Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo VII: 3

3. Los problemas filosóficos en los trabajos de los naturalistas franceses.

A diferencia de la filosofía y la sociología de Francia, donde en la segunda mitad del siglo XIX predomina la influencia de las teorías idealistas, los trabajos de los naturalistas franceses avanzados de este período mantienen, y en bastantes casos desarrollan, las ideas progresivas y las tendencias materialistas.

A los avances de las ciencias naturales en este tiempo contribuyó en gran medida el famoso fisiólogo y patólogo francés Claudio Bernard (1813-1878). Su principal mérito es haber fundamentado y aplicado en amplia escala el método experimental en el estudio de las funciones del organismo y, de conformidad con ello, la elaboración de las bases científicas de la medicina experimental. Sus concepciones teórico-filosóficas se hallan expuestas, principalmente, en las siguientes obras: Introducción a la medicina experimental (1865), Lecciones de patología experimental (1872) y Fenómenos vitales comunes a los animales y las plantas (1878). En ellas, la atención del autor se centra en la importancia del método experimental para las ciencias naturales en general y para la medicina en particular.

Partiendo de las ideas de los creadores del método experimental en las ciencias naturales –Galileo, Torricelli, Newton– y de los trabajos de Bacon, que dio base filosófica a este método, C. Bernard demuestra que. en todas las esferas del saber humano, la práctica empírica precedió al estado teórico o científico. “La ciencia –dice– apareció siempre a posteriori, para encontrar las leyes de lo fenómenos que previamente habían sido observados y reunidos. En cuanto la ley ha sido hallada, el empirismo queda explicado y los sistemas a priori desaparecen para dar lugar a la teoría científica, la cual expresa la ley de los hechos ya conocidos y, por otra parte, indica la dirección de las investigaciones ulteriores encaminadas a ampliar el campo de la ciencia.”40

El progreso de la ciencia, según C. Bernard, no consiste en reavivar los viejos sistemas apriorísticos y doctrinas de distintas autoridades, sino [429] en reemplazarlos por el conocimiento de las leyes de los fenómenos objetivos. El valor del método experimental lo ve en que produce una revolución en la ciencia y sustituye la autoridad personal por un criterio científico objetivo.

“La primera característica del método experimental –escribe– consiste en que parte sólo de sí mismo, porque encierra en sí su propio criterio, que es la experiencia. No reconoce ninguna otra autoridad más que la autoridad de los hechos y se emancipa de la influencia de la autoridad personal. Hace ya tiempo que las ciencias físico-químicas reconocen que el principio de autoridad, que era la base de la escolástica, ha de ser abandonado.”41 Ahora bien, C. Bernard subraya que el espíritu crítico hacia las autoridades que el método experimental reclama, no se contradice en modo alguno con la estimación hacia los grandes predecesores, que hicieron descubrimientos sobre los que descansan las ciencias contemporáneas. Los grandes sabios pueden ser modelos dignos de imitación, pero sus descubrimientos no han de ser tomados como un límite ante el que se deba detener la investigación científica. Al contrario, cualquier logro científico ha de ser dejado atrás inevitablemente y superado por los éxitos de las generaciones posteriores. Cada tiempo, dice C. Bernard, tiene sus errores y sus verdades. Los éxitos de la ciencia experimental consisten en que el conjunto de verdades aumenta a medida que disminuye el conjunto de los errores. Cada una de las verdades particulares se incorpora a las otras para formar verdades más generales. En esta “fusión” del conocimiento, los nombres de las personas desaparecen paulatinamente, y cuanto más avanza la ciencia, más impersonal es la forma que adopta y tanto más se aparta del pasado. C. Bernard escribía: “En la ciencia experimental, el presente incluye en sí al pasado, de la misma manera que éste se verá incluido en el futuro. En una palabra, para el experimentador no hay más que un libro eterno: el libro de la naturaleza; para leerlo no hay ni habrá nunca otro medio que el método experimental.”42

C. Bernard opone el método experimental tanto al empirismo unilateral como al racionalismo entendido unilateralmente. Estimaba que en el método experimental se hallan indisolublemente unidos entre sí dos aspectos de la investigación científica: el arte de observar los hechos en condiciones exactas y bien definidas y el arte de aplicar a estos hechos el razonamiento, al objeto de relacionarlos con las condiciones de la existencia. El científico no debe conformarse con reunir hechos, sino que está obligado a llegar hasta las teorías, que son las únicas que integran la ciencia. Y para esto es necesario que la razón, partiendo de los hechos, tienda a lo desconocido con ayuda de las hipótesis, recurriendo constantemente, a cada paso, a la comprobación por la experiencia, de tal modo que, al seguir las conclusiones de estas hipótesis, no se desvíe de su camino y no olvide la realidad.

