Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo IV: 5

5. Los problemas de la ética en las obras de los fundadores del marxismo.

Guiándose por la interpretación materialista de la historia, Marx y Engels resuelven los problemas cardinales de la ética, que hasta entonces habían sido en este plano la piedra de toque de todas las doctrinas: los problemas relativos a la esencia, el origen y el desarrollo de la moral, su criterio científico y su papel en la vida de la sociedad. Crearon la ética marxista, auténtica teoría científica de la moral, que significaba una etapa cualitativamente nueva en la historia de esta esfera del pensamiento humano.

En los fundadores del marxismo no encontramos una definición del concepto de moral; no obstante, allí donde lo emplean, tienen presente principios, normas y reglas de conducta históricamente determinados (clasistas en la sociedad de clases), y también la valoración de esta conducta en las categorías del bien y del mal, de las cualidades morales de los hombres, etc. Los principios, normas y reglas de conducta, que sirven para valorar los actos de los hombres, ostentan el carácter de imperativos sociales (de clase) respecto de la conducta del individuo, de sus acciones respecto de otros individuos y también respecto de su clase o de la clase hostil. del Estado, de la patria, etc. El problema de la relación entre el individuo y la sociedad, de la conjugación de los intereses personales [248] con los sociales, figuró siempre en el primer plano de las doctrinas éticas; también es el problema básico de la teoría marxista de la moral.

El marxismo rechaza la teoría idealista de la moral, que coloca sus principios sobre la historia y los deriva de una fuente no histórica: de Dios, de la idea absoluta, de la conciencia abstracta de sí mismo, etc. De hecho, los hombres siempre dedujeron sus principios morales de las relaciones reales entre ellos mismos, que al cambiar hacen que se modifiquen los conceptos sobre la moralidad, las representaciones acerca del bien y «del mal. Estas representaciones, según palabras de Engels, “han cambiado tanto de pueblo a pueblo, de siglo a siglo, que no pocas veces se contradicen abiertamente”.45

El marxismo muestra cómo la moral, lo mismo que las demás formas de la conciencia social – ideología política y jurídica, filosofía, religión, arte, etc.–, es parte integrante de la supraestructura ideológica que se eleva sobre la base económica de la sociedad. En la sociedad dividida en clases, la moral tiene un carácter de clase. O bien justifica la forma dominante de propiedad (moral de la clase dominante), o bien es expresión de los intereses de la clase oprimida, de su protesta contra el yugo económico y político que la sojuzga. En la sociedad capitalista contemporánea, escribía Engels, se predica una moral de tres tipos: la feudal, que es herencia del pasado; la burguesa, que impera en la sociedad moderna, y la proletaria, que es la moral del futuro.

“Si vemos, pues, que las tres clases que forman la sociedad moderna, la aristocracia feudal, la burguesía y el proletariado, poseen cada una su propia moral, necesariamente tendremos que concluir que los hombres. sea consciente o inconscientemente, derivan sus ideas morales, en última instancia, de las condiciones prácticas en que se basa su situación de clase: de las relaciones económicas en que producen e intercambian lo producido.”46

De aquí no se desprende que Marx y Engels derivasen las concepciones éticas, las normas de la moral, directamente de las relaciones económicas o condiciones económicas de vida de las clases. Los vínculos de la moral con las relaciones económicas suelen ser muy complejos, particularmente en la sociedad contemporánea. El desarrollo de la moral, lo mismo que el de las otras formas de la conciencia social, presenta una relativa autonomía. Esto significa que las clases nuevas no crean sus concepciones éticas partiendo “de la nada”, sino que a menudo toman las ideas éticas de épocas anteriores y las modifican, prescindiendo de lo que estiman innecesario y conservando lo que concuerda con las nuevas relaciones económicas, con la situación de esa clase concreta en la sociedad.

