Juan Nepomuceno de Pereda
 
1802-1888

Diplomático mexicano nacido en Comillas (España) el 20 de mayo de 1802, primo hermano del ilustre novelista José María de Pereda y Sánchez Porrúa (1833-1906), que se destacó en la lucha contra los intentos de los Estados Unidos del Norte de América, logrados en parte, de incorporar a su proyecto expansivo los territorios del antiguo Imperio español. Murió en la ciudad de México en 1888.

El presidente mexicano José Mariano Salas le encomendó una misión secreta en las Antillas y en varios países de Europa, con el fin de promover una guerra de corso contra la marina mercante de los Estados Unidos del Norte de América. Inició su delicada misión en La Habana en noviembre de 1846, que continuó en la península, logrando en Barcelona que los hermanos Lorenzo y Mariano Sisa, por ejemplo, armaran en corso el buque Único (que apresó a la corbeta Carmelita, de los Estados Unidos), y actuó después en Francia, Inglaterra y Bélgica, residiendo en Bruselas hasta enero de 1848 como encargado de negocios de la legación mexicana. La persecución del corso mantenida por España fue una de las razones por las que fracasó esa estrategia del gobierno mexicano de enfrentarse al insaciable expansionismo anglosajón, que buscaba apropiarse de los territorios hispanoamericanos.

En 1856, siendo ministro plenipotenciario de México en Guatemala, mantuvo conversaciones con Facundo Goñi, encargado de negocios de España en Costa Rica y Nicaragua, y con Nazario Toledo, ministro plenipotenciario de Costa Rica en Guatemala, para tratar de articular «una alianza defensiva entre todos los Estados hispano-americanos, pudiendo entrar en ella la España con las condiciones de superioridad y con las ventajas que le corresponden de derecho», ante «la invasión cada día creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos», que ya ha tomado «todos los caracteres de una lucha entre las dos razas» (ver el Despacho fechado en Guatemala el 30 de junio de 1856, que ha sido publicado en octubre de 2012).

Juan Nepomuceno de Pereda ya residía en 1821 en México, dedicado al comercio, y el 29 de junio de 1826 matrimonió en la ciudad de México con María Manuela de Castañiza y Ayerdi (nacida en 1802, familia del Marqués de Castañiza), teniendo el matrimonio cuatro hijas y dos hijos: Loreto (casó con Rafael Trueba Calderón), Petra (1827), María del Carmen (1835), Daría (1836, casó con Antonio de Bassoco y Landaluz), Domingo (1839) y José Mariano Pereda y Castañiza (1840).

En el proceso de consolidación de la independencia de México, los españoles americanos decretaron la expulsión de los españoles europeos, teniendo que abandonar el país Juan Nepomuceno de Pereda en marzo de 1828, radicándose en Burdeos hasta 1832. Parece ser que en Burdeos publicó en 1829, anónima, una Exposición dirigida a S. M. el Rey don Fernando VII, de la que José Presas reprodujo unos párrafos en su Filosofía del trono y del altar (Burdeos 1829), desvelando como autor a «Juan de Nepomuceno de Pereda y Cantolla» (aunque algunas genealogías hacen figurar como su segundo apellido Porrúa o Sánchez de Porrúa, pues hacen a María Sánchez de Porrúa su madre, hermana de Bárbara Sánchez de Porrúa, nacida en Comillas y que tuvo 22 hijos, el más jóven de ellos el novelista José María de Pereda; en cuyo caso serían doblemente primos hermanos). Tienen el mayor interés las consideraciones de Pereda sobre la conveniencia para España de reconocer a México, descartando suicidas intentos militares de reconquista:

1829 «Post-Scriptum. Cuando por el completo desorden y entera desorganización del actual gobierno, no fuese de absoluta necesidad la convocación y reunión de cortes, ocurre en el día una gran cuestión que ventilar y resolver, un caso arduo, y de aquellos que señala la ley por cuya causa deben estas reunirse. La suerte de las Américas es un asunto que requiere ser considerado con mucha meditación, porque en él se envuelven no solo los intereses de España, sino también los de la mayor parte de las potencias de Europa. Y ¿cómo podrán prever, calcular y combinar un negocio tan complicado cinco ministros, a quienes apenas les alcanza el tiempo para leer los extractos de los expedientes que tienen que presentar a la resolución del rey en su despacho diario? ¿Y qué conocimiento pueden tener de las Américas ni del carácter e índole de sus habitantes, unos hombres que, como nuestros cinco ministros, nunca hayan estado en ellas? Para tener una idea y claro conocimiento de los hombres y de las cosas, no basta verlas pintadas en los libros y en los papeles; es necesario verlas, tocarlas y tratarlas, no una sola vez ni con un corto número de individuos, como les sucede a nuestros ministros, que por haber visto cuatro pretendientes americanos precisados a simular y a fingirse otros de lo que en realidad son, para llegar a obtener el empleo que solicitan, ya creen conocer a todos los demás. Esperar pues que ellos den un dictamen acertado y que acuerden las medidas que deban tomarse en materia de tanta transcendencia, es lo mismo que esperar que un ciego distinga y califique con exactitud todos los colores. Dirán quizá que en el día tienen en la corte una multitud de individuos que, venidos de América, pueden informarles de todo; pero es necesario decirles que los hombres las más veces hablan según lo que desean y no según lo que sienten. Véase como sobre este particular se explica el autor de la imparcial y discreta Exposición dirigida a S. M. el Rey don Fernando VII, publicada poco hace en esta ciudad (se nos ha asegurado que el autor de esta Exposición es don Juan de Nepomuceno de Pereda y Cantolla, quien habiendo residido muchos años en Méjico, posee un exacto conocimiento de las cosas y personas de aquel país). Dice en la p. 22:
«Además se podrán arreglar los asuntos de la América de un modo ventajoso a todos, sin las desgracias que son consiguientes a la dirección que hasta hoy se ha dado a este negocio, y en que, diré ya que toco el particular, tanta parte ha tenido cierta clase de hombres ansiosos de venganzas y empleos, informando a V. M. sobre el estado de la opinión en aquellos países y en particular de Méjico de un modo exagerado y nada verídico, con el fin sin duda de alentar el ánimo de V. M. para que envíe una expedición militar, de la que ellos se prometen más su engrandecimiento que el bien de la nación y decoro de la corona (1).»
(1) El decreto del Congreso mejicano sobre la expulsión de los Españoles europeos obligó a muchos de estos a emigrar del país, y vinieron algunos de ellos a buscar asilo en su antigua patria. Varios empleados y religiosos, y alguno que otro de las demás clases lograron situarse en Madrid con el intento de persuadir al gobierno y al mismo rey de que la reconquista de Nueva España es una empresa de fácil ejecución, y a la cual contribuirá la mayor parte de aquellos naturales por el descontento y aversión con que miran su gobierno republicano. El verdadero fin y objeto de tales hombres no ha sido ni puede ser el de procurar el bien de la Metrópoli. Si pretenden e insisten ahora en que se organice y envíe una expedición militar a reconquistar al reino de Méjico, es para tener una ocasión segura de satisfacer su espíritu de venganza y lograr por otra parte la posesión de sus antiguos destinos, o los asensos a que se consideran acreedores.
Los Mejicanos, dígase lo que se quiera, podrán estar discordes en la elección de un jefe, en la formación de una ley, en adoptar la proposición de un proyecto o establecimiento, mas en la defensa de la independencia la opinión es una. En esto no hay entre ellos ni discordancia, ni diferencia: chicos y grandes, pobres y ricos, eclesiásticos y seglares, todos están prontos a sacrificarse, por no volver a caer bajo la dominación de los reyes de España. Y ¿qué poder será suficiente para sujetar a su obediencia a seis millones de habitantes? Mándense enhorabuena diez o quince mil hombres, supóngase que entran en el país, y que dominan por de pronto gran parte de su territorio. Mas ¿cómo podrá la España reemplazar los que mueran, ya sea de accidentes naturales, o de resultas de las continuas acciones que deberán sostener en campaña contra aquellos habitantes? Claro está que la Metrópoli se vería precisada, para mantener en pié su ejército de ultramar, a remitir anualmente dos o tres mil hombres, o verlo con dolor aniquilado en el corto espacio de dos o tres años, cuando la indisciplina de la misma tropa y oficialidad, o la impericia de los generales, no concluyese antes con la expedición, como sucedió en el Perú y en el mismo Méjico, no hace mucho tiempo.
El único arbitrio útil y saludable que en el día queda a la España para sacar de la América las ventajas que la corresponden de justicia, es el reconocimiento de la independencia, sobre cuya base podrán establecerse las demás relaciones de recíproca conveniencia entre ambos países.
Todo cuanto se haga y diga sobre este interesante objeto, sin anunciar a los Americanos este paso preliminar, será un trabajo vano e ilusorio. La posición que ocupan estos no puede ser combatida con palabras, ni jamás podrá convencérseles presentándoles comparaciones de Griegos y Americanos. Lo que conviene sobremanera, es el examen de las ventajas o perjuicios que podrán resultar a la España en el caso de insistir tenazmente en llevar adelante el proyecto de reconquista. (Esta nota es del autor de la Exposición.)» (José Presas, Filosofía del trono y del altar, del Imperio y del Sacerdocio, dedicada a la Juventud Española, Burdeos 1829, páginas 183-187.)

