Zeferino González
Filosofía novísima
§ 30
Eduardo Hartmann
El representante más distinguido y el discípulo más independiente, más profundo y más original de Schopenhauer, es, a no dudarlo, Eduardo Hartmann (1842), cuya obra capital, La Filosofía de lo inconsciente, representa una transformación importante, un desarrollo original de la teoría de Schopenhauer. Hartmann observa con razón que la voluntad y la representación o idea de la teoría de su maestro, son impotentes para explicar el proceso de las cosas y la realidad del mundo, toda vez que para Schopenhauer la idea o representación (Vorstellung) se resuelve en la percepción o representación del mundo como colección de fenómenos subjetivos, y la voluntad se resuelve y equivale en definitiva a una fuerza ciega y fatalista.
La verdad es, añade Hartmann, que la existencia y la esencia del mundo, su realidad metafísica e inmanente, su desarrollo y sus evoluciones múltiples, no pueden ser explicados, ni por una fuerza o voluntad sin ideas que contengan la razón suficiente de la multiplicidad, orden y gradación de los seres, ni tampoco por una idea sin fuerza o que no vaya acompañada de una voluntad-fuerza, que contenga la razón suficiente de la realidad objetiva del mundo. El principio del mundo como esencia, es la idea; el principio del mundo como existencia, o en cuanto al acto de existir, es la voluntad. La idea contiene la esencia ideal de las cosas, rige y predetermina el orden, la gradación, la forma en que deben aparecer con sus relaciones mutuas: la voluntad les comunica la realidad física, el acto de existir, la transición del estado ideal al estado real.
La voluntad, pues, y la idea son dos factores relativamente independientes e igualmente necesarios para comprender la realidad metafísica del mundo y de todos los seres que le componen. Y como quiera que una y otra son indispensables para la producción del mundo, es preciso que haya algo, es preciso suponer algún ser que sirva de base común a las dos, algún sujeto que sirva como de punto de partida, que sea el substratum general y el fondo primitivo del cual proceden las cosas todas; pero no con proceso inmediato, sino con proceso mediato, es decir, mediante la voluntad y la idea, las cuales son sus fuerzas y manifestaciones primeras. Ese Ser absoluto, que concebimos como existente pro priori respecto de la voluntad y la idea; ese Ser uno-todo, que es anterior en orden de concepto y de naturaleza a la voluntad y a la idea, es lo inconsciente, del cual son funciones y atributos la voluntad y la idea, y el cual, por consiguiente, se distingue de éstas, como se distingue de los atributos y funciones la cosa que les sirve de fundamento o sujeto común: nous sommes forcés d’admettre derrière ces attributs du vouloir et du penser un être qui en soit le fondement.
Según se desprende de lo dicho, lo Inconsciente de Hartmann no es ni la Idea de Hegel, ni la Voluntad de Schopenhauer: una y otra representan, para sus sostenedores respectivamente, el principio verdadero, la causa inmediata de las cosas o del universo, mientras que el ser Inconsciente de Hartmann, no es el principio verdadero, ni menos la causa inmediata y eficiente de las cosas, sino la base, el sujeto común de los principios verdaderos y efectivos de las cosas, que son la voluntad y la idea. Para Hartmann, la idea y la voluntad son atributos, funciones del Absoluto, del ser Uno-Inconsciente; pero la primera no es a la vez substancia y atributo, como lo es para Hegel, ni la voluntad es substancia y atributo a la vez, como lo es para Schopenhauer. Como sujeto común y como realidad única anterior y superior a la voluntad y a la idea, lo Inconsciente es a la vez la una y la otra, por cuanto que es el principio común y como el fundamento primitivo de las dos; pero esto no impide, antes bien exige que la idea y la voluntad, consideradas en sí mismas y como funciones o atributos de la substancia Inconsciente, se distingan entre sí{1} y sean opuestas y contradictorias, en cierto sentido, puesto que la idea representa el proceso lógico del Cosmos, y la voluntad el proceso ilógico; la primera es de suyo inactiva e inerte, mientras que la segunda entraña actividad y fuerza.
El Absoluto, el Inconsciente, que es el ser Uno-Todo, al desarrollarse y obrar por medio de la voluntad y la idea como funciones primordiales del mismo y con sujeción a sus leyes, produce el universo-mundo con todos sus seres, da el ser a los diferentes reinos de la naturaleza (reino cósmico, sideral, terreno, orgánico, sensible, humano), adquiriendo y determinando por grados la conciencia, la cual contiene infinidad de gradaciones y estados. Pero entiéndase bien: el Inconsciente, considerado en sí mismo y pro priori a la voluntad y la idea, adquiere la conciencia de sí mismo en los individuos organizados (c’est l’Inconscient qui dans les individus organisés, prend conscience de lui-mêeme), o sea cuando se manifiesta y produce determinadas formas de la vida. Porque el Inconsciente, que es la substancia misma del universo (la substance même de l'univers), que es el ser uno, todo y absoluto, con respecto al cual los seres mundanos y los individuos no son más que fenómenos (le monde, malgré sa puissance, n’est que le pur phénomène de cet absolu), produce también la materia, la conciencia y la fuerza organogénica, las cuales deben ser consideradas como otras tantas manifestaciones parciales del mismo, como tres formas de su actividad: comme trois formes de l'activité ou trois manifestations de l'Inconscient.