Si las nuevas relaciones económicas tienen rasgos esenciales comunes con las viejas, determinadas normas morales pueden conservar su vigencia y acomodarse a las nuevas condiciones. Así, escribe Engels, desde que la propiedad privada se extendió a los bienes muebles, el mandamiento moral de “No robarás” había de ser común a todas las sociedades en que esa propiedad existía. Al mismo tiempo señala que este mandamiento no es [249] en modo alguno eterno, puesto que en la sociedad en la que sean eliminados todos los motivos del robo, tal mandamiento perderá su razón de ser.

Los fundadores del marxismo veían que en el desarrollo de la moral tiene una gran importancia la fuerza de la costumbre, el peso de las tradiciones, que hace que en la sociedad (en determinadas clases) se mantengan durante largo tiempo determinados conceptos, normas y valoraciones morales; mantiénense incluso cuando ya desaparecieron o se modificaron sustancialmente las condiciones que los engendraron. Veían también que sobre la moral ejercen gran influencia la política, la religión, la filosofía, el arte, etc., de la misma manera que estas formas de la conciencia social experimentan la acción de una moral determinada. Todo esto significa que el desarrollo económico no determina directamente, sino que de ordinario lo hace sólo en última instancia, la dirección en la que se modifican o transforman las ideas morales de los hombres, sus normas de conducta, valoraciones, etc.

Ahora bien, si las concepciones morales de los hombres, las normas y valoraciones dependen de manera directa o mediata de las relaciones económicas, ¿se puede hablar de valores o verdades morales que tengan una validez universal humana? El marxismo nos dice que “se ha efectuado, en rasgos generales, un progreso en la moral, así como en las demás ramas del conocimiento humano”,47 que en la moral de las clases avanzadas, en sus sistemas éticos –que en una medida u otra expresan los intereses de las masas populares en lucha contra la explotación y la opresión–, hay un contenido positivo que no desaparece, sino que es recogido y ampliado por las nuevas fuerzas sociales avanzadas. La clase obrera es la heredera de los mejores valores morales de la humanidad, de todas las adquisiciones positivas del pensamiento ético avanzado de tiempos anteriores, que ella amplía apoyándose en los principios de su moral de clase.

La moral proletaria comunista, por su profunda esencia, es una moral de toda la humanidad, puesto que es la moral de la clase llamada a emancipar para siempre a la humanidad de la explotación y de la lucha de clases. Corresponde a los intereses más hondos de los trabajadores que luchan contra la explotación en todas sus formas, contra la opresión del hombre por el hombre. Por esta razón no adolece de la limitación de clase que caracterizaba a los viejos sistemas morales de la sociedad dividida en clases. La clase portadora de esta moral nueva atrae a millones de trabajadores por la nobleza de sus ideales, por su abnegada lucha, por su cohesión y conciencia, por su nueva manera de pensar y sentir.

El partido marxista, que aporta la conciencia socialista a las filas de la clase obrera y dirige su lucha, ejerce una influencia inmensa sobre la formación de la nueva moral. En las primeras asociaciones de los obreros socialistas, Marx y Engels veían ya el embrión de nuevas relaciones humanas, de la genuina moral humana a la cual pertenece el futuro. Marx escribe, refiriéndose a las asambleas de los obreros socialistas franceses y a su aspiración a estrechar los vínculos que los unían: “... La fraternidad humana no es en sus labios una frase, sino una verdad; en sus [250] rostros, endurecidos por el trabajo, resplandece la nobleza humana.”48 Mientras existan las clases y su lucha, la nueva moral se verá circunscrita al marco de una clase. En la sociedad comunista se liberará por completo de su marco de clase y se convertirá en la moral única para la sociedad entera. Por eso escribía Engels: “Una moral realmente humana, sustraída a los antagonismos de clase o al recuerdo de ellos, será factible solamente al llegar la sociedad a un grado de desarrollo en que no sólo se haya superado el antagonismo de las clases, sino que se haya olvidado en las prácticas de la vida.”49