Aunque España no reconoció la independencia de México hasta 1836, Juan Nepomuceno de Pereda pudo retornar en 1832 con su familia a México, reanudando sus actividades comerciales, antes de ser encargado de más altas misiones diplomáticas al servicio de la Nación mexicana.

1834 «Distrito Federal. Lista de corredores de comercio que han sido aprobados por el Exmo. ayuntamiento de esta capital: D. José María Arenzana, D. Domingo Pintado, D. Juan Haller y Puch, D. Ramón Terroba, D. Vicente Zárate, D. Antonio Hebro Mar, D. José Manuel Aróstegui, D. Ángel Ballano, D. Domingo Pozo, D. José Marticorena, D. Pedro Gutiérrez Salceda, D. Agustín Prado, D. Francisco Javier Larrea, D. Francisco Arbeu, D. Ramón Bustinzar, D. Manuel Larroa, D. Fernando Menacho, D. José García de la Magdalena, D. Ramón Marroquí, D. Antonio Suárez, D. Joaquín Villegas, D. Francisco Baamonde, D. Lorenzo Labat, D. Juan Nepomuceno Pereda, D. Juan Manuel Lasquetty, D. José Sánchez Trujillo, D. Miguel Gerónimo Cabrera, D. Mariano Morales, D. Antonio Oti, D. José María Badillo. Secretaría del Exmo. ayuntamiento de México, diciembre 30 de 1834. José Mejía, alcalde primero. Lic. José María Guridi y Alcocer, secretario.» (Telégrafo. Periódico oficial del gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, Miércoles 7 de enero de 1835, tomo VII, nº 7, pág. 2.)

1835 «Tesorería general de la Federación. Sección de cuenta general. Noticia de los contratos que ha celebrado el supremo gobierno, y han tenido cumplimiento en esta oficina en la quincena corrida de 2 a 16 del presente, a virtud de la circular de 18 de noviembre último, y que se publican en cumplimiento del art. 11 de la misma circular. […] Por el contrato de 14 del mismo, ha enterado D. Juan Nepomuceno Pereda las cantidades que siguen: en reales, 20.612 6 2, en órdenes y proporción de 45 por 100, 16.865 0 0 → 37.477 6 2.» (Telégrafo. Periódico oficial del gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, Martes 20 de enero de 1835, tomo VII, nº 20, pág. 2.)

