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  El Basilisco, 2ª época, nº 15, 1993, páginas 49-81
  
La evolución filosófica e ideológica de la
Asociación Española para el Progreso
de las Ciencias (1908-1979)


Pelayo García Sierra
Oviedo
 

La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (AEPC){1} nació como una institución de carácter científico-general que pretendía impulsar el conjunto de las ciencias positivas. La constitución de la AEPC (1908) fue uno de los resultados{2} de un proceso más amplio (político, filosófico, científico) que convencionalmente podemos hacer partir de la muerte de Fernando VII (1833), cuando ya no cabía dar marcha atrás al proceso de modernización de España y se acentuó la dura pugna por controlar sus designios políticos. La AEPC fue fruto de ideas liberales y progresistas cuyos principios se oponían frontalmente a posiciones más tradicionalistas y conservadoras. Los políticos liberales habían manifestado una gran preocupación por introducir y fomentar los estudios científicos, incorporándolos como partes fundamentales de la instrucción pública.{3} Desde estas posiciones más progresistas, se intentaba fomentar el interés por las cuestiones científicas que hasta entonces habían sido sistemáticamente despreciadas por un tradicionalismo que consideraba a la Teología como el saber por antonomasia.{4} En este sentido, sostenemos que la [50] Asociación Española para el Progreso de las Ciencias fue una institución heredera de estas tendencias progresistas y liberales íntimamente vinculada en su origen a los componentes más avanzados de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, entre cuyos miembros encontramos figuras destacadas tanto de la vida política como científica del momento, y en los cuales habían pregnado las ideas positivistas de Orden, Progreso y Ciencia. Ahora bien, esta vinculación no tuvo lugar a nivel institucional (actu signato), pero podemos detectar la presencia en el seno de la Asociación (actu exercito) de un grupo bien definido compuesto por los miembros más avanzados (ideológicamente) y más destacados (científica y políticamente) de la Real Academia de Ciencias.{5} La creación de la Academia de Ciencias{6} encajaba perfectamente en el marco ideológico del liberalismo positivista, en tanto que, siguiendo los principios filosóficos comtianos, entendían que para desarrollar y fomentar las «ciencias aplicadas» era preciso, ante todo, desarrollar e institucionalizar aquellas ciencias sobre las que (según esta perspectiva) se fundan las aplicaciones, a saber: las ciencias exactas, físicas y naturales.{7}

Reconstruyamos con cierto detalle los pasos que dieron lugar a la constitución de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias y sigamos la evolución filosófica de quienes la impulsaron hasta su desaparición en 1979; advirtiendo que en el presente trabajo introducimos la distinción de cuatro etapas por las que, a nuestro juicio, fue desarrollándose la AEPC en función de las tendencias filosófico-ideológicas que la acompañaron en el curso de su dilatada historia.

 

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Primera Etapa de la AEPC (1908-1927)

Constitución

Los pasos que dieron lugar a la constitución de la AEPC fueron relativamente simples y rápidos lo que, sin embargo, no impidió su buena acogida y éxito.{8} La idea, largamente acariciada por sus promotores, cristalizó en muy poco tiempo, mostrando la oportunidad y coherencia que con las necesidades del momento significaba su constitución. De hecho, en el primer Congreso (celebrado en la ciudad de Zaragoza del 22 al 29 de octubre de 1908) destaca el carácter general previsto para tal reunión, carácter que desbordaba por completo (de ahí su originalidad y éxito) las anteriores Asambleas científicas que habían tenido lugar en España. En efecto, estas Asambleas habrían [51] congregado a ingenieros, abogados, naturalistas, &c. por separado; sin embargo, los Congresos de la AEPC se diseñaban para reunir por vez primera, en única convocatoria, abogados, filósofos, matemáticos, naturalistas, militares, médicos, ingenieros, físicos, &c. La concurrencia de las personalidades más destacadas (pero también de jóvenes entonces desconocidos) de todas las disciplinas científicas hizo despertar un gran interés en toda España por esta iniciativa.

El carácter más amplio y general de la nueva institución se debió a Segismundo Moret y Prendergast (el que fuera primer Presidente de la AEPC) quien, enterado por Luis Simarro (entonces Presidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural, cuya labor para la constitución de la Asociación será decisiva, y destacado por su vinculación a los sectores políticamente más radicales y progresistas) de la celebración de un Congreso Nacional de Historia Natural, a petición, ante la Junta directiva de Madrid de aquella Sociedad, de la Sección establecida en Zaragoza, para conmemorar el Centenario de los Sitios de la ciudad, concibió la idea de otorgar un carácter más amplio a la Asamblea, surgiendo, de este modo, la oportunidad esperada para fundar una Asociación Española para el Progreso de las Ciencias cuyos precedentes se encontraban en las Asociaciones similares existentes en Inglaterra, Suiza, Francia, Alemania, EE.UU., &c.

El 2 de enero de 1908, fue convocada una reunión, celebrada en el Ateneo Científico, Artístico y Literario de Madrid, bajo la presidencia de Segismundo Moret (que presidía precisamente el Ateneo desde 1895), en la que participaron varios representantes de distintas instituciones (Academias, Centros docentes, Sociedades científicas, Laboratorios, Prensa política y noticiaria) y en la que se declaró formalmente constituida la AEPC siendo designada por Moret una Comisión –compuesta por dos militares: Víctor María Concas (ex Ministro de Marina) y Leopoldo Cano (General de Estado Mayor); y por dos profesores: los Catedráticos Luis Simarro y José Rodríguez Carracido– que debía redactar los Estatutos rectores de la naciente Asociación. Esta Comisión redactó los Estatutos en poco más de un mes, de suerte que el 23 de Febrero se celebró, también en el Ateneo, otra reunión en la que fueron provisionalmente aprobados los Estatutos de la Asociación,{9} y se tomó el acuerdo de celebrar el primer Congreso en la ciudad de Zaragoza, ajustándose a la fecha en que se conmemoraba el Centenario de los Sitios. En esa misma reunión se constituyó el Comité ejecutivo de la Asociación y, días más tarde, se designaron las Secciones para organizar el primer Congreso –entre los Presidentes, Vicepresidentes y Secretarios de las distintas Secciones destacaron por la intensa actividad llevada a cabo para constituir la AEPC los siguientes: José Muñoz del Castillo, José Rodríguez Mourelo y Blas Cabrera de la Sección de Ciencias Físico-químicas; Manuel Benítez (General del Estado Mayor), José Echegaray y Cecilio Jiménez Rueda, de la Sección de Ciencias Matemáticas; Manuel Antón, Blas Lázaro y José Gogorza, de la Sección de Ciencias Naturales; Gumersindo Azcárate, como Presidente de la Sección de Ciencias Sociales; Julián Calleja, de la Sección de Ciencias Médicas; y Leonardo Torres de Quevedo, Enrique Losada, Juan Flores, Lorenzo de la Tejera y Juan Castro Valero, de la Sección de Aplicaciones. Entre los vocales del Comité ejecutivo destacaron: José Rodríguez Carracido, Ignacio Bolívar, Carlos María Cortezo, Gabriel Maura Gamazo, Ricardo Codorníu, Luis Marichalar (Vizconde de Eza), Angel Pulido y Luis Simarro–.{10} Poco después, se constituyó el Comité local de Zaragoza bajo la dirección de Paulino Savirón. Además, se constituyeron otros Comités regionales: en primer lugar el de Barcelona con Luis Mariano Vidal (Inspector del Cuerpo de Ingenieros de Minas) a la cabeza; luego, el de Salamanca que presidiría Miguel de Unamuno gracias a la mediación de José Gogorza quien, por entonces, se encontraba en Salamanca (más tarde se constituyeron cinco comités locales: Zaragoza, Barcelona, Salamanca, Valencia y Granada). La organización de estos Comités regionales fue posible gracias a la intensa actividad de propaganda llevada a cabo por Luis Simarro quien, celebrado ya el primer Congreso, siguió trabajando para la constitución de otras Juntas regionales (las de Valencia, Granada, Oviedo, &c.). Destacado fue, asimismo, el papel desempeñado por las autoridades militares en la formación de la Asociación: la Asociación adquirió rápidamente el carácter de una tarea nacional y patriótica cuyo éxito en participación y difusión permitía abrigar la esperanza del resurgir español, tras los desoladores acontecimientos de 1898, en el panorama cultural y científico mundial. [52]

Ya hemos dicho que la AEPC tenía como precedente las Asociaciones similares que existían en otros países. En este sentido, la constitución de la AEPC en España se hacía con un considerable retraso respecto de aquéllas. En efecto, la Asociación británica existía ya desde 1830, la alemana desde 1850 (si bien, limitada a la medicina y a las ciencias naturales), la francesa desde 1864 y la italiana desde 1890. Así lo pone de manifiesto en su «Discurso Inaugural del I Congreso» el Presidente de la Asociación, Segismundo Moret, quien, como allí mismo asegura, ya había concebido la necesidad, junto a Antonio Ríos Rosas (destacado por sus estudios en las llamadas Ciencias Morales y Políticas), de formar una Asociación Española para el Progreso de las Ciencias «antes de la Revolución», proyecto que, sin embargo, se había visto truncado por la inestabilidad política y civil del momento. La constitución de la Asociación se concebía ahora como un proyecto necesario, dada la brillantez de los resultados obtenidos por sus homónimas, sobre todo la inglesa y la alemana, pero también la francesa y la norteamericana.

El principal objetivo que se perseguía con la creación de la AEPC era el de aunar y combinar «los esfuerzos intelectuales de los hombres que en España se dedican a la investigación científica, y que parecen escasos en número, porque se hallan diseminados y aislados, pero que resaltarán en todo su valer e importancia en el momento en que nos demos cuenta de la cantidad y de la calidad del poder intelectual que representan», nos dice Segismundo Moret en su «Discurso» de apertura del primer Congreso. El objetivo es, por tanto, poder reunir los resultados de las investigaciones que, aisladamente («robinsonianamente», «monolíticamente» dirá Ortega{11}) se producen en España, de suerte que puedan darse a conocer y puedan ser incorporados en un marco más amplio que permita apreciar, en su justa medida, el valor (tanto cuantitativo como cualitativo), de las investigaciones que los grupos, diversos y dispersos, realizan, en la medida en que la dispersión no permite ver ni calibrar la importancia e interés de los esfuerzos que, sin duda, se llevan a cabo en la investigación española.

* * *

Los objetivos están bien marcados: reunir a todos aquellos individuos o grupos de investigación de habla hispana;{12} servir de vehículo de comunicación y difusión de los resultados obtenidos por esos individuos o grupos; y combinar los esfuerzos y resultados obtenidos por los investigadores y ponerlos en contacto y relación con las investigaciones extranjeras. Estos objetivos conllevan la intención de una sistematización del saber científico, así como una frontal oposición a todo aquello que pueda servir de traba «al progreso de la ciencia». [53]

Ahora bien, la importancia e interés de la Asociación no sólo se limita a los logros «internos» que, como tal, pueda alcanzar. Su importancia e interés sólo se entienden en la medida en que se constituye como expresión de una actividad de más alto rango que la envuelve y, sólo por ella, cobra sentido: la «ciencia misma».

De ahí que la Asociación asuma, como uno de sus fines principales, la tarea de transmitir a la sociedad civil la gran importancia que tiene para una nación el cultivo de la ciencia. Por ello, la constitución de la AEPC está envuelta, a su vez, por categorías nacionales y patrióticas que, sin embargo, se subsumen en una idea de rango superior, a saber: la unidad de las naciones (de la humanidad) a través de la «Ciencia», en tanto que se constituye el único elemento capaz de conducir al progreso de la humanidad: «Para hacer conocer esa Ciencia, para popularizar sus descubrimientos, para animar a los que la cultivan, para poner en contacto al país con esos genios de lo porvenir, se constituye esta Asociación, se suman estos esfuerzos y se inaugura el escenario en que todos los años habrá de escuchar, quien por su patria se interese, el adelanto constante y el enlace continuo del pensamiento humano en sus relaciones con la Ciencia suprema y, de otra, con las necesidades de la existencia.»{13}

Ahora bien, el hecho de que empresa tan importante, por el esfuerzo que exige y por las connotaciones a que conduce, se justifique en virtud de «la Ciencia», exige que nos detengamos a analizar qué se entiende por tal. O dicho de otro modo: exige una delimitación de aquellas disciplinas que puedan formar parte de eso que se llama «Ciencia» y que, por tanto, puedan formar parte de los temas susceptibles de ser tratados en el seno de la Asociación.

El significado que los fundadores de la Asociación atribuyen al término Ciencia es el de «el estudio de la Naturaleza y de sus procedimientos, bien por medios experimentales, bien por la observación.»{14} Esta definición de «Ciencia» tiene por referencia una distinción clásica: la contraposición entre Ciencias Naturales y Ciencias del Espíritu (dualismo Naturaleza/Cultura). De este modo, las Ciencias del Espíritu quedan fuera del ámbito del estudio científico; éstas últimas irán ligadas a la imaginación, a la creación, mientras que las Ciencias de la Naturaleza se vincularán a la experimentación, la observación, relaciones causa-efecto, deducción de hechos, &c. Ahora bien, éstos dos grupos distintos de Ciencias, serán entendidos como dos facetas distintas, pero inseparables, en virtud de una unidad superior: la unidad del pensamiento y la unidad de la verdad (se supone que la verdad es única). Sin embargo, entre estas dos formas de saber existe una diferencia más importante aún: de las llamadas Ciencias de la Naturaleza se derivan unas consecuencias prácticas cuyo valor es mucho más importante para el hombre, en tanto que las aplicaciones que resultan de los conocimientos científicos (de los que se presume su neutralidad en la medida en que están «libres de todo prejuicio» porque su fundamento es la expresión de lo observado y experimentado objetivamente en la Naturaleza) conducen al desarrollo y mejoramiento del bienestar de la «humanidad». La «Ciencia», en la medida en que impregna todas las capas de la vida humana, en la medida en que constituye la única forma de saber capaz de conducir al progreso humano, deberá incorporarse a la educación, al aprendizaje de los jóvenes, sirviéndoles de guía para su conducta.

En cualquier caso la constitución de la Asociación estuvo presidida por su carácter nacional y patriótico. Así se pone de manifiesto en los discursos leídos en la Sesión de Clausura del Congreso (a la que asistieron los reyes Alfonso XIII y María Victoria).{15} Ante todo en la alocución de José Marvá y Mayer (General de Ingenieros) quien, teniendo presente la vieja polémica sobre la ciencia española, alude constantemente a la recuperación, a través de la Asociación, del esplendor perdido con que, la ciencia española, había brillado en siglos pasados, sin perjuicio de que esa labor patriótica, en su desarrollo, pase por la incorporación y estrecho contacto con los demás países en los que se cultive la ciencia. Este carácter nacional y patriótico al que venimos haciendo referencia, se pone claramente de manifiesto en el último párrafo del discurso de José Marvá: «El Comité ejecutivo pone en mis labios sus anhelos de que esta naciente Asociación tenga vida próspera, para que pueda contribuir a que nuestra querida España brille con los esplendores de la Ciencia, cuyas divinas irradiaciones elevan el pensamiento a Dios, dan al hombre el primer rango de la creación, mueven la Humanidad hacia más altos destinos, conducen, en fin, los ejércitos a la victoria, los Estados a la cima del poderío y los pueblos al ideal de felicidad.»{16}

Ese carácter patriótico y vindicativo también aparece en boca de José Echegaray (Presidente de la Sección de Matemáticas y encargado de resumir los trabajos presentados en dicha Sección en el Congreso de Zaragoza) quien elogia el «Discurso» leído por Segismundo Moret, aun cuando reconoce que, en cuanto a las matemáticas se refiere, en España «desde los árabes acá su pensamiento no ha marchado por los cauces de las Matemáticas puras», aunque, sin duda «España los dará [matemáticos], y este Congreso es más que una esperanza»;{17} y en boca de Santiago Ramón y Cajal (Presidente de la Sección de Ciencias Naturales) en cuya exposición de los trabajos presentados en las Secciones de Ciencias Naturales y Médicas, refiriéndose a la gloria pasada y a la posterior decadencia, dice: «Grande fue España en otros siglos por el caballeresco espíritu de aventuras y descubrimientos geográficos. [54] Mas los tiempos han cambiado. Ya no quedan Indias por descubrir. No desmayemos, sin embargo. Otras Indias más grandes, ricas y prestigiosas nos esperan... Todos podemos ser Colones de esta nueva España, con tal que aliente en nosotros, con la robusta voluntad de nuestros abuelos, intensa cultura, paciencia inquebrantable, patriotismo acendrado y sin desmayos. Aun a los más humildes nos será dado enriquecer la herencia de glorias de la raza hispana, si no con vasto continente, con modesto islote, donde, andando el tiempo, cuando la nueva verdad, la abstracta invención científica se encarne en aplicación industria, tendrá su nido una familia humana, acaso muchedumbre de conciudadanos, que habrán nacido al mágico conjuro de la Ciencia, como el Cosmos al excelso fiat del Creador. Y estas tierras y estas vidas, por la ciencia ofrendadas cual homenaje de amor en el altar augusto de la Patria, jamás nos serán arrebatadas, porque estarán eternamente grabadas en las páginas de la civilización y quedarán defendidas por la gratitud de la humanidad.»{18}

La idea dominante, por tanto, fue la de una continua referencia a la decadencia nacional que debe superarse a toda costa; y la magnitud del Congreso hacía posible abrigar la esperanza de que la histórica decadencia pudiera ser superada por fin, no ya sólo en el terreno de las «Ciencias puras», sino también en el de las aplicaciones. La unidad de esfuerzos es considerada la única fórmula mediante la cual pueda España recuperar glorias pasadas: «A esto hemos venido; nos hallábamos diseminados y ahora nos vemos juntos para no separarnos más», dice Enrique Losada y del Corral.{19} Unidad de esfuerzos que debe sobrepasar el ámbito general de este primer Congreso, para penetrar en los casos particulares, es decir, en las diferentes Secciones; de ahí que Manuel Benítez Parodi proponga, en el Discurso inaugural del la Sección 1ª (Ciencias Matemáticas), estrechar los lazos de unión creando una «Asociación de matemáticos españoles», cuyo modelo sea la «Societé mathématique de France.»{20}

La actividad fundamental de la Asociación giró en torno a la celebración de los Congresos, cuya periodicidad, en un principio, había sido concebida como anual. Sin embargo, pronto (a partir del IV Congreso, celebrado en Madrid en 1913) se adoptó la fórmula bienal. Se celebraron un total de 33 Congresos, y a partir de 1921 se estrecharon los contactos con la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias (APPC), que celebró su primer Congreso, junto a la Española, en Oporto. He aquí la relación de los Congresos celebrados por ambas Asociaciones:

Congresos celebrados por las
Asociaciones Española y Portuguesa para el Progreso de las Ciencias

Congreso
Localidad
Portugueses
Fechas
I
1908
Zaragoza
 
22-29 octubre
II
1910
Valencia
 
16-20 mayo
III
1911
Granada
 
20-25 junio
IV
1913
Madrid
 
15-20 junio
V
1915
Valladolid
 
17-22 octubre
VI
1917
Sevilla
 
6-11 mayo
VII
1919
Bilbao
 
7-12 septiembre
VIII
1921
Oporto
I
26 junio - 1 julio
IX
1923
Salamanca
 
24-29 junio
X
1925
Coimbra
II
14-19 junio
XI
1927
Cádiz
 
1-7 mayo
XII
1929
Barcelona
 
20-27 mayo
XIII
1932
Lisboa
III
15-21 mayo
XIV
1934
Santiago de Compostela
 
1-8 agosto
XV
1938
Santander
 
15-19 agosto
XVI
1940
Zaragoza
 
15-21 diciembre
XVII
1942
Oporto
IV
18-24 junio
XVIII
1944
Córdoba
 
3-10 octubre
XIX
1947
San Sebastián
 
7-13 abril
XX
1950
Lisboa
V
23-29 octubre
XXI
1951
Málaga
 
9-15 diciembre
XXII
1953
Oviedo
 
27 sep - 4 oct
XXIII
1956
Coimbra
VI
1-5 junio
XXIV
1958
Madrid
 
14-20 mayo
XXV
1960
Sevilla
 
23-26 mayo
XXVI
1962
Oporto
VII
22-26 junio
XXVII
1964
Bilbao
 
20-24 julio
XXVIII
1966
Tarragona
 
24-29 octubre
XXIX
1970
Lisboa
VIII
31 mar-4 abril
XXX
1972
Murcia
 
6-11 noviembre
XXXI
1974
Cádiz
 
1-5 abril
XXXII
1977
León
 
28 mar-1 abril
XXXIII
1979
Badajoz
 
17-21 diciembre
[55]

Principios filosófico-ideológicos

La Asociación fue dividida en distintas Secciones, y, por el artículo 24 (capítulo III: «Organización de los Congresos») de los Estatutos de la Asociación esta división afectaba, asimismo, a la organización de los Congresos. Las Secciones en que fue dividida la AEPC fueron finalmente ocho:{21}

  1. De Ciencias Matemáticas. Comprendiendo: la Mecánica, la Topografía, &c.
  2. De Ciencias Astronómicas y Física del Globo. Comprendida por la Astronomía, la Geodesia, la Meteorología, la Geofísica, &c.
  3. De Ciencias Físico-químicas. En que se incluyen la Física y la Química.
  4. De Ciencias Naturales. Compuesta además por la Antropología descriptiva, Anatomía comparada, Embriología, Fisiología, Psicología experimental, &c.
  5. De Ciencias Sociales. Que incluye el Derecho, la Economía Política, la Sociología, la Pedagogía, &c.
  6. De Ciencias Filosóficas, Históricas y Filológicas. Comprendiendo la Psicología, Metafísica, Estética, Lógica, Etica, Filosofía de la Historia, Filología, &c.
  7. De Ciencias Médicas. Medicina, Farmacia, Veterinaria y Odontología.
  8. De Aplicaciones. Incluyendo la Ingeniería, Agricultura, Ciencias Militares, Navegación, Zootecnia, &c.

* * *

Ahora bien, ésta no fue la distribución inicialmente prevista. En el Reglamento del Congreso de Zaragoza el número de Secciones es de siete: la Sección 2ª, «De Ciencias Astronómicas y Física del Globo», no figuraba en la relación inicial, sino que formaba parte de la Sección 1ª. La propuesta de creación de la nueva Sección partió del padre Ricardo Cirera,{22} siendo, posteriormente, aceptada por unanimidad en la Sesión plenaria del Congreso.{23} Ricardo Cirera pronunció, además, uno de los discursos de clausura del Congreso de Zaragoza, en el que, una vez más, se apela al resurgimiento de la Patria como factor determinante para justificar la creación de la nueva Sección: «el español testigo de estas exhibiciones internacionales del progreso científico, tendrá que haber sido presa de sentimientos diversos, pero al fin le habrá dominado, puedo salir garante de ello, un espíritu de aliento patriótico y de optimismo científico, que le habrá hecho creer, no sólo en la posibilidad, sino en la próxima realización del resurgimiento científico de nuestra amada Patria.»{24} El papel representado por los científicos españoles en estas «exhibiciones internacionales» mostraría el alto nivel alcanzado en España en esta materia lo que justificaba suficientemente la creación de la nueva sección.