A lo dicho sobre el contenido social de la moral hay que agregar que los creadores del marxismo –que se oponían resueltamente a todo dogmatismo moral y a las pretensiones de ciertos tratadistas de presentar sus sistemas éticos como una “moral eterna”, válida para todos los tiempos y pueblos– admitían, sin embargo, en el campo de la moral verdades cuya significación se extiende a todo el género humano. Engels señala que en la moral, como en las demás esferas del conocimiento relativas a la historia de la sociedad, tales verdades “son más escasas” que en la esfera de las ciencias naturales, aunque, a pesar de ello, existen.

Marx era contrario a incluir en los estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que él redactó, frases generales acerca de la verdad, el deber y la justicia (por considerarlas completamente abstractas, desprovistas de un contenido histórico concreto).50 No obstante, en otros documentos de la Asociación habla de las “simples leyes de la moral y la justicia”, que han de ser observadas en las relaciones entre los individuos y los pueblos. Engels se refiere en La situación de la clase obrera en Inglaterra a los “principios elementales” que regulan las relaciones de hombre a hombre. Estos principios o leyes de la moral no eran para Marx y Engels leyes y normas situadas fuera de la historia (como el imperativo categórico de Kant), sino las elementales reglas de convivencia elaboradas por los hombres en el curso de su historia y que son necesarias para regular su vida en común.

El marxismo da una respuesta diáfana a la pregunta de si el hombre es libre y responsable de sus actos. Nos muestra que si bien la conducta humana viene condicionada, no se trata ni mucho menos de algo fatal, es decir, que excluya toda posibilidad de elección de los actos, de valoración de los mismos, etc. Por otra parte, la posibilidad de elección no equivale a admitir la libertad absoluta de la voluntad. Si el hombre fuese “absolutamente libre” en sus acciones, la valoración moral sería también imposible, al no existir para ella ningún criterio objetivo. En un caso, el hombre es esclavo de las circunstancias; en el otro, sus actos son completamente casuales y arbitrarios. El reconocimiento de la libertad absoluta de la voluntad y la negación de la necesidad proporciona base teórica para justificar la arbitrariedad burguesa en política y el individualismo [251] burgués en la conducta. Pero este individualismo no significa, ni mucho menos, la libertad verdadera en la conducta y la valoración de los actos humanos, pues de hecho la libre voluntad del propietario, según palabras de Marx, “está sujeta a los intereses más mezquinos y egoístas como el forzado al banco de la galera”.51

La esencia del hombre, de conformidad con la doctrina del marxismo, es el conjunto de las relaciones sociales. Por consiguiente, la conducta del individuo se halla condicionada por determinadas relaciones sociales. Pero en el marco de estas relaciones puede obrar bien en consonancia con las necesidades maduras del desarrollo social, bien en contra de ellas; puede incorporarse a las fuerzas sociales avanzadas o a las fuerzas caducas y reaccionarias. Es “libre” de elegir, pero su elección será únicamente libre de veras cuando se base en el conocimiento de la necesidad objetiva de obrar en un sentido determinado, y no en otro. No hay otra base para la acertada elección y valoración de los actos que la base que proporciona su necesidad. En todos los casos, “el libre arbitrio no es, por tanto, según eso, otra cosa que la capacidad de decidir con conocimiento de causa. Así, pues, cuanto más libre sea el juicio de una persona con respecto a un determinado problema, tanto más señalado será el carácter de necesidad que determine el contenido de ese juicio; en cambio, la inseguridad basada en la ignorancia, que elige, al parecer, caprichosamente entre un cúmulo de posibilidades distintas y contradictorias, demuestra precisamente de ese modo su falta de libertad, demuestra que se halla dominada por el objeto al que debiera dominar”.52

