Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo IX: 2
2. Dinamarca.
A principios y mediados del siglo XIX, Dinamarca era un país agrario atrasado, con un sistema patriarcal de gran propiedad de la tierra. La burguesía era aún muy débil. Refiriéndose a la sociedad burguesa de Dinamarca en aquel tiempo, Engels escribía en una carta a Marx, a fines de diciembre de 1846: “Semejante nivel de indigencia moral, gremial, estamental, no existe ya en ningún sitio.”14 [495]
La situación revolucionaria a que el país llegó en 1848 fue salvada mediante una componenda de la reacción terrateniente monárquica con la cobarde burguesía liberal. Dinamarca se convirtió en una monarquía constitucional de burgueses y terratenientes. La segunda mitad del siglo XIX se distingue por el triunfo del capitalismo y el crecimiento de la clase obrera. En los años 80, Dinamarca pasa a ser un gran exportador de productos de la ganadería. El desarrollo de la agricultura danesa se basaba “en la proletarización en masa de la población rural, en la falta de medios de producción de la masa de los “labradores”.15
El pensamiento filosófico atraviesa en Dinamarca varias etapas a lo largo del siglo XIX. A comienzos del siglo predominaban en el país el kantismo, representantes del cual fueron el noruego N. Tresov y A. S. Oersted, y también la doctrina de Schelling (H. Ch. Oersted). Más tarde ganó influencia la filosofía hegeliana. En 1846, en una carta que escribe a Marx desde Dinamarca, Engels comenta irónicamente que allí, como en los otros países escandinavos, “abundaban terriblemente los hegelianos”.16 De ahí a poco, sin embargo, la filosofía de Hegel era sometida a crítica con un espíritu idealista subjetivo. La filosofía danesa se caracteriza por el intento de fundamentar el principio de la persona en la esfera de la experiencia interpretada con un espíritu idealista. Entre los filósofos de Dinamarca que combaten el sistema especulativo de Hegel sobresalen F. C. Sibbern y, particularmente, S. Kierkegaard.
Federico Cristián Sibbern (1785-1872) expuso sus concepciones filosóficas en Naturaleza espiritual y esencia del hombre (1819-1828), Sobre el concepto de filosofía (1843), Cosmología especulativa (1846) y otras obras.
Sibbern rechaza la idea de las leyes del desarrollo y expone en su doctrina idealista del ser una concepción pluralista. Estimaba que el ser presente es un sistema de procesos de desarrollo, cada uno de los cuales transcurre “esporádicamente”, partiendo de varios puntos distintos que a menudo se contraponen. Y como luego las series de estos procesos se cruzan, surge la lucha, la “discusión”, que es la causa del progreso. La idea del desarrollo “esporádico” la utiliza Sibbern para fundamentar en la gnoseología los denominados “límites del conocimiento” y la significación del lado subjetivo de este proceso. De conformidad con Sibbern, cada objeto cognoscente se encuentra solo en una de las series del desarrollo, por lo que es incapaz de contemplar el proceso en su conjunto, de conocer el ser en su totalidad; por otra parte, nadie más que el sujeto cognoscente dado puede saber cómo transcurre el movimiento en este punto determinado. Así, pues, Sibbern no admite la existencia de la verdad objetiva y se inclina hacia el subjetivismo. No comprendía la relación que hay entre la verdad relativa y la absoluta, y esto le llevaba a la errónea afirmación de que existen ciertos “límites del conocimiento”, cuando la historia de la ciencia nos prueba el carácter ilimitado del conocimiento [496] humano. Los razonamientos agnósticos de Sibbern iban dirigidos contra la tendencia materialista de desarrollo de la ciencia.
Los ataques más duros contra el materialismo parten del escritor de temas filosóficos y teólogo danés Sören Kierkegaard (1813-1855). Su credo filosófico lo expuso en numerosas obras literarias, a menudo en forma de diarios, aforismos, etc.
