Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Conclusión
Conclusión
La historia de la filosofía de fines del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX nos muestra, lo mismo que la del período precedente, que la evolución de las concepciones filosóficas, la sucesión de doctrinas, la pugna de las orientaciones filosóficas fundamentales –el materialismo y el idealismo– y también la pugna de la dialéctica y la metafísica es un fenómeno sujeto a leyes y condicionado en última instancia por el desarrollo y el cambio de la base económica de la sociedad.
En el proceso de desarrollo histórico del pensamiento filosófico, también en el período que nos ocupa, se enfrentan el materialismo y el idealismo, unas formas del materialismo y del idealismo se ven sustituidas por otras al cambiar el contenido de las doctrinas filosóficas, son elaborados los métodos del pensamiento filosófico –la dialéctica y la metafísica, que no Cesan en su pugna– y sigue el avance del conocimiento filosófico, que va superando las contradicciones que surgen en su camino.
En el curso del avance de la sociedad en un clima de lucha de clases y a consecuencia del progreso de las ciencias naturales, el materialismo filosófico se desarrolla y la dialéctica cobra forma en pugna con la metafísica. Como resultado de la agudización de la lucha de clases, el idealismo filosófico experimenta también modificaciones; a pesar de los elementos racionales (como la dialéctica) contenidos en algunas de las doctrinas idealistas, la filosofía idealista entra cada vez más en contradicción con las conquistas de la ciencia y con las necesidades del desenvolvimiento social.
El tiempo que va desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX es un período de grandes avances en el campo de la filosofía; ampliase extraordinariamente el horizonte de las ideas, que ejercen gran influencia sobre el desarrollo del pensamiento social y de las ciencias positivas.
La historia de la filosofía de este tiempo demuestra irrefutablemente que, a todo lo largo de dicho período, en virtud de la sucesiva complejidad de la vida social y de la agudización de la lucha de clases, la filosofía se vincula cada vez más estrechamente a los movimientos sociales y a la lucha política, como expresión de los intereses y de las concepciones de las clases en pugna. Y también entonces, la lucha del materialismo y el idealismo, que es la ley fundamental de desarrollo de todo el pensamiento filosófico, muestra bien a las claras que la filosofía, según observaba Lenin, es tan fiel al espíritu de partido como lo era hace dos mil años.
Todo lo expuesto en el presente tomo demuestra que en el curso del desarrollo de las doctrinas filosóficas de los distintos países, con todas sus peculiaridades específicas, aparecen leyes generales comunes a la evolución del pensamiento filosófico de la humanidad, como son: el avance de [510] la filosofía viene condicionado en última instancia por el desarrollo de la producción material, de la vida económica de la sociedad, de la lucha de clases; dicho avance prodúcese en relación íntima con la ciencia, con la ideología política y con las demás formas de la conciencia social; la filosofía, como cualquier otra ideología, posee una independencia relativa; el progreso de la filosofía, como el de todo el conocimiento científico en general, ofrece un carácter dialéctico, con sus contradicciones internas.
Al mismo tiempo, el desarrollo de la filosofía en este período nos reafirma una vez más en la convicción de que la presencia de leyes generales que presiden su avance no nos autoriza en modo alguno a convertir dichas leyes en un esquema valedero para todos los tiempos y pueblos. Una historia científica de la filosofía no puede reemplazar el análisis concreto de las múltiples formas y aspectos que presentan las doctrinas filosóficas –aparecidas en condiciones históricas especificas dentro de cada pais– por construcciones lógicas al estilo de las que maneja el idealismo objetivo, según el cual la historia del pensamiento humano no es sino una serie de modificaciones de las ideas y conceptos contenidos eternamente en el espíritu absoluto.
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A fines del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX, el pensamiento filosófico se desenvuelve en una multitud de formas y de facetas.
El desarrollo de la filosofía en los distintos países (Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, Polonia, Servia, Bulgaria y demás naciones de Europa Oriental, los Estados Unidos e Iberoamérica, China, la India, el Japón, etc.) se distingue también en este periodo por su gran variedad y por los rasgos específicos que reflejan las particularidades nacionales históricas del desenvolvimiento de dichos países. Crece a la vez la comunidad ideológica entre las corrientes filosóficas de los diversos países, increméntase su influencia recíproca y aumenta su ascendiente sobre la vida de la sociedad.
En Occidente, dentro del régimen burgués, durante la primera mitad del siglo XIX los pensadores avanzados cultivan las tradiciones materialistas de las dos centurias anteriores: el materialismo filosófico es impulsado en Alemania por Feuerbach y en Inglaterra y los Estados Unidos por Priestley y sus continuadores. Las ideas del materialismo francés del siglo XVIII ejercen notable influencia sobre el socialismo utópico de Saint-Simon, Fourier y Owen, en las doctrinas de los cuales los elementos materialistas se entrelazan con el idealismo. Los grandes naturalistas de la primera mitad y de mediados del siglo XIX contribuyen valiosamente a dar base científica a las ideas materialistas. Ahora bien, a pesar de las valiosas conquistas de la filosofía materialista y de las ciencias positivas en este período, el materialismo sigue siendo fundamentalmente metafísico, limitado, y no es aplicado al conocimiento de la sociedad; esta limitación fue sólo superada por el materialismo dialéctico de Marx y Engels.
En Rusia, Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumanía y entre los pueblos de Yugoslavia y Checoslovaquia, donde el feudalismo atravesaba una grave crisis, el materialismo filosófico se ve impulsado por sus mejores pensadores, que guardaban estrechas relaciones con el movimiento antifeudal y de liberación, en especial por los demócratas revolucionarios. [511]
Materialistas tan prestigiosos de los países de Europa Oriental como Belinski y Herzen, Chernishevski y Dobroliúbov, Shevchenko y Nalbandián, Dembowski y Markovic, Bótev y otros demócratas revolucionarios continúan las mejores tradiciones de los materialistas del Occidente europeo, a la vez que tratan de superar la limitación metafísica y el carácter contemplativo de los materialistas del siglo XVIII, y también del materialismo de Feuerbach, al que rebasan, pero sin alcanzar a convertirse en materialistas dialécticos.
En los países de Oriente, en un clima de desintegración y crisis del feudalismo, las ideas materialistas son desarrolladas en la primera mitad y a mediados del siglo XIX por pensadores que se enfrentan a la ideología oficial y al estancamiento de la sociedad: en China tenemos a Chan Siue-Chen, Vei Yuan y otros continuadores del gran materialista de la anterior centuria, Tai Jen; en el Japón, a Kamada Riukiu y otros hombres de ciencia. Allí, en Oriente, las ideas materialistas se suelen presentar en ese tiempo unidas a las corrientes de la Ilustración.
