Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo IX: 1
1. Suecia.
En los años 20 del siglo XIX se lleva a cabo en Suecia una reforma agraria que contribuyó en alto grado a impulsar el país por la vía del capitalismo. Esta reforma acabó con la propiedad comunal de la tierra e implantó el sistema de granjas. Los campesinos arrendatarios y los obreros agrícolas quedaron bajo la dependencia económica de los grandes propietarios y los campesinos ricos. La burguesía, económicamente robustecida, reclamó la supresión de las restricciones en la industria y el comercio y la equiparación en derechos con la nobleza, que continuaba siendo la clase dominante en la Suecia monárquica. Pero las acciones de la burguesía carecían de decisión. Por eso, ni siquiera en 1848, cuando bajo la influencia de las revoluciones en Europa se produjeron en Estocolmo violentas manifestaciones y choques con las tropas, consiguió hacer triunfar su reivindicación de sustituir el Riksdag, compuesto por cuatro estamentos, por otro bicameral electivo. Unicamente la vio satisfecha en 1866, como fruto de un compromiso entre los grandes terratenientes y la burguesía comercial-industrial.
A comienzos del siglo XIX, en la filosofía sueca predominaban todavía las concepciones del idealismo subjetivo y vigorosas tendencias teológicas y antiempíricas. Los pensadores que más descuellan en este período son B. Heyer, N. F. Biberg, S. Grubbe y E. G. Geijer.
A mediados del siglo el idealismo alcanza en Suecia su forma más o menos perfecta en la filosofía de Christopher Jacob Boström (1797-1866). Su sistema, que él mismo denomina “idealismo racional”, predominó durante largo tiempo en las universidades suecas; incluso actualmente cuenta con seguidores en el país. Los filósofos burgueses de Suecia consideran a Boström como a su clásico.
Bostróm, prolesor de la Universidad de Upsala, expuso los fundamentos de su doctrina en manuales y en obras como Sobre los conceptos de religión, sabiduría y virtud y sus relaciones recíprocas (1841) y Rasgos fundamentales de la propedéutica filosófica de la doctrina del Estado (1859).
La escuela del “idealismo racional”, iniciada por Boström, iba dirigida contra la filosofía materialista y se planteaba el objetivo de defender el idealismo y la religión. Por “racional” entendía lo suprasensible. Al mundo de los sentidos oponía Boström el ser del espíritu como lo único real. En su sistema de “idealismo racional” se entrelazaban concepciones del idealismo objetivo y subjetivo.
Boström admite dos fuentes del conocimiento: la razón y la sensibilidad [488]. “Mediante la primera fuente –dice–, que de por sí no es sensible, el hombre conoce lo suprasensible, es decir, lo que se refiere a Dios y a sus propias esencias primarias, así como a lo racional en general. Mediante la segunda fuente, que de por sí es sensible, el hombre conoce lo sensible, es decir, el mundo, o esa realidad que existe para nosotros en el espacio y en el tiempo.”3
Así las cosas, el hombre, que es un ser finito, únicamente puede conocer de un modo parcial e incompleto el mundo de las ideas, a si mismo y el mundo material.
Boström acepta la tesis fundamental berkeleyana: “ser es ser percibido”, y agrega: “...y ser percibido significa ser; ambas proposiciones tienen igual significación e igual volumen”.4 La posición idealista subjetiva de Boström es indudable. “En efecto –dice–, todo lo que se denomina naturaleza exterior, como tal, carece por completo de existencia autónoma fuera del hombre y con independencia de él.”5 Esta afirmación gratuita se encuentra en contradicción completa con los datos de la ciencia y la práctica.
La concepción filosófica de Boström, subjetivista de preferencia, se entrelaza con elementos idealistas objetivos relacionados con el concepto metafísico de lo absoluto. Lo absoluto, dice, es lo que no depende de todo lo demás, lo que contiene en sí todo lo esencial; equivale a lo perfecto. Por eso lo absoluto no puede verse sometido a cambio ni ser determinado por el tiempo ni el espacio.
