Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo V: 3

3. Las ideas filosóficas en los trabajos de los naturalistas.

El desarrollo del modo capitalista de producción en la segunda mitad del siglo XIX, acompañado de un rápido incremento de las fuerzas productivas, condiciona el amplio vuelo que toman las investigaciones en el campo de las ciencias naturales y las matemáticas.

Esta labor de investigación se lleva a cabo principalmente en los centros universitarios, antes más bien desligados, pero que con el transcurso del tiempo establecen vínculos regulares entre ellos, con lo que llegan a adquirir importancia nacional. Algunos descubrimientos trascendentales de los naturalistas de Alemania, cuya fama rebasa las fronteras del país, guardaban relación íntima con las investigaciones y con la lucha contra el idealismo de los científicos de otros países, y en particular de Austria, Suiza y Holanda.

Durante el último tercio del siglo XIX, en Alemania y otros países europeos, bajo la acción directa de los grandes descubrimientos realizados en el segundo tercio del mismo siglo, todas las ramas de las ciencias naturales experimentan un vertiginoso avance.

En biología se abren paso la doctrina evolucionista de Darwin y la teoría celular, a la que antes habían dado forma definitiva Schleiden y Swann.

Entre las grandes figuras de la segunda mitad del siglo XIX descuella [341] el biólogo materialista alemán Ernst Haeckel (1834-1919). El epicentro de sus investigaciones experimentales y teóricas es su teoría de la filogénesis –que se apoya en la teoría de la evolución de Darwin–, o sea de las leyes del desarrollo histórico, genérico, de las especies biológicas. Al nombre de Haeckel va unida la formulación de la ley biogenética que establece nexos indisolubles entre la filogénesis y la ontogénesis (historia del desarrollo de la especie e historia del desarrollo individual del organismo). Esta ley expresa la dialéctica objetiva de la naturaleza, por cuanto en la etapa superior de la evolución biológica, el desarrollo del individuo (ontogenia) reproduce en forma abreviada los rasgos esenciales de la anterior historia del desarrollo de la especie (filogenia).

En algunas cuestiones de la teoría de la evolución, Haeckel fue más allá que Darwin; subrayó el papel determinante de las condiciones del medio en la vida y el desarrollo del organismo y defendió la herencia de los caracteres adquiridos.

Haeckel fue un eminente portavoz del materialismo en el terreno de la historia natural. Aun sin entrar en el análisis de problemas específicamente filosóficos, se mostraba intransigente con todo matiz de la filosofía idealista. Haeckel, decía Lenin, “se burla de los filósofos desde el punto de vista de un materialista ¡sin percibir que él se coloca en el punto de vista de un materialista!”148

Particular difusión alcanzó el libro de divulgación de Haeckel que lleva por título Los enigmas del universo (1899). Traducida a todos los idiomas del mundo y editada en centenares de miles de ejemplares, esta obra ganó para Haeckel y para las ciencias naturales de orientación materialista a gran número de lectores y provocó una tempestad de protestas entre los filósofos idealistas y teólogos. La lucha en pro y en contra de Haeckel, según señalaba V. I. Lenin, “ha hecho resaltar con singular relieve el carácter de partido de la filosofía en la sociedad contemporánea, de una parte, y el verdadero alcance social de la lucha del materialismo contra el idealismo y el agnosticismo, de otra”.149

V. I. Lenin analiza detalladamente la actitud que hacia el libro de Haeckel adoptan los representantes de las corrientes idealistas y teológicas en boga y recoge el juicio que sobre dicha obra había emitido F. Mehring en 1899. Este, apenas hubo aparecido Los enigmas del universo, escribe: “Haeckel es materialista-monista, pero no profesa el materialismo histórico, sino el materialismo de las ciencias naturales...

Todo aquel que quiera ver de modo palpable esa incapacidad (la incapacidad del materialismo de las ciencias naturales ante las cuestiones sociales) y tener plena conciencia de la imperiosa necesidad de ampliar el materialismo de las ciencias naturales hasta el materialismo histórico, a fin de hacer de él un arma verdaderamente invencible en la gran lucha de la humanidad por su emancipación, que lea el libro de Haeckel.

Pero no es ésa la única razón para leer este libro de Haeckel. Su punto extremadamente flaco está indisolublemente ligado a su punto extremadamente fuerte: a la exposición clara, brillante, del desarrollo de las [342] ciencias naturales en este siglo (el siglo XIX), la cual constituye la parte incomparablemente mayor del libro –tanto por su volumen como por su importancia–, o, en otros términos, a la exposición de la marcha triunfal del materialismo de las ciencias naturales."150

Las progresivas concepciones científico-naturales de Haeckel se encontraban en flagrante contradicción con sus ideas sobre la política y la sociedad. “Luchador honesto y atrevido mientras se trataba de la libertad de pensamiento –escribía K. A. Timiriázev sobre Haeckel–, se convierte en un burgués ignorante y romo en cuanto pasa al campo de la política.”151

La profunda colisión que se observa en las concepciones de Haeckel no niega, sino que, al contrario, confirma la tesis de los estrechos nexos que unen la política y la ciencia, pues esta propia colisión refleja y expresa la contradicción profunda que hay en la sociedad capitalista entre el sistema de concepciones científicas, que se desarrolla objetivamente, y la política reaccionaria de la burguesía.

El eminente biólogo alemán Rudolf Virchow (1821-1902) hizo estudios sobre la teoría celular y realizó importantes investigaciones en el campo de la patología. Es muy valiosa su aportación al fundamento experimental de la estructura celular de los organismos, teoría que él proclamó como base única para la creación de la medicina científica.

Pero al no ser dialéctico y no saber aplicar el método dialéctico al estudio profundo y completo de los problemas generales de principio de la biología, Virchow incurrió en errores metafísicos. Del hecho de que las células se reproducen por división, por ejemplo, dedujo que la célula únicamente puede proceder de otra célula. Además, el propio proceso de división de la célula lo imaginaba con un criterio simplista, mecanicista, como un proceso puramente cuantitativo que no iba acompañado de ningún cambio cualitativo.

Metafísicamente también concebía Virchow el proceso del desarrollo individual de los organismos, que consideraba como un proceso de crecimiento puramente cuantitativo, como la acumulación de uno u otro número de células. Guarda relación con esto la tesis de Virchow de que cada célula es independiente en absoluto tanto anatómicamente como en el aspecto funcional, fisiológico. Según él, la célula no depende ni de otras partes del organismo ni del medio exterior que la rodea. Engels escribía a este propósito: “...Virchow se vio obligado por el descubrimiento de la célula a disolver la unidad del individuo animal en una Federación de Estados celulares, lo que ha tenido un carácter más bien progresivo que científico natural y dialéctico...”152

Virchow es uno de los fundadores del neovitalismo; rasgos característicos de su concepción del mundo son la negación positivista de la filosofía y el agnosticismo. Era un representante típico de aquellos naturalistas del siglo XIX que, pensando en positivista y combatiendo de palabra [343] a la filosofía, de hecho, para sus construcciones científicas, echaban mano de categorías lógicas procedentes de los peores sistemas idealistas del pasado. Esto encuentra reflejo en las concepciones generales de Virchow y en su Patología celular (1855), donde el autor, según palabras de Engels, “se ve obligado a recurrir a frases generales para encubrir su perplejidad”.153

En los comienzos de sus actividades científicas, Virchow sufrió repetidas persecuciones por sus activas manifestaciones de librepensamiento, mas luego se convirtió en enemigo del movimiento obrero y del socialismo científico. Llegó a oponerse a la enseñanza de la teoría evolucionista en las escuelas porque, al decir de él, contribuía a propagar entre las masas las ideas del socialismo.

Los investigadores alemanes alcanzaron también grandes éxitos en la fisiología.

Una gran significación teórico-filosófica tuvieron los estudios experimentales del gran naturalista Hermann Helmholtz (1821-1894) en la fisiología de los órganos de los sentidos.154 Su mérito principal reside en que creó una doctrina de base materialista sobre las sensaciones sonoras (sonidos musicales y vocales del lenguaje humano) y reclaboró con un espíritu fecundo la óptica fisiológica, abriendo así a la fisiología el campo de los más complejos fenómenos psíquicos.