Kierkegaard salió a la palestra en unos años en que la Europa Occidental se hallaba dominada por la efervescencia prerrevolucionaria. Le perseguía el miedo a la revolución y odiaba a las masas, las ideas democráticas y, particularmente, el socialismo. Adversario del conocimiento científico y del racionalismo, Kierkegaard combatía también la filosofía de Hegel y predicaba la fe religiosa, que es incompatible con la demostración científica.
El mundo material, con existencia objetiva, para Kierkegaard no es nada. La realidad única y la medida de todas las cosas es la existencia del hombre. La “existencia” (Existenz) es la categoría central de su reaccionaria filosofía. Bajo este concepto entiende él no el ser real, social y biológico, del hombre, sino el mundo ético-religioso subjetivo de vivencias de cada individuo, que tiene la posibilidad de “relacionarse consigo mismo”. Esta posibilidad la denomina “esencia interna” del hombre, su libertad, que no tiene un carácter determinado. La propiedad fundamental de la “existencia” es su irracionalidad: “No es posible pensar la existencia.”17 Carece de contenido objetivo y es hostil a todo lo material.
Kierkegaard rechaza la verdad objetiva. La verdad es subjetiva y el individuo, “arrojado” a un mundo absurdo e incognoscible, ha de luchar contra las tendencias objetivas exteriores, ajenas a la esencia humana, y aproximarse a la verdad eterna, a la subjetividad absoluta, es decir, a Dios. Esta afirmación de Kierkegaard carece por completo de fundamento. La actividad práctica del hombre, encaminada a un fin, es sólo posible conociendo la verdad objetiva, las leyes del mundo objetivo.
Desde el principio mismo, Kierkegaard se enfrentó decididamente a la filosofía de Hegel, sometiéndola a crítica con un espíritu idealista subjetivo, irracionalista. Al idealismo objetivo oponía un subjetivismo extremo; a la lógica y al racionalismo, el absurdo y el irracionalismo. En su obra Postscriptum final no científico (1846) escribe que si bien el hombre puede disponer sus ideas en un orden lógico y elaborar un sistema especulativo, su mente finita es incapaz de proporcionar un sistema acabado. Además, el conocimiento viene después de la vivencia. Por' eso conocemos sólo lo que hay tras de nosotros en el tiempo, pero vivimos lo que nos antecede. Esta contradicción entre el pasado y el presente es lo que hace que el ser sea irracional para nosotros. Características distintivas del idealismo subjetivo de Kierkegaard son el irracionalismo franco y abierto y el relativismo absoluto.
Kierkegaard disputa el derecho de la ciencia a explicar el mundo. Para él, el progreso científico es un movimiento en la nada y el conocimiento de las verdades relativas es relativismo. Le es ajena la dialéctica de lo absoluto y lo relativo. Rompe la unidad dialéctica de los aspectos contradictorios [497] y los considera como petrificados fantasmas .metafísicos. A la dialéctica de Hegel oponía Kierkegaard su denominada dialéctica cualitativa, término bajo el cual comprendía la transición de un estadio, de la “existencia” a otro, más elevado, como consecuencia de la “decisión”, de la “elección” del individuo. La ley del paso de la cantidad a cualidad la calificaba de “superstición”, y de “fantasía” la doctrina del desarrollo constante mediante las transiciones internas; rechazaba las leyes de la dialéctica hasta en la forma mistificada en que se encuentran en la, filosofía de Hegel.
La doctrina de los “estadios” y de la “elección” constituye la ética de Kierkegaard. En sus obras O lo uno o lo otro (1843) y Estadios en el camino de la vida (1845) distingue varias concepciones de la vida, de tipos de Ja “existencia” humana que él llama “estadios”. Los principales son tres: el estético, el ético y el religioso. Sin embargo, como Kierkegaard niega el desarrollo, estos estadios no son, naturalmente, fases de un proceso único de desarrollo, sino tipos diversos de existencia encerrados en sí mismos, cualitativamente distintos.