De conformidad con la concepción idealista de Boström, lo absoluto es Dios, cierta personalidad absoluta que es el sistema jerárquico de los espíritus individuales o ideas eternas. Lo absoluto es la realidad verdadera. En cambio, el mundo sensible no es sino un fenómeno del ser espiritual y su relación con este último es la misma que, por ejemplo, existe entre el Sol visible y el Sol real. Estas especulaciones de Boström “rebasan, en realidad, los límites de la filosofía, pues ostentan un carácter claramente teológico.
El concepto central de la filosofía de Boström es el de persona, y él preside todo su sistema. Su filosofía la define como ciencia de los seres personales, es decir, de los seres espirituales y que tienen conciencia de sí mismos.6 En lo que hace al mundo material, según Boström, la filosofía únicamente puede ocuparse de él en cuanto es fenómeno para la conciencia humana. El punto de vista suyo acerca de las tareas de la filosofía viene determinado por su concepción del mundo de las ideas como personas que descansan en lo absoluto. A diferencia de Platón, acepta la existencia del más allá únicamente para las ideas de los seres racionales, pero no para las ideas de todos los objetos del mundo material: “... Es imposible concebir ideas divinas para las cosas inorgánicas, y también para las plantas y los animales, pues ellos, como tales, son en [489] nosotros y para nosotros únicamente fenómenos de los seres racionales”,7 o sea del espíritu humano. Las ideas de Dios son propias, únicamente de los seres racionales. El mundo material, según Boström, no se encuentra en Dios directa, sino indirectamente: el mundo sensible se encuentra en el espíritu humano, y como este último existe directamente en Dios, el mundo sensible también se encuentra en Dios.
Boström trata de unificar con el teísmo el panteísmo interpretado con un criterio idealista. A diferencia del panteísmo, que diluye a Dios en la naturaleza y parte de su interdependencia, su “idealismo racional” presupone que la naturaleza no puede existir sin Dios, mientras que Dios puede existir sin la naturaleza.
Al mudadizo mundo sensible opone Boström el reino, fuera del espacio y del tiempo, de las personas espirituales, que en calidad de ideas eternas descansan en la persona absoluta e infinita de Dios. El cambio y el desarrollo, imaginaba Boström, son ilusiones pertenecientes al mundo sensible, mientras que la realidad verdadera no adolece de estos “defectos”, es el mundo de las ideas-personas.
Basándose en la concepción idealista religiosa de lo absoluto desprovisto de todo desarrollo, Boström combate duramente el materialismo y la dialéctica. Parte de la afirmación de que el desarrollo es propio solamente del mundo sensible finito, pero no de lo absoluto, es decir, de' mundo espiritual, por lo que hay que rechazar todas las teorías que a admitir el desarrollo de lo absoluto lo convierten en finito. Así, si la filosofía idealista alemana afirma que el mundo surgió como consecuencia del desarrollo de la idea absoluta, concede a lo absoluto el atributo de finitud y se contradice a sí misma. Boström critica a Hegel desde las posiciones del fideísmo y la metafísica. Tacha a Hegel de filósofo del panlogismo, y dice de él que se elevó insuficientemente sobre la experiencia y no llegó a superar la influencia de Locke. La tarea consiste en oponer al proceso de desarrollo de la filosofía, de Locke a Hegel, un “idealismo rígido”, absoluto, no influido para nada por el empirismo.
Se comprende que la doctrina idealista de Boström era incapaz de explicar la realidad, pues mediante el movimiento regresivo del mundo real a un imaginario mundo suprasensible resulta imposible obtener un cuadro objetivo del universo.
La ética de Boström recuerda en muchos aspectos a la de Kant. La fuerza obligatoria de la ley moral la deduce de la esencia suprasensible del hombre, que es al mismo tiempo la idea eterna de Dios. La moral se halla determinada y condicionada por la religiosidad. El hombre, según él, ha de aspirar a ser para sí lo mismo que es para Dios. Pero como esto es imposible lograrlo en la vida terrena, Boström traslada la realización del bien supremo a la otra vida. Lo cierto es, sin embargo, que los ideales éticos de Boström eran perfectamente terrenos. No condenaba el mundo de explotación en que vivía y trataba de disuadir a los hombres de sus propósitos de transformar la vida en la tierra.
