Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo V
El pensamiento filosófico y sociológico de Alemania desde la revolución burguesa de 1848 hasta el comienzo de la época del imperialismo.1
La segunda mitad del siglo XIX se inicia en la vida social de Alemania con la revolución de 1848, cuya derrota trajo consigo en el país la más brutal reacción política.
Incluso las limitadas libertades democráticas que el proletariado había conquistado en el proceso de la lucha revolucionaria, no tardaron en ser abolidas y reemplazadas por un monstruoso régimen de arbitrariedad de la policía y los funcionarios. Caracterizando la situación en que Alemania se encontraba después de los acontecimientos revolucionarios, Marx escribía: “No podéis ni vivir, ni morir, ni contraer matrimonio, ni escribir una carta, ni pensar, ni publicar nada, ni abrir un comercio, ni enseñar, ni aprender, ni celebrar una reunión, ni construir una fábrica, ni emigrar, ni hacer nada en absoluto sin... permiso de las autoridades."2
La burguesía alemana, que no se había distinguido nunca por su espíritu revolucionario, trató de poner fin a la revolución a espaldas del pueblo, traicionando cobardemente los intereses generales de la nación, que antes se jactaba de representar. Las ilusiones liberadoras de la burguesía se extinguieron como un espejismo y ella capituló a toda prisa ante el Estado monárquico de los terratenientes. El proletariado, por su insuficiente organización y conciencia política, no podía aún en aquel tiempo convertirse en el dirigente de la revolución y llevar tras de sí a los campesinos.
En virtud de todas estas causas, la revolución de 1848 no pudo desbrozar radicalmente el camino para el desarrollo en Alemania del capitalismo. La propiedad agraria de los junkers se mantuvo en pie. El desarrollo de las relaciones capitalistas, especialmente en el campo, siguió con [275] dolorosa lentitud por la denominada vía prusiana. Veíase limitado por las vigorosas supervivencias feudales y monárquicas. Sólo en 1870-1871 llegó el capitalismo a ser la fuerza preponderante de Alemania en todas las esferas de la vida económica, si bien los junkers mantuvieron aún su dominio político a lo largo de muchos decenios. Se instituyó la peculiar organización económica y estatal que V. I. Lenin definía como capitalismo burgués de los junkers.
Siguiendo esa misma vía, específicamente “prusiana”, fue cumplida otra tarea cardinal del desarrollo capitalista del país: la formación de un Estado nacional único. La burguesía, amedrentada por las acciones revolucionarias de los trabajadores, se alió a los junkers para impedir la realización democrática de esta tarea y llevarla a cabo mediante la unificación violenta de los numerosos principados y Estados bajo la égida del rey de Prusia. Expresión de este compromiso fue la política de “hierro y sangre” de Bismarck, en la que la burguesía veía satisfechas las necesidades del desarrollo capitalista del país. Cierto es que a veces jugaba a la oposición, pero la afortunada guerra de Prusia contra Austria en 1866, con la subsiguiente formación de la Confederación Germánica del Norte, acalló las tendencias oposicionistas. El 16 de abril de 1871, el Reichstag constituyente aprueba la Constitución imperial, que consolida Ja paz definitiva entre la burguesía y los junkers.
La Constitución proclamaba la libertad de industria y de desplazamiento y establecía la unidad de moneda, pesos y medidas, con lo que se favorecía el progreso de la industria y del comercio.
Después de la unificación del país, el joven capitalismo alemán avanza rápidamente, sobrepasando por el ritmo de incremento de la producción industrial y por la concentración de la producción a sus principales rivales europeos, Inglaterra y Francia.
Después de la unificación de Alemania en un Estado único, la burguesía deja en manos de la nobleza todo el poder político real. La burguesía alemana, señala Engels, “adquiere su paulatina emancipación social al precio de su renuncia inmediata a un poder político propio... El principal motivo que hace aceptable para la burguesía semejante acuerdo no es, naturalmente, el miedo al gobierno, sino su miedo al proletariado”.3
Por mucho empeño que pusiera la reacción, no pudo aplastar el movimiento revolucionario de las masas trabajadoras. El vertiginoso crecimiento de la industria, con el consiguiente incremento de la explotación, trajeron consigo la acentuación de las contradicciones de clase y del espíritu revolucionario de las masas obreras. Bajo la dirección ideológica de Marx y Engels, se constituye y desarrolla el partido socialdemócrata de Alemania. Después de la Comuna de París, los obreros alemanes, al decir de Engels, pasan a la vanguardia del movimiento europeo.4
Es cierto que en los años 70 la socialdemocracia alemana era todavía débil en el terreno de las ideas y de la organización, y cometía buen número de errores tácticos, contra los que Marx y Engels la pusieron insistentemente en guardia. Pero, con todos sus errores y debilidades, era [276] el partido más influyente en la clase obrera. El movimiento obrero, unido con el socialismo científico, era una amenaza real para las clases dirigentes de Alemania. En 1878 el Reichstag aprobó la “ley de excepción”, por la que se prohibían las actividades de las organizaciones socialdemócratas. Pero la política de represión policíaca resultó insuficiente y falta de consistencia. De ahí que para salir al paso de la creciente influencia del marxismo se recurriese a todos los medios de acción ideológica de que disponía la reacción.