Ahora bien, la libre elección de la conducta de masas de hombres está muy lejos de ser posible en igual medida en condiciones históricas distintas. Mientras la sociedad se desenvuelve en un régimen de propiedad privada sobre los medios de producción, los hombres son esclavos de sus propias relaciones, de las leyes económicas. En la sociedad capitalista, la miseria material y la opresión social de los trabajadores constituyen una de las fuentes constantes de la delincuencia y la inmoralidad, empujando a menudo al trabajador honrado al robo para no morir de hambre, obligando a la mujer a venderse, etc. Al ser suprimida la propiedad privada sobre los medios de producción, al poner fin a la explotación, la miseria y el paro forzoso, desaparecen unas de las causas más importantes de la delincuencia y de la inmoralidad. En estas condiciones se incrementa formidablemente el papel de la actividad consciente de cada individuo y, por consiguiente, la responsabilidad que le cabe por sus actos. “Los hombres, dueños por fin de su propia forma de organización, se convierten así en dueños de la naturaleza, en dueños de sí mismos, en hombres libres.”53

El reconocimiento de la necesidad objetiva, de que la historia está sujeta a leyes, permitía resolver el problema del criterio objetivo de la moral. Al examinar los distintos tipos de moral vigentes en la sociedad burguesa y que corresponden a la situación de sus diferentes clases, Engels se pregunta: ¿qué moral es, pues, la verdadera? Y responde así: “En [252] sentido absoluto y definitivo, ninguna; pero, evidentemente, la que contendrá más elementos prometedores de duración será aquella moral que representa en el presente la subversión del presente, el porvenir; es decir, la moral proletaria.”54

Esta tesis tiene hoy día mayor actualidad aún que hace setenta años, cuando fue enunciada. Ahora vemos que la moral de la burguesía contemporánea ha entrado en franca decadencia y no corresponde ya a las necesidades del desarrollo social; que la “moral proletaria, comunista, en las normas y reglas de la cual toma cuerpo la aspiración de liberar a la sociedad de todas las formas de explotación y opresión, es la verdadera moral de la humanidad avanzada.

Refiriéndose a la moral proletaria, Marx y Engels muestran su radical contraste con la moral burguesa. Frente al individualismo y el egoísmo burgueses en las relaciones entre los hombres. la clase obrera levanta el principio de la solidaridad, del colectivismo, de la solicitud por los intereses generales de esta clase, del pueblo. Dicho principio se desprende de las condiciones de lucha de la clase obrera en pro de una sociedad nueva. En el curso de esta lucha, los mejores hombres de la clase obrera aceptan privaciones y persecuciones en aras de la causa común a la cual entregaron toda su vida. El principio de la solidaridad, del colectivismo, responde a la naturaleza de la sociedad nueva. que se asienta en la propiedad social de los medios de producción y presupone unas relaciones de camaradería y ayuda mutua entre los hombres. Será una sociedad, escribía Engels, “¡en la que la comunidad de intereses es elevada a principio fundamental, en la que el interés social no se diferencia ya del interés de cada individuo!”55

Bajo el capitalismo, el interés común une a los trabajadores para la lucha contra los intereses generales de la clase capitalista; dentro del socialismo, en cambio, este interés común de los trabajadores es el interés de su actividad conjunta, de la construcción y defensa de la nueva sociedad. La norma valorativa de los méritos del hombre dentro del socialismo es su trabajo. su actitud hacia la causa común de la construcción de la nueva sociedad, su preocupación por los intereses generales de los trabajadores.

Otro aspecto del colectivismo proletario, socialista, es la solicitud de la sociedad por el hombre, por el completo desarrollo y aplicación de sus facultades. Esta solicitud se desprende de la naturaleza de la sociedad nueva, en la que el trabajo y la educación irán unidos y donde los hombres tendrán asegurada la posibilidad de “aplicar en todos los sentidos sus facultades desarrolladas en todos los sentidos”.56 Esto significa que el colectivismo socialista coincide con el humanismo auténtico, con el humanismo de tipo superior que eleva al hombre hasta alturas jamás conocidas. Mientras existan clases hostiles, este humanismo mantiene la posición [253] de la lucha de clases consecuente. De ahí que el amor a los hombres que él predica presuponga el odio a los explotadores y la lucha contra ellos.