Los materialistas de este período aportan gran número de elementos nuevos. Vinculan la filosofía a los avances de las ciencias naturales y extraen del materialismo conclusiones ateas. Los mejores representantes de la doctrina materialista fundamentan la lucha política que en el terreno de las ideas se mantiene contra el anquilosamiento feudal, el despotismo de la monarquía y la dictadura espiritual de la Iglesia. Las doctrinas materialistas de este tiempo se muestran optimistas en cuanto a la fuerza de la razón, a la capacidad del hombre para conocer la esencia y las leyes de los fenómenos naturales; todas ellas combaten el agnosticismo. Los filósofos y naturalistas que se inspiran en el materialismo, tratan en la primera mitad del siglo XIX de encontrar un método nuevo de conocimiento del mundo que correspondiera a sus leyes verdaderas (dialécticas), pero no llegaron a conseguirlo, ni podían alcanzarlo dentro de los sistemas del materialismo anterior a Marx.
El idealismo filosófico, en la mayoría de los casos, acentúa en este tiempo su maridaje con las doctrinas religiosas y teológicas y con las tendencias político-sociales reaccionarias; no obstante, en ciertos sistemas de la filosofía idealista son sugeridas nuevas ideas y se estudian importantes categorías filosóficas.
El idealismo filosófico adquiere un vigoroso impulso en las obras de los pensadores de la filosofía clásica alemana (Kant, Fichte, Schelling y, particularmente, Hegel), cuyo mérito principal es el estudio del método dialéctico. El método dialéctico de la filosofía clásica alemana ha desempeñado un singular papel en la historia del pensamiento filosófico; influyó sobre muchas de las doctrinas subsiguientes, aunque, por estar apoyado en una base idealista, daba en muchos aspectos una noción errónea del proceso de desarrollo.
Por lo tanto, en el período que va de fines del siglo XVIII a mediados del XIX, la filosofía se enriquece con aportaciones de excepcional valor. Sin embargo, las doctrinas filosóficas, y en grado aún mayor las sociológicas, que expresaban el punto de vista de los ideólogos de las clases acomodadas, incluso cuando esos ideólogos buscaban sinceramente el progreso de la sociedad y de la ciencia, no eran capaces de proporcionar una consecuente explicación científica del mundo y, sobre todo, de la vida social; [512] les era imposible conocer las leyes de desarrollo de la sociedad e indicar la vía mejor para transformarla. Y, a su vez, las doctrinas filosóficas y sociológicas que en última instancia expresaban los intereses de un proletariado inmaduro, de los campesinos y demás clases trabajadoras de le sociedad, hasta mediados de siglo, es decir, hasta la aparición del movimiento revolucionario del proletariado, ostentan el sello de la limitación histórica de estas clases; en virtud de ello, tampoco podían ofrecer una ciencia auténtica sobre las leyes de desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Sólo a mediados de siglo, que es cuando el proletariado entra en la palestra histórica como clase revolucionaria, Marx y Engels, las grandes mentes de la humanidad que se hacían portavoces de los intereses de esa clase, lograron proporcionar una síntesis filosófica de la experiencia histórica universal y de las conquistas de la ciencia; a ellos se debe la doctrina filosófica realmente científica sobre las leyes de desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento –el materialismo dialéctico y el materialismo histórico–, doctrina que supera por completo la limitación histórica de que adolecían los sistemas filosóficos y sociológicos que la precedieron.
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La historia de la filosofía de fines del siglo XVIII a la primera mitad del XIX nos revela una particularidad importante en el desenvolvimiento de las ideas: en virtud de cierta independencia relativa que se observa en el desarrollo del pensamiento filosófico y de la sucesión de sus doctrinas y tradiciones, países económicamente más atrasados pueden, en un determinado periodo histórico, figurar a la cabeza de los avances de la filosofía, aunque, en fin de cuentas, el progreso del pensamiento filosófico en cualquier país es resultado del desarrollo económico de la sociedad. F. Engels escribía acerca de esto: “Pero, como región específica de la división del trabajo, la filosofía de cada época dispone, en calidad de premisas, de determinados pensamientos, que le han sido transmitidos por sus predecesores y de los cuales parte. De ahí resulta que países económicamente atrasados pueden en filosofía tocar el primer violín: Francia en el siglo XVIII con relación a Inglaterra, en la filosofía de la cual se apoyaban los franceses, y luego Alemania con relación a las dos primeras. Pero tanto en Francia como en Alemania la filosofía y el florecimiento general de la literatura eran en esa época resultado de su auge económico.”1
Esta afirmación de Engels viene también confirmada por el vigoroso desarrollo que el pensamiento filosófico progresivo experimenta en los países de Europa Oriental y de Asia, atrasados entonces con relación a Inglaterra y Francia, donde la industria capitalista había alcanzado un alto nivel. Mas en aquellos países, como en cualquiera otro, los progresos de la filosofía y la sociología eran en última instancia debidos al auge de la vida económica de la sociedad, a la agudización de las contradicciones entre las clases y al incremento de la lucha de clases. Al igual que los materialistas franceses del siglo XVIII se apoyaban en los trabajos de los materialistas ingleses del siglo precedente, los materialistas rusos de mediados [513] del siglo XIX, que dan un nuevo impulso a la filosofía, se apoyaban en las doctrinas de los materialistas de Rusia del siglo XVIII y de los materialistas del Occidente europeo, singularmente de los enciclopedistas franceses y de Feuerbach, en la dialéctica de Hegel, etc.
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La evolución de la filosofía hasta mediados del siglo XIX, según queda expuesto en el presente tomo, presenta una característica importante: el materialismo y la dialéctica (si prescindimos del materialismo primitivo de los pensadores antiguos, en los que se observa una visión dialéctica espontánea del mundo) se desarrollan en lo fundamental por separado, en doctrinas filosóficas distintas y a menudo incluso hostiles.
Esta característica del pensamiento filosófico anterior a Marx se refleja intensamente en el contenido de las doctrinas de Occidente durante todo el período que nos ocupa. Los materialistas que precedieron a Marx, Feuerbach comprendido, a pesar de los méritos contraídos en la lucha contra el idealismo y la religión, manejan por lo común un método metafísico; aunque en ciertas de sus doctrinas de este tiempo nos brindan algunas profundas ideas dialécticas, carecen de una concepción dialéctica del mundo sistemáticamente elaborada, es decir, no poseen un método dialéctico.
La dialéctica es perfeccionada principalmente por la filosofía idealista alemana, que reflejaban las contradictorias condiciones de la vida social del país, lo mismo que de toda Europa de aquel tiempo. En el desarrollo de la dialéctica por las doctrinas idealistas se manifestaba asimismo el carácter extremadamente irregular y profundamente contradictorio de la marcha general del propio pensamiento filosófico, como nos lo revela el prolongado divorcio metafísico de la dialéctica respecto del materialismo, y viceversa.