C. Bernard enunció y fundamentó una serie de ideas, importantes y nuevas en su tiempo, acerca de la misión de la ciencia. “El fin de toda ciencia –escribe–, lo mismo de los seres vivos que de los cuerpos minerales [430], puede ser definido con dos palabras: prever y obrar.43 Ampliando esta tesis, señala que el fin del experimentador se reduce a determinar las leyes de los fenómenos, lo que permite dominar esos fenómenos y dirigirlos a su arbitrio. El último fin práctico de la ciencia es, pues, el que ha de ponerse al servicio del hombre.

C. Bernard tenía en alta estima el valor de la filosofía avanzada para las ciencias experimentales. La filosofía, escribe, al plantear un cúmulo inagotable de problemas no resueltos, estimula y mantiene el movimiento salvador en la ciencia. Apoya “la sed de lo desconocido y el fuego sagrado de la investigación, que el científico no debe perder nunca”.44

Al mismo tiempo, C. Bernard estimaba que las ciencias experimentales no tienen necesidad de recurrir a ningún sistema filosófico, puesto que cualquiera de ellos, al partir de representaciones apriorísticas, trata de operar con los hechos de la observación y la experimentación que en grado mayor o menor justifican estas representaciones, a la vez que elimina los hechos que no concuerdan con el sistema. “Descartes, por ejemplo, aporta al estudio de las ciencias experimentales las mismas ideas que tan acertadamente había aplicado en filosofía. Opera con la fisiología lo mismo que con la metafísica: establece un principio filosófico para reducir a él los hechos científicos, en vez de partir de los hechos y relacionar con ellos, a posteriori, las ideas, que en cierto modo serían sólo una interpretación de los hechos. El resultado fue que Descartes, a pesar de tomar en consideración los experimentos fisiológicos conocidos en su tiempo, expuso una fisiología fantástica, casi imaginaria.”45

La escuela idealista de la filosofía natural, imperante en Alemania a principios del siglo XIX y que daba una interpretación demasiado libre, es decir, arbitraria, de los fenómenos del mundo exterior, dice C. Bernard, “como reacción y oposición a esto dio origen a toda una generación de hombres de ciencia. escépticos y empíricos que no deseaban oír hablar más que de los hechos desnudos”,46 y excluían del método experimental todo raciocinio. Ejemplo característico de empirismo extremo y de despreocupación por la filosofía es la expresión favorita de Magendie, maestro de C. Bernard y que éste cita: “Cuando experimento, sólo tengo ojos y oídos. y no tengo cerebro en absoluto.”47

Refiriéndose precisamente a los sistemas filosóficos especulativos, dice C. Bernard que el único sistema filosófico consiste en no tener ninguno, que “los científicos hacen en los laboratorios sus descubrimientos y crean las teorías y la ciencia sin ayuda de los filósofos”.48

Así, pues, a la vez que reconoce el valor positivo de la filosofía para las ciencias naturales, rinde tributo a la solución positiva del problema de la relación entre la filosofía y estas ciencias. [431]

La concepción del mundo de C. Bernard no era consecuente. Fundamentalmente profesaba un materialismo espontáneo (él mismo calificaba sus concepciones «de determinismo”), pero a menudo encontramos en sus obras manifestaciones de carácter agnóstico y hasta idealista.

C. Bernard combatió activamente el vitalismo, que era una de las corrientes más típicas del idealismo en biología; al vitalismo oponía una concepción, materialista en el fondo, de los fenómenos de la vida. No se mantuvo, empero, fiel a esta línea hasta el fin, y a veces se desviaba hasta el reconocimiento de cierta “fuerza vital” que, según sus palabras, dirige los fenómenos, aunque no los produce (en oposición a los agentes físicos, que producen los fenómenos, pero no los dirigen). Bien es cierto que C. Bernard estimaba que las consideraciones incluso acerca de una “fuerza vital” tan limitada no debían tenerse en cuenta en la fisiología experimental. Mas a pesar de estas reservas, el reconocimiento de una “fuerza vital” cualquiera es una clara concesión al idealismo. Otra concesión al idealismo es su afirmación de que cada fenómeno que se produce en el organismo, tomado en sus relaciones con otros fenómenos, parece ser regido por un dirigente invisible.

