo: frutos silvestres, bellotas, bayas, hierbas, etc: Tomaban sus alimentos crudos hasta que, más tarde, aprendieron a cocerlos.
En los primeros tiempos, las relaciones entre los sexos no se sujetaban a ninguna regla; posteriormente, en cierta fase de desarrollo, apareció la familia. Más tarde aún, surgió la propiedad privada y el Estado, que pasó, a su vez, por distintas fases: primero, como poder de los reyes, y después, como poder elegido por el pueblo.
La unión de los hombres para formar la sociedad se llevó a cabo, según Lucrecio, sobre la base de un pacto en virtud del cual se comprometían a abstenerse mutuamente de causarse daño y de recurrir a la violencia. El Estado, el derecho y las leyes descansaban sobre un principio contractual, y por tanto, eran fruto de un acuerdo entre los hombres. El origen y desarrollo del lenguaje constituyó asimismo un proceso natural: primero, los hombres recurrían a la mímica para darse a entender; más tarde, imitando a los animales, expresaron sus emociones por medio de sonidos. Con la aparición de la sociedad, se creó una lengua común para todos los hombres, lengua que se enriqueció cada vez más; la existencia de palabras abstractas denotaba ya un alto nivel de desenvolvimiento lingüístico.
Con el progreso de la vida social surgió la escritura y comenzaron a desarrollarse las ciencias y las artes (la música, la poesía, &c.).
Al vislumbrar que la necesidad es la fuerza motriz del avance social, Lucrecio consideraba que el progreso humano es resultado del desarrollo de la razón que busca los medios adecuados para satisfacer las necesidades de la sociedad. [135]
Lucrecio era un ilustrado-ateo que aspiraba a extirpar radicalmente la fe en los dioses. Como otros pensadores ilustrados, veía el origen de la religión en el temor del hombre primitivo a las terribles fuerzas de, la naturaleza; dicho origen lo encontraba asimismo en una falsa interpretación de los sueños y en el desconocimiento de las causas naturales de cuanto acaece. Al sostener que las imágenes de los dioses eran fruto de la fantasía humana, el ateísmo de Lucrecio fue más allá que el de Epicuro, Lucrecio criticó la doctrina epicúrea según la cual los dioses viven en los espacios vacíos situados entre los mundos.
En el libro V de su poema, Lucrecio habla de la naturaleza de los dioses, considerándolos algo totalmente inasequible para nuestros sentidos y para nuestra razón, algo sin relación alguna con todo lo existente. La necesidad de que la humanidad se libere del temor a los dioses es la idea central del poema.
Lucrecio se inclinaba en favor de la forma democrática del Estado esclavista y sostenía que la autoridad elegida por el pueblo representaba una forma de gobierno más progresiva que el poder real. Le resultaban odiosos el “ansia de dinero” y la “ciega persecución de honores”. Lucrecio se refería despectivamente a los honores que tanto seducían a la aristocracia romana, así como al afán de lucro, característico de la nobleza adinerada (orden de los caballeros), y protestaba asimismo contra el lujo y la excesiva riqueza.
Las aspiraciones de la aristocracia romana de convertirse en “dueña del mundo” suscitaban en Lucrecio una profunda indignación. Era enemigo de la guerra y partidario de que las disputas entre los Estados se arreglaran pacíficamente. Con vivos colores, pintó el cuadro de la decadencia de las costumbres en la sociedad romana, culpando de ella a la religión dominante. Después el punto de vista político, la lucha de Lucrecio contra la religión tenía gran importancia, ya que ésta constituía en Roma el baluarte ideológico de la reaccionaria aristocracia esclavista.
Siguiendo a Epicuro, Lucrecio consideraba que la felicidad es el fin de la vida humana, felicidad que se alcanza mediante la imperturbabilidad, mediante el sosiego de ánimo. Para alcanzar esta imperturbabilidad hay que eliminar el dolor y liberarse de toda inquietud y de todo temor. Como a Epicuro, también era ajena a Lucrecio la idea de una transformación revolucionaria de la sociedad; la ataraxia, ideal de vida del sabio, expresaba el carácter pasivo, contemplativo, de la concepción del mundo de la democracia esclavista en la época de la descomposición del régimen de la esclavitud. Según Lucrecio, a medida que se libera de los falsos temores, dé las bajas pasiones y de las necesidades superfluas que le hacen desdichado, el hombre conoce las leyes de la naturaleza y estudia la ética o ciencia que señala las vías que conducen a la felicidad.
Lucrecio no espera que el futuro traiga la felicidad al género humano. Según él, ya en su tiempo ha envejecido la tierra y, como está agotada, recompensa exiguamente el trabajo del agricultor; el mundo es un mundo decrépito que se acerca a su fin. La “muerte inmortal” le acecha. Estos conceptos expresan claramente la limitación histórica de las ideas sociales y de toda la visión del mundo: de los ideólogos esclavistas, sordos a la idea de una transformación revolucionaria. Sin embargo, en las condiciones de la antigua Roma, el sistema materialista de Lucrecio representaba [136] la cima de la filosofía antigua; era, a su vez, la teoría materialista más avanzada, teoría imbuida de las ideas dialécticas del cambio universal y eterno de la naturaleza, del devenir y de su renovación constante, de la generación y aniquilación de los mundos, &c.