Es preciso señalar, además, que, en la distribución definitiva de las Secciones, se incorporaron a la Sección 6ª, «Ciencias filosóficas», otras dos disciplinas: las ciencias históricas y filológicas, a pesar de que, según se desprende del Discurso inaugural del Congreso de Zaragoza estas ciencias: Literatura, Historia y Filología, no podían formar parte del ámbito «estrictamente» científico al que pretendía ajustarse la Asociación, y ello porque éstas disciplinas pertenecen al reino de la conjetura, de la imaginación, mientras que las Ciencias de la naturaleza, cuyo estudio recae sobre la «Naturaleza y sus procedimientos», están fundadas en la observación, experimentación y en el establecimiento de relaciones entre causas y efectos, y (por ello) están presididas (frente a la Historia, la Literatura y la Filología) por una razón libre de prejuicios. Pero, sobre todo, conllevan una serie de aplicaciones prácticas (aplicaciones) que conducen al progreso de la humanidad.{25}

* * *

La que aquí venimos considerando primera etapa de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (1908-1927), coincide, aproximadamente, con la que Elena Ronzón llama «etapa dorada» de la Asociación.{26} Durante esta etapa, fueron sucediéndose en la presidencia Segismundo Moret (1908-1913), José Echegaray (1913-1916), [56] Eduardo Dato (1916-1921) y José Rodríguez Carracido (1921-1928). En ella destaca el carácter gnoseológico que presidió los discursos de apertura y clausura de los Congresos y de las diferentes Secciones. Gnoseológico en el sentido de que se planteó y desarrolló una determinada concepción de la ciencia, que dio lugar a la división en Secciones y al espíritu general en torno al cual se agruparon una serie de científicos. Espíritu general que surgió del seno de la Academia de Ciencias (Echegaray, principalmente, Ramón y Cajal, Enrique Losada y del Corral, Julián Calleja, Manuel Benítez Parodi, Francisco de Paula Arrillaga, &c.), pero que, sin embargo, se iría perdiendo paulatinamente a medida que sectores más conservadores –provenientes como veremos de la Academia de Ciencias Morales y Políticas (Luis Marichalar, Eduardo Sanz Escartín, Juan Zaragüeta, José Gascón Marín, &c.)– se fueron haciendo con el control de la Asociación.

Consideramos, pues, que la primera etapa de la AEPC se caracterizó por el dominio y control ejercido por los componentes más avanzados de la Real Academia de Ciencias, mientras que en una segunda etapa (1927-1940) el control de la Asociación pasaría a manos menos científicas, y también más reaccionarias, vinculadas con la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Los fundamentos filosóficos que prevalecían entre aquellos miembros más destacados de la Academia de Ciencias, y que, además, marcarían decididamente los primeros años de vida de la Asociación, en cuanto a la idea de ciencia se refiere, parten, esta es nuestra tesis, en su mayor parte, de las ideas positivistas puestas en circulación por Saint-Simon y Comte. Estas ideas habían encontrado una buena acogida entre los miembros de la Academia de Ciencias, y se ponen de manifiesto inmediatamente al observar que en la AEPC se adoptó, prácticamente en su forma original, la clasificación de las ciencias propuesta por Comte en su Curso de filosofía positiva.{27}

Ante todo, en los Estatutos de la Asociación detectamos ideas claramente comtianas cuando se preconiza la necesidad de concienciar a la sociedad sobre el gran interés que conlleva favorecer el desarrollo científico. Para ello es preciso difundir la ciencia entre las clases populares, sobre todo a través de la educación, pero también a través de instituciones como la Asociación. La vulgarización de la ciencia entre las clases populares constituye pues, como lo fue para Comte,{28} uno de los principales objetivos que la Asociación se planteó,{29} de manera que la nueva educación científica conduzca hacia una nueva moral social. La alianza sugerida por Comte entre el nuevo «espíritu positivo» y el proletariado, fue ampliamente proclamada durante la primera etapa de la Asociación,{30} por cuanto se consideraba que el desarrollo científico conduce inmediatamente a la dignificación de la vida de las clases más desfavorecidas.{31} El discurso pronunciado por Segismundo Moret en la sesión inaugural del primer Congreso celebrado por la Asociación, constituyó precisamente una apología de la educación científica:

«Pero esto, que se refiere a los dos objetos primeramente enumerados en el comienzo de este discurso, implica esa otra consecuencia a que antes he aludido, y que será a vuestros ojos, como lo es a los míos, la de mayor importancia y transcendencia: la necesidad de la educación científica. Esta es de tal valía que toda nación que quiera entrar en la lucha que hoy agita el mundo, debe prepararse por medio de la educación, que debe ser gradual y coordinada, pero encaminada siempre al [57] mismo fin; en primer término, procurando que los primeros años de la escuela den por resultado una educación científica tan completa como sea posible de los conocimientos universales y, después, en los años siguientes, transformando todos estos primeros elementos en un conocimiento profundo de la Ciencia misma, sobre los fundamentos de la 'observación y de la investigación'.»{32}

A lo largo de la primera etapa encontramos asimismo un elemento característicamente positivista muy relacionado con el anterior: la continua apelación a la Ciencia como auténtica fórmula redentora de la Humanidad. Desde esta perspectiva se considera que el desarrollo de la ciencia en el seno de un país, redunda no sólo en su propio beneficio, sino en el de los restantes. Es preciso, dice Julián Calleja, generar una «Medicina Patria» para poder contribuir al «Progreso Mundial»;{33} pero la expresión más clara de lo que decimos la encontramos nuevamente en el discurso de Moret:

«Yo pertenezco al grupo de los que luchan, de los que se esfuerzan por dar a los demás las condiciones en que puedan desarrollar su inteligencia, su genialidad, sus facultades todas, y para eso y como el más principal auxilio de ese progreso humano está la educación; no la educación vulgar de los principios elementales de todo saber, sino de la Ciencia aplicada a las relaciones de la vida; de la Ciencia como formación del espíritu y como guía de la conducta, como producto de la inteligencia humana y como aplicación de sus maravillosos secretos al bienestar, al progreso, al rescate de la humanidad sobre la tierra en que vive.»{34}

Podemos afirmar por tanto que en el seno de la Asociación encontramos perfectamente definidas las principales ideas en torno a las que se entreteje el positivismo: Ciencia, Orden y Progreso. La ciencia contribuye a establecer un orden social en la medida en que la sociedad en su conjunto resulta favorecida por los productos que se derivan del cultivo de las ciencias positivas, poniéndola a salvo de cualquier eventualidad disolvente.

Ahora bien, la influencia positivista no sólo se detecta a través de la presencia general de algunas ideas comtianas, sino también, a nivel particular, a través de los fundamentos filosóficos que determinaron la organización de la Asociación en las Secciones correspondientes. Comte consideró, apoyándose en unos principios filosóficos muy determinados,{35} que las ciencias fundamentales, es decir, las ciencias puras son: la matemática, la astronomía, la física, la química, la biología y la sociología. Estas ciencias serán fundamentales en la medida en que de ellas se derivan otras, que ya no serán ciencias, en sentido estricto, sino que serán sus aplicaciones. Comte estableció su sistematización de las ciencias siguiendo un orden riguroso que disponía la sucesión de las ciencias positivas según el grado de generalidad, simplicidad, concreción y complejidad de los fenómenos. De suerte que, aquellas ciencias que ocupan el primer lugar en la escala responden a un menor grado de concreción y, por tanto, a un mayor grado de generalidad y simplicidad de los fenómenos que estudian. A la sistematización de las ciencias fundamentales (las ciencias puras) dispuestas según ese criterio, seguiría otra sistematización que recogiese las aplicaciones (ciencias aplicadas), cuyos fundamentos se encuentran en las ciencias fundamentales:{36} «Así la Ciencia pura en el cielo del pensamiento, así la Ciencia de aplicación en el trabajo humano», dirá, siguiendo estos principios, José Echegaray en su discurso durante la sesión de clausura del primer Congreso.{37} No obstante, Comte admitió que ambas (las ciencias puras y las ciencias aplicadas) dependen unas de otras, y que aquéllas sólo pueden desarrollarse en virtud de sus aplicaciones: «Cette tendance spontanée à constituer directement une entière harmonie entre la vie spéculative et la vie active doit être finalement regardée comme le plus heureux privilège de l'esprit positif, dont aucune autre propriété ne peut aussi bien manifester le vrai caractére et faciliter l'ascendant réel. Notre ardeur spéculative se trouve ainsi entretenue, et même dirigée, par une puissante stimulation continue, sans laquelle l'inertie naturelle de notre intelligence la disposerait souvent à satisfaire ses faibles besoins théoriques par des explications faciles, mais insuffisantes, tandis que la pensée de l'action finale rappelle toujours la condition d'une précision convenable. En même temps, cette grande destination pratique complète et circonscrit, en chaque cas, la prescription fondamentale relative à la découverte des lois naturelles, en tendant à déterminer, d'après les exigences de l'application, le degré de précision et d'étendue de notre prévoyance rationnelle, dont la juste mesure ne pourrait, en général, être autrement fixée.»{38}

Los organizadores de la Asociación, siguiendo estos principios, dividieron (como hemos dicho) la Asociación [58] en torno a ocho secciones: ciencias matemáticas; astronomía y física del globo; ciencias físico-químicas; ciencias naturales; sociología; ciencias filosóficas, históricas y filológicas; medicina; y aplicaciones. Como puede advertirse, las cinco primeras se corresponden con las ciencias fundamentales de Comte. La única diferencia importante la encontramos en la inclusión de las disciplinas que constituyen la Sección 6ª (filosofía, historia y filología); porque tanto la medicina (en tanto que ciencia aplicada de la biología) como las aplicaciones (aplicaciones de la matemática, física, química, &c.) se adecúan perfectamente a la concepción comtiana de la ciencia, en la medida en que, en tanto que aplicaciones, ocuparán el lugar más bajo de la serie jerárquica.{39}

El carácter gnoseológico que preside, a nuestro juicio, esta primera etapa, se pone claramente de manifiesto (junto a la idea positivista de la ciencia) en los discursos de apertura de los Congresos, así como en los discursos de inauguración de las Secciones, la mayoría de los cuales, durante esta primera etapa, fueron pronunciados, precisamente, por los miembros de la Real Academia de Ciencias. En estos discursos puede apreciarse la ideología reinante en el seno de la Asociación; ideología marcada, en lo político, por el liberalismo, y en lo gnoseológico, por el positivismo, tal como pretendemos mostrar a continuación.

La mayor parte de los discursos presentados a los Congresos que tuvieron lugar durante la primera etapa de vida a que venimos haciendo referencia, giran en torno a tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, van encaminados a determinar las relaciones entre las ciencias puras (las ciencias fundamentales de Comte) y sus aplicaciones; en segundo lugar, se apela constantemente a la necesidad de favorecer y fomentar el estudio de las aplicaciones, como elemento indispensable para que se produzca el progreso de la nación; en tercer lugar, a favorecer el estudio de la ciencia en los planes de enseñanza (todo ello encaminado a superar la decadencia en la que España estaba inmersa desde hacía varios siglos).

La primera caracterización general de la ciencia la encontramos en el discurso pronunciado por el Presidente de la Asociación, Segismundo Moret, en el que rechaza (como lo hizo Comte), explícitamente, la definición tradicional de ciencia, según la cual la ciencia es aquella forma de conocimiento que permite conocer los principios y las causas de las cosas.{40} Las disciplinas científicas serán teóricas, y de ellas se derivan unas consecuencias que las sitúa en un nivel más alto que aquéllas: sus aplicaciones. Las aplicaciones derivadas del cultivo de la ciencia pura determinan el progreso de una nación. Por ello, será fundamental, desde esta perspectiva, concienciar a todas las capas de la sociedad acerca de la necesidad de favorecer el cultivo de la ciencia. La ciencia, dirá Moret en la introducción al folleto publicado con motivo del II Congreso (que, por otra parte, recuerda las Cartas de Saint-Simon{41} en las que intenta convencer a las tres clases sociales sobre la necesidad de favorecer el cultivo de la ciencias positivas), es poder:

«Asegurado ya, por lo tanto, el éxito de los futuros Congresos...conviene ahora extender el movimiento felizmente iniciado y hacerlo penetrar profundamente en la masa de la nación. Con este objeto requerimos el concurso de los que, dándose cuenta de la función social de la ciencia, se interesan por la cultura de la patria. No acudimos tan sólo a los miembros del cuerpo docente, en todos sus grados, y a las clases profesionales que...tienen por fundamento una educación científica, sino que apelamos también al interés de los productores, que utilizan las aplicaciones técnicas de las Ciencias en la agricultura, y en la industria, en el comercio y la navegación, y sobre todo recurrimos al amor patrio de todos los que anhelan para nuestro país una vida culta, que les coloque a la par de los pueblos más civilizados.»{42} [59]

La perspectiva liberal entenderá, siguiendo los preceptos positivistas, que la ciencia es la redentora de la humanidad; la fe en Dios se sustituye (aunque no se niegue) por la fe en la ciencia:

«Son los Congresos –dice Carracido– de nuestra Asociación remedos de un pentecostés en que el redentor espíritu científico ilumina los entendimientos y fortalece las voluntades para no cejar en la catequesis de la salvadora obra que ha de manumitir nuestra raza de la triste condición de servil copista, infundiéndole el noble anhelo de originalidad. Ya tienen las Ciencias su fiesta solemne en España, celebrándola, no con el vanidoso propósito de la exhibición de los que en ella toman parte, sino con el más transcendental de ejercer un influjo educador sobre todas las clases sociales, interesándolas en el fomento de los estudios que dignifican y mejoran la vida humana.»{43}

En la misma línea que Moret (aunque con una construcción filosófica más elaborada) se encuentran sendos discursos pronunciados por José Echegaray Eizaguirre. El primero fue presentado al Congreso de Zaragoza, como resumen de los trabajos de la Sección de «Ciencias Matemáticas» (resumen al que, por otra parte, renuncia para centrar su discurso en la caracterización de las ciencias puras y las aplicadas, estableciendo las relaciones que las unen); el segundo sirvió de apertura al Congreso de Valencia (segundo de los celebrados por la Asociación), y constituye, en realidad, una prolongación del primero.{44}

Echegaray (siguiendo los principios comtianos), en el primero de tales discursos, distingue entre las matemáticas puras y las matemáticas concretas. Aquéllas son eminentemente abstractas, y son creaciones ideales; y lo son en la medida en que no se encuentran en la naturaleza. Es decir, ni los números, ni las letras del Algebra, ni las fórmulas algebraicas, se encuentran tal cual en la naturaleza. Ahora bien, el carácter ideal de las matemáticas, no conduce a una ruptura total con respecto a la realidad, antes al contrario, en la matemática, en tanto que ciencia de la cantidad, se expresan las relaciones y leyes por medio de las cuales se rigen los fenómenos de la naturaleza. Las matemáticas son los símbolos por medio de los cuales se expresan las leyes naturales: «...los fenómenos del mundo material contienen todos ellos algo así como un factor, una categoría, que es la de la cantidad; y pues las Matemáticas entre otras cosas, estudian las leyes de la cantidad, natural es que las Matemáticas se apliquen aun siendo conceptos más abstractos, a los fenómenos naturales, es decir, a la realidad.»{45}

A continuación y generalizando lo dicho sobre las matemáticas, Echegaray establece las características fundamentales de la ciencia: distingue entre la ciencia pura y sus aplicaciones. La característica fundamental de la ciencia pura, radica en que el científico busca, mediante su estudio, la verdad por la verdad, la verdad sin ningún fin utilitario, y la define como «el estudio de los hechos naturales y de sus leyes y de sus relaciones, sin ningún fin utilitario» (definición a la que Comte apeló cuando, refiriéndose a las relaciones entre las ciencias puras y aplicadas, hizo hincapié en que las ciencias teóricas poseen un valor más alto que el de servir de fundamento a las aplicaciones, a saber: el de satisfacer nuestro deseo por conocer las leyes que rigen los fenómenos).{46} Sin embargo, en un segundo paso, se derivarán una serie de resultados prácticos que redundarán en el bienestar social, y, sobre todo, en el bienestar del obrero, de modo que, dirá Echegaray, «la ciencia pura habrá sido el verdadero redentor del obrero.»

La influencia comtiana es evidente, y se nos hace aún más patente cuando Echegaray (al que vamos a considerar el auténtico artífice de la organización de las Secciones de la Asociación) defiende la unidad de la matemática:

«El matemático estudia los números enteros y después los números fraccionarios, y después los números inconmensurables, sin que en este proceso cada término niega el anterior, antes bien, lo afirma como caso particular. Y después, continuando la serie, crea las cantidades imaginarias en las que, como caso particular, están las cantidades reales, y después los cuaternios, que tampoco niegan las imaginarias ni las cantidades reales; antes bien, al afirmarse en sí cada una de estas unidades, afirma la existencia y las propiedades de los individuos o términos anteriores de la serie. Y cada unidad en Matemáticas, o si se quiere cada teoría, en vez de anular brutalmente las teorías anteriores y que le están subordinadas, reconoce todas sus propiedades y, por decirlo así, las ilumina, descubriendo nuevas propiedades antes no conocidas. La unidad superior en matemáticas es germen de nueva vida, no sentencia de muerte.»{47}

O cuando defiende la unidad de la ciencia{48} (en virtud de la unidad del pensamiento){49} sin perjuicio de que admita la multiplicidad de las ciencias, en la medida en que la inteligencia humana, para poder comprender toda la realidad, necesita aparcelarla.{50} La multiplicidad de los [60] fenómenos observados y las relaciones de mutua dependencia que se dan entre ellos, hacen que surjan las diferentes ciencias. Lo ideal, sin embargo, sería poder reducir todos los fenómenos observados a un mínimo número de leyes, y éstas, a su vez, a una única y superior, aunque este ideal sea inalcanzable. Compárense en este sentido las palabras de Comte:

«Je n'ai pas besoin de plus grands détails pour achever de convaincre que le but de ce cours n'est nullement de présenter tous les phénomènes naturels como étant au fond identiques, sauf la variété des circonstances. La philosophie positive serait san doute plus parfaites s'il pouvait en être ainsi. Mais cette condition n'est nullement nécessaire à sa formation systématique, non plus qu'à la réalisation des grandes et heureuses conséquences que nouv l'avons vue destinée à produire, il n'y a d'unité indispensable pour cela que l'unité de méthode, laquelle peut et doit évidemment exister, et se trouve déjà établie en majeure partie. Quant à la doctrine, il n'est pas nécessaire qu'elle soit une; il suffit qu'elle soit homogène. C'est donc sous le double point de vue de l'unité des méthodes et de l'homogénéité des doctrines que nous consiérons, dans ce cours, les différentes classes de théories positives. Tout en tendant à diminuer, le plus possible, le nombre des lois générales nécessaires à l'explication positive des phénomènes naturels, ce qui est, en effet, le but philosophique de la science, nous regarderons comme téméraire d'aspirer jamais, même pour l'avenir le plus éloigné, à les réduire rigoureusement à une seule.»{51}

con las de J. Echegaray:

«...la inteligencia humana cuando pretende abarcar el conjunto infinito de los fenómenos en su inmensa complicación y entrecruzamiento, necesita enfocar su atención en diversas direcciones; de suerte que dan en conjunto origen a Ciencias distintas, que son partes de un todo, indivisible en sí, pero que lo mezquino de los medios humanos desmenuza y desmigaja...Son muchas las fotografías, tantas como Ciencias; tantas como grupos de fenómenos distintos debieran ser. Reunirlas todas en una, fundir todos los hechos en unas cuantas leyes, y todas las leyes en una ley única y superior, sería formar la Ciencia Universal, la Ciencia Suprema; pero el hombre no es Dios y no puede hacer esto...Pero si el ser humano no puede abarcar el gran todo, ni puede reunir todas las Ciencias en una, acaso puede señalar rasgos que en todas ellas se reproducen. Y permitidme una comparación: El matemático más modesto, en un polinomio de muchos términos, sabe y procura sacar factores comunes, si los tienen, encerrando todos los residuos en un paréntesis. Por un procedimiento análogo, pueden sacarse factores comunes a muchas Ciencias; me atrevería a decir que a todas, que es un primer esfuerzo para llegar a la unidad.»{52}

Dentro de este mismo espíritu general se encuentra el discurso pronunciado por Enrique Losada y del Corral (Vicepresidente de la Sección de Aplicaciones) quien, al hablar de las relaciones entre la ciencia pura y sus aplicaciones, señala (en sintonía asimismo con las ideas de Comte) que el progreso de unas y otras depende del apoyo mutuo que se presten. Enrique Losada lo expresa metafóricamente: «Los trabajos de los mineros y los labradores de la inteligencia no tienen valor alguno, si no se enlazan con los trabajos de los mineros y los labradores de la tierra; pero en cambio, por la unión de los unos y los otros, surgen la riqueza y la prosperidad, cuyo desarrollo debe, por lo tanto, buscarse en las Ciencias aplicadas. A esto hemos venido; nos hallábamos diseminados y ahora nos vemos juntos para no separarnos más.»{53}

Los principios positivistas de Comte, que ponen en el estudio de las ciencias puras el elemento indispensable para que puedan desarrollarse los estudios prácticos, y por tanto, el progreso, los encontramos asimismo en el discurso inaugural de la Sección de «Ciencias Médicas» pronunciado por el Presidente de la misma, Julián Calleja Sánchez,{54} quien hace hincapié en que el estudio de las ciencias abstractas, es decir, las ciencia puras, constituye el fundamento para el posterior desarrollo de las aplicaciones, y que aquéllas contribuyen, de igual modo, al «Progreso real y positivo», en la medida en que la Ciencia pura «como lluvia benéfica riega y prepara la tierra para que los hechos fructifiquen». Espíritu positivista que se afianza cuando expone los fundamentos del progreso científico, y distingue entre los investigadores dedicados al estudio de los principios y las leyes, y «los modestos prácticos...convertidos en veneros inagotables de datos, donde los genios encuentran [61] uno de los fundamentos más firmes para sus lucubraciones, hallazgos y descubrimientos.»{55}

Además, participa del ideal comtiano de la unidad de las ciencias en tanto que parten de un tronco único común, de suerte que cuando, en las Ciencias (positivas), se establezcan perfectamente las doctrinas, podrá alcanzarse una unidad tal que constituyan «la verdadera Filosofía» (la filosofía positiva, podemos sobrentender).

Sin embargo, los principios filosóficos comtianos que, según sostenemos, subyacen a la división en Secciones de la Asociación, así como en esta primera etapa, se ponen más claramente de manifiesto en el discurso inaugural de la Sección de Aplicaciones, pronunciado por su presidente Francisco de Paula Arrillaga:

«Permitidme, sin embargo, decir que el sentido utilitario de nuestra Sección no ha de ser proclamado, sino reconociendo antes que de la pura Ciencia, de la alta Ciencia, hemos de nutrirnos, y que a sus investigaciones nos hemos de consagrar, a la par y al mismo tiempo que a sus aplicaciones. Marcha siempre la Ciencia pura por delante de la obra técnica...Sin sólidos fundamentos científicos se puede ser diestro obrero, excelente contramaestre; no se puede ser ni mediano ingeniero. La decantada experiencia, como opuesta y contraria a la Ciencia, nada es, nada vale, ni de cosa alguna sirve, sin criterio científico con que apreciar lo observado y con que interpretar lo experimentado, a la manera que no aprovecha al ciego ser puesto a examinar los fenómenos luminosos.»{56}

Además, niega la oposición teoría/praxis, en la medida en que ambas (la ciencia pura y la aplicación) se complementan mutuamente, dependen la una de la otra. El ingeniero (tomando ingeniero en un sentido muy amplio) es el individuo encargado de todas las aplicaciones que se derivan de las investigaciones de la Ciencia pura. Y en la medida en que esto es así, su labor repercute directamente en el trabajo del obrero. De este modo, el ingeniero (y por tanto, las aplicaciones) se nos presenta como el puente entre la Ciencia pura y el operario, en la medida en que contribuyen a mejorar las condiciones del mismo desde todos los puntos de vista: reducen el esfuerzo físico, mejoran el rendimiento físico, aumentan la producción, mejoran las condiciones higiénicas..), todo lo cual conducirá a la estabilidad social: «Directamente las aplicaciones de las Ciencias han concurrido a remediar muchos males, han difundido el bienestar y han logrado hacer menos grosera y penosa la vida del proletariado. ¿Es mucho persuadir a que contribuyan también a esparcir la caridad y el amor entre los hombres?»{57} Como vemos están continuamente presentes las ideas positivistas de orden, progreso, bienestar y estabilidad social (las citas anteriores, nos recuerdan el llamamiento de Comte hacia una nueva clase social, la de los ingenieros, como auténticos elementos de progreso).