C. Bernard formula su concepción del determinismo de la manera siguiente: “... El determinismo no es otra cosa que el reconocimiento de la ley por doquier y siempre...”49 y la definición exacta de las condiciones bajo las cuales se produce un fenómeno cualquiera.

La universalidad del principio del determinismo fisiológico en el organismo vivo, según palabras de Bernard, viene dada por la existencia de determinadas condiciones materiales que dirigen la aparición de los fenómenos de la vida y predeterminan las leyes que gobiernan el orden y la forma de dichos fenómenos.

Al estudiar las propiedades de cualquier sustancia hay que considerar dos aspectos del problema: la propia sustancia, con las propiedades inmutables a ella inherentes en las condiciones dadas, y el medio, es decir, las condiciones exteriores de la sustancia, que obran como factores directamente determinantes de su aparición y que se encuentran en relación directa con las diversas formas de estas manifestaciones. El fin específico de la ciencia experimental consiste en determinar exactamente las condiciones en que se revelan las propiedades de la materia, pues sólo actuando sobre estas condiciones podemos convertirnos en dueños de los correspondientes fenómenos de la naturaleza.

Así, pues, C. Bernard reconoce la causalidad objetiva, la necesidad, la sujeción a leyes en la naturaleza, y comprende el determinismo con un criterio materialista. Pero se desliza hasta el idealismo y el agnosticismo cuando habla de la existencia de una causa especial que se halla fuera del alcance del conocimiento, a saber: la causa inicial, según sus palabras, creadora de la vida, que la gobierna y le da sus leyes. También es claramente agnóstica su afirmación de que todo cuanto podemos saber es las condiciones de aparición de los fenómenos y de que más allá de este límite [432] del conocimiento no puede ir la ciencia, de que la esencia de los fenómenos es incognoscible.

En conjunto, a pesar de todos sus defectos, la concepción del mundo de Claudio Bernard presentaba un carácter progresivo, sobre todo si la situamos sobre el fondo de decadencia general del pensamiento filosófico burgués, y a esto debe en buena parte –y no sólo a sus brillantes descubrimientos científicos– el gran prestigio de que gozó en el siglo XIX entre los hombres de ciencia de todo el mundo.

En la segunda mitad del siglo XIX se sigue trabajando con éxito sobre los tres grandes descubrimientos de las ciencias naturales, y entre ellos la teoría celular; esta última dio un poderoso impulso al desarrollo de la microbiología, la cual se convirtió en ciencia autónoma y alcanzó éxitos excepcionales gracias a los descubrimientos del gran sabio francés Luis Pasteur (1822-1895).

Pasteur realizó una serie de descubrimientos científicos de primordial importancia teórica y práctica. Fue el primero en establecer y demostrar la naturaleza biológica del proceso de fermentación del vino y descubrió un nuevo tipo de fermentación, como es el del ácido butírico. Tras de determinar la capacidad de las células de los fermentos para desarrollarse sin acceso de aire, Pasteur señaló por primera vez que la fermentación es la fuente de la energía necesaria para la actividad vital de los microorganismos. Estudió los agentes de muchas enfermedades infecciosas y sugirió eficaces medidas para combatirlas. Le dio fama universal el descubrimiento y aplicación de las vacunas preventivas que inmunizan el organismo de los animales contra las infecciones.

En el sentido teórico filosófico ofrece gran interés la pugna que durante bastantes años mantuvo Pasteur con Pouchet sobre el origen de los microorganismos y la posibilidad de su “generación espontánea”.