La antigua Roma tuvo en Lucrecio a un eminente filósofo materialista y ateo, combatido furiosamente por la Iglesia durante siglos. La Iglesia Romana ha cultivado la idea de que la filosofía epicúrea es una doctrina inmoral. Durante largos siglos, la reacción feudal ha entregado al olvido la gran obra de Lucrecio. Sólo en 1473 se publicó por vez primera su poema.
Obstinado enemigo del materialismo romano fue el contemporáneo de Lucrecio, famoso orador y jefe político de las postrimerías de la República Romana, Marco Tulio Cicerón (106-43 a. n. e.), típico representante del eclecticismo romano. Sus obras, por estar dirigidas contra el materialismo y el ateísmo, gozaron de gran popularidad entre la aristocracia romana, pese a la inconsistencia y a la extrema superficialidad de sus ideas filosóficas. Cicerón fue el primero que vertió al latín muchos términos filosóficos especiales. La terminología filosófica latina, aceptada comúnmente en los países de Europa Occidental, procede de Cicerón.
Su concepción idealista del mundo expresaba claramente los intereses de la clase esclavista. Cicerón se inclinaba ante la aristocracia romana, cuyo esplendor era para él el fin último de la existencia del Estado. Dos de sus obras, De la república y De las leyes, están destinadas a la apología del Estado esclavista. Cicerón era partidario de un acuerdo entre los estamentos (concordia ordinum), concibiéndolo, ante todo, como la unidad del orden senatorial y del orden de los caballeros. Según Cicerón, la propiedad privada es la institución fundamental de la sociedad y el Estado existe para protegerla, de modo que garantice a los pudientes la posibilidad de disfrutar tranquilamente de sus bienes y defienda su propiedad de los atentados de los desposeídos. El ideal político ciceroniano era el Estado esclavista, concebido como una combinación de los regímenes monárquico, aristocrático y democrático. A su modo de ver, ese ideal se plasmaba en la República romana de su tiempo. Cicerón aprobaba que se engañara al pueblo concediéndosele unas libertades políticas ilusorias. Consideraba que la masa del pueblo no era razonable ni estaba apta para gozar de la libertad; sin embargo, a los esclavistas les convenía distraerla con el espejismo de las libertades políticas. También recomendaba que se fomentase en el pueblo las creencias religiosas, la fe en los dioses, en los adivinos, &c. Creía igualmente que era una ocupación baja e indigna del hombre la de procurarse con el trabajo físico los medios de existencia. Los trabajadores asalariados merecían todo su desprecio por ser hombres que “Se venden a sí mismos”.
Cicerón trató de justificar filosóficamente su reaccionaria moral religiosa, apelando a su teoría del “consentimiento común de los hombres” (consensus gentium) y de las “ideas innatas” (notiones innatae). Consideraba indiscutible la concepción moral-religiosa que, según él, habían profesado los pueblos en todos los tiempos. A su vez, atribuía un gran valor a la creencia en la adivinación y en la inmortalidad del alma.
Su hostilidad al materialismo y al ateísmo se puso de manifiesto al tergiversar las doctrinas de la escuela atomista, doctrinas que aparecían, [137] por ello, como algo absurdo. Las obras de Cicerón Sobre la naturaleza de los dioses, De los límites del bien y del mal y Disputas tusculanas se distinguen por sus violentos y triviales ataques contra el epicureísmo.
También figuraba dentro del campo idealista el escritor romano Marco Terencio Varrón (116-27 a. n. e.). Se ocupó de los problemas de la matemática y la agricultura, de la historia y la jurisprudencia, de la literatura y la lingüística. Trató de fundamentar la ética y la definió como la ciencia del sumo bien y de la conducta humana. En su obra fundamental, Antigüedades, sustentaba la doctrina idealista platónica de un mundo ultraterreno y concebía a Dios como espíritu universal.
En conjunto, la ideas de Varrón se caracterizaban por su burdo eclecticismo.
Una tendencia bastante influyente, dentro de la filosofía idealista de la aristocracia romana, fue el idealismo estoico. En esta filosofía desempeñó un papel importante Panecio de Rodas (alrededor de 185-110 a. n. e.), fundador de la escuela helenística llamada la “Stoa Media” y maestro de los estoicos romanos.
Mucio Escévola, discípulo y continuador de Panecio, escribió que las creencias religiosas pueden considerarse desde dos puntos de vista: con relación a su verdad y a su utilidad. Decía también que las teorías filosóficas deben permanecer ocultas para el pueblo; a éste hay que inculcarle creencias religiosas, ya que es conveniente permanezca en el error. Escévola distingue tres doctrinas distintas acerca de los dioses: la de los poetas, la de los filósofos y la de la religión oficial. Las doctrinas de los poetas, empezando por Homero, son absurdas y nocivas para la moral pública, ya que atribuyen a los dioses actos inmorales; deben ser desechadas, pues carecen de todo valor tanto desde el punto de vista de la verdad' como de la utilidad. Las teorías filosóficas (físicas) sobre los dioses son valiosas desde el ángulo de la verdad, pero resultan innecesarias e incluso nocivas para el pueblo; por esta razón, no deben ser de su dominio. En cuanto a la doctrina de la religión estatal, base del culto, debe ser aceptada por todos. Escévola exige que se observe escrupulosamente el culto de la religión oficial y él mismo desempeñó el cargo de sacerdote, que era hereditario en su familia, aunque en su teoría filosófica sostenía que los dioses no son sino grandes hombres de otros tiempos y que la divinización de los héroes constituye el fundamento de la religión.