Sin embargo, la nota discordante respecto a la tónica general de esta primera etapa (que como hemos dicho se caracteriza por el liberalismo y el positivismo) vino por parte del vicepresidente de la Sección de «Ciencias Filosóficas», Eduardo Sanz Escartín, quien junto a Luis Marichalar, José Gascón y Marín, Juan Zaragüeta, irán haciéndose poco a poco con el control de la Asociación, tomando, paulatinamente, posiciones entre los cargos más importantes del Comité ejecutivo y de las diferentes Secciones; sobre todo, de las Secciones de «Ciencias Sociales» y de «Ciencias Históricas, Filosóficas y Filológicas».

Sanz Escartín, en el discurso de clausura de la Sección de Filosofía del primer Congreso, introduce, interesadamente, una profunda distinción entre la materia y el espíritu.{58} De este modo, hace hincapié en que los trabajos de la sección de filosofía se caracterizaron por el predominio del espíritu, frente a, por ejemplo, las tendencias mecanicistas manifestadas en otras Secciones. Además, apoyándose en el idealismo platónico, Escartín critica precisamente a uno de los ponentes que trató de poner a un mismo nivel la Naturaleza y el Espíritu: «lo que en tales términos se afirma es la igualdad de categoría entre el Espíritu y la Naturaleza, entre lo espiritual y lo material. Este es, evidentemente, un juicio erróneo. El espíritu es, por definición, lo que hay de superior en el orden de la existencia.»{59}

Nos interesa mucho resaltar esta «asintonía» de Escartín, porque la vamos a considerar un anticipo de la que será ideología dominante en la segunda etapa (y, para decirlo de una vez, hasta la disolución final) de la Asociación. Una ideología que propenderá (frente al positivismo) a dar mayor importancia a las «Ciencias del Espíritu» y de ahí que, como Escartín pone de manifiesto, la Filosofía [62] (una Filosofía muy cercana a la Teología), será considerada la ciencia suprema, la ciencia que debería encabezar, por tanto, toda jerarquización de los conocimientos humanos. Al apelar al resurgimiento de la patria, Escartín no habla ya, como venía siendo habitual, de la ciencia positiva, sino de la vida religiosa: «Si España ha de levantarse de su postración, si ha de ser un pueblo vigoroso y próspero, ha de renovar su vida religiosa en las fuentes perennes e inexhaustas de las enseñanzas de Cristo. En ellas está no sólo la verdad, sino también la fuerza.»{60} Estas palabras de Escartín contrastan totalmente con el tono positivista y progresista de los demás ponentes.

El resurgimiento nacional, como hemos dicho, fue otra de las notas principales sobre las que se fundamentaron los discursos durante esta primera etapa. Un resurgimiento de la patria que pasaba necesariamente por el cultivo de las ciencias positivas.

En efecto, perdidos en 1898 los últimos reductos de lo que había sido un gran imperio colonial, a España (como a Francia en tiempos de Saint-Simon, frente a Inglaterra) únicamente le restaba recuperar su prestigio internacional, político y económico, a través del elemento diferenciador que caracterizaba a las potencias europeas: el cultivo de la ciencia. De ahí la necesidad de una ciencia nacional, porque –dirá Moret– «la ciencia es la que determina la superioridad de las naciones».{61} De este modo España podrá convertirse en un poderoso Estado industrial (Santiago Ramón y Cajal{62}), para lo cual debe crearse una ciencia física española (Ignacio González Marti, Congreso de Sevilla, 1917{63}); una ciencia médica (Julián Calleja, Congreso de Zaragoza, 1908{64}); una ciencia matemática (Julio Rey Pastor, Congreso de Valladolid, 1915{65}); pero también logrará ser una potencia militar (José Marvá Mayer, Congreso de Valladolid, 1915{66}). Para ello, sin embargo, es preciso convencer a todas las capas sociales de la necesidad de favorecer los estudios científicos, porque la ciencia se convertirá en el redentora de la nación y, a través de ella, en redentor de las capas sociales tradicionalmente más desfavorecidas (los obreros). Por ello, es imprescindible dirigir la educación hacia los estudios científicos y, por tanto, favorecerla y orientarla, dotándola de los medios precisos para su desarrollo (Angel del Campo Cerdán, Congreso de Salamanca, 1923{67}).


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Segunda Etapa de la AEPC (1927-1940)

Si la que venimos considerando primera etapa de la AEPC se caracterizó (principalmente) por el predominio y control que en ella ejercieron los miembros de la Real Academia de Ciencias (cuya ideología hemos ligado al liberalismo progresista y al positivismo), en la segunda etapa nos encontraremos con que personajes ligados a sectores más reaccionarios (los mismos que abrazarían sin dudarlo la nueva situación impuesta tras el triunfo «nacional» de 1939), a medida que fueron falleciendo los ilustres académicos que favorecieron la constitución de la Asociación, fueron ocupando los lugares estratégicos que les permitió ir haciéndose con el control de la AEPC.

La nueva orientación ideológica que acabó imponiéndose en el seno de la Asociación no se manifestó, como es natural, de manera drástica, sino paulatina. Ésta empezó a vislumbrarse a partir de 1923 (Congreso de Salamanca) y se hizo claramente manifiesta en 1929 (Congreso de Barcelona, [63] que dicho sea de paso, coincidía con la celebración de la Exposición Universal en ésta ciudad). En efecto, a pesar de que, tras la muerte de José Echegaray (1916), el conservador Eduardo Dato asumió la presidencia de la Asociación (hasta su muerte en 1921), aún se mantenían en los cargos más importantes los hombres que pertenecían a la generación positivista. Así, en 1918 aún encontramos a Amós Salvador, Luis Simarro, Leopoldo Cano, Angel Pulido, &c. En 1919, sin embargo, Luis Marichalar (Vizconde de Eza y que sería más tarde quinto presidente de la Asociación), quien figuraba en los últimos lugares entre los vocales del Comité ejecutivo, pasa a ser el cuarto vicepresidente; en 1922, ocupa ya el cargo de primer vicepresidente, observándose, además, que Rafael Altamira y José Gascón Marín aparecen ya entre los vocales, siendo, éste último, ya en 1924, vicepresidente junto a Luis Marichalar, Leonardo Torres Quevedo y José Marvá Mayer.{68}

De este modo, nos encontramos ante una situación en la que de un predominio casi absoluto de la Academia de Ciencias se ha ido pasando poco a poco a un predominio de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, cuyo centro de operaciones se situó, principalmente, en las Secciones de «Ciencias Sociales» y «Ciencias Históricas, Filosóficas y Filológicas». Predominio, en éste último caso, favorecido incluso por algunos miembros de la Academia de Ciencias, como pone de manifiesto la propuesta de Obdulio Fernández quien «insinuó que a la Academia de Ciencias Morales y Políticas, corresponde por derecho la organización económica de industrias futuras, puesta de acuerdo con la de Ciencias exactas, físicas y naturales.»{69}

Durante esta segunda etapa que distinguimos, la AEPC celebró cinco congresos: Cádiz (1927), Barcelona (1929), Lisboa (1932), Santiago de Compostela (1934) y Santander (1938), éste último denominado «Congreso del III año triunfal», en el que la Asociación, en boca de su secretario general, José María Torroja Miret, abraza con agrado la futura «Nueva España» que ya se vislumbraba en el verano de 1938: «En el corriente año de gracia de 1938, III de la era Triunfal de la nueva España, celebra la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias su XXX aniversario, siendo de este modo la primera entidad cultural privada que se lanza a celebrar un Congreso Científico –que para ella es el XV– en los albores del nuevo día que, bajo la égida bienhechora del Caudillo, Franco, amanece España.»{70} Torroja aprovecha, además, para solicitar el amparo del nuevo régimen que se avecinaba: «A nuestro invicto Generalísimo –retenido lejos de aquí, bien a su pesar, por ineludibles obligaciones de la guerra– me permito rogar tome una y otra [la Asociación y la Revista Las Ciencias] bajo su egregia protección, en la seguridad de que nosotros, los científicos de la retaguardia, seremos dignos de nuestros hijos, que en vanguardia han dado su sangre por España. Y que, como ellos, nosotros sabremos también cumplir nuestro deber.»{71}

El abrazo al nuevo régimen se confirma cuando observamos la asistencia al Congreso de Santander de sendas delegaciones de los países que conformarían el eje nazi-fascista en la segunda guerra mundial. Así, como representantes del Gobierno del III Reich, asistieron Hans Heyse, profesor de filosofía de la Universidad de Gotinga y representante oficial del Ministerio de Ciencia y Enseñanza de Berlín; el Doctor Guillermo Pettersen, Agregado Cultural de la Embajada de Alemania en España, y Jorge Niemeier, Delegado Oficial de la Universidad de Münster (Westfalia) y profesor de Geografía en la misma. Como delegado en representación de Italia asistió Luigi Pareti (especialista en Historia Antigua). Además, para que nada faltara, señalemos la asistencia del Encargado de negocios del Japón y los embajadores de Alemania y Portugal.

Sin embargo, el inicio de esta segunda etapa se produce en plena dictadura civil (el 23 de diciembre de 1925 se constituía el Gobierno civil tras dos años de gobierno de un directorio militar impuesto a raíz del golpe consumando el 13 de septiembre de 1923) de Primo de Rivera. Un mes antes de celebrarse el Congreso de Cádiz (mayo 1927) se resolvió el Consejo de Guerra contra los autores de la «Sanjuanada» (24 de junio de 1926), que había sido precedida de una serie de revueltas contra la designación de un titular para la cátedra de Unamuno en Salamanca. Revueltas que condujeron a la detención de Alvarez del Vayo (corresponsal de la La Nación de Buenos Aires), a la deportación a las islas Chafarinas del catedrático Luis Jiménez de Asúa y a la destitución de la Junta directiva del Ateneo de Madrid y su sustitución por otra más adicta.{72}

Hemos considerado pertinente tomar el año de 1927 como inicio de la segunda etapa de la Asociación, porque, además de los cambios arriba señalados, en éste año se celebró el XI Congreso de la Asociación, en la ciudad de Cádiz. En este Congreso se da la circunstancia de que Luis Marichalar (que al año siguiente, tras la muerte de Rodríguez Carracido, asumirá la presidencia) pronuncia el discurso inaugural del Congreso. Un discurso en el que se pone de manifiesto el nuevo rumbo que la Asociación va a tomar a partir de entonces. Aquí, se produce un giro completo respecto a lo que en adelante se entenderá como verdadero cultivo y desarrollo de la ciencia en España.

El discurso de Marichalar constituye una fundamentación del alma nacional, en un intento de recuperar (de modo interesado e ideológico, como interesada e ideológica fue la asimilación que se hizo desde estos años y luego con el franquismo, de la figura de Menéndez Pelayo{73} o, más tarde, de Ortega y Gasset) la figura de Adolfo Bonilla San Martín estableciendo las bases para la continuación [64] de su inacabado proyecto de una Historia de la filosofía española.

El discurso de Marichalar consta de tres partes. La primera versa sobre El Alma Nacional en su brote y origen; la segunda, sobre Las características de nuestro pueblo y de la ciencia en él engendrada; la tercera, sobre el Deber de erección del monumento representativo del Alma Nacional.{74} (Un discurso que, por lo demás, marcará el inicio de la institucionalización efectiva en España de la «Historia de la filosofía española», según la tesis defendida por Gustavo Bueno Sánchez).{75}

Esta segunda etapa se caracterizó, pues, por el rechazo y abandono de las ideas positivistas que habían marcado la pauta general en la primera etapa de vida de la Asociación. La crítica al positivismo y al liberalismo (en el ejercicio, aunque no tanto en la representación) se observa muy bien a través de la evolución que sufrió la Sección 6ª (Ciencias históricas, filosóficas y filológicas); Sección que, en lo que se refiere a la parte de la filosofía, fue, durante la primera etapa, escasamente atendida y aunque en la división original de las Secciones, la Sección 6ª, se denominó «Ciencias filosóficas» ya a partir del II Congreso (Valencia, 1910) se sumaron (según los acuerdos tomados en el primer Congreso) la historia y la filología.

El escaso interés (durante la primera etapa) por las cuestiones filosóficas se pone de manifiesto no sólo ya por el número de estudios propiamente filosóficos publicados en los tomos correspondientes a las Actas de esta Sección, que en su mayor parte fueron históricos, sino por los cambios nominales que sufrió la Sección.

Para apreciar más claramente los diferentes rótulos empleados para denominar la Sección 6ª, presentamos a continuación un cuadro en el que se observan muy bien las diferentes denominaciones que sufrió esta Sección en los diferentes Congresos celebrados por la AEPC.

Evolución de las rótulos de la Sección 6ª
Congreso
Rótulos de la Sección 6ª
I
1908
Ciencias Filosóficas
II
1910
CC Filosóficas. Históricas. Filológicas
III
1911
CC Filosóficas. Históricas. Filológicas
IV
1913
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
V
1915
CC Filosóficas. Históricas. Filológicas
VI
1917
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
VII
1919
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
VIII
1921
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
IX
1923
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
X
1925
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
XI
1927
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
XII
1929
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
XIII
1932
CC Históricas. Filosóficas. Filológicas
XIV
1934
CC Históricas. Subsección: Filosofía
XV
1938
CC Filosóficas. Históricas. Filológicas
XVI
1940
Teología. Filosofía
XVII
1942
Teología. Filosofía
XVIII
1944
Teología. Filosofía
XIX
1947
Teología. Filosofía
XX
1950
CC Filosóficas. Teológicas
XXI
1951
Teología. Filosofía
XXII
1953
Teología. Filosofía
XXIII
1956
XXIV
1958
Teología. Filosofía
XXV
1960
Teología. Filosofía. Pedagogía
XXVI
1962
XXVII
1964
XXVIII
1966
Teología. Filosofía. Pedagogía
XXIX
1970
XXX
1972
XXXI
1974
XXXII
1977
XXXIII
1979

Como vemos, a partir del IV Congreso (Madrid, 1913), el término «filosóficas» (el tomo correspondiente a las Actas de los trabajos presentados a esta Sección durante el segundo Congreso no fue publicado) pasa a ocupar el segundo lugar dentro del sintagma nominal de la Sección, anteponiéndose el término «históricas».

Esta situación se mantendrá (prácticamente) a lo largo de toda la segunda etapa –a partir de 1938 (Congreso de Santander) el término «filosóficas» volverá a ocupar el primer lugar dentro del sintagma nominal de la Sección– aunque la situación ya no es la misma que en la etapa anterior. En efecto, a partir del Congreso de Cádiz (1927) se creó una Subsección, dentro de la Sección 6ª, con el fin de otorgar carácter independiente a la filosofía y fomentar la presentación de estudios filosóficos. Así lo indica, por ejemplo, Rafael Altamira Crevea (presidente de la Sección) de quien, precisamente, partiría la propuesta [65] de crear esta Subsección: «la categoría de Sub-sección permitirá a los referidos estudios [los filosóficos] un funcionamiento autonómico, una dirección especial y, seguramente, una aportación de trabajos mucho mayor que hasta ahora, en que, sin duda, la mezcla con los históricos ha retraído a no pocos especialistas.»{76} Lo apresurado de esta decisión hizo que en este Congreso sólo se presentasen dos trabajos en la recién creada Subsección. Uno de Juan Zaragüeta sobre la Influencia de la Psicología en la comprensión y enseñanza de la Gramática, y el otro del padre jesuita Eustaquio Ugarte de Ercilla, sobre El racionalismo en la escolástica.

Esta novedad no pasó desapercibida a la Enciclopedia Espasa, entre cuyo cuerpo de redactores tuvieron los jesuitas especial presencia, que al referirse a la actividad filosófica en España, da noticia (como hecho relevante a nivel nacional) de la creación de la nueva Subsección expresándolo en los términos siguientes: «Otro hecho a registrar es la creación, en el seno de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, a iniciativa de Juan Zaragüeta, de una Sección autónoma de Filosofía que actuó ya con tal carácter en el Congreso de Barcelona (1929) y en los siguientes de Cádiz, Lisboa, y Santiago de Compostela, ofreciendo la ocasión de establecer contactos fecundos entre los pensadores peninsulares.»{77}

Las claves para entender el giro observado en el seno de la Asociación y constatado a través de su Sección 6ª, las encontraremos, nos parece, en el discurso pronunciado por Luis Marichalar que sirvió de apertura al Congreso de Cádiz (1927) y, con él, a la segunda etapa de la Asociación.

En efecto, la ciencia española aparecerá ahora como expresión del alma nacional. Ésta, según Luis Marichalar, encarna las energías vitales de la patria y constituye el elemento cimentador del pueblo español, cuya unidad nacional viene determinada por la unidad geográfica, la cultura romana y la religión católica (mucho más que en la propia lengua) y cuyo embrión se encuentra en «los orígenes del condado de Castilla».

Las manifestaciones del alma nacional vienen expresadas, en un primer momento, en la producción literaria del pueblo, en tanto que constituye el principio del edificio «donde se alberga, cobijado por la ciencia española, el espíritu, el hálito o el alma nacional.»{78} Las características del alma nacional se expresan perfectamente en el romancero y las producciones literarias populares a través de las que se ha forjado «una sola raza y una misma espiritualidad». De ahí la importancia que cobrarán los estudios realizados por Menéndez Pelayo (Historia de los Heterodoxos Españoles, La ciencia española, Historia de las ideas estéticas, Estudios acerca del teatro y la novela), en la medida en que permiten reconstruir los orígenes de un espíritu nacional que, posteriormente, en su evolución, alcanzará su máxima expresión en la filosofía y la teología, que surgen en el seno de la nación. En este sentido debe entenderse el interés de Miguel Artigas por recuperar el auténtico españolismo cuya referencia se encontraría en la obra de Menéndez Pelayo. En efecto, Artigas,{79} ensalza la figura de Menéndez Pelayo por su intensa labor destinada a demostrar, frente al antiespañolismo, el carácter ilusorio de la supuesta decadencia nacional. Como una parte importante de la actividad de Menéndez Pelayo, a este respecto, se había encontrado en la publicación de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles (que pretendía dar un giro a la Biblioteca de Autores Españoles de Manuel Rivadeneyra a la que, según Menéndez Pelayo, le faltaba unidad) –la Nueva Biblioteca alcanzó, bajo la dirección de Menéndez Pelayo, 25 tomos (frente a los 71 que había considerado necesarios para completarla) quedando paralizada tras su muerte en 1912–. Artigas propone, como tarea propia de la «Nueva España» y con ella de la Asociación (recordemos que esta propuesta es lanzada en 1938 cuando las fuerzas nacionales estaban próximas a la victoria), la continuación [66] de la Nueva Biblioteca como una piedra más en la reconstrucción del gran edificio del espíritu nacional, «que es el único que redime a las razas y a las gentes», que pasaría (como así se hizo) por la fusión de las dos Bibliotecas (la de Rivadeneyra y la de Menéndez Pelayo).

Los intereses de la AEPC ya no serán los mismos que los de la etapa anterior. Ahora ya no tendrá tanta importancia exigir el desarrollo y cultivo de las ciencias positivas, ni la reforma de los planes de estudio para favorecer los estudios experimentales que permitan alcanzar el desarrollo industrial propio de una nación moderna (sin perjuicio de que no se niegue la importancia de esto), sino que bastará con favorecer el desarrollo de aquellos estudios encaminados a poner de manifiesto lo propio y característico del alma nacional, del espíritu del pueblo español, cuyos rasgos aparecerán expresados en las obras filosóficas, teológicas y morales.

Desde esta perspectiva, la filosofía y la teología (ya veremos como en la tercera etapa, que en general consideraremos como una prolongación de ésta segunda, la teología cobrará un papel preponderante frente a la filosofía en el seno de la Asociación) se considerarán las ciencias fundamentales, en tanto que, en ellas, el espíritu nacional halla su máxima expresión. La «conciencia colectiva o nacional» de un pueblo es la expresión de las ideas, sentimientos y voliciones, de las que brotan las diferentes manifestaciones culturales, propias y características de ese pueblo.{80} De una determinada conciencia nacional brotará, por ejemplo, un determinado pensamiento filosófico. De ahí la importancia de la labor encomendada al historiador de la filosofía, en tanto que se dirige a la «reconstrucción del proceso genético del pensamiento filosófico de un pueblo». Un pensamiento que es la manifestación del espíritu nacional de cada pueblo, y que se manifiesta, asimismo, a través de las obras poéticas, morales, políticas, &c., que permiten «descubrir el fondo común, el espíritu nacional» de un pueblo en cada época.{81}

De ahí la importancia e interés que para España tiene la demostración definitiva de que no ha habido decadencia: «Y si a las obras morales y científicas dedicamos atención, veremos que entre las religiosas, ascéticas y místicas, las políticas y las canónicas, las filosóficas y morales, las científicas y eruditas, las jurídicas y forenses, las críticas y literarias e incluso las satírico-morales y burlescas, tenemos en España todo cuanto es preciso imaginar para que de derecho nos corresponda rango superior y puesto preeminente en la obra civilizadora encomendada sobre la tierra.»{82} Y menos aún que la presunta decadencia española (que fue tan pregonada durante toda la primera etapa) pueda achacarse a la perniciosa influencia ejercida por la religión católica.

Desde esta perspectiva debe entenderse la creación (a petición del Obispo de Cádiz), en el seno de la Sección 6ª, de la Subsección de «Teología, Sagrada Escritura y Derecho Canónico» (cuyo precedente encontramos, una vez más, en el Congreso celebrado en Salamanca, en el que se intentó incluir una Subsección de «Ciencia Teológica» que comprendería la «Teología, la Sagrada Escritura y la Liturgia») en la que se aprovecha para criticar las doctrinas filosóficas que atentan (fundamentándose en las ideas de progreso y reforma) contra los dogmas de la Iglesia y cuyos fundamentos se encuentran en las ideas procedentes de la ilustración: «Reforma y progreso, fue el grito terrible y ensordecedor que, partiendo de los más bajos fondos de una sociedad pervertida por las doctrinas deletéreas de la Enciclopedia, intentó borrar de sobre la faz de la Tierra toda huella de Dios...Reforma, progreso, modernismo, es también el grito alarmante de nuestros días que a todas horas y en todo género de publicaciones se ha escuchado y aun se escucha.»{83} [67]

Recuperada de este modo la añeja polémica sobre la ciencia española, el insigne prelado de la Catedral de Cádiz negará el conflicto entre la fe católica y la ciencia.{84} Desde esta perspectiva apologética se considerará que la Iglesia católica no obstaculiza en modo alguno el progreso de las ciencias imponiendo sus dogmas; no están éstos en contra, sino en armonía, con los principios de la recta razón y de la ciencia. Y ello porque las ciencias, cuyo estudio recae en las leyes que rigen el Universo, contribuyen a un mejor conocimiento de Dios. Además, se entenderá que la labor realizada por la Iglesia ha sido científica; ahí están, para demostrarlo, las obras de los Apóstoles, Padres y Doctores de la Iglesia. La verdad científica, bien entendida, no debe temerse: «¡Vanos temores!, si se considera que la ciencia es la verdad, y que la verdad es patrimonio de Dios, que la pone delante de nuestros ojos en el libro de la naturaleza y en el libro de la revelación. ¡Recelo injustificado!, si se tiene en cuenta, como la experiencia de los siglos, aun los más hostiles a la religión, lo tienen evidenciado, que las investigaciones científicas y las conquistas de la ciencia vendrán a dar, tarde o temprano, el triunfo más glorioso de la Iglesia católica.»{85}

La crítica al positivismo, por tanto, marcará el desarrollo de la Asociación a partir de 1927. Una crítica fundamentada en un intento de mantener el ideal de unidad del saber, que había sido diluido por el propio desarrollo de las ciencias positivas y por la influencia del positivismo.

