Filosofía en español 
Filosofía en español

Zeferino GonzálezHistoria de la Filosofía, Madrid 1886


Filosofía novísima

§ 22
Herbart, o la escuela psicológico-realista

El nombre de Herbart, aunque menos celebrado que los de Schelling, Hegel y Krause, merece serlo, sin embargo, y merece lugar preferente en la historia de la Filosofía, siquiera no sea más que por haber iniciado cierto movimiento de reacción contra las exageraciones del idealismo panteísta. Nació este filósofo (Juan Federico Herbart) por los años 1776, en Oldemburgo. Durante sus primeros estudios cultivó la doctrina de Wolff y de Kant; pero en 1794 entró en relaciones con Fichte en la universidad de Jena, y uniendo, a contar desde entonces, el estudio de las matemáticas con el de la Filosofía a la sazón reinante, elaboró paulatinamente un sistema propio. Después de haber enseñado Filosofía y Pedagogía en varias universidades y en algunos colegios, obtuvo en 1800, por mediación de Guillermo Humboldt, la cátedra de Filosofía de la universidad de Königsberg, en la cual sucedió a Krug, sucesor inmediato de Kant. En 1833 Herbart se retiró a Gotinga, donde pasó los últimos años de su vida, y murió en 1841.

La elaboración y depuración de las ideas, y la reorganización de la psicología sobre la triple base de la metafísica, de la experiencia y de las matemáticas, representan y sintetizan el método y el pensamiento fundamental de Herbart como filósofo, pero concediendo siempre una importancia especial a la metafísica, la cual sirve de base y norma a las demás ciencias, reúne y precontiene sus conclusiones. Así es, que la metafísica de Herbart abraza y contiene, como otras tantas secciones o partes:

a) La metodología o doctrina de los principios y métodos.

b) La ontología o doctrina del ser, de la inherencia y de la mutación.

c) La synecología o doctrina que trata de lo permanente, y

d) La doctrina que trata de los fenómenos (von den Erscheinungen), o sea la eidología.

El tema fundamental de la metafísica, según Herbart, su función propia y su objeto, es precisar y rectificar la idea de las cosas, rectificación que presupone cierto grado de escepticismo en el principiante de la Filosofía, o sea en el comienzo de las investigaciones filosóficas. Pero este escepticismo inicial debe desaparecer, y desaparece muy pronto, desaparece desde el momento que se reflexiona que siendo, como es, indudable que existen los fenómenos o apariencias, es necesario que existan seres reales que contengan la razón suficiente de estas apariencias, porque si no existieran esos seres, tampoco existirían sus apariencias: si nada existe, nada puede aparecer; la nada absoluta excluye toda apariencia de ser. Verdad es que, aun admitida la realidad objetiva de las cosas, falta resolver el punto principal, a saber: si esas cosas existen de la manera que son pensadas y percibidas por nosotros; si son reales y objetivas las relaciones que entre ellas se nos representan, y principalmente la relación de causalidad. Y aquí es donde comienza propiamente el trabajo verdaderamente filosófico, el cual consiste, según se ha indicado, en analizar, discutir, dilucidar y rectificar las ideas universales que sirven de base a las ciencias, explicando y resolviendo las contradicciones y antinomias que la razón encuentra a primera vista en dichas ideas. Así, por ejemplo, la idea de extensión encierra y entraña cierta contradicción, puesto que decir cosa extensa equivale a decir cosa una (una extensión) y muchas (partes) a la vez. La idea de cuerpo entraña también contradicción, porque es una cosa (un cuerpo) y muchas cosas (pesado, duro, blanco, líquido, &c.) simultáneamente; sucediendo lo mismo con las ideas de movimiento, causalidad, y hasta con la del yo, ideas en las cuales encontramos reunidas y como confundidas respectivamente las nociones contradictorias de ser y no ser, de uno y muchos.