Boström elaboró también una concepción idealista religiosa de la sociedad y del Estado, de conformidad con los intereses de las clases dominantes [490] de Suecia. La sociedad la concibe no sólo como un organismo vivo, del que los hombres son los órganos, sino también como una idea divina, como una cierta “persona”.8 Toda sociedad es base de derechos y deberes especiales, que los hombres no tienen fuera de ella. De aquí se desprende que la sociedad ha de tener un carácter “personal” (que en Boström equivale a “racional”). Unicamente la voluntad “racional” superior, es decir, la sociedad, puede obligar a la libre voluntad del hombre y concederle derechos. Tales sociedades las denomina Boström “personas morales” y las divide en privadas y públicas. Las sociedades privadas, de las que la forma inferior es la familia y la superior la nación, persiguen fines morales, a semejanza de los individuos aisladamente. La sociedad pública –el Estado– infunde a sus actividades una forma racional, que es el derecho. Boström presenta el Estado y el derecho como algo que está supuestamente por encima de las clases y que expresa el “interés nacional”; de aquí deduce su autonomía e independencia respecto de todos los “intereses privados”. La forma más racional del poder público, al decir de Boström, es la monarquía limitada o constitucional. Niega a las masas populares el derecho a la acción revolucionaria: “En cuanto al destronamiento de los monarcas, al igual que a otras revoluciones en el Estado... el derecho político ha de contener y establecer únicamente que son siempre contrarias a la ley y absolutamente punibles...”.9 El carácter monárquico reaccionario de las concepciones sociológicas de Bostróm no puede ser más evidente.
La filosofía de Boström reflejaba los intereses de las clases explotadoras de Suecia, de los nobles y de la robustecida burguesía.
Muy distintas, en cambio, son las ideas filosóficas y sociológicas que inspiran muchas obras de la literatura sueca. Esta, en la primera mitad del siglo XIX, idealizaba la vida de Escandinavia en otros tiempos y ostentaba más bien un carácter romántico; mas bajo el ascendiente de la lucha política, que se va acentuando, en la literatura penetra cada vez más la crítica social, la cual, sin embargo, tomaba cuerpo a menudo en una protesta de tipo anarquista (por ejemplo, en la obra de K. J. L. Almgquist). Adquiere popularidad la lírica política (O. P. Sturzen-Becker y Otros).
En la segunda mitad del siglo XIX se acentúan las contradicciones entre la burguesía y el proletariado en ascenso, y también en el seno de las clases dominantes. En los años 70 el movimiento obrero comienza a adquirir formas orgánicas. Aparece una literatura con rasgos del realismo crítico; su figura más visible es J. A. Strindberg (1849-1912), quien experimentó la vigorosa influencia del utopista sueco Quiding. El socialismo, según Strindberg, ha de advenir con la necesidad de una fuerza natural, por lo que es absurdo luchar contra él. En su libro de novelas cortas Utopías en la realidad (1885) dibuja la vida de la sociedad del futuro inspirándose en el socialismo utópico de Fourier. La obra de Strindberg es contradictoria: junto al realismo y a la crítica de la sociedad burguesa, existen en ella tendencias místicas. A fines del siglo XIX, en la producción [491] de algunos escritores suecos (V. Heidenstam, G. Fröding y otros) se incrementan las tendencias decadentistas, que eran un eco de la agudización de las contradicciones del capitalismo.
La tendencia materialista aparece en las investigaciones de los naturalistas suecos.
Ya en la primera mitad del siglo XIX Suecia brindó al mundo las ideas electroquímicas, enunciadas por el eminente investigador Jöns Jakob Berzelius (1779-1848). Como químico, Berzelius era materialista en lo fundamental, aunque no consecuente. Trataba de reducir los fenómenos químicos cualitativamente distintos a la acción de fuerzas eléctricas, pero al mismo tiempo sostenía la afirmación vitalista de la existencia de una “fuerza vital” especial que condiciona el carácter específico de los fenómenos biológicos, por cuanto la vida no podía ser reducida a la acción de las fuerzas eléctricas o químicas.