En Doctrina de las sensaciones auditivas como base física para la teoría de la música (1863), Helmholtz analiza profundamente el problema de los fenómenos sonoros. El oído lo considera como un instrumento físico que responde, de conformidad con determinadas leyes, a las formas más diversas de las oscilaciones sonoras. En otras palabras, se demuestra la determinada relación causal que existe entre los cambios del medio exterior y la modificación de las sensaciones, la correspondencia entre el aspecto sensorial de los fenómenos y su aspecto físico. En otra obra de Helmholtz, Optica fisiológica (1856-1866), la investigación experimental rebasa los límites de la fisiología de las sensaciones y entra en el campo de la doctrina del pensamiento.

Tienen singular valor filosófico, gnoseológico, los resultados a que Helmholtz llega en el estudio de la visión espacial (vista). Afirma que la capacidad de la retina del adulto para ver espacialmente no es innata, sino que el hombre la adquiere con la experiencia. Todo se reduce, según Helmholtz, a la frecuente repetición de los actos motores visuales en distintas condiciones objetivas y subjetivas de la visión, y a la formación de asociaciones entre los efectos puramente visuales y las correspondientes modificaciones del sentido muscular. A través del sentido muscular, como resultado de la experiencia vital diaria, la retina se va adaptando a la visión espacial independiente. Defendiendo su teoría materialista del origen experimental de la visión espacial frente a los ataques de los kantianos y de otros idealistas, Helmholtz señalaba que se había visto impulsado a [344] rechazar la teoría de la visión espacial innata, principalmente, porque es imposible de todo punto atribuir a la retina una organización innata tal, que explique la adaptación necesaria de la visión espacial a las mutables condiciones en que la visión se realiza.

Séchenov calificó los trabajos de Helmholtz como una gran hazaña, como la obra de un genio, en la que se une la profundidad del pensamiento a la brillantez de la investigación experimental.

Las concepciones filosóficas de Helmholtz son extraordinariamente contradictorias e inconsecuentes. Mientras que en el campo científico se atenía a un materialismo espontáneo, en filosofía, como Lenin indica, “fue propenso al kantismo, pero no mantuvo de una manera consecuente este punto de vista en su gnoseología”.155

Helmholtz admitía la existencia objetiva del mundo exterior y estimaba que las sensaciones, las representaciones, los conceptos y demás actos psíquicos son producto de la acción de los objetos y fenómenos de ese mundo exterior sobre los órganos sensoriales del hombre. No obstante, el mate-. rialismo filosófico no era, según él, la única concepción del mundo posible para el hombre de ciencia; para el naturalista no era nada más que una “hipótesis” más cómoda que el idealismo. A la vez que rechazaba el apriorismo kantiano en la concepción del espacio, en otros aspectos se inclinaba hacia el kantismo. Esta tendencia se manifiesta con especial vigor en los intentos de trazar algo semejante a una frontera de principios entre el “fenómeno” y la “cosa en sí”, y en sus afirmaciones de que la sensación es un signo convencional, un símbolo que no tiene analogía alguna con la cosa que representa. “Por cuanto la calidad de nuestra sensación –razonaba– nos informa de las propiedades de la acción exterior que ha hecho nacer dicha sensación, ésta puede ser considerada como signo (Zeichen) de la acción exterior, pero no como imagen. Pues de la imagen se exige cierta semejanza con el objeto representado... En cambio, del signo no se exige semejanza alguna con el objeto del cual es signo.”156 Del agnosticismo de Helmholtz decía V. I. Lenin que se parece a un “materialismo vergonzante” con salidas polémicas kantianas.157 Al mismo tiempo, la concepción que Helmholtz tiene del mundo se caracteriza por unos rasgos muy acusados de mecanicismo. En Los hechos en la percepción (1875) reduce todo el aspecto cualitativo de las percepciones sensoriales a la actividad específica de los nervios y de las terminaciones nerviosas. En Optica fisiológica escribía: “Las representaciones que nos formamos de las cosas no pueden ser más que símbolos, signos naturales dados a los objetos, de los que nosotros aprendemos a servirnos para regular nuestros movimientos y nuestras acciones.. La idea y el objeto representado por ella son dos cosas que pertenecen, evidentemente, a dos mundos completamente diferentes.”158 V. I. Lenin indicaba que “la ligazón entre la fisiología y el idealismo filosófico, del género kantiano [345] principalmente, fue luego explotada durante mucho tiempo por la filosofía reaccionaria”.159

La interpretación de las sensaciones como meros símbolos o signos sin semejanza alguna con las cosas conocidas equivalía al agnosticismo y conducía, en este caso, a un “idealismo fisiológico”.

El gran fisiólogo alemán Emil du Bois Reymond (1818-1896) –uno de los mejores discípulos de J. Müller, autor de Investigaciones sobre la electricidad animal (1848-1849)– expuso sus concepciones teórico-filosóficas en los dos tomos de Discursos (1912). En esta obra defiende, en líneas generales, el materialismo de las ciencias naturales, mecanicista, sobre lodo en los casos en que ataca al vitalismo, aunque a la vez llega a conclusiones claramente agnósticas en problemas científicos de su tiempo.

De las investigaciones experimentales que llevó a cabo se desprendía con toda evidencia que ios fenómenos eléctricos se subordinan en el organismo vivo a las mismas leyes que en los cuerpos de la naturaleza inerte. Mas de esta tesis correcta llegaba él a la errónea conclusión mecanicista de que las leyes de la biología pueden ser reducidas a las leyes de la física y de la química.

Al postulado fundamenta] de los vitalistas, que sostenían la existencia de una “fuerza vital” específica, colocada sobre la naturaleza e independiente del cuerpo, del organismo y del medio que lo rodea, pero que gobierna todos los fenómenos de la vida de los organismos, Du Bois Reymond oponía una conclusión que deriva de la ley de conservación de la energía. No existe fuerza vital alguna, escribía, puesto que las acciones que los vitalistas le atribuyen se pueden descomponer en otras que parlen de las fuerzas centrales de las partículas materiales. No hay fuerza vital alguna, porque las fuerzas no existen con carácter independiente, no pueden aplicarse arbitrariamente a la materia y luego separarse de ella de nuevo.

Du Bois Reymond reconoce la existencia objetiva de la materia y de las leyes de su desarrollo, aunque, a la vez, no excluye la posibilidad de la creación del mundo por Dios. El sentido de esta clara concesión al idealismo filosófico y a la religión lo definía Haeckel como “creacionismo cosmológico”.

Du Bois Reymond prestó gran atención a la prédica y argumentación del agnosticismo en las ciencias naturales. Antes los hombres de ciencia, decía en su discurso titulado Los siete enigmas del universo (1880), figuran los problemas siguientes: 1) Esencia de la materia y la fuerza. 2) Origen del movimiento. 3) Primera manifestación de la vida. 4) Organización de la naturaleza con arreglo a un fin. 5) Génesis de las sensaciones. 6) Pensamiento racional y origen del lenguaje, a él unido. 7) Libre albedrío. De estos siete “enigmas”, la definición de la esencia de la materia, el origen del movimiento y también la aparición de las sensaciones, al decir de Du Bois Reymond, son problemas completamente “trascendentales9’ e irresolubles. Forman, nos dice, el límite incondicional y absolutamente insuperable del conocimiento, límite que la ciencia no logrará traspasar cualesquiera que sean sus éxitos. En otro discurso, dedicado [346] a argumentar el agnosticismo –Sobre los límites del conocimiento de la naturaleza (1872)–, Du Bois Reymond quiere demostrar que los fenómenos de la conciencia son de todo punió imposibles de explicar partiendo de los fenómenos del movimiento de la materia. “El conocimiento de la anatomía del cerebro, aun siendo todo lo perfecto que queramos –decía–, no nos descubrirá nada más qufe la materia en movimiento. Pero cualquiera que sea la distribución o la mecánica de las partículas materiales que imaginemos, es imposible cruzar el puente que nos lleve al reino de la conciencia.”160

De aquí se deduce también que los fenómenos espirituales, que se producen en el cerebro paralelamente a los fenómenos materiales, carecen de base suficiente para nuestro raciocinio y se encuentran al margen de la ley de la causalidad. Está claro que lo que aquí se tiene en cuenta exclusivamente es sólo la causalidad mecánica, tal como Laplace la comprendía.