Las investigaciones microbiológicas habían demostrado desde hace mucho que en los líquidos que contienen cuerpos orgánicos en descomposición y a los cuales llega el aire surgen y se multiplican los microorganismos más diversos. Los investigadores se habían hecho en repetidas ocasiones la pregunta: ¿Cuál es el origen de estos microorganismos, de dónde proceden? Hasta Pasteur se respondía de ordinario de conformidad con la vieja idea de la filosofía natural, que sostenía el origen de la vida por generación espontánea (generatio aequivoca). Esta idea era compartida en el siglo XIX por muchos investigadores, entre ellos por un sabio tan ilustre como Haeckel.

Apoyándose en esta idea y en los numerosos experimentos llevados a cabo por él, Pouchet dio a conocer a la Academia de Ciencias de París su conclusión de que los microorganismos aparecen y se desarrollan en caldos, en condiciones tales que su origen puede ser explicado sólo por generación espontánea. En esas investigaciones se basa el método, tan extendido actualmente, de [433] conservación de los productos alimenticios que se conoce con el nombre de pasterización.

Las investigaciones experimentales y las conclusiones teóricas de Pasteur sobre las leyes de la aparición de los microorganismos se avenían perfectamente con los avances de las ciencias naturales en el siglo XIX, y en particular con los avances de la química orgánica y con la teoría de la evolución.

Los datos de la química demostraban que al descomponerse los cuerpos orgánicos muertos, a medida que el proceso se acentúa, se forman necesariamente productos que cada vez se acercan más a los cuerpos de la: naturaleza inorgánica y se hacen menos apropiados para su utilización en la naturaleza orgánica; a este proceso se le puede dar otra orientación distinta y conseguir la utilización de dichos productos de la descomposición sólo en el caso de que vayan a parar a un organismo ya existente y, apropiado para ello. Refiriéndose. a estos hechos, Engels subrayaba especialmente que “el cuerpo que antes se descompone y que hasta ahora no se ha logrado sintetizar es precisamente el vehículo más esencial de la formación de las células, la albúmina”.50

La teoría de la evolución demostraba también irrefutablemente la imposibilidad completa de la formación primaria de microorganismos, los cuales, aunque relativamente simples, son organismos ya esencialmente diferenciados, con estructura interna y que revelan un proceso de actividad vital integrada por diversas fases.

La hipótesis de Pouchet de que los microorganismos aparecen en los caldos solamente por generación espontánea no tenía en cuenta los datos de la-química y de la teoría de la evolución, y repetía las caducas nociones filosófico-naturales de los sabios de los siglos XVII y XVIII. “La hipótesis de que los nuevos organismos puedan nacer de la descomposición de otros –escribía Engels– procede, esencialmente, de la época de la inmutabilidad de las especies. En aquel tiempo imperaba la. necesidad de suponer que todos los organismos, hasta los más complicados, nacían a base de generación originaria, partiendo de materias sin vida, y a menos que se quisiera salir del paso recurriendo a un acto de creación, se caía fácilmente en la creencia de que sería más fácil explicar este proceso partiendo de una materia formativa procedente del mundo orgánico...

Pero semejante hipótesis se da de bofetones con el estado actual de la ciencia.”51

Si bien Pasteur no descubrió las leyes del origen de los microorganismos, sus trabajos ampliaron considerablemente el conocimiento que entonces se tenía de la vida de dichos seres. Refiriéndose a la posibilidad del origen de los microorganismos por generación espontánea, Engels escribía: “Los experimentos de Pasteur en este sentido son estériles: jamás llegará a demostrar a quienes creen en la posibilidad de la generación espontánea, por medio de tales experimentos, que este tipo de generación sea imposible; tienen, sin embargo, su importancia, por cuanto que arrojan [434] mucha luz acerca de estos organismos, de su vida, sus gérmenes, etc.”52 En cambio, no se puede decir esto de los experimentos y las concepciones de Pouchet; eran un paso atrás si consideramos el nivel de desarrollo que en aquel tiempo habían alcanzado las ciencias natura!es y la filosofía.

La concepción de Pasteur sobre el origen de los microorganismos, lo mismo que todos sus descubrimientos científicos, robustecía las posiciones del materialismo filosófico y la dialéctica. Á su vez, la concepción materialista vulgar de Pouchet, al contrario, debilitaba las posiciones del materialismo en el problema del origen de la vida, pues su fundamentación empírica carecía de consistencia.