La crítica al positivismo (que, se dice, había abandonado la pretensión de conocer las causas primeras) se llevará a cabo a través de la recuperación de la filosofía como disciplina científica. Así lo pone de manifiesto Manuel García Morente en el «Discurso inaugural» de la Subsección de filosofía en el Congreso celebrado en Lisboa (1932).{86} El positivismo marcó una tendencia general caracterizada por la intensa preferencia por los estudios de las ciencias positivas particulares y había constituido –en este punto Morente sigue las ideas de Ortega sobre la tendencia anterior (positivista) hacia la «dilatación», supuestamente sustituida por la actual de «profundización»– el principal defecto del siglo XIX y principios del XX, en la medida en que la única preocupación del siglo fue la de incrementar el acervo de los conocimientos. Esta tendencia constante por «añadir más objetos, más realidades a las ya consabidas» degeneró en un especialismo tal, que, olvidado el problema fundamental de la filosofía (el problema del ser), condujo a un alto grado de incultura. De este modo, la filosofía ha vuelto a recuperar su papel y lo hace tratando sus problemas fundamentales, los mismos que «el adusto positivismo de Comte hubiera estigmatizado de metafísicos»,{87} tales como ¿qué es la materia, qué el espacio y el tiempo? La filosofía, en su pretensión de ser científica, abandonó su campo y se redujo (siguiendo una idea de ciencia equivocada) al estudio de las ciencias positivas. La filosofía, dice Morente, es científica, y lo es, no por el objeto (materia) de la que trata (las ciencias positivas), sino por la forma en que lo hace, en tanto que es una actividad inteligente y que responde a «ciertos caracteres formales». Según esto, lo científico, no es un concepto material, sino formal. Porque la cientificidad de las ciencias no recae tanto en su método, sino en el descubrimiento de la verdad. Toda disciplina de la que resulten verdades será, desde esta perspectiva, científica; y la filosofía lo es en la medida en que dispone de un método riguroso para alcanzarlas: el fenomenológico.

En el seno de la AEPC, como vemos, se tiende al abandono de la idea de que el saber científico constituye el saber por antonomasia. Se considerará, que, por encima del saber científico, se encuentra la sabiduría propiamente dicha, aquella que permite dar sentido al mundo y a la vida de una manera más profunda y universal. Así se describirá el problema fundamental de la filosofía. La filosofía, dirá Zaragüeta, tiene frente a sí una tarea que está por encima de la mera experiencia vulgar y aún por encima de la experiencia y razonamientos científicos, a saber, la racionalización de la vida.{88}

De este modo, se abandona el ideal positivista en virtud del cual se cifró como tarea fundamental de la filosofía «el grado más alto de abstracción y generalización del saber científico, reducido a su vez al conocimiento de las cosas de los 'fenómenos'.»{89} La racionalización, como tarea de la filosofía, de la vida consiste, según Zaragüeta, en superar la pluralidad, la inmanencia y el egoísmo a que conduce una interpretación no filosófica de la vida.

Desde esta nueva perspectiva, la tarea fundamental de la Asociación ya no será promover y favorecer el cultivo de las ciencias positivas en beneficio de las nuevas generaciones, sino que la acción social de la España renovada consistirá en limpiar la sociedad de «tanta maleza para hacerle recobrar, con su sentido nacional, la alta espiritualidad y el módulo de justicia que le son propios.»{90} [68] Y se entenderá que el cultivo de la ciencia puede suponer un peligro ante la enorme tarea de reconstrucción nacional: «Pero el culto de las disciplinas científicas se halla expuesto a un doble peligro, del que nuestro espíritu nacional, como en general el espíritu del siglo XIX, se ha resentido profundamente.»{91} La reconstrucción nacional, dirá Zaragüeta, ha de fundarse en una reforma moral, no científica; y la formación científica deberá, en todo momento, estar supeditada a la formación moral, en tanto que guía para poder alcanzar una noción global de verdad. Moral que, naturalmente, se cimentará en los preceptos de la religión católica.

En esta segunda etapa, se produjeron algunos hechos importantes que determinarán el posterior desarrollo de la Asociación. Entre éstos destacamos, sobre todo, el compromiso que se impuso la Asociación, a propuesta de Luis Marichalar, para continuar el plan de una Historia de la filosofía española, ideado y desarrollado en parte por Adolfo Bonilla San Martín.{92} Y a partir de 1934 el comienzo (coincidiendo con el cambio de domicilio de la Asociación, que pasaría, hasta su disolución, a compartir los locales de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales{93}) de la publicación de los Anales de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, revista más conocida por el título abreviado que adoptó: Las Ciencias.

La publicación de la revista se debió en gran parte al impulso ejercido por José María Torroja Miret, quien, en 1933, al tomar posesión de la Secretaría general de la Asociación (al fallecer Ricardo García Mercet, que la había ocupado desde el principio), presentó, ante la Junta directiva, la proposición de editar una revista con el fin de completar y aumentar la labor realizada por la AEPC a través de sus Congresos. La revista Las Ciencias había sido concebida como una publicación semejante a otras revistas europeas (la revista Nature o la Revue générale des Sciences) y pretendía estar abierta a un público amplio ofreciendo las líneas generales de la evolución del saber. José María Torroja logró obtener el apoyo de la Junta directiva, de suerte que el 1º de enero de 1934 Las Ciencias veía la luz por vez primera,{94} siendo aquél su redactor jefe. Tuvo carácter trimestral (aunque desde el principio se barajó la posibilidad de publicarla mensualmente); el precio de cada número suelto era de seis pesetas; la suscripción anual para España, América y Portugal se cifró en veinte pesetas, y en veinticinco para los restantes países. Los cuatro primeros números se abrieron con sendas notas recordando las figuras de los cuatro primeros Presidentes de la AEPC, redactadas por Luis Marichalar. La revista era considerada el medio más eficaz para estrechar los contactos entre los miembros de la Asociación y, además, la mejor manera de poder seguir atentamente la intensa producción científica, cuyo incremento hacía imposible que la Asociación se mantuviese al día, toda vez que sus Congresos, que se celebraban cada dos años, imponían un «ritmo demasiado acompasado y lento», según aseguraba Luis Marichalar en la «Presentación y Saludo».{95} El propio Luis Marichalar se habría inicialmente encargado, nos parece, de financiar la publicación de la revista, aunque pronto los problemas de financiación se fueron solventando por la gran cantidad de números vendidos, no ya sólo en España o hispanoamérica, sino también en Asia y Africa:

«Fuera de la Sociedad, en España y en el extranjero, en Europa, en América y hasta en Asia y Africa, los pedidos llegaban de Centros de Cultura y Enseñanza, de profesores y de aficionados. La tirada iba en aumento, y hasta el déficit pecunario, inseparable en toda empresa de este género, que en los tiempos primeros fué suplido por anónimo donante, cuyo nombre todos conocíamos, fué reduciéndose poco a poco. La semilla se desarrollaba rápidamente. Hubo país lejano, como Brasil, del que todos los meses llegaban nuevas inscripciones. Hasta vino una de un portugués de Nairobi, en colonia inglesa de Kenia.»{96}

Es muy posible que el «anónimo donante» (aunque de todos conocido) fuera Luis Marichalar, dada su tendencia a «predicar con el ejemplo», como cuando, desinteresada y patrióticamente, se desprendió de cien mil pesetas para financiar la continuación del plan de Bonilla. [69]

Coincidiendo con la aparición del primer número de la revista, asistimos a un reajuste nominal de las Secciones, en el que se aprecia, como nota más característica, la tendencia a eliminar el término «Ciencias» con que se encabezaban cada una de las Secciones. Tras los cambios nominales mencionados las Secciones se configuran de la siguiente manera:

  • Sección 1ª. Matemáticas / Presidente, Julio Rey Pastor
  • Sección 2ª. Astronomía y Geofísica / Presidente, Gregorio Marañón
  • Sección 3ª. Física y Química / Presidente, Blas Cabrera{97}
  • Sección 4ª. Ciencias Naturales / Presidente, Eduardo Hernández Pacheco
  • Sección 5ª. Sociología / Presidente, José Gascón Marín
  • Sección 6ª. Históricas y Filológicas / Presidente, Rafael Altamira, con una Subsección de Ciencias Filosóficas / Presidente, Juan Zaragüeta
  • Sección 7ª. Medicina / Presidente, Antonio García Tapia
  • Sección 8ª. Ingeniería y Arquitectura / Presidente, Emilio Linares

El número de Secciones en torno a las que se estructuró la Asociación, que permaneció invariante desde sus inicios hasta 1939 (en el Congreso de Santander celebrado en 1938, sin embargo, la filosofía vuelve a formar parte del sintagma nominal de la Sección 6ª, aunque, esta vez, para encabezarlo) contrasta con las 22 Secciones con que contaba ya su homónima francesa, cuyo Congreso celebrado en Marruecos durante la Pascua de 1934, se había organizado en torno a 22 Secciones y 4 Subsecciones: Secciones. 1ª. Matemática; 2ª. Astronomía, Geodesia, Mecánica; 3ª. y 4ª. Ingeniería civil y militar, Navegación, Aeronáutica; 5ª. Física; 6ª. Química; 7ª. Meteorología y Física del Globo; 8ª. Geología y Mineralogía; 9ª. Botánica; 10ª. Zoología, Anatomía y Fisiología; 11ª. Antropología; 12ª. Ciencias Médicas; 13ª. Electrología y Radiología Médicas; 14ª. Odontología; 15ª. Ciencias Farmacéuticas; 16ª y 21ª. Psicología experimental; 17ª. Biogegrafía; 18ª. Agronomía; 19ª. Geografía; 20ª. Economía Política y Estática; 22ª. Higiene. Las Subsecciones fueron: Zootécnica, Hidrología, Lingüística y Arqueología.{98}

La publicación de la revista Las Ciencias marcará el posterior desarrollo de la AEPC de tal manera que, a partir de su publicación, dejaron de editarse las Actas de los Congresos, limitándose, a partir de entonces, a la publicación de tomos únicos en los que se recogían los discursos inaugurales (del Congreso y de las Secciones) y algunos de los trabajos presentados. En efecto, hasta el Congreso celebrado en Lisboa (1932), se habían publicado, sistemáticamente, las Actas de los trabajos presentados a los diferentes Congresos, ocupando, cada una de las Secciones, un tomo independiente. A éstos se añadían, generalmente, otros dos tomos; uno (el primero) en el que se recogían los discursos de apertura y clausura, así como los discursos pronunciados para abrir las sesiones de las diferentes Secciones; y otro (el segundo) en el que se incluían las conferencias públicas (aunque no en todos los Congresos se pronunciaron estas conferencias). Por tanto, de los XIII Congresos que se celebraron hasta el de Lisboa (1932), se fueron publicando un mínimo de 8 tomos por Congreso, llegando, en algunos casos, hasta 10. Este esfuerzo editorial llegó a sumar un total de 24.621 páginas, 1828 unidades diferentes de texto entre discursos inaugurales, conferencias, trabajos presentados, actas de las sesiones, &c.

Presentamos un cuadro en el que aparecen el número de tomos publicados por Congreso, los trabajos en ellos recogidos, el número de diferentes autores que firman en primer lugar en cada congreso y el total de páginas.

Recuento general de los trabajos publicados en las Actas
Congreso

Tomos


Trabajos


Autor 1º


Páginas


I
1908

8

176

132

2375

II
1910

8

155

125

1741

III
1911

9

162

129

2643

IV
1913

9

143

109

2244

V
1915

10

183

141

3340

VI
1917

10

140

117

2286

VII
1919

10

96

81

1490

VIII
1921

10

139

119

1665

IX
1923

10

124

108

1425

X
1925

9*

111

96

1239

XI
1927

10

132

113

1492

XII
1929

9

128

112

1428

XIII
1932

7*

99

83

1063

XIV
1934

1

40

40

541

XV
1938

1

37

36

523

XVI
1940

1

32

30

507

XVII
1942

10

568

393

3321

XVIII
1944

1

36

30

502

XIX
1947

1

20

18

388

XX
1950

6*

238

178

1650

XXI
1951

1

21

21

359

XXII
1953

1

32

25

404

XXIII
1956

3*

119

86

841

XXIV
1958

1

20

19

349

XXV
1960

XXVI
1962

4

147

118

1254

XXVII
1964

3

83

74

769

XXVIII
1966

XXIX
1970

4

37

33

563

XXX
1972

XXXI
1974

XXXII
1977

XXXIII
1979





Totales

157


3218



36402


Los asteriscos que aparecen en la columna correspondiente a los tomos, indican que alguno de ellos no ha podido ser contabilizado. [70]

A raíz de la publicación de la revista Las Ciencias, los trabajos presentados en los Congresos que se celebraron a partir de 1934 (Santiago de Compostela), encontrarán su vía de expresión en la Revista, quedando reducidas, como hemos dicho arriba, las Actas de los Congresos a tomos únicos, que no sobrepasaron las 550 páginas. Sin embargo la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias (APPC) mantuvo la forma original recogiendo en densos volúmenes los trabajos presentados en los Congresos que fueron celebrándose en las diferentes ciudades portuguesas.

Anales de la Asociación Española para
el Progreso de las Ciencias
Revista Las Ciencias

Año

Números


Trabajos


Autor 1º


Páginas


1934

4

135

113

887

1935

4

101

84

973

1936

2

49

43

451

1939

4

80

76

964

1940

4

63

58

1024

1941

4

59

58

1018

1942

4

65

62

890

1943

4

53

47

864

1944

4

58

52

895

1945

4

65

59

961

1946

4

79

73

1031

1947

4

59

52

822

1948

4

67

64

922

1949

4

66

59

760

1950

4

55

54

868

1951

4

56

51

824

1952

4

59

58

911

1953

4

86

75

984

1954

4

65

59

1047

1955

4

62

59

926

1956

4

70

68

688

1957

4

55

53

802

1958

4

62

57

754

1959

4

87

86

1018

1960

4


102


99


994


Totales

98


1679



22278



inicio / <<< / >>>

Tercera Etapa de la AEPC (1940-1956)

Liberada definitivamente España del peligro comunista, se inicia un nuevo período de la historia política española marcado por la exaltación de los ideales tradicionales firmemente asentados en los valores religiosos de la fe católica. Las instituciones son un fiel reflejo de los cambios políticos que afectan a un país, y su supervivencia viene a menudo marcada por la capacidad de adaptación que son capaces de asumir. No es éste, sin embargo, en términos absolutos, el caso de la institución que nos ocupa. En efecto, la AEPC ya había adoptado desde 1927 una determinada dirección ideológica, y la nueva situación política no hará más que desarrollarla y favorecerla. Hemos podido observar el cambio de perspectiva que la AEPC sufrió durante su «segunda etapa». La tercera de las etapas que aquí hemos distinguido constituye la prolongación y consolidación (favorecida, ahora sí, por el nuevo orden político) de una tendencia ya existente, y que se mantuvo en cierto modo atenuada durante los años de la Segunda República.

Una prueba de que esto es así, la podemos encontrar en los escasos cambios que se observan en la Junta directiva de 1940 con respecto a la de 1936:

Junta directiva de la AEPC en 1936{99}
Junta directiva en 1940{100}
Presidente
Luis Marichalar=
Vicepresidentes
Leonardo Torres Quevedo, Pres. CC AplicadasFco. Gómez Jordana
José Marvá y MayerJosé Mª Pemán Pemartín
José Gascón y Marín, Pres. CC Sociales=
Pedro Muguruza Otaño
Vocales
Antonio Royo Villanova=
Ignacio Bolívar y Urrutia
Rafael Altamira y Crevea, Pres. Secc. CC Histó.Cándido González Palencia, Pres. Secc. CC Históricas
Blas Cabrera y Felipe, Pres. Secc. CC Fís-Quím.
Juan Zaragüeta= / Pres. Sección Teología y Filosofía
Miguel Aguayo y Millán
E. Hernández-Pacheco, Pres. Secc. CC Natura.=
Juan López Soler=
Pedro M. González Quijano=
José Casares Gil= / Pres. Secc. CC Físico-Químicas
Francisco Javier Sánchez Cantón
Antonio García Varela
Antonio García Tapia, Pres. Secc. CC Médicas=
Julio Rey Pastor, Pres. Secc. CC Matemáticas=
E. Castro Pascual, Pres. Secc. CC AplicadasAlfonso Peña Boeuf, Pres. Secc. CC Aplicadas
Rafael Estrada, Pres. Secc. CC Astronómicas=
Secretario general
José María Torroja y Miret=
Vicesecretario
Francisco Hernández-Pacheco
=
[71]

La exaltación y afirmación de los valores católicos constituye una de las características fundamentales de esta tercera etapa. Como tuvimos oportunidad de observar, en la primera etapa la fe en Dios fue sustituida por la fe en la ciencia. En esta tercera etapa, sin embargo, la religión y, por tanto, la Teología volverán a recuperar el lugar que tradicionalmente ocupaban por encima de cualquier otra consideración. En este sentido se entiende que la Sección 6ª (ya hemos visto la evolución que sufrió en la segunda etapa), cuyo rótulo en 1939 era «Ciencias Filosóficas, Históricas y Filológicas», sufriese una escisión propiciando la creación de una nueva Sección compuesta por la Historia y la Filología, manteniéndose (en la Sección 6ª) la Filosofía como segundo término del sintagma nominal precedido de la Teología. Otra modificación se produjo en la Sección de Medicina, a la cual se añadió la Cirugía. A finales de 1940, por tanto, la Asociación quedó organizada en torno a la siguientes Secciones:{101}

1ª Matemáticas
2ª Astronomía, Geodesia, Geofísica y Geografía
3ª Física y Química
4ª Ciencias Naturales
5ª Ciencias Sociales
6ª Teología y Filosofía
7ª Historia y Filología
8ª Medicina y Cirugía
9ª Ingeniería y Arquitectura

El fervor religioso será el hilo conductor que marcará el desarrollo del tercer período de la Asociación y contrasta significativamente con el carácter liberal, progresista y laico que había inspirado su fundación. Así lo percibe el redactor de la Enciclopedia Espasa en la que, tratando de la actividad católica española en el año 1940, al referirse al XVI Congreso celebrado por la AEPC, se dice lo siguiente:

«Hemos llamado la atención sobre la religiosidad del XVI Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, y no sin motivo. La Asociación organizadora, fundada en 1908, y animada de los prejuicios laicos imperantes en el siglo XIX, en general, no admitía en el seno de sus Congresos la Teología, a pesar de ser ella la reina y fundamento de las Ciencias...Mas en este Congreso de 1940 la Asociación, con buen acuerdo y haciéndose acreedora a las alabanzas del mundo verdaderamente científico, ha rectificado su error, dando cabida a la Teología en la sección filosófica.»{102}

En efecto, el primero de los Congresos celebrados durante el nuevo régimen, fue el que tuvo lugar en Zaragoza en 1940.{103} Recordemos que precisamente en esta misma ciudad se había inaugurado en 1908 la actividad de la Asociación, aunque, paradójicamente, las perspectivas de uno y otro Congreso fueron completamente distintas.{104} Empezando por las celebraciones; si el Congreso de 1908 coincidió con la conmemoración del centenario de los Sitios de Zaragoza, el de 1940 coincide con otro: el de la Virgen del Pilar. Si en 1908 se anteponía el cultivo de la ciencia (pura y aplicada) a cualquier otra consideración, en 1940, Dios, la fe y la religión recuperan el centro de la atención. El primer acto de este Congreso fue precisamente una misa oficiada por el canónigo de la Santa Capilla del Templo Metropolitano del Pilar y miembro, además, del Comité ejecutivo del Congreso, Santiago Cuella. A este acto asistieron, entre otras autoridades, Alfonso Peña Boeuf (Ministro de Obras Públicas y Presidente de la Sección de Ingeniería y Arquitectura), Pedro Teotonio Pereira (Embajador de Portugal) y Luis Marichalar quien pronunció las siguientes palabras en honor a la Virgen del Pilar y que constituyen una buena muestra del nuevo talante que inspiraba a la Asociación:

«No es nuestra ciencia, María Inmaculada, ni orgullosa ni soberbia; antes, reconocemos modestamente nuestra ignorancia, hondamente convencidos de que la ciencia sin Dios sólo conduce a catástrofes horrendas y a extravíos irremediables. Existen, es verdad, leyes de la Naturaleza, que el hombre lentamente acierta a vislumbrar; pero no son menos reales las del espíritu, forjadas en el Amor, en la Caridad y en el Bien. Virgen y Madre os proclama el dogma de la Iglesia. Virgen es pureza; Madre, abnegación. Y si nos creemos más grandes al hincar en tierra la rodilla e inclinar la frente ante vuestro altar, es porque aquel instante sentimos en el alma toda la sublimidad del Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que nos dicta el desprendimiento de lo humano y la aspiración a lo celeste, guiados por vuestros divinos ejemplos de piedad y de clemencia hacia nuestros semejantes. Con estos postulados, miramos a la ciencia como un medio y no un fin; medio para elevarnos a la belleza de la causa última de la existencia, cuya discusión nunca temieron los Pontífices de Roma. Bendecidnos, pues, Madre salvadora, y permitidme que tomemos como lema de nuestro Congreso: Con Vos, por Vos y para Vos, al mayor robustecimiento de nuestra Religión y honra de nuestra Patria. Así sea.»{105}

La importancia atribuida a la creación de la Sección de Teología y Filosofía fue tan grande que incluso sirvió para justificar el sostenimiento de la actividad de la Asociación, empeñando el éxito del XVI Congreso en la introducción de la Teología como disciplina formando un bloque independiente junto a la Filosofía:

«La Sección de Teología y Filosofía funcionaba por primera vez. Era el primer acto de mayoría de edad, si así cabe decirlo, que realizaba, y ha demostrado que, en efecto, se la podía emancipar. Ello pone de manifiesto todas las cualidades que adornan al Sr. Zaragüeta y el respeto y el cariño con que por todos se le sigue. Y si veinticuatro han sido los estudios presentados a la Sección, comenzando por un discurso inaugural del Padre Barbado, verdaderamente admirable, son de señalar principalmente las dos sesiones que dedicaron los congregados en esa Sección a Raimundo Lulio y a Luis Vives. De suerte que, por el éxito del Congreso, puede asegurarse sin vacilación alguna, que lo sucesivo esa sola Sección ha de justificar nuestras reuniones periódicas. Y es que, al través de las luchas de la Humanidad sufre y en medio del materialismo que nos corroe, el hombre empieza, aun sin darse cuenta, a volver la vista a algo que lo sacie lo que con todo lo terreno no acierta a satisfacer, y es aquello que la Filosofía y la Teología tienen como primera base de su estudios, o sea, la Ciencia de Dios.»{106} [72]

La Teología (entendida como ciencia suprema) y la Filosofía (entendida como ciencia de las primeras causas) ocuparán ahora un lugar preeminente en el seno de la Asociación. Esta preeminencia se observa en el significativo aumento relativo de los trabajos presentados a esta Sección y en la mayor participación de clérigos, sobre todo sacerdotes jesuitas, en la actividad de la Asociación.