A pesar de su divorcio del materialismo, la dialéctica de la filosofía clásica alemana, y en especial la de Hegel, asestó un golpe al método metafísico de pensamiento imperante en el siglo XVIII, el cual consideraba las cosas y los fenómenos al margen de su concatenación natural o histórica, es decir, al margen de su desarrollo. Al ampliar las ideas dialécticas de sus predecesores, Hegel traza los principios fundamentales de este método. Mas como idealista que era, Hegel no deduce esos principios del desarrollo del mundo exterior (de la naturaleza y la sociedad) reflejado por el pensamiento del hombre, sino del propio pensamiento –al que separa del hombre y de la naturaleza– y nos los presenta como leyes del pensamiento en general a las cuales ha de acomodarse la realidad.
Hegel opone la lógica dialéctica (en su versión idealista), tal como la encontramos en sus obras y singularmente en La ciencia de la lógica, a la anterior lógica formal, limitada, que en su forma absoluta servía de base al método metafísico de pensamiento.
Engels escribe haciendo un balance de la filosofía clásica alemana: “La filosofía alemana moderna encontró su remate en el sistema de Hegel, en el que, por vez primera –y ese es su gran mérito–, se concibe todo el mundo natural, histórico y espiritual como un proceso, es decir, como un mundo sujeto a continuo movimiento, cambio, transformación y desarrollo, intentando además poner de relieve la íntima conexión de este movimiento y desarrollo... [514]
No importa que Hegel no resolviera este problema. Su mérito, que sienta época, consistió en haberlo planteado.”2
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En el presente tomo se muestra cómo desde 1840, en los países que pasan del feudalismo al capitalismo, toman cuerpo y se desarrollan las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria, cuyas figuras más consecuentes se acercan de lleno al materialismo dialéctico.
Ideas democrático-revolucionarias habían aparecido ya en siglos anteriores, lo mismo 'en Occidente que en Oriente, como expresión, a veces en forma religiosa, de la protesta de los campesinos y de otros elementos de la sociedad contra la opresión feudal, monárquica y extranjera. También en el pasado los heraldos de la ideología democrático-revolucionaria (Meslier, Radíschev y otros) habían expuesto concepciones materialistas y ateas.
Hacia 1840 y en las décadas siguientes, la ideología democrático-revolucionaria –nacida al calor de los movimientos campesinos de liberación contra el feudalismo– se desarrolla en el Viejo Continente principalmente en Rusia, Polonia, países yugoslavos y checoslovacos, Bulgaria, Rumanía, Hungría y otras naciones orientales europeas que a la sazón atravesaban por un período de desintegración y crisis del régimen feudal.
La ideología democrático-revolucionaria no es un fenómeno específico del este de Europa, pero a mediados del siglo XIX encuentra allí su expresión más viva en la democracia revolucionaria campesina. Dicha ideología, con su filosofía materialista, era en última instancia expresión de los intereses, del pensar y el sentir de los campesinos oprimidos que se alzaban a la lucha revolucionaria contra el régimen feudal. Así quedaba confirmada una vez más la verdad de que, de ordinario, el materialismo es la filosofía de las clases y grupos sociales avanzados.
El materialismo de los demócratas revolucionarios del siglo XIX –nacido en el terreno del materialismo filosófico de los siglos XVII y XVIII, de cuyas tradiciones era continuador– presentaba rasgos nuevos: era la doctrina filosófica de unos hombres que expresaban los intereses y aspiraciones de una clase trabajadora como son los campesinos; este materialismo se apoyaba en las nuevas doctrinas de las ciencias naturales, que ostentaban un carácter dialéctico espontáneo. Los adeptos de este nuevo tipo de filosofía materialista trataban de combinar el materialismo con el método dialéctico de pensamiento, con ayuda del cual hacían por explicar el carácter regular de la transformación de la vida social y la necesidad de la revolución. Las figuras visibles de la filosofía materialista de la democracia revolucionaria en el siglo XIX (Herzen, Belinski, Chernishevski, Dobroliúbov) se acercaron de lleno al materialismo dialéctico y se detuvieron ante el materialismo histórico.
Los pensadores más avanzados de la democracia revolucionaria hacen suya la dialéctica de Hegel, aunque corrigiéndola de acuerdo con sus ideas materialistas. Mas tampoco llegaron a resolver el problema ya maduro de [515] unir el materialismo y la dialéctica en una concepción única y armónica, pues en virtud del atraso económico de sus países, que acababan de pasar del feudalismo al capitalismo, no podían aún aplicar de manera consecuente el materialismo al conocimiento de los fenómenos de la vida social y proporcionar una generalización materialista dialéctica de los nuevos descubrimientos científicos; de ahí que no pudieran crear aún la dialéctica materialista como ciencia de las leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento.
La concepción materialista del mundo de los demócratas revolucionarios aparece hacia 1840, antes del nacimiento del marxismo, y se propaga en Rusia y otros países del este de Europa al mismo tiempo que la filosofía marxista surge y se desarrolla. Por su carácter y contenido ideológico corresponden a las doctrinas premarxistas. Las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria, que expresaban las aspiraciones espontáneas de los campesinos y demás clases trabajadoras de la época anterior al proletariado –contra el yugo de la servidumbre feudal, monárquico y extranjero, por la libertad y la igualdad–, a pesar de sus tendencias socialistas utópicas prestaban objetivamente un servicio a las necesidades del desarrollo de la sociedad en su paso del feudalismo al capitalismo, a los intereses de la transformación democrático-burguesa de la sociedad. Por los problemas de que se ocupaban y por la comunidad de ideas con otras formas de la conciencia social (por ejemplo, con la literatura y el arte, con las ciencias económicas y, especialmente, con las concepciones político-sociales), las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria estaban unidas principalmente a las tareas y necesidades del paso del feudalismo al capitalismo. Presentaban muchos rasgos comunes con tendencias avanzadas del pensamiento occidental europeo anterior a Marx como la democracia revolucionaria de los jacobinos, el socialismo utópico crítico y el materialismo de Feuerbach, a la influencia de las cuales se hallaban sometidas. Al mismo tiempo, en virtud de la especial virulencia de las contradicciones de clase en los países que pasaban del feudalismo al comunismo, las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria –singularmente de la rusa, según se muestra en el presente tomo– distinguíanse por su radicalismo, por su intransigencia hacia toda suerte de ideas reaccionarias y liberales, por su carácter combativo.
Las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria presentaban aún un rasgo tan característico de toda la filosofía anterior a Marx como es la concepción idealista, en líneas generales, de los fenómenos que se refieren a la sociedad. Si bien estas doctrinas, a diferencia del materialismo metafísico de los siglos XVII y XVII, se apoyaban en las ideas dialécticas del desarrollo, de las que se deducía el carácter legítimo de la revolución, no llegaron a cuajar en un sistema filosófico completo que constituyese la ciencia de la transformación revolucionaria del mundo sobre la base del socialismo.
