Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo VII: 1

1. Las doctrinas sociológicas en los Estados Unidos. Propagación de las ideas del socialismo utópico.

En los años 30-50 del siglo XIX aparecen en los Estados Unidos algunos sociólogos burgueses que tratan de “demostrar” el carácter eterno y natural de las relaciones capitalistas y de justificar la explotación que éstas llevan aparejada.

El principal representante de esta tendencia es el economista y sociólogo Henry Charles Carey (1793-1879). Como portavoz que era de la economía política vulgar, Carey afirmaba que el salario satisfecho a los obreros coincide por completo con los valores por ellos producidos, razón por la cual no podía hablarse de que los capitalistas explotan al obrero.

Sostenía Carey que la ganancia de los capitalistas deriva del propio capital, y apoyándose en este criterio combatió la economía política burguesa clásica, singularmente a Ricardo.

Al referirse en su libro Pasado, presente, futuro (1848) a la renta del suelo, Carey se esfuerza por justificar a la clase de los grandes terratenientes y afirma que la existencia de una renta de la tierra capitalista es tan necesaria y natural como la de la ganancia capitalista.

Esa teoría económica le sirve a Carey para sentar las bases de sus reaccionarias concepciones en sociología. Movido por el deseo de fundamentar la armonía de los intereses de clase opuestos, afirmaba que los obreros no pueden vivir sin capitalistas, de la misma manera que los capitalistas no pueden vivir sin obreros. Unos y otros, agregaba, necesitan de la existencia de grandes propietarios agrícolas.

En su crítica de la reaccionaria esencia de clase de las concepciones sociológicas de Carey, Marx indica que en ellas se refleja, hasta cierto punto, la falta de madurez política de las relaciones sociales imperantes entonces en Norteamérica, atrasada en este sentido en relación con los países europeos. “Carey –dice Marx– quiere mostrar que las condiciones económicas –la renta (propiedad agraria), la ganancia (capital) y el salario (trabajo asalariado)– son condiciones de asociación y armonía, y no de lucha y antagonismo. En realidad, lo único que demuestra es que para él las relaciones sociales «carentes de madurez» de los Estados Unidos son «relaciones sociales normales».”6

Carey se llamaba a sí mimo a veces “defensor” de los oprimidos. Exaltaba el sistema pequeñoburgués de Suiza y hablaba del daño social que [443] acarrea la gran industria. De hecho, el fin que la sociología de Carey se marcaba era la apología del régimen burgués, pues su aspiración era alcanzar la “armonía” del capital y el trabajo y únicamente protestaba de la “injusta” actitud de unos capitalistas hacia otros.

Refiriéndose a las alabanzas que el periódico norteamericano Tribune prodigaba a Carey, Marx escribe: “Ambos tienen de común que, so capa de un antiindustrialismo sismondista-filantrópico-socialista, defienden los intereses de la burguesía proteccionista o industrial de Norteamérica. Ahí reside todo el secreto, de ahí que Tribune, a pesar de todos sus «ismos» y de su cháchara socialista, pueda ser un «periódico influyente» en los Estados Unidos.”7

La idea de la armonía de clase es también defendida en los Estados Unidos por Hermann Kriege (1820-1850), representante del “socialismo verdadero” alemán y director del periódico Wolkstribune, que se publicaba en Nueva York. Según Kriege, la historia de la sociedad humana viene determinada por la unidad moral de los seres que la componen, por lo que los intereses del proletariado y de la burguesía son unos y los mismos. Kriege aseguraba a sus lectores que la lucha revolucionaria no traería al proletariado la emancipación del yugo de los explotadores.

La sociología de Kriege, por tanto, era como un complemento de la de Carey. El primero apela a la ética y el segundo a la economía, pero ambos eran por igual adversarios del movimiento revolucionario del proletariado norteamericano; ambos partían de los supuestos principios del “bien común”, sin aceptar el hecho de que los hombres viven en una sociedad escindida en clases opuestas y antagónicas.

Contra la sociología de Carey y sus adeptos se levanta Guillermo Sylvi (1828-1869), hombre de mente clara que expuso principalmente sus idea: a través de discursos y cartas. Sylvis demuestra sin lugar a dudas que la “armonía de intereses de clase” predicada por los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses redundaba en beneficio de los capitalistas y se contradecía con lo que la historia realmente enseña. Comenzaba a comprender que los trabajadores son una poderosa fuerza y afirmaba justamente que tienen un interés vital en la ampliación de la democracia y en la restricción del tiránico poder del gran capital. No obstante, Sylvis no alcanzó a ver la vía revolucionaria que pudiera prevalecer sobre el capitalismo.

Las ideas del socialismo utópico adquirieron bastante difusión en los Estados Unidos. “Los adeptos de Owen, Fourier y Saint-Simon –indica G. Z. Foster– crearon en los Estados Unidos un gran número de comunas cooperativas, como la «Nueva Armonía», la «Brook-farm», la «Icaria» y otras muchas. Pero este movimiento, de carácter pequeñoburgués por su esencia, no encontró gran apoyo entre los obreros.”8

En 1824, por iniciativa personal de Owen, que se había trasladado con este objeto a América, se organizó una “cooperativa socialista”, que subsistió varios años. Sus estatutos contenían varios puntos contrarios al capitalismo que ejercieron cierta influencia sobre el pensamiento social progresivo de los Estados Unidos. Hacíase ver en ellos la primacía de la propiedad social sobre la individual y se afirmaba que sólo dentro de una [444] sociedad socialista se podía poner fin a la desigualdad social y alcanzar relaciones de camaradería entre los hombres.

