Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo VII: 2
2. La sociología burguesa de Francia (el positivismo, el racismo y la escuela psicológica).
Los ideólogos burgueses de la segunda mitad del siglo XIX, inquietos por el auge del movimiento obrero, buscan los medios para combatir la ideología científica del proletariado. De ahí el gran interés que manifiestan por los problemas de la sociología. Surge una serie de escuelas que tratan de oponer al marxismo diversas variantes de la concepción idealista de la historia. Se fundan la Sociedad Sociológica de París, el Instituto Internacional de Sociología, la Biblioteca Internacional de Sociología y otras organizaciones semejantes.
Los ideólogos burgueses propugnan en sociología concepciones idealistas subjetivas basadas en la negación de las leyes objetivas. Adquiere particular difusión la tendencia psicológica, que reduce todos los fenómenos de la vida social a la actividad psíquica del individuo tomado aisladamente o al “conjunto de estados psíquicos”; sobre esta base se proclama la identidad del ser social y de la conciencia social. El principal argumento que se esgrime en defensa de tal identidad es la circunstancia de que los vínculos sociales son establecidos por seres dotados de conciencia. Esta última es considerada como el contenido básico de la vida social y como el estímulo determinante de la conducta del individuo. En su crítica de este punto de vista, Lenin escribía: “De que los hombres, al ponerse en contacto con otros, lo hagan como seres conscientes, no se deduce de ningún modo que la conciencia social sea idéntica al ser social.”26 La doctrina de los “psicologistas” acerca de la identidad del ser y la conciencia iba dirigida directamente contra el materialismo histórico.
Otra tendencia de la sociología burguesa de Francia en la segunda mitad del siglo XIX fue el naturalismo, para el que los procesos sociales eran resultado de las “leyes eternas de la naturaleza”: leyes físicas, biológicas, etc. Con ayuda del naturalismo, los ideólogos burgueses trataban de justificar la explotación y la desigualdad social, que consideraban formas naturales de la interacción de las partes del cuerpo de la sociedad en su conjunto. Con todas sus diferencias, estas dos corrientes principales de la sociología tienen de común el odio al marxismo.
Una evolución característica se produce en este período entre los seguidores de Comte, quienes rechazan definitivamente cuanto de positivo había tomado su maestro de Saint-Simon y transforman su sociología en una vulgar doctrina burguesa. [422]
Sacan a primer plano las ideas más reaccionarias de Comte y toman las leyes económicas del capitalismo como leyes eternas de la naturaleza: el propio régimen capitalista es para ellos una organización perfecta y la “encarnación natural” del progreso de la sociedad. Al mismo tiempo, muchos continuadores de Comte tratan de evadirse de las tendencias sectarias de su maestro, de sus intentos de organizar una iglesia positivista especial, y comienzan a adaptar la sociología del positivismo a la enseñanza en las universidades burguesas.
Al criticar a los sociólogos burgueses de la segunda mitad del siglo XIX, F. Engels escribía a Lange en carta del 29 de marzo de 1865: “Para nosotros, las denominadas “leyes económicas” no son leyes eternas de la naturaleza, sino leyes históricas, que aparecen y desaparecen...”27 Los comtistas, concordes por un lado con el espíritu del idealismo subjetivo y el agnosticismo, afirmaban que las leyes de la naturaleza, lo mismo que las leves de la sociedad, no existen fuera del “yo” humano o, en todo caso, no son cognoscibles; por otro lado, consideraban las leyes del capitalismo como eternas y suprahistóricas.
Uno de los representantes principales de la escuela de Comte fue Emile Littré (1801-1881). In 1830 se batió en las barricadas y después de la revolución de 1818 abandonó sus anteriores ideas políticas; más tarde, senador y miembro de la Academia Francesa, defendió la propiedad capitalista y la república burguesa. En sus obras Augusto Comte y la filosofía positiva (1863) y Fragmentos de filosofía positiva y de sociología contemporánea (1876) afirma Littré, siguiendo a Comte, que la lucha revolucionaria ha de ceder su puesto a la conciliación de los intereses de clase opuestos. Interpreta la historia de la sociedad humana como la historia de la actividad espiritual de los hombres y deduce lo económico de las aspiraciones y emociones del individuo tomado aisladamente y en abstracto. La “ciencia pura”, manifestaba, es más importante que la actividad práctica. Las concepciones sociológicas de Littré se aproximan a la tendencia psicológica en esta esfera del saber.
