Filosofía en español 
Filosofía en español

Zeferino GonzálezHistoria de la Filosofía, Madrid 1886


Filosofía novísima

§ 50
Escuela humanitario-filosófica

Aunque esta escuela coincide en el fondo con la humanitario-socialista que acabamos de reseñar, principalmente en orden a sus tendencias prácticas y político-sociales, merece, sin embargo, mención aparte, porque sus principales representantes conceden mayor importancia a la parte teórica, o digamos filosófica. Son éstos Pedro Leroux y Juan Reynaud, los cuales, después de militar por algún tiempo en la escuela de Saint-Simon, formando parte de lo que se llama iglesia sansimoniana, se separaron de ella cuando Enfantin proclamó la emancipación de la mujer o el reinado de la mujer libre.

a) Leroux.– Nació este escritor en 1798, y desde 1824 fue el principal redactor del Globo, publicación que en 1831 se convirtió en órgano de la escuela sansimoniana, escuela que Leroux abandonó cuando se proclamó en ella la emancipación de la mujer. En 1838 se asoció con Reynaud para fundar la Nueva enciclopedia, destinada en la mente de sus autores a reemplazar la Enciclopedia de Diderot, aunque no pudieron terminarla. Leroux fue también colaborador de la Revista de los Dos Mundos, y en 1841 se asoció con Viardot y la famosa Jorge Sand para fundar y dirigir la Revista Independiente. Dos años después fundó la Revista Social, y después de haber sido representante del pueblo en 1848 y miembro de la Asamblea legislativa de 1849, se retiró a la vida privada después del golpe de Estado del 2 de Diciembre, muriendo por último en París durante el reinado de la Commune, en Abril de 1871.

Leroux, mientras por un lado exponía sus teorías democráticas y socialistas en las revistas citadas y en sus discursos en la Asamblea, exponía también sus ideas filosóficas y teóricas en algunas obras, entre las que sobresalen la Refutación del eclectismo y la que lleva por título De la humanidad, de su principio y de su porvenir.

El contenido de la primera, prescindiendo de sus detalles y argumentos contra el eclectismo de Cousin, se resume en las siguientes proposiciones.

1.ª La perfectibilidad humana, la realización de la ley del progreso constituye el objeto de la Filosofía y de la religión, las cuales son, por lo mismo, idénticas en su fondo y esencia.

2.ª De aquí se infiere que el fondo metafísico de todas las religiones en general, y del Cristianismo en particular, es verdadero en sí mismo, o como doctrina filosófica.

3.ª Este fondo metafísico de las religiones, que es la esencia también de la Filosofía, es la doctrina de la Trinidad, porque la Trinidad es la esencia misma del espíritu humano, puesto que el hombre es simultáneamente, y de una manera indisoluble, sensación, sentimiento e inteligencia.

Esta última proposición constituye la base y el fondo substancial del otro libro de Leroux sobre la humanidad; porque, en efecto, todo su contenido se reduce a desenvolver y aplicar la ley del progreso a esa Trinidad humana consistente en la sensación, el sentimiento y la inteligencia.

Para Leroux, el hombre es ante todo y sobre todo un ser perfectible, y por razón de esta perfectibilidad se halla íntimamente unido a la humanidad entera, de manera que el hombre-individuo viene a ser como una especie de fenómeno o encarnación concreta de la Humanidad, la cual existe en cada individuo como la verdadera substancia de éste, como un principio superior y permanente que sobrevive a los fenómenos individuales.

En las dos obras citadas de Leroux aparece con frecuencia el nombre de Dios; pero este Dios apenas tiene de tal más que el nombre, puesto que se trata de un Dios que no es más que el infinito matemático, una idea abstracta y vacía, la cual no se manifiesta fuera del mundo (Dieu ne se manifeste pas hors du monde), es decir, cuya realidad objetiva coincide con la realidad de los seres que constituyen e integran el mundo, siendo como la progresión ilimitada de estos seres, una transformación indefinida y ascendente de la naturaleza.

En conformidad con las ideas que anteceden, Leroux afirma que la tierra y el cielo son una misma cosa, o, mejor dicho, que el paraíso, el infierno y el purgatorio son palabras que nada significan, porque no hay más cielo ni infierno que los que son posibles en la vida presente. Bien es verdad que, después de enseñar, como enseña nuestro autor, que el alma es un fenómeno, una realidad inseparable del cuerpo, es lógica esa doctrina acerca del infierno y paraíso.

No lo es tanto, en verdad, Leroux cuando admite la metempsícosis, una serie de vidas anteriores y posteriores a la vida actual de cada individuo, hipótesis difícil de conciliar con la identificación del cielo y la tierra, con la negación del paraíso y el infierno fuera de este mundo.