En conformidad y relación con esta doctrina, Hartmann enseña que el hombre o el yo, lo mismo que el mundo en general, no es más que una suma de ciertas acciones del Inconsciente, de manera que él yo de cada hombre cambia o varía con la variación de las acciones del Inconsciente que le constituye, y hasta deja de existir desde el momento que se interrumpe la acción del Inconsciente sobre el organismo{2} propio o individual, ni más ni menos que el arco iris desaparece cuando cesa la acción del sol sobre determinadas nubes.
Así es que para Hartmann no hay en realidad más alma humana que el Inconsciente, el cual hace las veces de alma universal y única para todos los individuos (averroísmo), los cuales en tanto se dicen humanos o racionales, por cuanto el Inconsciente obra o produce determinadas acciones sobre su organismo. Ni las almas de los padres ni las de los hijos son substancias separadas (ne sont des substances separées, independantes) o individuales, particulares y distintas como substancias, sino acciones determinadas del Inconsciente sobre el respectivo organismo: L’enfant n’a pas bésoin de récevoir une âme particulière, individualisée. Son âme n’est, comme celle de ses parents, que la somme des actions exercées à chaqué instant par l’Inconscient sur son organisme.
Hartmann, después de transformar y modificar profundamente la teoría de su maestro en lo que se refiere al origen y constitución del mundo, la modifica también en la parte relativa a la negación de la voluntad como término de la vida y condición de reposo para el hombre. Schopenhauer habíase limitado a buscar la felicidad, el reposo, la liberación del dolor en la negación o aniquilamiento, en la extinción nirvánica de la voluntad individual; pero su discípulo enseña que el objeto final del mundo, la verdadera exención o liberación de los tormentos y desdichas inseparables de la existencia y de la vida, consiste en la negación de la voluntad absoluta, exige el anonadamiento de la voluntad universal. El verdadero destino final del hombre no es la negación o muerte de la voluntad individual, la cual no es más que un fenómeno pasajero del Inconsciente, un mero accidente de la voluntad que produce y constituye el mundo, sino que es la negación o muerte de la voluntad universal, la cesación del querer absoluto y cósmico. Esta cesación y muerte de la voluntad es el término de la evolución o processus del universo mundo, de manera que debe concebirse como el último acto del Inconsciente, del Uno-Todo, esencia, movimiento, vida y existencia del mundo, el cual, por consiguiente, dejará de existir cuando llegue este momento último de su evolución (comme l’acte du dernier moment, après le quel il n'y aura plus ni volonté, ni activité); pues el mundo, según Hartmanu, dejará de ser algún día y no durará siempre: le processus du monde aura un terme dans le temps, et ne durera pas éternellement.
Como consecuencia de esta doctrina, Hartmann no busca la felicidad y el bien en la negación de la voluntad individual, ni menos en el suicidio, ni en el aniquilamiento o extinción de la misma, como Schopenhauer, sino que considera como un deber, o digamos como una necesidad para el individuo, el vivir y obrar en armonía con la vida y acciones del Inconsciente. En otros términos: el fin último que debe proponerse el hombre es la liberación universal, la supresión absoluta y completa de la voluntad y sus manifestaciones o actos, y, por consiguiente, de toda existencia; mas como este fin o destino final se encuentra o coincide con el último término del processus universal, el deber moral, la obligación y la perfección de cada hombre consisten en secundar con todas sus fuerzas, en entregarse enteramente al Inconsciente, principio y sujeto del processus universal, con la mira de que éste llegue a su término o fin último, que no es otro que la liberación universal del mundo{3}, es decir, la aniquilación de todo acto de la voluntad en el no-querer absoluto por medio de la cesación y extinción de la Voluntad universal y absoluta, acompañada y seguida de la supresión de toda existencia: l’anéantissement de tout vouloir dans le non-vouloir absolu qu’accompagne naturellement la suppression, la césation de tout ce que nous appellons l’ existence.
Hartmann se aparta también de Schopenhauer en algunos otros puntos de relativa importancia científica. Tal sucede en lo que se refiere a la noción y esencia del espacio y del tiempo, puesto que rechaza la opinión de su maestro, que los consideraba como formas subjetivas y como funciones de la inteligencia. El autor de la Filosofía de lo Inconsciente tampoco considera al cerebro como causa real y eficiente de la inteligencia, y se limita a considerarle como una de las condiciones de la conciencia.