En los tiempos del Imperio Romano, en las condiciones de decadencia y crisis del modo esclavista de producción y de agudización de la lucha de clases entre los esclavos y los esclavistas, la filosofía de la clase dominante se convirtió definitivamente en una concepción del mundo reaccionaria, místico-idealista. La convicción de que los hombres estaban en una situación sin salida, la resignación ante el despotismo y la arbitrariedad y, al mismo tiempo, la democratización de la clase dominante; tales eran los rasgos principales de la vida espiritual de la clase esclavista de Roma en aquella época.
La insatisfacción que producía la situación existente a una parte de la sociedad se traducía en la idealización de los tiempos lejanos. Así Ovidio y Virgilio cantaban la “vida paradisíaca” de una remota “edad de oro”.
Con el siglo III a. n. e. se abre la época de la crisis y decadencia de [138] la sociedad esclavista romana. Cada vez se ahonda más y más el proceso de descomposición económica, política, intelectual y moral de la sociedad esclavista. La clase dominante de la antigua Roma crea entonces su último sistema filosófico: el neoplatonismo.
En esa misma época, el estoicismo romano se acerca cada vez más al platonismo hasta que degenera definitivamente en una doctrina reaccionaria, idealista-religiosa.
Lucio Anneo Séneca, fundador del estoicismo romano, de la “Nueva Stoa”, nació entre los años 6 y 3 a. n. e. y murió el año 65 de la era actual. Hijo de un retórico, que pertenecía al orden de los caballeros, fue preceptor de Nerón, heredero del trono. Durante los primeros años del reinado de Nerón, Séneca ocupó una elevada posición; disfrutaba de una inmensa influencia en la corte y llegó a ser uno de los hombres más ricos de Roma. “Este estoico que predicaba la virtud y la indiferencia fue el primer intrigante en la corte de Nerón, lo cual no dejaba de hacerse sin servilismo; logró además que Nerón le regalase dinero, haciendas, huertos, palacios, y aunque predicaba la pobreza evangélica de Lázaro, él mismo era, en verdad, como el rico de esa parábola.”109
En la doctrina de Séneca se conjugaban el fatalismo y el misticismo, característicos de su concepción del mundo, con el panteísmo estoico y la teoría platónica de la inmortalidad del alma.
Para Séneca, la ética es la parte fundamental de la filosofía. Sus concepciones morales tienen un carácter idealista subjetivo. Según él, la felicidad se halla en el interior de nosotros mismos y es independiente del mundo exterior. En la naturaleza impera el destino, el hado; la marcha de los acontecimientos en el mundo no puede modificarse en nada. El destino conduce al que lo desea; al que no, lo arrastra (volentem fata ducunt, nolentem trahunt). La virtud del hombre consiste en aceptar el destino y someterse a él. No está en nuestras manos poder cambiar las cosas en el mundo exterior, en la vida política y social.
Séneca trataba de encubrir los intereses de los explotadores, predicando la compasión y el amor al prójimo: todos los hombres son hermanos, pues todos tienen una misma naturaleza racional. El cuerpo del esclavo pertenece al señor; pero su espíritu es señor de sí mismo. Así, pues, la ética de Séneca servía para justificar moralmente la explotación esclavista; con ella, se pretendía esfumar la intensidad de la lucha de clases entre los esclavos y los esclavistas y convertir la moral idealista religiosa en una especie de opio para las clases explotadas de la sociedad.
En la doctrina estoica del liberto Epicteto (nace hacia el año 50 de nuestra era y muere alrededor del año 138) se expresaba cierta protesta de las masas oprimidas contra el régimen social esclavista.
Como Sócrates, redujo su obra a la enseñanza verbal y no dejó nada escrito. Un discípulo suyo, Flavio Arriano, recogió sus lecciones en los libros Disertaciones de Epicteto, Pláticas amistosas de Epicteto y Pequeña guía.
De acuerdo con la doctrina de Epicteto, la virtud es el bien supremo para el hombre y sólo en ella radica la felicidad. Tesis fundamental de [139] su ética es la que afirma que los bienes o males externos no pueden aumentar o disminuir en absoluto la felicidad.
Al predicar el fatalismo, afirmando que en nada puede alterarse la marcha de las cosas, lipicteto invitaba a soportar mansamente todas las penalidades de la vida y a aceptar con resignación la explotación, la falta de derechos del esclavo y la opresión social y política. La esencia de la ética de Epicteto se resume en esta sentencia: “¡Sufre y abstente!”. Condenaba la explotación desde un punto de vista moral y trataba de llamar a “la conciencia” de los esclavistas. “Recuerda –decía refiriéndose a ellos– que a ti, hombre ocioso, te sirven los que trabajan; a ti, que comes, te sirven los que no comen; a ti, que hablas, los que callan, y a ti, que estás libre de cuidados, los que están atados por sus quehaceres.”
Oponiéndose a Platón y Aristóteles, decía Epicteto que todo trabajo merece respeto. Consideraba asimismo que cada hombre estaba obligado a tomar parte en la vida social y a buscar, en todos sus actos, no el bien personal, sino el colectivo. Según su doctrina, la esencia del hombre es la razón; todo su Yo está en la razón, en el espíritu.
A la par que negaba la inmortalidad del alma, Epicteto afirmaba que el hombre puede alcanzar en su vida terrena la perfección absoluta y la felicidad.