Para hacer desaparecer estas contradicciones internas de las ideas, es preciso rechazar la noción del ser relativo y limitado. El ser excluye necesariamente toda negación, toda limitación, toda determinación, toda divisibilidad, toda pluralidad de propiedades y atributos. El ser entraña unidad perfecta, es afirmación o posición absoluta (Sein ist absolute Position), y simplicidad perfectísima, de manera que el ser no es único, como decían los eleatas y los panteístas, puesto que hay varios seres reales, pero siempre es uno con unidad absoluta; de manera que cada ser real excluye toda negación y hasta toda relación (Der Begriff des Seins schliesst alle Negation und alle Relation aus), según Herbart, bien que después, contradiciéndose a sí mismo, admite relaciones entre los seres para explicar los fenómenos psicológicos.

Resulta de lo dicho, que lo que llamamos generalmente seres reales, las cosas de la naturaleza, los objetos de los sentidos, que sirven como de primera materia para las ciencias y el pensamiento, son colecciones o conjuntos de seres, y no lo que se debe entender en la noción y nombre de ser real, de manera que el agua, una planta, un metal, &c., abrazan y contienen tantos seres reales, unos, indivisibles, absolutos e independientes, cuantas son las propiedades que a cada uno de ellos corresponden. De esta manera desaparece la contradicción que antes habíamos encontrado en dichos objetos (en cuanto son uno y muchos a la vez); pues esta contradicción de conceptos corresponde al objeto como sensible, como conjunto de varios seres, pero no al verdadero ser real, no a cada uno de los seres que integran el objeto, y que son los únicos a quienes corresponde la noción genuina de ser real.

La pluralidad de propiedades, funciones y facultades que observamos en las cosas, procede de las relaciones de los seres simples que contienen en sí, según que en virtud de un movimiento, cuyas leyes nos son desconocidas, llegan a ocupar un mismo punto en el espacio, penetrándose unas con otras (nueva contradicción de Herbart, puesto que la penetración supone extensión, de la cual carecen los seres indivisibles, unos, monadológicos, que él supone), resultando de aquí cierta especie de lucha de unos seres simples (mónadas) contra otros, y el esfuerzo consiguiente para conservarse (Selbsterhaltung) en su ser y posición, esfuerzo que constituye, por decirlo así, el atributo fundamental y esencial de cada mónada o ser real-uno.

De aquí se infiere que la diversidad de combinaciones por parte de las acciones, reacciones, choques o impedimentos posibles entre las realidades (das reale) unas, simples y absolutas, cuyo conjunto o complexión constituye las substancias cósmicas, o lo que llamamos cosas, es el fundamento real de su diversidad externa y sensible, es la razón suficiente de la variedad, distinción y diferencias que observamos en el mundo por parte de sus fenómenos, funciones, fuerzas y propiedades exteriores. Y esto, lo mismo en el orden intelectual que en el sensible, en el inorgánico y químico, sin excluir la atracción y la repulsión, puesto que, según observa, con razón, Ueberweg, estas fuerzas, en la teoría de Herbart, no pueden considerarse como primitivas, sino como meras consecuencias y manifestaciones externas y necesarias de los estados internos (nicht ursprüngliche Kräfte, sondern die notwendigen äusseren Folgen der inneren Zustände), consiguientes a las diferentes combinaciones posibles entre los seres reales, unos y simples, que integran las cosas o substancias complejas en que se manifiestan esas fuerzas.

Sentadas estas teorías, o, mejor dicho, estas hipótesis en el terreno metafísico y cosmológico, Herbart levanta sobre ellas el edificio de su psicología, cuyas principales afirmaciones e ideas son las siguientes:

a) El alma es uno de los seres simples indicados, una substancia perfectamente una, que excluye la pluralidad real de facultades y funciones; pues éstas no son más que aspectos, resultados de su esfuerzo para conservarse, esfuerzo que constituye su función única. (Nueva contradicción, al admitir una función o facultad en el ser substancial-uno y fundamental.) Estos aspectos o manifestaciones varias de la facultad fundamental, aparecen en el alma, según que ésta es solicitada por otros seres exteriores o interiores, los cuales pueden ser contrarios, semejantes o simplemente diferentes con respecto al alma solicitada.