Los químicos franceses alcanzaron grandes éxitos en la segunda mitad del siglo XIX. La química tenía en Francia sus tradiciones desde los tiempos de Lavoisier, quien a fines del siglo XVIII llevó a cabo una revolución en esta ciencia al acabar con la falsa teoría del flogisto. Otra revolución no menos importante es la que en los años 40 del siglo XIX realizan Dumas, Laurent y particularmente Gerhardt. cuyos trabajos echan por tierra la teoría metafísica de Berzclius y comienzan a dar espontáneamente entrada a la dialéctica en la química. Un continuador de las tradiciones científicas avanzadas en Francia fue el eminente químico Marcellin Berthelot (1827-1907). A partir de los años 50 del pasado siglo –y en ello reside su principal mérito– descubrió y elaboró los procedimientos generales para la obtención artificial (por síntesis) de los compuestos orgánicos. En la primera mitad del siglo XIX, la famosa síntesis de la urea, llevada a cabo por Wöhler, seguía siendo la única operación de este género, con la particularidad de que la urea era tenida por un producto residual del organismo, que no tomaba parte en el propio proceso de la actividad vital. De ahí que esta síntesis no pudiera quebrantar aún la fe de algunos naturalistas en la “fuerza vital” supuestamente necesaria para la formación de compuestos orgánicos. Pero después de las síntesis de Berthelot, que demostraban la posibilidad en principio de obtener cualquier compuesto orgánico partiendo de cuerpos inorgánicos, e incluso de elementos, la concepción idealista y metafísica a la vez de la “fuerza vital” quedó eliminada definitivamente de la química. Con este motivo, el materialismo obtuvo un nuevo triunfo en el campo de las ciencias naturales.

Berthelot no se distinguió sólo en la experimentación; se destacó también en la historia de la química. De manera especial estudió en sus fuentes escritas la historia de la alquimia, y fruto de sus investigaciones es la extensa obra Los orígenes de la alquimia (1885). Sus trabajos guardan estrecha relación con la historia de la filosofía y de la religión, puesto que ponen de relieve los vínculos que existen entre las creencias religiosas y las representaciones filosófico-naturales de los primeros alquimistas. Engels escribía: “La piedra filosofal encierra muchas propiedades de las que se atribuyen a Dios, y los alquimistas egipcios y griegos de los dos primeros siglos de nuestra era tuvieron también arte y parte en la formación de la doctrina cristiana, como lo han demostrado los datos suministrados por Kopp y Berthelot.”53 [435]

En cuanto a la química teórica, Berthelot ocupaba una posición equivocada, agnóstica en el fondo. Rechazaba la doctrina atómico-molecular y la teoría estructural en la química, y no supo valorar la verdadera significación de la ley periódica. Mendeleev escribía a este propósito que Berthelot, en su obra Los orígenes de la alquimia, “confunde abiertamente la idea básica de la ley periódica con la idea de Prout, de los alquimistas y de Demócrito sobre la sustancia primaria única”.54

Adolphe Würtz (1817-1884), otro químico francés, fue, por el contrario, un ardoroso defensor y propagandista de la doctrina atómico-molecular y, a la vez, de la ley periódica. Refiriéndose a su libro La teoría atómica, donde se habla detenidamente del sistema periódico, Mendeleev escribe: “... Würtz ha contribuido mucho a la popularización de mi sistema de los elementos.”55

Es precisamente en Francia donde el sistema periódico de Mendeleev tuvo su primera confirmación irrefutable, cuando el químico analítico Lecoq de Boisbaudran descubrió un elemento nuevo, denominado galio, las propiedades del cual coincidían casi exactamente con las que Mendeleev había predicho para el ecaaluminio guiándose por la ley periódica.

Pero esta confirmación no vino de buenas a primeras. Apoyándose en la ley periódica, Mendeleev había calculado teóricamente la densidad del supuesto elemento (ecaaluminio) en 5,9 aproximadamente. Sin embargo, Lecoq de Boisbaudran, el primer hombre que tuvo en sus manos el nuevo metal, encontró que su densidad era bastante menos (de 4,7), con lo que se venía por tierra la suposición de Mendeleev. Este, por su parte, estaba firmemente convencido de que si la ley general era cierta, la densidad por él deducida de dicho elemento no podía por menos de ser también cierta. Por eso, aun sin haber visto una vez siquiera el nuevo metal (galio), sostuvo firmemente que las primeras muestras obtenidas por Lecoq de Boisbaudran habían de estar mal purificadas, y que después de la purificación debida habían de dar una densidad próxima a la predicha. Y así resultó en la realidad. El hombre de ciencia, cuando se guía por un acertado pensamiento teórico, ve mejor, con más profundidad y exactitud que quien observa directamente un cuerpo nuevo, hasta entonces desconocido, y no tiene de él una noción teórica. Lecoq de Boisbaudran escribe a este respecto: “Creo que no hay necesidad de insistir en la enorme significación que tiene la confirmación de las conclusiones teóricas del señor Mendeleev acerca de la densidad del nuevo elemento.”56