La existencia del filósofo aquí en la tierra no sólo es fácil, sino bella. Transigiendo con el régimen esclavista, Epicteto sostenía que el destino ha predeterminado el papel que debe desempeñar cada uno en la vida: a unos les ha tocado ser esclavos, y a otros, señores. Estas exhortaciones a la resignación y a la pasividad revestían un carácter reaccionario y servían objetivamente los intereses de la clase esclavista.
Entre los partidarios del estoicismo romano figuraba también el emperador Marco Aurelio Antonino (121-180). En sus Soliloquios, obra impregnada de pesimismo, se reflejaba el proceso de descomposición de la sociedad esclavista. Marco Aurelio recomendaba una absoluta indiferencia hacia todo lo que acontece en el mundo. De acuerdo con su doctrina, el destino que le ha tocado a cada uno es el que corresponde a su naturaleza y el que más le conviene; de ahí que sea insensato tratar de modificar nuestra situación social. En su filosofía, Marco Aurelio propugna que el hombre renuncie al mundo exterior y dirija su mirada al mundo subjetivo de las experiencias internas individuales. Al considerar que el régimen esclavista era eterno e inmutable, Marco Aurelio no veía ninguna salida al estado de decadencia de la sociedad de su tiempo, predicando por ello el misticismo y la autocontemplación.
Al justificar desde un punto de vista moral el dominio de clase de los esclavistas, los estoicos trataban de atenuar la violencia de la lucha de clases, difundiendo la idea reaccionaria de la “amistad” de los hombres, independientemente de su posición social. Por tanto, la filosofía estoica trataba de perpetuar el régimen de la esclavitud y defendía los intereses de la clase dominante; ello explica el éxito que tuvo entre los esclavistas romanos.
Además de la filosofía estoica, entre las nobleza esclavista romana se hallaba ampliamente difundido el escepticismo.
La escuela escéptica, en la que figuraban Enesidemo, Agripa, Sexto Empírico y otros, se distinguía por su indiferencia hacia los problemas sociales y políticos. Oponiéndose a las llamadas escuelas “dogmáticas” [140] (epicúrea, estoica, académica y peripatética), los escépticos afirmaban que la verdad es incognoscible. De acuerdo con su doctrina agnóstica, ni la percepción sensible ni el pensamiento proporcionan un conocimiento de la verdad. De aquí deducían la necesidad de suspender todo juicio, tanto sobre la esencia de las cosas como sobre el valor de ellas. La suspensión del juicio conduce, conforme a su doctrina, a la ataraxia que tan vanamente buscaban los epicúreos y los estoicos. El agnosticismo de los escépticos romanos, su renuncia a enjuiciar los fenómenos de este mundo, ponía de relieve con fuerza especial el carácter regresivo de la ideología de las clases dominantes en la época de la decadencia del régimen esclavista. El escéptico Enesidemo escribió dos obras, Discursos pirrónicos y Esbozos pirronianos; también dejó diez “tropos” o modos de refutar. Enesidemo intentó especialmente quebrantar las doctrinas materialistas antiguas acerca de la causalidad en la naturaleza. Afirmaba asimismo que la percepción sensible depende de diversas condiciones y que, por ello, hay que admitir la absoluta relatividad de los datos de los órganos de los sentidos. Y, tratando de fundamentar esta afirmación, se remitía a la diversidad de opiniones, costumbres y leyes.
Posteriormente, los escépticos romanos redujeron sus “demostraciones” de la incognoscibilidad del mundo a dos “tropos” que decían así: a) ni la percepción ni el pensamiento proporcionan un conocimiento cierto; por esto, no puede haber verdades evidentes por sí mismas; b) si no hay verdades evidentes por sí mismas, pierde también toda su validez el conocimiento obtenido por medio de razonamientos.
Destacado representante del escepticismo romano fue Sexto Empírico (siglo II de nuestra era), autor de las obras tituladas Elementos pirronianos y Contra los matemáticos. Afirmaba que el escéptico absoluto no pronuncia ningún juicio que tenga pretensiones de verdad, aspirando solamente a poner en guardia a los hombres contra el pernicioso “dogmatismo”, que los conduce a la confusión y a actos erróneos. Afirmaba asimismo que el escéptico debe satisfacer, naturalmente, sus propias necesidades, acatar las costumbres y leyes de su país, llegando incluso a observar los ritos religiosos. Pero no puede obrar así por convicción, ya que no tiene convicción alguna. A juicio de Sexto Empírico, las convicciones humanas, sobre todo los ideales morales, representan un obstáculo en el camino de la felicidad del hombre, ya que provocan vehementes deseos e intensas pasiones. Ahora bien, la felicidad radica en la tranquilidad de ánimo y en la moderación de los afectos; por esta razón, Sexto Empírico se pronunciaba resueltamente contra todo género de principios morales, por considerarlos no sólo superfluos, sino dañinos.
El escepticismo neopirrónico, que se manifestaba claramente en Sexto Empírico, traducía la vacuidad ideológica y la descomposición moral de la clase esclavista romana, su decadencia y falta de horizontes, su ausencia de interés por la actividad política y social.
Al combatir el materialismo, los escépticos servían objetivamente a la religión, puesto que su desconfianza en el poder de la razón despejaba el camino a la fe. El escepticismo, hostil al conocimiento científico, contribuyó a la propagación de las doctrinas místico-religiosas que llegaron a prevalecer en el Imperio Romano durante los últimos siglos de su existencia.