Entre los propagandistas del fourierismo en los Estados Unidos sobresale Park Godwin (1816-1904), que en 1844 publicó una Exposición popular de la doctrina de Fourier.

En el plano teórico, el primer puesto en la divulgación de las ideas utópicas corresponde a Alberto Brisbane (1809-1890). Partidario hasta 1830 del sansimonismo, más tarde se afilió a las ideas de Fourier. En 1840 publicó El destino social del hombre, libro en el que en forma amena expone las ideas de su maestro sobre la sociedad y afirma que bajo el capitalismo los hombres no pueden ver satisfechas sus pasiones y deseos. Es necesario, decía Brisbane, reemplazar el capitalismo por el socialismo. El camino para conseguirlo era, según él, la creación de una “falange” modelo en la que cada uno de sus miembros tuviese derecho al trabajo y a todas las alegrías de la vida. Al igual que otros fourieristas, limitábase estrictamente a una labor de propaganda, con la esperanza de convencer a las altas esferas de los medios gobernantes de la conveniencia de sustituir el capitalismo por el socialismo.

En 1843 fundó Brisbane la revista mensual Falange, reemplazada dos años más tarde por el semanario El Precursor como órgano de los fourieristas norteamericanos. En este último aparecieron numerosos artículos sobre sociología y temas político-sociales debidos a la pluma de Brisbane y sus adeptos.

Pero la moda del fourierismo se extinguió pronto en los Estados Unidos. En los años 50-60 las organizaciones fourieristas habían desaparecido casi por completo.

Las cooperativas fundadas por los socialistas utópicos en los Estados Unidos habían de fracasar forzosamente dentro de un régimen capitalista. Lo mismo puede decirse de las teorías que las sustentaban. Con todo y con ello, los socialistas utópicos cumplieron en Norteamérica cierto papel progresivo. Su crítica de los sociólogos burgueses reaccionarios y del capitalismo preparaba el terreno para la propagación en el país de las ideas marxistas.

La pugna ideológica cobró gran virulencia en torno al problema de la esclavitud. Los abolicionistas norteamericanos son los primeros en alentar la lucha que alcanza sus momentos más intensos en el período de 1861 a 1865. El periódico Liberator, que se publicó durante 35 años, era un compendio de artículos en los que se demostraba con toda clase de argumentos el carácter antinatural y amoral del esclavismo. El famoso levantamiento armado contra la esclavitud dirigido por Juan Brown (1859) infundió un vigoroso impulso al abolicionismo en los estados del Norte. Los abolicionistas del segundo tercio del siglo XIX permanecen fieles a las ideas de Franklin, Jefferson y otros prohombres norteamericanos que en su condena de la esclavitud habían demostrado su misma inconsistencia económica. Y si bien no se dedicaban a estudios teóricos especiales y su actividad se centraba casi por completo en la oratoria política y el periodismo, sus discursos y artículos dejaron honda huella en el pensamiento social avanzado del país.

Guillermo Lloyd Harrison (1805-1879), obrero impresor y presidente de la “Sociedad contra la Esclavitud”, señalaba que la política de los círculos [445] dirigentes norteamericanos era adversa a la abolición. La función principal que el Estado se ha asignado, decía, es la defensa de los intereses de los esclavistas. Harrison se burlaba de la “democracia” que aceptaba la esclavitud, y hacía ver al pueblo la necesidad en que estaba de dar la libertad a los negros partiendo de sus propios intereses.

Wendell Phillips (1811-1884), compañero de armas de Harrison, se mostraba escéptico incluso respecto de adversarios de la esclavitud como el Presidente Lincoln; éste, según Phillips, mantenía una política de tolerancia y no adoptaba enérgicas medidas revolucionarias para acabar definitivamente con el sistema esclavista.

En su artículo Las manifestaciones abolicionistas en América, Marx cita unas declaraciones de Wendell Phillips acerca del carácter de clase del gobierno de Estados Unidos: “El gobierno lucha por conservar la esclavitud y por eso su lucha es inútil.”9 Phillips era para Marx una de las cabezas visibles del abolicionismo, que con valor y energía, a riesgo de su vida, defendía la consigna de la emancipación de los esclavos.

Las ideas de los abolicionistas del siglo XIX conservan aun hoy día su valor en los Estados Unidos, donde hasta ahora, en muchos aspectos, los negros siguen careciendo de derechos.




{6} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, pág. 63.

{7} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, pág. 77.

{8} G. Z. Foster, Bosquejo de historia política de América, pág. 465.

{9} Cita tomada del artículo de Marx Las manifestaciones abolicionistas en América. C. Marx y F. Engels, Obras completas, t. XII, parte 1, pág. 373.