Todo esto nos dice que las doctrinas materialistas de la democracia revolucionaria de los años 40-70 del siglo XIX, si bien se presentan en los países de Europa Oriental a la vez que en Occidente se desarrollaba el marxismo, por su tipo y carácter y por el conjunto de ideas que las inspiran han de ser catalogadas dentro de la filosofía premarxista. [516]
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En el período que va desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX, el desarrollo de la filosofía y la sociología en los países de Oriente, y sobre todo en la India, China y el Japón presenta un carácter peculiar. Durante este tiempo son continuadas y profundizadas en ellos las mejores tradiciones del pensamiento filosófico avanzado de las Edades Antigua y Media, aparecen y se consolidan en filosofía y sociología ideas progresivas vinculadas al creciente movimiento de liberación contra el feudalismo y el yugo colonial.
La historia del pensamiento filosófico de la India, China y el Japón, en el periodo que nos ocupa, muestra la inconsistencia completa y el carácter reaccionario de cuanto los investigadores burgueses afirman acerca del “estancamiento secular” de la filosofía en Oriente, de que ésta se había diluido en las doctrinas ético-religiosas o se limitaban al comentario de los textos antiguos, de que permanecía al margen de los problemas generales resueltos o planteados por los filósofos en los tiempos modernos, etc.
Los hechos demuestran que en este tiempo la filosofía de Oriente no se encierra en su marco ético-religioso, sino que se empeña tenazmente en la resolución de problemas cardinales de gnoseología, sociología y estética, sigue de cerca los avances del pensamiento filosófico de Occidente, revisa con espíritu crítico las dogmáticas interpretaciones de los textos antiguos y medievales y deja atrás las viejas y tradicionales doctrinas filosófico-religiosas.
Los discípulos de Vemana y el grupo de la Joven Bengala en la India, Chan Siue-Chen, Vei Yuan y alguno otro en China, y Minagava Vakien, Yamagata Banto y, especialmente, Kamada Riukiu en el Japón se manifiestan contra las ideas místico-religiosas imperantes, que difundían las capas altas de la sociedad feudal, condenan las polémicas religiosas y la preponderancia del clero y exponen ideas filosóficas progresivas, en ocasiones materialistas.
El materialista chino Chan Siue-Chen y sus discípulos estudian los problemas de la teoría del conocimiento, muestran la marcha del pensamiento del hombre de las sensaciones a los conceptos y subrayan la dependencia en que éstos se hallan respecto de la vida, de la experiencia humana.
Minagava Vakien, Kamada Riukiu y otros materialistas japoneses, que combaten el idealismo neoconfucianista y las concepciones idealistas subjetivas de las “ideas innatas” y de la “inmortalidad del alma”, afirman el origen terreno de las ideas filosóficas, científicas y ético-políticas, dilucidan su dependencia respecto del movimiento, del desarrollo de las cosas reales, y resuelven con un criterio materialista el origen de las sensaciones y de los conceptos.
Vemos, pues, cómo a lo largo de este período se desenvuelve en los países de Oriente una reñida pugna entre el materialismo y el idealismo, muy especialmente en cuanto a la teoría del conocimiento, y se produce un avance del pensamiento filosófico respaldado por las conquistas de la ciencia.
Los filósofos orientales manifiestan en este tiempo singular interés por los problemas de la vida social. Las corrientes progresivas, que se manifestaban contra el feudalismo y el yugo colonial, extienden sus investigaciones [517] al campo de la sociología y someten a crítica los conceptos reaccionarios que justificaban el anquilosamiento de la vida económica y política, el predominio de la Iglesia, etc. Algunos pensadores, como R. M. Rai y sus discípulos en la India (Sociedad Brahma-Samadj), Lin Tse-Siui, Wan Chun y otros en China, Miura Bayen en el Japón, etc., partidarios de las reformas, atribuían primordial importancia en la vida de la sociedad a la difusión de los conocimientos y la cultura, conformábanse con progresos en este plano y se hallaban aún lejos de la lucha revolucionaria. Otros, en cambio, los más consecuentes adversarios del sistema feudal, que tomaban parte activa en los movimientos de liberación contra el feudalismo y el yugo colonial –como los ideólogos del movimiento de Taiping, Hun Siu-Tsiuan y Hun Chen-Han–, eran partidarios de la transformación revolucionaria de la sociedad, hasta conseguir un régimen de libertad e igualdad, aunque sus concepciones político-sociales y filosóficas adoptaban un matiz religioso. En su defensa de los intereses de los campesinos y de todos los trabajadores, luchaban por la igualdad política y por la emancipación económica de aquéllos, por el paso a una sociedad en la que no hubiera ni ricos ni pobres. En las concepciones de los ideólogos de Taiping, de Osio Tiusai, que dirigió el levantamiento armado de las capas bajas urbanas del Japón, y de otros pensadores orientales, bajo una forma religlosa aflora a veces el espíritu de la democracia revolucionaria.
Todo esto nos dice que, en el período que nos ocupa, en un proceso de pugna violenta y reñida entre lo nuevo y lo viejo, entre las ideas avanzadas y las reaccionarias, en los países de Oriente continúa el progreso del pensamiento filosófico, que reflejaba la agudización de la lucha de clases en el seno de una sociedad feudal en vías de desintegración.
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El desarrollo de la filosofía desde fines del siglo XVIII hasta la mitad del XIX, lo mismo que en la época anterior, viene a confirmar un principio muy importante del materialismo histórico formulado por Marx: las revoluciones sociales son la locomotora del desarrollo histórico; esta afirmación de Marx es también enteramente valedera para la filosofía. El progreso del pensamiento filosófico en este período, al igual que en tiempos anteriores, va vinculado a las más profundas conmociones sociales, a la preparación ideológica de las revoluciones de carácter social en una serie de países que pasan del feudalismo al capitalismo. De la misma manera que la filosofía materialista de Inglaterra a principios del siglo XVI era en esencia la preparación filosófica de la revolución burguesa ocurrida a mediados de esta centuria en aquel país, y que el materialismo francés del siglo XVIII sirvió. de forma aún más evidente, de antesala a la revolución burguesa de 1789, así. la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y la primera mitad del XIX –con su dialéctica, por una parte, y con la doctrina materialista de Feuerbach, por otra– significó objetivamente la preparación ideológica de la revolución burguesa de 1818 en Alemania. Con todas sus profundas diferencias, sin que se parecieran en absoluto, las revoluciones filosóficas de Francia en la segunda mitad del siglo XVIII y de Alemania en la primera mitad del XIX cumplen en épocas diversas un papel progresivo, que corresponde a la situación histórica en que maduraron [518] las conmociones sociales en cada uno de estos países. Ambas revoluciones filosóficas, según advierte Engels, eran el prefacio de una conmoción social.
