El Basilisco, número 5, 1990, páginas 49-85

 
Gumersindo Laverde y la
Historia de la Filosofía Española

Gustavo Bueno Sánchez

 

En 1856, cuando el progresista y desairado don Baldomero Espartero acababa de retirarse a Logroño y el liberal Leopoldo O'Donnell, que había puesto fin al bienio disolviendo las Cortes a cañonazos (no muchos) y venciendo la revolución del pueblo de Madrid (La revolución en España que escribía Carlos Marx a los lectores del New York Daily Tribune), agotaba sus dos últimas semanas antes de ceder el protagonismo, por un año, al moderado Narváez, y mientras doña Jesusa Pelayo España aún habría de esperar un mes antes de arrojar al mundo a Marcelino, su primer varón, otro hijo de la montaña, afincado desde pequeño en la asturiana Nueva, todavía a sus veintiún años sin haber alcanzado el título de bachiller, publicaba en El Diario Español, de Madrid, el día que había de comenzar el último curso anterior a la Ley Moyano, un artículo crítico y programático titulado «De la Filosofía en España». Este año de 1990, coincidiendo precisamente con el día de la Hispanidad (en algún momento identificada con «la Raza») se cumplirán los cien de la muerte de aquel joven. Nos proponemos en este artículo recordar precisamente el interesante puesto que ocupa Gumersindo Laverde en la Historia de la Historia de la Filosofía Española.{1} [49] Un papel de promotor e impulsor que deberemos reconocer ya desde aquel primer artículo, y que comenzará su remate dieciocho años después, en plena República, cuando las circunstancias quisieron que, a partir de octubre de 1874, pudiera transmitir sus planes y proyectos al precoz Marcelino (de quien se cumplirán, en el ya inminente y mítico '92, los ochenta de su muerte, momento, por cierto, en que la propiedad intelectual de sus obras pasará a ser de dominio público, extinguiéndose por tanto los actuales derechos de la Sociedad Menéndez Pelayo).

Gumersindo Laverde RuizGumersindo Laverde Ruiz nació el 5 de abril de 1835 en Estrada, hijo de Toribio Laverde y Asunción Ruiz de Lamadrid.{2} Estrada está situada en las medievales Asturias de Santillana, más tarde Bustón de Laredo en la antigua provincia de Burgos, entonces provincia de Santander y ahora Comunidad Autónoma de Cantabria, muy cerca de San Vicente de la Barquera. Toda su vida estuvo más vinculado a Asturias que a Santander, y como cabría esperar, se pueden detectar intentos de reivindicarle con exclusividad para Asturias, incluso deformando innecesariamente los hechos en el empeño,{3} pues en numerosos lugares Laverde se dijo asturiano, asturiano de las Asturias. En los preliminares a su único libro, recopilación de diversos trabajos, Ensayos críticos sobre Filosofía, Literatura e Instrucción pública, Lugo 1868,{4} atribuye a las Asturias, «nobilísima comarca, cuna y solar de la monarquía española», el mérito de ser la cuna de quienes más han luchado por rescatar del olvido la ciencia y la filosofía española, y menciona a Ildefonso Martínez, al Padre Cuevas, Aquilino Suárez Bárcena, Alejandrino Menéndez de Luarca, Ramón de Campoamor, Patricio Azcárate –astur augustano–, y al «joven» Fr. Zeferino González, para afirmar, rotundo, «finalmente, asturiano soy yo». En el ejemplar de los Ensayos que, años después, Laverde regaló a su recién descubierto discípulo santanderino Menéndez Pelayo, escribió en el margen de esa página IX y como continuación de la frase: «de Santillana por la cuna, de Oviedo por la educación».{5} En realidad Laverde nació y vivió sus primeros años en tierras del Conde de la Vega del Sella (de la familia Duque de Estrada), el mayor propietario entre San Vicente y Ribadesella, de quien Toribio Laverde, [50] abogado, era administrador. En Estrada y en Nueva, en los extremos de sus dominios, tenía (y tiene) el Conde sendas casonas (una vez destruida la casa palacio de Llanes por el francés, en 1812), y de Estrada a Nueva se trasladó la familia Laverde cuando Gumersindo tenía cuatro años, siempre al servicio del Conde.

Conservamos una esquemática autonecrológica, de donde proceden casi todos los datos que circulan sobre Laverde, quien, sintiéndose ya acabado a sus cuarenta y un años, se preocupó de enviar a Menéndez Pelayo (carta desde Valladolid de 24 de abril de 1876, EMP 2-10), en plena preparación de la polémica que conformaría La Ciencia Española.{6} Seis días después, al remitir a su amigo, que aún no había cumplido los veinte años, la relación de sus artículos no coleccionados (EMP 2-12) le confiesa, no sin cierto realismo prospectivo: «Algunas otras composiciones que, podándolas y corrigiéndolas, podrían pasar, tengo en la Rev. litª. de Asturias principalmente; pero, al intentar rehacerlas, se me calienta la cabeza y veo que el fruto no compensa, ni con mucho, el trabajo. Quédense, pues, como están, y dejemos ese cebo a los bibliófilos asturiano montañeses del porvenir, si por ventura hay porvenir para mis escritos, como no lo adquieran por su incrustación en los de V.».

Por las cartas de juventud que Carrera publicó [6, 7] (dejando aún más de doscientas inéditas en poder de los familiares de Nueva){7} conocemos detalles curiosos de su vida y aficiones como estudiante de segunda enseñanza. Sin haber cumplido los quince años, en 1850, en cuarto curso, quiere aprender música («hoy uno que no sabe tocar música no es nada»), anuncia que ha reformado el alfabeto español (sin B, C fuerte, G suave, H como che, Y como ye), que es autor de dos comedias, el Licenciado Vidrieras y El Vademocum de Cornellana y está trabajando en El Lucio Catilina (dice a su padre «no crea por esto que descuido el estudio, ni tampoco diga que saco comedia por alabarme, pues esto no lo puedo ver (perdonando la palabra)»), dice algún latinajo, incorpora algún verso a sus cartas y tiene que justificarse ante sus padres por las malas notas. [51]

El curso siguiente, 1850-51, Laverde aparece interesado por los libros, que ya ha comenzado a coleccionar con impaciencia (no los de texto, ya mencionados antes en las cartas, para pedir dinero o justificar gastos). Son años que alumbran una gran efervescencia editorial, libros y folletos, periódicos, revistas y, sobre todo, grandes colecciones, muchas de ellas comercializadas por fascículos o entregas mediante suscripción: la parisina Colección Baudry de los mejores Autores Españoles que se había iniciado en 1838, la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España desde 1842, la Biblioteca de Autores Españoles publicada por Rivadeneyra a partir de 1846, las debidas al prolífico Francisco de Paula Mellado quien regalaba mensualmente desde ese mismo año 1846 una Revista Enciclopédica a los suscriptores de su Biblioteca Popular Económica (y diversificaba las ofertas de sus remesas mensuales con el Museo de las Familias, la Biblioteca Ilustrada, el Museo de los Niños, las Obras completas de Buffon, Cien Tratados para instrucción del pueblo, la Abeja literaria, preludio de su famosa Enciclopedia Moderna, 34 vols. 1851-1855, &c.), la Biblioteca Universal publicada en la imprenta del Semanario Pintoresco Español, &c. Laverde se ha suscrito a la Biblioteca Universal, y para justificar ante su padre el gasto desgrana argumentos, sospechamos que se inventa un premio en una rifa e intenta convencerle para que anule la suscripción que tenía a la España y se pase a la suya, que da más lectura por menos dinero, y solo en Oviedo, dice, tiene ya cien suscriptores y en España doce mil: «la Historia de España por Mariana continúa hasta el día; cuesta 75 reales en Oviedo a real y medio la entrega. 50 entregas, pero ha de ser suscribiéndose a toda la colección de la Biblioteca universal, para lo que se deposita un duro al principio. Haciéndolo así le dan a V. por 100 rs poco más o menos la lectura de 70 u 80 tomos en octavo en obras instructivas y de recreo, al año cada tomo o entregas de éstas en Folio de 16 caras; cada una tiene 6 láminas relativas al asunto. No puede fallar o es muy difícil, esta Biblioteca, porque hay otro que hace la guerra con las mismas condiciones (…). Tocáronme 4 duros ayer a una rifa y me voy a suscribir. Si V. quiere ayudarme a llevar los gastos hágalo, si no quiere lo mismo me da. Así podré reunir una librería compuesta de las mejores obras antiguas y modernas extranjeras (traducidas) y españolas, por muy poco dinero. Ya le digo, haga V. lo que quiera, lo mismo me da. Acabo de ir a suscribirme y ya me han dado por 3 rs. dos entregas de la Historia de Francia que comprende hasta cerca de Constantino el Grande desde los tiempos más remotos, con mucha extensión en más de 5 siglos» (carta de 21-XII-1850); tres meses más tarde ya quiere ampliar sus suscripciones, por lo que vuelve a intentar convencer a su padre para abonarse a una nueva colección: «Además publicará obras de Jovellanos, Chatobriand, Mariana, Solis, Benthan, Montesquiú, un Diccionario completísimo de la Lengua Castellana, un Febrero muy aumentado, obras para usted muy interesantes. Soy muy aficionado a hacer acopio de buenos libros y presentándose la ocasión de adquirirlos sin gasto alguno creo que V. me dará ese gusto. Si quiere acceder a mis deseos escríbanme, que yo haré las suscripciones a las Novedades, puesto que a la Biblioteca ya estoy suscrito» (carta 9-IV-1851).

En 1852 Laverde cumple diecisiete años y descuida sus estudios a la par que incrementa sus aficiones literarias, haciéndose poeta, con una afición al verso que le durará hasta la muerte,{8} viendo su firma por primera vez bajo versos impresos en La España literaria. Al año siguiente publica nuevos versos, en La España literaria y recreativa, y, sobre todo, es uno de los fundadores del «semanario científico y literario» Album de la Juventud, que publicó hasta 26 números en Oviedo. Laverde se mueve, pues, en el bando de la juventud tradicionalista y católica, apartado del bando liberal progresista. Esta afirmación no deja lugar a dudas si nos fijamos en los colaboradores principales del Album de la Juventud, donde escribieron, por ejemplo, la poetisa gijonesa Robustiana Armiño, nacida en 1821, que acabó siendo carlista; José Indalecio Caso, nacido en 1830, abogado y carlista decidido toda su vida; Nicolás Cástor Caunedo, nacido en 1818, escritor romántico que llegó a teniente coronel; o Guillermo Estrada Villaverde, un año mayor que Laverde, católico integrista, que sería Catedrático de Derecho Canónico en Oviedo toda su vida, excepto cuando fue destituido por negarse a jurar la Constitución de 1869 que proclamaba la libertad de cultos, y tiene el honor de haber sido el único personaje ovetense citado por su nombre en La Regenta. [52]

En este ambiente poético, católico y tradicionalista, Laverde, con dieciocho años, se dedica a fabular mitologuemas, que va publicando el Album de la Juventud, y que las entretenidas (y todavía divertidas) vicisitudes de las rebuscas de asuntos sobre los que cimentar la supuesta identidad regional / autonómica / nacional han llegado a elevar a la categoría de ancestral mitología asturiana enraizada en el pueblo. Sin profundizar mucho en esta línea, debemos al menos atribuir a Laverde la invención de los ventolines y los espumeros, incorporados ya al folklore, como el lector del Dicionariu Xeneral de la Llingua Asturiana{9} sabe: «Espumeru, m. Mit. Ser de la mitología asturiana, querubín gracioso y pequeñito, que cabalga sobre el filo de las olas y sobre la espuma del mar» y «Ventolín, m. Mit. Especie de silfo astur, genio o espíritu del aire». Laverde mismo se regocija en 1877, sintiéndose seguramente un poco como Homero o Hesiodo, en carta a Menéndez Pelayo: «¿Has leido en la Revista de Mazon unos artículos de Canella Secades sobre Creencias populares de Asturias? ¿Has visto lo que dice de los ventolines y de los espumeros? Pues sábete que todo esto tiene tanto de popular como yo de Papa. Todo es creación de Tomás Cipriano Agüero y mía, y salió por primera vez bajo la palabra honrada de este amigo y paisano, entonces cultivador fervoroso de la poesía, en el Album de la Juventud, de Oviedo, en 1853, y de allí lo ha tomado, sin duda, no sé si de buena fe o a sabiendas de que era una superchería poética, el apreciable historiador de la Universidad de Oviedo».{10} Ya antes, en un comentario a los dos tomos de Poesías (Oviedo 1851) que publicó la ya citada Srta. Armiño (Doña Robustiana, cuyo centenario, por cierto, debería recordar Gijón, pues murió pocos meses antes que Laverde), con prólogo de Carolina Coronado, la ilustre hija de Almendralejo, se despachaba a gusto Laverde sobre la mitología asturiana, en párrafos que, para curiosos, copiamos en nota.{11}

1854 es el año de la Huelga General de Barcelona, del hambre en Asturias, donde las autoridades encerraban a los mendigos para evitar males mayores, e imponían una multa de 24.000 reales al editor del Manifiesto del hambre firmado por el marqués de Camposagrado, el año de la vuelta de Sanz del Río de su retiro en Illescas. Laverde, que por edad podría ser ya bachiller, se ha trasladado a Madrid. Su ánimo está atribulado, quizá por algún romántico mal de amores, quizá por alguna profunda crisis [53] espiritual desencadenada al descubrir los ambientes y la agitación de ideas de la capital. Desde allí, en febrero, pide el beneplácito de sus padres para irse cuatro o cinco años a La Habana o a Puerto Rico, y con las ganancias volver y terminar la carrera. Estos se oponen y Laverde se desahoga con sus progenitores, denotando desesperación y cierto aire macabro: «Tal vez VV. creerán que tal propuesta era hija de desafecto a las letras, siendo así que nunca les he tenido tanta afición como ahora; era un sacrificio voluntario que quería imponerme para aliviar a VV. y aliviarme a mí mismo de la melancolía que me abruma y que probablemente me seguirá abrumando mientras ciertas circunstancias no varíen, que es muy dudoso. ¡Si ustedes supieran cuanto he llorado en la soledad y el silencio de las noches! Pero en fin, ya que VV. se oponen, no hay más que hablar. Que yo me vaya consumiendo lentamente al impulso de sentimientos que tengo que ahogar en el corazón, es cosa que a VV. les causará hartas lágrimas, cuando ya no tenga remedio.» También les informa de sus actividades: «Mucho me duele que ustedes crean que yo tengo amistades con estudiante alguno ni bueno ni malo, pues como no sea en cátedra con los que tengo al lado, con nadie hablo. Les voy a decir lo que hago todos los días. A las diez me levanto, a ver a Barcia, al editor de las obras del Duque de Rivas, a D. Juan D. Herrero; a las once y once y media me voy a cátedra; de allí o me voy a casa o voy a la biblioteca hasta la una y media, hora de comer, a las dos y media o tres salgo a pasear o a casa de Barcia, o ambas cosas, hasta las 4 y 1/2 o 5 en que me retiro a casa. Por lo demás yo no he perdido las esperanzas del mismo periódico; en el número 3º sale una biografía mía» (carta desde Madrid, 27-II-1854).

El periódico mencionado es el Círculo Científico y Literario, que tres días antes de la fecha de esa carta, el 24 de febrero, publicaba una glosa de Luisa Sigea de Velasco, la escritora toledana del siglo XVI que estuvo al servicio de la infanta doña María de Portugal (si al joven Laverde le oprimían amores, nos inclinamos a suponer que la causante de la congoja sería hembra de su época, y no una veterana como la Sigea). Digamos ya que una de las actividades permanentes de Laverde fue la de ir formando un Diccionario de mujeres escritoras españolas, proyecto que dejo inconcluso, aunque debemos suponer iniciado tan temprano como el curioso interés por Luisa Sigea. En abril y mayo, en la misma revista publicó Laverde, en dos partes, un comentario a lo que se llevaba publicado de las Obras completas del Duque de Rivas, Angel de Saavedra Ramírez, por la Real Academia (5 vols., 1854-55), que menciona en la carta. Y, lo más interesante, y por lo que apuntábamos antes una posible crisis intelectual atormentando su espíritu: mañana y tarde solía ir a casa de Barcia.

Laverde, trasplantado a Madrid, ha cambiado de cohorte. Del ambiente católico tradicionalista en que se marchitaba en Oviedo, en Madrid nos aparece injertado (coincidiendo con el bienio, 1854-1856) en un entorno totalmente diferente. Barcia es, sin duda, Roque Barcia (de quien en el artículo de 1856 llega a vaticinar no sin cierta pasión: «tenemos fundamento para creer que con su publicación [del sistema en el que venía trabajando hacía años Barcia] se colocará entre los más eminentes filósofos del siglo presente»), y que era, además, editor del periódico o revista donde decíamos estrenó su pluma Laverde en Madrid, y del que (en su autonecrológica) se presenta co-fundador, el Círculo científico y literario. Ignoramos el mecanismo de conexión de Laverde con el sevillano Roque Barcia (en la carta a sus padres se refiere a él con cierta familiaridad; Barcia es topónimo y apellido presente en Asturias). Barcia (el pan-sevillanista Méndez Bejarano es culpable de que se le asocie a un hegelianismo panteísta), era doce años mayor que Laverde y en aquellos momentos debía estar preparando sus obras Cuestión pontificia y La verdad y la burla social publicadas en 1855, o Filosofía del alma humana (Gerona 1856) y Catón político publicado en 1856 con prólogo de Castelar; en 1861 su corrosiva obra El Progreso y el Cristianismo sería nada menos que recogida y quemada; antes de retirarse a la filología (su famoso Diccionario etimológico de la lengua castellana) tuvo una apasionante vida política (director del periódico El Demócrata andaluz, excomulgado por el Obispo de Cádiz, participación activa en la revolución del 68, acusado y declarado inocente de complicidad en el asesinato de Prim, cabecilla de la sublevación de Cartagena, exiliado en Portugal y París, &c.).{12} [54]

Al año siguiente, 1855, volvemos a saber de Laverde por Oviedo, participando en la efímera Academia científica y literaria de Asturias, promovida por el celoso sacerdote Niceto Jaraba, profesor de griego en la Universidad, en la que volvieron a reunirse los participantes en el Album de la Juventud, inflamados por el carlista José Indalecio Caso, y a contracorriente de los aires progresistas del momento. El carácter reaccionario de la Academia, de la que era secretario Guillermo Estrada, provocó que no durase más allá de tres sesiones por divergencias políticas entre sus miembros, en una de las cuales Laverde leyó un discurso titulado La asignatura del derecho romano, que en 1867 publicaría refundido en La Enseñanza y al año siguiente en los Ensayos críticos, con réplica incluida a un Simón García que le había contestado (págs. 286-317). No conocemos el texto de aquel discurso, sólo su versión posterior. Siguiendo a Jovellanos juzga inútil y dañoso el estudio del derecho romano, dando a las Instituciones de Justiniano el mismo peso que a los Elementos de Euclides o el De re rustica de Columela, que a nadie se ocurre poner como texto; y tomando de Donoso ideas sobre el influjo del cristianismo en nuestra civilización, concluye que el Derecho romano no debe constituir una asignatura especial en la facultad de Jurisprudencia (pasando a proponer modificaciones al plan de estudios de una licenciatura que no obtuvo hasta cuatro años más tarde). El Laverde de la frustrada Academia de 1855 ya no era el mismo Laverde del Album de 1853; el descubrimiento de otras cohortes habían provocado el cambio: la agitada situación política, el descubrimiento de Madrid, la asistencia al Ateneo (en el artículo de 1856 menciona las lecciones que sobre filosofía arábiga pronunció allí un año antes José Moreno Nieto; quien le debió impresionar al punto que, veinte años después, reconoce: «era yo entonces un Moreno Nieto en Miniatura, con la diferencia de que lo que en él nace de saber demasiado provenía en mí de saber poquísimo», EMP 2-218).