No entra en el plan de este libro seguir a Leroux en los detalles de sus teorías democrático-socialistas, y nos limitaremos por lo mismo a indicar dos cosas: 1.ª, que admite, al menos en el nombre y con restricciones que las anulan en parte, como le aconteció con la idea de Dios{1}, la familia y la propiedad; 2.ª, que a ejemplo de Saint-Simon, buscó en el Cristianismo y en la Biblia antecedentes, tipos y pruebas de sus teorías. Así, por ejemplo, el asesinato de Abel por Caín representa el establecimiento de la propiedad, que Moisés quiso asemejar al fratricidio; la cena pascual es la expresión y afirmación de la igualdad entre los hombres; los tres hijos de Noé personifican la subjetividad, la objetividad y la relación entre una y otra, como modos fundamentales de la existencia humana, y estos tres modos, en los tiempos modernos, se transforman y personifican en los tres elementos capitales de la sociedad, a saber: el sabio, el artista y el industrial.

b) Reynaud (Juan Ernesto, 1806-1863) marcha por caminos bastante parecidos a los de su por tantos títulos colega Leroux, con quien trabajó en varias revistas y periódicos, y en cuya compañía permaneció afiliado por algún tiempo a la escuela sansimoniana.

En 1854, y después de haber escrito algunos otros libros{2}, publicó su obra principal, de la que se hicieron bastantes ediciones en pocos años, y que lleva por título Tierra y Cielo.

El contenido de esta obra no es ni filosófico, ni teológico, ni político-social, sino una amalgama de estas tres cosas, que puede reducirse a lo siguiente:

La ley del progreso o de la perfectibilidad indefinida es la ley fundamental y universal para el hombre, y, por consiguiente, para la ciencia. Ésta debe unir y armonizar la idea teológica y la idea filosófica, o, digamos mejor, psicológica, toda vez que Reynaud apenas trata más que las cuestiones referentes al alma.

En el estado actual de la humanidad y del saber, la ley del progreso sólo puede realizarse a condición de que la ciencia se mantenga alejada tanto del materialismo como del catolicismo.

Por virtud de esta ley fundamental del progreso, en fuerza del soberano principio de la perfectibilidad que ilumina todos los tiempos (le souverain principe de la perfectilité illumine tous les temps), como dice nuestro autor, el hombre ha venido perfeccionándose a través del espacio y del tiempo, y adquiriendo nuevas ideas. Así, por ejemplo, debe el hombre a la Judea la unidad de Dios; debe a la Grecia el dogma de la Trinidad; recibió de la Roma pontifical la jerarquía eclesiástica y la organización del culto religioso, y debe a las Galias la idea de la inmortalidad, idea latente en la Galia antigua, explícita y consumada en la Francia moderna.

Consiste esta inmortalidad en la vida infinita, o, al menos, indefinida del alma, en esta tierra que habitamos y en el cielo, o sea en los innumerables globos y astros que, en unión con la tierra, integran el Universo.

La tierra es, pues, para nuestra alma un lugar de expiación y de regeneración, y la vida presente del hombre, precedida de otras vidas anteriores y seguida de otras innumerables, no es más que un anillo de la cadena infinita que representa las múltiples transformaciones del alma. De manera que la vida presente de ésta, sus vidas anteriores y sus vidas futuras, son como otros tantos momentos de la ley del progreso encarnada en la humanidad.

El paraíso y el infierno de la teología cristiana son quimeras de la imaginación, y quiméricas son igualmente las afirmaciones de ésta acerca de la espiritualidad del alma humana, la cual ni existe ni puede existir sin algún cuerpo más o menos sutil, que sin cuerpo no es posible poseer el cielo astronómico, único que existe y puede gozar el hombre.

Por una inconsecuencia, análoga a la que hemos señalado en Leroux, el autor de Tierra y Cielo rechaza la eternidad de las almas, y hasta admite que son creadas o producidas de la nada por Dios: Continuellement, par l’operation incessante du Créateur, des âmes nouvelles sortent du néant et prennent leur essor, chacune à sa manière, à travers l’immensité des mondes.

Bueno será advertir que la creación de que nos habla Reynaud no es la verdadera creación ex nihilo de la Filosofía cristiana, sino una mera expansión de la esencia divina (une mystérieuse expansión de son essence), una especie de emanación panteísta.




{1} Aunque, según se ha visto, el Dios de Leroux nada tiene de común con el Dios verdadero, bastó que nombrara a Dios en sus libros para que la Commune de París arrojara sobre su misma tumba una especie de nota reprobatoria e infamante, por haber sido partidario de Dios o de la idea mística, como se expresaba aquélla al decretar lo siguiente: «La Commune décide l’envoi de deux de ses membres aux funérailles de Pierre Leroux, après avoir declaré qu’elle rendait homnage, non pas au partisan de l’idée mystique dont nous portons la peine aujourd’hui, mais à l’homme politique qui, le lendemain des journées de Juin, a pris courageusement la défense des vaincus».

{2} Entre éstos cuéntanse los siguientes: Mineralogía para uso de la gente de mundo.– Consideraciones sobre el espíritu de la Galia.– Discurso sobre la condición física de la tierra.