En Rusia y en algún otro país de Europa Oriental, bajo unas condiciones históricas distintas a las de Francia y Alemania, la filosofía materialista de los demócratas revolucionarios y sus ideas dialécticas son también, a mediados del siglo XIX, un prólogo peculiar a la revolución campesina que maduraba en aquellos países. A diferencia de los ideólogos de la revolución burguesa de fines del siglo XVIII en Francia y de la primera mitad del XIX en Alemania, los demócratas revolucionarios eran portavoces de los intereses y aspiraciones de una clase explotada: los campesinos. Estas circunstancias históricas, en un ambiente de extremadas contradicciones sociales motivadas por el paso del feudalismo al capitalismo a mediados del siglo XIX, hacen que las concepciones filosóficas de los demócratas revolucionarios sean más avanzadas que las de sus predecesores, es decir, de quienes llevaron a cabo la preparación filosófica de la revolución francesa de fines de 1789 y de la alemana de 1848. Todo esto nos explica que los demócratas revolucionarios de mediados del siglo XIX, apoyándose en las valiosas tradiciones materialistas y dialécticas del Occidente, pudieran enfrentarse con la interpretación materialista de la dialéctica hegeliana, a la que consideraban como “el álgebra de la revolución” (Herzen).
Como ideólogos que eran de las masas trabajadoras, de los campesinos, los demócratas revolucionarios pudieron ir más allá, en filosofía y sociología, que los ideólogos de la burguesía progresiva: los materialistas metafísicos franceses y los idealistas dialécticos alemanes.
Las condiciones históricas de la vida social del Oriente europeo nos explican también que los pensadores demócratas revolucionarios de esos países no pudieran elevarse hasta el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Su filosofía era la preparación ideológica de una revolución campesina, y no proletaria. Y el materialismo dialéctico e histórico, como doctrina filosófica que de manera científica plasma y fundamenta hasta el fin las concepciones de la clase revolucionaria más consecuente –del proletariado–, únicamente podía ser obra de los ideólogos de esta clase, como lo fueron Marx y Engels.
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En el período que examinamos, la filosofía se enriquece con importantes conquistas en la teoría del conocimiento, aunque el hecho de que el materialismo y la dialéctica se desarrollasen al margen uno de la otra impone un sello específico al estudio de los problemas filosóficos, singularmente en la gnoseología, impidiendo que se llegue a una solución del todo científica.
El pensamiento filosófico llevaba largo tiempo sin dilucidar el problema de las relaciones entre el objeto (del conocimiento) y el sujeto (el hombre que conoce el mundo). Deseosos de aclarar este importantísimo problema gnoseológico, los materialistas metafísicos habían profundizado especialmente en un aspecto de la cuestión; hablaban del objeto del conocimiento (de la materia, de la naturaleza y de su papel determinante con relación a la conciencia, al espíritu). No atribuían, en cambio, la importancia debida al papel del sujeto, del hombre que conoce, y estimaban insuficientemene [519] la función de la conciencia en la actividad práctica del hombre para transformar el mundo. El materialismo anterior a Marx presentaba por lo común un carácter contemplativo, con la excepción de algunos filósofos materialistas de la democracia revolucionaria de mediados del siglo XIX –Herzen y Chernishevski principalmente–, que subrayaban el papel activo de la conciencia y comenzaban a comprender el valor de la actividad práctica humana para el conocimiento del mundo.
Esa insuficiente estimación por parte de los materialistas metafísicos, que llegaba a veces al desprecio completo, del aspecto activo del conocimiento, de su acción inversa sobre el ser, era esgrimida contra ellos por los filósofos idealistas que estudiaban el aspecto activo del pensamiento. Pero los idealistas, aun planteando el problema, eran incapaces de darle solución, pues afirmaban la primacía de la conciencia sobre la materia, por lo que interpretaban deformadamente tanto el pensamiento como la actividad práctica de los hombres. Así lo hizo ver Marx en su conocida tesis sobre Feuerbach: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluyendo el de Feuerbach– es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto [objekt] o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal.”3
Con toda su limitación, que Marx señala, esas doctrinas materialistas, en las nuevas condiciones históricas que corresponden a la primera mitad del siglo XIX, cumplieron un papel importante al afirmar que el hombre puede conocer el mundo y las leyes que lo rigen.
El materialismo de fines del siglo XVIII y principios del XIX, y singularmente la doctrina de Feuerbach, enriqueció la teoría materialista del conocimiento con elementos nuevos, sometió a dura crítica el idealismo gnoseológico y el agnosticismo y señaló el papel de las sensaciones, de la experiencia y del pensamiento teórico en el conocimiento de la realidad.
El estudio de los problemas gnoseológicos en la primera mitad del siglo XIX trae consigo una más profunda comprensión tanto del objeto como del sujeto de conocimiento; dilucídanse los grados fundamentales del proceso cognoscitivo (papel de las sensaciones y del pensamiento teórico), se establece el carácter objetivo de la verdad y los vínculos de la teoría del conocimiento con la dialéctica y la lógica, etc.
La filosofía clásica alemana aclara que el conocimiento es un proceso que asciende desde los datos inmediatos acerca del ser hasta la esencia del mismo; en Hegel, aunque con una base idealista, afirma la unidad de la teoría del conocimiento, la lógica y la dialéctica.
Los demócratas revolucionarios de mediados del siglo XIX otorgan a la teoría materialista del conocimiento un carácter más profundo; a ello contribuyen, en primer término, sus intentos de aplicar a esta teoría la dialéctica y de dilucidar el papel de la práctica en el conocimiento del mundo.
Entre las principales realizaciones del pensamiento filosófico en este [520] período se encuentran los fecundos estudios en el campo de la lógica. Los pensadores de este tiempo, en particular los representantes de la filosofía clásica alemana, ponen de relieve las limitaciones de la concepción metafísica de la lógica y proporcionan la primera exposición y fundamentación (aunque con una base idealista) de las categorías de la lógica dialéctica. El método dialéctico es ampliamente aplicado por ellos a los distintos campos de la ciencia de la naturaleza y de la sociedad. Este método, empero, no podía tener unos cimientos científicos en las doctrinas filosóficas idealistas. A la vez, como antes se indicaba, no fue enfocado con un criterio materialista consecuente en las doctrinas de los demócratas revolucionarios, que, con todo y con eso, son entre los filósofos anteriores a Marx los que más se acercan a la solución del problema.
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Los progresos del materialismo filosófico y la adopción del método dialéctico a fines del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX eran debidos tanto al empuje de los acontecimientos, que exigían la comprensión teórica y la generalización de la experiencia del movimiento revolucionario, como al impetuoso avance de las ciencias que se inicia en el último cuarto del siglo XVIII.
La refutación de la falsa teoría metafísica del flogisto en la química, la hipótesis cosmogónica basada en la idea del desarrollo y las primeras nociones de la evolución de la naturaleza viva comienzan, ya a fines del siglo XVIII, a abrir brecha en los anquilosados conceptos metafísicos sobre la naturaleza, conceptos que, no obstante, se resisten a ceder sus posiciones.