La teoría de Berzelius descansaba sobre dos importantes ideas: primero, la fórmula química refleja la verdadera estructura interna de la sustancia, estructura que puede ser descubierta por la ciencia y conocida; segundo, las propiedades químicas de la sustancia se hallan condicionadas por las fuerzas eléctricas que actúan entre los átomos, portadores de cargas eléctricas de signo contrario. Pero la concepción de Berzelius sobre la estructura de la sustancia ostentaba un carácter metafísico limitado, era mecanicista. Esto hizo que ya en la primera mitad del siglo XIX su teoría electroquímica entrase en contradicción con descubrimientos tales como las leyes de la electrólisis, el fenómeno de la sustitución en la química orgánica y, particularmente, la ley de conservación y transformación de la energía. Y las ideas de Berzelius hubieron de dejar paso a otras teorías.
En la primera mitad de los años 80, los químicos y físicos que estudiaban las propiedades de las soluciones diluidas y la acción de la corriente eléctrica sobre las soluciones acuosas de electrólitos10 se acercaron de lleno a la explicación de estos fenómenos por la presencia de iones, es decir, de fragmentos, provistos de carga eléctrica, de las moléculas del cuerpo diluido. Tal explicación la enunció el ilustre físico-químico Svante Arrhenius (1859-1927), profesor de la Universidad de Estocolmo y autor de la teoría de la disociación electrolítica.
Había motivos para que esta teoría apareciese justamente en Suecia, donde gozaban de gran predicamento las ideas electroquímicas de Berzelius; Arrhenius despojó a estas ideas de sus elementos erróneos, metafísicos, y la amplió de conformidad con los datos de las ciencias naturales, al nivel que éstas habían alcanzado a mediados y durante la segunda mitad del siglo XIX.
El descubrimiento de Arrhenius contribuyó en alto grado a fortalecer y desarrollar la concepción materialista –de una dialéctica espontánea– sobre los fenómenos físico-químicos, la estructura de la sustancia y el carácter de la interacción de las partículas materiales. Al propio tiempo, significaba un paso importante en la preparación de la novísima revolución en las ciencias naturales, que ya se avecinaba y que se inició al filo de los siglos XIX y XX. [492]
La teoría de Arrhenius venía a robustecer la convicción de los físicos y químicos no sólo de que los átomos y moléculas tienen existencia real como partículas materiales, sino también del carácter real de las propiedades eléctricas que les son inherentes; más aún, como las cargas eléctricas de los iones resultaban estrictamente discretas, iguales a 1, 2, 3 6 4, se hacía posible aplicar a las propias cargas la ley de las proporciones múltiples simples, como en tiempos hiciera Dalton respecto de la composición química de los cuerpos. Así, pues, la teoría de Arrhenius conducía a la idea de que la electricidad, lo mismo que los cuerpos, ha de poseer sus “átomos”, es decir, sus cantidades enteras e indivisibles. En 1822, Engels escribía que “aún no se ha hecho en el campo de la electricidad un descubrimiento como el de Dalton, que sirva de base para la investigación en toda la línea de la ciencia”.11 Esta previsión de Engels comenzó a verse justificada precisamente con la teoría de Arrhenius y de su concepto central del “ion”, y más tarde, en grado mayor todavía, con el descubrimiento del electrón, al que esa teoría llevaba directamente.
El carácter dialéctico espontáneo de la teoría de Arrhenius se ponía de manifiesto en que, gracias a ella, adquiría nuevo impulso uno de los tres grandes descubrimientos de las ciencias naturales en el siglo XIX: el de la conservación y transformación de la energía. La teoría de Arrhenius parecía revelar el “mecanismo” interno de la transformación de la forma eléctrica del movimiento en la química, y de la química en eléctrica. El estudio de la vinculación recíproca y de las transiciones mutuas de ambas formas del movimiento de la materia, puestas de manifiesto con mayor profundidad cada vez, contribuía a trazar más completamente un cuadro materialista general del mundo basado en la idea de la unidad de todo el movimiento en la naturaleza.