Laverde había comenzado sus estudios de segunda enseñanza en 1847, estrenando el Plan de Estudios firmado por aquél a quien se levanta la estatua principal de Vivero, Nicomedes Pastor Díaz.{13} Se trataba de una nueva reforma del aún reciente Plan Pidal de 1845, que pronto había de sufrir dos nuevas modificaciones, la realizada por Manuel Seijas Lozano, el Plan de 1850 (en el que, por ejemplo, la Facultad de Filosofía se organizaba en cuatro Secciones de Literatura, Administración, Ciencias fisico-matemáticas y Ciencias Naturales) y la de Ventura González Romero, el Plan de 1852 (que suprime las Facultades de Teología y que, respecto a la Facultad de Filosofía, sólo añadía la Química a las ciencias físico-matemáticas). En 1855 los progresistas (que curiosamente ya habían reabierto en 1854 la Facultad de Teología) discutieron un proyecto de Ley de Educación que firmó Manuel Alonso Martínez el 9 de diciembre (un día antes de la primera reunión de la Academia científica y literaria de Asturias), y que, como ocurriría con la Constitución de 1856, nunca llegó a publicarse. Laverde, que a estas alturas de su vida podría ser ya bachiller, se muestra ya muy preocupado por las cuestiones teóricas de la instrucción pública, otro de los asuntos sobre los que volverá repetidamente ya desde 1856.

Con estos antecedentes y circunstancias biográficas estamos en situación, sin duda, de entender mejor el sentido del escrito de Laverde de 1º de octubre de 1856 mencionado al comienzo de este artículo, en el que aboga por la revitalización y el estudio de la filosofía española desde unos presupuestos que no deben ser interpretados apresuradamente, como si la ortodoxia la hubiera llevado Laverde desde el nacimiento. Interpretación interesada en la que incurre por ejemplo el jesuita Joaquín Iriarte cuando presenta a Laverde como el héroe que se levanta contra el solitario de Illescas y cuantos en filosofía se visten, dice, con prestadas galas exóticas y superficiales: «Entonces es cuando resuena en la montaña cántabra la voz reivindicadora. No pudo ser en los antiguos monasterios y en las Ordenes religiosas, reducidos a la nada o mal orientados en muchos de sus dispersos miembros por las lecturas de un tradicionalismo peligroso con autores tan poco seguros como Chauteaubríand, Bonald o Lamennais. Hubo de ser un laico, y de los montes próximos a Covadonga, el iniciador de la noble campaña. Laverde, el héroe a que nos estamos refiriendo, es la tradición, (…) la afirmación de la nacionalidad intelectual hecha sin brillantes metáforas ni grandes nociones culturales o párrafos arrebatadores, pero que, bien asida al pasado, busca la reanudación del espíritu ancestral en las aulas universitarias de su tiempo. Nacido en Asturias de Santillana (…) y mientras se empapa en su espíritu sencillo y diserta sobre las gracias del dialecto [55] regional, el Bable, inicia a los veinticuatro [a los 21] años su campaña por la ciencia olvidada.»{14}

La reivindicación de Laverde aparece publicada, es sabido, en El Diario Español de Madrid, diez días antes de la crisis del Rigodón, cuando en la fiesta de su cumpleaños, la reina Isabel II, en vez de aceptar el brazo de O'Donnell prefirió bailar con Narváez, dimitiendo al día siguiente quien había sido cerebro de la vicalvarada. Pero las circunstancia de que lo fuera en ese periódico, o han pasado inadvertidas o no se han querido destacar. El Diario Español era dirigido y había sido fundado por un periodista y político asturiano, nacido en Oviedo, que llegaría a Ministro de Estado en el gobierno revolucionario de 1868, tras haber sido subsecretario de la Gobernación con el llanisco Posada Herrera y miembro de la Junta Revolucionaria de Madrid e incluso redactor del Manifiesto y las proclamas que impulsaron el movimiento septembrino, más tarde honrado con el título de Vizconde de Barrantes y uno de los 27 diputados que, sin éxito, en noviembre de 1870, en la elección de rey constitucional, dieron su voto al duque de Montpensier. Juan Alvarez de Lorenzana, en 1852, junto con el Conde de la Romera (Francisco de Paula Orlando y Fernández del Torco, que fue Ministro de Hacienda), había fundado aquel periódico, como defensor de la Unión Constitucional. Alvarez de Lorenzana, con O'Donnell, era Director General de Administración. Laverde, pues, escribe su artículo en un periódico afín al nuevo partido en ciernes, la Unión Liberal, donde, sin duda por razones de paisanaje, incluso es acogido con la cariñosa fórmula: «Publicamos con el mayor gusto el siguiente notabilísimo artículo que nos ha remitido, para su inserción, el joven señor don Gumersindo Laverde Ruiz.»

La rotundidad y el estilo de algunas frases, que parecen impropias de una persona de veintiún años (v.g. «cierto es que a la mala dirección del espíritu filosófico en algunas épocas deben los pueblos muchos sangrientos trastornos; la Iglesia, muchos días de amargura, muchas calamidades el mundo. Pero la misma grandeza del abuso demuestra bien elocuentemente la excelencia del objeto abusado…»), hacen sospechar la existencia de algún inspirador directo tras algunas de esas ideas, sin que dispongamos de más datos que sirvan para apuntalar nuestra suposición. Comienza Laverde con una referencia al positivismo, motor de los planes de estudios:

«Lamentable es el desconcierto que algunos de los principales ramos de la 'Instrucción Pública' presentan en España. Sirva de ejemplo la llamada 'Facultad de Filosofía', que debiera ser como el núcleo de los demás estudios y tener, por lo mismo el sello de la unidad más fuertemente marcado que ninguno. ¿Habrá, sin embargo, quien acierte a señalar dónde está el centro alrededor del cual giran sus diversas partes? ¿Qué principio de conexión hay entre esa multitud de asignaturas que la constituyen? ¿Cuál el fin general en que convergen? De todo vemos en ella menos de verdadera filosofía. Hallamos una 'Sección de Literatura', otra de 'Administración', otra de 'Ciencias Naturales', otra de 'Ciencias físico-matemáticas'; nada de 'Psicología', nada de 'Ontología', nada de 'Teodicea': las aplicaciones de la ciencia, no la ciencia misma; las ramas del árbol, no sus raíces ni su tronco; el hombre sin espíritu, el Universo sin Dios. Materializada así la ciencia, ¿será posible que no se materialice la sociedad?»

El siguiente momento consiste en afirmar la necesidad de la filosofía, pues exceden los beneficios a los males que puede causar su mala dirección; filosofía que se identifica con un «sacramento de la unidad» con el que se deben bautizar los conocimientos adquiridos por los hombres: «Sin el proceder filosófico que a su desenvolvimiento aplicaron los grandes doctores y teólogos cristianos, ¿fuera todavía la revelación misma otra cosa que un conjunto de ideas y de doctrinas, faltas de trabazón y de enlace visible? Y, en suma, ¿de dónde recibieron su impulso ordinario los grandes movimientos intelectuales de que ha sido teatro el mundo, sino de la mente de los grandes filósofos, de Platón y Aristóteles, de San Agustín y Santo Tomás, de Bacon y de Descartes, de Kant y de Cousin, de Balmes y de Gioberti?»

Acepta Laverde que su siglo sea el del positivismo y la materia, pero no que la Instrucción pública, «que es reina y no esclava», deba amoldarse a las tendencias de los tiempos en vez de dominarlas y dirigirlas:

«¿Creéis, por otra parte, poseer ya todos los frutos de la Filosofía? ¡Error craso! ¡Presunción funesta! ¡Cuantas creencias en flor aún, que si dejáramos de regar ese tronco se marchitarían! ¡Cuántas otras elaborándose silenciosamente en sus entrañas, que nunca llegarían a salir del estado de gérmenes en que ahora se encuentran! Las mismas que hoy alcanzan su completo desarrollo, ¿pensáis que tardarán mucho tiempo en languidecer y corromperse, una vez privadas de la savia invisible que las produjo y alimenta constantemente? 'El genio español', se suele alegar como razón justificante del hecho que venimos censurando, no es a propósito para las lucubraciones filosóficas.»

Entre los autores que sostienen la tesis del carácter refractario de los españoles a la filosofía menciona Laverde a Schlegel, Larra, Viardot, García Luna, Azcárate, la Enciclopedia de Mellado y Patricio de la Escosura, que hacía poco había afirmado que 'Aquí no hay filósofos, como no hay Cervantes en Alemania'. Tesis que Laverde rechaza, para exponer su proyecto de escribir una Historia de la Filosofía Española. No deja de ser sorprendente que Laverde, con toda la vida por delante, a la vez que confiesa su proyecto, renuncie a la vez a realizarlo:

«Nosotros, sin embargo, nunca podremos convencernos de semejante opinión; desde un principio la rechazó nuestro espíritu, como adivinando instintivamente su inexactitud. Así que, impulsados por la actividad juvenil que nos consumía y por el patriótico anhelo de hallar pruebas a ese confuso presentimiento, comenzamos cuatro años hace antes a estudiar esta materia, consagrándole no escasos desvelos, con un entusiasmo que las amarguras de la vida no han podido ahogar todavía. A medida que penetrábamos en aquel campo enmarañado, a cada paso que dábamos en tan áridas exploraciones, nos íbamos confirmando más y más en la idea que nos estimulara a emprenderlas. El horizonte se dilataba inmensamente; unas figuras se engrandecían; otras nuevas se levantaban de la noche del olvido, y mil raudales de luz, brotando de sus frentes, venían a alumbrarnos los misteriosos caminos seguidos por [56] el espíritu humano en su marcha y evoluciones hacia el infinito. Pero al mismo compás crecía también la conciencia de nuestra debilidad, el sentimiento de nuestra pequeñez, hallándonos cada vez más incapaces de realizar el atrevido proyecto que concibiéramos de escribir una Historia de la Filosofía Española, hasta que al fin, aunque con harta pena, hemos venido en abandonarle, en la esperanza de que, llamada hacia ese asunto la atención del mundo sabio, no faltarán bien cortadas plumas que se dediquen a ilustrarle y aprovechen la suma copia de riquezas que ofrece a la especulación y crítica; porque es verdaderamente triste comparar el estado de este género de estudios entre nosotros con el que alcanza en los demás países de Europa, especialmente en Francia y Alemania.»

En un repaso al contenido de esa historia que propone van apareciendo distintos nombres, que nos limitamos a enumerar por el orden en que son mencionados y respetando la grafía que utiliza Laverde: Séneca, Paulo Orosio, San Isidoro de Sevilla, Thofail, Averroes, Maimónides, Aben-Hezra, Alfonso el Sabio, Raimundo Lulio, Arnaldo de Villanova, R. de Sabunde, Fernández de Córdoba, Vives, Suárez, Melchor Cano, Sánchez de las Brozas, Mariana, Fox Morcillo, Francisco Sánchez (el Escéptico), Gómez Pereira, Huarte, Oliva Sabuco, Salinas, Bonet, Quevedo, Saavedra, Gracián, Caramuel, Granada, Rivadeneira, San Juan de la Cruz, Malón de Chaide, Márquez, Nierenberg, Santa Teresa de Jesús, María de Agreda, Feijoo, Mayáns, Piquer, Pereira, Rivera, Almeida, Olavide, Forner, Jovellanos, Andrés, Eximeno, Hervás, Peñalosa, Ceballos, Alvarado, Amat y Guevara. Por último Laverde propone la creación de una Academia que fomente en España los estudios filosóficos, una Biblioteca de filósofos ibéricos, un periódico filosófico y certámenes anuales con premios para discursos y memorias:

«Tiempo es ya, pues, de que recogiéndonos en nosotros mismos y reconcentrando cuantos destellos de sabiduría, cuantos gérmenes de perfeccionamiento nos legaron nuestros antepasados, comencemos a preparar la gloriosa era de esplendor y prosperidad a que está abocada la Península Ibérica. Por lo que hace a la Filosofía, que, debiendo ser el alma de la instrucción pública, debe serlo asimismo de toda acción progresiva y civilizadora, varios son los medios que para este fin pueden excogitarse: los principales a que se subordinan los demás, correspondiéndose y completándose recíprocamente.
Es el primero la formación de una Academia que tenga por principal objeto fomentar en España los estudios filosóficos, poniéndonos al corriente de cuanto en la materia se piense y se escriba en el mundo, y elevándonos en nuestra propia conciencia y en la de los otros pueblos al puesto que nos corresponde en los anales de la ciencia; a cuyo fin deberá, primero, publicar una 'Biblioteca de filósofos españoles' en lengua vulgar, con noticias biográficas y bibliográficas, anotaciones y comentarios, facilitando así la adquisición y estudio de sus obras a los amantes de esta suerte de conocimientos, acompañada de un gran periódico que le sirva de complemento, abierto a toda discusión, a todo escrito filosófico, y a que se den extractos y juicios críticos de cuantas obras de algún valor en esta línea salgan a luz, así dentro como fuera de España; y segundo, abrir certámenes anuales, con premios, para los discursos o memorias en que mejor se aprecien y expongan, bien las producciones individuales, bien las expensiones generales del pensamiento nacional. No escaseamos tanto como vulgarmente se presume de elementos para un cuerpo de esta naturaleza; abundan entre nosotros hombres de talento que tributan a la Filosofía sincero y aprovechado culto, como lo han manifestado algunos con libros de bastante mérito e importancia, otros con luminosas explicaciones en el Ateneo de Madrid, y no pocos en opúsculos, discursos y artículos sueltos muy notables, desparramados por los periódicos.»

Sigue una interesantísima relación de nombres de autores y obras con la que Laverde busca ilustrar las afirmaciones que hace respecto a la existencia en España de talentos sobre los que basar sus proyectos, lista que se hace imprescindible analizar mínimamente. Máxime cuando ocurre que, en versiones posteriores{15} de esta primera exposición de sus proyectos, esa lista ha sido eliminada. Está formada por cincuenta y tres nombres (normalmente sólo un apellido), treinta y cinco de los cuales acompañados del título de alguna obra (sin mencionar fechas) más once notas a pie de página.{16} En una primera lectura no se percibe [57] orden (no es el alfabético), si lo hubiera, en la aparición de los nombres. Sin embargo hemos advertido que sí hay cierto orden, y que este orden se corresponde, casi exactamente, con las fechas de publicación de los títulos mencionados: de hecho los últimos nombres de la lista son aquellos de los que no se mencionan obras, e incluso esos guardan entonces una aproximación de orden por fechas de nacimiento (Canalejas, el último de la lista, es también el más joven, con un año menos que Laverde).