En el primer tercio del siglo XIX se abren nuevas brechas, más sensibles que las anteriores, en la concepción metafísica del mundo. Aparece la atomística química, que en esencia viene a confirmar la idea del paso de los cambios cuantitativos en la composición del átomo a cambios cualitativos de la propia materia; la química orgánica, que viene a continuación, demuestra que las leyes generales de la química son aplicables a los cuerpos orgánicos, con lo que se comienza a cubrir el “abismo”, que antes se consideraba infranqueable, entre la naturaleza viva y la muerta.
También contribuyen a preparar las condiciones para una visión dialéctica de la naturaleza los descubrimientos en la física, campo en el que durante el primer tercio del siglo XIX son precisados los cambios mutuos y relaciones de las distintas clases de movimiento (“fuerzas” de la naturaleza) : mecánico, calórico, eléctrico, químico, etc. Faraday formula la idea general de la unidad de todas las fuerzas de la naturaleza, con lo que sufre grave quebranto la noción de las “sustancias” o “fluidos” independientes (el calórico y otros) y se prepara el descubrimiento de la ley de conservación y transformación de la energía.
Las ideas del desarrollo y de la concatenación universal de los fenómenos se abren camino en geología y paleontología. Un papel importante en este sentido corresponde a la teoría de Lyell sobre la “lenta evolución de la Tierra” y a las investigaciones paleontológicas de Cuvier, las cuales, a pesar de su carácter unilateral, echaban abajo las anteriores concepciones metafísicas sobre el pasado de nuestro planeta y los factores que contribuyen a modificarlo. [521]
En biología nos encontramos con los primeros atisbos de las ideas evolucionistas (Goethe, Lamarck y otros), si bien en esta ciencia no rebasan aún el marco de una noción puramente cuantitativa, evolucionista. La idea del desarrollo se ve fortalecida también por los estudios de anatomía comparada, que muestran la profunda unidad y semejanza estructural de los seres vivos.
La metafísica recibe golpes decisivos en el campo científico durante el segundo tercio del siglo XIX, tiempo en que se realizan los tres grandes descubrimientos gracias a los cuales, según palabras de Engels, se dio “un impulso gigantesco a nuestros conocimientos acerca de la concatenación de los procesos naturales”.4 Estos descubrimientos eran la célula, la ley de la conservación y transformación de la energía y la teoría de la evolución de Darwin.
Por lo tanto, una vez que, mediante el método analítico de estudio de la naturaleza, se hubo reunido, descrito y clasificado un enorme material empírico, se hizo posible la investigación de las cosas y fenómenos naturales no al margen unos de otros, sino en su relación mutua e interacción, o lo que es lo mismo, en su cambio y desarrollo. De esta manera se pasaba, en el curso de desarrollo del conocimiento científico, del estudio de objetos aislados y acabados al de procesos concatenados, es decir, de la fase de conocimiento en que podían aún satisfacer los métodos metafísicos de pensamiento a aquella otra en la que se requería un método más elevado, que se acomodase acertadamente a la misma realidad que se trata de conocer, como es la dialéctica.
Los grandes descubrimientos científicos de la primera mitad y mediados del siglo XIX, singularmente en lo que se refiere a la física (ley de conservación y transformación de la energía) y a la biología (teoría celular, doctrina de la evolución), ponían de relieve la dialéctica objetiva de la naturaleza y preparaban así el paso del método metafísico al dialéctico.
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El fin del siglo XVIII y la primera mitad del XIX constituyen un período de desarrollo extremadamente irregular y profundamente contradictorio del pensamiento filosófico anterior a Marx, como puede apreciarse sobre todo en sociología. Los procesos de ésta y de toda la filosofía en unos países (en Alemania a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en Rusia y otros países de Europa Oriental durante el segundo cuarto y a mediados del pasado siglo, en Iberoamérica, en la India, China, Japón y otros países de Oriente, donde el pensamiento avanzado guardaba relación con la lucha contra el feudalismo y su ideología) coincide con la decadencia de la filosofía y la sociología burguesas en países capitalistas como Francia, Inglaterra y Estados Unidos de América. Tal irregularidad en el progreso de la filosofía y la sociología se debe, en grado considerable, a la propia irregularidad del avance económico y político de los distintos países y, sobre todo, a que en ciertos sitios este progreso de la filosofía en la primera mitad del siglo XIX era, según queda dicho, prólogo de la revolución [522] que se avecinaba, ya burguesa (Alemania, Iberoamérica), ya campesina (Rusia y otros países del Este de Europa, China y otros países asiáticos).
Por el contrario, en los países donde el capitalismo triunfó y se había consolidado, la filosofía de las clases dominantes, y aún más la sociología, trataba de argumentar el carácter “natural”, “eterno” e “inmutable” e incluso el “origen divino” del sistema capitalista. Esto solamente la hacía ya figurar las más de las veces con doctrinas eclécticas que se satisfacían con los restos de sistemas metafísicos e idealistas tiempo ha desechados.
A] mismo tiempo, el triunfo político de la burguesía, que en el terreno ideológico había traído la reacción y la vuelta a concepciones pretéritas, propiciaba el vertiginoso desarrollo de la industria y la técnica y, en relación estrecha con ellas, de las ciencias naturales. Estas últimas necesitaban de una generalización dialéctica y materialista, y todo estaba maduro para ello. Mas la filosofía burguesa oficial, que en su decadencia se conformaba con los restos de los viejos sistemas idealistas y metafísicos en una versión bastardeada, era incapaz de cumplir estas tareas y no hacía sino confundir las mentes de los investigadores. Todo esto infundía un carácter contradictorio a los avances del pensamiento filosófico y científico.
Simultáneamente, el desarrollo económico de la sociedad capitalista había dado a luz doctrinas económicas y sociológicas progresivas, y ante todo la Economía política clásica (Adam Smith, David Ricardo y otros), que trataba de enunciar las leyes que rigen la vida económica de la sociedad. Pero después de enriquecer la ciencia social con la teoría del valor basado en el trabajo, los representantes de la economía política burguesa clásica no pudieron, en virtud de su limitación clasista, revelar el carácter de explotación del régimen capitalista, descubrir las verdaderas leyes de su desarrollo y poner de manifiesto su índole histórica y perecedera. Con mayor motivo, eran incapaces de comprender el papel histórico de la clase obrera como sepulturera del capitalismo. Después de que la burguesía conquista el poder en Francia e Inglaterra, y en especial a partir de 1830 aproximadamente, la economía política burguesa, como la sociología, va en línea descendente, adquiere cada vez más un carácter vulgar y se convierte en una simple apología del sistema burgués.