La agonía: de la antigua sociedad esclavista se expresaba en las doctrinas [141] místico-religiosas, en la filosofía judeo-alejandrina y en el neoplatonismo.
Los brotes del neopitagorismo romano se remontan al siglo 1 a. n. e., época en que, como resultado de las sublevaciones de los esclavos, de la guerra civil y de las calamidades naturales (inundaciones, malas cosechas, &c.) que se abatieron sobre la República Romana, comenzaron a difundirse entre los esclavistas actitudes místico-religiosas y a propagarse 1ntensamente los cultos místicos orientales, así como delirantes ideas acerca de un próximo fin del mundo. Entre los primeros neopitagóricos figuraba en Roma Nigidio Figulo, amigo de Cicerón. Pero el más conocido representante del pitagorismo es Apolonio de Tiana (siglo 1 de nuestra era).
Otra de las corrientes religiosas y místicas, aparecidas en el Estado romano, fue la filosofía judeo-alejandrina, cuyo exponente principal fue Filón (nacido hacia el año 25 a. n. e. y muerto alrededor del año 40 de la era actual).
Filón influyó considerablemente en la teología cristiana. Pugnaba por fundir la teología con las doctrinas idealistas de Platón y de la Stoa, recurriendo para ello al método de la interpretación alegórica, distinguiendo en los dogmas religiosos un sentido literal (corpóreo) y otro simbólico (espiritual). Elevando infinitamente a Dios sobre el mundo, Filón sostenía que Dios actuaba sobre éste por medio de unas esencias o ideas en el sentido platónico que él identificaba con los ángeles de la religión judaica. Conforme a su doctrina, las ideas residen en el Logos o razón divina que colma el abismo que media entre Dios y el mundo, como eslabón intermedio entre ambos. Para Filón, el fin supremo de la vida consiste en el éxtasis místico, que asemeja el hombre a Dios.
El fundador de la doctrina mística del neoplatonismo (escuela alejandrino-romana) fue Plotino (204-270), que expone en las Enéadas sus ideas filosóficas. De acuerdo con su doctrina, el fundamento último de todo lo existente es Dios, primera esencia inasequible e inefable que trasciende al ser y al pensamiento y que se halla por encima de todos los opuestos y de todas las determinaciones. En virtud de su superabundancia, este “supraser” engendra de su propio seno todo lo existente por un proceso de irradiación o emanación. Las emanaciones de Dios representan distintas fases de un proceso en el que la perfección va degradándose. Lo primero que nace de Dios es el Intelecto Universal, que contiene el mundo inteligible de las ideas; el segundo grado del proceso de emanación es el Alma del Mundo, de la que son partes las almas singulares; finalmente, por una tercera emanación se crea el mundo sensible de los fenómenos. El fin último de la vida humana consiste en el retorno a Dios, en la liberación del alma respecto del cuerpo, en la semejanza con Dios y en la unidad con él en el éxtasis. La actividad político-social la situaba Plotino por debajo de la contemplativa, y si bien es cierto que soñaba con el Estado “ideal” platónico, sólo pretendía con ello que los “elegidos” pudieran consagrarse plenamente a la contemplación de Dios.
Los más destacados representantes de la escuela de Plotino fueron «sus discípulos Porfirio (nacido hacia el año 232 ó 233 y muerto a principios del siglo IV), Jámblico (siglo 14) y Proclo (siglo V).
El neoplatonismo era una de las formas más reaccionarias de la concepción del mundo de la nobleza esclavista, formas nacidas de la decadencia y descomposición del régimen de la esclavitud, cuando se apagaba la luz de la razón y la ciencia, y la filosofía idealista se hundía en las tinieblas del misticismo, fundida” por completo con la religión. Su profundo pesimismo y desconsuelo ante la vida terrena; la concepción de la naturaleza humana como naturaleza corrompida, pecadora y débil, la desconfianza en la razón libre y autónoma del hombre y la ciega aceptación de la revelación; tales eran los rasgos esenciales del neoplatonismo.
El último representante de la filosofía romana fue el idealista ecléctico Anicio Boecio (180-524). Vertió del griego al latín algunas obras de Aristóteles, Euclides, Arquímedes, Ptolomeo, &c., y escribió varios tratados sobre lógica, aritmética y teoría de la música, así como un libro de ética titulado La consolación de la filosofía. Boecio adoptó la filosofía de Platón, pero dándole un matiz neoplatónico; en su ética siguió en parte a los estoicos.
El cierre de la última escuela filosófica por el emperador Justiniano en Atenas el año 529 puede considerarse formalmente como el fin de la filosofía antigua.
En los primeros siglos de nuestra era surgió y se desarrolló en la sociedad esclavista el cristianismo primitivo. Originariamente, expresaba la protesta pasiva y espontánea de las masas oprimidas formadas por los pobres de las ciudades, los campesinos y los esclavos, cuya situación se había hecho terriblemente dura, contra la opresión esclavista social y nacional bajo el Imperio Romano. Sobre la base de este descontento de las capas inferiores de la sociedad esclavista, y en una época en que era patente la debilidad y desorganización de las masas oprimidas provocadas por la derrota de las sublevaciones de los esclavos, surgió la idea de la impotencia de la naturaleza humana y de su carácter pecador; asimismo, nacieron las esperanzas en una ayuda sobrenatural y en el próximo advenimiento de un salvador o mesías que habría de castigar a los opresores, aniquilar el mal en el mundo e instaurar el reino del bien, de la felicidad y la justicia.