El viejo humanismo veía en el hombre oprimido, perteneciente a las masas trabajadores, un ser digno sólo de lástima y compasión; el humanismo socialista, en cambio, ve en él al hombre que puede y debe ser luchador y constructor de la sociedad nueva. El humanismo socialista trata de despertar en el oprimido la conciencia de su dignidad humana. Todo esto significa que el humanismo socialista cree de veras en las energías y la capacidad del hombre, lo estima y tiene fe en su futuro. Por eso no preconiza la pasividad, sino que exige la lucha por la felicidad de los hombres. Por eso es exigente hacia el hombre. La estimación y lo mucho que se pide del hombre se basan por igual en la fe en sus energías y facultades, son exponente del orgullo y el amor que él despierta.57

La lucha de la clase obrera por su emancipación y por la construcción de la sociedad nueva transcurre dentro de condiciones históricamente determinadas. Esto significa que la fidelidad a los intereses sociales, a los intereses de la clase obrera y del pueblo, es también la fidelidad a su patria, la estimación por las mejores tradiciones nacionales de su pueblo, el amor a su lengua, etc. En las condiciones propias del capitalismo, la clase obrera lucha por la transformación de su país en interés de los trabajadores y por liberar a su patria de la opresión, cualquiera que sea la forma que ésta adopte. “Recordad –escribía Engels– qué milagros realizó el entusiasmo de los ejércitos revolucionarios entre 1792 y 1799, de unos ejércitos que luchaban sólo por una ilusión, por una imaginaria patria, y comprenderéis cuál debe ser la fuerza de un ejército que lucha no por una ilusión, sino por algo real y tangible.”58 Esta predicción de Engels se ha visto plenamente confirmada por la experiencia ulterior [254] de las guerras revolucionarias, y en particular de la Gran Guerra Patria del pueblo soviético.

El patriotismo de los proletarios revolucionarios va unido orgánicamente a las tareas internacionalistas de la clase obrera, al robustecimiento de la solidaridad internacional de los obreros y de todos los trabajadores. El marxismo opone, tanto “al viejo egoísmo nacional, no encubierto por nada, como al hipócrita cosmopolitismo, estrechamente egoísta”,59 la fraternidad entre los pueblos. Esta fraternidad ha tomado cuerpo actualmente en las relaciones entre los pueblos de los países socialistas. Los fundadores del marxismo mostraban los vínculos directos que hay entre el nacionalismo burgués y el cosmopolitismo de las naciones dominantes con el principio individualista y egoísta sobre que descansa la sociedad burguesa; lo mismo el nacionalismo que el cosmopolitismo son manifestaciones del egoísmo del burgués respecto de otros pueblos. Los principios del patriotismo socialista y del internacionalismo, al contrario, expresan la posibilidad y necesidad de combinar los intereses generales de un pueblo con los intereses de todos los pueblos, el amor a la patria con el respeto a las otras naciones, con la fidelidad a la causa de la paz y de progreso del género humano. Estos principios son normas políticas y morales de trascendental importancia, a las que se atienen los que combaten por el comunismo en el mundo entero.

Un nuevo contenido social adquieren en la ética marxista los conceptos de deber moral y de conciencia, que desde diferentes puntos de vista expresan el nexo de los intereses personales y sociales, la adaptación de los primeros a los segundos y la elevación moral del hombre.

La teoría marxista de la moral ve la fuente del deber (del deber social en el sentido amplio de la palabra) no en Dios ni en la naturaleza del hombre, sino en las necesidades objetivamente maduras del desarrollo progresivo de la humanidad.