“Ya no se trataba de si tal o cual teorema era verdadero o falso, sino de si era beneficioso o funesto, cómodo o molesto, de si infringía o no las ordenanzas de la policía. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética.”5
La incapacidad de los economistas y sociólogos burgueses para ofrecer un cuadro científico de la vida de la sociedad capitalista y el carácter preconcebidamente clasista de sus apologías fueron sometidos a crítica por los demócratas revolucionarios (en especial por Chernishevski), que hicieron mucho por abrir nuevos horizontes en este campo y poner de manifiesto la esencia de explotación del régimen capitalista.
Junto a esto, en algunos países, sobre todo en Francia, se desarrollan las doctrinas del socialismo utópico y crítico, que desde el punto de vista [523] del proletariado, clase aún incipiente y en formación, trataban de encontrar salida a las contradicciones de la sociedad capitalista y se hacían eco a las aspiraciones de las masas trabajadoras oprimidas y arruinadas por el capitalismo y de sus deseos de ver establecida una sociedad nueva: la sociedad socialista.
En aquel tiempo, en que la filosofía y la sociología burguesas de Francia, Inglaterra y demás países del capitalismo triunfante va en descenso, las doctrinas de los socialistas utópicos significaban una valiosa aportación; la crítica de la sociedad burguesa por los socialistas utópicos reflejaba de manera directa los intereses de las masas trabajadoras, explotadas por la clase que había llegado al poder.
El gran mérito de los representantes del socialismo utópico crítico (Saint-Simon, Fourier, Owen, etc.) es que indicaron la salida de las contradicciones propias de la sociedad capitalista, que sometía a los trabajadores a calamidades sin cuento; esa salida podía ser solamente una: la creación de una sociedad nueva, socialista, en la que todos habían de trabajar y de disfrutar del producto de su trabajo. Cierto que los socialistas utópicos no pudieron señalar el camino que había de llevar hasta el régimen socialista ni comprendieron el papel histórico del proletariado.
El carácter utópico de las teorías socialistas de la primera mitad del siglo XIX, la falta de madurez científica de estas progresivas doctrinas, nos la explica el estado de las relaciones sociales en la sociedad capitalista de aquel entonces.
En el período anterior a Marx no había sido elaborada aún una concepción materialista de la sociedad; no obstante, en ese tiempo, y sobre todo en la primera mitad del siglo XIX, los filósofos, sociólogos e historiadores avanzados, al interpretar algunos aspectos de la vida social, hablan de la base material sobre la que ésta descansa. Ampliando las ideas de los materialistas franceses (singularmente de Helvecio) acerca del interés como fuerza motriz de la sociedad, los socialistas utópicos exponen valiosos atisbos en cuanto a las leyes del desarrollo social, sobre el papel de las necesidades materiales en la vida de la sociedad, la función de las masas en ésta y la sustitución en el futuro de la sociedad capitalista por la socialista.
En la primera mitad del siglo XIX, y sobre todo a mediados del mismo, las contradicciones entre el proletariado y la burguesía habían alcanzado ya tal virulencia que incluso algunos filósofos y sociólogos de esta última llegan a la conclusión de que en la sociedad hay clases y lucha de clases. Los historiadores franceses de la Restauración, por ejemplo, afirman que las clases y la lucha de clases cumplen un importante papel en la historia de la sociedad.
Vigorosos gérmenes de una concepción materialista de la historia se contienen en las doctrinas de los demócratas revolucionarios, de cuyas obras emana el espíritu de la lucha de clases; sus concepciones sociológicas atribuyen un gran valor al factor material en la vida de la sociedad y resaltan el papel de las masas del pueblo en la historia y la legitimidad de las revoluciones.
La idea de la transformación socialista de la sociedad, que había sido enunciada en los siglos XVI a XVIII por los defensores de las clases trabajadoras, requería una argumentación teórica de la posibilidad y necesidad del paso del capitalismo al socialismo; para esto habían de ser descubiertas [524] las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad moderna y las vías reales que permitieran llevar a cabo prácticamente dicho paso. Ello fue únicamente posible cuando en la palestra histórica se deja sentir como fuerza social independiente el proletariado, que era la clase más avanzada y revolucionaria.
A fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX se consiguen grandes avances en el campo de las ideas estéticas.
Los progresos de la estética en las centurias anteriores se habían logrado en medio de una lucha de las orientaciones realistas, inspiradas por ideas materialistas, contra el idealismo y el formalismo en la creación artística.
Una nueva e importante etapa en este terreno, en el periodo anterior a Marx, es la estética realista de los demócratas revolucionarios del siglo XIX, que se desenvuelve en ruda pugna contra el idealismo y el formalismo, contra las reaccionarias teorías del “arte puro” y por un arte democrático de ideas y puesto al servicio del pueblo. La base teórica de las doctrinas estéticas de la democracia revolucionaria era su teoría materialista del conocimiento, sus ideas acerca del desarrollo dialéctico y sus elementos de una comprensión materialista de la historia. Ahora bien, ninguna de las doctrinas anteriores a Marx podía crear una teoría estética consecuentemente científica, pues eran incapaces de aplicar hasta el fin en este terreno los principios de la interpretación materialista de los acontecimientos históricos.
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La filosofía y la sociología anteriores a Marx nos ofrecen, en resumen, el planteamiento de los problemas cardinales en todas las ramas filosóficas: teoría del conocimiento, método científico del pensamiento, un cuadro científico general del mundo, doctrina del desarrollo de la sociedad y de sus leyes, problemas filosóficos de la estética, etc.
Los intentos de los filósofos anteriores a Marx para resolver estos problemas con un criterio consecuentemente científico no habían sido coronados por el éxito, ya que no disponían de un método apropiado ni de una teoría fiel, como es la del materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Pero sí tienen el gran mérito de haber planteado tales problemas y tareas al pensamiento científico de la humanidad.
Entre los importantes problemas enunciados, pero no resueltos por la filosofía anterior a Marx, se destaca que:
— Era necesario superar el divorcio entre los distintos apartados de la filosofía: entre la llamada ontología y la gnoseología, entre ésta y la lógica, entre la dialéctica y la teoría del conocimiento, etc. Hegel se planteó y trató de resolver de un modo idealista esa tarea, pero sin acertar con la solución, por su empeño en hacer pasar el mundo real, la realidad objetiva, por el “ser otro” de la idea absoluta. Sólo aplicando consecuentemente los principios del materialismo y uniendo éste orgánicamente con la dialéctica podía ser resuelto tal problema.
— Era necesario resolver consecuentemente, hasta el fin, el problema de las relaciones entre el sujeto y el objeto, como punto capital de la teoría del conocimiento. Feuerbach lo comprendió así perfectamente, pero [525] con su materialismo contemplativo y metafísico era incapaz de lograrlo; para ello se requería la aplicación de la dialéctica a la teoría del conocimiento.