En el estadio “estético”, el hombre vive los fugaces placeres mundanos. Lo “estético” es aquello por lo cual el hombre es inmediatamente lo que es. El estadio que le sigue en elevación –el “ético”– se caracteriza por el ascetismo y la responsabilidad moral del individuo. Lo “ético” es aquello por lo cual el hombre se convierte en aquello en que se convierte Ni lo sensible (lo “estético”) ni la percepción “ética” del mundo, basada en el intelecto, descubren al hombre la verdad de su existencia.
El estadio más elevado es el “religioso”; en él, afirma Kierkegaard, es donde habita la verdad. La salvación del hombre está en la fe religiosa. La verdad religiosa es imposible alcanzarla por la comprensión y la demostración; únicamente se logra por la fe ciega en el absurdo y sólo en forma de paradoja. Es necesario, enseña Kierkegaard, renunciar al intelecto, a la ciencia, al sentido común, pues la fe, siendo como es lo opuesto al conocimiento, no tolera demostración alguna; la materia de que se ocupa es el absurdo. Los casos de la vida de Cristo que se describen en el Nuevo Testamento son para Kierkegaard paradojas que únicamente pueden admitirse mediante la fe. Censura a los teólogos que tratan de conciliar con la razón el mito de que Cristo alimentó a cinco mil personas con cinco panes y dos peces. Estos mitos, manifiesta Kierkegaard, son ciertos precisamente porque son absurdos. En los intentos de demostrar la existencia de Dios, como en el intelectualismo en general, ve indicios amenazadores de la pérdida de los vínculos entre el hombre y Dios.
Características del “estadio” religioso, según Kierkegaard, son la fe fanática en Dios, la desesperación del individuo aislado, el odio a la vida y la aspiración a la unidad con Dios. El ideal de su ética es la imitación de Cristo. Hay que vivir enteramente para Dios, con una fidelidad sin reservas a la verdad cristiana que llegue hasta el martirio.
La doctrina de los tres estadios de la “existencia” humana carece de base científica. Se contradice con toda la historia del desenvolvimiento de la sociedad y del pensamiento humano. Lo mismo en el pasado que en el presente, el pensamiento científico avanza sin cesar en línea ascendente [498]. Los conocimientos de los hombres, sus ideas de la vida, la moral, el arte, “etc., se perfeccionan incesantemente, son comprobados en la práctica y refutan las ideas místico-religiosas y demás concepciones anticientíficas. La única visión acertada de la vida y de las tareas que el hombre tiene ante sí no es el decantado “estadio religioso”, como Kierkegaard afirma, .sino el conocimiento genuinamente científico confirmado por la práctica; en otras palabras, la concepción científica del mundo que proporciona el .materialismo dialéctico. La teoría de Kierkegaard sobre la mansedumbre religiosa y la fe fanática en Dios es una doctrina reaccionaria dirigida contra las fuerzas progresivas de la sociedad, que luchan por la transformación revolucionaria del mundo.
En los últimos años de su vida, Kierkegaard atacó a la Iglesia oficial, a la que acusaba de tolerancia y de no manifestar el suficiente fanatismo. La Iglesia, manifestaba, se ha enfangado en los asuntos mundanos y no tiene:derecho«a considerarse heredera del cristianismo verdadero de los apóstoles, pues este último era la religión del amor a Dios, y no a los hombres. Kierkegaard se mostraba así como apologista militante de la ciega fe religiosa.18
Los tres estadios de la “existencia” se hallan dominados por la angustia ante la inevitable muerte. La angustia es el tema mayor de la filosofía de Kierkegaard. incluso dedicó a este problema una obra especial: El concepto de la angustia (1844).
El paso de un estadio a otro se realiza no por una necesidad lógica ni como fruto de una evolución psicológicamente fundada, sino mediante in:acto irracional e inexplicable de voluntad, mediante la “elección”, que es la esencia de la libertad interna, no determinada e incognoscible, del hombre. Con ello trata Kierkegaard de subrayar las contradicciones cualitativas de los estadios, es decir, de los tipos de “existencia”, y de oponer su “dialéctica cualitativa” a la lógica y a la unidad del proceso de desarrollo de la filosofía hegeliana.