En su labor como filólogo tuvieron cierto valor científico su Historia de la lengua francesa (1862), en dos tomos, y el Diccionario de la lengua francesa (1863-1877), en tres. Sin embargo, en estas obras aplica su concepción idealista de la historia, interpreta la lengua como un producto de la actividad espiritual abstracta y la divorcia de la vida material de la sociedad.
Siguiendo a Littré, la propaganda de las ideas de Comte es continuada por Pierre Laffitte (1823-1893). En su Programa de un curso de sociología, obra que adquirió gran notoriedad, expone detalladamente su concepto de la sociedad como producto de los procesos biológicos y también de la actividad intelectual de los hombres. Laffitte mantiene una posición biopsicológica y reduce la ciencia de la sociedad ya a una elemental biología descriptiva, ya a una psicología empírica. El principal defecto de la sociología lo ve en la ausencia de una valoración moral de los procesos sociales, y reemplaza el análisis científico de los hechos por una crítica moral abstracta de los mismos. [423]
Laffitte acepta la división que Comte hace de la sociología en estática social y dinámica social y propone “reducir la dinámica social al estudio abstracto de los estados consecutivos de los organismos sociales realmente existentes”.28 De este modo trata de combinar la sociología de Comte con la teoría orgánica de Spencer. Además, como metafísico típico que es, niega la existencia de contradicciones en la vida social. La concepción orgánica la utiliza para colocar una supuesta armonía en el lugar que ocupan las contradicciones reales.
Entre los adeptos de Comte se encuentra también Jules Emile Rigolage, autor de La sociología de Comte (1897). A la lucha revolucionaria del proletariado contra el capitalismo opone una pacífica labor de reforma para el perfeccionamiento intelectual y moral de la sociedad burguesa. Se manifiesta abiertamente contra la igualdad social, que califica de quimera irrealizable, y se entrega a la empresa de demostrar que justamente la desigualdad social es la fuente del progreso. “El progreso de la civilización –escribe– está lejos de acercarnos a la quimérica igualdad; al contrario, tiende a desarrollar estas diferencias...”29
A la vez que proclama el carácter eterno de la propiedad privada, Rigolage invita a ejercer una presión moral sobre los propietarios. Mientras que Saint-Simon confiaba en el convencimiento para atraer a los capitalistas hacia el socialismo, Rigolage, siguiendo a Comte, afirma que de lo único que se puede hablar es de la educación en los capitalistas del sentimiento de la responsabilidad; cualesquiera que sean las condiciones, los "capitalistas han de ser capitalistas. En el plano sociológico era partidario de la teoría ecléctica de los factores.
Reconocía tres fuerzas motrices de la historia: la raza, el clima y la política. “La raza, el clima y la acción política –dice– son las tres fuentes de las variaciones de la vida social...”30
De conformidad con su ecléctica teoría, en la vida social todo tiene igual importancia: la política y la economía, el derecho y la moral, el Estado y la religión. La interacción de unos y otros factores es lo que determina el curso de los acontecimientos históricos. Ajeno a la concepción científica de la historia, negaba la unidad del proceso histórico-social y reducía la sociología a un conjunto ecléctico de manifestaciones sobre los distintos hechos históricos.
Rigolage es un representante del método descriptivo en sociología. La ciencia, según él, no ha de ocuparse en la explicación de los fenómenos, sino en su sistematización formal, de conformidad con su semejanza externa. No obstante, aun subrayando el carácter empírico de la sociología. cierra los Ojos a numerosos hechos de la historia universal que no se acomodan a su sistema.
Una posición ecléctica análoga ocupa el sociólogo positivista Jean François Robinet (1825-1899), autor de La filosofía positivista de Augusto Comte. Al no ver la peculiaridad cualitativa de los procesos sociales, [424] toma todos los fenómenos de la sociedad como un conjunto de leyes fisiológicas. sociológicas y morales. En su exposición de los principios de la concepción positivista del mundo, Bobinet afirma, de un lado, que “el mundo exterior proporciona a nuestra conciencia un material objetivo”, mientras que, de otra, sostiene que “nuestra razón tiende a tomar de sí misma vínculos subjetivos para sus impresiones objetivas...”31 Por lo tanto, une con un criterio ecléctico la tesis materialista del contenido objetivo de la sociología, como ciencia que trata de procesos sociales reales, y la conclusión idealista de la estructura apriorista de toda investigación sociológica. Las concepciones de Robinet son una clara ilustración de la profunda crisis a que llega la sociología positivista.