La recuperación de la filosofía en la España de los años cuarenta suponía una reacción inmediata contra las tendencias liberales y positivistas que habían dominado, en general, la actividad intelectual a finales del siglo XIX y principios del XX, y que, según la perspectiva tradicional, condujo a la eliminación de la filosofía como rama del saber humano: «No obstante el espíritu positivista que, falsificando la noción de la filosofía, encareciendo exclusivamente las ciencias experimentales y utilitarias, quisiera borrar del cuadro de los conocimientos humanos hasta el nombre de la Reina de todas las ciencias; es un hecho consolador que ésta, hoy más que nunca, se cultiva en privado, florece en la enseñanza y se propaga en publicaciones de variadísimas formas.»{107}

Desde esta perspectiva se tiende a encarecer la importancia de la filosofía («¿Es proporcional –se pregunta el padre Dionisio Domínguez– a esta importancia el estudio y cultivo de la filosofía en la España liberal de los siglos XIX y XX? Creemos que no») en tanto que es entendida como la actividad que satisface una tendencia congénita al espíritu humano, como el fundamento de toda cultura y como la soberana de todas las ciencias positivas.{108} La filosofía, en tanto que ciencia de los primeros principios, ocupará el primer lugar de la escala jerárquica de los saberes humanos, siendo considerada la ancilla que da unidad a las ciencias positivas: «Y con esto queda patentizada no solamente la superioridad de la filosofía sobre las ciencias particulares, sino también las múltiples utilidades que reporta. Pues a poco que se penetre en la estructura de estas ciencias, adviértese que se valen de nociones y principios filosóficos, los cuales, ya dan valor y sentido a los hechos y asertos de dichas ciencias particulares, ya las relacionan unos con otros, ya dan unidad a todas las ciencias.»{109}

La consideración de la filosofía como la primera de las ciencias positivas (por encima se encontraría la Teología, como ciencia de Dios), implicaría una reformulación de la clasificación de las ciencias en torno a la cual se organiza la Asociación. Esta es la posición que Elías Tormo parece defender cuando, al hablar sobre la discriminación de las ciencias (que él pone buen cuidado en distinguir de la tarea de clasificación de las ciencias) hace hincapié en que:

«El tema general de la clasificación de las ciencias, en lo esencial (que creeré que es otra oportunidad que la de hoy, que la de la discriminación de la que vengo en hablar), tendría alguna actualidad si en este momento se reformara nuestro Reglamento o se discurriera distribuir de nuevo en Secciones la Asociación que nos reúne...Subsistente entre nosotros, entre tanto, el statu quo académico, y también el universitario o facultativo y el mismo statu quo de nuestra misma Asociación, no es hoy del caso presentar aquí, ni siguiera, las en cada tiempo más famosas clasificaciones epistemológicas: la de Aristóteles, la del canciller Bacon, la de D'Alembert, la de Ampère, la de Comte, la de Spencer, ni otras más recientes (Naville, Goblot, Janet, etcétera).»{110}

La tarea de la «discriminación de las ciencias», en tanto que actividad distinta de la tarea de clasificación, debe fundamentarse, según Elías Tormo, en el criterio de certeza de las verdades que se desprenden de las distintas ciencias. La certeza sólo se alcanza por dos caminos: el de la razón pura y el de la experiencia. A la primera clase pertenecen las certezas matemáticas, certezas que, sin embargo, son puramente hipotéticas, ideales, conceptuales en la medida en que «su certeza...no es más que el resultado natural de la conformidad del entendimiento con su imaginado objeto: del entendimiento consigo mismo; la verdad es con certeza; pero la verdad hipotética, puramente hipotética».{111} Otro grupo de ciencias lo constituyen las ciencias empíricas, aquellas cuyo objeto son realidades externas y cuya certeza está empíricamente comprobada en una serie indefinida de pruebas repetidas y comprobadas. Entre éstas, Elías Tormo, distingue dos clases: las sistemáticas (ciencias de las leyes naturales: la física, la química, cuyo método es la observación, la formulación de hipótesis y la inducción) y las descriptivas (las ciencias de los seres: las ciencias naturales, cuyo método fundamental es la clasificación por analogía). La Historia, las disciplinas morales y políticas constituyen otro grupo de ciencias, cuyas verdades, sin embargo, son de carácter diferente («más inseguro») al de las ciencias anteriores, pero que pertenecen, como las demás, a la «enciclopedia de los altos conocimientos del saber colectivo que va alcanzando la Humanidad».{112} Finalmente, está la Filosofía (Metafísica) a la que Elías Tormo otorga carácter experimental: «de la experiencia comunísima y de la íntima». La Metafísica es la ciencia de las certezas que la mente humana alcanza, es decir, es la ciencia de las ciencias, en tanto que la mente humana es la creadora de todas las ciencias; pero además, la Metafísica es la ciencia de la inteligencia Suprema, y en la medida en que esto es así, se puede deducir que la Filosofía (Metafísica) debe encabezar toda clasificación de las ciencias:

«...la Metafísica misma es disciplina experimental, pero de la experiencia comunísima y de la íntima, en fecundo enlace entre ellas, entre ambas: de ellas las certezas que la mente humana puede alcanzar, singularmente la de la psique humana, la de la inteligencia limitada y, sin embargo, creadora de ciencias (como las Matemáticas), y, ¡atención!, la de la inteligencia Suprema anterior a las realidades cósmicas que la demuestran. Y en algún modo la realizan. En un Congreso de las Ciencias, tales históricas mentes humanas desaparecidas y tal Suprema mente, la matriz de las realidades sistemáticas del Kosmos, están presentes: asisten aquéllas desaparecidas en los escaños; preside Esta desde la cabecera: viva; sobrevivientes aquéllas. (...) la invisible psique humana se demuestra experimentalmente también por las ya hasta verdaderamente caprichosas alteraciones de las realidades que estudiaran los físicos y naturalistas; es decir, demostraran otra cosa que el naturalismo de la legislada sumisa naturaleza, esto es, el psiquismo o espiritualismo, [73] laborando libre la psique escondida por dentro de la materia corporal propia.»{113}

La crítica al optimismo generado por los grandes descubrimientos científicos del siglo XX y sus aplicaciones materiales constituye otro de los aspectos característicos de esta tercera etapa. Se considerará que los progresos científico-técnicos, a pesar de sus aspectos positivos, propiciaron un estado de quiebra moral de la sociedad, supuestamente inducida por el materialismo y el pragmatismo derivado de la concepción científica del saber. Ello había conducido a un desprestigio general de la ciencia y la técnica, solamente superable mediante el apoyo que puedan recibir de otras formas puras de saber (la filosofía, la metafísica) reconduciéndolas hacia los valores religiosos:

«Volvamos a un humanismo auténtico. Moderado y un poco escéptico de sí mismo, por sus ansias hacia lo trascendente-religioso. Que transmita esa moderación, y algo así como el desasimiento de nuestros místicos [los científicos y los técnicos], a todas sus creaciones, por muy respetables que sean sus nombres, máxime a aquellas que, en el fondo, sólo persiguen fines materiales. Harta y bien meritoria labor les queda a la ciencia y a la técnica para hacer posible la vida en un mundo que se va haciendo de día en día más pequeño, más poblado y más tremendamente complejo. En buena hora haga aquí sus faenas la modesta e inexcusable Marta; pero no nos olvidemos de María.»{114}

A la filosofía de este modo considerada le será asignado un papel fundamental, una responsabilidad característica. Así lo entendió José Pemartín en el discurso inaugural que abrió las sesiones de la Sección 6ª del Congreso celebrado en Lisboa en 1950.{115} La filosofía (recuperando algunos puntos de vista que ya hemos podido ver en otros trabajos) será considerada el motor de desarrollo de una cultura, su fundamento, en la medida en que la filosofía es la determinante de la conducta de un pueblo, de suerte que, mal entendida, la filosofía puede convertirse en el auténtico elemento de disolución de una cultura, por ejemplo, a través de la revolución. En este sentido, según Pemartín, a la filosofía le es exigible una responsabilidad moral; responsabilidad que recaerá sobre las selectas minorías que la cultivan y que son, en última instancia, las responsables de las conductas individuales y colectivas. La crisis mundial que desembocó en la Segunda Guerra Mundial y que, tras ésta, aún sigue manifestándose, es una consecuencia del grave error de los sistemas filosóficos que, desatendiendo la definición propia de la filosofía como «ciencia de la totalidad», se dispersaron en formas parciales (racionalismo con Descartes, el idealismo de Husserl, el positivismo, el existencialismo). Sin embargo:

«No valdría más un menor progreso de las ciencias, porque la finalidad de las ciencias es la búsqueda de la verdad, y el camino de la verdad es el camino de Dios. Por eso, con tanto énfasis, me he permitido buscar hoy, entre todas las ciencias, aquella que puede ser responsable de esta terrible desviación del camino divino de la verdad, que es la Ciencia, hacia el abismo de la desgracia de la Humanidad. Y lo he señalado enérgicamente y –humildemente– en las Ciencias Filosóficas, en la Filosofía, que, por ser ciencia de totalidad, es la que puede abarcar el destino total del hombre, sus últimas causas y sus últimas consecuencias...Y su fallo, el más principal: el dejar de lado el principio de finalidad, que, como dijimos, hasta las Ciencias Físicas, en sus aspectos más actuales, y, desde luego, las Biológicas y Morales, reclaman por todas partes. Principio de finalidad que implícitamente ha de conducir a esa religiosidad –base integradora de toda cultura con fuerza vital–, a la que volvió la espalda la Filosofía en buena parte, en los tiempos modernos; y a la que tiene que volver necesariamente, a la que se siente volver por todas partes a la Humanidad, si no quiere perecer, no sólo espiritual, sino materialmente aplastada por ese ídolo de la materia ante el que se posternó, idólatra, el mundo moderno, y que hoy terrible parece que sobre él se derrumba.»{116}

En este discurso de José Pemartín encontramos perfectamente definidas las líneas de fuerza que definen claramente la posición ideológica que marca el desarrollo del tercer período por el que, según nos parece, transcurrió la AEPC. Ante todo la reivindicación de la filosofía como disciplina científica que da unidad y preside las ciencias positivas, por cuanto la filosofía es considerada la «ciencia de la totalidad», la ciencia suprema del bloque que conforma el primer «elemento categorial» de la cultura: el Saber.{117} La cultura, en su desarrollo, sostiene Pemartín, [74] ha pasado por un proceso de disolución; un proceso que ha conducido a la inversión del orden natural de su propio desarrollo, por cuanto lo superior (lo espiritual) ha sido subordinado a lo inferior (lo material). Esta inversión del proceso cultural ha llevado a una situación de crisis tal, que necesita ser rectificado inmediatamente, siendo la filosofía su elemento corrector aunque, ésta, previamente, deberá atravesar (subordinarse) el «umbral de la Religiosidad»:

«La Filosofía se detiene muchas veces en el umbral de la Religiosidad, porque algunos de los instrumentos que emplea no son adecuados para entrar en aquélla. Pero todos los caminos filosóficos conducen de algún modo a Dios. Peregrina desde hace treinta años, en busca de la última verdad, al llegar en estos días trágicos al trance de la suprema piedad, de la angustia, del miedo que produce al idea de ver a la Humanidad, otra vez, al borde del abismo, es preciso que la Filosofía dé un paso más y entre en el templo último de la peregrinación, en el recinto de la Religiosidad. Y para ello ningún símbolo mejor que la conmovedora meta de peregrinaciones, que es la 'Cova de Fátima', que atrae a innumerables corazones de todas partes, pero especialmente a hermanos portugueses y españoles. Como los símbolos de la pequeña Virgen portuguesa, deseo a la Filosofía futura lo que generalmente le falta a la Filosofía, demasiado impregnada del pecado de los ángeles: pido para ella, paradójicamente, en estos tiempos apocalípticos, más que la altura del águila orgullosa de Patmos, de ojo penetrante en los arcanos de la Tierra, las virtudes exquisitamente cristianas –que conducen al cielo– de las palomas al pie de la Virgen: la sencillez y la humildad.»{118}

La situación política a la que España se vio avocada tras la guerra civil y su adhesión al eje nazi-fascista que en ningún momento fue ocultada por los seguidores del alzamiento de julio,{119} provocó que las relaciones internacionales de España se vieran francamente disminuidas, quedando prácticamente reducidas a los contactos con el vecino Portugal.

Esta situación se trasladó asimismo a la AEPC. En efecto, pese a que los contactos con la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias (APPC) se remontan a 1921 (Congreso de Oporto), a partir de 1942 las relaciones con ella se estrecharán mucho más.{120} El primer paso en esta intensificación se produjo durante el Congreso celebrado en Oporto en 1942, cuando Luis Marichalar propuso la celebración anual de conferencias que reuniesen a portugueses y españoles, con el fin de estrechar los intercambios entre ambas instituciones: «Para que este fuego sacro no se apague ni extinga, hemos de organizar las dos Juntas, Lusitana y Española de las Asociaciones, conferencias en ambos paises durante los dos años que transcurran de un Congreso a otro acerca de las disciplinas de las diversas secciones, con lo cual el trato, la comunicación y el intercambio de ideas no se interrumpirán ni un día.»{121} Congreso en el que, sin embargo, la representación española se vio muy disminuida:

«En cuanto a la asistencia personal de los miembros de nuestra Asociación, las circunstancias internacionales nos obligan, bien a nuestro pesar, a establecer para ella una limitación en el número, mediante normas que más adelante se fijarán...»{122}

«Las circunstancias actuales obligan a reducir la representación de la Asociación Española a un corto número de socios, para los que el Gobierno concederá el oportuno pasaporte y divisas.»{123} [75]

Este Congreso coincidía con la reciente reorganización a que fue sometida la Asociación Portuguesa por la cual dejaba, según indica su Presidente, de ser una mera sociedad de amigos, para convertirse en una federación de sociedades científicas.{124} Sin embargo, la APPC, no alcanzaría su organización definitiva hasta 1950 según se dice en un resumen de la actividad del Congreso celebrado ese mismo año en la ciudad de Lisboa, del que se da noticia en la revista Las Ciencias, y en la que se resalta éste hecho como uno de los aspectos destacables del Congreso: «Es el primero la constitución definitiva de la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias con la integración, a los efectos de estas reuniones bianuales, de los representantes de las Asociaciones científicas portuguesas que, en número de veintinueve, abarcan casi todas las ramas del humano saber.»{125}

En otro orden de cosas, durante el período que abarca esta tercera etapa se produjeron algunos acontecimientos dignos de mención. Ante todo destacamos el fallecimiento de Luis Marichalar, quien ocupó el cargo de Presidente de la Asociación desde 1928 hasta su muerte en 1945. El anuncio de su fallecimiento fue dado por José María Torroja en el nº 4 de la revista Las Ciencias (1945), donde se adelantaba que el número siguiente (nº 1 de 1946) estaría dedicado a honrar la figura de Marichalar. Tras la muerte de Luis Marichalar la presidencia de la Asociación permaneció vacante varios años, así el XIX Congreso, celebrado en San Sebastián (1947), se convirtió en un solemne homenaje al desaparecido Presidente, cuya presencia, sin embargo, se consideraba espiritualmente asegurada:

«Ha querido la Junta de nuestra Asociación que este Congreso se celebrara bajo la presidencia espiritual de quien tanto hizo por ella, ya que, desgraciadamente, la muerte le arrebató, privándonos, no sólo de su muy valiosa colaboración y ayuda, sino de su alta dirección. La Asociación no ha querido cubrir el puesto vacante. Actuamos los Vicepresidentes, queriendo con ello rendir homenaje más sentido hacia la memoria del que fué nuestro insigne Presidente. Materialmente nosotros actuamos sustituyéndole, pero espiritualmente queremos ver en la organización y en la dirección de este Congreso su figura y su inspiración.»{126}

Precisamente sería José Gascón y Marín quien sucediera a Luis Marichalar en la Presidencia de la Asociación, apareciendo ya como tal en el nº 4 del año 1948 de la revista Las Ciencias. A partir de entonces, se introdujo una novedad en el seno de la Junta directiva, a saber, la de limitar la ostentación de la Presidencia a dos años. Así se anuncia en Las Ciencias:

«En una de las últimas sesiones celebradas por la Junta Directiva de la Asociación, se acordó que el Presidente desempeñe su cargo durante dos años cesando automáticamente al finalizar tal período, siendo sustituído por el Vicepresidente primero. Fué elegido Presidente el Excmo. Sr. D. José Gascón y Marín, que con el Excmo. Sr. D. Rafael Estrada y Arnáiz desempeñaban los cargos de Vicepresidentes, pasando por ello a ocupar el cargo de segundo Vicepresidente el Excmo. Sr. D. Pedro Muguruza Otaño.»{127}

Bajo la presidencia de José Gascón Marín, se celebró el XXI Congreso de la AEPC, en cuya sesión de clausura se acordó designar como Presidente de la Asociación a Rafael Estrada Arnáiz, pasando a ocupar el cargo de Vicepresidente primero el que, tras Arnáiz, se convertiría en octavo Presidente de la Asociación: Manuel Lora Tamayo. Por último, señalar que el 17 de diciembre 1955 se produce el fallecimiento del que venía siendo Secretario General de la AEPC desde 1934, José María Torroja Miret, siendo sustituido en el cargo por su hijo José María Torroja Menéndez.


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Cuarta Etapa de la AEPC (1956-1979)

Hemos podido observar las diferentes coordenadas bajo las que la AEPC fue evolucionando desde su constitución, determinando distintos modos de entender los cauces que la AEPC debía seguir, lo cual nos ha permitido establecer diferentes etapas en su historia.

En la cuarta y última, que coincide con un momento en el que España, tras casi veinte años de aislamiento, intenta un cierto aperturismo político, podemos observar una tímida recuperación de las preocupaciones propiamente científicas, en buena parte gracias a la influencia que algunos sectores de la Asociación portuguesa ejercieron sobre la española.

Los primeros síntomas de esta vuelta hacia una mayor preocupación científica los podemos detectar en 1955. En efecto, bajo los auspicios de la UNESCO, se celebró en Madrid (entre el 19 y 22 de octubre de 1955) una reunión internacional sobre difusión de la ciencia.{128} A ella asistieron representantes de las diferentes Asociaciones para el Progreso de las Ciencias de toda Europa e incluso de América, encargándose, la AEPC, de preparar un informe sobre «Coordinación y posible creación de federaciones internacionales o regionales de asociaciones nacionales para el progreso de las Ciencias y de Asociaciones nacionales de escritores científicos.»{129} [76]

En esta reunión participaron diversos delegados de las Asociaciones nacionales europeas para el progreso de las ciencias{130}; delegados de las asociaciones nacionales europeas de escritores científicos{131}; delegados designados por los Gobiernos europeos donde no existían asociaciones para el progreso de las ciencias{132}; y representantes de la Secretaría de la UNESCO.{133}

El aperturismo político de España fue resaltado durante la celebración del XXIV Congreso Luso-Español por Alberto Martín de Artajo (Secretario del Consejo de Estado y ex-Ministro de Asuntos Exteriores), quien pronunció una alocución sobre «La unidad de Europa en el pensamiento de S. S. Pío XII».{134} En este discurso Martín de Artajo fundamenta, siguiendo las tesis de Pío XII, el movimiento hacia la unidad europea en la unidad que representa la fe católica, pudiendo observarse la tendencia ideológica que, a pesar del giro observado, seguía manteniéndose:

«El cimiento moral de la Europa unida y el espíritu que la informe no pueden ser más que uno, según el Papa: la fe cristiana, que ha sido durante siglos la base y el aliento de las naciones europeas. Era la religión el alma de Europa en sus siglos de esplendor. Sólo cuando se quebró su unidad religiosa, la armonía de Europa quedó rota, y 'desde el momento en que la cultura se separó de la religión, la unidad europea quedó disgregada'. Pero, a pesar de la secesión que implicaba la Reforma protestante, la idea cristiana había ya de tal modo fecundado nuestra civilización occidental, que ha permitido a ésta resistir los ulteriores embates y constituye aún hoy la fe cristiana el elemento más vital y operativo de la unidad cultural del Viejo Continente y de su proyección en todo el mundo, y singularmente en América.»{135}

Martín de Artajo, incide en la incorporación de España al proceso que conducirá a la unidad europea:

«España no se ha quedado a la zaga de este movimiento, y los diversos grupos europeístas que funcionan en nuestra Patria, sean de carácter político, cultural o económico, trabajan ardorosamente en tal empeño. Sirvan de ejemplo, puesto que, en esfuerzo y en aciertos, van a la cabeza de todos los demás movimientos: en el campo económico, la empresa ya en gran parte realizada por la Sociedad 'Estudios Económicos Españoles y Europeos', que lleva publicados tan valiosos volúmenes sobre la unidad económica de Europa, bajo la experta guía del ilustre pensador y hombre público don José Larraz y con la colaboración meritísima de un nutrido equipo de especialistas. Y en el campo diplomático, el Centro Europeo de Documentación e Información, con sus Congresos anuales de El Escorial.»{136}

Tras el discurso de Martín de Artajo se acordó enviar un telegrama por el que se rendía homenaje a Pío XII, recientemente fallecido, y se saludaba al nuevo Vicario de Cristo en la Tierra.{137}

El inicio de esta cuarta etapa lo hemos situado en 1956. La razón fundamental reside en que a partir de 1956 se observa un proceso de reorganización de las Secciones que terminará con la disolución de las mismas. En efecto, en 1956, a raíz del Congreso celebrado ese año en Coimbra, se inicia una polémica en torno a la organización (la clasificación de las ciencias) de las Asociaciones española y portuguesa. Durante las sesiones celebradas por la Sección 7ª, «Ciencias históricas y filológicas», se solicitó la revisión de las clasificación de las ciencias a que estaban sometidas las Asociaciones; desde la Sección 2ª, «Astronomía, Geodesia, Geofísica y Geografía», se solicitó la creación de una Sección de Geografía independiente de la 2ª; y la Sección 9ª «Ingeniería y Arquitectura», propuso suprimir la designación de «y otras Ciencias aplicadas» de esa Sección, variación que sólo afectaba a la Asociación portuguesa, pues la española se denominaba «Ingeniería y Arquitectura».{138}

Las críticas vertidas sobre la estructura en Secciones se fundó en el carácter excesivamente general de las mismas, por cuanto se consideraba que resultaban inadecuadas dado el grado de especialización que habían alcanzado las ciencias, e incluso llegó a cuestionarse la pertinencia de seguir realizando Congresos de carácter tan general. Leite Pinto, Ministro de Educación Nacional portugués, expuso claramente los términos de la polémica, y, él mismo, tomó partido al defender la necesidad de seguir manteniendo las reuniones: [77]

«...la estructura de los Congresos de las Asociaciones peninsulares para el Progreso de las Ciencias ha sido duramente criticada con el pretexto de que las reuniones científicas tienden a reducir cada vez más el campo de los problemas a estudiar. Pero a mi entender, una de las ventajas principales de las reuniones científicas nacionales e internacionales es el contacto de las gentes. El cambio de impresiones permite precisar puntos que parecían dudosos en las lecturas de las Memorias, y surgen nuevas orientaciones que el propio autor no sospechaba cuando lanzó la idea original. Por otra parte, el contacto entre especialistas de diversas ramas puede descubrirles campos de acción comunes o analogías de hechos o métodos, que, sin estos cambios de impresiones, les quedarían desconocidos. Fuera del campo de la matemática es muy probable que sus métodos de investigación puedan conducir a descubrimientos fundamentales. Por otra parte, hoy día que la investigación en equipo es cada vez más indispensable, exigiendo el concurso de muchos especialistas y técnicos, es evidente el interés de este tipo de Congresos científicos.»{139}

En la misma línea se mantiene Abilio Fernandes, responsable de la organización del Congreso de Coimbra, quien tras expresar su satisfacción por los resultados del Congreso:

«Se refiere a continuación a la tendencia señalada en la reunión de las mesas de las secciones, que exigirían una modificación de los Estatutos de las Asociaciones. Si estas tendencias se mantienen, expresa su deseo de que en lo futuros Congresos no se llegue a suprimir la posibilidad de presentar comunicaciones libres, supresión –dice– que sería funesta al progreso de la Ciencia. Estas comunicaciones podrán coexistir con la discusión de temas propuestos presentados por los especialistas.»{140}

Podemos detectar pues dos tendencias en el seno de las Asociaciones. Una, la más cientifista, se dirige hacia la eliminación de las Secciones, encaminada a la introducción de temas mucho más específicos y variados; otra, la más tradicionalista, desde la que se propugna el mantenimiento de las Secciones sin perjuicio de que se permita la presentación de trabajos más especializados.