En el campo del espíritu, decía Kierkegaard, no hay desarrollo continuo, no hay proceso, no hay vinculación recíproca. Todo esto existe únicamente en el mundo de las posibilidades y se ve trastocado con cada tránsito de un estadio a otro. Por la elección surge una cualidad completamente nueva, y en el paso de un estadio a otro no hay ningún nexo de continuidad.
Refiriéndose al problema de la elección (“o lo uno o lo otro”), Kierkegaard advierte que no tiene nada que ver con la elección que el hombre ha de hacer. diariamente en su vida. Por ejemplo, la muchacha que sigue los dictados de su corazón, no elige, sino que se limita a aceptar lo que su «naturaleza le impone. Esto, dice Kierkegaard, son fenómenos de la vida “estética”, o sea del estadio inferior de la existencia del hombre. Una elección más acertada, aunque tampoco verdadera, la hace el hombre en el campo de la ética. La elección verdadera únicamente puede tener [499] lugar, sigue Kierkegaard, en el estadio religioso, cuando el individuo, barriendo toda realidad objetiva, “se elige” a sí mismo y con ello adquiere la oportunidad de “elegir” a Dios, la subjetividad absoluta. La esencia de este acto no reside en la elección entre el bien y el mal, sino en que el individuo se elige a sí mismo en el sentido “absoluto”, elige su “yo” absoluto, que es él mismo, y no “otro”. La elección adviene en forma de “salto a lo desconocido”, es decir, a lo inconsciente, y tiene, por tanto, un carácter irracional: “Si hay quien cree que puede, siquiera por un instante, abdicar de su persona... se equivoca de medio a medio. La persona se inclina hacia uno u otro lado antes de que la elección haya sido realizada de hecho, y si el hombre la demora, la elección se hace por sí misma, al margen de la voluntad y la conciencia del individuo, bajo la acción de las fuerzas oscuras de la naturaleza humana.”19 El “salto” se procura entre dos instantes, de los que uno se encuentra en el mundo de las posibilidades y el otro en el mundo de la realidad; por eso es incognoscible. De este modo, mediante el decantado “salto” se lleva a cabo el rompimiento completo con el pensamiento lógico.
La elección, al decir de Kierkegaard, se produce mediante el “arrepentimiento”. Lo primero a que la elección lleva al hombre es a “su aislamiento más completo del mundo”. Luego se opera en él la evolución desde la “beatitud sin límites”, a través de la contemplación de sí mismo y la apatía, hasta los deseos de suicidio.
El problema de la decisión individual, de la elección, existe en la realidad, pero en un plano muy distinto a como Kierkegaard lo presenta. Como respondiendo a Kierkegaard, que llamaba a una “elección” que aislase por completo al hombre de cuanto le rodea, Marx escribe: “... lo que yo hago de mi persona, lo hago de mí para la sociedad, reconociéndome como ser social”.20 Contrariamente a las afirmaciones reaccionarias de Kierkegaard, la vida demuestra que la libertad de elección viene condicionada por la necesidad conocida, se desprende del conocimiento que el hombre tiene de la realidad. La elección acertada no es un acto irracional, sino consciente, basado en la comprensión racional y en la valoración acertada de la situación objetiva. No conduce al aislamiento del individuo, sino a una actividad social consciente y dirigida a un fin, de conformidad con las leyes objetivas de las que tiene conciencia. Y sólo esa elección lleva al hombre a la libertad verdadera.
La solución que Kierkegaard da al problema de la elección desposee a su ética de contenido real, la convierte en formal y reaccionaria en el más alto grado, pues cuanto más se aísla el individuo de la sociedad, tanto menos posibilidades tiene de plantear y llevar a cabo fines reales determinados.