Los epígonos de Comte elevan sobre el pavés las ideas más reaccionarias de su maestro, y en particular su concepción metafísica de la sociedad, como un sistema de equilibrio que excluye supuestamente las contradicciones internas y la lucha de las fuerzas contrarias. Actúan como idealistas y como metafísicos.
Comte, con todos los defectos de su doctrina, ilustraba sus trabajos con una gran abundancia de datos; sus seguidores carecen hasta de ese mérito. Las obras de los sociólogos comtistas de la segunda mitad del siglo XIX se distinguen por un esquematismo sin contenido.
Hay una serie de filósofos y sociólogos franceses que en la segunda mitad del siglo XIX comienzan a criticar el comtismo y tratan de trasplantar a su país las ideas positivistas de Spencer.32
Uno de los propagandistas de la teoría orgánica de Spencer en Francia es el filósofo idealista, profesor en Burdeos y París, Alfred Fouillée (1838-1912). En su Historia de la filosofía (1875), Crítica de los sistemas de moral contemporánea (1883) y otras obras intenta “conciliar” el materialismo y el idealismo. “El ideal de la filosofía –escribe– es una doctrina amplia y universal capaz de conciliar todos los sistemas.”33 De este modo, al decir de Fouillée, es posible crear una metafísica nueva que resuelva los problemas filosóficos fundamentales. Trata de establecer una diferencia de principio entre el “método de conciliación” del materialismo y el idealismo, que él propone, y la simple mezcolanza de tendencias filosóficas opuestas. “El método de la conciliación de los sistemas –manifiesta Fouillée– no hay que confundirlo con el denominado eclecticismo (cursivas del autor), si bien nuestro método aspira a conservar todo lo que de bueno hay en el eclecticismo”34 (cursivas nuestras.–N. de la Red.). La esencia del “método de la conciliación” reside en la concordancia formal de los distintos principios filosóficos. Gracias a esto, piensa Fouillée, resulta posible prescindir de todo lo falso y agrupar en una síntesis cuanto de verdadero hay en las doctrinas filosóficas opuestas. Y comprendiendo que en el plano de los principios resulta imposible dar una base científica a su “método”, no encuentra nada mejor que recurrir a la ayuda de la moral cristiana del “perdón universal”. “Los filósofos han de hacer [425] suyo el principio supremo de la moral –dice–, que al mismo tiempo les servirá de la mejor norma de crítica: “Amaos los unos a los otros”.35
Fouillée critica a A. Comte por haber utilizado en escala insuficiente los métodos científico-naturales de pensamiento en la investigación de los problemas sociológicos, aunque él mismo se encuentra lejos de llegar a una concepción científica de la vida social. La sociología de Fouillée se basa en una combinación de las ideas de Comte y Spencer; lo que él quiere es completar el comtismo con la teoría orgánica de la sociedad. En La ciencia contemporánea de la sociedad (1880) recurre a la biología para afirmar que todo cuanto ocurre en la sociedad es análogo a la interacción de las distintas partes del organismo. El organismo social, sostiene, lo mismo que el animal, posee un sistema nervioso que dirige su acción. En última instancia, todas las funciones del régimen burgués son para Fouillée naturales e indestructibles. Partiendo de la unidad de todos los órganos y funciones del organismo humano, transporta mecánicamente esta noción a la sociedad y llega a la conclusión absurda de que la lucha de clases posee un carácter supuestamente antinatural. Su Historia de la filosofía termina con las palabras siguientes: “¿En qué consiste lo verdadero y eterno? En la libertad ideal, en la capacidad para el desinterés o el amor, en la unión moral o social de todos los seres, que prepara paulatinamente la libertad.”36 Las concepciones sociológicas de Fouillée son tan eclécticas como su filosofía. Las fuerzas motrices del desarrollo social que él reconoce son tres: las leyes biológicas, los impulsos volitivos de los hombres y los principios morales. En su sociología, los elementos mecanicistas se combinan con el idealismo subjetivo y la teología. El papel reaccionario de las concepciones filosóficas y sociológicas de Fouillée se pone claramente de relieve en sus llamamientos a la conciliación de las clases, en sus reflexiones abstractas y vacías sobre la “libertad ideal” y la “unión moral” de todos los miembros de la sociedad independientemente de la clase a que pertenezcan.