La aparición del marxismo y sus ulteriores avances, en lucha con los enemigos ideológicos declarados y encubiertos,5 predeterminaron el carácter de la evolución del pensamiento filosófico y sociológico en Alemania durante los años siguientes. La lucha entre el materialismo y el idealismo entró en el país en una fase nueva. El idealismo había de enfrentarse con el adversario más poderoso, con un adversario invencible como era el materialismo dialéctico e histórico, con una doctrina filosófica fundida, según la expresión de V. I. Lenin, de un solo bloque de acero.
Temerosa del creciente movimiento del proletariado por su emancipación, la burguesía alemana se coloca, ya en los años 50 y 60, al lado del “orden legal”, ensalza la política bismarckiana de “látigo y dulces” y reniega de las anteriores tradiciones progresivas del pensamiento filosófico, de los pasados ideales de democracia y humanismo. Después de la revolución de 18:18 comienza la decadencia de la filosofía burguesa. El espíritu antirrevolucionario de la burguesía y su inseguridad en el mañana dan origen al relativismo y al escepticismo en las concepciones de sus ideólogos y abren de par en par las puertas al agnosticismo, el irracionalismo y el subjetivismo. La sociología burguesa no rebasa ya el marco de la apología abierta del régimen existente; sus intereses se ciñen cada vez a las tareas de la lucha contra el marxismo.
En la segunda mitad del siglo XIX surge en Alemania un gran número de escuelas filosóficas de todo calibre que se van sucediendo unas a otras con relativa rapidez. Su aparición está relacionada en medida considerable con la crisis de la ideología burguesa. Esta crisis se manifiesta, ante todo, en el abandono por los ideólogos de la burguesía de las mejores tradiciones de la filosofía clásica alemana –materialistas (Feuerbach) y dialécticas (especialmente Hegel)–, puesto que no respondían a las exigencias de la lucha contra el principal enemigo de la burguesía en el campo de las ideas, contra la concepción revolucionaria del mundo del proletariado. La burguesía alemana, que tampoco antes había sido una fuerza revolucionaria activa, ahora, en la segunda mitad del siglo XIX, se acomoda en una gran parte a la reacción de los junkers, que dominaba en el terreno político; al mismo tiempo, ciertas capas de la burguesía se orientan hacia la ideología liberal, hacia el mantenimiento de las tradiciones culturales y el progreso en la esfera del saber, si bien temían el rápido avance de la ciencia, limitaban sus posibilidades cognoscitivas y, a menudo, trataban de conciliarla con la religión. Los ideólogos de los grupos más reaccionarios y militaristas de la burguesía alemana rechazaban decididamente los logros de la ciencia y las tradiciones progresivas [277] del pensamiento filosófico; paralelamente, cierta parte de los ideólogos de las capas liberales de la burguesía, que fluctuaban entre la reacción y el progreso, entre el oscurantismo y la ciencia, trataban de recubrir sus concepciones filosóficas con un barniz científico, de exponer un sistema de ideas que, de un modo o de otro, se hiciesen eco a las demandas de las ciencias naturales y de otras ramas del saber, entonces en rápido progreso. Las raíces gnoseológicas de muchas corrientes filosóficas de este período tienen su origen, en buena parte, en el enfoque unilateral de unos u otros aspectos del conocimiento científico, que son desorbitados y elevados a categoría absoluta (biologización de las leyes sociales, relativismo, interpretación idealista de la experiencia, del experimento, etc.). La diferenciación de las ciencias, el rápido avance de los conocimientos científicos y la necesidad de sistematizarlos engendraban en los teóricos de la burguesía la pretensión de crear “sistemas” que diesen una explicación filosófica al ser y a la conciencia, aunque esta pretensión no tuviera tras de sí el apoyo de un método científico ni de una generalización de la vida real y del conocimiento científico.
La diversidad de escuelas y escuelillas filosóficas entre los ideólogos de la burguesía alemana, entre muchos hombres de ciencia e intelectuales en general, no era testimonio de la riqueza del pensamiento filosófico en el seno de las clases dirigentes del país en la segunda mitad del siglo XIX. Las mejores tradiciones del pensamiento filosófico alemán las plasman entonces en su doctrina y las continúan los ideólogos de la clase obrera, Marx, Engels y sus discípulos.
El pensamiento filosófico de los ideólogos de la burguesía alemana era en extremo inestable y contradictorio; las doctrinas se sucedían rápidamente unas a otras.