El partido marxista educa a los trabajadores en una actitud hacia el deber social, en la que éste se convierte en algo que depende del convencimiento interno, o sea en un auténtico deber moral.

La conciencia, lo mismo que el deber, no es concepto extrahistórico. No se lo dieron al hombre ni la “naturaleza” ni Dios. Los fundadores del marxismo enseñan: “La conciencia del republicano no es la misma que la del realista, la del poseedor es distinta de la del desposeído, la del que piensa es distinta de la del que es incapaz de pensar.”60 La conciencia de los que poseen tiene sus límites en la propiedad privada y los privilegios, por lo que, al decir de Marx, la “conciencia” de los privilegiados es una “conciencia privilegiada”.

Marx y Engels enunciaron una serie de profundas ideas sobre las bases morales de la familia en las distintas etapas de su desarrollo. Antes de la aparición de la monogamia (es decir, bajo las distintas formas del matrimonio por grupos, santificadas por la moral de aquel tiempo) era imposible la elección de consorte por mutuo acuerdo. La aparición de la [255] monogamia lo hacía posible, pero la posibilidad se convertía raramente en realidad, sobre todo entre las clases dominantes, en las que en las cuestiones del matrimonio, sobre todas las demás consideraciones, predominaron siempre los intereses comerciales, políticos, etc. Los fundadores del marxismo preveían que al ser suprimida la propiedad privada sobre los medios de producción, con la incorporación de la mujer a la producción social como miembro libre y con plenos derechos de la sociedad socialista, el matrimonio dejaría de ser una transacción (comercial, política, etc.), como lo era y lo es entre las clases explotadoras, y con ello desaparecerían sus eternos acompañantes: el hetairismo y la prostitución. Entonces, la monogamia encontrará su realización completa y real, y crecerá “una nueva generación: una generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se habrán visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que las de un amor real”.61

Los fundadores del marxismo aplicaban las categorías y valoraciones morales no sólo a la conducta de los individuos, sino también a la de clases y naciones enteras. Así hablaban de la “conciencia teórica” de Alemania, de “vergüenza nacional”, de “virtudes políticas”, etc., aplicando las valoraciones morales (del bien y el mal, la justicia y la injusticia) a los aspectos más diversos de la vida social. Ahora bien, jamás sustituyeron el análisis de las relaciones económicas y político-sociales por la valoración moral y eran decididos adversarios de la “crítica moralizadora” del capitalismo.

Marx y Engels no fundamentaron nunca la necesidad del socialismo partiendo de consideraciones de orden moral. “Esta apelación a la moral y al derecho no nos hace avanzar científicamente ni una pulgada; la ciencia económica no puede encontrar en la indignación moral, por muy justificada que ella sea, razones ni argumentos, sino simplemente un síntoma.”62

Los creadores del marxismo-leninismo enfocan el estudio de los procesos sociales de la misma manera que el naturalista enfoca el estudio de determinados procesos que transcurren en la naturaleza. El desarrollo social lo consideran como un proceso histórico natural. Ahora bien, aun equiparando el desenvolvimiento de las relaciones de producción a un proceso natural, que transcurre al margen de la voluntad y conciencia de los hombres, no renuncian a dar una valoración moral de unos u otros hechos económicos cuando consideran estos hechos no en sí, sino en relación con los hombres, con las masas trabajadoras. La valoración moral, que es inaplicable a los fenómenos de la naturaleza, se aplica a cualquier fenómeno social en cuanto este último es considerado en su relación con el bien de la sociedad y de cada trabajador. En tal caso, las relaciones sociales, históricamente determinadas, al compararlas con otras pueden ser tenidas como un bien o como un mal, se les puede aplicar las categorías de justicia e injusticia, etc. Al analizar el modo capitalista de producción [256] en su desarrollo, los clásicos del marxismo dan una explicación completa de la esencia” de las relaciones capitalistas y demuestran que el hundimiento del capitalismo y el triunfo del socialismo son inevitables. Paralelamente presentan contra el capitalismo y la burguesía dominante un acta de acusación de tal fuerza moral como nunca alcanzaron las anteriores publicaciones en que se denunciaban los vicios de este régimen. La conciencia de la justicia de la lucha contra el capitalismo, que descansa en la comprensión de que éste se encuentra históricamente condenado y de que el triunfo del socialismo es inevitable, es un factor de primer orden que moviliza a la clase obrera en su lucha por una nueva sociedad.