«Tesorería general de la Federación. Sección de cuenta general. Noticia de los contratos que ha celebrado el supremo gobierno, y han tenido cumplimiento en esta oficina en la quincena corrida de 17 a 31 del que hoy acaba, a virtud de la circular de 18 de noviembre último, y que se publican en cumplimiento del art. 11 de la misma circular. Por orden de 14 de enero, D. Juan Nepomuceno Pereda: Como numerario en documentos de préstamo hechos a la actual administración, 13.197 2 8. En órdenes según la misma circular, 10.797 6 6. En dinero efectivo, 13.000 0 0. En órdenes y proporción de 45 por 100, 10.636 2 10. En reales, 22.000 0 0. En órdenes y proporción de 45 por 100, 18.000 0 0. En reales, 13.724 4 3. En órdenes al respecto de 45 por 100, 11.229 1 4 → 112.585 1 7. […] Tesorería general de la federación. México enero 31 de 1835. Simón Andonaegui. José Govantes.» (Telégrafo. Periódico oficial del gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, Martes 3 de febrero de 1835, tomo VII, nº 34, pág. 2.)

El 17 de agosto de 1836 fue nombrado por Francisco Michelena, en representación de la Venezuela independiente, vicecónsul de Venezuela en México, pasando en junio de 1837 a ser cónsul, categoría que conservó hasta abril de 1842, en que renunció a su cargo y recobró la ciudadanía mexicana.

Juan Nepomuceno de Pereda fue nombrado, el 20 de octubre de 1846, encargado de negocios ad interim de México, en misión secreta ante el gobierno de Bélgica, y se le comunicó el fin de su misión el 25 de noviembre de 1847, al notificársele el retiro de la legación por problemas económicos. Como ya se ha dicho esta misión secreta consistía en procurar armar buques en corso que actuasen contra la marina mercante de los Estados Unidos del Norte de América. También había sido nombrado el 20 de octubre de 1846 encargado de negocios de México ante Dinamarca, acreditado en los Países Bajos, misión que se mantuvo hasta el 13 de mayo de 1848.

1846 «Relaciones con las potencias europeas. […] También ha creído el gobierno conveniente estrechar las relaciones que existen con la Bélgica y al efecto ha nombrado encargado de negocios en dicho reino al Sr. D. Juan Nepomuceno de Pereda.» (Memoria de la primera secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones interiores y exteriores de los Estados Unidos Mexicanos, leída al Soberano Congreso Constituyente en los días 14, 15 y 16 de diciembre de 1846 por el ministro del ramo, D. José María Lafragua, México 1847, pág. 15.)