La ética de Kierkegaard es profundamente hostil a la vida y al hombre. Su filosofía reflejaba el sentir de la burguesía reaccionaria danesa en una época en que “Alemania atravesaba por una revolución y Dinamarca [500], como siempre, la copiaba a su manera provinciana”.21 En este sentido se anticipó a muchos ideólogos burgueses de nuestro tiempo, en los que lo característico es el miedo a la vida y al conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo histórico. Y no es casual que la filosofía de Kierkegaard se halle penetrada de tendencias antihumanistas. Su ética exige el sufrimiento, el sacrificio expiatorio y el amor no a los hombres, sino a un Dios severo y despiadado. El humorismo de los pensadores precedentes y contemporáneos de él lo calificaba de “abstracto intelectual”. Kierkegaard rechazaba la igualdad social como idea “no concreta” que parte de lo “abstractamente humano”. Haciéndose eco de los intereses de las clases dominantes, afirmaba que el problema de la igualdad, lo mismo que el problema social, carece de solución: “Ninguna política... puede dar realidad a la idea de la igualdad de los hombres... Jamás habrá en el mundo igualdad (habrá únicamente nuevas diferencias, nuevas clases, nuevas castas)...”22 La igualdad de los hombres, predica, se puede alcanzar sólo en el “estadio” existencial religioso del espíritu humano, condición y premisa del cual es no la “democracia sin Dios”, sino la libertad interna del individuo aislado. que se desespera y arrepiente.
A la vista de lo expuesto, queda clara la inconsistencia de todo cuanto los actuales apologistas de Kierkegaard hacen para presentarlo como uno de los iniciadores de lo que denominan nuevo humanismo. El “nuevo humanismo” de Kierkegaard no tiene nada de común con el humanismo burgués de las doctrinas progresivas del siglo XVII y comienzos del XIX. Es expresión del individualismo burgués extremo, guarda relación con las reaccionarias aspiraciones sociales de la burguesía dominante, es hostil a las masas populares y, por ello, no tiene nada que ver con el verdadero humanismo.
El subjetivismo extremo, el irracionalismo y la orientación antihumanista y antisocial de la filosofía de Kierkegaard la convertían en un sistema perfectamente aceptable para el pensamiento burgués reaccionario de nuestros tiempos. No en vano, después de la primera guerra mundial, en un ambiente de crisis general del capitalismo, los ideólogos burgueses desenterraron a este filósofo danés, conocido en su época únicamente en los países escandinavos y luego condenado al olvido, y la escuela de los existencialistas lo ha erigido en el primero de sus maestros.23
Entre los filósofos daneses de la segunda mitad del siglo XIX gozaron de notoriedad C. Kroman y H. Höffding.
Cristián Kroman (1846-1925) distingue en su obra principal –Nuestro conocimiento de la naturaleza (1883)– dos géneros de ciencias: formales (lógica, matemáticas y mecánica) y reales (ciencias naturales). En [501] el campo de las ciencias formales, el hombre trata, según él, con objetos creados por su pensamiento; de ahí que en cierto sentido secan a priori y nos proporcionen datos fidedignos. En cuanto a las ciencias reales, tratan de objetos ya existentes y presuponen la fe en la causalidad; de ahí su carácter empírico y que únicamente proporcionen datos probables. Kroman negaba el carácter objetivo de la causalidad, pero no compartía tampoco la opinión de Kant de que ésta es una categoría a priori del entendimiento. Expuso la reaccionaria proposición idealista de que la causalidad surge bajo la influencia del instinto de conservación, puesto que el hombre ha de comprender el mundo contra el cual mantiene una constante lucha. La teoría de Kroman se contradice con las ciencias naturales, las cuales demuestran el carácter objetivo de la causalidad y son fuente de datos fidedignos, y no probables.
Harald Höffding (1843-1931), profesor de la Universidad de Copenhague, se especializó en el campo de la ética, la psicología y la historia de la filosofía. Sus concepciones teóricas quedaron expuestas en Bosquejo de una psicología basada en la experiencia (1882), Ética (1887) y otras obras.