Esta lista es imparcial y muy completa y meditada. No se aprecia partidismo o prejuicio en su elaboración; en todo caso podría pecar de laica y de ignorar casi completamente a clérigos y eclesiásticos. Figuran varios juristas (Laverde debía asistir a clases de Derecho), historiadores y periodistas. Algunos de los nombres que merecen nota adicional parecen los más cercanos a Laverde: Roque Barcia, el ya citado amigo de Oviedo José Indalecio Caso,{17} Juan Miguel Sánchez de la Campa (que replicará a Laverde, a pesar de haber recibido el apelativo de «docto catedrático»), Francisco Salmerón (su hermano Nicolás tenía entonces dieciocho años), José Moreno Nieto (arabista y católico liberal cercano al krausismo), el entonces hegeliano Emilio Castelar. Menciona Laverde al editor de su artículo, Juan Alvarez Lorenzana y a materialistas como Mariano Cubí o Pedro Mata; hegelianos como Isaac Núñez de Arenas o incluso el «panteísta» Miguel López Martínez; kantianos como Jose María Rey y Heredia; eclécticos como Juan José Arbolí o Tomás García Luna; panteístas como José Alvarez Guerra; krausistas como Julián Sanz del Río, Francisco Gayoso de Larrúa, Manuel Berzosa, o incluso Francisco de Paula Canalejas (que ese año aún no había publicado nada); seguidores de la escuela escocesa como José Joaquín de Mora o Ramón Martí de Eíxala (el traductor del Manual de historia de la filosofía de Amice, al que puso, en 1842, un apéndice De la filosofía en España); liberales como Bonifacio Sotos Ochando, Andrés Borrego o Nicolás María Rivero; moderados como Joaquín Francisco Pacheco Gutiérrez o Nicomedes Pastor Díaz; conservadores como Ramón de Campoamor o Antonio de los Ríos Rosas, &c. Del ultraliberal, hegeliano y federalista Francisco Pi y Margall, cita Laverde, sin más, dos libros que fueron condenados y recogidos (sobre todo la Historia de la pintura en España. Tomo 1, Madrid 1851, donde expone sus ideas filosóficas, condenado por la Iglesia y prohibida su circulación en 1852).{18}

No es fácil encontrar autores vivos en 1856, que por sus obras ya publicadas debieran figurar en la lista (en la que están, como puede haberse observado, promesas que aún no habían escrito nada). Si Laverde hubiera frecuentado otros ambientes, no es fácil que se le hubieran escapado promesas como Juan Manuel Ortí y Lara, que tenía ya treinta años, o el jesuita asturiano, de Oviedo (nacido en la calle de la Vega en 1816), José Fernández Cuevas, que ese año comenzó a publicar su Philosophiae rudimenta ad usum academicae juventutis, Madrid 1856-1859, y en 1858 dio a la estampa la Historia Philosophiae ad usum academicae juventutis, dividida en dos libros, el segundo De Historia Philosophiae Hispanae, que a lo largo de 120 págs. hace un recorrido desde Séneca hasta el Marchionis de Valdegamas, una de las primeras Historias de la filosofía española que existen. (Merece la pena recordar el protagonismo, creeremos que involuntario, que tuvo nuestro historiador de la filosofía española en el final del bienio progresista, aquel 1856: por abril y mayo se había extendido la anarquía por el campo castellano, al punto de que en Valladolid, Medina, Palencia y otras ciudades los sublevados, con el pretesto de la escasez, incendiaron edificios, fábricas de harina y propiedades, sembrando la consternación; Patricio de la Escosura, Ministro de la Gobernación de Espartero, fue enviado el 25 de junio a Valladolid y Palencia para hacerse cargo de la situación; a su vuelta acusa a O'Donnell y a los moderados como principales causantes de los sucesos y como no convence, atribuye lo que está ocurriendo a oscuras maniobras de los jesuitas, aprovechando que nuestro historiador de la filosofía patria, el P. Fernández Cuevas, acababa de cruzar toda Castilla la Vieja camino de Santander, supuestamente dejando la agitación tras él;{19} O'Donnell, Ministro de la Guerra, rechazó las imputaciones y presentó su dimisión para no tener que seguir al lado de Escosura; Espartero no quiso sacrificar a Escosura y presentó la dimisión de todo el ministerio; Isabel II aceptó la dimisión de Escosura pero no la de O'Donnell, por lo que Espartero, desairado, abandonó el Gobierno, 14 julio, y se retiró a Logroño.) [58]

El artículo de Laverde de 1856 propone otros dos medios que deben ejecutarse para obtener el fin propuesto:

«El segundo consiste en la confección de una obra que resuma los resultados parciales de la Academia, abarcando la ciencia en su universalidad, y comprendiendo, además, en cada capítulo, la historia interna nacional de la cuestión que trate, es decir, un compendio de los raciocinios y opiniones acerca de ella emitidos por los escritores españoles que la hubiesen tocado (…).
El tercero y último (y he aquí cómo volvemos a nuestro tema primitivo) está reducido a establecer en la Universidad central una facultad cuyas diferentes asignaturas correspondan a las distintas partes de la indicada obra, texto, naturalmente, poniendo por condición indispensable el cursarla los aspirantes al doctorado, quienes así, ya en edad conveniente, llevarán los principios de sus respectivas carreras, como otros tantos cabos sueltos, a buscar en la ciencia de lo absoluto los lazos imperceptibles que los ligan entre sí, y a otros principios superiores (…)»

y termina abriendo un floreado interrogante retórico al que se responde con esperanza, en unos términos que no pueden por menos que recordar ideas similares a las que animaban, por ejemplo, a Julián Sanz del Río, en tanto que proyectaban un sistema armónico de los conocimientos:

«¿Podremos esperar con alguna confianza la realización de estos deseos, que son los de cuantos, dando significación elevada a la instrucción pública, anhelan ver en ella, no la aglomeración empírica de elementos incoherentes, sino un todo armónicamente combinado, un sistema racional traducido en ley, una ley transformada en hecho?
¿Llegará pronto el día en que tengamos una Filosofía propia, nacional religiosa, que, animada con el aliento de tantas generaciones sabias, resplandezca sobre nuestro horizonte en medio de las ciencias, como el sol en medio de los astros, disipe las sombras que las envuelven, les comunique su íntimo vigor, les levante del polvo en que se arrastran, y, llevándolas en pos de sí, concertada y majestuosamente por los siglos, ciña a la frente del pueblo español inmensas coronas de bienandanza y de gloria?
Todo pronostica que sí. La sociedad, buscando entre convulsiones, la fórmula de sus existencias; la juventud, tanteando ansiosa mil varios caminos para penetrar los arcanos de la vida universal; todas las doctrinas en crisis, todos los espíritus en fermentación, ¿no son indicios bien claros de esa evolución suprema de nuestra civilización? Que los que puedan, concurran a realizarla.»

Laverde, con el artículo en El Diario Español, logra asentar sus cuarteles en Madrid, pero a costa de cambiar de chaqueta (o al menos sacudírsela), acomodándose a las circunstancias. Los moderados, tras la crisis del Rigodón, dirigidos por Narváez, apresuran la reconciliación con Roma y la restauración católica de España, aboliendo la legislación progresista del bienio. Vuelve a ser ministro de Fomento el que había sido ya rector de las Universidades de Valladolid y Madrid, y ocupado el Ministerio en 1853, Claudio Moyano; y vuelve a ser Ministro de Estado el asturiano de Villaviciosa Pedro José Pidal, primer Marqués de Pidal, padre del filósofo Alejandro Pidal. Son momentos de gran agitación administrativa (durante el año que duró Narváez se aprobó y promulgó la única Ley de Instrucción Pública de la era isabelina, que se conoce con el nombre del ministro). Laverde, que a comienzos de octubre firmaba su artículo en una revista afín a O'Donnell, en noviembre{20} aparece firmando en la oficial Revista Universitaria para proponer la creación de un Ministerio de Instrucción Pública, segregado del de Fomento (cosa que no ocurriría hasta finalizar el siglo, en 1900). Tal adaptación, en principio provocada seguramente más por el estómago que por las ideas, hubo de traer consigo el abandono de amistades peligrosas (tipo Roque Barcia). Una vez más podemos asistir a un ejemplo del funcionamiento de la conexión asturiana en Madrid: el intermediario lo fue Quintana (nacido en Cué de Llanes, en 1810, y a quien Oviedo tiene dedicada una calle). Con Lorenzo Nicolás Quintana y Llera, protegido por el ovetense Alejandro Mon, que en 1853 era director general de Contribuciones, Rentas y Aduanas, y de 1857 a 1865 diputado a Cortes por Llanes (luego lo fue por Oviedo), tenía cierta influencia Laverde padre. En diciembre de 1856 ya ha conseguido Laverde un empleo, de auxiliar, en Salamanca. En 1858 logra venir en comisión a Oviedo a la recién creada fábrica de tabacos{21} (obsérvese cómo Laverde olvida estas circunstancias en su autonecrológica).

En el nº 12 de La Revista Universitaria, que inmediatamente se transforma en Revista de Instrucción Pública, [59] logra Laverde abrir una sección de Filosofía ibérica, que inaugura con una nueva versión de su artículo de octubre, y aparece a principios de 1857 (con fecha de 30 diciembre 1856), ya funcionario auxiliar en Salamanca. Al nuevo artículo de Laverde contestó, en la ya Revista de Instrucción Pública, nº 26, abril 1857, Juan Miguel Sánchez de la Campa, catedrático del Instituto Provincial de Cáceres, con unas «Reflexiones sobre la dirección que conviene dar a los estudios filosóficos». Sánchez de la Campa (mencionado con respeto en la relación de El Diario Español), que en 1871 publicaría una interesante Historia filosófica de la Instrucción Pública en España desde sus primitivos tiempos hasta el día, era conocido de Laverde desde tres años antes, cuando ambos frecuentaban el Círculo Científico y Literario de Madrid de Barcia, donde había escrito también sobre Instrucción Pública, influido de hegelianismo.

En su contestación,{22} Campa niega que se pueda aplicar a la Filosofía el mismo modelo que a las Ciencias, y que por tanto deba removerse el pasado, los detritus de la historia, con el propósito de buscar encontrar sistemas armónicos. Afirma que el genio español, en cuanto individualidad, es capaz de lo más grande, pero en conjunto y como cuerpo colectivo, nunca pudo superar las condiciones fatídicas de su organización ni moverse más que en un círculo estrechísimo, limitado y mezquino. «La consecuencia de este estado social fue que nunca hubo un pensamiento filosófico eminentemente nacional, sino opiniones dispersas, obra de la razón individual, y aunque muchas de ellas de suma trascendencia, y otras cuna y base de sistemas que nos han presentado como incubados en sus cerebros otros pueblos, en nuestro país permanecieran aun casi desconocidos cuando no despreciados y perseguidos sus autores.» Campa reconoce que reivindicar para autores españoles el derecho de prioridad en la demostración de ciertas verdades es una tarea nacional y justa, «¿pero es de utilidad positiva? ¿Se llegará por este medio a la constitución de una filosofía nacional que animada con el aliento de tantas generaciones sabias, resplandezca sobre nuestro horizonte en medio de las ciencias?». Se pregunta Campa por el beneficio que puede haber supuesto descubrir que Blasco de Garay fue el inventor de la máquina de vapor, Salvá de la telegrafía eléctrica, o Huarte de la fisonomía: «la arqueología nos pone de manifiesto los detritus de las obras de los tiempos que pasaron. Reconstruir el anfiteatro cuando no se encontrarían gladiadores que regasen la arena con su sangre, no sería construir el anfiteatro.» Campa pide para que pueda haber filosofía que exista previamente un cultivo de las ciencias: «Para que la filosofía brille en medio de las ciencias como el sol en medio de los astros, y disipe las sombras que las envuelven, menester es que existan las ciencias y que exista la filosofía. Existirán las ciencias cuando su estudio sea una verdad; existirá la filosofía, cuando tenga principios incontingentes que le sirvan de punto de partida; cuando reduzca a una fórmula única en que no existan más que dos o tres principios incógnitos a la inteligencia humana, todo el magnífico alcázar de verdades, de sistemas y de conocimientos que el hombre pueda adquirir, que el hombre posea, que sean del dominio de su razón en una época determinada.» Pero no pueden las ciencias ocupar el lugar que les corresponde cuando los ánimos están intranquilos, cuando «las ciencias de hoy y las de ayer en nuestra patria son las ciencias de pane lucrando, son las ciencias que se cultivan por lo que valen, no por la ciencia misma». Campa es rotundo: «Para que la filosofía ciña a la frente del pueblo español inmensas coronas de bienandanza y de gloria, menester es establecerla, no sobre el detritus de los tiempos que fueron, no con el apoyo de la autoridad y por la autoridad del maestro, sino sobre la ancha base de sus principios eternos y con el concurso de la razón desapasionada y de la discusión amplísima, fuente de la verdad y verdadero origen de cuanto absoluto puede llegar a comprender el hombre. Para esto es indispensable preguntar; ¿en el terreno puramente filosófico hay verdades absolutas? ¿Puede el hombre adquirir el conocimiento de la verdad sin el concurso de la revelación? Trátase de la verdad filosófica.» Se niega Campa a ofrecer una respuesta a sus preguntas, desde las que, de cualquier modo, afirma, debe examinarse el establecimiento de una filosofía ibérica: «Puede muy bien que alguno al ver nuestro modo de examinar esta cuestión nos niegue el derecho y la aptitud para ello, y que crea que no es necesario tanto como deseamos, por dos de las siguientes razones: o porque los principios que consideramos como indispensables son cosas de todos conocidas y su ineficacia manifiesta; entonces diremos, que el día de establecer una escuela filosófica nacional pasó ya y que por consiguiente es tarde para acometer la empresa; su día está entre los que nunca han de volver; o porque los principios que indicamos son demasiado absolutos, imposibles de comprender y de todo punto innecesarios; entonces diremos que aún es muy pronto, que aún no está muy cercano el día en que la filosofía ibérica brille entre las ciencias como el sol entre los demás planetas. Pero a unos y a otros les daríamos la razón en cuanto a nuestra corta inteligencia, suplicándoles al mismo tiempo respeten nuestra lealtad y aun cuando nuestro carácter nos impida tomar, cual hubiéramos hecho en otro tiempo, toda la parte posible en la obra de restauración que se propone, no podemos menos de aplaudir el celo y el buen deseo, y pluguiese al cielo que nuestro modo de ver fuera del todo erróneo, y que hubiera decretado ya el Eterno la hora de nuestra emancipación, el día de nuestra filosofía eminentemente nacional.»

En mayo del mismo año, terció en la misma revista{23} Nicomedes Martín Mateos (nacido en 1806, se cumple este año también el centenario de su muerte), espiritualista neocartesiano que había ya publicado veintiséis cartas al Marqués de Valdegamas (Los místicos españoles, Valladolid 1851) rechazando la acusación lanzada por Donoso Cortés contra los partidos liberales de falta de conocimientos teológicos y Breves observaciones sobre la reforma de la filosofía (Salamanca, 1853). El de Béjar (que no había tenido el honor de figurar en la lista de Laverde) contesta la ligera impugnación de Campa y hace un buen diagnóstico del estado de actitud que supone en su amigo: «Dicho señor Laverde es un joven muy dado al estudio de los filósofos españoles: semejante a otros muchos ya saciados del panteísmo alemán, del conceptualismo escocés y del eclecticismo francés, que ha inundado a España, sin más provecho que oscurecer más y más las creencias todas, se dijo a [60] sí mismo: ¿No debiéramos volver la vista a nuestra tradición, estudiar nuestros filósofos y reedificar con materiales propios una obra verdaderamente filosófica?». Martín Mateos combate las consecuencias de la idea de progreso que quiere ver domina a Campa, y responde las preguntas que aquél había dejado sin contestar: «¿Puede el hombre adquirir el conocimiento de la verdad filosófica sin el concurso de la revelación? –Puede, señor de la Campa, y posee un tesoro inestimable de verdades adquiridas con el sudor de su frente, –Y en caso afirmativo, ¿cuáles son estas verdades (…)?, –(…) pudiera el señor de la Campa buscar la respuesta a tal interrogatorio en las obras de Platón, Plotino, San Agustín, Descartes, Bossuet y Fenelon». El párrafo final de la contestación de Martín Mateos permite sospechar que fue movido a escribir por el propio Laverde (que comenzaría así a ensayar una técnica de la que se convertiría en consumado maestro): «La amistad que profeso al señor Laverde Ruiz y el deseo de no distraerle de sus estudios me han movido a reemplazarle en esta polémica, …» .

En la mencionada sección de Filosofía ibérica de la Revista de Instrucción Pública, el propio Laverde, con anterioridad a los artículos de Campa y Martín Mateos, había publicado, a lo largo de cuatro números (enero-febrero 1857), un estudio sobre la «Vida y escritos de don Andrés Piquer». Es curioso comprobar cómo son asturianos también quienes colaboran en esa sección aquel 1857: Aquilino Suárez Bárcena, que llegó a ser Alcalde de Oviedo, su ciudad natal (con varios artículos, destacando el dedicado a Raimundo Sabunde), o Alejandrino Menéndez de Luarca (impugnador de Jovellanos y carlista, que escribió una «Reseña sobre la filosofía española»). En la misma publicación firma Laverde en septiembre una crítica al curso de Literatura de Raimundo de Miguel Navas, y en octubre otro trabajo sobre administración educativa (él, que trabajando de auxiliar, aún no había alcanzado el título de bachiller), «La unidad en la Instrucción Pública».{24}

En 1858 Laverde tiene en Oviedo un empleo en sustitución al que venía ocupando en Salamanca. Como despedida de la ciudad del Tormes deja abierta una polémica con Valladolid, a raíz del artículo «La Universidad de Salamanca y la de Valladolid» (Eco de Salamanca, 21 marzo 1858, págs. 24-17).{25} Por una carta de 2 de julio a su familia sabemos que, en privado, Laverde prefiere «por principios» la entrada de O'Donnell y la caída de Istúriz [6]. Después del verano, con el trabajo en la nueva fábrica de tabacos de Oviedo, encontramos colaboraciones literarias en la Revista Literaria de Asturias.{26}

Recogiendo las ideas de los artículos de 1856, en la revista Crónica de Ambos Mundos publica una nueva versión de sus artículos reivindicativos de la filosofía española: «De la fundación de una Academia de Filosofía Española, como medio de poner armonía en nuestra Instrucción pública» (que será la que sirva en los Ensayos críticos…, págs. 1-20). En esta versión final las ideas generales son las ya expuestas, aunque cabe advertir curiosas modificaciones. La lista de autores que deben incluirse en la Historia de la Filosofía Española sufre modificaciones notables respecto a la original de 1856: entre otros no están ahora Paulo Orosio ni Arnaldo de Villanova, ni Fernández de Córdoba, ni los místicos; entre otros se han añadido, sin embargo, Avem-Pace [seguimos respetando la grafía de Laverde], Avicebron o Alfonso de Madrigal (reservamos para otra ocasión el análisis pormenorizado de estos cambios). Y ahora Laverde renuncia por completo a ofrecer la relación de posibles integrantes de la Academia que propone, como había hecho años antes. Lo que sí hace es apellidar una serie de escuelas, que se habrían ido sucediendo en la piel de toro, de forma no poco discutible:

«No es menester mucha penetración para descubrir cuan firmes raíces ha echado el Senequismo en el espíritu nacional, extendiéndolas al través de millares de generaciones,{27} y, retoñando, como planta indígena, en todos los principales períodos de nuestra cultura intelectual. Tampoco es difícil notar cómo la Escuela isidoriana, acaudalada con el saber de la antigüedad, atraviesa la edad media y viene, por una no interrumpida tradición, a resolver en la filosofía española del siglo XVI, después de haber conocido al paso la de los moros y los judíos. A la vista salta el estrecho parentesco que media entre las escuelas arábigas y las hebraicas, particularmente entre el Averroísmo y el Maymonismo, esos dos grandes movimientos racionalistas correlativos, que tan profunda huella imprimieron en la enseñanza muslímica y rabínica de la península, trascendiendo de aquí a toda la Europa cristiana, e influyendo especialmente en el Lulismo, resultado de la confluencia de las doctrinas escolásticas y de las orientales, el cual tuvo cátedras propias en diferentes Universidades españolas y estranjeras, contando numerosos partidarios en todas las naciones de Europa. Por último, en el siglo XVI brotan, dilatándose hasta principios del presente, el Vivismo, el Suarismo, y el Huartismo, manifestaciones brillantes del vigor intelectual de nuestra patria en aquella gloriosa era, las cuales, por un lado acrisolan y resumen la tradición filosófica de la antigüedad y de la edad media, y, por otro, personifican, aunque de diverso modo, la tendencia constante del genio español a armonizar el elemento ontológico y el psicológico en la esfera del pensamiento.» (Ensayos…, págs. 15-16.)