Los fundadores del marxismo relacionaban con la lucha de la clase obrera por la nueva sociedad y con la revolución comunista el problema de la reeducación de los hombres que llevan en sí las taras de los prejuicios y supervivencias de la propiedad privada, el problema del cambio de su conciencia. “... Tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.”63

Así, pues, al relacionar la renovación moral de la sociedad con la lucha de la clase obrera y la revolución comunista, los fundadores del marxismo se muestran contrarios a la creación de una doctrina ética que se sitúe por encima de la vida y que dicte a los hombres (a la sociedad entera) normas morales abstractas. El marxismo, decía V. I. Lenin, en el plano teórico subordina la ética al principio de la casualidad (o lo que es lo mismo, le da una base científica), y en el terreno práctico la reduce a la lucha de clases.

A diferencia de las teorías burguesas, el marxismo no crea un sistema dogmático de moral válida para lodos los tiempos y lodos los pueblos, no oculta el origen de clase de su ética ni reemplaza la lucha de clases por preceptos morales.

Cuando los ideólogos de la burguesía sostienen que el marxismo niega la ética, con ello ponen de manifiesto, primero, su limitación de clase y su incapacidad para comprender el marxismo; y segundo, el fin egoísta que les guía, y que no es otro que el de difamar el marxismo ante los ojos de los trabajadores como una doctrina “inmoral”. Lo cierto, sin embargo, es que sólo el marxismo ha dado por primera vez una solución científica a los problemas de la moral y ha fundamentado en su ética los principios de una auténtica moral humana. La teoría científica de la moral pudo aparecer justamente cuando en la palestra histórica irrumpió la clase que era portadora de la moral del comunismo, cuya validez se extiende a la humanidad entera.

La vida de Marx y Engels es un alto ejemplo de abnegado servicio [257] al pueblo y a la causa del comunismo, a la cual entregaron sin reservas todas sus energías. Esto era para ellos un deber moral.

F. Mehring nos dice: “... Marx abrazaba voluntariamente esta vida de tormento, sobreponiéndose a todas las tentaciones para arribar al puerto de salvación de una profesión burguesa, que hubiera podido desempeñar muy honrosamente. Por qué no lo hizo nos lo dice él mismo con palabras sencillas y sobrias, sin asomo de afectación: “Yo necesito navegar hacia mi ”meta derechamente, y no puedo consentir que la sociedad burguesa me ”convierta en una máquina de hacer dinero.”64 Se sabe que la necesidad agobió a menudo a Marx y su familia y que la abnegada ayuda de su gran amigo que era Engels le salvó en más de una ocasión de caer en la más negra miseria. La “amistad de Marx y Engels –estos gigantes del pensamiento y de la acción– no tiene par en la historia.

Ambos se consagraron a la causa común de liberar a la Humanidad de las cadenas del “capital y, en efecto, entregaron a esa causa cuanto estuvo a sus alcances. En una carta a S. Meyer, del 30 de abril de 1867, Marx explicaba así los motivos de no haberle contestado: “¿Por qué no le he escrito, pues? Porque todo el tiempo he estado al borde de la tumba. He debido aprovechar, por esto, cada momento que estaba en condiciones de trabajar para terminar mi obra, a la cual he sacrificado la salud, la felicidad de la vida y la familia. Confío que esta explicación será bastante. Me río de los llamados hombres “prácticos” y de su sabiduría. Si quieres ser una bestia, puedes volver la espalda, naturalmente, a los sufrimientos de la humanidad y preocuparte de tu propio pellejo. Pero yo me tendría en verdad por nada práctico si muriese sin concluir mi libro, siquiera sea el manuscrito.”65

Estas palabras reflejan perfectamente la grandeza moral de Marx.