A consecuencia de este debate interno sobre la organización de las Asociaciones, en 1957, conforme a los acuerdos adoptados en el Congreso de Coimbra, se organizaron tres Secciones más, fruto de la escisión de las ya existentes. Así, se dividen las Secciones 2ª, 3ª y 4ª, separándose, respectivamente, la Geografía de la Astronomía, Geodesia y Geofísica; la Física de la Química y la Biología de la Geología. Según esto, la AEPC queda reorganizada del modo siguiente:{141}

1ª. Matemáticas
2ª. Astronomía, Geodesia y Geofísica
3ª. Física / Presidente, Julio Palacios Martínez
4ª. Geología / Presidente, Eduardo Hernández-Pacheco
5ª. CC Sociales
6ª. Teología y Filosofía
7ª. Historia y Filología
8ª. Medicina y Cirugía
9ª. Ingeniería y Arquitectura
10ª. Geografía
11ª. Química / Presidente, José Casares Gil
12ª. Biología / Presidente, Salustio Alvarado

Sin embargo, la revista Las Ciencias no adoptará la nueva división en Secciones hasta 1958 (nº 1).

Bajo este signo se celebró el XXIV Congreso Luso-Español (Madrid, 1958), que tuvo unas especiales connotaciones dado que coincidió con el L aniversario de la fundación de la AEPC. Además, un Decreto de 7 de febrero de 1958 otorgó carácter oficial a la conmemoración de las «Bodas de Oro» de la Asociación.{142}

En este Congreso, además de adoptarse la nueva organización de las Secciones, se introduce la importante novedad de incluir la presentación de ponencias sobre temas propuestos de antemano, organizándose en torno a Coloquios. Manuel Lora Tamayo{143} en el discurso pronunciado en la sesión de clausura manifiesta expresamente la necesidad de modificar la estructura organizativa de la Asociación:

«Donde existen asociaciones del tipo de la nuestra, concebidas algunas hace más de un siglo, en las que este orden de actividad ha constituído su peculiar razón de origen, las características y modalidades que un progreso arrollador da al problema, obligan a una acomodación a las circunstancias del momento. Con este criterio, por ejemplo, la British Association ha modificado en el último año su organización interna y el repertorio [78] de sus actividades, en un propósito de adaptación a las circunstancias de la época presente (...)

Anima esta orientación el mismo latido que excita la inquietud dominante hoy en los países más adelantados. En más de una Asociación extranjera, de igual alcance que la nuestra, se dirigen actualmente sus deliberaciones sobre la situación actual hacia la ordenación de sus congresos y reuniones, considerando que no pueden reducirse éstos a una presentación de trabajos de investigación, que tienen ya su lugar específicamente adecuado en las reuniones de los especialistas correspondientes, si quiere evitarse degenerar en una organización inoperante. Además de aquéllos es, sin duda, del máximo interés concentrar la atención sobre la necesidad de presentar la ciencia de la manera más eficaz posible al público en general. Desarrollando una labor de esta naturaleza, la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias puede ser una institución de excepcional valor en ayuda de la obra educativa estructurada, cumpliendo siempre, con modalidades de forma, los objetivos fundacionales que, vivos y permanentes hoy, revelan la clarividencia de sus ilustres fundadores.»{144}

Ahora bien, Lora Tamayo expresa asimismo la necesidad de mantener este tipo de reuniones generales para «aproximar a los sabios que cultivan áreas distintas para lograr una mayor y una más honrada valoración de la obra ajena». Sabios de todas las ramas del saber, es decir tanto de las ciencias naturales como de las ciencias del espíritu. Anclado aún en el viejo ideal de la unidad de la ciencia, el Presidente de la Asociación, sostiene que este tipo de reuniones puede servir para reconciliar a los sabios de las dos grandes ramas del saber (de cuya separación levantaría acta C. P. Snow en su célebre Conferencia Rede en 1959):

«...pero cuando a finales del siglo pasado la aplicación de los descubrimientos científicos iniciaba la revolución técnica que ha llegado a alcanzar la dimensión actual, se fué separando cada vez más la ciencia informadora de todo este movimiento, de las humanidades que tradicionalmente incluían. Pero el principio de esta diferenciación ha supuesto ya el golpe de gracia a la unidad clásica del saber, determinando que sus grandes ramas, la de las ciencias del espíritu y la de las ciencias de la naturaleza, asumieran una mutua postura de indiferencia que da carácter agudo a la crisis de este momento. El científico propende a despreciar cualquier preocupación espiritual y suele cerrar los ojos hacia aquello que representa una tradición intelectual de siglos, y el hombre de letras, por su parte, desdeña con frecuencia al científico, a quien, en todo caso, cotiza en los estrictamente teórico, pero repele en cuanto pueda tener sentido de utilidad o aplicación algunos de sus descubrimientos.»{145}

Razón tenía Snow cuando, en 1963, al publicar su segundo enfoque afirmaba: «Estaba claro que mucha gente venía ya pensando antes en todo el asunto. Las ideas estaban en el aire. Sólo falta que alguien, en alguna parte, le diese una forma verbal expresa. Era como apretar el gatillo. No hacía falta que las palabras fuesen las más acertadas; pero el momento, que nadie podía haber vaticinado, tenía que ser el oportuno. Cuando tal ocurrió, al aprendiz de brujo no le quedaba sino mirar consternado el desbordamiento del agua».{146}

Bajo la presidencia de Lora Tamayo se recupera pues el interés por el cultivo y divulgación de la ciencia, así como la planificación, financiación, enseñanza en los centros de investigación, &c., como se ve en el trabajo de G. Millán (Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros).{147}

El Coloquio sobre Cartografía alcanzó un notable éxito, lo que provocó la celebración de distintas reuniones con el fin de continuar las discusiones allí planteadas. Estas reuniones tuvieron lugar los días 15 y 27 de enero, 6 y 17 de febrero, 4 y 31 de marzo de 1959, y, de ellas, surgió la propuesta de José María Torroja de crear un Grupo de Estudios Cartográficos con la intención de constituirse, posteriormente, en una Sociedad Nacional de Cartografía similar a las que ya existían en otros países. Para estudiar la forma de organizar dicho Grupo, se nombró una comisión compuesta por Santiago de Aréchaga, Girón, Rodolfo Núñez de las Cuevas y Vázquez de Maure.{148} Finalmente, este Grupo quedaría constituido encuadrado dentro de la AEPC y su Junta directiva quedó formada por:{149}

Presidente, Francisco Hernández Pacheco, Catedrático de la Universidad de Madrid.
Vicepresidente, José María Torroja, Catedrático de la Universidad de Madrid e Ingeniero geógrafo.
Secretario general, Francisco Vázquez Maure, Ingeniero geógrafo.
Secretario técnico, Rodolfo Núñez de las Cuevas, Capitán de Ingenieros e Ingeniero geógrafo.
Tesorero, Santiago de Aréchaga y López de Letona, Ingeniero de Caminos.

Este Grupo fue representado por Vázquez de Maure y Núñez de las Cuevas en la III Conferencia Internacional de Cartografía celebrada en Berna los días 9 y 10 de junio 1959.

La celebración de Coloquios comenzó a cobrar mucha importancia a partir del Congreso de 1958 no ya sólo como parte principal en el desarrollo de los Congresos, sino también al margen de ellos. Así, a finales de 1959 se tenían proyectados tres{150}: el primero, sobre «Problemas del transporte» (anunciado para noviembre de 1959, pero aplazado para la primavera de 1960); el segundo, sobre «Velázquez»; y el tercero, sobre «Problemas del Sahara» (éste último celebrado del 25 al 30 de abril 1960, bajo la dirección de Eduardo Hernández Pacheco).{151} Y del 9 al 11 de mayo de ese mismo año, tuvo lugar otro sobre «Terminología lingüística».{152}

A partir de 1959 se produce una nueva reorganización de las Secciones. Se crearon otras dos: la Filología se separa de la Historia (a la que se añade la Arqueología) formando la Sección 13ª junto a la Literatura; se separa la [79] Agronomía de la Sección 9ª, formando la 14ª; y la Pedagogía se incorpora a la Sección 6ª. De este modo, a la división expuesta arriba se añaden la siguientes modificaciones:{153}

6ª. Teología, Filosofía y Pedagogía
7ª. Historia y Arqueología
13ª. Filología y Literatura / Presidente Rafael Lapesa Melgar, Catedrático de la Universidad de Madrid y Académico.{154}
14ª. Ciencias agronómicas / Presidente, Miguel Echegaray Romea, Ingeniero Agrónomo y Dtor. del Instituto de Investigaciones Agronómicas.

Los continuos cambios que afectaron a la estructura de las Asociaciones vinieron determinados seguramente por la dinámica impuesta por los propios científicos, cuyos trabajos altamente especializados no podían encuadrarse ya a ninguna de las Secciones. Para evitar la dispersión se impuso la necesidad ajustar los trabajos a temas específicos, ya fuera en el marco de los Coloquios, ya en el de las Secciones. En efecto a partir del XXVI Congreso (Oporto 1962) los Coloquios empezaron a tomar una mayor preponderancia sobre las comunicaciones libres presentadas en las diversas Secciones. Hasta el punto de que, en este Congreso, los trabajos presentados en las diversas Secciones estaban sujetos a temas propuestos de antemano (cobrando, por tanto, la misma forma que los Coloquios),{155} según los acuerdos tomados en el Congreso anterior (Sevilla 1960):

«De acordo com a Associaçao Espanhola e segundo o voto expresso na sessao de encerramento do Congresso de Sevilha, em Novembro de 1960, o XXVI Congresso obedecerá, em boa parte, a umna nova orgânica destinada a corrigir, na medida do possível, a enorme dispersao dos trabalhos e as desvantagens da progressiva tendência –cada vez maior e, sem dúvida, necessária– para a especializaçao, a tornar, de dia para dia, mais difícil a convivência dos que se dedicam aos vários ramos do conhecimento e, no âmbito de cada um destes, dos especialistas dos seus diversos sectores.»{156}

Los dirigentes de las Asociaciones española y portuguesa (ancladas en el ideal de la ciencia unificada) empeñadas en mantener la unidad de los Congresos, se vieron obligadas, no obstante, a ceder en sus planteamientos ante las presiones ejercidas sobre todo por las Sociedades científicas que componían la Asociación Portuguesa desde su reorganización, y desde las cuales se solicitaba la supresión de las Secciones y la admisión de trabajos mucho más especializados.{157}

Por nuestra parte, consideramos que esta reestructuración de las Asociaciones supuso un intento desesperado por mantener una institución cuya estructura organizativa había quedado desbordada al irrumpir la «gran ciencia». A pesar de que desde el seno de las dos Asociaciones se postulaba la necesidad de poner freno al excesivo especialismo mediante la introducción de Coloquios interdisciplinares que ofrecieran a los científicos cierta vena humanística:

«Nuestras dos Asociaciones para el Progreso de las Ciencias podrían sentir la satisfacción de su cometido, si, fruto del espíritu de estas reuniones, aunque al margen de ellas, porque escapan a su competencia, surgieran esas más íntimas y prolongadas colaboraciones, en interés recíproco de nuestros dos países. Y si al plantearlas ahora, para más obligar, dentro de una corriente inicialmente económica, sentimos justificadamente un escrúpulo de materialismo, el amplio espectro de ambas Asociaciones, que va de la Teología a la Ingeniería, nos permitirá contrapesar sus efectos, fomentando, por otra parte, lo humanístico, en busca de ese equilibrado consorcio que propugnaba el egregio Pontífice Pío XII, como única liberación posible de un 'tecnicismo' aniquilante, en su exclusividad, de aquellos valores que han de salvarse siempre por su sentido de eternidad.»{158}

Desde esta perspectiva se comprende que surgieran voces, como la de Fernando de Castro Pires de Lima, reclamando la necesidad de introducir una Sección de «Ciencias Humanas».{159}

Sin embargo lo cierto es que las tendencias cientifistas fueron imponiéndose en perjuicio de las Secciones y sobre todo de las que durante la segunda y tercera etapa habían jugado un papel preponderante.{160} Así, en su discurso de clausura del XXVII Congreso (Bilbao, 1964) el entonces Subsecretario de Educación Nacional, Luis Legaz Lacambra, ponía de manifiesto los últimos coletazos de la tendencia manifestada en la etapa anterior: «Sin embargo, el porvenir de la filosofía en cuanto metafísica no está aún decidido, por muy amenazada o comprometida que parezca. [80] El genio filosófico del hombre puede aún aportar creaciones que, en el ámbito de las humanidades, se justifique aun sin ser experimentalmente verificables, pero que sean válidas por fundarse en una experiencia moral, metafísica y religiosa que atestigüe la indigencia del hombre y la necesidad de un fundamento trascendente para el mundo.»{161}

En este Congreso se celebraron un total de 16 Coloquios,{162} permaneciendo completamente ignoradas las Secciones. Será José María Torroja quien entone el canto agónico de un sistema de organización caduco que se desmoronó por su propio peso:

«...la Real Sociedad de Matemática se reúne todos los años; la de Física y Química, cada dos años, y análogamente lo hacen otras Sociedades científicas. Existen además Congresos Internacionales y otra serie de reuniones a las que asisten normalmente nuestros investigadores y técnicos. Esto ha de repercutir sin duda alguna en la asistencia a las Secciones de nuestros Congresos: si nuestros matemáticos, físicos y químicos han de colaborar en sus reuniones anuales o bienales, difícilmente podrán hacerlo, además, en las Secciones de nuestros Congresos. Esta multiplicidad de reuniones no existía en 1908, cuando se creó nuestra Asociación, y así resulta, limitándonos a las disciplinas antes citadas, que en nuestro primer Congreso celebrado en aquel año, se presentaron 20 trabajos en la Sección de Matemáticas y 36 en la de Física y Química, mientras que en el actual, pese al número enormemente superior de científicos existentes actualmente en España, los números de comunicaciones de españoles han sido de seis en la Sección de Matemáticas, veintiuno en la de Física, y catorce en la de Química. Pero además de aquellas reuniones periódicas, hoy existen una serie de organismos nacionales e internacionales que tampoco existían en 1909 [sic]. Existe el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto para la Alta Cultura con funciones, que, en parte, podrían aplicarse con las que nuestras Asociaciones y nuestros Congresos tenían en sus comienzos. El resultado es que el número de comunicaciones presentadas en las Secciones ha sido en general muy inferior al de los últimos Congresos, especialmente en la Secciones de Matemáticas (6), Astronomía (5), Ingeniería (3) y Geografía (3), mientras que en el Congreso de 1958 los números fueron respectivamente 40, 37, 34 y 10. La Sección de Astronomía no ha celebrado más que dos cortas sesiones con tres asistentes en cada una. La de Geografía no se ha llegado a reunir. La Sección novena (Ingeniería y Arquitectura) celebró una sola sesión con sólo tres asistentes, en al que se aprobó un voto, señalando 'la aparente inutilidad de la existencia de las Secciones del tipo en vigor y comprobarse que los Coloquios despiertan bastante más interés'.»{163}

En efecto, la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias después de haber permanecido anquilosada a partir de 1940 (tercera etapa), intentó recuperar el carácter científico que había perdido prácticamente desde la primera etapa. Estos intentos se dieron sobre todo a partir de 1956 (cuarta etapa), pero el tiempo transcurrido hacía prácticamente imposible recuperar el ritmo, a pesar de los esfuerzos revitalizadores que Lora Tamayo trató de imprimirle. Hemos dicho que en esta cuarta etapa (frente a la tercera) se tendió, coincidiendo con un cierto aperturismo político y ciertos aires tecnócratas, hacia perspectivas más cientifistas, cobrando mayor importancia todos los aspectos relacionados con la difusión de la ciencia. Ya vimos como la Asociación se incorporó a los planes de desarrollo y difusión científicas promovidos desde la UNESCO, en cuyo marco debe entenderse la constitución del Premio Feijoo creado con el fin de premiar los mejores artículos (no inferiores a tres) de divulgación científica aparecidos en la prensa diaria.{164} El cambio de formato de la revista Las Ciencias [81] constituyó otro de estos intentos. El último número, según el modelo de división en Secciones, fue el nº 4 de 1960.{165} Con este número se cerraba un ciclo de veinticinco años de publicación casi ininterrumpida (sólo dejó de publicarse desde julio de 1936 hasta diciembre 1938); pero con él también se iniciaba el desmoronamiento de una institución cuyos fines sólo pudieron ser satisfechos en sus inicios. Como ejemplo del renacido interés por la ciencia mencionaremos el estudio llevado a cabo por Cristóbal Martín (Investigador. S. de Alto Vacío, Instituto «Leonardo Torres Quevedo), promovido por el Ministerio de Educación, el Patronato «Juan de la Cierva» y la UNESCO, sobre museos de historia de la ciencia y de la técnica, museos de ciencia especializados y museos mixtos.{166} Estudio que le permitió recorrer los museos de 20 ciudades (Florencia, Munich, Viena, París, La Haya, Leiden, Birmingham, Edimburgo, Londres, Chicago, Washington, &c.), para observar las peculiaridades relativas a los materiales que son objeto de exhibición, los modos de exhibición, los medios auxiliares empleados para la misma, la cantidad y tipo de público que los visita, el tipo de actividades que se generan en torno a estos museos, &c. El objeto de este estudio era llevar a cabo la organización de un Museo Nacional de Ciencia y Técnica que Manuel Lora Tamayo se había propuesto crear, a quien, Cristóbal Martín, agradece que «tome la empeñosa iniciativa de conseguir que en nuestro país se constituyan uno o más Museos de la Ciencia y de la Técnica, haciendo desaparecer la sorprendente laguna de su falta. La idea motriz de la visita ha sido la de reunir suficiente información para rendir una memoria objetiva y operativa a la Comisión encargada por el Ministerio de Educación para estudiar la creación en Madrid de un Museo de Ciencia y Técnica. En colaboración con los expertos de la UNESCO se establebleció un programa comprensivo de veinte Museos de Ciencia y Técnica, de carácter muy diverso, localizados en otras tantas poblaciones radicadas en Europa Occidental y los Estados Unidos. Eso me ha permitido conocer diversas modalidades de estos Centros; apreciar experimentalmente el número y calidad del público visitante; el material objeto de exhibición; el nivel de éstas; las técnicas de presentación y, todo ello, la posibilidad de establecer ciertas generalizaciones fundadas.»{167}

Podemos afirmar que la introducción de los «Coloquios» en el seno de las Asociaciones (la AEPC y la APPC) condujo a la disolución de las mismas. A partir de 1958 (Congreso de Madrid), las Asociaciones dejaron de publicar las Actas correspondientes a las comunicaciones presentadas a las Secciones, limitándose a la publicación de los trabajos presentados a los diferentes Coloquios. En 1962 (Congreso de Oporto) sólo funcionaron las Secciones 4ª (Geología), 7ª (Historia y Arqueología), 8ª (Medicina y Cirugía) y 12ª (Biología). Y a partir del Congreso celebrado en Bilbao (1964) se limitaron (salvo en el de Lisboa de 1970) a editar unos folletos en los que se reseñaban los trabajos presentados a las reuniones. La AEPC había abandonado en realidad la edición de las Actas desde que apareció la revista Las Ciencias, publicando volúmenes únicos hasta el Congreso de Málaga (1951), a partir del cual dejaron de editarse incluso éstos, norma que sólo se rompió en el Congreso de Madrid (del que se editó un volumen único) y en el de Bilbao (1964), porque, del Congreso celebrado en Oviedo (1953), sólo apareció un volumen en el que se recogían los trabajos presentados a la Sección de Medicina. La supresión de las Secciones se puede constatar totalmente a partir del Congreso de Lisboa (1970).

La Historia de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias termina prácticamente en 1979 (año en el que se celebró el último Congreso), aunque Las Ciencias siguió apareciendo (bajo el nuevo formato desde 1960) hasta 1981, tras una larga agonía consecuencia de la decadencia que se comienza a percibir desde 1958.

Triunfaron quienes propiciaron la curiosa lucha por hacerse con el control ideológico de la institución que había abanderado el ideal positivista del progreso de las ciencias que ellos consideraban peligroso; pero triunfaron cuando el curso de las ciencias seguía ya otros caminos y la institución conquistada no pudo sino morirse.


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{1} Sobre la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias podemos citar los siguientes trabajos. Elena Ronzón, «La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», Actas del II Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias (Oviedo, del 4 al 9 de abril de 1983), Tomo II, Pentalfa 1984, págs. 207-218. Mariano Hormigón, «El Primer Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», en Cinquanta Anys de Ciència i Tècnica a Catalunya, Institut d'Estudis Catalans, Barcelona 1987, págs. 121-133. Elena Ausejo, «Institutionalization of Science in Spain (1900-1936): The Spanish Association for the Advancement of Sciences», en Science and Society in Contemporary Spain. Proceedinsgs of the XVIIIth International Congress of History of Science (Hamburg-Munich, 1-9 August 1989), Cuadernos de Historia de la Ciencia, 6, Universidad de Zaragoza, Zaragoza 1990, págs. 55-61. Elena Ausejo, La institucionalización científica en España en el primer tercio del siglo XIX: La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (Tesis Doctoral), Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza, Sección de Matemáticas, Zaragoza 1991. Una reseña sobre éste último puede encontrarse en Llull, vol. 15 (nº 28), Zaragoza 1992, págs. 221-223.

{2} En los primeros años del siglo se produjo en España un importante florecimiento institucional que buscaba el fomento de la investigación. En 1907, por ejemplo, se funda la Junta para la Ampliación de Estudios bajo la presidencia de Santiago Ramón y Cajal. La Junta fue creada por Real Decreto de 11 de enero 1907 con el fin de fomentar y promover los intercambios intelectuales con el extranjero, fomentar la investigación científica nacional y favorecer el desarrollo de instituciones educativas. Así, mantuvo el Patronato de Estudiantes, mediante el cual se otorgaban pensiones para realizar estudios en el extranjero, que luego se publicaban a través de sus Memorias. Además, la Junta favoreció los contactos con países de Hispanoamérica sobre todo a través de la Institución Cultural Española creada en Buenos Aires en 1914, bajo la Presidencia de Avelino Gutiérrez. Ésta sostenía una cátedra desempeñada por españoles de prestigio, siendo inaugurada por Ramón Menéndez Pidal, y a la que acudieron también Julio Rey Pastor, Ortega y Gasset, &c. De la Junta, además, dependían una serie de organismos como el Centro de Estudios Históricos (creado por R. D. de 18 de marzo de 1910); la Residencia de Estudiantes (R. D. del 6 de mayo 1910), en la que pronunciaron conferencias H. G. Wells, Einstein, Bergson, Paul Valéry, Paul Claudel, Freud, Ortega, Frobenius, &c.; la Asociación de Laboratorios, siendo el Laboratorio de Automática, presidido por Leonardo Torres Quevedo, el que más estrechamente colaboraba con la Junta; la Escuela Española de Arqueología e Historia de Roma (R. D. del 3 de junio de 1910) bajo la dirección de José Pijoán; el Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza (creado por Castillejo) en el que se ensayaron métodos modernos de educación; el Instituto Nacional de Ciencias físico-naturales (R. D. del 27 de mayo de 1910).

{3} Véase, Antonio Gil de Zárate, De la Instrucción Pública en España. Imprenta del Colegio de Sordomundos de Madrid, Madrid 1855, 3 vols.

{4} Un ejemplo de lo que decimos puede encontrarse en: «Reseña de los progresos de la Instrucción Pública en España desde 1834». Boletín Oficial del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas. Tomo 1, nº 1, Parte no oficial. Imprenta de M. Rivadeneyra, Madrid 1847, págs. 22-29.