Esta clasificación (como el propio Laverde advierte) no es única. De hecho en el trabajo que publicó en los Ensayos a propósito de La Filosofía Española, indicaciones bibliográficas [61] que Luis Vidart había publicado dos años antes, ensaya otra distinta (el análisis de las diferencias de opinión del Laverde de 1868 con Vidart, por ejemplo respecto a la filosofía española coetánea de ambos, permite importantes observaciones que ayudan a perfilar mejor el punto de vista de Laverde, pero excederían el marco de este artículo). Concluye Laverde en 1858 su definición de la filosofía española:

«Todas estas escuelas, cuya progresión dialéctica puede, en gran parte, determinarse fácilmente por las varias fases políticas, morales y religiosas que esta nación presenta en el curso de las edades, constituyen, juntamente con otras menos famosas o de menos castizo origen y con las concepciones de uno y otro pensador aislado, como, por ejemplo, Avicebrón y Gómez Pereira, la inmensa riqueza filosófica de la península ibérica. El conjunto de ellas, uno en su variedad por el espíritu general que lo informa, como es una nuestra nacionalidad, no obstante la multitud de reinos en que ha estado dividida y de razas que se le han incorporado sucesivamente, es lo que llamamos Filosofía española, porque, aun aquellas doctrinas que recibimos de extraños climas, aun aquellas verdades y aquellos errores que nos vinieron de otros países, han tomado y no podían menos de tomar –¡hasta el Catolicismo la tomó!– forma española al penetrar en la esfera de actividad propia del ingenio español, bien como el agua se adapta a la figura del vaso en que la echamos o como la luz colora los objetos según la especial textura de la superficie de ellos.» (Ensayos…, pág. 16.)

Los planes de creación de la Academia de filosofía española, al que se ha añadido en 1959 el de una Biblioteca de Filósofos Ibéricos, los certámenes y planes de estudios, &c. se asemejan a los proyectos anteriores. Pero en 1868 ha variado sensiblemente el objetivo final, lo que se alcanzaría con todo ello, pues el armonismo que antes nos recordaba el mismo ideal krausista ha pasado ya por los filtros de la religión, muchos años antes de que Draper obligase a todo apologista que se preciase el tener que mostrar que no hay conflicto ni puede haberlo entre la ciencia y la fe:

«Entonces dejarán de ser términos antitéticos en el hecho, para convertirse en armónicos, como lo son en la idea, la Iglesia y el Estado, la autoridad y la libertad, la conservación y la reforma, girando cada cosa en su órbita propia, eslabonada con las demás, y ocupando la Instrucción pública el lugar principal que le corresponde en el gobierno de la nación, lo mismo que a la Iglesia en el de la humanidad, cual fuente colocada en la cúspide de una pirámide, para regar desde allí por igual todos sus lados y hacerles producir flores y frutos de verdad, de bien y de hermosura. Entonces, puesta España a la cabeza de la civilización europea, realizando con el ejemplo y la doctrina, mediante el auxilio de la Providencia, lo que no pudo conseguir con la fuerza de las armas en el siglo XVI, pondrá fin al ciclo turbulento del protestantismo, renovará engrandecido el concierto de la cristiandad y abrirá al género humano la era del progreso, de la libertad, de la concordia, de la armonía, cuyo tipo supremo es Jesucristo, síntesis viviente de Dios y del Universo. Si la unión es la fuerza, la unidad de la vida, la armonía es la perfección, trasunto del orden eterno. ¡Siempre y en todas partes la armonía! ¡La armonía en todo y sobre todo!» (Ensayos…, pág. 20).

Como ya hemos dicho, Laverde retrasó la culminación de sus estudios oficiales. Aunque en la autonecrológica establece que obtuvo el bachiller en Filosofía y Letras en 1857 (el plan Moyano fue el que introdujo ese mismo año titulación tan castiza, ahora en extinción), por una carta que dirigió a sus padres y conservamos [6] sabemos que tal acontecimiento no ocurrió hasta dos años después. Desde Oviedo escribe el 24 de enero de 1859: «el viernes me examiné de Historia Universal y salí Notablemente aprovechado. Hoy sufrí el Ejercicio de grado de Bachiller y fui aclamado tal por unanimidad. Soy, pues, ya Bachiller en Filosofía y Letras y según la Ley de Instrucción ppca. puedo ser catedrático de Psicología y Lógica, de Etica, de Geografía e Historia, de Latín, de Griego, y Autores clásicos en los Institutos de 2ª enseñanza.» En esta fecha era ya bachiller en Derecho, y sus proyectos, cuatro días después, consisten en obtener, mediante la consabida recomendación (sugiere a sus padres posibles padrinos), un nombramiento de interino para ocupar cualquier cátedra «pero especialmente la de Ética y Lógica en que estoy más fuerte. Obteniendo ahora un nombramiento con el carácter de interino (que no puede ser de otra manera) al cabo de algunos años me calzaría la propiedad y se hallarían mis anhelos satisfechos. No estaría de más decir algo a Hoyos y a Posada Herrera (por mi tía Manuela)» (carta 28-I-1859). En la carta siguiente (2 de febrero), junto a la noticia de la inauguración en Oviedo de la Escuela Normal de Maestras se lamenta: «Ya verán Vv. la dimisión de Quintana. Es sensible.»

La tranquilidad de haber alcanzado la titulación que le permitía optar al profesorado de enseñanza media, tras unos negligentísimos estudios, supuso que Laverde retornase proyectos queridos, publicando, sin firma, en la Revista de Instrucción Pública de 17 de marzo de ese año 1859, el «Proyecto de una Biblioteca de Filósofos Ibéricos», que se anuncia iba a ser publicada en Oviedo precisamente. En el plan incluye a Séneca y San Isidoro, los árabes, Suárez, Vives, Fox Morcillo, Sánchez de las Brozas…, e incluso «nuestros insignes místicos merecerán igualmente atención. Un sabio, cuya amistad nos honra, llama a Santa Teresa de Jesús el Platón de España». Laverde confiesa por fin en esta ocasión su proyecto final, el complemento de todo su plan, que bautiza con el sorprendente nombre de el Aristóteles Ibérico, y define como «tesoro de cuantos trabajos de exposición y crítica se han hecho en la península relativamente a las obras filosóficas del Estagirita». Vuelve a reconocerse falto de ciencia para abordar sus planes, pero queda tranquilo porque lo que a él le falta, sobra «a quienes consideramos maestros», regalándonos con una breve, pero interesantísima, relación de quince escritores distinguidos (comparar con la lista de 1856: hay cinco nuevos y se mantienen varios krausistas y afines) que podrían hacerlo: «los señores Martín Mateos, Sanz del Río, Moreno Nieto, García de Quevedo, García Luna, Berzosa, Azcárate, Foz, Campoamor, López Martínez, Castelar, Salmerón Alonso, Fernández González (F. Francisco), Fernández Ferraz, Alvarado (don Salustio) y otros sujetos igualmente doctos en Filosofía, que reconociendo la bondad de nuestros propósitos y deseando contribuir a realizarlos dignamente, nos han ofrecido su colaboración…».

Como ocurriera dos años antes, la iniciativa de Laverde no llegó a cuajar, pero tampoco paso desapercibida, volviendo a ser objeto de opiniones encontradas: terciaron el ya habitual Sánchez de la Campa, el médico y filósofo [62] franco-menorquín José Miguel Guardia (que un cuarto de siglo más tarde publicaría en la Revue Philosophique de París monografías sobre filósofos españoles, aunque defendiera la tesis de la miseria filosófica de España) y el catedrático compostelano Pedro Bartolomé Casal. Sánchez de la Campa preferiría que a la Biblioteca de Filósofos Ibéricos, precediera «la historia general de la filosofía, que tal como nosotros la comprendemos, no es verdaderamente otra cosa más que la de la marcha del espíritu humano», lo que no le impide dar la enhorabuena a los autores del proyecto «deseándoles tanta resignación y constancia como es indispensable para que en España no mueran al nacer o antes, empresas de esta especie». Al francés Guardia (y a otro messieur, Goria) respondió en la misma revista donde Laverde había publicado su Proyecto, datando de intento la réplica el 2 de mayo (de 1859), el catedrático Casal. Por la respuesta se deduce que Guardia, en ácida y satírica crítica, prefería «cien veces más dar una edición de Columela sobre la ágricultura» que ediciones de pobres filósofos españoles, que mejor que a la filosofía deberían dedicarse a la geoponía. Casal termina su respuesta remitiendo al lector al «capítulo 9 del tomo segundo del Teatro: Antipatía de los franceses».

Pero la respuesta más seria e interesante al proyecto de Biblioteca de Filósofos Ibéricos de Laverde se produciría diez años más tarde, ya aparecidos los Ensayos. Su autor el Rector del Colegio de Misioneros de Filipinas en Ocaña, que acababa de publicar una Philosophia elementaria, y llegaría a ser Cardenal González. Fray Zeferino, en efecto, en mayo de 1869, firma un opúsculo (recogido luego en los Estudios… que le editó Alejandro Pidal en 1873, tomo 1, págs. 207-228) titulado Sobre una Biblioteca de Teólogos Españoles. El filósofo asturiano ensalza el carácter patriótico, digno y elevado del proyecto de realizar una Biblioteca de Filósofos Españoles, «capaz de servir de lenitivo, siquiera escaso e incompleto, a la acerba pena que nos causan la universal postración, el abatimiento y ruinas que oscurecen el brillo y arrebatan las glorias de España». Pero, a continuación, se pregunta «si no sería mas conveniente, más útil y hasta más patriótico por de pronto, el publicar una Biblioteca de teólogos españoles». Sin quitar mérito a la filosofía española, sigue el que sería autor de la primera gran Historia de la Filosofía escrita en español, «es innegable que el movimiento filosófico realizado en la península ibérica, no puede ponerse en parangón con el movimiento teológico que comunica especial brillo a la historia eclesiástica de España. Cualquiera que sea la opinión que se adopte sobre la importancia absoluta o relativa de la filosofía española, siempre será preciso reconocer que esta importancia es muy inferior a la de la teología española, de la cual se puede decir con razón que ocupa lugar, no solo preferente y distinguido, sino acaso el primero en la historia de las ciencias teológicas». El dominico asturiano se expresa con claridad: «Porque la verdad es que si España puede presentar algunos filósofos más o menos recomendables y distinguidos, no puede presentar escritores que rayen tan alto en filosofía, como rayaron en teología Torquemada, los dos Sotos, Cano, Carranza, Molina, Suárez, Vázquez, Alfonso de Castro, Pérez de Ayala, Báñez, Lemos, Valencia, con tantos otros que dieron gloria inmortal a nuestra patria.» Es interesante señalar cómo el proyecto de Biblioteca de Teólogos Españoles se concibe casi como una disyuntiva frente al de Filósofos. Incluso Fray Zeferino, que menciona como precedente a su proyecto, en literatura, la Biblioteca de Rivadeneira, propone que a la de Teólogos debería seguir una Biblioteca de escrituarios españoles (que no la de Filósofos). La clara disyuntiva de Fray Zeferino responde, por otra parte, a criterios rigurosos de demarcación entre Teología y Filosofía (él, que siempre fue considerado un filósofo y escribió de filosofía). De otra manera, si se desprendieran de las Historias de la Filosofía Española las relaciones de teólogos y asuntos que Fray Zeferino propone para completar su Biblioteca, aquellas quedarían bien mermadas. Y si Sánchez de la Campa proponía a Laverde abordar primero la Historia de la Filosofía Española que la edición de los autores, el futuro Cardenal González, con más tino, sostiene que «otro resultado no menos importante y plausible de la publicación de la Biblioteca de teólogos españoles, sería preparar el camino para la publicación de una Historia de la teología española. Porque, en efecto, una vez coleccionados y clasificados los principales trabajos de nuestros teólogos, acompañados e ilustrados con las monografías e investigaciones críticas relativas a los mismos, el historiador de la teología española encontraría el camino allanado para su empresa, y solo se necesitaría un hombre de elevado criterio teológico, capaz de analizar y juzgar de una manera concienzuda y desapasionada los trabajos contenidos en la Biblioteca de teólogos españoles, desentrañando y poniendo de manifiesto los variados sistemas de la teología española, juntamente con sus relaciones internas y externas». Resulta curioso relacionar la similitud de las figuras de los asturianos Laverde y González ideando proyectos equivalentes para la filosofía y la teología española, aquél más literato que filósofo, éste más filósofo que teólogo, ambos añorando alguien que culmine lo que planean (Gumersindo lo encuentra en Menéndez Pelayo, Zeferino escribirá él mismo la Historia, pero de la Filosofía).

A finales de 1859 escribe Laverde una carta a Juan Valera (nacido en 1824, once años mayor que él), quien gozaba ya de cierto prestigio intelectual y comenzaba su carrera política y diplomática, para felicitarle por su estudio sobre Quevedo e intentar captarle para su proyecto de Biblioteca de Filósofos Ibéricos. Valera contestó aquella carta que le remitía un desconocido, iniciando así una relación que duró más de veinte años. El editor asturiano afincado en Madrid R. Díaz-Casariego publicó en 1984 [22] las 151 cartas que se guardan de Valera a Laverde, conservadas por Antonio Rodríguez Moñino (a quien llegarían tras la venta que suponemos haría el hijo de Laverde de ellas, ver más abajo) y transcritas por la viuda de éste, María Brey. Cubren en el tiempo un período entre noviembre de 1859 y junio de 1881. A partir de esa fecha la relación con Valera se enfría (si bien mantienen el nexo común de Menéndez Pelayo). Aunque no conocemos las cartas de Laverde a Valera, de la lectura de las publicadas se obtienen interesantes datos para conocer la curiosa relación que mantuvieron personajes tan distintos. A Valera se le ocurre decir en su primera carta, respecto a los planes sobre la filosofía española que le trasmite Laverde, que debiera escribirse una Historia de la filosofía o de las ciencias en España, «pero ésta es una empresa tal que da miedo solo de pensar en ella. Se necesitaría una erudición vastísima, ser muy buen filósofo y yo creo que hasta saber muy bien el hebreo y el árabe. La filosofía de los judíos [63] y de los árabes en España fue muy grande y aún está por escribir su historia, lo cual forma una laguna en la Historia de la filosofía escolástica, que se modificó por la influencia de esta filosofía eterodoxa [sic]. Yo aunque ignoro completamente las lenguas orientales, tal vez por las traducciones me decida a juzgar un día las obras de Jehuda Levita, de Maimónides y de otros. Es una lástima que dejemos a los extranjeros la gloria de darnos a conocer a nuestros autores (…)» (EVL-1, 7-XI-1859).

Las cartas de Valera a Laverde nos muestran la gran amistad e intimidad que llegaron a alcanzar, en una relación que se fue enfriando con el tiempo (por causa de Laverde: sospechamos que por rechazo a la libertad política y de costumbres que respiraba Valera, que contrastaba con la cada vez mayor intransigencia de su interlocutor). Para Valera el joven Laverde se aparece como un entusiasta al que se debe ayudar (le ayuda a publicar artículos) y que en un momento dado puede ser un incondicional; por parte de Laverde la relación era más interesada, dadas las posibilidades que podía ofrecer un personaje como Valera (ya en su segunda carta tiene este que frenar las espectativas que Laverde se había hecho de mecenazgos aristocráticos: «Lo de publicar una Biblioteca de autoras españolas sería muy bueno: pero lo que es yo no tengo ni relaciones ni medios de llevarlo a cabo. La aristocracia de Madrid no se ocupa ni se interesa por nada de literatura española y menos aún por nuestra filosofía» EVL-2, 3-XII-1859; y abundan las recomendaciones para sí o sus allegados: el primero en ser recomendado por Laverde a Valera es el joven Gayoso, quien sería su cuñado).

Valera intenta mantener cierta relación de magisterio con Laverde (como la que Laverde mantendrá con Menéndez Pelayo): le propone, por ejemplo, hacer el examen crítico de las obras de Feijoo (EVL-7, 24-V-1860), pero Laverde, aunque joven, tiene formado criterio propio y navega por libre. Cuando el 3 de junio de 1860 Amalio Ayllón comenzó a publicar la Crónica de Ambos Mundos, alborotando la situación de la prensa española al pagar nada menos que diez duros por artículo, Valera ya era valedor de Laverde en Madrid, y se encargaba de mover sus artículos y cobrarlos (allí publicó uno sobre monumentos arquitectónicos).

Hace seis meses que Laverde y Valera se escriben cuando ya tienen curiosidad por conocerse: «Mucho deseo yo también conocer a Vd. personalmente y que venga a Madrid. Ahora están aquí muy de moda los retratos en fotografía y yo tengo colección de retratos de amigos de ambos sexos que pasan de 150. Como supongo que Vd. no tendrá el suyo, no se lo pido para aumentar la colección y para tener un retrato de un amigo verdadero, que de estos no tengo 150, ni quince siquiera. Ahí va, sin embargo, el mío que, aunque el uso es darle en cambio de otro, a Vd., que sin duda no tiene el suyo, se le debe mandar gratis. Crea Vd. que me admira la mucha erudición que Vd. tiene y lo mucho que sabe, y tanto más cuanto calculo que Vd. ha de ser muy joven. No se ría Vd. de la candidez de mi pregunta, ¿qué edad tiene Vd.?» (EVL-12, 28-VI-1860)

Pero aunque Valera aún no conoce a Laverde (ni por retrato), ya tiene perfectamente claro el registro ideológico en el que se mueve su amigo asturiano. Laverde, para Valera, es un neo, un neo-católico liberal, y así se lo dice el 20 de julio de 1860: «Los diez duros [de uno de los artículos de Laverde para la Crónica] se los he entregado hoy a Bustillo que va a Llanes y que me ha dicho que se los entregará a Vd. a su paso por esa villa. (…) Creo que en cuanto haya espacio se publicarán todas las cosas que hasta ahora ha mandado Vd. para la Crónica. Debo advertirle, con todo, no por mí, que tengo la manga ancha y si peco por algo es por sobradamente ecléctico, sino por mis compañeros que son racionalistas más timoratos, que sus ideas de Vd. están muy en discordancia con el tono general de la Crónica. Vd. es místico y hasta neo-católico en el buen sentido de la palabra. No le aconsejaré yo a Vd. que cambie de estilo; cada uno es como Dios le ha hecho y no debe esforzarse ni violentarse para ser de otra manera. Ese neo-catolicismo liberal de Vd. le da, además, una originalidad grande y, para mí, simpática; pero no debe Vd. estrañar que a sujetos menos comprensivos que yo les parezcan raros, les choquen sus pensamientos de Vd. y hasta imaginen que van a disonar al lado de los suyos» (EVL-13).