En la formación de sus ideas influyeron las doctrinas filosóficas de Kant y Schopenhauer, y también del positivismo inglés y francés. El propio Höffding definía su concepción del mundo como “positivismo crítico”. En la teoría del conocimiento, seguía el apriorismo kantiano; en la psicología, atribuía una significación decisiva a la voluntad, de la que, según él. son funciones el pensamiento y el conocimiento. Saliendo en defensa de la teoría idealista del paralelismo psico-físico, Höffding negaba que los procesos psíquicos estuvieran condicionados materialmente. En la ética, colocaba en primer plano la teoría de los valores absolutos, haciendo diferencia entre los motivos de la valoración y los motivos de la acción; unos y otros radican en la naturaleza humana.
Höffding construyó un anticientífico esquema del desarrollo histórico del pensamiento filosófico, en el que distingue tres períodos: animismo, platonismo y positivismo. Hasta la aparición del positivismo, sostiene, imperaba el “platonismo”, es decir, los sistemas idealistas. Con el advenimiento del positivismo se inicia una nueva época, que se caracteriza por el estudio de los hechos. La filosofía contemporánea la veía Höffding como un conglomerado de platonismo y positivismo. Este esquema no se ajusta a la realidad; la historia de la filosofía prueba que desde la Antigüedad hasta nuestros días, en el seno de aquélla se ha mantenido la lucha de dos tendencias: la materialista y la idealista.
A mediados del siglo XIX, sobre los intelectuales daneses ejercieron gran influencia la literatura romántica y la filosofía de Alemania. El recrudecimiento de la lucha político-ideológica condujo a la formación de dos tendencias del romanticismo en la literatura danesa: la democrática y la reaccionaria cristiana. La obra de los escritores de la orientación democrática se caracterizaba por la crítica de las supervivencias feudales, el espíritu de lucro y la hipocresía de los burgueses. A veces, empero, se advierten en ella matices místicos e individualistas.
Un profundo humanismo y auténtico espíritu popular inspiran la obra de H. Ch. Andersen (1805-1875). [502]
La literatura clásica rusa, especialmente Pushkin y Turguenev, dejó sentir su influencia en Dinamarca.
Los naturalistas daneses contribuyeron valiosamente al progreso de la ciencia, y en particular de la física y la química física. En la primera mitad del siglo XIX, Hans Christian Oersted (1777-1851), profesor de la Universidad de Copenhague, hizo un importante descubrimiento en el campo de los fenómenos eléctricos y magnéticos: en 1820 registró la acción de la corriente eléctrica sobre el imán. Su trabajo principal lleva por título Experimentos sobre la acción del conflicto eléctrico en la aguja magnética, entendiéndose que “conflicto” era el nombre que Oersted daba a la corriente. Este descubrimiento, con el que se iniciaban los estudios del electromagnetismo, tuvo, además de su gran repercusión práctica. señalada importancia en cuanto al método: contribuía a revelar los profundos vínculos que existen entre las distintas esferas de los fenómenos físicos y conducía directamente a la idea de la unidad de las fuerzas de la naturaleza. Sobre Oersted ejerció abiertamente influencia la filosofía natural de Schelling, de quien fue discípulo y seguidor; la idea de la unidad de fuerzas distintas y diametralmente opuestas de la naturaleza, a pesar de su base idealista, empujaba a los naturalistas. y entre ellos a Oersted, a la búsqueda de hechos científicos que la confirmasen.
Esa idea de la unidad de las fuerzas de la naturaleza fue ampliada por el ingeniero danés Luis Augusto Kolding (1815-1888), quien contribuyó valiosamente con investigadores de otros países al descubrimiento de la ley de la conservación y transformación de la energía. Ya en 1813 presentó a la sociedad científica de Copenhague una memoria en la que se exponían los resultados de la medición del equivalente calórico del trabajo.
Con Kolding colaboró Hans Peter Julius Thomsen (1826-1909), quien, continuando las ideas de aquél, estudió la relación entre los fenómenos térmicos y químicos, tema al que consagró sus investigaciones. De esta manera se penetró aún más en la vinculación recíproca e interdependencia de las distintas formas del movimiento de la materia en la naturaleza inorgánica.