Cada vez se hace más sensible la necesidad de revelar y mostrar el papel de la práctica en el proceso del conocimiento. Muchos filósofos, y en particular los materialistas (los demócratas revolucionarios rusos y otros), se acercan de lleno al planteamiento del problema, si bien no lo resuelven, porque en la filosofía anterior a Marx la práctica era entendida con un criterio muy estrecho, a menudo como la actividad del pensamiento o sólo como experiencia científica, como experimento. Chernishevski y algunos otros demócratas revolucionarios comienzan a incluir en la práctica la producción y la transformación revolucionaria de los hombres, mas, atendido el atraso económico de Rusia, su concepción de la práctica no era aún madura y perfectamente científica. Planteábase, pues, con urgencia la tarea de incorporar por completo la práctica a la teoría del conocimiento, así como de elaborar un concepto plenamente científico de la práctica como fuente del conocimiento y criterio de la verdad, como práctica social humana. Para ello se requería la aplicación sucesiva del materialismo a todas las esferas del conocimiento.
— Era necesario también vencer el divorcio entre los aspectos sensible y racional del proceso de conocimiento. Los materialistas de los siglos XVII y XVIII habían tratado, de una manera u otra, de superar ese divorcio entre los factores sensible y teórico abstracto del conocimiento, es decir, de remontarse sobre el carácter unilateral de un empirismo y de un racionalismo estrechos. También se ocuparon de este problema los demócratas revolucionarios del siglo XIX, mas lo dejaron sin resolver en“muchos de sus puntos.
En cuanto a la lógica, la filosofía había de superar el divorcio entre inducción y deducción, entre análisis y síntesis, que no fueron capaces de vencer ni la ciencia empírica ni los sistemas idealistas especulativos.
— Se hacía precisa la adopción de un nuevo método científico adecuado a la realidad objeto de estudio. Así lo exigía toda la marcha de la ciencia, sobre todo dese mediados del siglo XVIII. La filosofía clásica alemana trató de proporcionarlo, aunque en vano, por no rebasar las posiciones del idealismo absoluto. Con un criterio materialista afrontaron también la tarea los demócratas revolucionarios del siglo XIX, pero no llegaron a conseguirlo por completo.
— Había que trazar los principios de clasificación de las ciencias y ayudar a las ciencias naturales a sistematizar y generalizar el material por ellas reunido. Apoyándose en el materialismo metafísico, intentaron realizarlo Bacon, D'Alembert y otros pensadores de los siglos XVII y XVIII. Más tarde, aunque con un criterio idealista, sugieren soluciones Schelling Hegel, y también Saint-Simon y Comte. Mas a mediados del siglo XIX la tarea seguía en pie. Era necesario encontrar la base filosófica de la unidad material del mundo.
— En filosofía y en las ciencias naturales, en el siglo XVIII y primera mitad del XIX aparece ya la idea de la unidad material del mundo. A ella conducía toda la marcha de la filosofía y de las ciencias naturales, singularmente a lo largo del siglo XIX, cuando se descubren hechos demostrativos de la unidad de las fuerzas dentro de la naturaleza (Faraday), de la [526] unidad de los cuerpos orgánicos e inorgánicos, sometidos todos a leyes químicas comunes (Dalton, Berzelius, “síntesis de Wöhler”), de la unidad de la materia química en el universo (análisis espectral de los astros), etc.
— También era necesario en filosofía superar el divorcio entre la explicación materialista de la naturaleza (materialismo “por abajo”) y la interpretación idealista de los fenómenos sociales (idealismo “por arriba”). Mas para ello requeríase una aplicación consecuente del concepto materialista al proceso histórico del desarrollo social mediante la fusión orgánica de la dialéctica (concepto histórico) y el materialismo.
— A mediados del siglo XIX el vertiginoso avance de la vida social y la agudización de la lucha de clases planteaban con gran urgencia la necesidad de crear una ciencia que revelase y explicase las leyes de desarrollo de las relaciones sociales de producción o económicas de los hombres. Había de darse una base científica a la idea de la transformación completa de la vida social en interés de los trabajadores, tal como venía expuesta por los demócratas revolucionarios, y de la estructuración de la sociedad socialista.
Tal es la relación, muy incompleta, de las tareas que ante la filosofía y la sociología se planteaban en la primera mitad y a mediados del siglo XIX. Su simple enumeración demuestra que hacia 1845 el desarrollo del pensamiento filosófico, científico y sociológico había planteado una serie de capitales problemas, cuya resolución constituía una imperiosa necesidad vital.
La solución vino dada en la doctrina de Marx, cuyo genio estriba, según las palabras de Lenin, “en haber dado soluciones a los problemas planteados antes de él por el pensamiento avanzado de la humanidad”.6
La filosofía y la sociología de la primera mitad del siglo XIX proporcionaron un valioso material que sirvió de base teórica para la formación del marxismo y de su sistema filosófico: el materialismo dialéctico. En su artículo Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo indica Lenin que Marx es el sucesor legítimo y heredero de lo mejor que la humanidad había creado en el siglo XIX, representado por la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo utópico francés. Analiza Lenin estas tres fuentes del marxismo y demuestra que “Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que imprimió un nuevo impulso a la filosofía. La enriqueció con las adquisiciones de la filosofía clásica alemana, especialmente del sistema de Hegel, que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. Lo principal de estas adquisiciones es la dialéctica”,7 subraya Lenin.
La aparición del materialismo dialéctico e histórico significaba una formidable revolución en la historia del pensamiento filosófico de la humanidad. Así como la clase obrera, al entrar en la palestra de la historia como fuerza independiente, era expresión de la necesidad de dar a la sociedad una organización completamente nueva, basada en principios también nuevos, de suprimir el régimen de explotación del hombre por el [527] hombre, de la misma manera, su concepción del mundo, tal como se la ofrecieron los grandes genios de Marx y Engels, eran la filosofía y la sociología científicas más consecuentes de nuestro tiempo.
La historia científica de la filosofía, guiándose por el inconmovible principio marxista-leninista de fidelidad al espíritu de partido, pone de relieve en todos sus aspectos la superioridad irrebatible del materialismo dialéctico e histórico sobre todas las doctrinas filosóficas y sociológicas anteriores a Marx, y demuestra las excelencias de la concepción científica proletaria del mundo frente a todos los sistemas burgueses.
El período que sigue a la aparición del marxismo será objeto de estudio en los tomos siguientes de nuestra HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.
{1} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, 1953, pág. 430.
{2} F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp. de Wenceslao Roces. México, D. F., 1945, páginas 30 y 31.
{3} C. Marx, Tesis sobre Feuerbach. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. II, pág. 376.
{4} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, pag. 362.
{5} C. Marx, El Capital, trad. esp. de W. Roces, t. I, 2ª ed., Fondo de Cultura Económica. México, 1959, pág. XIX
{6} V. I. Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo. En Obras escogidas, en dos tomos, trad. esp., t. I, Ediciones en Lenguas Extranjeras. Moscú, 1948, pág. 65.
{7} V. I. Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo. En Obras escogidas, ed. cit., t. I, pág. 66.