{5} En este sentido nos situamos frente a la interpretación de José Luis Martínez Sanz que en su tesis doctoral (Medio siglo de ciencia española: La Sociedad Española de Historia Natural, Editorial de la Universidad Complutense de Madrid, Madrid 1982) sostiene que la AEPC fue un proyecto de la SEHN, cuando en realidad la creación de la AEPC ya había sido proyectada por Segismundo Moret y Antonio Ríos Rosas «antes de la revolución» y, por tanto, no podemos considerar anecdótica (como lo hace Martínez Sanz) la elección de Moret como primer Presidente de la AEPC. Es cierto, sin embargo, que la ocasión próxima para fundar la AEPC la había propiciado la celebración de un Congreso de naturalistas en Zaragoza, pero no lo es menos que fue Moret quien, vislumbrando la posibilidad de dar cuerpo a su viejo proyecto, promovió la constitución de la AEPC, apoyándose en los sectores más afines a su ideología (entre ellos Luis Simarro, a la sazón Presidente de la SEHN), la mayor parte de los cuales los encontró en la Real Academia de Ciencias. Por otra parte, extraña la ingenuidad de Martínez Sanz al intentar situar en una perspectiva neutral («asepsia ideológica») la constitución de una Sociedad de científicos (SEHN) supuestamente movidos por su «amor a la ciencia». Ocurre, sin embargo, que el surgimiento en España de instituciones como la Real Academia de Ciencias (1847), la SEHN (1871), la Junta para la Ampliación de Estudios (1907), la AEPC (1908), &c., se mueve en torno a unas coordenadas ideológicas muy precisas, que únicamente se entienden en tanto que se oponen a otras coordenadas ideológicas contrarias. La AEPC es un claro ejemplo de lo que decimos, constatado no sólo en el proceso mismo de su constitución, sino también en la evolución que experimentó a lo largo de su historia.

{6} La Academia de Ciencias Naturales de Madrid se creó por Real Decreto de 7 de febrero de 1834 y se mantuvo hasta 1847 (no hasta 1843 como erróneamente afirma J. Mª López Piñero, La ciencia en la historia hispánica, Salvat (Temas Clave 94), Barcelona 1982, pág. 57) para transformarse, previa disolución, en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (por Real Decreto de 25 de febrero de 1847), a propuesta del recién creado Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas (instituido por Real Decreto de 28 de enero de 1847).

{7} Véase, Antonio Gil de Zárate, op. cit. Tomo III, Sección sexta: Establecimientos especiales, Cap. I: Reflexiones generales. Academias literarias y científicas, págs. 277-278.

{8} Véase, «Memoria leída por el Secretario General de la Asociación D. Ricardo García Mercet», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1908, págs. 7-13. También el «Discurso del Excmo. Señor Segismundo Moret y Prendergast. Presidente de la Asociación», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 19-28. Ambos discursos fueron leídos en los actos de apertura del primer Congreso en los que intervinieron, asimismo, Arturo Chervin, ex-Presidente de la Asociación Francesa para el Progreso de las Ciencias, quien saludaba la formación de su homónima española, y el Alcalde de Zaragoza, Antonio Fleta, quien agradecía la elección de su ciudad como sede de la primera reunión de la recién constituida Asociación.

{9} Los Estatutos provisionales se publicaron en un folleto editado en Madrid, con fecha de 28 de septiembre de 1908, en el que además aparece el Reglamento y Programa del Congreso de Zaragoza: Estatutos, Reglamento y Programa del Congreso de Zaragoza, Imprenta Alemana, Madrid 1908, págs. 7-13. Los Estatutos definitivos (que varían muy poco respecto a los inicialmente aprobados) fueron aprobados en la sesión de clausura del Congreso de Zaragoza, siendo publicados en las Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1908, págs. 241-244.

{10} «Memoria leída por el Secretario General de la Asociación D. Ricardo García Mercet», Actas del I Congreso de la AEPC, loc. cit., pág. 11.

{11} La fundación de la AEPC no pasó desapercibida para Ortega, en la medida en que esta institución respondía en cierto modo a su continuo llamamiento sobre la necesidad de impulsar la investigación científica en España: «Todos debemos suspirar porque andando el tiempo den los espíritus españoles una buena cosecha de sabiduría, y a más de suspirar, debemos tejer nuestra vida propia de suerte que logremos ser sabios en algo. Necesitamos ciencia a torrentes, a diluvios para que se nos enmollezcan, como tierras regadas, las resecas testas, duras y hasta berroqueñas. Pero los que más predican la buena nueva de la ciencia no han advertido que quieren que tengamos ciencia alemana o ciencia francesa, pero no ciencia española. Menéndez Pelayo, cuando juvenil y hazareño, rompió aquellas famosas lanzas en pro de la ciencia española; antes de su libro entreveíase ya que en España no había habido ciencia; luego de publicado se vio paladinamente que jamás la había habido. Ciencia, no; hombres de ciencia, sí. Y esto quisiera hacer notar...Al tiempo que supone ésta una continuidad en el esfuerzo, la ciencia y los sabios españoles son monolíticos, como sus pintores y sus poetas: seres de una pieza que nacen sin precursores, por generación espontánea, de las madres lavas, aunque bastante cenagosas de nuestra raza, y mueren muerte de su cuerpo y de su obra, sin dejar discípulos» («La ciencia romántica», El Imparcial, 4 de junio 1906. En Obras Completas, Alianza Editorial, Madrid 1987, tomo 1, pág. 41). En efecto, Ortega dedicó dos artículos a la AEPC, que aparecieron publicados en El Imparcial con fecha de 27 de julio y 10 de agosto de 1908 respectivamente («Asamblea para el Progreso de las Ciencias», O. C., 1, 99-110), en los que abraza con agrado la constitución de la Asociación. Ortega, además, participó en la Asociación (durante la primera etapa que nosotros distinguimos) figurando como uno de los secretarios de la Sección 6ª, «Ciencias Filosóficas, Históricas y Filológicas» (cargo que mantuvo hasta el VII Congreso celebrado por la AEPC en Bilbao, 1919). Durante este período presentó algunos trabajos: «Descartes y el método trascendental» (Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 6, Sección 5ª, «Ciencias Filosóficas», Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1908, págs. 5-13), y «Sensación, construcción e intuición», con el que se abrieron las sesiones correspondientes a la Sección de «Ciencias, Históricas Filosóficas y Filológicas» del Congreso celebrado en Madrid en 1913 (Actas del IV Congreso de la AEPC, tomo 1, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1913, págs. 77-88). A partir de 1921 (Congreso de Oporto) Ortega, coincidiendo con el cambio ideológico que empezaba a vislumbrarse en el seno de la Asociación (la que nosotros llamamos segunda etapa), deja de figurar como secretario de la Sección 6ª. Hasta que, poco después de su regreso del exilio (tras haber rechazado el ofrecimiento que, en 1934, le brindó la Asociación para que pronunciase un discurso sobre consideraciones generales acerca de la ciencia que debía leer en el XIV Congreso celebrado en Santiago de Compostela –Ortega, sin embargo, publicó, bajo el título de «La situación de la ciencia y la razón histórica», en La Nación de Buenos Aires los días 16, 23 y 30 de diciembre de 1934, y 2, 13 y 20 de enero de 1935, varios artículos en los que se trataban las cuestiones que hubiese querido exponer en dicho Congreso; éstos artículos pueden consultarse en, «Homenaje a José Ortega y Gasset», Cuadernos Hispanoamericanos, 403-405, Madrid enero-marzo 1984, págs. 7-22–), en un intento por adaptarse a la realidad política impuesta desde 1939, pronunciaba el discurso inaugural que iniciaba las actividades del XIX Congreso (San Sebastián, 1947), bajo el título «Del optimismo en Leibnitz» (Actas del XIX Congreso de la AEPC. Discursos generales del Congreso y algunos trabajos de las Secciones, C. Bermejo Impresor, Madrid 1948, págs. 13-38).

{12} Nótese cómo se subraya que la Asociación debe convertirse en una reunión de carácter hispano.

{13} «Discurso por el Excmo. Señor D. Segismundo Moret y Prendergast», Actas del I Congreso de la AEPC, loc. cit., pág. 26.

{14} Ibidem, pág. 22.

{15} El rey Alfonso XIII ocupaba la Presidencia de Honor de la AEPC otorgándole así su amparo; fue decisiva, en este sentido, la mediación de Segismundo Moret y de Francisco de Paula Arrillaga, Presidente, éste último, de la Sección de Aplicaciones, cargo para el que se había designado a Eduardo Saavedra quien, por problemas de salud, no pudo desempeñarlo. Véase, Estatutos, Reglamento y Programa del Congreso de Zaragoza. También «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias aplicadas del Congreso por el Coronel de Artillería D. Enrique Losada y del Corral», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 56-60. Y, «Sección 7ª, Ciencias Aplicadas. Discurso inaugural por el Presidente Excmo. Sr. D. Francisco de P. Arrillaga», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 159-165.

{16} «Resumen de la labor general del Congreso leído por el General de Ingenieros, Excmo. Sr. D. José Marvá y Mayer», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 35.

{17} «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias Matemáticas del Congreso, por el Excmo. Sr. D. José Echegaray», Actas de I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 47.

{18} «Resumen de los trabajos de las Secciones de Ciencias Naturales y Médicas del Congreso, por el Excmo. Sr. D. Santiago Ramón y Cajal», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 52-53.

{19} «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias aplicadas» del Congreso de Zaragoza, Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 55.

{20} La creación de la Sociedad de Matemáticos Españoles encontró en Cecilio Jiménez Rueda y Luis Octavio de Toledo a sus principales impulsores, quienes, años antes, habían expuesto esta idea cuando intentaron iniciar la publicación de una Biblioteca matemática clásica. La propuesta para la creación de esta Sociedad fue aprobada en la sesión celebrada por la Sección de «Ciencias Matemáticas» el 23 de octubre de 1908 («Actas de las sesiones del Congreso. Sección 1ª, Ciencias Matemáticas», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, pág. 171). Además, Benítez Parodi estableció los propósitos que debía satisfacer la creación de dicha Sociedad: 1º) publicación de un Boletín con trabajos originales de investigación científica y las noticias más importantes de la prensa matemática nacional y extranjera; 2º) publicación de una serie de Manuales de popularización de las teorías matemáticas modernas, del tipo Hoepli, Soler o Göschen; 3º) cursos sintéticos, de diez a doce lecciones, para dar a conocer los fundamentos y utilidad de esas mismas teorías; 4º) formación de una o varias bibliotecas de obras escogidas de matemáticas, que en general tengan derecho a consultar todos los asociados, aun cuando deban enviarse en determinadas condiciones de seguridad y conservación, y pueda excepcionalmente ocurrir el sensible extravío de alguna de ellas (Discurso inaugural por el Vicepresidente Excmo. Sr. D. Manuel Benítez Parodi», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 87-89). La Sociedad Matemática fue creada finalmente en 1911, y pronto se convirtió en el elemento representativo del resurgimiento de España, siendo José Echegaray su primer Presidente («Sección 1ª, Ciencias Matemáticas. Discurso inaugural por el Secretario Sr. D. Cecilio Jiménez Rueda», Actas del III Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1911, págs. 49-50).

{21} Estatutos de la Asociación. En Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, pág. 243.

{22} «Actas de las Sesiones del Congreso. Sección 1ª, Ciencias Matemáticas», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, págs. 172-173.

{23} Sesión celebrada en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza el 27 de Octubre de 1908 y presidida por José Rodríguez Carracido (quien sería cuarto Presidente de la AEPC).

{24} «Discurso relativo al establecimiento de la nueva Sección de Astronomía y Física del Globo por el R. P. Ricardo Cirera, S. J.», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 61. Las «exhibiciones internacionales» a que se refiere en su discurso son los Congresos Meteorológicos, Sismológicos y de Física solar celebrados entre 1900 y 1905.

{25} «Discurso del Excmo. Señor D. Segismundo Moret y Prendergast, Presidente de la Asociación», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 21-28.

{26} Elena Ronzón, «La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», loc. cit., pág. 209.

{27} A. Comte, Cours de Philosophie Positive, Bachelier, Paris 1830-42, 6 vols.

{28} «Tout esprit méditatif doit ainsi comprendre enfin l'importance vraiment fondamentale que présente aujourd'hui une sage vulgarisation systématique des études positives, essentiellement destinée aux prolétaires, afin d'y préparer une saine doctrine sociale», A. Comte, Discours sur l'esprit positif. Ordre et progrès (1844), Société Positiviste Internationale, Paris 1923, págs. 148-149.

{29} En el artículo 30 de los Estatutos de la Asociación puede leerse: «Como la Asociación, además de fomentar el estímulo entre las clases intelectuales, desea que alcance su influencia a la educación popular, organizará durante las Asambleas, y en los intervalos de éstas, conferencias públicas sobre cuestiones de interés general», Estatutos de la Asociación, Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, pág. 244.

{30} «Confiemos en el generoso apostolado de nuestra Asociación, difundiendo la cultura por las más populosas ciudades españolas, haciendo llegar piadosamente hasta la masa del pueblo la voz redentora de la ciencia». («Resumen de los trabajos de las secciones de Ciencias Naturales y Médicas del Congreso, por el Excmo. Sr. D. Santiago Ramón y Cajal», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 49-53).

{31} «Es también preocupación constante de la Ciencia todo lo que tiende a la conservación de la especie y al aumento de la energía humana en la inmensa población obrera expuesta a numerosos peligros y causas de destrucción...La Ciencia moderna, en sus tendencias conservadoras de la raza, no se limita a conseguir la higiene y la seguridad en el trabajo; estudia sobre fundamentos mecánicos y fisiológicos el modo de ejecutarlo sin llegar al grado de fatiga que deprime y gasta rápidamente el organismo» («'Las Ciencias y la Guerra'. Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. José Marvá y Mayer», Actas del V Congreso de la AEPC, tomo 1, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1915, págs. 69-70).

{32} «Discurso del Excmo. Señor D. Segismundo Moret y Prendergast», loc. cit., págs. 26-27.

{33} «Sección 6ª, Ciencias Médicas. Discurso inaugural por el Presidente Excmo. Sr. D. Julián Calleja y Sánchez», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 152.

{34} «Discurso del Excmo. Sr. D. Segismundo Moret y Prendergast», loc. cit., págs. 27-29.

{35} Desde los presupuestos gnoseológicos de los que partimos (Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno) se supone que toda clasificación de las ciencias lleva implícita una determinada y característica idea de ciencia, es decir, lleva implícita una determinada concepción (filosófica) de la ciencia. Según esto, la organización de la Asociación en torno a estas Secciones respondería a una determinada idea de ciencia que los organizadores de la Asociación tendrían por referencia. La clasificación de las ciencias se constituye en una tarea fundamentalmente crítica (filosófica), en la medida en que se basa en una determinada concepción del saber científico y (en este sentido) de las relaciones que se establecen entre los saberes científicos y los que no lo son, así como de las relaciones que mantienen entre sí las diferentes ciencias. La naturaleza filosófica de la tarea de clasificación de las ciencias, se revelará inmediatamente a través de las relaciones de oposición que mantienen entre sí las distintas concepciones de la ciencia que dan lugar a diferentes clasificaciones. En efecto, las distintas clasificaciones de las ciencias responden a determinados criterios filosóficos, y una determinada clasificación de las ciencias conlleva la crítica de las concepciones (de la ciencia) alternativas que proponen una organización distinta de los saberes. Por lo demás, el hecho mismo de proponer una determinada jerarquización de las ciencias lleva asociada una idea de ciencia en la que se supone la multiplicidad de las ciencias, o dicho de otro modo, la ciencia es entendida como una clase de clases en la medida en que se compone de múltiples elementos que pretenden ser determinados por medio de la clasificación. Véase, Gustavo Bueno, Teoría del Cierre Categorial. Introducción general. Siete enfoques en el estudio de la Ciencia, tomo 1, Pentalfa, Oviedo 1992, Cap. 4. «La clasificación de las ciencias», págs. 185-213.

{36} A. Comte, Cours de philosophie positive. Deuxième leçon: Exposition du plan de ce cours, ou considérations générales sur la 'hiérarchie' des sciences positives, tomo 1, págs. 47-95.

{37} «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias Matemáticas del Congreso, por el Excmo. Sr. D. José Echegaray», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 47.

{38} A. Comte, Discours..., págs. 46-47.

{39} Sin embargo, la introducción de estas disciplinas (filosofía, historia y filología) sigue manteniéndose en la tradición comtiana, en la medida en que, en posteriores reformulaciones de la clasificación comtiana de las ciencias, se llegó a admitir como partes del sistema de los conocimientos las llamadas «ciencias de espíritu». Así, uno de los discípulos de Comte, A. Lalande, tras las duras críticas a que H. Spencer (Clasificación de las Ciencias, trad. española de Eduardo Zamacois Quintana, Biblioteca Económica Filosófica de Zozaya, vol. XLV, Madrid 1889) sometió la clasificación comtiana, estableció cuatro grandes divisiones de las ciencias: ciencias matemáticas, ciencias físicas y naturales (cuyo objeto son las leyes del mundo material, orgánico e inorgánico), las ciencias morales (que se ocupan de los fenómenos y leyes del espíritu), y las ciencias de la erudición (cuyo objeto no son las leyes, sino los hechos, por ejemplo la historia). Bonifati M. Kédrov, Clasificación de las Ciencias. Tomo 1, Engels y sus predecesores, Progreso, Moscú 1974, pág. 212.

{40} «Discurso del Excmo. Sr. D. Segismundo Moret y Prendergast», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 19-28.

{41} C. H. de Saint-Simon, Lettres d'un habitant de Genève a ses contemporains (1802), Oeuvres, tomo 1, E. Dentu, Paris 1868, págs. 7-63.

{42} Estatutos, Reglamento y Programa del Congreso de Valencia, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1909, pág. 8.

{43} «El problema de la investigación científica en España. Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. José R. Carracido», Actas del III Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1911, pág. 8.

{44} Véase, respectivamente, Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 37-47, y Actas del II Congreso de la AEPC, tomo 1. I. Sesión de apertura del Congreso, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1910, págs. 7-30.

{45} «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias Matemáticas del Congreso por el Excmo. Sr. D. José Echegaray», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 43.

{46} «...nous ne devons pas oublier que les sciences ont, avant tout, une destination plus directe et plus élevée, celle de satisfaire au besoin fondamental qu'éprouve notre intelligence de connaître les lois des phénomenes» (A. Comte, Cours de philosophie positive. Deuxième leçon..., pág. 52).

{47} «Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. José Echegaray. Presidente de la Sección de Ciencias Matemáticas», Actas del II Congreso de la AEPC, tomo 1, págs. 27-28.

{48} «Pour que la philosophie naturelle puisse achever la régénération, déjà si préparée, de notre système intelectuel, il est donc indispensable que les différentes sciences dont elle se compose, présentées à toutes les intelligences comme les diverses branches d'un tronc unique, soient réduites d'abord à ce qui constitue leur esprit, c'est-à-dire, à leurs méthodes principales et à leurs résultats les plus importants» (A. Comte, Cours..., Primière leçon: Exposition du but de ce cours, ou considérations générales sur la nature et l'importance de la philosophie positive, pág. 35).

{49} «Tous nos vrais besoins logiques convergent donc essentiellement vers cette commune destination: consolider, autant que possible, par nos spéculations systématiques, l'unité spontanée de notre entendement, en constituant la continuité et l'homogénéité de nos diverses conceptions, de manière à satisfaire également aux exigences simultanées de l'ordre et du progrès, en nous faisant retrouver la constance au milieu de la variété» (A. Comte, Discours..., pág. 33).

{50} «En effet, les divisions que nous établissons entre nos sciences, sans être arbitraires, comme quelques-uns le croyent, sont essentiellment artificielles. En réalité, le sujet de toutes nos recherches est un; nous ne le partageons que dans la vue de séparer les difficultés pour les mieux résoudre» (A. Comte, Cours de philosohie positive. Première Leçon..., pág. 36).

{51} Ibidem, págs. 45-46.

{52} «Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. José Echegaray. Presidente de la Sección de Ciencias Matemáticas», Actas del II Congreso de la AEPC, tomo 1, págs. 9-10.

{53} «Resumen de los trabajos de la Sección de Ciencias Aplicadas del Congreso por el Coronel de Artillería Enrique Losada y del Corral», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 55.

{54} «Sección 6ª, Ciencias Médicas. Discurso inaugural por el Presidente Excmo. Sr. D. Julián Calleja y Sánchez», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 151-158.

{55} Ibidem, pág. 152.

{56} «Sección 7ª, Ciencias Aplicadas. Discurso inaugural por el Presidente Excmo. Sr. D. Francisco de P. Arrillaga», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 160.

{57} Ibidem, págs. 163-164.

{58} «Sección 5ª, Ciencia Filosóficas. Discurso de Clausura por el Vicepresidente Excmo. Sr. D. Eduardo Sanz Escartín», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 141-150.

{59} Ibidem, pág. 144.

{60} Ibidem, pág. 150.

{61} «Discurso del Excmo. Señor Segismundo Moret y Prendergast, Presidente de la Asociación», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 21.

{62} «Resumen de los trabajos de las Secciones de Ciencias Naturales y Médicas del Congreso por Santiago Ramón y Cajal», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, pág. 52.

{63} «Sección 3ª, Ciencias físico-químicas. Discurso inaugural por el Vicepresidente de la Sección de Madrid, D. Ignacio González Martí. 'Estado de la enseñanza de la Física en las Universidades de España', Actas del VI Congreso de la AEPC, tomo 1, Imprenta de Fortanet, Madrid 1917, págs. 35-57.

{64} «Sección 6ª, Ciencias Médicas. Discurso inaugural por el Presidente Excmo. Sr. D. Julián Calleja y Sánchez», Actas del I Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, págs. 151-158.

{65} «Sección 1ª, Ciencias Matemáticas. Discurso inaugural por Julio Rey Pastor», Actas del V Congreso de la AEPC, tomo 1, Discursos de las Secciones, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1915, págs. 7-25.

{66} «'Las ciencias y la guerra'. Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. José Marvá y Mayer», Actas del V Congreso de la AEPC, tomo 1, Discurso inaugural, págs. 7-86.

{67} «Sección 3ª, Ciencias físico-químicas. Discurso inaugural por Angel del Campo Cerdán, 'El momento actual de la enseñanza química en España'», Actas del IX Congreso de la AEPC, tomo 1, Jiménez y Molina impresores, Madrid 1923, págs. 89-107.

{68} Véase, Asociación Española para el Progreso de las Ciencias. Lista de Socios, Estatutos, Cuentas generales, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid 1918-1924.

{69} Francisco de Paula Arrillaga, «Reseña de las tareas de la Academia y extracto de sus actas en el curso de 1917-1918», Anuario (1919) de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Imprenta Clásica Española, Madrid 1919, págs. 178-179.

{70} José María Torroja, «La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en su primera época, 1908-1936», Actas del XV Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus secciones y trabajos de éstas, Talleres Gráficos de la Sociedad General de Publicaciones, Barcelona, pág. 7.

{71} Ibidem, pág. 20.

{72} Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XX. La quiebra de una forma de Estado (1898-1931). Tomo 1, Laia B., Barcelona 1981, págs. 184-185.

{73} Véase, Gustavo Bueno Sánchez, «Gumersindo Laverde y la Historia de la Filosofía Española», El Basilisco, 2ª Epoca, nº 5, Oviedo (mayo-junio) 1990, págs. 48-85.

{74} «Discurso inaugural por el Vizconde de Eza. 'El alma nacional'», Actas del XI Congreso de la AEPC, tomo 1, «Discursos inaugurales», Talleres Gráficos, Madrid 1927, págs. 7-48.

{75} Gustavo Bueno Sánchez, «Historia de la 'Historia de la filosofía española'», El Basilisco, 2ª Epoca, nº 13, Oviedo (otoño) 1992, págs. 21-48.