Laverde, que a los veinte años giraba en torno a Roque Barcia y no hacía ascos de krausistas, hegelianos, eclécticos o panteístas, a los veinticinco, en 1860, aparece clasificado, por Valera, como neo. Ha escrito Julio Caro Baroja, tratando de estos años: «Surgió, sin embargo, en este medio, un tipo de jóvenes oradores, razonadores elegantes e influyentes, inspirados en la figura ya desaparecida del marqués de Valdegamas, al que la gente anticlerical llamaba obispos de Ievita, como hoy hemos oído llamar frailes con chaqueta a los profesores, a los políticos, a los ministros del Opus Dei, aunque el dictado más conocido y empleado al hablar de estos jovenes, talentudos o no, y el de sus secuaces, era el de neo. El neo era el neocatólico, el sucesor lejano y pulido del ultra: un joven que había sido incrédulo y revolucionario y que volvía al seno de la Iglesia, profesando ideales ultraconservadores».{28} No es este el momento de intentar huir de maniqueísmos clasificatorios y ensayar matices más ricos: sirva lo que, diecisiete años después, escribe Laverde a Menéndez Pelayo, incorporando a los neos en un interesantísimo esquema más general, para justificar que debiera considerarse a Donoso como un heterodoxo:

«Por otra parte, así como Balmes personifica con Roca y Cornet la apologética ortodoxa en España desde la primera guerra civil hasta 1848 y puede servir de centro en el cuadro de las luchas de nuestra Iglesia en ese período, así Donoso la personifica en el período siguiente, con su fiel escudero Gavino Tejado y los demas polemistas seglares que desde la aparición del Ensayo comenzaron a ser llamados neo-católicos y entre los cuales deben figurar el ya citado Carbonero y Sol, Canga Argüelles, Vildosala, Pedroso, Villoslada, Ortí y Lara, Severo Catalina (La verdad del progreso) &. D. Vicente de la Fuente hace rancho aparte; se distingue por su caracter positivo e histórico mas bien que por el teórico y filosófico, que en los otros citados predomina. Al período donosiano sucede –en la esfera de la filosofía católica española– otro, y en él estamos, que se caracteriza por la pujante avenida del escolasticismo, [64] sobre todo del tomista, personificado en Fr. Zeferino. Creo que sea interesante marcar estas sucesivas fases de nuestra apologética contemporánea en sus relaciones con el movimiento heterodoxo que simultáneamente se ha operado» (EMP 2-230, 31-VIII-1877).

Valera y Laverde trataron varias veces de sus diferencias confesionales, Valera con cierta curiosidad, Laverde con más afan de proselitismo. Contesta Valera al inocente Laverde que debía haber acusado recibo del apelativo de neo: «La calidad que yo no poseo, que envidio y que en Vd. resplandece, es cierta inocencia bucólica, inocencia que puede conservarse en Asturias, pero que yo he perdido entre esta cuadrilla de tunos estúpidos que hay en Madrid, y que hubiera perdido lo mismo en aquellos lugares de Andalucía, donde la gente, sobre ser estúpida y tuna, es más que aquí ruda y zafia. (…) He dicho lo de la inocencia de Vd. porque verdaderamente me maravilla el fervor y entusiasmo de Vd. en todo, y aunque no deseo que la pierda en lo sustancial, en ciertas cosas accidentales me alegraría de que Vd. la perdiese y así nos entenderíamos mejor. Yo no me opongo, ni disputo, ni trato de convertirle a Vd. a la no-creencia. La creencia que Vd. tiene quisiera yo para mí. Yo no he dicho que no me hagan gracia sus artículos de Vd. sobre instrucción pública por demasiado religiosos. Lo que digo y repito es que la Crónica de Ambos Mundos, aunque no es nada, quisiera ser algo, esto es, tener un color determinado, político y religioso, con el cual, si le tuviera, no casarían sus artículos de Vd. (…) En cuanto a la tesis que Vd. allí sostiene de que en España ha habido filosofía propia, en mis momentos de ilusión patriótica estoy con Vd., pero en mi estado normal sospecho mucho que siempre ha sido esta tierra tierra de garbanzos y no de filósofos» (EVL-15, 2-VIII-1860).

Ese mismo mes Laverde publica en el número 11 de la Crónica un artículo sobre Fox Morcillo (otro de sus temas recurrentes, como veremos), y es felicitado por un destino de 6.000 reales en Cuenca (que debió trocarse por otro en Madrid), obtenido a traves de Posada Herrera:

«(…) hallo que el Sr. Posada es un porcachón. En una nación como la nuestra, los hombres de talento verdadero (artículo que no está en el comercio, ni tiene precio, y no porque abunde como el agua y el aire), debían nacer todos con rentas propias para no verse obligados a tener destinos de 6.000 reales, mientras que tantos otros, brutos cuanto se puede ser bruto, los tienen de 50 y 60 mil. Bien pudiera, además, el Sr. Posada haber proporcionado a Vd. una cátedra, que era más propio para Vd. Yo soy una persona sin valimiento y hace cosa de un año o 14 meses que, merced a la bondadosa amistad de Moreno López, obtuve una cátedra de sustituto para un sobrinito mío, muy estudioso, de quien hoy justamente he recibido carta y el disgusto de saber que es krausiano, admirador de Sanz del Río y sabedor y repetidor de toda aquella gerigonza de desenvolvimientos totales y omnilaterales, por arriba, por abajo, por dentro y por fuera, por detrás, por delante y por el medio. (…) Tenga Vd., pues, cachaza, como yo la voy ya teniendo. (…) Traduzca algunos versos latinos, y como Vd. es muy español y muy católico, me atrevo a aconsejarle que ponga en rimas castellanas algo de Prudencío, poeta de primer orden, cristiano y compatriota nuestro, aunque ignorado de los más de los españoles. Darle a conocer ahora sería hacer un servicio a nuestra literatura. Si Vd. no tiene las obras de este poeta, yo se las enviaré por el correo en un ejemplar microscópico elzeviriano que tengo de ellas.
Su artículo de Vd. sobre Doña Robustiana está, como todo lo de Vd., muy bien escrito, salvo algunos atrevimientos de lenguaje de los que yo no me atrevo a hacerme cómplice aprobándolos, como, por ejemplo, el verbo sensibilizar. Al hablar de Dn. Juan Nicasio Gallego, incurre Vd., a mi ver, en una contradicción nacida de su mucha bondad, pues le llama al principio uno de los mayores líricos del mundo, y luego, a poco, dice, como es verdad, que el tal canónigo, tumbón y libertino, no entendía de cosas de sentimiento, esto es, que tenía por corazón una patata, lo cual, según yo me explico las cosas, es incompatible con la calidad que Vd. le presta, harto generosamente, de ser uno de los mayores líricos. El artículo, por lo demás, repito que me parece muy bien y a pesar de su grande amor de Vd. hacia la patria y las poetisas, no trata a éstas sino con justicia, aunque blandamente» (EVL-18, 25-VIII-1860).

Desde el verano de 1860 hasta comienzos de 1863 vive Laverde en Madrid –de donde pasará a Lugo como catedrático del Instituto– un período en el que Laverde y Valera no necesitaban, obviamente, escribirse. Por la mención que Valera hace en 1861 a los planes de Laverde, en su crítica al proyecto de «Biblioteca Selecta de Autores Antiguos Españoles que escribieron en lengua latina y árabe desde la dominación romana hasta el siglo XIV de nuestra era» (que anunciaba Luis García Sanz, como complemento a la Biblioteca de Rivadeneyra, que cubría desde la formación del lenguaje hasta nuestros días), deducimos que Campoamor había alcanzado en esta época la categoría de complice: «¿Quien sabe si más tarde, animados por el buen éxito de la empresa del señor Sanz, llevarán a cabo los señores don Ramón de Campoamor y don Gumersindo Laverde Ruiz la de publicar otra biblioteca que complete y termine la de Rivadeneyra y la de Sariz, y en la cual se coleccionen las obras escogidas de nuestros sabios y filósofos posteriores al siglo XIV? ¿Quién sabe si Lulio, Vives, Suárez, Soto, Foxo Morcillo, Huarte, Valcárcel y tantos otros varones doctísimos volverán a ser populares en España? Para ello, más que publicar todas sus obras, convendría dar de ellas lo más selecto traducido en castellano, hacer una buena clasificación de las escuelas filosóficas que en España han florecido, y escribir el extracto y la crítica del sistema de cada autor, a la cabeza de lo que de sus obras se traduzca y se dé nuevamente a la estampa.»

Campoamor, Nocedal y Valera propusieron en 1863 a Laverde, ya catedrático en Lugo, y fue elegido, como Académico correspondiente de la Española. Ese verano, los dos amigos, Valera y Laverde, uno en Doña Mencía (Córdoba), el otro –a punto de casarse con Josefa Gayoso– suponemos que en Nueva o Lugo, leen a Feijoo:

«Coincidimos a menudo en aficiones. Yo también entretengo aquí mis ratos de ocio, que no son pocos, leyendo al P. Feijoo (…). Yo soy de la misma opinión que Vd. respecto al Padre Feijoo y creo que los franceses, los alemanes o los ingleses hubieran cacareado, ponderado, aquilatado, explicado, demostrado y difundido su extraordinario mérito por todos los ángulos de la tierra. Aquí una nueva edición de Feijoo arruinaría al editor. Si a los autores a quienes se desea levantar estatuas, se les quieren quemar las obras, ¿qué han de querer hacer con las mías, de cuyo autor nadie ha imaginado jamás que merezca ni siquiera un retrato en fotografía?» (EVL-23, 6-VII-1863). [65]

Sugerimos que quizá sería de interés profundizar en el influjo que Josefa Gayoso, señorita de Lugo, pudo tener en el comportamiento social-ideológico de su novio primero y marido después. Laverde, cuando informa a Valera de su futura esposa, la define como modesta y retirada, y por la respuesta de don Juan podemos extraer lo que ambos esperaban de su señora: «Puede que esté Vd. ya casado. Si es así, lo celebro en el alma, le deseo mil felicidades y me dispongo a imitarle. Tengo novia formal allá en mi provincia [Córdoba]. La he buscado también entre las modestas y retiradas, y es más que probable que el cura de Lucena nos eche la bendición dentro de pocos meses. Mi novia es lucentina y se llama Magdalenita. ¡Ay, ay, ay, qué regalo! Vd. hallará inverosímil que yo me case: pero, amigo, me voy poniendo viejecillo y quiero retirarme a buen vivir.» (EVL-24, 30-VIII-1863.) Valera no logró imitar entonces a Laverde. Vuelto de París de enterrar a su cuñado el Mariscal Duque de Malakoff, se lamenta cuando felicita a Laverde: «Celebro infinito que haya Vd. tenido un vástago con toda felicidad. Casi tengo envidia. Yo rompí con mi novia de Lucena y me parece que no me casaré nunca. Los sobrinos, que son muchos, suplirán la falta de hijos, y luego como nada tengo que dejar a mis hijos, ni que transmitirles, sino mala suerte, peor humor y pobreza, me consuelo algo de mi esterilidad» (EVL-38, 8-VII-1864).

Laverde, casado y catedrático en Lugo, olvida un tanto sus ansias por la filosofía española y publica versos y cuentos. Valera piensa en llevarlo a Madrid («Si me dura este turrón, que lo dudo, haré por traérmele a Vd. al ministerio de Fomento», EVL-41, 24-X-1864), le felicita por sus trabajos («He recibido y he leído con sumo placer el Almanaque asturiano que supongo que Vd. me ha remitido. La gratitud del nubero es un cuento muy bonito y es lástima que no escriba Vd. otros en el mismo género», EVL-42, 25-XII-1864) y procura vender su libro en Lugo («Supuesto que el mencionado editor hace bien el comercio de libros, le agradecería que me tomase siquiera veinte ejemplares de mis Estudios críticos. Aquí están en venta a 24 reales ambos tomos. Yo se los daría a 16 y pagaría el porte. Estos 320 reales me ayudarían a pagar el gasto de la edición, y además lograría yo que mis artículos se difundiesen y leyesen», EVL-43, 3-II-1865).

En febrero de 1865, tres años antes de que fuera expulsada definitivamente de España, la reina Isabel Il tiene el rasgo de ceder a la nación española las tres cuartas partes de la venta de los bienes de la Corona y a la villa de Madrid el Buen Retiro, para que fuese convertido en jardín público. Castelar publicó su famoso artículo en La Democracia («El Rasgo», 25 de febrero) y el gobierno de Narváez no tuvo otra ocurrencia que destituir a don Emilio de su cátedra, desencadenando los sucesos que culminaron el 10 de abril, la noche de San Daniel. La Real Academia Española, el 3 de marzo, a propuesta de Aureliano Fernández-Guerra, Manuel Cañete y Manuel Tamayo, acordó abrir un certamen literario extraordinario, para que la institución no permaneciese indiferente ante el rasgo. A la par los poetas se organizan para ofrecer un álbum o corona poética a la reina, como muestra de agradecimiento. Valera escribe el 21 de marzo (EVL-45) a Laverde instándole a colaborar; éste, que ya debía estar enterado, le envía a vuelta de correo una Oda, y Valera, que duda si como correspondiente tiene derecho a presentarse al concurso de la Academia, le explica las circunstancias del Certamen (con premio) y del Album (ad honorem): «Creo que debo indicar a Vd., para que se decida, las ventajas de ambas cosas. Si la Oda va en el Album, Vd. aparece más desinteresado y, sobre todo, la Oda va de seguro. Si entra Vd. en el certámen, puede ganar 4 o 6.000 reales, pero también puede quedar desairado, no porque haya odas mejores, sino por mal gusto o parcialidad de los Académicos. En fin, Vd. decidirá, en el supuesto siempre de que un Académico correspondiente pueda competir, de lo cual me informaré pasado mañana» (EVL-46, 4-IV-1865).

Laverde envió por correo su Oda al certamen de la Academia, seguramente por si a Valera se le olvidaba el encargo: «No se habla en estos días sino de los sablazos y tiros y palos con que el lunes fue domado el monstruo de la anarquía, armado de pitos» (EVL-48), «Ya estaba yo copiando la oda de Vd. para remitirla a la Academia, hoy que cumple el plazo, cuando supe que V. se me había adelantado, remitiéndola desde ahí (…) Lo que sí voy haciendo con afición, aunque despacio, es la crítica de Lo absoluto, de Campoamor. Ya van publicadas cuatro cartas que deseo no parezcan a mal. (…) Muchas ganas tengo de ver la crítica de Lo absoluto por Mateos. El Reino empezó ayer a publicar una bastante larga por un tal Rute. En el Peninsular de Cádiz ha salido otra en defensa de Campoamor e impugnándome. Es su autor el Sr. Vidart, oficial de artillería» (EVL-49, 2 mayo 1865).

La Oda a Isabel II que escribió Laverde (encabezada con el lema «Virtus, recludens immeritis mori / Coelum, negata tentat iter via. Horat.») no obtuvo ni el premio ni el accésit, sí una simple mención honorífica, que le costó no pocos cabildeos a Valera,{29} y la gloria de ser publicada: «Dó la musa de Píndaro y Herrera? / ¿Dó está que, arrebatada, en canto suave, / El vuelo de la luz sobrepujando, / Tu nombre eleve a la celeste esfera, / Magnánima ISABEL?… Oh lira mia! (…)».

Las relaciones de Laverde con Valera sufrieron ese año cierto distanciamiento, provocado seguramente por lo liberal que se muestra Valera desde su nuevo puesto diplomático en Francfort,{30} que se manifiesta en marzo de 1866:

«No sé yo qué le hecho a Vd. para que así se desvíe de mi amistad y rompa la correspondencia epistolar que tanto tiempo hacía seguíamos. No tengo más que un remordimiento de conciencia, a saber, que mis cartas deben ser menos divertidas que de costumbre y menos interesantes de lo que debiera esperar un filósofo como Vd. de otro semi-filósofo que escribe desde el mismo centro de la docta y filosófica Alemania. Pero lo cierto es que en la vida he pasado el tiempo menos literaria y menos filosóficamente que ahora (…) No sólo no escribo, sino que no leo siquiera. Me voy embruteciendo. No hago más que comer, dormir, jugar, charlar y manosear unas entrepiernas femeninas» (EVL-59).

Mientras Valera manosea homburguesas, Laverde, en Lugo, ha cuajado ya la idea de publicar un libro que reúna sus ensayos y artículos dispersos, vuelve a pensar en unos Anales de Filosofía Ibérica y se escribe con Luis Vidart Schuch, el curioso capitán de artillería, destacado en la represión de los motines revolucionarios en las calles de Madrid, que ese mismo año de 1866 publicaría su interesante libro La Filosofía Española. Indicaciones bibliográficas.{31} Incluso parece haberse ofrecido como intermediario para conseguir del frívolo Valera un prólogo para ambos libros: «La noticia y prospecto de la publicación de los Ensayos de Vd. me ha traído grande contento. Yo me complacería y honraría en ponerles prólogo; pero me asusta mi pereza y no quiero retardar la publicación por el empeño de hacer una cosa que acaso no haga. Estoy torpe, enmohecido; acaso no acierte a escribir aunque quiera. Sin embargo, haré lo posible por escribir a Vd. en estos días una carta a propósito de los dichos Ensayos y, si a pesar de la vaguedad con que trataré de ellos, acierto a definir bien al carácter literario de sus obras de Vd., podrá Vd. si quiere publicar dicha carta como prólogo de los Ensayos, lo cual me será muy grato. No prometo la carta porque dudo de mí. Me siento estéril e incapaz. También me alegraría yo de prologar la obra de Vidart, mas para esto necesitaría leerla y mi prólogo no merece el extravío de enviarme aquí la obra toda en prueba y el retardo que se seguiría en la publicación. En fin, sobre todo esto Vd. hará lo que guste, seguro de que la voluntad es lo que menos me falta. Debo advertir, sin embargo, que la voluntad mía vale poco, tiene poquísima fuerza. Así pues, si Vd. quiere que yo prologue o prologuice, fije un plazo y si dentro de él no he mandado los prólogos, no cuente con ellos. Esos Anales de la filosofía ibérica me parecen una excelente publicación y deseo que se lleven a cabo. Vd. es un hombre más trabajador que yo, dotado de más fe y de más perseverancia y es una lástima que no emplee constantemente tan buenas y envidiables calidades» (EVL-60, Francfort 3-IV-1866). Valera acepta escribir los dos prólogos: «(…) llevo la vida más frívola y empecatada que he llevado nunca. Vengan, con todo, esos artículos de Vd. y los fragmentos de la obra de Vidart y yo procuraré escribir ambos prólogos con los cuales me honraré muchísimo» (EVL-61, 26-IV-1866), pero el libro de Vidart aparece, con fecha en la Advertencia de 6 de agosto, sin prólogo alguno, con varias citas de artículos de Laverde y un juicio muy meritorio de Valera (Laverde publicó en La Abeja Montañesa ese año una amplia crítica al libro de Vidart, luego recogida en los Ensayos, págs. 328-392).