La conclusión general del discurso de Du Bois Reymond Sobre los limites del conocimiento de la naturaleza dice así: “Con relación a los enigmas del mundo corpóreo, el naturalista está ya desde hace tiempo acostumbrado a manifestar con una valerosa resignación su ignoramus (no sabemos. –N. de la Red.). La contemplación del triunfal camino recorrido le infunde la tranquila conciencia de que las cosas que no sabe ahora podría saberlas al menos en circunstancias favorables y, acaso, las sabrá con el tiempo. Mas con relación al enigma de qué es la materia y la fuerza y de qué modo pueden pensar, ha de decidirse de una vez para siempre a una confesión mucho más grave, que puede enunciarse con la palabra ignorabimus (no sabremos nunca. – N. de la Red.)."161 Esta afirmación, que expresaba claramente el agnosticismo de una serie de naturalistas, se hizo objeto de animada controversia entre los investigadores del mundo, las opiniones de los cuales se vieron divididas.

R. Virchow, por ejemplo, defendió las conclusiones agnósticas de Du Bois Reymond. A la cabeza de los científicos que combatieron valerosamente el agnosticismo se encontraba E. Haeckel. Según palabras del propio Du Bois Reymond, “la crítica ha resonado en todos los tonos, desde la jubilosa aprobación y alabanza hasta la negación demoledora, y la palabra ignorabimus, con que termina mi investigación, ha sido elevada formalmente a modo de símbolo filosófico-natural de lo inescrutable”.162 Haciéndose eco a esta observación, E. Haeckel, que en su libro Los enigmas del universo hace una dura crítica de los planteamientos agnósticos de Du Bois Reymond, escribía: “Las sonoras “alabanzas de aprobación ”y júbilo” han estallado, efectivamente, en las au’as de la filosofía dualista y espiritualista, especialmente en el campo de la Ecclesia militans (la “Internacional negra”);163 pero el discurso ha entusiasmado también a todos los espiritistas y gentes crédulas que con el ignorabimus se [347] imaginan salvar la inmortalidad de su valiosa “alma”. El brillante discurso íue sometido en un principio a una “crítica demoledora” sólo por unos -pocos naturalistas y filósofos, esos pocos que poseían el suficiente conocimiento de la naturaleza y el necesario valor moral para manifestarse contra las autoridades y dogmáticas afirmaciones del todopoderoso secretario y dictador de la Academia de Ciencias de Berlín.”164

Su artículo La ciencia libre y la doctrina libre, que levantó mucho ruido, lo terminaba Haeckel con estas palabras: “Si Emil Du Bois Reymond ha querido tomar su ignorabimus y Rudolf Virchow su restringamur (“restrinjámonos”), que va todavía mucho más lejos, como consigna de la ciencia, de Jena y de cientos de centros culturales, les sale al encuentro el llamamiento: Impavidi progrediamur (“Avanzamos impávidos”).”165

Max Verworn (1863-1921), investigador alemán, ha ejercido notable influencia sobre el desarrollo de la biología contemporánea, y en especial de la fisiología de la célula y de la fisiología comparada. Sus estudios experimentales, la mayor parte de los cuales datan de fines del siglo pasado y comienzos del presente, contribuyeron a precisar los conceptos básicos de la fisiología del organismo animal como un todo.

Por su visión de los fenómenos biológicos, Verworn era partidario del darvinismo y adversario decidido del vitalismo. Por sus concepciones filosóficas profesaba la variedad del empiriocriticismo que se conoció con el nombre de “psicomonismo” y que afirmaba que el mundo material es un producto de la psique humana.

A M. Verworn va unida la aparición y difusión entre cierta parte de los biólogos y médicos del denominado “condicionalismo”, teoría idealista subjetiva que niega la causalidad objetiva en la naturaleza y la sustituye por el concepto de “condición”, la cual, tal como la enfoca esta teoría, no existe objetivamente, sino que surge en el proceso de la “experiencia pura” (desprovista también de contenido objetivo) como fruto de la actividad psíquica del investigador. El condicionalismo de Verworn estima que todas las condiciones del fenómeno son equivalentes; así niega la necesidad de destacar la condición principal, la causa determinante del fenómeno. De ahí que todo el mundo aparezca como un caos.

Lo mismo que en todos los adeptos de Mach, lo característico en las concepciones de Verworn, especialmente en lo que se refiere a la causalidad, la necesidad, las leyes de la naturaleza, es el agnosticismo.

La química, y en particular la orgánica, alcanzó grandes éxitos en Alemania. Tratábase de realizaciones de considerable alcance filosófico, que ayudaban a refutar el vitalismo y el agnosticismo, y también a demostrar que la unidad del mundo reside en su materialidad.

Hasta los años 60 del siglo XIX, la teoría de las combinaciones orgánicas era reducida por muchos químicos hasta el nivel de una descripción empírica de las reacciones. Ciertos investigadores deducían de aquí, con un criterio agnóstico, que no existe ni puede existir en principio una fórmula única que exprese la verdadera estructura de la sustancia química. Estimábase que para la descripción de cada transformación química [348] la sustancia tiene su fórmula propia, puramente empírica. Los químicos agnósticos negaban la posibilidad de conocer la verdadera estructura de la sustancia. Esto hizo que entre ellos adquiera carta de naturaleza la valoración subjetivista de las representaciones atómicas, incorporadas a la ciencia sólo por supuestos motivos de comodidad y que no reflejan nada que tenga existencia real.

A comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, en la química orgánica entra el concepto de valencia (es decir, de enlace entre los átomos). El eminente químico alemán Friedrich August Kekulé (1829-1896) introdujo la noción de la tetravalencia del carbono y de la capacidad de los átomos de éste para unirse entre sí en cadena; ello significaba un avance importante hacia la teoría estructural de los compuestos orgánicos. Kekulé expuso la idea, antes enunciada por Bútlerov (1861), de la combinación de los átomos de carbono en anillo. Esto le sirvió de base para dar en 1865 la conocida fórmula del benzol que lleva su nombre, la cual contribuyó formidablemente a reunir en una síntesis teórica el material experimental referente a la química de los compuestos aromáticos y, en general, de las combinaciones cíclicas.

Los átomos, según las representaciones teóricas de los químicos, intervenían ahora de un modo más concreto que en tiempos de Da!ton. Se había descubierto en ellos una propiedad tan importante como es la capacidad de combinarse entre sí según relaciones cuantitativas estrictamente determinadas. Así, por ejemplo, el átomo de oxígeno, bivalente, podía unirse (enlazarse) con dos átomos monovalentes, de hidrógeno o sodio, por ejemplo, con un átomo bivalente, como es el de calcio, etc. De este modo quedaba más demostrada aún la realidad de los propios átomos y la posibilidad de conocer sus concatenaciones, es decir, la estructura de la molécula. Esto confirmaba de hecho las tesis cardinales de la atomística materialista.

Ahora bien, en el plano filosófico Kekulé fue un prisionero del agnosticismo; negaba la posibilidad de conocer la verdadera estructura de la sustancia, o sea de las concatenaciones y de la disposición recíproca de los átomos en la partícula. Las nociones de Kekulé y de sus partidarios no se integraban aún en una teoría única que reflejase una visión integral de los cuerpos orgánicos. Sobre una base tan indefinida y movediza era imposible, ciertamente, construir la química orgánica como ciencia. No obstante, aun con todos sus defectos en filosofía, Kekulé contribuyó en alto grado a la aparición y ulterior desarrollo de la teoría estructural.

Desde las posiciones de un agnosticismo extremo y de un tosco empirismo combatió las ideas de Kekulé y las concepciones estructurales atómicas Adolj Kolbe (1818-1884), químico excelente en los experimentos de síntesis, pero débil filósofo y teórico. Kolbe atacó furiosamente a Kekulé, al que calificaba de “poeta químico”, y tenía por alucinaciones y fantasmagoría sus conceptos sobre la estructura de los compuestos orgánicos.