{76} «La Sección de Ciencias históricas, filosóficas y filológicas, por Rafael Altamira», Actas del XI Congreso de la AEPC, tomo 8, «Ciencias históricas, filosóficas y filológicas», Talleres Poligráficos, Madrid 1927, pág. 6.

{77} Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana. Suplemento de 1934. Espasa-Calpe, Madrid 1935, pág. 359. Como vemos hay errores significativos; por ejemplo, al afirmar que la Subsección de filosofía empezó a funcionar como tal a partir de 1929, cuando lo hizo a partir de 1927; además, el Congreso de Cádiz (1927) fue anterior al de Barcelona (1929), no posterior como aquí se indica, y la propuesta de creación de la Subsección partió de Rafael Altamira, y no de Zaragüeta.

{78} «Discurso inaugural por el Vizconde de Eza. 'El alma nacional'», loc. cit., pág. 29.

{79} «Sección 6ª, Ciencias filosóficas, históricas y filológicas. Discurso inaugural por el Excmo. Sr. D. Miguel Artigas», Actas del XV Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus secciones y trabajos de éstas, Talleres Gráficos de la Sociedad General de Publicaciones, Barcelona, págs. 311-321.

{80} Estas ideas de Tomás Carreras Artau son fruto, al parecer, de las investigaciones llevadas a cabo en el marco de los Archivos de Psicología colectiva y étnica que, dirigidos por él mismo, empezaron a funcionar a partir de 1912 y cuyas líneas de investigación se dirigieron hacia la Psicología colectiva. El segundo Archivo se fundó en 1915 y sus investigaciones versaron sobre el Folklore en Cataluña. «Sección 6ª, Subsección 2ª, Ciencias filosóficas. Discurso inaugural por Tomás Carreras Artau, 'Problemas actuales de la Psicología colectiva y étnica y su trascendencia filosófica'», Actas del XII Congreso de la AEPC, tomo 1, Segunda parte, Huelves y Compañía, Madrid 1929, págs. 57-88.

{81} Ibidem, pág. 87.

{82} «Discurso inaugural por el Vizconde de Eza. 'El alma nacional'», loc. cit., pág. 30.

{83} «Sección 6ª, Subsección de Teología, Sagrada Escritura y Derecho Canónico. Discurso inaugural por Eugenio Domaica y Martínez de Doroño. Presbítero, Canónigo Doctoral de la S. Y A. Iglesia Catedral de Cádiz, 'La Iglesia y las Ciencias'», Actas del XI Congreso de la AEPC, tomo 1, Talleres Poligráficos, Madrid 1927, pág. 109.

{84} Eugenio Domaica no hace sino seguir la tradicional respuesta de la Iglesia ante la polémica sobre la relaciones entre la Ciencia y la Religión, cuya máxima expresión en España la encontramos a raíz de la publicación, en 1876, de la traducción de la conocida obra de Guillermo Draper Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia. La publicación de esta obra, provocó una reacción inmediata y, precisamente, desde la Academia de Ciencias Morales y Políticas, se convocó un concurso para premiar la mejor obra en la que se demostrase la armonía entre la religión y la ciencia. El premio sería otorgado a la obra de Abdon de Paz, Luz en la tierra, aunque fueron presentadas otras muchas: la de José Mendive, La religión Católica vindicada de las imposturas racionalistas; la de Miguel Mir, Harmonía entre la Ciencia y la Religión; la de A. Comellas Cluet Demostración de la armonía de la Religión Católica y la Ciencia; o la de F. Tomás Cámara, Contestación a la Historia del conflicto entre la Religión y la Ciencia. Un análisis sobre la relaciones entre religión y ciencia puede encontrarse en Gustavo Bueno, Cuestiones Cuodlibetales sobre Dios y la religión. Cuestión 2ª, «El conflicto entre la religión y la ciencia», Mondadori, Madrid 1989, págs. 41-114.

{85} «Sección 6ª, Subsección de Teología, Sagrada Escritura y Derecho Canónico. Discurso inaugural por Eugenio Domaica y Martínez de Doroño», loc. cit., pág. 118.

{86} «Sección 6ª, Subsección de Ciencias filosóficas y filológicas. Discurso inaugural, por Manuel García Morente, 'La vocación de nuestro tiempo para la filosofía'», Actas del XIII Congreso de la AEPC, tomo 1, Primera parte, Huelves y Compañía, Madrid 1931, págs. 109-122.

{87} Ibidem, pág. 117.

{88} «Subsección de Ciencias filosóficas. Discurso inaugural. 'Perspectiva actual para una filosofía crítica', por Juan Zaragüeta», Actas del XIV Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus secciones y trabajos de éstas, C. Bermejo Impresor, Madrid 1935, págs. 389-430.

{89} Ibidem, pág. 424.

{90} «Sección 5ª, Sociología. 'Factores morales de nuestra reforma social', por Juan Zaragüeta», Actas del XV Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus secciones y trabajos de éstas, Talleres Gráficos de la Sociedad General de Publicaciones, Barcelona, pág. 249.

{91} Ibidem, pág. 250.

{92} Sobre el «Concurso en homenaje y estímulo a la Ciencias Española» véase, Gustavo Bueno Sánchez, «Historia de la 'Historia de la Filosofía Española'», en El Basilisco, 2ª época, nº 13, Otoño 1992, págs. 45-ss.

{93} El primer domicilio de la AEPC fue el Ateneo Científico y Literario de Madrid. En 1932, sin embargo, el domicilio de la Asociación se encontraba en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid (Paseo del Hipódromo). En 1934, como decimos, se trasladó definitivamente a la sede de la Real Academia de Ciencias (calle Valverde), quizá en un intento, en plena República, por controlar una institución que también había caido en manos conservadoras desde, como venimos sosteniendo, aproximadamente 1927.

{94} José María Torroja, «La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en su primera época. 1908-1936», Actas del XV Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus secciones y trabajos de éstas, Talleres Gráficos de la Sociedad General de Publicaciones, Barcelona, págs. 19-20.

{95} Las Ciencias, Año I (1934), nº 1, pág. 6.

{96} José María Torroja, «La Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en su primera época. 1908-1936», loc. cit., pág. 20.

{97} Blas Cabrera sería uno de los expurgados tras el triunfo del movimiento nacional, no sólo de la AEPC, sino de la Academia de Ciencias de la que era presidente desde 1934.

{98} Las Ciencias, Año I (1934), nº 1, pág. 215.

{99} Las Ciencias, Año III (1936), nº 2.

{100} Actas del XVI Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus Secciones y varios trabajos de éstas, Imprenta Aldecoa, Burgos.

{101} Las Ciencias, Año V (1940), nº 3, págs. 765-766.

{102} «Religión. Movimiento Católico en 1940», Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana. Suplemento Anual, 1940-1941, Espasa-Calpe, Madrid 1948, pág. 1332.

{103} En el período que estudiamos se celebraron otros seis Congresos: Oporto (1942), Córdoba (1944), San Sebastián (1947), Lisboa (1950), Málaga (1951) y Oviedo (1953).

{104} «Una notable orquesta interpretó el Himno de Oriamendi, que fué escuchado por el público puesto en pie y saludando con el brazo en alto», cuenta José María Torroja al exponer lo ocurrido en la Sesión de Clausura del Congreso de 1940. Actas del XVI Congreso de la AEPC..., pág. 18.

{105} «El Congreso de Zaragoza, XVI de la AEPC, por José María Torroja», Actas del XVI Congreso de la AEPC..., pág. 9.

{106} «Discurso del Presidente de la Asociación en la Sesión de Clausura», Actas del XVI Congreso de la AEPC..., pág. 26.

{107} P. Dionisio Domínguez, S. J., «La restauración de la filosofía en la Nueva España», Las Ciencias, Año V (1940), nº 2, Sección 6ª, «Filosofía, Historia y Filología», pág. 388.

{108} Ibidem, pág. 391.

{109} Ibidem, pág. 389.

{110} Elías Tormo, «Discriminación crítica de las disciplinas del saber», Las Ciencias, Año VII (1942), nº 4, Sección 6ª «Teología y Filosofía», págs. 877-878.

{111} Ibidem, pág. 880.

{112} Ibidem, pág. 889.

{113} Ibidem, págs. 890-891.

{114} «Sección 9ª, Ingeniería y Arquitectura. 'Ciencia y técnica', por Pedro José Lucía Ordoñez», Actas del XIX Congreso de la AEPC. Discursos generales del Congreso y algunos trabajos de las Secciones, C. Bermejo Impresor, Madrid 1948, pág. 334.

{115} «'La responsabilidad de la filosofía', pelo Prof. D. José Pemartín», Actas do XIII Congresso da APPC (Quinto realizado em Portugal, juntamente com el XX Congreso da AEPC), tomo 1, Impresa Portuguesa, Porto 1951, págs. 237-260.

{116} Ibidem, págs. 258-259.

{117} Según Pemartín los tres elementos categoriales superiores en una cultura son: el Saber (que abarca la filosofía, las ciencias positivas y la técnica); el Arte y la Política (tomándola en sentido amplio que incluye la Moral y el Derecho).

{118} «'La responsabilidad de la filosofía', pelo Prof. D. José Pemartín», loc. cit., pág. 260.

{119} La AEPC tampoco ocultó sus simpatías hacia el nacionalsocialismo. Así lo indican las sugestivas palabras de Luis Marichalar en el discurso inaugural del Congreso celebrado en Zaragoza (1940) en el que consideraba instructivas las ideas que Hitler expuso en su famosa obra: «La crítica del liberalismo burgués, del parlamentarismo, del socialismo marxista, encierra mucho de cierto. Lo relativo a los judíos, a la raza, a la educación, a la economía, a la religión, a la política extranjera, a las relaciones con Rusia, instruye a todos; y moviendo críticas, si éstas son razonadas y serenas, servirían de mucho, y especialmente a la paz de Europa». Actas del XVI Congreso de la AEPC. Discursos inaugurales del Congreso y de sus Secciones y varios trabajos de éstas, Imprenta Aldecoa, Burgos, pág. 64, nota.

{120} En este punto discrepamos nuevamente con Martínez Sanz quien en su citada tesis doctoral insinúa que la idea de que las Asociaciones Española y Portuguesa para el Progreso de las Ciencias celebrasen los congresos conjuntamente partió de la Sociedad Española de Historia Natural en 1916, aprovechando la estancia en Madrid del naturalista portugués Athias (Martínez Sanz, op. cit., pág. 191). Julio Rey Pastor ya había propuesto en el Congreso de Valladolid (1915) que el Congreso de 1919 (que finalmente se desarrolló en Bilbao) se celebrase en la ciudad de Coimbra: «Actas de las sesiones celebradas por la Sección de Ciencias Matemáticas, del Congreso de Valladolid. Sesión de la mañana del día 21 [octubre de 1915]», en Actas del V Congreso de la AEPC, tomo 3, «Ciencias Matemáticas», Imprenta de Fortanet, Madrid 1916, pág. 142.

{121} «Discurso pelo Visconde de Eza. Presidente da Associaçao Espanhola», Actas da APPC (Quarto Congresso celebrado juntamente com o XVII Congresso da AEPC), tomo 1, Imprensa Portuguesa, Porto 1943, pág. 62.

{122} «Primera circular sobre el XVII Congreso de la AEPC, Oporto, junio 1942», Las Ciencias, Año VI (1941), nº 4, pág. 1061.

{123} «Segunda circular sobre el XVII Congreso de la AEPC», Las Ciencias, Año VII (1942), nº 1, pág. 256.

{124} «Pareceu-me também interessante aproximar os dois Congressos realizados nesta mesma cidade, porque, se o de 1921 foi o primeiro que a Associaçao Portuguesa para o Progresso das Ciências promoveu depois que se constituíu, êste, de 1942, é o primeiro que convoca depois da sua reorganizaçao. O seu primitivo estatuto acaba, como efeito, de sofrer uma remodelaçao profunda, e o que principalmente lhe imprime um novo carácter é ter deixado de ser um simples aglomerado de amigos e cultores da ciência, para se converter numa federaçao de sociedades científicas em plena e fecunda actividade, garantia segura do êxito dos seus empreendimentos» («Discurso pelo Prof. Dr. Pedro José da Cunha, Presidente da Associaçao Portuguesa para o Progresso das Ciências», Actas da APPC (Quarto Congresso...), loc. cit., pág. 13.)

{125} «El XX Congreso Luso-Español para el Progreso de las Ciencias. Lisboa, Octubre de 1950», Las Ciencias, Año XV (1950), nº 4, págs. 901-902.

{126} «Discurso del Excmo. Sr. D. José Gascón y Marín, Vicepresidente de la Asociación», Actas del XIX Congreso de la AEPC..., pág. 9.

{127} Las Ciencias, Año XIV (1949), nº 1, pág. 203.

{128} La celebración de esta reunión en Madrid fue aprobada en la octava reunión de la Conferencia General (resolución IV.1.2.311) celebrada en Montevideo en 1954, Las Ciencias, Año XXI (1956), nº 1, pág. 212.

{129} «Conferencia sobre difusión de la Ciencia organizada por la UNESCO (Madrid, 19 a 22 de octubre)», Las Ciencias, Año XX (1955), nº 3, pág. 761.

{130} H. Hojgaard Jansen (Dinamarca); Rafael Estrada Arnáiz, Manuel Bermejillo, José Mª Torroja (España); J. Verne (Francia); G. Pesce (Italia); Edgar B. Schieldrop (Noruega); Sir Ben Lockspeiser (Reino Unido); Ch. Blanc (Suiza).

{131} Werner Büdeler (República Federal de Alemania); Julio Rey Pastor, José Antonio Artigas, Miguel Catalán Sañudo (España); Louis Chéreau (Francia); Sergio Baer (Italia); T. A. Margerison (Reino Unido); Ch. A. Reichen (Suiza).

{132} Georges Pantazis (Grecia); H. D. de Vries Reilingh (Países Bajos); Jakubowski, Chalacinski (Polonia); Torsten Gustafson (Suecia); Salih Murat Uzdilek (Turquía).

{133} Pierre Auger, Ciencias Exactas y Naturales; William Frye, Información; François Le Lionnais, Ciencias Exactas y Naturales; A. Gamarra, Información; A. Giuntoli, Ciencias Exactas y Naturales.

{134} AEPC, Actas del XXIV Congreso Luso-Español para el Progreso de las Ciencias, C. Bermejo Impresor, Madrid 1959, págs. 35-54.

{135} Alberto Martín de Artajo, «La unidad de Europa...», loc. cit., págs. 50-51.

{136} Ibidem, págs. 38-39.

{137} En el telegrama enviado puede leerse: «Sesión inaugural XXIV Congreso Luso-Español Progreso Ciencias rinde homenaje Pío XII y expresa filial adhesión Pontificado en la persona de Su Santidad Juan XXIII, felizmente reinante –Profesor Lora-Tamayo, Presidente». La respuesta por parte de la Secretaría de Estado del Papa no dejó se esperar: «Augusto Pontífice vivamente complacido testimonio filial adhesión XXIV Congreso Luso-Español Progreso Ciencias bendice paternalmente trabajos y asistentes. –Tardini. Secretario Estado». Alberto Martín de Artajo, «La unidad de Europa...», loc. cit., pág. 54.

{138} «XXIII Congreso Luso-Español para el Progreso de las Ciencias. Coimbra, junio 1956», Las Ciencias, Año XXI (1956), nº 3, págs. 546-548.

{139} Ibidem, pág. 543-544.

{140} Ibidem, pág. 548.

{141} «Nuevas Secciones de la AEPC», Las Ciencias, Año XXII (1957), nº 3, págs. 635-636.

{142} Véase en AEPC, Actas del XXIV Congreso Luso-Español para el Progreso de las Ciencias, C. Bermejo Impresor, Madrid 1959, págs. 5-6.

{143} Manuel Lora Tamayo, que en 1962 ocuparía el Ministerio de Educación Nacional (cuyo nombre cambió por el de «Educación y Ciencia»), era Presidente de la AEPC desde 1957, sustituyendo en el cargo a Rafael Estrada Arnáiz fallecido en 1956. Con Rafael Estrada Arnáiz se rompió el acuerdo por el que, en 1948, se establecía el cambio de presidencia cada dos años. Éste fue presidente desde 1951 hasta 1956, y Manuel Lora Tamayo lo fue durante casi veinte años, hasta que fue sustituido por Angel González Alvarez, el último de los presidentes de la Asociación.

{144} «Discurso del Presidente de la Asociación Excmo. Sr. D. Manuel Lora Tamayo». AEPC, Actas del XXIV Congreso..., págs. 379-382.

{145} Ibidem, págs. 384-385.

{146} C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque. Alianza Editorial, Madrid 1977, págs. 66-67. Es cierto, sin embargo, que Snow había publicado en 1956 un artículo en el que anticipaba las ideas expuestas en la Conferencia Rede, y que, Lora Tamayo, quizá conociera («The Two Cultures», New Statesman, 6 de octubre de 1956).

{147} «Conferencias generales. 'La investigación científica en el mundo actual', por G. Millán». AEPC, Actas del XXIV Congreso..., págs. 315-343.

{148} «Un Coloquio sobre Cartografía», Las Ciencias, Año XXIV (1959), nº 2, págs. 493-500.

{149} «Grupo de Estudios Cartográficos», Las Ciencias, Año XXIV (1959), nº 3, pág. 803.

{150} Las Ciencias, Año XXIV (1959), nº 4, pág. 1051.

{151} «Coloquio sobre 'Problemas del Sahara'», Las Ciencias, Año XXV (1960), nº 2, págs. 508-509.

{152} «Coloquio sobre 'Terminología lingüística'», Las Ciencias, Año XXV (1960), nº 3, pág. 759.

{153} «Nuevas Secciones de la Asociación», Las Ciencias, Año XXIV (1959), nº 1, pág. 264.

{154} Rafael Lapesa abandonó pronto su cargo al no poder dedicarle el tiempo suficiente, siendo sustituido por Rafael de Balbín Lucas, Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Las Ciencias, Año XXIV (1959), nº 4, pág. 1051.

{155} Los temas propuestos para las diferentes Secciones fueron: 1ª (Matemáticas): «Algebra Moderna»; 2ª (Astronomia, Geodesia e Geofísica, agrupada com a 4ª, Geologia): «Formaçoes geológicas antigas da Península. Estratigrafia e metamorfismo»; 5ª (CC Sociais): «Tendências do Direito Internacional do após-guerra»; 6ª (Teologia, Filosofia e Pedagogia): «Os problemas que a ciência aplicada acrescenta à ciência pura»; 7ª (História e Arqueologia): «Relaçoes luso-espanholas no século XIX»; 8ª (Medicina e Cirugia): «O síndromo da hipertensao portal»; 9ª (Ingenharia e Arquitectura): «Urbanismo»; 12ª (Biologia): «Antropologia das populaçoes ibéricas»; 14ª (CC Agronómicas): «Influências da eficiência da distribuçao da água no terreno sobre os rendimentos das culturas». («Sessao de encerramento. 'Relatorio pelo Prof. Doutor A. Jorge Dias'». APPC, Actas do XXVI Congresso Luso-Espanhol, tomo 1, Imprensa Portuguesa, Porto 1962, págs. 38-39).

{156} «Sessao inaugural. Discurso do Prof. Doutor Amândio Tavares». APPC, Actas do XXVI Congresso..., loc. cit., pág. 13.

{157} Un indicio de lo que decimos lo podemos encontrar en las palabras del Presidente de la APPC, Amândio Tavares: «Procurando conciliar os temas principais propostos pela Associaçao Espanhola com os seleccionados entre os numerosos sugeridos pelas Sociedades federadas de nossa Associaçao, decidiu a Direcçao desta submeter à sua congénere uma pequena série os Colóquios e outra de assuntos escolhidos para serem relatados ou servirem de base às comunicaçoes das Secçoes». APPC, Actas do XXVI Congresso..., loc. cit., pág. 14.

{158} «Sessao de encerramento. Discurso do Prof. Doutor Manuel Lora-Tamayo». APPC, Actas do XXVI Congresso..., loc. cit., págs. 47-48.

{159} «Sessao de encerramento. Relatório pelo Prof. Doutor A. Jorge Dias». APPC, Actas do XXVI Congresso..., loc. cit., pág. 41.

{160} «Antes de terminar quiero decir unas breves palabras, especialmente dedicadas al ilustre Profesor y congresista, Dr. Luis Jordana Pozas, quien esta mañana, en el coloquio tan notable e interesante de que acabo de hacer mención [Hacia una mejor colaboración entre los científicos hispano-portugueses], mostraba su inquietud porque en estos Congresos de la Ciencia y de la Técnica se admitía, a título casi exclusivamente de cortesía, a los sectores de Ciencias Sociales y Filosóficas». «Palabras del Prof. Justo Pastor (Director de la E. T. S. de Ingenieros Industriales de Bilbao)». AEPC, XXVII Congreso Luso-Español para el Progreso de las Ciencias, tomo 1, Vda. de C. Bermejo, Madrid 1965, pág. 116.

{161} «Crónica del Congreso». AEPC, Actas del XXVII Congreso..., loc. cit., pág. 23.

{162} Automática y matemática aplicada. Contaminación de aguas y polución de la atmósfera. Problemas actuales de la emigración. El Progreso. La Prehistoria peninsular. Injertos y trasplantes de órganos. Petroquímica. Influencia de las condiciones geográficas en la agricultura. Empleo de radioisótopos en Agricultura y Ganadería. Química de productos vegetales. Fonética y lingüística peninsulares. Genética. Medicina y seguridad en el trabajo. Arquitectura Industrial. Lengua y literatura vascas. Influencia del desarrollo minero en la economía vasca.

{163} «Memoria leída en la Sesión de Clausura por el Secretario General de la AEPC don José Mª Torroja». AEPC, Actas del XXVII Congreso..., loc. cit., pág. 123.

{164} Este Premio se creó bajo los auspicios del Patronato «Juan de la Cierva» de Investigación Técnica y de la División de Ciencias del CSIC, y fue convocado para el segundo semestre de 1960, destinándose la cantidad de 5.000 pts. para el ganador. «Concurso de premios», La Ciencias, Año XXV (1960), nº 3, pág. 760.

{165} «Con este número cierra la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias el volumen XXV de su revista LAS CIENCIAS, cuyo primer número apreció en 1934. Durante estos años, y sin más interrupción que la obligada por los años de la Guerra de Liberación, LAS CIENCIAS ha cumplido la misión que se propusieron sus creadores...Las anteriores frases [se refiere a la Presentación y Saludo de la Revista hecha por Luis Marichalar en 1934] siguen siendo hoy de actualidad. Los que hoy llevamos la responsabilidad de la dirección de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, nos sentimos igualmente obligados a superarnos y a dar nuevo impulso a su marcha y a la de su órgano de difusión y de enlace con sus asociados. Pero el panorama científico sobre el que hemos de actuar hoy no es el mismo que en 1908, cuando se creó la Asociación, ni en 1934, cuando se inició la publicación de LAS CIENCIAS. Hoy son muchas las reuniones y Congresos científicos que se celebran en nuestra Patria, y son muchas las publicaciones científicas, gracias principalmente al enorme esfuerzo desarrollado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Es evidente que estas nuevas condiciones habían de repercutir en la organización de nuestra Asociación, de nuestros Congresos y de nuestras publicaciones. Por otra parte, la creciente necesidad de la especialización en la investigación científica es un hecho que no podemos desconocer y que se ha reflejado en la continua creación de nuevas Secciones en la Asociación, en los Congresos y en LAS CIENCIAS», Las Ciencias, Año XXV (1960), nº 4, págs. 1018-1020.

{166} «La promoción de la ciencia: una visita a los Museos de Ciencia y Técnica más importantes», por Cristóbal S. Martín. AEPC, Actas del XXVII Congreso..., loc. cit., págs. 83-111.

{167} Ibidem., págs. 83-84.

 

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