1849 «Defensa legal de D. Lorenzo y D. Mariano Sisa, ciudadanos mejicanos, presentada en el Supremo Tribunal de Guerra y Marina de España, en la causa criminal formada por el juzgado del tercio y provincia de Barcelona, por haber apresado el buque nombrado Único, armado en corso con expresa autorización de la república mejicana, al mando del D. Lorenzo como capitán del mismo, a la corbeta de los Estados-Unidos, Carmelita.» […] «El buque de que se trata fué armado y tripulado de orden y por autorización expresa del poder supremo de la República mejicana. La prueba traída a la causa por D. Pedro Iglesias nos demuestra que el general encargado del supremo poder ejecutivo de Méjico confirió amplias facultades a D. Juan Nepomuceno de Pereda para el armamento de corsarios que persiguieran el comercio y navegación de los Estados Unidos del norte de América en la injusta guerra que habían declarado a la República Mejicana. La misma prueba de D. Pedro Iglesias acredita que desde la Habana escribió Pereda al cónsul de Méjico en Barcelona, manifestándole que pasaría a aquella capital llevando consigo suficiente cantidad de patentes de corso y de cartas de naturalización y conducción. Consta también de la propia prueba que con efecto pasó Pereda a Barcelona y llevó las patentes de corso y de cartas de conducción y de naturalización, habiendo por sí mismo practicado gestiones para el desempeño de armar buques con bandera mejicana contra los Estados Unidos. Tenemos pues autorizado por el poder supremo de Méjico este hecho incontestable.»
«Antes de probar que la propiedad del buque, la presa y la tripulación del Único son mejicanas, necesitamos hacer una ligera reseña de los hechos que en esta causa se versan. El dependiente del consulado mejicano en Barcelona D. Pedro Iglesias, nos ha dicho en la ampliación de su indagatoria, folio 141 vuelto, "que verdaderamente había prestado auxilios en calidad de dependiente del cónsul de Méjico para la expedición del corsario, recordando que en tal calidad y por encargo del propio cónsul entregó en Barcelona a D. Lorenzo Sisa las patentes, cartas de naturalización y demás documentos y cantidades para hacer el corso a favor de la República de Méjico contra los norte-americanos, añadiendo que estos documentos y cantidades las había llevado a Barcelona el D. Juan Nepomuceno de Pereda, enviado extraordinario de la República de Méjico de que arriba hemos hablado. Asienta también el propio Iglesias que sirvió de intérprete al cónsul mejicano en las conversaciones que con él y a su presencia tenían mis defendidos." Esto mismo confirma D. Lorenzo Sisa en su declaración del folio 162, manifestando se le había asegurado repetidamente que los documentos estaban en regla no sólo por el propio Iglesias, sino, lo que es más, personalmente por el cónsul mejicano en Barcelona. Séame permitido llamarla atención de V. A. sobre esta importante circunstancia, que acredita más y más que el único autor responsable de haberse facilitado los documentos para hacer el corso a mis patrocinados, es el poder supremo de la República Mejicana, cuyas legítimas firmas y las de sus ministros aparecen al pié de los documentos facilitados a mi defendido D. Lorenzo Sisa y cuyos órganos y representantes eran el D. Juan Nepomuceno de Pereda, su plenipotenciario y el cónsul de Barcelona.» (El Foro Español. Periódico de jurisprudencia y administración, nº 12, Madrid, 30 de abril de 1849, pág. 286; y nº 13, Madrid, 10 de mayo de 1849, pág. 309.)

1853 «Otra felicitación. Los Sres. D. Juan Nepomuceno de Pereda y D. Manuel Díez de Bonilla, se presentaron a felicitar al Exmo. Sr. General Santa-Anna a nombre del Illmo. señor obispo de Michoacán. El primero de dichos señores dirigió la palabra a S. E. en los términos siguientes: "Nombrados en comisión especial por el Illmo. señor obispo de Michoacán para felicitar a V. E. por su regreso a la patria y por su advenimiento al poder, tenemos el alto honor de presentarnos a cumplir nuestro encargo. Representantes de un prelado de nuestra Iglesia, tan ilustre por su elevado carácter como por sus virtudes apostólicas y por su exquisita literatura, nos es doblemente grato ofrecer al supremo magistrado de la nación los sentimientos de respeto, benevolencia y adhesión de nuestro esclarecido comitente. Fieles intérpretes, pues, de su voluntad, aseguramos a V. E. que el venerable prelado de Michoacán dirige sus más fervientes votos al cielo, pidiendo al Señor alargue la vida de V. E. e ilumine sus consejos para bien de esta desventurada nación, por tantos años agitada y de tantos modos combatida por las disensiones civiles y por el enemigo exterior. Identificados nosotros con los mismos sentimientos, hacemos igualmente votos por la felicidad y acierto de V. E., en quien están justamente vinculadas las esperanzas de la patria." El Exmo. Sr. presidente contestó mostrándose sumamente satisfecho de la felicitación.» (La Voz de la Religión, periódico religioso y social, científico, literario y de bellas artes, México, sábado 30 de abril de 1853, tomo IV, nº 18, pág. 605.)

Juan Nepomuceno de Pereda fue nombrado, el 11 de junio de 1853, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México ante Guatemala, presentando sus cartas credenciales el 28 de diciembre de 1853. Se mantuvo en el puesto hasta el 11 de diciembre de 1858, en que se vio obligado a cerrar la legación por los incidentes políticos habidos con el gobierno guatemalteco.