En conformidad con su concepción pesimista, Hartmann esfuérzase en probar que la felicidad perfecta a que el hombre aspira es una pura ilusión, que reviste diferentes formas históricas en relación con el predominio de ideas determinadas. El mundo antiguo consideraba la felicidad como cosa realizable y asequible para el individuo en la vida presente. Durante el período cristiano y para los secuaces del Cristianismo, la felicidad es cosa realizable y asequible solamente después de la muerte, y en una vida trascendente con respecto al mundo terrestre. En su tercer período histórico, que es el actual, la humanidad coloca la felicidad en lo porvenir, pero como asequible en la tierra, o sea en la vida presente. Para el filósofo, todas estas concepciones y esperanzas de la felicidad son puras quimeras de la imaginación.
Las ideas morales y religiosas de Hartmann están en perfecta armonía con las ideas panteístas y pesimistas que constituyen el fondo de su sistema metafísico. La inmortalidad del alma, en el sentido cristiano y como permanencia del individuo, es una ilusión del misticismo exaltado, una creencia tan pobre como perniciosa (foi pauvre et pernicieuse), toda vez que no hay ni puede haber más inmortalidad que la unión o unidad eterna con Dios (éternellement un avec son Dieu), del cual el hombre es una mera manifestación: L’homme étant une manifestation de Dieu, dans laquelle ríen n'existe que Dieu.{4}
La ética pesimista del budismo, no solamente es muy superior a la ética cristiana basada sobre el teísmo personal, sino que es la única capaz de suministrar a la moralidad un fundamento sólido: Le bouddhisme est le seul sistème où le pessimisme serve expressément à fonder la moralité.
La única base metafísica de la moral es la inmanencia de Dios en el mundo, y como quiera que la moral cristiana rechaza esta inmanencia (le Dieu personnel des chrétiens n’est pas immanent au monde) divina, de aquí resulta su inferioridad absoluta, por más que sea recomendable por otro lado, o sea por parte del elemento pesimista que entraña.
{1} «Quoique les fonctions ou les états de penser et de vouloir soient différents, cela n’empêche pas que la substance des deux principes, que le sujet des deux fonctions, que ce qui pense et ce qui veut ne soient un seul et même principe…
C’est le vouloir et le penser qui différent, non l’être qui veut et pense. La Volonté est étrangère a la raison; mais l’Idée est justement la raison de l’être qui veut. La pensée est incapable d’agir; mais le vouloir est justement la force de l’être qui pense… C'est ainsi que les deux attributs de l'Inconscient se manifestent dans chaque fonction particulière de l’Un-Tout.» Philosoph. de l’Incons., t. II, páginas 557-559.
{2} «Le monde n’est qu’une certaine somme d’actions, d’actes volontaires de l’Inconscient; le moi, une somme différente d’actions ou d’actes volontaires du même Inconscient… Que l’Inconscient change la combinaison des actions ou des actes de sa volonté qui me constituent, et je deviendrai un autre; qu’il interrompe son action, et je cesserai d’être. Je suis pun phénomène semblable a l’arc-en-ciel dans les nuages. Comme lui, je ne suis qu’un ensemble de rapports.» Philos. de l’Incons, t. ii, pág. 212-213.
{3} «La philosophie pratique et la vie exigent un principe positif d’action; nous le trouvons dans l’entier dévouement de la personne au processus universel en vue de sa fin: l'universelle délivrance du monde…. Le but de la conscience est la délivrance du monde a l’égard du malheur du vouloir.» Philosoph. de l’Incons., t. II, pág. 497.
{4} Hartmann insiste con frecuencia sobre esta doctrina, ligada también íntimamente con el pesimismo, que constituye uno de los elementos fundamentales de su concepción filosófica. He aquí cómo se expresa en una de sus publicaciones posteriores a la Filosofía de lo Inconsciente: «L’époque présente… doit chercher à se rattacher au pessimisme qui dans sa forme inaltérée ne cherche à se tromper sur la misère de l’existence par aucune illusion le faisant rêver d’une vie au-delà de celle-ci, mais qui pour l’individu comme tel ne connaît qu’une aspiration: être une fois liberé du pénible devoir de coopérer à l’évolution, se replonger dans le Brahmn, comme la bulle dans l’occéan, s’éteindre comme la lumière au sein du vent… Telle est l’expression entière pour l’aspiratión de l’âme religieuse à la paix et à l’union avec l’esprit universel, unión complète et qui ne soit plus troublée par aucune apparence de séparation, mais qui comme individu, s’acquitte patiemment des devoirs de la morale jusqu’à ce que l’heure de la delivrance sonne pour elle.» La Religión de l’avenir, par E. Hartmann, trad. de l’allemand, 1876, pág. 166.