En la sombría atmósfera política y espiritual de los años 50, los intereses ideológicos de la burguesía son defendidos por la filosofía de Arthur Schopenhauer, que fue proclamado “señor de los pensamientos” de los intelectuales alemanes de aquel entonces. Luego, Schopenhauer se vio reemplazado por Eduard von Hartmann, con su “filosofía de lo inconsciente”. Pero la privanza de E. Hartmann fue también pasajera. A medida que el capitalismo se desarrolla y se agudizan las contradicciones de la sociedad burguesa en el período que precede al imperialismo, aparecen nuevas tendencias “de moda”. Entre ellas se destacan por su agresividad reaccionaria militante la doctrina nietzscheana y la “filosofía de la vida”, que propugnaban una “nueva valoración de las viejas ideas filosóficas” por las que la burguesía se había guiado hasta entonces. A pesar de la aparente novedad de estas corrientes filosóficas, sus bases teóricas y gnoseológicas eran las mismas de antes: el vetusto idealismo subjetivo berkeleyano y el irracionalismo y el agnosticismo de Schopenhauer, unidos a la mística del voluntarismo.
Al mismo tiempo, los avances de la industria y de las ciencias naturales plantean ante la filosofía burguesa otras tareas. La burguesía, robustecida económicamente, exigía a sus filósofos y científicos conocimientos empíricos de utilidad práctica. Así nace, en los años 50, el “materialismo vulgar” de K. Vogt, J. Moleschott y L. Büchner.
La burguesía y sus teóricos, que allanaban el camino para los avances [278] de las ciencias naturales, trataban a la vez de resguardarlas de la influencia del materialismo y el ateísmo, de limitar el progreso de la filosofía, a fin de que ésta no pudiera rebasar los límites señalados por las ciencias naturales y extraer de la práctica social ideas capaces de quebrantar los soportes del régimen social existente. Lo que mejor se prestaba a esto, atendidas las condiciones de Alemania, era el neokantismo, con su casuística en el terreno de la lógica y de la teoría del conocimiento. A diferencia de la doctrina de Nietzsche, de la “filosofía de la vida”, etc., el neokantismo busca apoyo en las ciencias naturales, limitando con la prédica del agnosticismo sus posibilidades y perspectivas. La crisis que a fines del siglo XIX se apodera de las ciencias naturales incrementa aún más las tendencias al agnosticismo y al empirismo idealista en la filosofía burguesa, con su expresión más neta en la filosofía de E. Mach y R. Avenarius, que encontró amplio eco en Alemania.
A fines del siglo XIX las anteriores tradiciones dialécticas y materialistas son desplazadas de la filosofía burguesa alemana, pero las tradiciones materialistas se mantienen en las ciencias naturales, cuyas mejores figuras (E. Haeckel, M. Verworn, H. Hertz y otros) continúan profesando un materialismo espontáneo, científico-natural, y se muestran contrarias al idealismo y al fideísmo.
La agudización de la pugna en el plano de las ideas filosóficas afecta también al movimiento obrero. Frente a la ideología del socialismo científico y su filosofía –el materialismo dialéctico– se levantan diferentes concepciones antimarxistas, pequeñoburguesas (“verdadero socialismo”, lassalismo, tendencias anarquistas, etc.). Posteriormente, en los años 70 a 90, penetran en el movimiento obrero intelectuales burgueses (E. Dühring, E. Bernstein, P. Ernst, K. Schmidt y otros), que tratan de introducir en la conciencia de los proletarios las ideas de la filosofía burguesa (positivismo, neokantismo, etc.) y de suplantar con ellas al marxismo. La falsificación del marxismo y su tergiversación sofística es cada vez más amplia. El liberalismo, interiormente podrido, trata de reactivarse adoptando la forma de oportunismo, que a menudo admite de palabra el marxismo, pero con el propósito de deformarlo y estrangularlo. Marx, Engels, sus compañeros de armas y sus continuadores no se limitan a defender la teoría revolucionaria del socialismo científico y la filosofía del materialismo dialéctico, sino que descargan nuevos y demoledores golpes sobre la reaccionaria ideología burguesa y pequeñoburguesa. La lucha del marxismo revolucionario contra las doctrinas filosóficas y sociológicas reaccionarias, contra las influencias burguesas y pequeñoburguesas en el movimiento obrero de Alemania, constituye una de las mejores páginas en la historia del pensamiento filosófico del pueblo alemán y de la humanidad entera.
{1} En este capítulo se trata principalmente de la historia de la filosofía y del pensamiento sociológico alemanes en la segunda mitad del siglo XIX. En uno de los apartados se examina la filosofía del empiriocriticismo (machismo). aparecida en Suiza y Austria y que luego se propagó ampliamente entre los ideólogos burgueses de Alemania y de otros países europeos; al hacer la caracterización de las ideas filosóficas de las ciencias naturales de Alemania, se toman en consideración, en cierto grado, sus vínculos con los progresos de estas ciencias en otros países de Europa Occidental.
{2} C. Marx, La situación en Prusia. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. 12, Moscú, 1958, pág. 632.
{3} F. Engels, Prefacio a “La guerra campesina en Alemania”. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, ed. esp., t. I, Moscú, 1951, pág. 607.
{4} C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, 1935, pág. 384.
{5} Véanse los capítulos I-III del presente tomo.