1856 «Muy señor mío. Los Ministros Plenipotenciarios de Méjico y de Costa-Rica en Guatemala, Sres. D. Juan Nepomuceno de Pereda, y D. Nazario Toledo me invitaron para que concurriera a una reunión particular que deseaban tener en mi presencia, con el objeto de tratar acerca de los peligros que amenazan a Centro-América y en general a todos los Estados hispano-americanos, y sobre los medios más conducentes a asegurar su independencia para el porvenir. Atendido el carácter privado de la conferencia no hallé inconveniente en asistir, como lo verifiqué el 25 del pasado Mayo.» (Facundo Goñi, Despacho fechado en Guatemala el 30 de junio de 1856.)

1934 «Testamentaría de Vicente María de Pereda, fallecido. Si Juan Nepomuceno de Pereda, Juan Crisóstomo de Pereda, Antonia de Pereda, D. Indalecio Sánchez de Porrúa, D. Antonio Sánchez de Movellán, Andrea de Pereda o cualquiera de ellos o sus descendientes se sirvieren comunicar con los Sres. Durnford & Son, Procuradores, 9, King's Bench Walk, Temple, Londres, Inglaterra, tendrán noticias que les resulten de ventaja.» (ABC, Madrid 5 de junio de 1934, pág. 55.)

1995 «Juan Nepomuceno de Pereda. Nacido el 20 de mayo de 1802 en Comillas, Montañas de Santander, España. Primo hermano del novelista José María de Pereda. En 1821 residía en la ciudad de México, dedicado al comercio. En 29 de junio de 1826 contrajo matrimonio con María Manuela de Castañiza y Ayerdi, de la familia de los marqueses de Castañiza. Por la ley de expulsión de españoles salió del país en marzo de 1828, radicándose en Burdeos hasta 1832, año en que regresó a la República. Comerciante, corredor de lonja y, a la vez, cónsul de Venezuela en México (junio de 1837-abril de 1842). En 1844 se le expidió despacho de capitán de milicias auxiliares. Durante el Gobierno de López de Santa-Anna, obtuvo contratos para suministrar armamentos, participando después en asuntos políticos. Perseguido y encarcelado por el Gobierno del Presidente Paredes y Arrillaga en mayo de 1846. Al ser reinstalado Santa-Anna en el poder, en agosto de este año, Pereda es nombrado miembro de la Junta de Colonización, y en 20 de octubre el Presidente interino José Mariano Salas le encomendó una misión secreta en las Antillas y en varios países de Europa, con el fin de promover una guerra de corso contra la marina mercante de los Estados Unidos de América. Llegó a La Habana en noviembre de 1846, continuando su viaje por España, Francia, Inglaterra y Bélgica. En este último país residió hasta enero de 1848 en que fue suprimida la legación en Bruselas, de la que Pereda era titular con el carácter de Encargado de Negocios. En la ciudad de Querétaro informó del fracaso de su misión, y desde entonces, hasta el año 1853, volvió a dedicarse a sus negocios particulares. En junio de 1853 el Gobierno de Santa-Anna lo designó enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Guatemala, misión que desempeñó hasta diciembrer de 1858. En junio de 1863 participó activamente en los sucesos que tuvieron lugar a la salida del Presidente Juárez y llegada del ejército francés a la ciudad de México. Miembro de la Junta de Notables que proclamó la instauración del Segundo Imperio Mexicano. La regencia del Imperio lo nombró miembro de la Junta Revisora de Ventas y Enajenaciones de Bienes de Beneficencia, Instrucción y Ayuntamiento, y le confirmó su pensión diplomática. Tomó parte en la redacción del reglamento de ceremonial de la Corte Imperial, y en julio de 1866 se le hizo oficial de la Orden de Guadalupe. En septiembre del mismo año fue nombrado Encargado del Despacho del Ministerio de Negocios Extranjeros con el carácter de Subsecretario interino, puesto que conservó hasta enero de 1867. Miembro de la Junta de Notables que deliberó sobre la abdicación del emperador Maximiliano en la hacienda de la Teja. A la caída del Imperio salió desterrado del país, radicándose en La Habana durante algunos años. Decretada la amnistía, volvió a la República en 1871, retirándose a la vida privada. Murió en la ciudad de México. {Cfr.: Biografía del conde de la Cortina, México 1860; Segunda exposición de los acreedores de los caminos que administró el Consulado de México, dirigida a la Cámara de Diputados, México 1850; Juan Nepomuceno de Pereda y su misión secreta en Europa (1846-1848). Con un estudio preliminar de Jorge Flores D. SRE. México 1964.} » (Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México, sexta edición corregida y aumentada, Editorial Porrúa, México 1995, 3:2682-2683.)