El sistema periódico de los elementos resistió una seria prueba en los años 90, después del descubrimiento del argo, el helio y sus análogos. que en un principio parecía que no encontraban en él el lugar correspondiente. Pero el belga Herrera no tardó en proponer la inclusión de todos los gases inertes en un grupo nuevo (el cero) dentro del sistema de Mendeleev. Esta idea se vio plenamente justificada, y además de robustecer la ley periódica en la ciencia dio un nuevo impulso al progreso de toda la doctrina de la sustancia. [436]

La hipótesis de Prout, a la que Berthelot se remitía, fue rechazada como una concepción mecanicista que no se acomodaba a los hechos; de conformidad con esta hipótesis, los pesos atómicos de todos los elementos habían de ser números enteros o múltiplos del peso atómico del hidrógeno, que se tomaba como la unidad. La detenida comprobación experimental de esta hipótesis mediante la exacta medición de los pesos atómicos demostró que los valores de estos últimos son fraccionarios para la mayoría de los elementos. Contribuyeron especialmente a refutar la hipótesis de Prout y la idea de la protomateria que le servía de base los trabajos del químico belga Stas y del ginebrino Marignac. La refutación de esta hipótesis contribuyó a emancipar la química de las simplistas concepciones mecanicistas y condujo a una visión más profunda, dialéctica en su esencia, del desarrollo de la materia, el cual transcurre no mediante un crecimiento y aumento puramente cuantitativos (como se desprendía de la hipótesis de Prout), sino mediante cambios cualitativos condicionados por las diferencias cuantitativas (como demostraba el sistema periódico de los elementos).

Los trabajos y descubrimientos de los naturalistas franceses avanzados de la segunda mitad del siglo XIX contribuyeron eficazmente a mantener y consolidar la tradición materialista en Francia y dieron un nuevo empuje al desarrollo de las ciencias de la naturaleza.




{40} C. Bernard, Lecciones de patología experimental, trad. rusa, Moscú-Leningrado, 1937, pág. 339.

{41} C. Bernard, Lecciones de patología experimental, trad. rusa, Moscú-Leningrado, 1937, págs. 341-342.

{42} C. Bernard, Lecciones de patología experimental, págs. 344-345.

{43} C. Bernard, Curso de fisiología general. Fenómenos vitales comunes a los animales y a las plantas, trad. rusa, San Petersburgo. 1878, pág. 313.

{44} C. Bernard, El progreso en las ciencias fisiológicas. En la obra: R. Virchow, Claudio Bernard. Moleschott, Piderit, Wagner, Conclusión general del método positivo, San Petersburgo, 1866, pág. 64.

{45} C. Bernard, Lecciones de patología experimental, pág. 406.

{46} Ibídem, pág. 407.

{47} Ibídem.

{48} C. Bernard, El progreso en las ciencias fisiológicas, pág. 60.

{49} C. Bernard, Curso de fisiología general. Fenómenos vitales comunes a los animales y a las plantas, ed. cit., pág. 50.

{50} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. esp., Ed. Grijalbo, México, D. F., 1961, pág. 254.

{51} Ibídem, pág. 254.

{52} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit.. pág. 255.

{53} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, ed. esp. cit., t. II, pág. 352.

{54} D. I. Mendeleev, Obras escogidas, ed. rusa, t. II, Leningrado, 1931, pág. 356.

{55} Archivo de D. I. Mendeleev, ed. rusa, t. I, Leningrado, 1951, pág. 55.

{56} Citan tomada de la recopilación: La ley periódica de D. I. Mendeleev y su significación filosófica, ed. rusa, Moscú, 1947, pág. 43, nota.