Kolbe rechazaba el papel del pensamiento teórico en la ciencia, y tanto más del dialéctico, y calificaba de meras especulaciones tales construcciones científicas materialistas como la teoría estructural, y de filósofos naturales a quienes las propugnaban. Schorlemmer decía, refiriéndose a [349] las opiniones de Kolbc: “Este enfoque de la cuestión pierde de vista que la ciencia no es sólo el establecimiento de hechos sueltos, sino también su agrupación acertada, el descubrimiento de los vínculos que los unen y, con ello, su explicación. Empleando únicamente una forma de razonamiento, la inducción, no cumpliremos esta tarea.”166

Los éxitos de la química orgánica y la aparición de la bioquímica hicieron posible la desaparición paulatina del antiguo abismo abierto entre la materia orgánica y la inorgánica. En este sentido tuvo importancia singular la síntesis de compuestos orgánicos partiendo de elementos simples o del anhídrido carbónico. Operaciones de esta naturaleza llevaron a cabo Berlhelot en Francia, Frankland en Inglaterra y Kolbe en Alemania; este último obtuvo por síntesis del anhídrido carbónico o de su hidrato muchos alcoholes, ácidos y otros compuestos, demostrando así que los cuerpos orgánicos pueden ser conseguidos artificialmente de los inorgánicos. Como resumen de estos descubrimientos Kekulé escribía: “Actualmente hemos llegado a la convicción de que los compuestos químicos que se encuentran en los reinos vegetal y animal contienen los mismos elementos que los cuerpos de la naturaleza inerte. Estamos convencidos de que lo mismo aquí como allí, los elementos se subordinan a unas mismas leyes y que, por tanto, no hay diferencia alguna entre las combinaciones inorgánicas y orgánicas cuando se trata de la sustancia y las fuerzas o del número y disposición de los átomos.”167

Las síntesis subsiguientes, realizadas por los químicos orgánicos de la escuela alemana, vinieron a confirmar brillantemente la unidad de la sustancia orgánica e inorgánica. En 1868, Graebe y Liebermann sintetizaban la alizarina, que hasta entonces se extraía de una sustancia colorante contenida en las raíces de la rubia. Ahora empezó a producirse con los componentes de la brea del carbón de piedra. De este modo, en la práctica, una “cosa en sí” (como ese cuerpo era antes para los hombres) se convirtió en “cosa para nosotros”, que los hombres pueden obtener por vía artificial, según sus deseos, para satisfacer sus necesidades. Poco después, Baeyer y otros químicos alemanes lograban en su laboratorio el índigo, la síntesis del cual tuvo tanto valor práctico y cognoscitivo como la síntesis de la alizarina. En 1884, Emil Fischer inicia sus famosos estudios de los azúcares; logra obtener, por ejemplo, entre otros muchos, la glucosa, y la fructosa, partiendo de la glicerosa y del aldehído fórmico. En 1899 da a conocer sus trabajos sobre las albúminas y los polipéptidos. La unidad de la sustancia orgánica e inorgánica queda establecida firme y definitivamente y los químicos comienzan a aproximarse al planteamiento del problema de la síntesis artificial de la albúmina.

Frente al agnosticismo y al estrecho empirismo del alemán A. Kolbe encontramos los trabajos del eminente físico-químico materialista holandés Jakobus Hendrikus Van’t Hoff (1852-1911), profesor en un principio de la Universidad de Amsterdam y luego, desde 1896, de la de Berlín. Van’t Hoff realizó una gran labor en química orgánica y en la moderna química [350] física, de la que fue uno de los principales fundadores junto a Gibbs, Mendeleev, Bekétov y Arrhenius. En los años 80 del siglo XIX, aplicando la termodinámica a las soluciones débiles, logró la explicación teórica de una serie de importantísimas propiedades de estas últimas; demostró, por ejemplo, que la denominada presión osmótica cumple en el sentido termodinámico el mismo papel que la tensión de los gases. Con ello se demostraba la unidad de las leyes en dos campos de la física y la química: el de las soluciones débiles y el de los gases enrarecidos.

El estudio posterior de la termodinámica de las soluciones corrió a cargo de otro destacado científico holandés, Van der Waals, a quien pertenece también el mérito de haber hallado la ecuación del estado de los gases reales, en la que se concretan las leyes de los gases ideales (de Boyle-Mariolte y otras). Esta ecuación ponía de manifiesto la dialéctica de las transiciones recíprocas de los estados agregados gaseoso y líquido, y explicaba teóricamente la razón de que tales transiciones cualitativas puedan realizarse en unos casos súbitamente y en otros poco a poco.

Van’t Hoff profesaba el materialismo y la dialéctica espontánea. En una situación en que arreciaba la ofensiva contra el materialismo por parle de los adeptos de Mach y del energetismo, defendió consecuentemente la teoría atómico-molecular, en la que entonces encontraba expresión concreta el materialismo dentro de la física y la química. Sostuvo la atomística tanto en sus escritos como con sus propios descubrimientos científicos. En 1874 publicó Disposición de los átomos en el espacio, obra que significaba el comienzo de la estereoquímica o química espacial. Simultáneamente, una idea análoga fue enunciada por el francés Le Bel. Hasta entonces, las fórmulas químicas se representaban sólo en un plano; el átomo tetravalente del carbono, por ejemplo, adquiría la forma siguiente:

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Van't Hoff propuso el denominado modelo tetraédrico, según el cual las cuatro valencias se orientan hacia los vértices de un tetraedro regular. Esto permitió dar una explicación teórica a la isomería óptica de algunas combinaciones orgánicas, descubierta en los años 60 del siglo XIX por Pasteur. Las ideas estereoquímicas significaron un golpe decisivo para el idealismo, un representante del cual, E. Mach, afirmaba en 1872 que “no es obligatorio representar los elementos químicos en un espacio de tres dimensiones”.168

V. I. Lenin no se refería sólo a las ciencias naturales de su tiempo, sino también a las de los años 70 del siglo XIX, al escribir: “Las ciencias naturales no dudan de que la materia por ellas estudiada existe únicamente en el espacio de tres dimensiones, y que, por consiguiente, también las partículas de esta materia, aunque sean tan ínfimas que no podamos verlas, existen “necesariamente” en el mismo espacio de tres dimensiones.”169

Los trabajos de Van’t Hoff son una brillante confirmación de estas palabras. Por algo los combatió un enemigo tan rabioso del materialismo [351] y de la dialéctica y un empírico tan extremado como era Kolbe. Este, adulterando la verdad, afirmaba que Van’t Hoff “no siente inclinación alguna hacia la investigación química exacta. Ha preferido montar en el Pegaso (alquilado seguramente en las caballerizas veterinarias) y proclamar en Le chimie dans l’espace (La química en el espacio. –N. de la Red.) cómo durante su audaz vuelo a las cumbres del Parnaso de la química los átomos se le figuraban agrupados por sí mismos en todo el espacio mundial”.170

Así, el desdén por el pensamiento teórico, por la dialéctica y el materialismo, combinado con una tendencia irresistible hacia el agnosticismo y el empirismo extremo, se convierte en Kolbe en un oscurantismo manifiesto, en el odio a las ideas avanzadas de las ciencias naturales. La vida le jugó una mala pasada a Kolbe: las ideas estereoquímicas de Van’t Hoff no sólo resistieron brillantemente la prueba de la práctica en la química orgánica, sino que, al cabo de veinte años, penetraban en la química inorgánica: en este campo, para explicar la estructura de las denominadas combinaciones “complejas”, el eminente químico suizo Alfred Werrier (1866-1919), que trabajaba en Zurich, enunció en 1893 la teoría de la disposición espacial de los átomos o grupos de átomos alrededor del átomo central en la molécula de dichas combinaciones. Las nuevas ideas fueron expuestas en la obra de Werner Sobre la estructura de los compuestos inorgánicos (1893) y se conocen con el nombre de “teoría del número de coordinación”. En ella se daba un nuevo impulso al concepto químico de la valencia.

Los grandes éxitos que simultáneamente con la química logra la astrofísica tuvieron gran importancia para la filosofía.