Los primeros cristianos hablaban frecuentemente no del perdón universal, sino de un próximo juicio final que descargaría todo el peso de la justicia sobre sus enemigos. Creían en una pronta y milagrosa transformación de la vida terrena, condenaban la riqueza y ensalzaban la pobreza. Las ideas de los cristianos primitivos se caracterizaban por su igualitarismo.
Sin embargo, pese a su hostilidad al paganismo y, sobre todo, a la filosofía antigua, el cristianismo estaba impregnado de elementos de las antiguas religiones orientales y de la filosofía idealista de la Antigüedad. “La nueva religión universal, el cristianismo –escribía Engels–, había ido naciendo calladamente, mientras tanto, de una mezcla de teología oriental universalizada, sobre todo de la judía, y de la filosofía griega vulgarizada, principalmente de la estoica.”110
Al hablar del cristianismo primitivo, Engels subrayaba que éste “se hallaba tan lejos de la posterior religión universal fijada en los dogmas [143] de Concilio de Nicea como el cielo de la tierra; en este Concilia, era completamente desconocida.”111
En la segunda mitad del siglo II, las capas medias de la sociedad, formadas por los comerciantes, artesanos ricos y agricultores, comenzaron a ocupar una posición preeminente en las comunidades cristianas. La organización de éstas empezó a cambiar; fue cobrando forma y se estableció una jerarquía eclesiástica, encabezada por los obispos. Desaparecieron las tendencias igualitarias y, con el fin de esfumar las contradicciones de clase, se instituyó la caridad. La Iglesia predicaba la humildad, la resignación, la obediencia sumisa a los señores, la lealtad al poder estatal y la no resistencia al mal.
La desvalorización de la vida terrena, de sus bienes e intereses, se convirtió en uno de los móviles principales del cristianismo. En ellos se manifestaba el empeño de las altas jerarquías eclesiásticas de apartar la atención de las masas trabajadoras de los intereses sociales, de la lucha efectiva contra sus opresores.
Durante este período, se inició la creación de un sistema dogmático general y único. La ideología cristiana se desarrolló en un proceso de lucha contra las herejías que reflejaban los intereses de clase y las ideas de los cristianos de las capas sociales más bajas –los esclavos, colonos e indigentes urbanos– y se desarrolló asimismo en lucha con las corrientes paganas y materialistas de la filosofía grecoromana.
La descomposición y la crisis del régimen de la esclavitud condujo en el siglo V al hundimiento del Imperio Romano. La institución del colonato (sistema de arrendamiento de parcelas de tierra), que se había gestado en las entrañas de la sociedad esclavista, constituía ya en germen las relaciones feudales de producción. Como resultado de las contradicciones de clase cada vez más agudas, se hundió el podrido régimen esclavista, dejando paso a un nuevo régimen, al feudalismo.
El cristianismo primitivo fue una de las fuentes espirituales de la ideología religiosa del feudalismo, que era, a su vez, parte integrante de la supraestructura feudal. Mientras que la ideología esclavista había sancionado las viejas formas de explotación, el cristianismo medieval empezaba a justificar y sancionar otras nuevas, las formas feudales.
A fines del siglo II de nuestra era, sale en defensa de la “línea de Demócrito” contra las doctrinas idealistas reaccionarias de los filósofos-epígonos, contra el politeísmo y el cristianismo, el gran satírico del mundo antiguo Luciano, que se burla implacablemente tanto de las fantasías idealistas como de las supersticiones religiosas.
Luciano de Samosata (nacido hacia el año 120 y muerto después del 180), de origen sirio, fue primero retórico y como tal adquirió nombradía en Asia Menor, Grecia y Roma, consagrándose más tarde al estudio de la filosofía. Tras de sentirse atraído por las ideas de los cínicos, se convirtió en decidido partidario del materialismo de Demócrito y Epicuro. En sus obras satíricas, sometió a una profunda e ingeniosa crítica las doctrinas religiosas difundidas a la sazón en Grecia, Roma y los [144] países de Oriente, entre ellas la antigua religión griega y romana, diversos cultos orientales y el cristianismo.
“Una de nuestras mejores fuentes sobre los cristianos primitivos –escribe Engels– es Luciano de Samosata, este Voltaire de la antigüedad clásica que trata con el mismo escepticismo a todas las formas de superstición religiosa y en el cual no hay, por eso, ningún motivo religioso-pagano o político para ver a los cristianos de modo distinto a cualquier otra organización religiosa. Por el contrario, a causa de sus supersticiones, él se burla de todos: de los que adoran a Júpiter no menos que de los que veneran a Cristo...”112
La sátira lucianesca estaba dirigida también contra la decadente filosofía antigua de su época, contra el platonismo, el idealismo estoico, &c., así como contra el epicureísmo vulgar que había degenerado en el hedonismo o “filosofía del placer”.
