Filosofía en español 
Filosofía en español

Zeferino GonzálezHistoria de la Filosofía, Madrid 1886


Filosofía novísima

§ 28
Crítica de Schopenhauer

Que el pensamiento de Kant ejerció bastante influencia sobre el pensamiento de Schopenhauer, según dejamos indicado, échase de ver en las ideas de este último acerca de la impotencia de la razón filosófica para afirmar y conocer a Dios y al alma; en su hostilidad y hasta menosprecio desdeñoso contra las religiones positivas; en la importancia preponderante que concede a la voluntad sobre la razón, y en su opinión acerca de la idealidad del espacio, el cual se reduce a una función fundamental de la inteligencia, según Schopenhauer, sin contar otros puntos más secundarios y concretos de su teoría filosófica, que entrañan reminiscencias más o menos fieles y explícitas de la doctrina de Kant.

Aparte de esto, la concepción de Schopenhauer es una concepción esencialmente panteísta y esencialmente materialista. La Voluntad, ni más ni menos que la Idea de Hegel, el Absoluto de Schelling y el Yo de Fichte, es la única realidad, la esencia interna de todo. Las cosas particulares, las existencias individuales, más bien que esencias, substancias y seres reales, son apariencias y fenómenos, son objetivaciones parciales del ser único, burbujas en el agua, olas del mar que aparecen y desaparecen sin afectar la esencia una y absoluta que se apellida Voluntad.

Que el materialismo, o, si se quiere mejor, el positivismo materialista palpita en el fondo y hasta en la superficie de la concepción de Schopenhauer, es cosa de suyo manifiesta, si se tiene en cuenta que para el filósofo de Dantzig, la existencia de Dios, y el origen del mundo, y su causa eficiente, y su término, son problemas inaccesibles a la razón y a la Filosofía; que éstas no deben admitir más criterio de verdad que la experiencia; que el espíritu y el alma, como substancias inmateriales, son palabras vacías de sentido; que «en el fondo, el animal es una misma cosa con nosotros», diferenciándose del hombre sólo accidentalmente; que la vida, los organismos, la materia misma, son condensaciones de la voluntad, la voluntad objetivada; finalmente, que el pensamiento es una función peculiar del cerebro, de la misma manera que la digestión es función propia del estómago.

Si algo hay en la Filosofía de Schopenhauer que pueda apellidarse original, al menos con originalidad relativa, es la aplicación del método experimental y de la inducción a la metafísica, es el propósito de levantar un edificio metafísico sobre la base única y exclusiva de la experiencia. La Filosofía de Schopenhauer es, o pretende ser, una metafísica experimental: una metafísica, puesto que su objeto es conocer científicamente la realidad y esencia de las cosas: experimental, porque se sirve, o, mejor dicho, promete echar mano de la inducción y de los hechos para elevarse a este conocimiento. La grande fuerza de expansión y de propaganda que la Filosofía de Schopenhauer alcanzó y alcanza todavía, se deriva principalmente de esto. La Alemania, llena y hastiada de idealismo y de construcciones a priori, se precipitó con avidez en pos del filósofo de Dantzig, que alardeaba de construir una metafísica puramente experimental. Así, la concepción de Schopenhauer, que, según se ha visto, es esencialmente materialista por parte de su contenido interno y real, es también profundamente materialista por parte de su significación histórica, o sea como reacción extremada contra el principio idealista, y como aplicación exclusiva del método inductivo. Por una reacción muy natural, o, al menos muy frecuente en la historia de la Filosofía, el espíritu humano ha pasado en nuestro siglo de la exageración idealista y espiritualista a la exageración positivista y materialista. Iniciada por Herbart esta reacción en la Alemania, fue afirmada y desarrollada por Schopenhauer, y completada por los adeptos del materialismo contemporáneo, el cual procede de Schopenhauer por filiación tan legítima como directa, y esto, no ya sólo en el terreno propiamente filosófico, si que también en el terreno social y político. Para Schopenhauer, como para los modernos internacionalistas, la patria es una palabra sin sentido, y «el patriotismo es la pasión de los tontos».

Alguien ha dicho que Schopenhauer es un accidente en la Europa y una excrecencia de la Filosofía alemana, frase que no carece de cierta exactitud si se refiere al moralista. Porque, en efecto, la teoría moral de Schopenhauer viene a ser una reminiscencia, una reproducción más o menos completa de la moral búdica con su pesimismo y su nirvana. Al comparar los sistemas religiosos con las teorías filosóficas, el mismo Schopenhauer reconoce y afirma que en el caso de dar una forma religiosa a su Filosofía, su expresión más exacta y completa sería el budismo. Schopenhauer es un representante del Oriente y de las ideas asiáticas en el Occidente, un sufí de la India, que coloca la libertad del mal, la perfección del bien, la suprema felicidad, en el éxtasis de la nada, en la extinción de la vida y del ser. Diríase que llegó hasta su corazón y su inteligencia algún soplo de esa Filosofía de la desesperación y de la muerte, de esa concepción quietista, silenciosa y nirvánica de las orillas del Ganges, cuyo renacimiento en Europa ha influido tal vez más de lo que se piensa, no ya sólo en determinados extravíos filosóficos, sino también en esa literatura romántico-sombría que se deleita en cantar la desesperación y la muerte por boca de Goethe, Byron, Chateaubriand, y, sobre todo, Leopardi.

Acaso tampoco es extraño a esa doctrina y a ese renacimiento pesimista lo que pudiéramos llamar la manía del suicidio, que tantos estragos produce en la sociedad de nuestros días. Porque ello es incontestable que la teoría de Schopenhauer conduce lógicamente a considerar el suicidio, no solamente como lícito, sino como eminentemente moral, toda vez que es el medio más seguro y práctico para llevar a cabo la negación de la existencia y de la vida. Por una inconsecuencia, o tal vez por no atreverse a chocar de frente contra el sentido moral, Schopenhauer no proclama la licitud y conveniencia del suicidio en sentido absoluto y universal, que sería lo lógico en su sistema; pero admite y afirma que la muerte voluntaria por inanición es la forma más perfecta de realizar la negación de la voluntad, la cual representa el bien supremo a que puede aspirar el hombre, su destino final.