Thomsen se dedicó también a la determinación de los pesos atómicos de los elementos, que él relacionaba con la idea de la unidad de la materia. En 1865, en su trabajo Sobre la naturaleza de los denominados cuerpos fundamentales, enunció la idea de que los elementos químicos poseían una estructura compleja. En los años 90 expuso detalladamente una forma especial del sistema periódico de los elementos (propuesta mucho antes por Mendeleev; posteriormente fue adoptada por el físico danés Niels Bohr). Después del descubrimiento, en 1894, del argón (el primero de los gases inertes), Thomsen, valiéndose del método que Mendeleev había empleado para predecir la existencia de elementos desconocidos, llegó a la conclusión de que los gases inertes constituían todo un grupo integrado por seis elementos y calculó teóricamente sus pesos atómicos. Dichos cálculos se vieron después confirmados con variaciones de poca monta.
Como ya decíamos más arriba, en la segunda mitad del siglo XIX y a consecuencia del desarrollo del capitalismo tiene lugar en Dinamarca un proceso de depauperación que trae consigo la agudización de las contradicciones [503] del régimen capitalista y propicia la propagación de las ideás socialistas.
En 1871, E: Pio, H. Brix y P. Helef fundaron en Copenhague la Sociedad Obrera Internacional, que constituyó la sección danesa dela Asociación Internacional de los Trabajadores. Uno de los primeros propagandistas del marxismo en Dinamarca, el oficial de correos. Louis Pio (1841-1894), director del periódico obrero El Socialista, mantuvo correspondencia con Engels, y en 1876 se entrevistó en Londres con Marx.. Pio. fue condenado por su propaganda de las ideas socialistas y. después de cumplir la condena se dirigió a los Estados Unidos, donde trató en vano de crear colonias socialistas.
A fines de los años 80, en el partido socialdemócrata de Dinamarca se definieron dos tendencias: la mayoría oportunista, que propugnaba los métodos reformistas de lucha, y la minoría revolucionaria, que aspiraba a infundir al partido el arce de una organización proletaria de clase. Desde 1888 esta minoría estuvo dirigida por H. Trier y N. Petersen.
{14} C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXI, Moscú, 1932, pág. 59.
{15} V. I. Lenin, La cuestión agraria y los “críticos de Marx”. Obras completas, ed. rusa, t. 13, pág. 183.
{16} C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. cit., t. XXI, pág. 60.
{17} S. Kierkegaard, Gesammelte Werke, Bd. 7. Jena, 1910, S. 27.
{18} De lo anterior se desprende el craso error en que incurre el revisionista húngaro G. Lukacs cuando califica a Kierkegaard como “ateo religioso” (véase: G. Lukacs, El asalto a la razón, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1959, pág. 242). El término ateísmo religioso carece de sentido, puesto que el ateísmo se opone, por sus principios mismos, a la concepción religiosa del mundo.
{19} S. Kierkegaard, Entweder-Oder. Dresden, 1909, S. 154 (cursivas nuestras. –N. de la Red.).
{20} C. Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844. C. Marx y F. Engels, Primeros escritos, ed. rusa, Moscú, 1956, pág. 590.
{21} F. Engels, El armisticio pruso-danés. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa. t. 5, Moscú, 1956, pág. 423.
{22} S. Kierkegaard, Die Lilien auf dem Felde. Wien, 1947, S. 425.
{23} K. Jaspers, por ejemplo, filósofo reaccionario que figura entre los líderes del existencialismo alemán, ensalza así las “teorías” místicas y, de hecho, antihumanas de Kierkegaard y Nietzsche: “Hoy, en la tormentosa travesía de la historia mundial, no vemos más que tinieblas... Al reflexionar en esta situación, aumenta la importancia y peso de Kierkegaard y Nietzsche... Kierkegaard y Nietzsche nos han abierto los ojos...” (Karl Jaspers, Balance y perspectiva. [Discursos y ensayos]. Trad. de Fernando Vela. “Revista de Occidente”, Madrid, 1953.)