Aun siendo en lo fundamental materialista, Arrhenius enunció la idea de que la vida no surgió en la Tierra por vía química a partir de la naturaleza inorgánica, sino que fue transportada hasta ella desde otros astros. Esta hipótesis era, en esencia, una concesión a la idea metafísica e idealista acerca del carácter eterno de la vida.
Poco antes de 1880, L. F. Nilson (1840-1899) y otros químicos suecos descubrieron algunos elementos, entre los cuales se encontraba el elaboro –anunciado por Mendeleev–, que recibió el nombre de escandio en honor del país donde fue obtenido. Con este motivo, Nilson, descubridor del escandio, escribió: “Así se confirman de la manera más brillante las ideas del químico ruso, que permitieron no sólo prever la existencia de dicho cuerpo simple, sino determinar anticipadamente sus propiedades más importantes.”12 Ahora bien, Nilson y otros químicos analíticos suecos, a diferencia de Arrhenius, defendían un método estrechamente empírico y rechazaban la necesidad del pensamiento teórico. De ahí sus dudas sobre la objetividad de la ley periódica de los elementos químicos, aunque el descubrimiento del escandio viniera a confirmarla irrebatiblemente. A principios de los años 80, Nilson y Petterson trataron de rebatir [493] esta ley, aduciendo que el peso atómico del berilio adoptado por Mendeleev era inexacto y que se necesitaba tomar para él un peso distinto, que contradecía la ley periódica. Pero cuando, a propuesta del químico checo Brauner, midieron la densidad del vapor de cloruro de berilio, resultó que el peso atómico de dicho elemento coincidía exactamente con el que Mendeleev había adoptado guiándose por la ley periódica. La práctica, la experiencia, el experimento, eran el criterio de la verdad que decidieron la controversia en favor de la ley periódica. Mendeleev había de señalar más tarde que la prueba de la realidad de esta ley la proporcionaron sus adversarios empeñados en “refutarla”.
Esto confirma que el pensamiento teórico basado en la experiencia científica, que refleja la esencia de las cosas y los fenómenos de la naturaleza, vence siempre al empirismo estrecho, que tiende a reducir la investigación a una mera descripción de los hechos.
Así, pues, mientras que en las obras propiamente filosóficas de los ideólogos de la burguesía sueca imperaba el idealismo, en el campo de las ciencias naturales las tendencias materialista y dialéctica se abrían tenazmente paso.
La segunda mitad del siglo XIX es en Suecia, lo mismo que en todos los países-escandinavos, un período de expansión del movimiento proletario y de penetración de las ideas socialistas en la conciencia de los obreros Los acontecimientos revolucionarios de 1848 infundieron actividad a lo: elementos democráticos de Suecia, y ante todo a la clase obrera. A fines de 1848 era traducido ya al sueco el Manifiesto del Partido Comunista.13 En una serie de artículos de periódico fue publicada también La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Engels.
En 1849 se constituyó la primera organización obrera independiente, la Sociedad Obrera de Lectura. Uno de sus dirigentes era Per Guetrek, que se decía partidario del comunismo utópico del francés Cabet y predicaba un “socialismo” religioso. Un año más tarde, a propuesta del líder del movimiento obrero Franz Schöberg, la Sociedad fue convertida en una asociación obrera que se marcaba el propósito de agrupar a los trabajadores para la lucha por mejorar su situación social y sus condiciones de vida, y también para reivindicar el derecho de la clase obrera a tomar parte en la labor legislativa. Poco después, sin embargo, al producirse la derrota de la revolución en el continente, la asociación dejaba de existir. En los años 70, el movimiento obrero sueco estaba dirigido por liberales burgueses que se habían infiltrado en sus filas y trataban de apartar a los trabajadores de la lucha de clases.