b) De aquí es que los fenómenos de conciencia, los cuales todos pueden comprenderse bajo el nombre de representaciones (Vorstellung), puesto que expresan y representan los diferentes estados del yo como ser uno y simplicísimo, deben su origen y su naturaleza propia al choque o encuentro de unas realidades con otras. Según el grado de fuerza con que una representación, o sea un estado determinado de la conciencia, se opone a otro y retarda (Hemmung) o impide su acción, resultan, se constituyen y aparecen funciones diferentes y estados diversos en el alma. Así, por ejemplo, el pensamiento es la función que resulta del esfuerzo del alma para afirmarse y conservarse enfrente del objeto; el sentimiento es un pensamiento comprimido y como enervado o debilitado por otros pensamientos más vigorosos; o, mejor, es una representación que permanece en equilibrio a consecuencia de la lucha entre dos pensamientos, de los cuales el uno tiende a disminuir y el otro a elevar la intensidad de la representación-sentimiento.

Lo que llamamos pasión consiste originariamente en una representación dominante y muy intensa de un objeto dado: la fuerza de la pasión resulta del predominio avasallador que la representación A, referente al objeto B, ejerce sobre las demás representaciones referentes a este mismo objeto, las cuales, aunque debilitan y retardan el esfuerzo de la representación A, no son suficientes para impedir su predominio.

A este tenor Herbart explica todos los fenómenos psicológicos por medio de representaciones, según que éstas se combinan de mil maneras, teniendo en cuenta su calidad, su cantidad o intensidad, sus choques, su reunión o separación en grupos, su equilibrio y su movimiento. Todo lo cual el filósofo de Oldemburgo pretende sujetar a fórmulas matemáticas, algunas de ellas muy complicadas y prolijas.

c) La existencia misma de la conciencia y la transición en el yo del estado consciente al inconsciente y viceversa, deben su origen y se explican por medio de esa especie de lucha por la existencia que, según la teoría de Herbart, se entabla en el fondo del alma entre las diferentes representaciones, comprendiendo bajo este nombre todos los fenómenos y estados de la conciencia, todas las funciones psíquicas del yo. Cuando una o más representaciones (fenómenos, estados, funciones) son opuestas a la representación A, y la superan también en intensidad, no solamente impiden su movimiento ascendente, sino que le retardan y debilitan hasta obligarla a desaparecer de la conciencia; en otros términos: pasa del estado consciente al inconsciente, pero conservándose, sin embargo, en estado de tendencia o conato para aparecer de nuevo en la conciencia. Así es que cuando cesa de obrar la representación o función contraria y más intensa que había hecho desaparecer de la conciencia la representación o función A, ésta vuelve a subir y reaparece en la conciencia, en virtud de la tendencia o conato permanente que conserva en el estado inconsciente.

d) El yo, como ser consciente, no es una substancia simple dotada de facultades varias y principio uno e idéntico de las funciones que en él se realizan, sino más bien un conjunto de hechos y actos resultantes del choque recíproco y variable del yo como realidad simple y una, con otras realidades diferentes, y principalmente con los objetos conocidos. La explicación de los fenómenos psíquicos por medio de facultades y funciones especiales y determinadas entraña una ilusión; pues las que el vulgo llama facultades del alma, no son más que ciertas ideas personificadas o concebidas como hipóstasis (hypostasirte) de los fenómenos psíquicos.

En otros términos: el yo, el alma considerada en sí misma y abstracción hecha de su contacto y relaciones con otros seres, no posee sensibilidad, ni imaginación, ni pensamiento, ni voluntad; sólo posee la facultad fundamental de conservarse en su ser, en su originalidad substancial. Las facultades expresadas y sus funciones son el resultado del choque y encuentro, o del contacto del alma con otras realidades simples; no son más que la expresión de las diferentes relaciones que resultan entre el yo y los otros seres, según que son recíprocamente semejantes, diversos o contrarios. La conciencia psicológica y los fenómenos psíquicos se resuelven, en último resultado, y coinciden con la suma proporcional y matemática de los choques, acciones y reacciones, resistencias y solicitaciones entre el alma y las demás realidades simples, principalmente con las que constituyen los objetos del conocimiento y de la voluntad. Así es que los fenómenos psíquicos pueden sujetarse a cálculo matemático lo mismo que los mecánicos, determinando y definiendo su origen, naturaleza y atributos por medio de fórmulas matemáticas.