Un partidario más abierto todavía de la concepción orgánica de Spencer era el sociólogo francés René Worms (1869-1926). Su trabajo más importante es El organismo social (1896). La analogía spenceriana entre la sociedad y el organismo animal trata Worms de convertirla en una justificación teórica del colonialismo francés. La formación de colonias, alirmaba, no es más que una manera de reproducirse la sociedad; la lucha de clases y la revolución eran para él patología social, mientras que la actuación reaccionaria del gobierno burgués pasaba a la categoría de terapéutica e higiene de la sociedad. Al igual que Fouillée, Worms defendía la conciliación del proletariado y la burguesía. “Actualmente –escribe– hay otro mal más serio, que también hay que eludir: es la denominada lucha de clases o, más exactamente, el choque entre los pobres y los ricos.”37 Así, la “teoría orgánica” es utilizada para justificar el régimen burgués y negar la lucha de clase del proletariado.
Worms figura entre los partidarios de la reaccionaria teoría racista. [426] Niega la lucha de clases, y toda la historia de la humanidad la reduce a una lucha de razas.
Racistas militantes fueron los sociólogos reaccionarios franceses Joseph Arthur Gobincau (1816-1882) y Jorge Vacher de Lapouge (1851-1936). El primero de ellos se dio a conocer en el campo de la sociología antes que Worms; el segundo pertenecía a la misma generación que éste.
De Gobineau es una obra sociológica en cuatro volúmenes titulada Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1857). Partiendo de supuestos caracteres biológicos que, según él, dividen a la sociedad humana en razas “superiores” e “inferiores”, llega a la conclusión de la necesidad de la victoria de las primeras sobre las segundas. No obstante su origen francés, Gobineau afirmaba que la más digna de todas las razas es la “raza alemana”. Consideraba a los franceses una raza pervertida y hablaba con odio de los eslavos. Sin recurrir siquiera a argumentos seudoteóricos para la defensa de sus concepciones racistas, parte de la afirmación dogmática de que la “propia naturaleza” impone la desigualdad social de los hombres y los pueblos.
Gobineau es uno de los sociólogos racistas más reaccionarios. Su “sociología” es anticientífica del comienzo al fin, y los cuatro tomos de su “investigación” son un conjunto de superficiales reflexiones que se apoyan en hechos no comprobados o adulterados por completo.
Lapouge trató en vano, con ayuda de la teoría racial, de “argumentar” la existencia de grupos superiores e inferiores dentro de un mismo pueblo. En el grupo más elevado y valioso incluía a los aristócratas, por razón de su dolicocefalia (cráneo alargado). En cuanto a los trabajadores, es decir, a los obreros, campesinos y artesanos, los consideraba braquicéfalos (de cráneo redondo) y los incluía en términos generales entre la raza inferior. Con ayuda de tan anticientíficas y absurdas afirmaciones, Lapouge quería dar una base de “legitimidad” y “naturalidad” al régimen de explotación, el cual, afirmaba, asegura la dominación del “principio racial superior”. Decía que el hombre, al igual que todos los demás seres, se encuentra subordinado a la selección. Justamente la selección natural, según él, hizo a los capitalistas dueños de las empresas y a los obreros gentes que venden su fuerza de trabajo a los capitalistas. Las concepciones sociológicos de Lapouge, afines al “darvinismo social”, son tan reaccionarias y anticientíficas como las concepciones de Gobineau.
Las teorías racistas de Gobineau y Lapouge estaban urdidas con falsedades, pues la ciencia había demostrado ya mucho antes que ni la forma, ni el tamaño del cráneo, ni ningún otro carácter morfológico exterior, como el color de la piel, del cabello, etc., pueden servir en absoluto de fundamento para dividir a los pueblos en superiores e inferiores; dentro de cualquier clase social hay dolicocéfalos y braquicéfalos. Finalmente, contra las afirmaciones de los racistas, la ciencia ha demostrado plenamente el monogenismo, o sea la doctrina que afirma la unidad de origen de los hombres, la afinidad de sangre de todas las razas humanas.
La sociología de Gobineau y Lapouge era la doctrina anticientífica de las capas más reaccionarias de la burguesía francesa; posteriormente, las actividades de Lapouge se vieron indisolublemente unidas a la agresiva [427] política del imperialismo francés. Las “teorías” racistas de Gobineau y Lapouge fueron ampliamente utilizadas por el fascismo alemán.