“Para apreciar la verdadera significación de las últimas doctrinas filosóficas de la Antigiiedad en la época de la desintegración del mundo antiguo, a Jacques le Bonhomme (Juan Simplón, es decir, Max Stirner.-Red.) le bastaría fijar la atención en la verdadera situación de sus adeptos bajo el dominio universal romano. Entre otras cosas, podría encontrar en Luciano una detallada descripción de cómo el pueblo los consideraba unos bufones públicos, a los que contrataban los capitalistas, procónsules, &c., de Roma como bufones cortesanos, para que éstos, al disputar en la mesa con los esclavos por unos huesos o por un pedazo de pan y después de recibir un vinillo agrio especial, entretuvieran al alto dignatario y a sus huéspedes con divertidas palabras como «ataraxia», «afasia», «hedoné» y otras.”113
Siendo como era ateo y materialista, Luciano rechazaba por completo y sometía a su burla satírica la fe en la inmortalidad del alma, en los espíritus y apariciones, en las profecías y exorcismos, en la magia y en otros desvarío que difundían en aquel tiempo los filósofos idealistas.
A la vez que llamaba “amigos de la mentira” a los platónicos, estoicos, peripatéticos y a otros idealistas de su época, Luciano hablaba de Demócrito como de un pensador cuyas ideas compartía y apoyaba. “Juro por Zeus que por hombre muy notable –escribía Luciano– ... tengo yo al famoso Demócrito de Abdera; estaba él tan convencido de la imposibilidad de fenómenos semejantes que se encerró en un monumento sepulcral a extramuros de la ciudad, escribiendo allí noche y día sus obras. Y cuando algunos jóvenes quisieron intimidarle con sus bromas, disfrazándose de difuntos, vestidos de negro y cubiertos con máscaras, que figuraban calaveras, y le rodearon y empezaron a danzar, mientras una compacta multitud saltaba en torno suyo, no sólo no se asustó con aquellas demostraciones, sino que ni siquiera les dirigió la mirada y continuó escribiendo, mientras les decía: «¡No hagan más tonterías!» Tan firmemente estaba convencido de que el alma fuera del cuerpo no es nada.”114 [145]
Luciano apreciaba especialmente la doctrina materialista y atea de Epicuro, al que consideraba el más grande de los pensadores.
Según Luciano, entre los partidarios de la religión y los discípulos de Epicuro,se sostenía una aguda lucha, en la que él mismo participaba activamente, defendiendo al epicureísmo. En su obra Alejandro o El falso profeta, Luciano relata su choque con el “taumaturgo” Alejandro y dice que éste libraba una “batalla irreconciliable y encarnizada” contra Epicuro.
Para Luciano, la obra filosófica más importante era los Principios fundamentales de Epicuro y nos cuenta que el embaucador y falso profeta Alejandro la había quemado: “... Después de tomar en sus manos los Principios fundamentales, libro que, como tú sabes, es el más bello de todos y en el cual estaban las sentencias de la sabia doctrina de este varón, lo quemó en la plaza con el fuego formado con una higuera, como si estuviera quemando a la filosofía misma.”115
La lucha entre el materialismo y el idealismo, entre la ciencia y la religión, librada a lo largo de toda la historia de la sociedad esclavista, continuó también con no menos intensidad en la época de decadencia y descomposición de la antigua Roma.
*
Al igual que la historia de la filosofía del antiguo Oriente, la historia de la filosofía de Grecia y Roma demuestra que en la época de la esclavitud surgió y se desarrolló la primera forma del materialismo, el materialismo antiguo.
La historia de la filosofía de los países del mundo antiguo demuestra, a su vez, que la lucha entre el materialismo y el idealismo, sostenida durante ese período, era también una lucha entre la ciencia y la religión. Los antiguos materialistas de China, India, Grecia y Roma oponían sus ideas ateas a las creencias religiosas de su época y rechazaban las fantásticas concepciones religiosas del mundo antiguo.
Pese a sus rasgos peculiares, las teorías filosóficas de los antiguos materialistas chinos, indios, griegos y romanos tenían algunos rasgos comunes.
En primer lugar, el materialismo de los pueblos antiguos se caracterizaba por ser, en sus rasgos generales, la concepción del mundo de los grupos esclavistas más avanzados, que defendían las formas democráticas del Estado esclavista, contribuían al desenvolvimiento progresivo ,de la producción, de la cultura y la ciencia en la sociedad esclavista que había desplazado al régimen de la comunidad primitiva y que, por último, combatían el estancamiento y el oscurantismo.
En segundo lugar, este materialismo era aún, en gran parte, un materialismo ingenuo. Los materialistas de los pueblos antiguos admitían la existencia objetiva y la materialidad del mundo, pero, como no podían basarse todavía en una investigación experimental de la naturaleza, en conocimientos científico-naturales sistemáticos, estudiaban la naturaleza tal como aparecía a la observación directa e inmediata. Para ellos, el [146] fundamento de la unidad material de los fenómenos naturales estaba en el agua o en el aire, en el fuego o en otros “principios” materiales. Sin embargo, no se detuvieron en estas representaciones sensibles del fundamento material de los fenómenos de la naturaleza, sino que trataron de forjar una representación más abstracta de la materia (concepto de átomo y de otras partículas materiales), aunque tampoco en este caso podían basarse sus representaciones en un análisis científico de los fenómenos naturales, en el experimento.