El libro de Laverde tardó más en aparecer que el de Vidart. En diciembre, Valera felicita a Laverde por un nuevo hijo («Doy a Vd., a pesar de la envidia, la más cordial enhorabuena por el nuevo fruto de bendición que Dios le ha enviado, como me dice en su carta del 14 que acabo de recibir. Digo a pesar de la envidia, porque la tengo de los bien casados, y si encuentro por ahí muger que me convenga, imitaré a Vd. para no estar envidioso» EVL-68, 18-XII-1866) y reitera su disposición a poner el prólogo a los Estudios o Ensayos críticos, y en enero insiste: «Nada me dice Vd. de si adelanta la impresión de sus Estudios críticos. Mucha gana tengo de verlos impresos y de ponerles un prólogo lo mejor que yo sepa y pueda» (EVL-69, 5-I-1867).

Pero Laverde, seguramente falto de dineros que enterrar en la edición, demora la publicación del libro y calma su inquietud con otros menesteres: «Por su carta de Vd. del 9 veo con gusto y con gratitud que insiste Vd. en querer ausiliarme en mis trabajos sobre Feijoo. Ya formaré el plan de mi Estudio y se le remitiré para que me ayude. Por lo pronto, y si Vd. tiene vagar para ello, dígame qué filosofía primera tenía, en su sentir, el famoso benedictino y los textos de sus obras en que Vd. apoya su aserto. ¿Era, a su parecer de Vd., escolástico, o se le había [67] comunicado algo del cartesianismo, o del sensualismo, que tanta consideración lograba en su época en Inglaterra y Francia? Creo que debe Vd. mandar pronto a la Academia el catálogo que ha formado de voces de Nueva. La Academia le agradecerá mucho. Debo advertirle que hay en la Academia un diccionario asturiano, compuesto por Caveda. Llega solo hasta la S, pero se espera que Caveda le termine (…) Siento que ande Vd. con esos molestos temores al imprimir sus Estudios críticos. Estoy seguro de que va a ser un libro interesantísimo y de muy amena lectura» (EVL-70, 15-I-1867).

Valera insiste («¿Y sus Ensayos críticos de Vd., cuando salen? No se olvide Vd. de que debo ponerles el prólogo» EVL-72, 6-III-1867), aun cuando es pesimista en cuanto al interés que puedan suscitar cuestiones filosóficas («Acabo de recibir los dos ejemplares del artículo El neopriscilianismo que leeré con gusto. No se le daré a leer a nadie porque no creo que hay en Madrid una sola persona de cuantas yo conozco a quien se le importe un bledo de que un escritor de Galicia largue desatinos o no los largue, ni de nada que huela a filosofía o literatura. Me encanta su candor de Vd. y le envidio. Yo no creo que aquí importe ya a nadie nada la vida del espíritu» EVL-73, 12-III-1867). Laverde mientras tanto ha pensado mezclar en su libro ensayos con versos («Muchas ganas tengo de ver esos artículos de Vd. coleccionados y más aún con el aditamento de las poesías» EVL-74, 14-III-1867) y sigue insistiendo en que Valera escriba sobre Feijoo («El libro sobre Feijoo, si llego a escribirle, irá dedicado a Vd. Escríbame Vd. y cuénteme cosas de por ahí, sobre todo de su persona. ¿Cómo van esos Ensayos críticos que tanto deseo ver?» EVL-76, 20-IV-1867).

En el verano de 1867, aunque Laverde lleva lenta la edición de sus Ensayos parece avanzar en el intento de convertir a Valera en el ejecutor de sus planes. Valera, por ejemplo, motivado por los planes de Patricio de Azcárate, escribe ardoroso a Laverde: «He visto el prospecto de la Biblioteca filosófica de Azcárate y creo que debe ser recomendada, aunque no da lugar en sus libros a ningún filósofo español. Creo que importaría que incluyese, si no traducciones completas, extractos de las obras de Vally, Foxo-Morcíllo, Luis Vives, Lulio y otros. Aquí, en España toda, se lee poquísimo, pero ya se irá leyendo si nos coligamos bien todos los que escribimos y excitamos a la lectura. Mucho hay en España que hacer. Todo está inexplorado, virgen, inculto: filosofía, historia, ciencias y hasta literatura. 50 mil proyectos de publicaciones me hierven en la cabeza: pero soy tan flojo! Menester sería que nos ayudásemos todos y nos animásemos mutuamente. Me parece que España ha menester, para revivir y volver a ser grande, el que la hagamos salir del desmayo intelectual en que está sumida. Ninguna revolución sería tan benéfica como la de levantar aquí, a fuerza de trabajos y desvelos y sacrificios, el nivel de la instrucción y de los entendimientos. Moralmente y, enseguida, políticamente se mejoraría con esto nuestra sociedad» (EVL-82, 6-VI-1867); y unos días después:

«La Biblioteca filosófica que piensa publicar el Sr. Azcárate me parece bien, aunque la traducción de Platón, por donde va a empezar, no llegue a estar hecha directamente del griego, ni procurando conservar, en castellano, aquel primor de estilo, aquella elegancia ática y aquella gracia del original (…). Si yo no fuese tan flojo, haría con mucho gusto lo que Vd. me dice de traducir y comentar los filósofos judíos españoles, si bien el Kusari, traducido por Rabí Avendaña, aunque lleno de hebraísmos, si bien dice el traductor que le traduce por estilo fácil y claro, y León Hebreo, a quien el Inca Garcilaso tradujo, no solo no han menester nuevas traducciones, sino que sería pecado no reproducir estas antiguas, y raras en el día. Mi trabajo sería, principalmente, hacer una buena historia (Introducción) de la Filosofía hispano-rabínica. Esto me seduce, pero no quiero prometer nada, porque mi desidia es superior a mi buena voluntad, y el tiempo se me va como un soplo. He tenido el propósito de escribir y publicar en La Epoca una serie de artículos sobre la Filosofía en España, donde hablaría extensamente de todas nuestras ideas, del libro de Vidart y del plan de Azcárate. Esto no puede decirse que ha quedado solo en proyecto, pero ha sido más vergonzoso. He escrito dos cuartillas y se acabó. Me alegro de saber que llegan a término los Ensayos de Vd.» (EVL-83, 18-VI-1867).

Laverde, sin duda confiado en el interés que muestra Valera, sobrevalora el alcance de su influencia e intenta dar un nuevo paso, el de reconducir espiritualmente a Valera. La ocasión se la ofrece don Juan desde París, quien confiesa: «Si yo tuviese la fe religiosa que Vd. tiene, ya me hubiera metido fraile, aquí [en Francia] o en Italia. Este sería el mejor modo de concluir mi vida: pero, desgraciadamente, cada día soy más racionalista: cada día me parece más pasado, más increíble, más inaceptable el catolicismo. (…) Ayer comí en el Café inglés con Emilio Castelar y luego estuvimos juntos en el teatro. Está más republicano que Robespierre y más tonto que Pichote» (EVL-84, 4-VII-1867). No conocemos la que suponemos edificante carta de Laverde, pero sí la respuesta de Valera, diáfana y cruda ante los interesados psicologismos religiosos del amigo: «En el alma agradezco a Vd. el interés vivo que me muestra y la buena calificación que hace de mi fastidio y malestar, llamándole hambre de Dios. No quiero ser hipócrita con Vd. Prefiero ser franco, aunque pierda mucho en su concepto. Yo no tengo hambre de Dios, sino hambre de dinero, de goces terrenales y de bienestar en este bajo mundo. El único mérito que hay en mí es el de no querer hartar esta hambre a costa de ninguna picardía, de ninguna humillación y de ninguna bajeza: pero, al mismo tiempo, la virtud sola no me satisface y por eso rabio y me lamento» (EVL-85, 8-VIII-1867).

Aunque Valera en julio se quiere meter fraile y en agosto gozar terrenalmente, en septiembre, vuelto a Madrid, ha dejado en París comprometida una novia de 18 años (él, que cumple 43) que le tiene atribulado porque debe antes romper con otra, madrileña. Su desánimo se traduce en acusación al catolicismo: «Vengo con ánimo de trabajar; aunque es inútil; a mi nadie me lee. Al hacer la mudanza, ha venido un carro enorme lleno de mis Poesías y de mis Estudios críticos, que como no los venda al peso para envolver cominos, no los venderé jamás. Esto descorazona, tiene uno que dudar de sí mismo y creerse un alcornoque, o dudar del país en que ha nacido. Yo dudo de ambas cosas, o por mejor decir, no dudo, sino tengo por cierto que yo valgo poco o nada como escritor, y que este pueblo es un pueblo peor que bárbaro, embrutecido y degradado, y ajeno a todo goce intelectual. No sé por qué vuelvo aquí. Tentaciones me asaltan a menudo [68] de vivir en Francia o en Alemania (…) en la corriente viva y fecunda del progreso humano. Nosotros nos apartamos de ella más cada día. ¿Y luego quiere Vd. que sea católico? Cada día es más profunda y firme mi convicción de que el exceso de catolicismo ha hecho de nosotros el deplorable pueblo que somos» (EVL-86, 24-IX-1867). La confianza con Laverde es grande, pues le hace complice de las cuitas amorosas (que sólo conocen su madre y hermanas) que le hacen volver a París, donde el amor («Todos los días tengo con la novia cinco o seis horas de pláticas tiernas y sin embargo, no me aburro. Este milagro es de muy buen agüero») no le impide repetir el constante «¿Cuándo salen los Ensayos críticos de Vd.?», ni compartir alegrías con Laverde: «Me he alegrado tanto como Vd. de la derrota de Garibaldi, pero por diverso motivo: me he alegrado porque ahora veo esperanzas de que la paz de Europa no se alterará. Por lo demás, el tal poder temporal sigue pareciéndome pésimo, y el ahínco con que le sostienen en Roma, impropio de una religión que se dice de paz, de abnegación, de humildad y de mansedumbre. En mi sentir, la única disculpa que tiene el Papa [Pío IX] es que es poco inteligente. Si no fuera así, no tendría disculpa su tenacidad que ha costado ya y que ha de costar aún mucha sangre y mucha riqueza. La tenacidad del Papa en este punto ha causado y causará más males que las mayores revoluciones (…)» (EVL-88,89, 8,16-XI-1867).

Las intimidades de Valera con Laverde en materia de creencias alcanzan su clímax en una interesantísima carta que escribe en vísperas de su boda con la joven gala:

«Cuando llegue esta carta a manos de Vd. ya estaré yo casado. Mañana, a las 12 del día, en la parroquia de San Pedro de Chaillot, a orillas del Sena (…) La gran cuestión de Roma me interesa mucho, como a todos los hombres que piensan. Tambien he leído algunos libros relativos a otra mayor cuestión que envuelve en sí la de Roma y todas. Vd. sabe que yo no soy indiferente en materias de religión. Soy tan apasionado como sujeto a dudas y vacilaciones, si bien me inclino al deísmo racionalista, al espiritualismo con la creencia en un Dios personal. Estas cosas, aún en vísperas de casarme y aún en vísperas de morirme, absorben y absorberán siempre mi atención. Creo que tengo, a mi manera, un espíritu profundamente religioso, si bien cada día me separo más, allá en el fondo de mi conciencia, de la religión católica. (…) Es más, doy por seguro que el porvernir del mundo no es de esta religión, si no se transforma y rejuvenece. Por lo pronto, se ha divorciado de la civilización: ha excomulgado el movimiento progresivo de la humanidad. Hablo claro con Vd. aunque le disguste y escandalice. La verdad antes que todo. Creo que esto no entibiará en manera alguna nuestra amistad. Cada uno podrá seguir adorando a Dios según su conciencia. Yo, además, en lo exterior, no pienso chocar nunca con las ideas más generales de un pueblo y, así como me caso católicamente, haré que mi mujer y mis hijos aparezcan como católicos. Tal vez importe que haya una religión positiva para los que no filosofan (…). Una de las razones que para casarme he tenido es que pienso dejarme de hacer una vida tan de sociedad como hasta aquí y dedicarme con energía y asiduidad a mis proyectos literarios. Si Dios me da salud, espero que se realicen. Voy a ver si escribo algunos libros, no uno solo, y lo mejor que pueda» (EVL-90, París, 4-XII-1867).

Comienza el año 1868 y Valera (que ha descubierto que «de casado pierdo aún más el tiempo que de soltero, acompañando, mimando y aún consolando a mi mujer», EVL-92) comunica a su amigo la inminente aparición de la Revista de España, que va a publicar el gaditano José Luis Albareda, en la que cuentan con su colaboración:

«Sólo le encomiendo que no toque la política, pues no me parece que Vd. es, ni le conviene ser, siendo empleado de este Gobierno, del color político que nosotros. Escriba Vd., pues, de literatura o de filosofía, sin pecar tampoco mucho por lo archi-católico, para que su tono de Vd. no disuene del nuestro. Vd. ya comprenderá lo que con estas pocas palabras quiero significar, y no entenderá tampoco que nosotros vamos a ser muy racionalistas. (…) ¿Por qué no escribe Vd. un artículo sobre las tradiciones paganas y mitología que aún se conservan en Asturias y Galicia? ¿Por qué no escribe Vd. otro sobre el dialecto babIe? Por qué no otro sobre los cantos populares de los astures, coleccionando algunos inéditos, si los hay y los halla? Quiere Albareda, y yo le aplaudo, que la Revista sea muy española.» (EVL-92, 26-I-1868).

En esa misma carta encontramos una noticia que confirma la capacidad de Laverde como impulsor de proyectos: Valera tiene ya apalabrado con Campoamor que la Academia proponga como premio la Historia de la Estética en España (suponiendo que Laverde ha sugerido la idea con la intención de realizarla personalmente y obtener un beneficio). En 1868 Laverde tiene pues ya formado ese plan, quince años antes de que Menéndez Pelayo publicase el primer tomo de su Historia de las Ideas Estéticas en España, seis antes de que ambos se conocieran (el niño Marcelino publicaría en junio de ese año, con once años, su primer trabajo, la carta a La Abeja Montañesa en la que resuelve el problema histórico de saber «el hecho más notable ocurrido en España en la 2ª hora de la 2ª mitad del 2º día del 2º mes del 2º año de la 2ª mitad del 2º siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón, o sea el 2 de febrero de 1852, a las dos de la tarde, es la tentativa de regicidio del cura Merino… »). Laverde, al proponer en 1875 a su joven amigo Menéndez Pelayo tal proyecto aparenta improvisación, quizá para estimular con la noticia, cuando planea lo que ya había hecho siete años antes: «Cuando vuelva a escribir a Valera pienso indicarle que proponga a la Academia española por asunto para un concurso o certamen la Historia de la Estética en España, a fin de que V., utilizando las muchas y exquisitas noticias que tiene, acuda a la cita y se lleve el premio» (Laverde a MP, EMP 1-276, 18-XII-1875). Menéndez Pelayo se impregnó hasta tal punto de la idea que le había dado Laverde, que enseguida la consideró propia. Laverde, cuando preparaban la primera edición de lo que sería La Ciencia Española, intentó tímidamente, sin éxito, recuperar la paternidad de su idea: «También quisiera yo que V. pusiese en el mismo libro mis specimen de La Estética en España» (Laverde a MP, EMP 2-51, 28-VII-1876). La lectura del epistolario entrambos, permite apreciar la impresionante cantidad de noticias, opiniones y sugerencias que sobre asuntos estéticos hizo continuamente Laverde a su discípulo, quién, preparando la obra, se refiere a ella, cuando escribe a Laverde, como nuestra estética. Sin embargo, Menéndez Pelayo, dedicó la Historia de las Ideas Estéticas en España a Manuel Milá Fontanals y en todo el libro no aparece nunca el nombre de Laverde (a quien escribe, en 1883, con cierta distancia, cuando el tomo [69] primero está ya impreso aunque no encuadernado, «excuso decirte que irá a tus manos uno de los primeros ejemplares», EMP 6-185, 20-IX-1883).

La edición del libro de Laverde está ya en su recta final. Valera en marzo (1868) ya ha recibido más de 400 páginas del libro impreso, y se dispone a escribir el prometido prólogo «lo mejor que sepa, siendo, como Vd. me encarga, muy católico y muy impolítico» (EVL-94). El proyecto de Laverde era, como dijimos más arriba, juntar en su libro ensayos y versos, a lo que se opone abiertamente Valera: «Y a propósito de poesías: no apruebo que vayan las de Vd. al final de sus Ensayos críticos y, si vale mi consejo, y es tiempo aún, debe Vd. no meterse en imprimirlas ahora, sino hacer ahora o dejar para más tarde un tomo de poesías. Los Ensayos críticos nada tienen que ver con las poesías, y pierde el libro la unidad publicándolas en él, y a las poesías, además, se les da poca importancia poniéndolas como apéndice. No publique Vd. así sus poesías. Sean los Ensayos críticos lo que son, sin cola de distinto género. Reúna Vd. sus poesías, auméntelas y publíquelas más tarde en tomo separado» (EVL-95, 8-III-1868). Valera tuvo que insistir en este punto:

«Aún no he empezado a escribir el Prólogo de los Ensayos, pero estoy animado y deseoso de hacerlo digno del libro que ha de encabezar, el cual, sin lisonja y sin pasión de amigo, es de lo mejor que en este género se ha impreso en España, en lo que va de siglo. Vuelvo a decir a Vd. que no me avengo con la idea de que incluya Vd. sus poesías en el mismo tomo. No comprendo como Vd., tan amante del orden, de la unidad y de la armonía, incurre en tal desorden, disparidad y desentono. Si Vd. publicase sus obras completas, comprendería yo eso que hace. Pero Vd. no debe aún publicar sus obras completas. Vd. tiene aún mucho que vivir y que escribir. Siga Vd. escribiendo versos y publique, más adelante un tomo de versos. Incluir ahora las poesías como aditamento y cola de los Ensayos críticos es una monstruosidad; pero, en fin, si ya estan impresas, si no tiene remedio ni enmienda, es menester conformarse. Claro está que ninguna composición poética ha de ser en sí, por esto, ni mejor ni peor, ni los artículos han de ser tampoco ni mejores ni peores, pero el conjunto del libro perderá, y perderá bastante» (EVL-96, 13-III-1868).