A fines del siglo XIX, entre los sociólogos burgueses de Francia adquiere carta de naturaleza la teoría psicológica del desarrollo social. Atemorizados por la Comuna de París, los ideólogos de la burguesía se dan a la busca de nuevos métodos de lucha contra el movimiento revolucionario de la clase obrera. Así recurren en amplia escala a los datos de la psicología, que entonces se había segregado ya como una esfera autónoma en el campo del saber y había logrado ciertos éxitos con la aplicación del método experimental al estudio de los fenómenos psíquicos. Al mismo tiempo, entre los psicólogos burgueses imperaban abiertamente las teorías idealistas subjetivas, las cuales, a su vez, eran ampliamente utilizadas por los sociólogos burgueses, en especial por los partidarios de la orientación psicológica dentro de la sociología.
Uno de los líderes de esta tendencia fue Gabriel Tarde (1843-1904), autor de Las leyes de la imitación (1890), Lógica social (1895) y de Las leyes sociales (1898). Las fuentes teóricas de su sociología eran, de un lado, las investigaciones de los psicólogos burgueses en la segunda mitad del siglo XIX y, de otra, las obras de Leibniz, al que él vulgarizaba, y de Schopenhauer. De Leibniz tomaba la monadología idealista y de Schopenhauer el voluntarismo.
Tarde infunde un carácter psicológico a todos los fenómenos de la vida social. Interpreta como categorías psicológicas procesos como la actividad de producción, el trabajo, etc. Hasta la riqueza social es definida por él como “encarnación de cierta combinación del deseo y la creencia...”38 Toda la vida social la diluye en la psique humana, la convierte en un derivado de ésta, mientras que la sociología es considerada como un apartado de la psicología. Las formas de la conciencia social –la ciencia, el arte, la moral, el derecho, etc.– se ven convertidas en productos de la vida psíquica del individuo, sin que reflejen ningún proceso objetivo de la realidad.
Tarde “explica” todos los procesos y fenómenos de la vida social por dos factores psicológicos: la tendencia a la invención y la tendencia a la imitación. La minoría, dice, inventa; la inmensa mayoría imita a los individuos geniales, a los inventores. En su obra fundamental, Las leyes de la imitación, Tarde considera el organismo social como algo “imitativo por su esencia... La imitación –escribe– cumple en las sociedades un papel análogo al de la herencia en los organismos fisiológicos...”39
Tarde proclama gratuitamente la existencia de la “ley social de la imitación”, la eleva a fuerza motriz de la historia humana y divide arbitrariamente su acción en tres etapas. La primera es la lucha del inventor aislado y genial contra la rutina de las masas populares, que rechazan los descubrimientos nuevos. La segunda es la inclinación general y carente del sentido de la medida por la innovación. Y finalmente viene la tercera etapa, en que la masa sigue dócilmente al genio sin manifestar el menor espíritu de iniciativa. [428]
Tarde trata de acomodar a este artificioso y reaccionario esquema del desarrollo social todos los procesos históricos concretos. Deforma el contenido real y la grandiosa significación histórica de la actividad de las masas populares en el trabajo y del movimiento por su emancipación, esforzándose cuanto puede por demostrar que las masas populares constituyen un elemento pasivo de la historia universal, y que el progreso social se realiza venciendo la eterna inercia y el espíritu conservador de las masas.
La gran difusión que tuvieron en Francia, y luego en otros países del Occidente europeo, y también en los Estados Unidos, las ideas anticientíficas de Tarde y la escuela psicológica encabezada por él, demuestra que esta tendencia de la sociología decadente supo cumplir bien su papel reaccionario en cuanto a la apología del orden capitalista.
{26} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. cit., pág. 361.
{27} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, Leningrado, 1953, pág. 172.
{28} Tomado de: Robinet, La filosofía positiva de Augusto Comte, trad. rusa, San Petersburgo, 1898, pág. 124.
{29} Rigolage, La sociologia de Comte, San Petersburgo, 1898, capítulo I, pág. 9.
{30} Obra citada, cap. III, pág. 59.
{31} Robinet, La filosofia positiva de Augusto Comte, pág. 47.
{32} Acerca de Spencer, véase el capítulo VI del presente tomo.
{33} A. Fouillée, Historia de la filosofía, trad. rusa, San Petersburgo, 1901, pág. 10.
{34} Ibídem, pág. 12.
{35} A. Fouillée, Historia de la filosofía, trad. rusa, San Petersburgo, 1901, pág. 11.
{36} A. Fouillée, Historia de la filosofía, ed. cit., pág. 360.
{37} R. Worms, El organismo social, trad. rusa, San Petersburgo, 1897, pág. 224.
{38} Tarde, Lógica social, trad. rusa, San Petersburgo, 1901, pág. 367.
{39} Tarde, Las leyes de la imitación, San Petersburgo, 1892, pág. 11.