{45} F. Engels, Anti-Dühring, ed. esp. cit., pág. 114.

{46} F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 115.

{47} F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 116.

{48} C. Marx, Manuscritos filosófico-económicos de 1844. C. Marx y F. Engels, Primeros escritos, ed. rusa, Moscú, 1956, pág. 607.

{49} F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 116.

{50} Marx escribió a Engels, el 24 de noviembre de 1864, que había conseguido incluir en los estatutos estas frases de tal modo que “no pueden causar daño alguno”. C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 149.

{51} C. Marx, Debates acerca de la ley sobre el robu de leña. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 1, Moscú, 1955, pág. 141.

{52} F. Engels, Anti-Dühring, ed. esp. cit., pág. 139.

{53} Ibídem, ed. cit., pág. 347.

{54} F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 115.

{55} F. Engels, Discursos de Elberfeld. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 2, pág. 538.

{56} F. Engels, Principios del comunismo. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 4, Moscú, 1955, pág. 336.

{57} Los ideólogos burgueses tratan por todos los medios de desacreditar los principios de la ideología y la moral comunistas, y ante todo el principio del colectivismo, que presentan como un aplastamiento de la personalidad, como una manifestación de “estatismo”, etc. Tras de los ideólogos burgueses, a los ataques contra el principio del colectivismo se suman los revisionistas, que tratan de “conciliarlo” con el individualismo burgués sobre la base de este último. Repiten esa trillada calumnia contra el socialismo. De hecho, como señalaban Marx y Engels, sólo “dentro de una colectividad efectiva adquieren los individuos la libertad en su asociación y por medio de ella” (C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 3, pág. 75). La experiencia de los países socialistas ha confirmado por entero la justeza de esta tesis. El socialismo ha creado y crea sin cesar condiciones nuevas para un inusitado desenvolvimiento de la personalidad humana, para un desarrollo completo y libre de sus capacidades y facultades. Los actuales revisionistas, en sus deseos de castrar el carácter revolucionario del humanismo socialista de Marx y Engels, apelan a menudo a los primeros trabajos de los fundadores del marxismo, donde el hombre es considerado a menudo como un “ser genérico”, de conformidad con el espíritu del humanismo abstracto de Feuerbach. En consonancia con ello, acomodan la teoría marxista de la moral a las reivindicaciones del liberalismo burgués. No quieren ver que, ya en sus primeros trabajos, Marx y Engels superan este humanismo abstracto y se sitúan en las posiciones del humanismo de la lucha de clases proletaria, que en toda su actuación posterior mantienen consecuentemente. Así, pues, los revisionistas adulteran el sentido de la revolución que Marx y Engels llevaron a cabo en la filosofía y la ética.

{58} F. Engels, Discursos de Elberfeld. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 2, pág. 539.

{59} F. Engels, La fiesta de las naciones en Londres. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 2, pág. 587.

{60} C. Marx y F. Engels, El proceso de Gottschalk y sus compañeros. Obras completas, ed. rusa, t. 6, Moscú, 1957, pág. 140.

{61} F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. esp. cit., t. II, pág. 223.

{62} F. Engels, Anti-Dühring, ed. cit., pág. 182.

{63} C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, ed. esp. cit.. pág. 78.

{64} F. Mehring, Carlos Marx. Historia de su vida, trad. esp. de W. Roces, Editorial Grijalbo, México, D. F., 1957, pág. 249.

{65} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidus, ed. rusa, pág. 185.