Laverde, ante la insistencia de Valera, acaba escribiendo el interesante «Del tradicionalismo en España en el siglo XVIII», en el segundo número de la Revista de España (30 marzo). Aparece con una nota anónima de Valera, que recoge las ideas que Laverde le había dado para un artículo, censurando a Nocedal, y que nos permiten observar cómo Valera ya no incorpora a su amigo entre los neos: «Escribir un artículo sobre la tontería y ridícula presunción de Nocedal, que ha dejado la Academia de Ciencias Morales y Políticas, sería dar mucha importancia a ese títere ignorante. Lo que tal vez haga yo es poner al pie del artículo de Vd. una Nota, como de la Redacción, al pie del artículo de Vd, en la cual no haré más que copiar lo que Vd. me dice en su última carta, aunque sin citar a Vd., pues noto que Vd. no quiere malquistarse con los neos, y tal vez haga bien» (EVL-97, 23-III-1868). Valera, sin embargo, vuelve a pedir a Laverde moderación, en tiempos muy tensos políticamente:

«El artículo de Vd. para el 2º número está ya tirado, y así, ni puedo intercalar el párrafo nuevo que me envía, ni poner la nota, aunque he puesto otra más extensa, como de la Redacción, si bien es casi copia de la carta de Vd. del 20. Veremos si mañana puedo enviar las pruebas del artículo para que sirvan ahí de original. Tendré que pedir dichas pruebas a Albareda. Albareda, Fabié y otros que ya conocen su artículo de Vd., aunque inédito, le encuentran muy bueno e interesante, y yo espero y hasta doy por seguro que todos los que lo lean, cuando se publique, han de pensar lo mismo. Albareda le pagará, pues. Creo que dará por él 15 duros y espera y desea que escriba Vd. otros. Lo que yo suplico a Vd. es que no sea en ellos muy neocatólico; esto es, que, sin comprometerse, porque su posición es delicada, no diga Vd. nada antiliberal, ni menos en alabanza de los absolutistas. Queremos que en la Revista esté todo en consonancia, pero también queremos que se honre la revista con sus artículos de Vd. (…) Lo que no he empezado aún es el prólogo, pero ya, salga bien o mal, le acometeré de lleno y le escribiré pronto, a fin de que no se retarde por mi culpa la publicación de los Ensayos críticos» (EVL-98, 28-III-1868).

Valera, a quien parece sentar bien el matrimonio, anima constantemente a Laverde y le propone curiosos proyectos folklóricos:

«Volví a encargar a Albareda que remitiese a Vd. el número II de la Revista de España, en el cual ha salido su artículo: mas, si por acaso no lo enviase, mañana sin falta remitiré yo a Vd. un ejemplar para que ahí pueda servir de original para el libro de Estudios críticos que Vd. publica. He estado ocupadísimo estos días, pero no tenga Vd. cuidado, que escribiré el prólogo cuanto antes. Su artículo de Vd. ha gustado mucho. Envíeme otro para la Revista en cuanto pueda (…). ¿Por qué no escribe Vd. un artículo sobre el movimiento filosófico actual en España? Pudiera Vd. hablar de Balmes, Ortí y Lara, Ceferino González, etc. Y si esto es comprometido, ¿por qué no escribe Vd. sobre el movimiento anti-cartesiano en España, en el siglo XVIII, esto es, sobre Valcarce y demás? También sería bueno, y propio de un académico correspondiente, un artículo de Vd. sobre el dialecto, mitología, leyendas, romances y canciones, tradiciones y cuentos de Asturias» (EVL-99, 4-IV-1868).

El libro de Laverde ya sólo está falto del prólogo, que Valera no acaba de escribir. El autor envía incluso al prologuista unas ideas para el Prólogo, y lo que reviste un interés mucho mayor, el plan de un próximo artículo para la Revista de Albareda: sobre los herejes españoles, preludio sin duda de lo que acabarían siendo los Heterodoxos de quién sería finalmente brazo ejecutor de Laverde, plan que por cierto no agrada a Valera: «mucho desea Albareda, y yo también lo deseo, que nos envíe Vd. un nuevo artículo para la Revista. Yo, sin embargo, diré a Vd. con toda franqueza que preferiría otro asunto al de las heregías. El Fiscal, que no entiende de estas cosas, puede borrar la mitad, por muy ortodoxo que Vd. sea. Escriba Vd. algo sobre filosofía o sobre alguno de nuestros filósofos» (EVL-101, 5-V-1868; el fiscal, «animal de bellota muy escrupuloso», había borrado a Cánovas del primer número de la Revista citas de Mariana, Domingo de Soto, Fray Antonio de Guevara y otros en un artículo sobre los políticos españoles).

Esa franqueza de Valera favorece que ese mismo 1868 pudiera Laverde completar la trilogía de grandes proyectos que con el tiempo ejecutaría Menéndez Pelayo: la [70] Biblioteca de Traductores Españoles («Ayer tuve carta de Vd., fecha del 7, y con ella un nuevo artículo bibliográfico, que me parece tan bien o mejor que el primero. Albareda, aunque profano e ignorante, no tiene chispa de tonto, y conoce todo el mérito de las obras de Vd., y sigue deseándolas para su Revista. El asunto de su prometido artículo, Traducciones españolas de poetas griegos, me parece bien y no dudo que le desempeñará Vd. de un modo digno. ¿Por qué no añade Vd. al asunto y al título –y latinos– (…). Estoy desesperado de no haber escrito el Prólogo y rabio de pensar en la extorsión que le estoy a Vd. causando. Dios quiera que escriba yo pronto ese Prólogo; tendré el más vivo contento el día que le vea concluido y haré por que sea cuanto antes» EVL-102, ll-V-1868).

Valera dedicó a escribir el Prólogo del libro de Laverde una semana de mayo («Aunque tarde, he empezado, al fin, el Prólogo. Estaba premiosísimo ayer y solo escribí tres cuartillas. Espero que hoy o mañana corra la pluma con rapidez y que dentro de poco podré enviar a Vd. esta difícil elucubración, sin molerle más y sin moler más al Sr. Soto Freire, cuya impaciencia comprendo» EVL-103, 15-V-1868; «Ahí va el Prólogo concluido. No vale un pito, pero estaba y estoy premioso y estéril. ¿Qué le hemos de hacer? (…) Corrija mi Prólogo como guste» EVL-104, 23-V-1868), y a principios de julio ya recibió los primeros pliegos impresos del libro («Sin palabra manuscrita de Vd., he recibido hoy el primer pliego de su libro, inédito aún, pero que supongo verá pronto la luz pública, pliego que contiene un Al que leyere de Vd. y mi Prólogo» EVL-109, 9-VII-1868){32} que pronto estuvo culminado, muy poco antes de la revolución de septiembre.{33}

Una vez publicado el libro deja Laverde de escribir a Valera durante aquellos agitados meses: «Qué le pasa a mi querido amigo Laverde, o qué ofensa le he hecho yo para que se pasen meses sin que me escriba? Yo no le he escrito por el jaleo que he traído y traigo con diplomacia, decapitación y trasiego de empleados, crucificción de liberales (…). En este tiempo que he estado sin escribir, me han hecho dos veces padre: de la patria y de un robusto ciudadanillo, a quien he bautizado con el nombre de Carlos, y que está más terso y más hermoso que su tocayo el pretendiente» EVL-105, 21-I-1869). Laverde se lamenta ante Valera de sus apuros económicos (sin duda el acreedor principal era Soto Freire, el editor) y quiere abandonar Lugo trasladado a Madrid. Sin embargo, la relación no es la misma que antes, y es Valera quien se queja: «¿Qué diantre es de Vd. que me olvida y hace un siglo que no me escribe? Yo tengo disculpa si no menudeo las cartas, porque ando ocupadísimo, aunque mis ocupaciones ni lucen ni parecen: pero Vd., retirado del mundo y de sus pompas, con tiempo sobrado, ¿es quizás por desvío por lo que no prosigue la correspondencia epistolar de tanto gusto siempre para mí? (…) Mucha falta me hace Vd. por aquí; pero este Ruiz Zorrilla es una fiera inexorable. Con todo, aún no he perdido la esperanza de domesticarle y de lograr de él que nos lo traiga a Vd. por aquí, como conviene» EVL-107, 22-III-1869; «No me remuerde la conciencia de haber faltado a Vd. en nada y, sin embargo, solo por un pique puedo explicarme el que no me escribe Vd. un siglo ha» (EVL-110, 14-XI-1969).

Laverde, a finales de 1869, sugiere a Valera que proponga una ley para promover los estudios biográficos y críticos sobre sabios y polígrafos españoles (EVL-112). Valera, que está contento de verse «por segunda vez reproducido» (EVL-113), promete mover el proyecto: «a pesar de mi torpeza y de mi pereza para hablar en público, sobre todo en el Congreso (…) presentaré, al menos, la proposición de ley para que se abran certámenes en la Universidad y se publiquen las monografías de Suárez, Soto, Vives, etc.» (EVL-114, 4-II-1870), y un mes después el proyecto de Laverde es una realidad (Valera, que ni siquiera estaba presente al aprobarse la propuesta, supone que su amigo de Lugo hacía esa propuesta con interés propio y particular): «Por si no lo sabe Vd. habiéndolo leído en los periódicos, le escribo para decirle que ha sido aceptada la enmienda que Vd. me propuso y que yo no hice aquí sino presentar, modificando antes su redacción y buscando buenas firmas que la autorizasen. Tiene Vd., pues, 12.000 pesetas en el presupuesto para premiar y publicar un estudio crítico sobre un sabio o filósofo español. Ni siquiera apoyé la enmienda porque, creyendo yo que tardaría más en discutirse, me fui anteanoche muy tranquilo a la fiesta de la Medinaceli y allí estaba cuando le llegó su vez. Por fortuna, Sánchez Ruano la sostuvo y la enmienda pasó. Ahora procuraré aconsejar y lograr que se anuncie y publique el certámen, señalando tres sabios, p.e., Suárez, Soto y Vives, a fin de que elijan al que gusten de estos tres los contendientes. Creo que es mejor tres que uno para que halla [sic] donde elegir, si bien, entre los tres debe de haber cierta homogeneidad para que puedan compararse los estudios críticos y darse el fallo» EVL-116, 7-III-1870). Pero llega el verano y no acaba de hacerse la convocatoria [71] del premio: «El incordio del Sr. Merelo (y Vd. perdone la deshonesta calificación), no acaba de anunciar los temas, esto es, los nombres de los sabios españoles cuya vida y cuyos escritos han de ser el asunto de un libro en el próximo certámen que hemos logrado establecer. No crea Vd. que no recuerdo al Sr. Merelo este negocio; mas no sé cómo, le descuida y se excusa. Yo entiendo que si el certámen tiene lugar y Vd. quiere escribir y trabajar, es más que probable que gane Vd. el premio. Pocas personas hay en España más a propósito que Vd. para este género de trabajos» EVL-118, 3-VI-1870).

Al demorarse la convocatoria de este concurso parece que Laverde, que está en Nueva veraneando, relegase el estudio de los sabios españoles por otros más populares: «Hallo buena idea la del Vocabulario del Valle de San Jorge, y no dudo que la Academia la recibirá con mucha estimación. Anímese Vd. y escriba un articulito o disertación sobre los seres mitológicos o fantásticos, como nuberos, &c., &c. y sobre los cuentos vulgares, &c., del Principado de Asturias. Esto sería bueno para insertarlo en las Memorias de la Academia» (EVL-119, 28-VII-1870). Y en la reanudada relación con Valera obtiene Laverde un buen padrinazgo para alcanzar al menos, ya que no se logra el traslado a Madrid, la dirección del Instituto de Lugo («Hoy he recibido la grata carta de Vd., fecha 14 del corriente, y hoy mismo escribo a Merelo rogándole, valgan mis ruegos por lo que valgan, que si queda vacante la Dirección del Instituto de Lugo, se la den a Vd.» EVL-120, 18-VIII-1870; «Estos radicales son, por lo general, excesivamente malcriados y el Sr. Merelo no reniega de su casta. A la carta que le escribí recomendándole que diese a Vd. la Dirección del Instituto de Lugo, no me ha contestado palabra. Están en Fomento tan poco amables conmigo que en los últimos tiempos de González Brabo me hubieran atendido más que me atienden ahora» EVL-121, 3-IX-1870; «Hoy he recibido carta de Merelo, fecha del 5, en la cual contesta a la mía recomendándole a Vd. Me dice Merelo que ya es Vd. Director del Instituto de Lugo. Doy a Vd. por ello la más cordial enhorabuena, y me la doy a mí por haber contribuido algo al nombramiento, aunque, más que a mi recomendación, se debe al buen concepto de que Vd. goza» EVL-122, 7-IX-1870.

En enero de 1871, cuando Amadeo I es nombrado Rey, Valera recibe el premio de ser nombrado Director de Instrucción Pública y piensa en Laverde como posible asesor: «Si dura el empleo, haré cuanto pueda por realizar muchas de las ideas de Vd. Para ello quisiera tenerle a Vd. a mi lado y que Vd. me sirviese de Espíritu Santo. Dígame Vd. si le convendría venir aquí y el mínimum de sueldo, a fin de que yo trabaje por traerle con ese mínimum, si no logro con más. De todos modos, tenga Vd. presente que aquí hay libros, que aquí está Vd. en el centro del movimiento intelectual, que dándose Vd. a conocer y ganando amigos adelantará Vd. mucho, y que desde luego puede ganar algo escribiendo, que sea sobresueldo y ayuda de costas» (EVL-124, 13-I-1871). El ingenuo Valera ignoraba el papel de figurón que le habían reservado («yo soy aquí tan Director como San Hinojo en el Cielo») y que le llevaría seis meses después a presentar la dimisión{34} teniendo que conformarse simplemente con nombrar a Laverde vocal de un tribunal de oposiciones.

Este humilde nombramiento,{35} una de las últimas cosas que Valera pudo hacer desde su puesto, había sin embargo de favorecer notablemente a Laverde, que tuvo así ocasión de trasladarse dos años a Madrid (quedando nominal y económicamente como Director del Instituto de Lugo). Valera («sin gestión alguna por mi parte», si hemos de creer la autonecrológica) le proporcionó luego un puesto en el Ministerio de Fomento (en tiempos de Sagasta y Serrano, en 1872), y más tarde Laverde empalmó con otro tribunal de oposiciones.

Laverde, ya maduro y consagrado defensor de la filosofía española, aprovecha esta estancia en Madrid para licenciarse en Filosofía y Letras y obtener el grado de Doctor (recordemos que hasta entonces era bachiller en Filosofía y licenciado en Derecho), e inmediatamente obtener (no hará falta suponer el papel que jugarían los amigos en [72] tal celeridad) las cátedras de Literatura Latina de las Universidades de Valladolid y Santiago. El 1º de octubre de 1873, en plena República, tomaba Laverde posesión de su cátedra en Valladolid (que tres años después permutaría por la de Literatura general y española).

Estos dos años en Madrid favorecieron que Laverde y Valera tuvieran ocasión de tratar más directamente sobre la filosofía española. Laverde supo que nunca sería la eminencia gris de Valera y que éste no sería brazo ejecutor de los proyectos que había diseñado y para los que se consideraba incapaz. Valera decide marcar con claridad sus diferencias con Laverde y en 1873 escribe en «De la Filosofía Española» los siguientes párrafos:

«Me lisonjeo, pues, de ser uno de los escritores españoles que, si bien en obrillas ligeras y sin fundamento, ha insistido con mayor perseverancia en que se estudie la historia de nuestros filósofos, en que se expongan de nuevo sus olvidadas doctrinas y, en suma, en que reanudemos con los pasados nuestros pensamientos de ahora. No pocos amigos me han precedido o me han seguido en este empeño, siendo los más beneméritos don Víctor Arnáu, don Gumersindo Laverde, don Luis Vidart, el malogrado y discreto don Julián Sánchez Ruano, don Federico de Castro y don Francisco de Paula Canalejas (…). Hasta ahora, con todo, no se han hecho sobre la filosofía española propiamente dicha sino trabajos parciales o reseñas generales muy ligeras, como la de don Luis Vidart y la introducción al libro de que vamos a dar cuenta en este escrito [de Adolfo de Castro al tomo de Obras escogidas de filósofos de la BAE de Rivadeneyra]. Los franceses y los alemanes se nos han adelantado en esto, escribiendo principalmente sobre nuestros filósofos judíos y mahometanos (…).
Hasta la cuestión de si ha habido o no algo que en cierto sentido pueda llamarse filosofía española, queda sin resolver definitivamente. Apuntadas quedan las razones por donde entiendo yo que no ha habido tal filosofía española, en el sentido que se dice haber habido una filosofía griega, una filosofía alemana y hasta una filosofía francesa. En otro sentido, que también expliqué ya, no negué que hubiese filosofía española. Mi amigo el señor Laverde (Ensayos críticos), tomando un término medio entre ambos sentidos, no duda de que hay filosofía española con carácter propio, con una cierta razón general de unidad que se cierne sobre todas las escuelas. 'No se necesita –dice– mucha perspicacia para descubrir el estrecho parentesco que media entre las escuelas arábigas y hebraicas, particularmente entre el averroísmo y el maimonismo, esos dos grandes movimientos racionalistas paralelos, digámoslo así, en la enseñanza muslímica y rabínica de España: ni es difícil notar su influjo en el lulismo, confluencia de las doctrinas escolásticas y de las orientales, que tuvo numerosos partidarios (Kircher, Cepeda, Nuñez Delgadillo, Riera, Marzal, Guevara, Ciruelo, Sánchez de Lizarazu, etcétera) y cátedras propias en varias Universidades nacionales y extranjeras, y tampoco aparece violenta la transición de ésta al suarismo, con el cual se tocan a la vez en muchos puntos, bien que en otros le sean opuestos, el vivismo (Oliva, Gelida, Pedro de Valencia, Mayáns, Forner, Vieyás, &c.), el gómez-pereirismo (el Brocense, Guzmán, Martín Martínez, Feijoo, Almeida, &c.) y el huartismo (doña Oliva Sabuco de Nantes, Velázquez, Acebedo, Pujol, Bonet, Ignacio Rodríguez, &c.), escuelas que, con las eclécticas intermedias y menos definidas, componen la inmensa riqueza filosófica de España. Ahora bien: el vasto conjunto de verdades por ellas desenvuelto y propagado es lo que nosotros llamamos Filosofía española'.
Ingenioso, erudito y discreto es todo el párrafo citado, con sus combinaciones habilidosas y sus artísticos agrupamientos de nombres bajo sendas banderas; pero no puedo participar del patriotismo filosófico de mi amigo el señor Laverde. Para afirmar el encadenamiento de unas doctrinas en otras es menester antes dar a las doctrinas la importancia, eco, séquito, estruendo y favor que muchas de ellas ni tienen ni han tenido. La libertad y el desenfado con que el señor Laverde las ismifica no se pueden aceptar. Bueno que haya lulismo y averroísmo, pero el huartismo, el gómez-pereirismo y el vivismo no pasan. Ni Huarte, ni Gómez Pereira, ni siquiera Luis Vives, tuvieron el valer y la fortuna indispensables para añadir un ismo a sus apellidos y convertirlos en sectas o escuelas. Para lograr esto no basta ser filósofo original, ni filósofo grande; es menester ser grandísimo filósofo, poseyendo tal originalidad y novedad, que ponga en el sistema algo hasta entonces exclusivo y personal del filósofo, transfundiéndolo del alma suya a las de sus contemporáneos y a la posteridad, y grabando el sello indeleble y claro del propio pensamiento en obras y en doctrinas; por tal arte, que el mejor modo de distinguirlas y determinarlas sea con el nombre propio de la persona. Y es tan cierto lo dicho, que el uso general, casi infalible en materia de lenguaje, escatima los ismos en filosofía de una manera pasmosa. Apenas si en en este siglo, en que tanto se filosofa y se ha filosofado, hay más que hegelianismo y krausismo. Hasta la doctrina de Kant nadie o casi nadie la llama kantismo; y es evidente que no se dice cousinismo, ni fichteísmo, ni condillaquismo, ni comteísmo. No se prohíbe, por eso, que se invente lo que se quiera. Yo he inventado, pongo por caso, el piísmo, y otros podrán inventar, si gustan, el balmesismo y el donosismo, que tienen más razón de ser que el huartismo» (Obras completas, Aguilar, Madrid 1949 (2ª), tomo 2º, págs. 1565-1579).