En tercer lugar, partiendo del reconocimiento de la unidad material de los fenómenos naturales, los materialistas antiguos formularon algunas ideas fecundas sobre la cognoscibilidad de la naturaleza y, oponiéndose a los idealistas, sostuvieron la posibilidad de conocer la verdad objetiva, atribuyeron una importancia primordial a las sensaciones en el proceso cognoscitivo, señalaron el papel de la razón en este proceso y, por último, se plantearon el problema de la correlación y de los nexos entre los factores sensible y racional del conocimiento. Los materialistas del mundo antiguo consideraban que el objeto del conocimiento no es el reino de las ideas, sino el mundo material, la naturaleza, y que las sensaciones, siendo como son la impresión que las cosas materiales dejan en la conciencia humana, constituyen, a su vez, el fundamento de la actividad de la “razón” del pensamiento teórico).
En cuarto lugar, las concepciones filosóficas de los antiguos materialistas chinos, indios, griegos y romanos tenían de común el que estas concepciones se entrelazaran íntimamente con las ideas científico-naturales y políticas, formando con todas ellas una ciencia única e indivisa.
Los materialistas antiguos llegaron a formular la idea de la indestructibilidad de la materia, de la eternidad e infinitud del universo y de un número infinito de mundos que nacen, se desarrollan y perecen.
Los filósofos del mundo antiguo eran, a la vez, investigadores de la naturaleza. Esta particularidad del desenvolvimiento de la filosofía y de las ciencias naturales determinó la forma adoptada por el materialismo antiguo, así como el modo mismo de explicar los fenómenos naturales.
El determinismo de los antiguos filósofos materialistas orientales, griegos y romanos era parte indisoluble de su concepción materialista del universo y contribuyó al progreso de la ciencia aún no diversificada en aquellos tiempos. Las primeras ideas científicas sobre las relaciones naturales, objetivas, causales, al profundizar el conocimiento que tenían los hombres de los fenómenos naturales, constituyeron una de las más grandes adquisiciones del materialismo antiguo en su lucha contra la religión y el idealismo.
Y, en quinto lugar, las diversas tendencias del materialismo ingenuo de los antiguos se caracterizaban, en general, por su modo dialéctico espontáneo de abordar la realidad.
La primitiva idea materialista que concebía el mundo como la corriente de un río sirvió de base a la dialéctica espontánea de los antiguos materialistas. Los numerosos intentos encaminados a abordar dialécticamente los fenómenos naturales, aunque no eran más que intentos, constituyen uno de los méritos más elevados del materialismo antiguo. Los materialistas de los pueblos antiguos no llegaron a descubrir las leyes del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del conocimiento; sin embargo, [147] ya en ellos se dieron fecundos atisbos del movimiento y desarrollo del mundo y de sus fenómenos, de su conexión universal y de la lucha y unidad de contrarios.
Tales son los rasgos generales, propios de las numerosas y variadas doctrinas materialistas de los pensadores de la época de la esclavitud; tales son también los rasgos esenciales de la primera forma de materialismo.
Tales son los rasgos generales, propios de las numerosas y variadas doctrinas materialistas de los pensadores de la época de la esclavitud; tales son también los rasgos esenciales de la primera forma de materialismo.
A los nombres de los filósofos materialistas van asociadas las más importantes conquistas de las ciencias naturales del mundo antiguo, ciencias que formaban con la filosofía materialista un todo único e indiviso. En cambio, la filosofía idealista frenaba el progreso del conocimiento científico de la naturaleza al fortalecer las fantasías religiosas.
Así, pues, ya en el mundo antiguo la lucha entre el materialismo y el idealismo era la ley fundamental del desarrollo filosófico. A este propósito, escribe Lenin: “¿Puede envejecer en dos mil años de desarrollo de la filosofía la lucha entre el idealismo y el materialismo? ¿La lucha de las tendencias o líneas de Platón y Demócrito en filosofía? ¿La lucha de la religión y la ciencia? ¿La lucha entre la negación y la admisión de la verdad objetiva? ¿La lucha entre los partidarios del conocimiento suprasensible y sus adversarios?”116
La lucha entre el materialismo y el idealismo en la filosofía del mundo antiguo expresaba, en última instancia, la lucha ideológica que libraba la democracia esclavista –progresiva en aquellas circunstancias históricas– contra la reaccionaria aristocracia esclavista.
{102} Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas, pág. 35 (II, 70-79) trad. esp. de José Marchena, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1946.
{103} Ibídem, pág. 47 (I, 558-560).
{104} Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, ed. cit., pág. 78 (II, 273-285).
{105} Ibídem, pág. 210 (V, 282-283).
{106} Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, ed. cit., pág. 163 (IV, 301-319).
{107} Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, ed. cit., pág. 173 (IV, 725-728).
{108} C. Marx, Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. C. Marx y F. Engels, Primeros escritos, trad. rusa, pág. 41.
{109} F. Engels, Bruno Bauer y el cristianismo primitivo, C. Marx y F. Engels, Obras completas, trad. rusa, 1935, t. XV, pág. 607.
{110} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 371. Mos:cú, 1955.
{111} F. Engels, Sobre la historia del cristianismo primitivo. C. Marx y F. Engels, , ed. rusa, t. XVI, 2ª parte, 1936, pág. 419.
{112} F. Engels, Sobre la historia del cristianismo primitivo. (Obras completas, trad. rusa, t. XVI, 2ª parte, pág. 411.)
{113} C. Marx y F. Engels, La ideología alemana. (Obras completas, trad. rusa, t. III, pág. 128.)
{114} Luciano, Obras ateas escogidas, trad. rusa, pág. 208. Moscú, 1955.
{115} Luciano, Obras ateas escogidas, pág. 266.
{116} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. española, págs. 138-139. Moscú, 1948.