A principios del siglo XIX, el alemán Fraunhofer había descubierto en el espectro del Sol unas rayas especiales, que se conocen con su nombre. La causa de la aparición de dichas rayas permaneció durante largo tiempo desconocida, hasta que se dedicaron a estudiarlas dos eminentes científicos alemanes: el químico Robert Bunsen (1811-1899) y el físico Gustav Kirchhoff (1824-1887). (Señalaremos de pasada este ejemplo como muestra de los beneficios que trae consigo la colaboración científica de especialistas de distintas ramas de las ciencias naturales, cuya necesidad había señalado Engels.) Con el descubrimiento del análisis espectral pudieron registrar en cualquier espectro óptico la presencia de rayas propias de determinados elementos químicos, cualquiera que fuese el origen o la forma de manifestación del rayo de luz que pasa por un prisma. Así descubrieron las rayas del sodio en el espectro solar, lo cual probaba la existencia en el Sol de átomos de este demento químico. Lo que hasta poco antes se creía una fantasía, un sueño irrealizable, algo absolutamente imposible, se consiguió de un modo inesperado; lo mismo en el Sol que en las estrellas, se encontraron los mismos elementos que habían sido descubiertos ya en la Tierra, de donde seguía la conclusión de la identidad química de la materia universal. Así, la hipótesis de Kant acerca del origen único de todos los cuerpos del sistema solar se veía comprobada en un punto muy esencial, y con ella la idea de la unidad del mundo [352] expresada en su materialidad, en este caso en la comunidad de las sustancias que lo componen.

De la acogida que tuvieron las nuevas ideas relacionadas con el descubrimiento del análisis espectral habla Kirchhoíf en una carta a su hermano (mayo de 1860). “Quiero, ni más ni menos, llevar a cabo el análisis químico del Sol y, acaso, más tarde, de las estrellas fijas. He tenido la suerte de encontrar la clave para la solución de este enigma. Esto parece muy extraño, y no me ofendí cuando hace poco, durante un paseo, cierto doctor en filosofía, conocido mío, habló de que un loco afirmaba haber descubierto el sodio en el Sol. Yo traté de explicarle que la tarea no es tan imposible y que, en efecto, parece que se pueden sacar conclusiones sobre la composición química de un cuerpo por los rayos que emite. No pude resistir la tentación y le dije que ese loco era yo mismo.”171

El análisis espectral permitió a Bunsen, en los años 60 del siglo XIX, descubrir dos nuevos elementos químicos: el rubidio y el cesio; y los químicos alemanes Reich y Richter encontraron el indio. Tales descubrimientos preparaban y hacían necesaria la creación de un sistema general que abarcase a todos los elementos. En este trabajo preparatorio tomó parte el químico alemán Julius Lothar Meyer (1830-1895), quien agrupó los elementos por sus valencias.

Más tarde, después de que Mendeleev hubo descubierto la ley periódica, Lothar Meyer dio a conocer (en 1870) la curva de dependencia de los volúmenes atómicos respecto de los pesos atómicos de los elementos, de un carácter acusadamente periódico (“en sierra”) y que lleva su nombre. Pero su formación mecanicista le impelía a interesarse demasiado por el aspecto exterior, cuantitativo, y no penetró suficientemente en la esencia de la ley periódica. “La química –escribía Engels– parece estar en el mejor de los caminos para explicar toda una serie de las propiedades físicas y químicas de los elementos, partiendo de la relación que existe entre el volumen y el peso atómicos. Pero a ningún químico se le ocurrirá afirmar que puedan expresarse exhaustivamente todas las propiedades de un elemento mediante el lugar que ocupe en la curva de Lothar Meyer, que con ello sólo se expliquen, por ejemplo, la estructura peculiar del carbono, que hace de él un portador esencial de la vida orgánica, o la necesidad de la existencia de fósforo en el cerebro. Y, sin embargo, a eso y no a otra cosa tiende la concepción mecanicista."172

A la afirmación de la ley periódica en la ciencia contribuyó particularmente el descubrimiento, en 1886, del ecasilicio, previsto por Mendeleev, y la exacta coincidencia de sus propiedades con las anunciadas. Este descubrimiento lo hizo el químico alemán Klemens Winkler (1838-1904), quien escribió acerca de este elemento, al que dio el nombre de germanio: “… No hay ya duda alguna de que el nuevo elemento es el ecasilicio, anunciado con quince años de antelación por Mendeleev... Difícilmente se puede dar una prueba más convincente de que la teoría de la periodicidad de los elementos es verdadera que la materialización del hasta ahora hipotético [353] “ecasilicio”; se trata de algo auténticamente mayor que la simple confirmación de una audaz teoría: significa un gran ensanchamiento del horizonte químico, un paso formidable en el campo del conocimiento.”173

En la física se trabajó con éxito –en Alemania y también en Austria– sobre la doctrina de la transformación de la energía y, en relación con ella, sobre la teoría cinético-molecular de los gases, que expresaba la tendencia materialista en las ciencias naturales. En este terreno es muy valiosa la aportación del eminente físico teórico alemán Rudolf Clausius (1822-1888), quien contribuyó en alto grado al estudio del segundó principio de la termodinámica, enunciado por él en forma de ley: el calor no puede pasar por sí mismo de un cuerpo más frío a otro más caliente. Como ampliación de este principio, Clausius introdujo en 1865 la noción de entropía, que ha pasado a ser uno de los conceptos básicos de la física actual. En sus trabajos, los fundamentos de la termodinámica aparecen por primera vez como una teoría íntegra expuesta con un criterio estrictamente científico, que interpreta las leyes del calor como una forma específica del movimiento de la materia. De este modo, la física rompía cada vez más el marco de la vieja concepción mecanicista del mundo, según la cual las leyes de la mecánica son consideradas como universales y valederas para la explicación de toda clase de fenómenos, cualquiera que sea su esfera.

Clausius contribuyó en alto grado a los avances de la teoría cinética de la materia y dio su primera exposición sistemática, ayudando a introducir en la física las nociones estadísticas que fueron expuestas y fundamentadas con éxito por L. Boltzmann, J. C. Maxwell, J. Gibbs, M. Smolujovski y otros.

Aun contribuyendo tan decisivamente al descubrimiento de las leyes objetivas de los procesos físicos, Clausius incurrió en errores cuando se trataba de darles una interpretación filosófica. Así, defendió y hasta trató de argumentar “científicamente” la hipótesis idealista y teológica de la “muerte térmica de) universo”, enunciada por el físico inglés W. Thomson después de aparecer los primeros trabajos de Clausius sobre termodinámica. Examinando los procesos de transformación recíproca de las distintas formas de energía en la naturaleza desde el punto de vista del segundo principio de la termodinámica, W. Thomson llegó a la conclusión de que era inevitable la “dispersión de la energía”, es decir, la transformación gradual de todas las formas de la energía en calor, por lo que en la naturaleza ha de desaparecer la capacidad de trabajo, de cualquier género que sea, y cesar toda la vida en el universo. Partiendo del supuesto de que la entropía del universo tiende al máximo, Clausius concluyó en 1865 que el estado general del universo ha de acercarse constantemente al estado límite, o sea a la “muerte térmica”.

La hipótesis de la “muerte térmica del universo” fue utilizada inmediatamente por el idealismo y la religión en su lucha contra el materialismo: porque si la ciencia admite como inevitable el fin del mundo en el tiempo, lógicamente ha de admitir la posibilidad de que tuvo un principio, o lo que es lo mismo, la creación del universo. [354]

Contra esta hipótesis se alzaron resueltamente los hombres de ciencia que profesaban el materialismo. F. Engels escribió: “... Una materia cuyo desplazamiento puramente mecánico de lugar encierra, indudablemente, la posibilidad de transformarse, bajo condiciones propicias, en calor, electricidad, acción química y vida, pero que no puede engendrar por sí misma aquellas condiciones, esa materia ha perdido el movimiento; y un movimiento que no cuenta ya con la capacidad necesaria para transformarse en las diferentes formas que le son propias... se ha ya, en parte, destruido.”174

La idea de la “muerte térmica del universo” se basa justamente en la tesis de que una de las formas del movimiento de la materia –el calor irradiado al espacio cósmico– “pierde valor”, pierde la capacidad de experimentar nuevas transformaciones.