1996 «Otra de las reflexiones que me he hecho a lo largo de la lectura del libro del doctor Figueroa gira en tomo al problema de la nacionalidad de los dos protagonistas más importantes de esta historia, que fueron Juan Nepomuceno de Pereda, encargado de realizar la misión secreta de armar la guerra de corso y Sebastián Blanco, cónsul de México en Barcelona, que tan dispuesto estuvo a llevar el proyecto hasta sus últimas consecuencias. Dicho sea de paso, todos los demás actores, básicamente los ministros de Estado y los secretarios de Relaciones Exteriores tanto mexicanos como españoles, cambiaron tan frecuentemente –ya que los respectivos gobiernos caían y subían con tanta facilidad en ambos países– que es difícil guardar en la mente cuál de ellos estaba a cargo del asunto en tal o cual momento.
Recordemos que respecto a Pereda, Bermúdez de Castro decía que "era español de nacimiento aunque uno de los patriotas más exaltados de México y que había tomado parte, aunque de forma secundaria, en todos los trastornos de la República". Y en cuanto a Blanco, Figueroa Esquer señala que en tanto que español de nacimiento "por más que se hubiese nacionalizado mexicano, consideraba que el gobierno de la tierra que le había visto nacer no debería de permanecer impávido ante la suerte de México". Estos señalamientos nos llevan a preguntarnos ¿qué tan español era Pereda y qué tan mexicano era Blanco?
Si nos ubicamos en el México recién independizado nos daremos cuenta de lo difícil que fue para los peninsulares radicados en él el asumir una nueva nacionalidad. La transición de colonia a país independiente es un proceso largo y difícil y que no se resuelve con la mera declaración de independencia. Cuando el país colonizado ha vivido trescientos años bajo el gobierno de la metrópoli y ha adoptado la lengua y las costumbres de ésta, como fue el caso de México, los individuos atrapados en este proceso se enfrentan a un serio problema de identidad. Éste fue el gran dilema de los españoles en nuestro país, muchos de los cuales tardaron en definir su nacionalidad. Esta confusa situación se vio agravada por la ausencia de una legislación precisa. Recordemos que por los Tratados de Córdoba todos los peninsulares radicados en México se convertían en ciudadanos mexicanos; a pesar de esta afirmación, en 1827 y 1828 se dieron las leyes de expulsión de los españoles, cuyo alto número de excepciones admitido en su aplicación, mostró que la cuestión de la ciudadanía no había quedado clara para los promulgadores ni para los afectados. Esta situación no empezó a regularizarse hasta 1840, fecha en que llegó Ángel Calderón de la Barca, primer plenipotenciario español y la legación española pudo representar los intereses de sus nacionales. Las negociaciones culminaron en agosto de 1842 con la aceptación, por parte del gobierno mexicano, de que quedara a criterio de los propios españoles radicados en México el optar por una u otra nacionalidad, dándoseles un plazo de seis meses para definir su situación. Al mismo tiempo se aclaró que si se decidían por la española, se les aplicarían en todo punto las leyes de extranjería, lo cual les impediría la posesión de bienes raíces en México. Estas condiciones eran tan contrarias a los intereses de los afectados, que el decreto parecía dar razón a los que persistían en la ambigüedad.
Es evidente que éstas fueron las condiciones que vivieron Juan Nepomuceno Pereda y Sebastián Blanco. El primero, nacido en España y conservando aún su nacionalidad de origen, se identificó tanto con el país que había adoptado como propio, que estuvo dispuesto a servirlo en misiones casi imposibles, tal y como nos lo expone en su libro Raúl Figueroa. Mientras que Blanco, español de nacimiento y mexicano por naturalización, acabó sintiéndose tan hijo de México que no pudo comprender cómo España abandonaba en su enfrentamiento con los Estados Unidos a un país que luchaba por sobrevivir y por consolidarse como una nación.» (Antonia Pi-Suñer, en la presentación del libro de Raúl Figueroa, La Guerra de Corso en México durante la invasión norteamericana, 1845-1848, publicado en Estudios: filosofía, historia, letras, ITAM, México, nº 44, primavera 1996.