Un importante propagandista de las ideas socialistas en Suecia fue August Palm (1849-1922). Palm, que había sido sastre, publicó, en los años 80, periódicos en los que se hacía activa propaganda de las ideas del socialismo y de la necesidad de constituir un partido obrero único, a la vez que combatía a los liberales.
En 1882, Palm dio a luz el Primer programa de principios del movimiento [494] socialista sueco. Tomó como base el programa de Gotha de la socialdemocracia alemana y el de la socialdemocracia danesa, que sometió a crítica, y mejoró algunas de sus fórmulas. Mas con todo y con eso, el programa de Palm carecía aún de madurez y adolecía de una serie de defectos.
En 1889, Palm consiguió reunir un Congreso de todos los círculos socialdemócratas y de algunos sindicatos, en el que quedó constituido el Partido Socialdemócrata Sueco. Pero poco después, la dirección del partido pasaba a manos de los socialistas de derecha. Palm continuó la lucha contra el ala reformista de la socialdemocracia, que estaba capitaneada por H. Branting. Aun siendo fiel a la clase obrera, Palm no era un marxista consecuente, y consideraba que la forma principal de la lucha política de los obreros era la parlamentaria.
Otro prestigioso socialista de este período es Axel Danielsson (1863-1899). En el primer Congreso de obreros del Sur de Suecia se aprobó el programa máximo y el programa mínimo, que él había redactado. Hallábase depurado de ideas lassalianas y acusaba la señalada influencia del Manifiesto del Partido Comunista, del que Danielsson hizo una nueva traducción al sueco en 1886. Pero el Congreso constituyente del partido no aceptó este programa. En 1897 aprobó otro, escrito también por Danielsson, sobre la base del programa alemán de Erfurt, y que durante cincuenta años no experimentó cambio alguno. En el programa hacía un breve análisis marxista del desarrollo del capitalismo y mostraba el proceso de desplazamiento de la pequeña producción por la grande, el incremento del gran capital a expensas de los trabajadores y las causas de la agudización de la lucha de clases. El programa sueco explicaba el papel de los sindicatos, cosa que el alemán no tenía, pero, en cambio, no señalaba suficientemente el papel del partido político.
Nils Herman Quiding (1808-1886) defendió las ideas del socialismo utópico. De profesión abogado, entre 1871 y 1876 publicó, con el seudónimo de “Nils Nilson, muchacho obrero”, cuatro volúmenes de una obra que llevaba por título Ajuste definitivo de cuentas a la ley del Estado sueco. Quiding denunciaba en ella las contradicciones de clase de la sociedad capitalista. Indicaba acertadamente que la causa de la miseria de la “clase baja”, y también de las guerras, de la delincuencia y de la esclavización de la mujer, era la propiedad privada y la apropiación de los productos del trabajo por la “clase alta”. Quiding expuso un proyecto utópico del futuro comunista, muchos de los rasgos del cual estaban tomados de Fourier.
{3} C. J. Boström, Grundlinien eines philosophischen Systems, Leipzig, 1923, S. 125.
{4} Ibídem, S. 7.
{5} Ibídem, S. 37.
{6} Véase: C. J. Boström, Grundlinien eines philosophischen Systems, S. 13.
{7} Véase: C. J. Boström, Grundlinien eines philosophischen Systems, S. 37.
{8} Véase: C. J. Boström, Grundlinien eines philosophischen Systems, SS. 157, 165.
{9} Ibídem.
{10} Es decir, cuerpos conductores de la electricidad.
{11} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. esp. de W. Roces, Ed. Grijalbo, México, D. F., 1961, pág. 90.
{12} Cita tomada de: La ley periódica de D. I. Mendeleev y su significado en filosofía, ed. rusa, Moscú, 1947, pág. 43.
{13} Véase: K. Bickström, Arbetarrörelsen i Sverige, Stokholm, 1958, S. 54. La traducción del Manifiesto apareció sin indicación de quiénes eran los autores; en ella se había suprimido el llamamiento final: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, y existen algunas inexactitudes. Se desconoce el nombre del autor.