Según hace ver Engels, Clausius planteaba en esencia el problema que surge en relación con el segundo principio de la termodinámica y que se refiere a los límites de aplicabilidad de ese segundo principio y a la suerte corrida por el calor irradiado al espacio cósmico: “El problema de qué pasa con el calor aparentemente perdido no ha sido claramente planteado, digamos, hasta 1867 (Clausius). Nada tiene de extraño que aún no se haya resuelto, y podría ocurrir que tardásemos bastante en llegar a la solución, con los pequeños medios de que disponemos. Pero no cabe duda de que se resolverá, con la misma certeza con que sabemos que en la naturaleza no se dan milagros...”175

Engels indica el método general a seguir para la posible solución del problema, oponiendo el camino materialista y al propio tiempo dialéctico al idealista y teológico: “... Si no queremos recurrir en este punto a la idea del creador, no tenemos más remedio que llegar a la conclusión de que la materia prima candente de los sistemas solares de nuestra isla cósmica surgió, por una vía natural, mediante las transformaciones operadas por el movimiento, inherentes por naturaleza a la materia móvil, y que sus condiciones tendrán también que reproducirse por obra de la materia misma, aunque sea a la vuelta de millones y millones de años de un modo más o menos fortuito, pero con la fuerza de la necesidad que es inherente también a lo casual.”176

Por consiguiente, la clave de principio para la resolución del problema la veía Engels, ante todo, en la aplicación de la dialéctica de lo casual y lo necesario. Justamente este camino siguió de hecho el notable físico materialista austríaco Ludwig Boltzmann (1844-1906), cuyas obras principales se refieren a la física estadística y, ante todo, a la teoría cinética de los gases. Estas obras se distinguen por una profunda interpretación filosófica de las cuestiones sometidas a investigación. Boltzmann dio una interpretación estadística al segundo principio de la termodinámica y enunció el teorema H, relacionando la entropía con la probabilidad del estado del sistema, con lo que se relacionaba la termodinámica con la teoría cinético-molecular.

Boltzmann señaló que la entropía (S) es proporcional al logaritmo de la probabilidad del estado (W); la tendencia de la entropía al crecimiento [355] —que hasta entonces parecía bastante enigmática— adquiría una interpretación perfectamente clara, materialista, como tendencia de los sistemas, como consecuencia de los procesos que transcurren naturalmente, a pesar de un estado menos probable (y que por eso posee una entropía menor) a otro más probable (con la correspondiente entropía mayor). Su genial fórmula S = k ln W, según la gráfica expresión del físico alemán A. Sommerfeld, “esculpida en su mausoleo del cementerio de Viena, se destaca sobre el fondo de las nubes que cruzan por encima de la tumba del gran Bollzmann”. Boltzmann sometió a una crítica profunda y bien razonada la hipótesis de la “muerte térmica del universo”; ésta, indicaba él, se basa en la noción del universo como un sistema aislado y finito, y esto significa que las tesis tomadas de la experiencia se amplían mucho más allá de sus límites naturales. Semejante idea se contradice con la ciencia, todos los informes de la cual hablan de la infinitud del universo. Según señalaba Boltzmann, desde el punto de vista estadístico el segundo principio de la termodinámica ostenta un carácter relativo, pero no universal y absoluto; al expresar la orientación más probable de los procesos físicos, admite también desviaciones (fluctuaciones), donde la marcha de los procesos se verá acompañada por un descenso de la entropía. Boltzmann suponía que la parte del mundo que nos rodea, en la que los procesos físicos se desarrollan con una entropía creciente, es la extinción de una gigantesca fluctuación cósmica. El mundo en su conjunto, dice él, se encuentra en cierto estado de equilibrio, en el que de tiempo en tiempo, en distintos sectores, se producen fluctuaciones gigantescas de ese género. A pesar del carácter claramente mecanicista de esta concepción, el método en que se apoyaba mostraba el buen camino para la solución del problema, al relacionar la necesidad del flujo de los procesos físicos en una dirección determinada con los movimientos casuales de las moléculas, que condicionan una u otra probabilidad del estado de sus sistemas conjuntos. Justamente esta idea fundamental, que es la base metodológica de la ley general, por él descubierta (S = k ln W), y no su expresión concreta, de un carácter mecanicista, constituye la principal realización de Boltzmann.

Los trabajos de éste robustecían las posiciones del atomismo, y con ello del materialismo en la física, poniendo de manifiesto la relación entre las representaciones atomísticas sobre la estructura de la materia y la explicación de las propiedades microscópicas (termodinámicas) observadas en la materia.

Boltzmann examinó también profundamente problemas más generales de índole filosófica. La atomística fue siempre en la historia de la filosofía y las ciencias naturales la bandera del materialismo, y en torno a ella se desenvolvió incesantemente la lucha entre el materialismo y el idealismo. Los átomos, dice Boltzmann, son objetos materiales reales, y no una ficción, no una simple construcción lógica, cómoda para la clasificación de los datos sensoriales, como suponían los representantes de las distintas escuelas del positivismo. Al argumentar con un criterio materialista la atomística, hubo de superar dificultades ingentes. Las nociones estadísticas no tenían entonces en la física pruebas experimentales directas. Esto permitía a los adversarios de la atomística combatir las ideas de Boltzmann [356] apoyándose en la experiencia. Cuando un materialista hablaba de los átomos, Mach le salía al encuentro: “¿Ha visto usted un átomo siquiera ?” Y Ostwald manifestaba que todas las conversaciones sobre la atomística eran un “aquelarre”.

Aun defendiendo el atomismo, Boltzmann comprendía perfectamente que las concepciones atomísticas no pasaban entonces en la física de ser una hipótesis. No obstante, subrayaba que los hechos más diversos de la física, la química y la cristalografía hablaban ya decididamente en pro del atomismo. Con un criterio materialista, sometió a dura crítica las premisas positivistas iniciales de los adeptos de Mach, del energetismo y del fenomenologismo en general, que negaban la atomística. No sólo combatió estas orientaciones en la ciencia en el plano metodológico, sino que también señaló que su filosofía incorrecta conducía a quienes profesaban en ella a errores físicos concretos.

En su obra Materialismo y empiriocriticismo, V. I. Lenin hace notar la lucha de Boltzmann contra Mach y sus adeptos: “De los físicos alemanes –escribe–, Ludwig Boltzmann, muerto en 1906, es quien ha combatido sistemáticamente la corriente machista...; al “apasionamiento por ”los nuevos dogmas gnoseológicos” oponía la demostración sencilla y clara de que la doctrina de Mach se reduce al solipsismo. Boltzmann teme, naturalmente, denominarse materialista y hasta especifica que no está ni mucho menos contra la existencia de Dios. Pero su teoría del conocimiento es, en el fondo, materialista...”177

Boltzmann tenía en gran estima la teoría; consideraba que “la teoría ha de dar estructura al reflejo del mundo exterior, que existe exclusivamente en nosotros, reflejo que ha de servir de norte y guía en todos nuestros pensamientos y experimentos... Lo peculiar del espíritu humano es precisamente que trata de crear para sí ese reflejo y de acomodarlo cada vez más al mundo exterior”.178

Estas palabras de Boltzmann expresan una concepción materialista: la teoría, dice, es un reflejo del mundo objetivo. Y esta concepción la aplica en todos los trabajos en que combate a los positivistas. “El idealismo –escribe– afirma únicamente la existencia del propio “yo”, la existencia de diversas representaciones, y partiendo de ello, trata de explicar la materia. El materialismo parte de la afirmación de que la materia existe, y apoyándose en ello, trata de explicar las sensaciones.”179 Así planteado el problema, Boltzmann comenta, por ejemplo, con gran dosis de ironía los intentos que Schopenhauer hace para colocarse por encima de la pugna entre el materialismo y el idealismo, y estima que este pensador lo diluye de hecho todo en el sujeto, sin dejar objeto alguno.

Boltzmann no considera la teoría, los conceptos de la ciencia –reflejo del mundo objetivo– como petrificados e inmutables. Al contrario, bajo la acción de nuevos hechos experimentales, nuestros conceptos cambian sin cesar, aproximándose asintóticamente a un reflejo cada vez más adecuando [357] de la realidad. Esto acerca a Boltzmann a las posiciones del materialismo dialéctico.

Entre otros problemas filosóficos que Boltzmann examina con un criterio materialista están los que se refieren a la relación entre lo sensible y lo racional en el conocimiento, al papel de la hipótesis y a la significación de las matemáticas en las investigaciones físicas.

El materialismo de Boltzmann era en grado considerable limitado, mecanicista. Esta limitación se deja sentir sobre todo con especial vigor en su teoría de las fluctuaciones, que de hecho negaba el desenvolvimiento infinito de las formas cualitativamente distintas del movimiento de la materia en el proceso de su desarrollo.