Obras de Juan Nepomuceno de Pereda

1828 [sin firma] Exposición dirigida a S. M. el Rey don Fernando VII en 5 de diciembre de 1828 por conducto del ministro de la marina don Luis María Salazar, C. Lawalle Sobrino, Burdeos 1829.

1829 Manifiesto de D. Juan Nepomuceno de Pereda vindicándo su conducta política y contestando a la nota de mal español con que se le ha apellidado por su modo de pensar en la cuestión de la América española, C. Lawalle Sobrino, Burdeos 1829, 15 páginas.

1848 Quelques mots sur le Mexique, Société typographique belge, 1848, 13 páginas.

1850 Segunda exposición que los acreedores a los caminos que administró el consulado de México dirigen a la augusta Cámara de Diputados del Congreso General: Pidiendo se deseche la iniciativa numero 12 sobre arreglo de la hacienda publica persentada por el ministerio del ramo, I. Cumplido, 1850, 14 páginas.

1857 Memoria reservada o consideraciones generales sobre la necesidad de reunir un Congreso de representantes de los Estados Hispano-Americanos, Guatemala, 27 de marzo de 1857. (Archivo Histórico Diplomático Mexicano.)

1860 [con José Guadalupe Romero] Biografía del Exmo. Sr. D. José M. Justo Gómez de la Cortina, Conde de la Cortina, escrita por una comisión de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, Imprenta de A. Boix, México 1860, 19 páginas.

1875 Refutación del ciudadano Juan N. de Pereda a la parte en que se le alude en el opúsculo publicado por un centro-americano sobre las cuestiones pendientes entre México y Guatemala, Imprenta del Gobierno, en Palacio, a cargo de J. M. Sandoval, México 1875, 11 páginas.

Sobre Juan Nepomuceno de Pereda

1964 Juan Nepomuceno de Pereda y su misión secreta en Europa (1846-1848), con un estudio preliminar de Jorge Flores D. [Jorge Flores Díaz 1896-1979]. Serie Archivo Histórico Diplomático Mexicano (Segunda serie, número 19). Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General de Prensa y Publicidad, México 1964, 464 páginas.

1987 Raúl Figueroa Esquer, España ante la guerra entre México y los Estados Unidos, 1844-1848, tesis doctoral leída el 3 de julio de 1987, dirigida por Mario Hernández Sánchez-Barba, Universidad Complutense, Madrid 1987, 3 vols.

1996 Raúl Figueroa Esquer, La Guerra de Corso en México durante la invasión norteamericana, 1845-1848, Instituto Tecnológico Autónomo de México, México 1996, 188 páginas.

Sobre Juan Nepomuceno de Pereda en el Proyecto Filosofía en español

1856 Despacho fechado en Guatemala el 30 de junio de 1856 sobre «la invasión cada día creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos», que ya ha tomado «todos los caracteres de una lucha entre las dos razas».

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