Las ideas fundamentales de la obra de Boltzmann no fueron debidamente comprendidas por muchos físicos en vida de su autor. Su apasionada defensa de la atomística le granjeó la reputación de hombre insociable y fue causa de continuos ataques contra él por parte de tos adversarios del atomismo, de los antimaterialistas y empíricos vulgares, hasta convertirse en una verdadera persecución. Este ambiente creado a su alrededor fue en gran parte causa de su trágica muerte: Boltzmann acabó por suicidarse.

El excelente físico alemán Heinrich Rudolj Hertz (1857-1894) contribuyó valiosamente a los progresos de la electrodinámica. Partidario convencido de las ideas de Faraday y Maxwell, Hertz demostró experimentalmente la existencia de las ondas electromagnéticas, estudió sus propiedades y señaló su semejanza completa con las propiedades de las ondas luminosas, confirmando así la teoría de la luz enunciada por Maxwell. Apoyándose en la hipótesis del éter, en 1890 expuso la primera variante de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento.

Filosóficamente, Hertz ha de ser catalogado entre los materialistas espontáneos. V. I. Lenin indicaba que “la introducción filosófica de H. Hertz a su Mecánica revela el punto de vista habitual de un naturalista intimidado por los clamores profesorales contra la “metafísica” del materialismo, pero no llega ni mucho menos a deshacerse de su convicción espontánea sobre la realidad del mundo exterior”.180 Como confirmación de esto, Lenin cita a continuación las siguientes manifestaciones de Hertz que definen su criterio sobre la energética. Si nosotros, decía Hertz, “queremos inquirir la razón real de por qué a la física contemporánea le gusta expresarse con el lenguaje energético, la respuesta será: porque es el modo que mejor le permite evitar el hablar de cosas de las que sabemos muy poco... Naturalmente, todos estamos convencidos de que la materia ponderable está compuesta de átomos; y en algunos casos tenemos ideas hasta cierto grado precisas sobre la magnitud de esos átomos y sobre sus movimientos. Pero la forma de los átomos, su cohesión, sus movimientos, en la mayoría de los casos, nos quedan completamente ocultos... De modo que nuestra concepción sobre los átomos es de por sí un importante e interesante objeto de ulteriores investigaciones, pero en modo alguno sirve de base sólida y segura a las teorías matemáticas”. V. I. Lenin observa a este respecto: “Así que a Hertz ni siquiera se le viene a las mientes la [358] posibilidad de una concepción no materialista de la energía. La energía ha senado de motivo a los filósofos para escapar del materialismo al idealismo. El naturalista ve en la energética un cómodo procedimiento de exposición de las leyes del movimiento material, en unos tiempos en que los físicos, si podemos expresarnos así, han dejado el átomo, pero no han llegado al electrón.”181

Al progreso de las matemáticas dentro de Alemania contribuyó en alto grado la Universidad de Gotinga, que durante largo tiempo ocupó el primer puesto en el mundo por sus aportaciones a esta ciencia. A esta Universidad va unida la labor de sabios eminentes, y entre ellos del gran matemático alemán Kart Friedrich Gauss (1777-1855), a quien pertenecen descubrimientos trascendentales en el campo de la teoría de los números, la geometría diferencial, el álgebra superior, fundamentos de la geometría y también en las matemáticas aplicadas, astronomía y geodesia.

Hauss, que tenía en gran estima el valor práctico de la ciencia, era contrario al utilitarismo estrecho. La ciencia, decía, ha de ser amiga de la práctica, pero no su esclava.

A la Universidad de Gotinga va unida también la obra de otro gran matemático alemán, Georg Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866), quien inició la orientación geométrica en la teoría de las funciones analíticas y la penetración en ella de las ideas de la física matemática. Es uno de los fundadores de la teoría de las ecuaciones diferenciales y de la topología. Son especialmente conocidos sus trabajos sobre la doctrina matemática del espacio.

En su famosa lección Sobre las hipótesis en que descansa la geometría (1867), Riemann expuso las ideas fundamentales de la nueva geometría, que ahora lleva su nombre.

Esto significaba un importante avance después de la geometría no euclidiana creada por N. I. Lobachevski. Hasta entonces la geometría había sido considerada de preferencia como una doctrina de las propiedades del espacio físico que nos rodea; en Riemann se nos muestra como la doctrina de las constantes diversidades de orden n. Dicho de otro modo, la geometría y la materia de que fundamentalmente trata –el espacio– son comprendidas en el sentido más amplio, como el conjunto de objetos homogéneos cualesquiera de determinada dimensión. Según este punto de vista, los espacios de las geometrías de Euclides y Lobachevski y de la geometría elíptica del propio Riemann actúan como casos particulares del espacio riemanniano generalizado.

Tal amplitud de pensamiento es la característica de toda la obra matemática de Riemann. Este, por su parte, concedía gran importancia al método de sus investigaciones. Su tarea principal la veía en la nueva interpretación de las leyes de la naturaleza ya conocidas.

Hasta nosotros han llegado solamente fragmentos de los razonamientos filosófico-naturales de Riemann; no obstante, podemos deducir que en muchas cuestiones mantenían un punto de vista materialista. Por ejemplo, concebía el espacio como ocupado, sin solución de continuidad, por la [359] materia, la cual experimenta la acción de la gravedad, de la luz y la electricidad.

Las ideas de Riemann influyeron sobre el desarrollo de las matemáticas y de la física de su tiempo.

El máximo esplendor de la escuela de Gotinga coincide con la labor de dos eminentes matemáticos alemanes: F. Klein y D. Hilbert.

Félix Klein (1849-1925) se dio a conocer ampliamente por sus brillantes trabajos sobre la teoría de los grupos, las funciones elípticas y automorfas, y particularmente por sus estudios en geometría. Las ideas expuestas por él en Examen comparativo de las nuevas investigaciones geométricas, que se conocen con el nombre de Programa de Erlangen, hicieron época en los avances de la geometría. Según este programa, la geometría trata del sistema de invariantes de cierto grupo de transformaciones de una diversidad ininterrumpida. Las distintas geometrías, según Klein, se diferencian por la estructura de los grupos en que se basan. Así, pues, la geometría es considerada por primera vez según un punto de vista teórico único de grupos. Esta aspiración a encontrar la unidad en los heterogéneos datos y métodos matemáticos es lo que caracteriza el modo de pensar de Klein. En el terreno científico que le es propio, se muestra en realidad como un dialéctico espontáneo.

Lo mismo que sus predecesores, Gaus y Riemann, Klein manifestó siempre interés por las matemáticas aplicadas. Ampliando las ideas de Riemann, se guía en alto grado por consideraciones de orden físico en la elaboración de la teoría de las funciones analíticas.

Klein prestó gran atención a la historia de las matemáticas. En sus Lecciones sobre el desarrollo de las matemáticas en el siglo XIX, publicadas después de su muerte, esboza un amplio panorama de la evolución de esta ciencia, y no pierde de vista los vínculos entre el planteamiento de sus problemas puramente teóricos y las necesidades prácticas de otras ciencias y de la técnica.

*

El estudio del pensamiento filosófico y sociológico de Alemania en la segunda mitad del siglo XIX nos muestra que el materialismo dialéctico de Marx y Engels, aparecido en los años 40 de esta centuria, se desarrolla y extiende cada vez más en el seno del movimiento obrero, en reñida y aguda lucha contra las múltiples corrientes de la filosofía y la sociología burguesas, contra el reformismo y el revisionismo. En esta incesante lucha ideológica, ]a filosofía marxista, gracias a la labor de los grandes fundadores del socialismo científico y de sus discípulos, conquista un puesto» firme en la conciencia de los hombres avanzados del movimiento obrero alemán y ejerce benéfica influencia sobre los científicos progresivos.

La filosofía y la sociología burguesas de Alemania se convierten en la segunda mitad del siglo XIX, cada vez más, en una simple apología del régimen burgués. Lo característico del pensamiento burgués alemán de este tiempo es el abandono de las mejores tradiciones de la filosofía clásica alemana, de la dialéctica, y tanto más de las tradiciones materialistas del pasado. En este período son proclamadas consignas tales como “vuelta a [360] Kant”, “vuelta a Fichte” y otras semejantes, lo que de hecho significaba un llamamiento a restaurar el contenido conservador y los elementos reaccionarios que figuraban en las teorías de la filosofía clásica alemana, y al olvido de todo cuanto de progresivo había en ellas. De la filosofía de Kant, sus epígonos tratan de eliminar el aspecto materialista, mientras que elevan a la categoría de lo absoluto su apriorismo, su agnosticismo, su burguesa doctrina ética, etc. A la dialéctica de Hegel se oponen el eclecticismo y la metafísica, dándose preferencia a su sistema idealista frente a su método. El materialista Feuerbach es presentado torcidamente como un pensador religioso. Los historiadores burgueses de la filosofía, y tras ellos los revisionistas, desfiguran la evolución histórica del pensamiento filosófico.182

En comparación con la filosofía clásica alemana, la filosofía idealista de Alemania había caído en la segunda mitad del siglo XIX en un estado de decadencia y degradación. El carácter decadente y reaccionario de la filosofía burguesa alemana en este tiempo se pone particularmente de relieve en su propagación del agnosticismo, el irracionalismo y el voluntarismo de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche, con lo que esta filosofía rompía con la ciencia y se aliaba íntimamente con la religión y el misticismo. Estas mismas tendencias se manifiestan también en otras corrientes del pensamiento burgués alemán. Muchos filósofos burgueses de Alemania, que aireaban el “carácter científico” de sus concepciones –como gran número de neokantianos, adeptos de Mach, etc.– no rebasaban el marco del agnosticismo y se apoyaban en las tendencias idealistas dentro del campo de las ciencias naturales, como eran, entre otros, el “idealismo fisiológico” y el “idealismo físico”. Ahora bien, junto a esta línea fundamental de la filosofía burguesa alemana en la segunda mitad del siglo XIX aparecen también tendencias progresivas. Algunos filósofos, relacionados con las ciencias naturales (Büchner, Vogt, Moleschott) mantienen posiciones materialistas; y aunque profesan un materialismo vulgar, cumplieron un papel positivo considerable en la lucha contra las supersticiones religiosas. Además, en algunos sistemas filosóficos burgueses de la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX se advierten intentos, no desprovistos de interés, de plantear y resolver –cierto que sobre una endeble base idealista– algunos problemas filosóficos importantes. Así, Trendelenburg, Wundt y otros filósofos idealistas alemanes tratan de esclarecer problemas que interesaban a la ciencia en el campo de la teoría del conocimiento, la lógica y la psicología, aunque las concepciones idealistas en que sus doctrinas se asentaban les imposibilitaba para comprender acertadamente el proceso del pensamiento humano y de valorar correctamente las conquistas de la ciencia. Windelband, Lange, Dilthey y alguno otro ensayaron en sus trabajos a sistematizar y esclarecer la historia de la filosofía y de la cultura espiritual de los hombres; pero al no admitir el papel de la vida económica de la sociedad y de la lucha de clases en el progreso de la cultura, al negar o adulterar el papel del materialismo en [361] la historia de la filosofía, mermaban el valor científico de sus investigaciones y derivaban a menudo hasta la falsificación de la historia del pensamiento humano.

Paralelamente, a la vez que la filosofía y la sociología burguesas se inclinaban en sus corrientes principales a una decadencia y degeneración cada vez mayor, las ciencias naturales continúan su expansión y alcanzan grandes éxitos en Alemania y en otros países europeos. Sus figuras más señeras (Haeckel, Herlz, Bollzmann y otros) no fueron siempre consecuentes, pero espontáneamente defendían las tradiciones materialistas en el campo científico y se mostraban contrarias al idealismo y al misticismo.

La línea consecuentemente científica, materialista, de la filosofía alemana en la segunda mitad del siglo XIX está representada por la filosofía marxista, por la concepción científica del mundo de la clase obrera, profundamente hostil al idealismo y a la metafísica, irreductible frente a las tendencias filosóficas burguesas y que se apoyaba en los avances de las ciencias naturales.

Alemania es la patria de] marxismo, de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico. La revolución llevada a cabo en la filosofía por los grandes fundadores del marxismo –C. Marx y F. Engels– cambió radicalmente el carácter de la marcha del pensamiento filosófico no sólo en Alemania, sino en todos los países donde el proletariado revolucionario salía a la palestra.

Carlos Marx y F. Engels –jefes e ideólogos del proletariado internacional– participaron directamente en Alemania en la lucha políticoideológica y teórico-filosófica. La vida de Alemania en el plano ideológico, lo mismo que de otros países europeos, giraba en torno a la lucha entre la concepción proletaria científica del mundo y la concepción burguesa, entre la filosofía marxista del materialismo dialéctico y las diversas corrientes de la filosofía idealista burguesa.

En la lucha ideológica y política que contra la reacción y las concepciones burguesas mantiene en la segunda mitad del siglo xix el movimiento obrero alemán, adquieren una significación cada vez mayor los trabajos de los discípulos y continuadores de Marx y Engels (J. Dietzgen, W. Liebknecht, A. Bebel, F. Mehring, K. Schorlemmer y otros), en los que se hacía la propaganda de la teoría del marxismo, se criticaba la filosofía y la sociología burguesas y eran defendidas y ampliadas las ideas del materialismo dialéctico e histórico. [362]




{148} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. cit., pág. 394.

{149} Ibídem, pág. 390.

{150} Cita tomada de: V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., página 398.

{151} L. A. Timiriázev. Obras completas, ed. rusa, t. VIII, Moscú, 1939, pág. 360.

{152} F. Engels, Anti-Dühring, ed. esp. cit., pág. 19. (El calificativo de “progresivo” que * Engels aplica a Virchow hace referencia al partido burgués “progresista”, al cual pertenecía el investigador alemán.—N. de la Red.)

{153} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. esp. de W. Roces, Ed. Grijalbo, México, D. F., 1961, pág. 172.

{154} Sobre los descubrimientos realizados por Helmholtz en el campo de la física en los años 40 del siglo XIX, véase el tomo II de la presente HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.

{155} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. cit., pág. 255.

{156} H. Helmholtz, Vorträdge und Reden. Bd. 2 Braunschweig, S. 226 (cita tomada de: V. I. Lenin. Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 257).

{157} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 258.

{158} Cita tomada de: V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pagina 256.

{159} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 339.

{160} E. Du Bois Reymond, Über die Frenzen des Naturerkennens, 1891, S. 40.

{161} E. Du Bois Reymond, Sobre los límites del conocimiento de la naturaleza. Los siete enigmas del mundo, Moscú, 1901, pág. 30.

{162} Cita tomada de: E. Haeckel, Los enigmas del universo, Moscú, 1937, página 229.

{163} Traducción literal: Iglesia militante.–(N. de la Red.)

{164} E. Haeckel, Los enigmas del universo, ed. cit., pág. 229.

{165} Cita tomada de: Á. Nekrásov, La lucha por el darvinismo. Moscú-Leningrado, 1926, pág. 142.

{166} K. Schorlcmmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. cit., pág. 289.

{167} Cita tomada de: K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, págs. 118-119.

{168} Cita tomada de: V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., página 193.

{169} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 194.

{170} Cita tomada de: K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. cit., pág. 215.

{171} Cita tomada de: M. A. Bloch, Indice bibliográfico de química, t. I, 1929, página 358.

{172} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. esp. cit., pag. 217.

{173} Cita tomada de: D. I. Mendeleev, La ley periódica, 1958, pág. 721.

{174} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., pág. 18.

{175} Ibídem, pág. 243.

{176} Ibídem, págs. 18-19.

{177} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 319.

{178} L. Boltzmann, Ensayos de metodología de la física, ed. rusa, Moscú, 1929.

{179} Cita tomada de: Problemas de historia de las ciencias naturales y de la técnica, ed. rusa, fasc. 4, Moscú, 1957, pág. 51.

{180} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 315.

{181} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 316.

{182} En los trabajos de historia de la filosofía escritos por los neokantianos (Lange, Windelband, Cassirer, Vorländer y otros) se rebaja o era despreciado por completo el papel histórico de la concepción materialista del mundo, mientras que el idealismo era presentado como el máximo logro del pensamiento filosófico.