El alejamiento de hecho en las relaciones de Laverde y un Valera que se siente cada vez más hegeliano (en la primera carta que envía a Laverde a Valladolid, 12-X-1873, EVL-135, le dice a propósito de los DiáIogos sobre el Racionalismo armónico: «Mi intento final va a ser conciliar la filosofía novísima con la cristiana, desechando las impiedades. Hegel, para mí, es el príncipe de los filósofos modernos y sobre éste será mi trabajo, mientras que voy censurando a Krause. Ya ve Vd. que la empresa es peliaguda») es definitivo a partir de estos momentos (aunque aún se crucen unas pocas cartas).

Alejamiento que culmina meses después, cuando Nicolás Salmerón{36} provoca el encuentro de Laverde con el [73] jovencísimo Menéndez Pelayo, quien, como es bien sabido, tuvo que trasladarse a Valladolid para terminar sus estudios.{37} Menéndez Pelayo conoce a Laverde (amigo de su padre) en septiembre de 1874 (ya en junio había conocido a Valera, EMP 1-111), cuando obtiene el título de Licenciado en Filosofía y Letras.{38} Laverde queda prendado de las capacidades de aquel joven y se dispone a inocularle sus proyectos e ideas (el interés, mutuo, lo confirman las cartas de Marcelino Menéndez Pintado a su hijo: «Acabo de recibir carta de Laverde, en que me dice que hoy o mañana irá a esa y que siente no saber las señas de tu casa, él tampoco me dice a donde irá a parar; pero fácil te sera encontrarlo preguntando a alguno de los amigos que sabes tiene en esa» EMP 1-129, 7-X-1874; «No dejes de decirme si has visto a Laverde, pues a la verdad sentiría que no le encontrases, no olvides que D. Juan Valera es muy amigo suyo y que por consecuencia sabrá donde para» EMP 1-130, 12-X-1874).

Laverde, que sólo lleva un curso en Valladolid, está enfermo de los nervios, en un proceso progresivo que le llevará a una relativa incapacidad, por lo menos para ejercer como funcionario (Laverde estuvo más tiempo de baja efectiva –disimulada por licencias, comisiones, &c., pues el funcionario enfermo debía pagar a su sustituto– que en activo). Sin quitar importancia a la enfermedad de Laverde, creemos que hay que buscar en ella buena parte de justificación a la incapacidad de Laverde por llevar adelante sus proyectos. Laverde era muy erudito, tenía criterio, estaba al día, pero deja de publicar y la enfermedad se presenta como disculpa, aunque no fuese del todo la causa. ¿Cómo explicar entonces que durante años pudiera escribir docenas de cartas, algunas larguísimas, verdaderos arsenales de datos, a su discípulo Menéndez Pelayo, y que pudiese mantener correspondencia con otras varias personas? Laverde, a pesar de su delicado estado, hubiera podido desarrollar perfectamente otra actividad intelectual si su formación o carácter lo hubiesen permitido, como lo muestra su capacidad para ejercer durante años de maestro de Menéndez Pelayo (de otra manera: si no hubiera estado [74] enfermo, Laverde no hubiera hecho significativamente más de lo que hizo).

A partir de octubre de 1874 la simbiosis Laverde-Menéndez Pelayo es total, y sólo termina con la muerte del primero, hace ahora cien años. Menéndez Pelayo es modelado por Laverde, quien le convierte casi en su brazo escritor. De hecho, como ya ha sido señalado, la propia producción de Menéndez Pelayo a partir de la muerte de Laverde toma otro giro, abandonando el toque filosófico que la animaba por otro más literario. La influencia de Laverde en Menéndez Pelayo fue total, tanto al dirigir sus estudios y libros (Biblioteca de traductores españoles, La Ciencia Española, Historia de los Heterodoxos Españoles, Historia de las Ideas Estéticas en España) como doctrinalmente, frenando en buena medida la libertad de criterio del joven Marcelino y sentando las bases de la relativa manipulación que, promovida por jesuitas, tanto daño había de hacer a la imagen del polígrafo santanderino (ya en febrero de 1937 el padre Miguel Cascón{39} presenta fervorosamente a Menéndez Pelayo como orientador de la regeneración gloriosa que debía enlazar un Concilio tan español y ecuménico como el de Trento con la tradición teutónica e italiana recogida por el Caudillo).

Las primeras obras que Menéndez Pelayo escribió, las que tienen interés para la Historia de la Filosofía Española, debieran leerse teniendo a un lado el epistolario con Laverde, para poder apreciar la magnitud y el detalle de las influencias. La obra más importante de Laverde para la filosofía española, más que la enunciación de proyectos que hemos detallado (que no dejan de ser más que interesantes curiosidades) o los artículos que escribió, es el epistolario con Menéndez Pelayo, fue la capacidad que tuvo para encontrar y dirigir las posibilidades de un admirable portento.

Debemos renunciar a seguir aquí con detalle las relaciones Laverde-Menéndez Pelayo, conformándonos con excitar al lector hacia el seguimiento directo de las mismas a través de los epistolarios publicados y apuntar los momentos más significativos. Al principio Laverde ayuda a Marcelino a introducirse en Madrid (facilita la visita a Fray Zeferino) y le busca muchos datos para la bibliografía de traductores que está preparando, incluso puede la vanidad y logra que escriba un artículo sobre el laverdaico y le tiene de recadero (al preparar la edición de los escritos de Francisco J. Caminero, que en la sombra mueve Laverde). Pero muy pronto, desde Nueva (donde pasará Laverde todo el curso, con licencia), aplica la primera dosis de filosofía española a su discípulo en ciernes: «Me há ocurrido una idea. Que V. publique en la Revista de esa Universidad, no sólo la biografía y la Académica de Pedro de Valencia, sino también la de Cardillo de Villalpando y su defensa de Aristóteles, haciendo (puesto de acuerdo con Aribau) y con los mismos moldes una tirada aparte, cuyo costo lo cubrirá con lo que por dichos trabajos le paguen en la Universidad. Debe V., como bibliófilo, emplear papel de tina. Pedro de Valencia solo haría poco bulto para el tamaño de la revista. La portada podría ser esta: Pedro de Valencia / y / Gaspar Cardillo de Villalpando: / estudios biográfico-bibliográficos / acompañados de la trad. castellana / de dos opúsculos filosóficos / de aquellos ilustres escritores españoles / del siglo 16º / por / D. Marcelino Menéndez y Pelayo, &. Desde ahora (y vaya por inmodestia) reclamo el honor de la Dedicatoria, que podría ser a la vez una ojeada general sobre el movimiento científico de España en aquel siglo… » (Laverde a MP, 17-XII-1874, EMP 1-159), a la que sigue otra: «Ahora me ocurre la de añadir [al proyecto de edición de Valencia y Cardillo] el del P. Mariana y su De morte, con lo que se formaría un buen tomo, que pudiera salir a luz en la Biblioteca filosófica de Medina y Navarro, a continuación del Aristóteles, que debe de quedar terminado para el verano. Dos mil rs. dan por cada tomo a Azcárate esos editores; supongo que no sería V. de peor condición» (Laverde a MP, 28-XII-1874, EMP 1-161). La carta de Laverde llega a Menéndez Pelayo a la vez que la noticia de la saguntada de Martínez Campos, que restaura a Alfonso XII. Las dosis de Laverde surten efecto: «Me parece admirable el proyecto de Vd. respecto a la publicación de la 'Academica' de P. de Valencia, de la 'Apología de Aristóteles' de Gaspar Cardillo de Villalpando, y del tratado 'De morte et inmortalitate' del P. Juan de Mariana. Pienso, como Vd., que los tres tratados pueden formar un buen tomo de la 'Biblioteca filosófica' de Medina y Navarro (…). Por cierto que de ninguno de los tres tratados se acordó D. Adolfo de Castro en su discurso preliminar a la colección de filósofos españoles (…)» (MP a Laverde, 1-I-1875, EMP 1-162) e inmediatamente Laverde amplía los proyectos a una edición de las obras de Fox Morcillo: «las cuales, por ser tan raras, no deberían salir sólo en castellano, sino a la vez el texto latino, con lo que la edición no interesaría solo en España, si que también fuera de ella. Yo se la ofrecí a Medina y Navarro, cuando comenzaron su Biblioteca filosófica y la aceptaron. Yo no puedo cumplir mi promesa, por desgracia; pero me congratulo de tener en V. quien con ventaja me sustituya» (Laverde a MP, Nueva, 5-I-1875, EMP 1-163). Menéndez Pelayo (10-I-1875, EMP 1-165) está ya en línea con Laverde: «Creo que debe darse la mayor entrada posible a los filósofos españoles en la referida 'Biblioteca'. Entre los del siglo pasado, no deben quedar olvidadas la 'Lógica' y la 'Filosofía moral' de Piquer. Leílas hace poco tiempo, y me agradaron en extremo, especialmente el tratado 'de los errores' en la primera, y el 'de las pasiones' en la segunda», y éste, el mismo día que el Borbón entraba en Madrid, completa sus planes: «Creo como V. que la Biblioteca filosófica debiera contener bastantes obras españolas, y opino como V. en orden a las de Piquer, cuyos discursos sobre el uso de la Filosofía en materias de Religión y sobre el Mecanismo [¿mecanicismo?], y aun la parte especulativa de su Física moderna debieran entrar también en la colección. Pudiera asimismo formarse una de mucho interés con los Escritos filosóficos interpolados en el Teatro y las Cartas del P. Feijoo. Dos [75] opúsculos latinos, convendría mucho incluir la Antoniana Margarita de Gómez Pereira, Quod nihil scitur del portugues Francisco Sánchez, y Adversus Petrum Ramum de Andres Gonvea. Mas para todo esto, hay que meter el pié en la Biblioteca filosófica, empezando con algun libro cuyo buen éxito anime a Medina y Navarro a franquear la puerta a otros. Una vez metidos por este camino esos editores, todo podrá andarse (…)» (Laverde a MP, 14-I-1875, EMP 1-166).

La simbiosis está ya formada, aunque los proyectos no fuesen tan fáciles de desarrollar, pues ni Campoamor quiere hacer de Mecenas ni las gestiones ante los editores, en las que interviene Valera («He entregado a Valera la carta que vd. me envió para él. Me ha recibido muy bien; está de acuerdo en cuanto a nuestros proyectos filosóficos, y me ha prometido hablar al sucesor de Rivadeneyra, para ver si se determina a incluir en la Biblioteca de AA. Españoles uno o dos tomos de filósofos» EMP 1-182) tienen éxito.

Laverde en junio de 1875 incita a Menéndez Pelayo a entrar en una polémica que se desarrollaba en la Revista Europea («En dicha Revista hay una reñida polémica sobre el krausismo. Me parece que Campoamor ha elegido mal terreno. Entre V. en campaña y atáquelos en la cuestión de la creación ex nihilo, que rechazan, sobre cuya materia ofrece rico arsenal el P. V. de Raúlica. Si Dios no hizo el mundo de la nada, hay que admitir, o que lo hizo de una materia eterna (y entonces dialismo), o que lo hizo de su propia sustancia (y entonces panteísmo). Creo que este dilema es algo más solido y apremiante que el que les pone Campoamor» 5-VI-1875, EMP 1-209). Valera, mientras tanto, no puede hacer nada por llevar a Laverde a Madrid, como le pide (EVL-141, carta de junio de 1875, mal datada en la edición como de 1877).

Desanimado, sólo confía ya en Marcelino: «¡Ay, amígo mío! íSi Dios y mi conciencia me juzgaran como los hombres! Pero cada vez me persuado más de mi poquísimo valer y de lo mucho que engañan las apariencias, y hasta pienso que, favorecido por estas, estoy ocupando un puesto que no me corresponde. Grandes proyectos, grandes deseos; pero de fuerzas para realizarlos, nada. Si no tuviera familia, dejaría mi puesto a otro más digno. Perdone V. este desahogo. Será de humildad, si se quiere; pero ya sabe V. que la humildad es la verdad. ¡Gracias a Dios que me permite conocerme!» (12-VII-1875, EMP 1-216); y Marcelino recoje rápidamente el testigo: «No ha dejado de contristarme al observar el decaimiento moral en que vd. se encuentra. ¿Por qué se atormenta vd. con esas ideas? ¿Tiene vd. la culpa de no haber podido realizar todos sus generosos proyectos? Harto ha hecho vd. y estoy por decir que no conozco a nadie que haya hecho tanto entre nuestros contemporáneos. ¿Le parecen a vd. cosas de poco momento sus trabajos sobre filosofía española? El intento solo sería heroísmo, ¿cuánto más lo será la realización en algunas partes, y la traza general del edificio? Si no ha podido vd. dar cumplida cima a su tarea, por lo menos ha abierto el camino, y a nosotros toca seguir sus huellas» (17-VII-1875, EMP 1-217). Laverde tiene cuarenta años, Menéndez Pelayo dieciocho.

Ha pasado un año desde que se conocen y Laverde cree llegado el momento de proponer planes más serios a su joven amigo. Como de pasada le escribe: «por distraerme en algo voy a proponerle una serie de proyectos que, V. mejor que nadie, puede y debe realizar, a fin de que vaya recogiendo los datos útiles para cada uno que se le ofrezcan: 1º Escritores ilustres de la provincia de Santander (…).Los autores antiguos considerados en las ediciones, traducciones, comentos (…).Polígrafos españoles. Seneca, S. Isidoro, Averroes, Maymonides, Alfonso el Sabio, Lulio, Nebrija, Vives, Arias Montano, A. Agustín, Nieremberg, Caramuel, Feijoo, Mayans, Jovellanos, Andres, Eximeno, Hervas, &. –Colección de monografías por el mismo estilo que la de los escritores montañeses, si bien mas amplias como la de Renan sobre Averroes.– 4º Heterodoxos españoles célebres. Prisciliano, Itacio, Elipando y Félix, Hostigesis, Arnaldo de Vilanova, Pedro de Osma, los protestantes del siglo 16, Servet, Molinos, Marchena, Santa Cruz, Blanco White, &. –Colección de monografías del género de la que V. tiene en proyecto acerca de Marchena.– 5º Los jesuitas españoles en Italia a fines del siglo 18º y principios del 19º» (14-IX-1875, EMP 1-237). Menéndez Pelayo los encuentra bellísimos y admirables: «¡Ojalá pueda yo realizarlos en todo o en parte!» (EMP 1-242) y Laverde, reintegrado a Valladolid (y quizá tranquilizado por haberse librado del latín, que hemos de sospechar por lo desordenado de su educación no era su fuerte), se encuentra satisfecho: «Mucho me complace el ver la buena acogida que V. dispensa a mis proyectos, en particular al de Escritores montañeses y al de Heterodoxos (no puse herejes, porque esta palabra tiene un sentido menos lato). (…) Como el estado de mi salud no me permite hacer nuevos estudios en Literatura latina y sin ellos tengo que ser profesor muy endeble y superficial, me hé puesto de acuerdo con el de Literatura general y Española para la permuta de nuestras respectivas cátedras, y ayer entregamos la instancia en la Secretaria de esta Universidad» (1-X-1875, EMP 1-244). Muy pronto Marcelino, que mostró poquísimo interés por un Tratado de Retórica que deseaba Laverde escribiesen a medias (en EMP tomo 1, apéndice, págs. 459-543, aparece la parte del Tratado que escribió, casi en su totalidad, Laverde), considera a los Heterodoxos como suyos: «He añadido a mi plan de heterodoxos un capítulo sobre los Brujos. Leyendo días pasados la Vida del Canciller Pero López de Ayala que escribió Floránes, tropecé con un extenso apéndice sobre el traductor del Dante Fernández de Villégas en que con ocasión de transcribir un párrafo de dicho traductor en sus Comentarios, dá Floránes muy peregrinas noticias de los herejes de la sierra de Amboto en Vizcaya (…) ¿Quiere Vd. remitirme el plan de los dos capítulos Sanz del Río y el Krausismo – D. Fernando de Castro? Se lo agradecería en extremo, porque tal vez me decida a publicar el specimen de tal trabajo en la Revista Histórica Latina» (29-XI-1875, EMP 1-270). Estas peticiones de Menéndez Pelayo a Laverde por datos, noticias y guiones abundan en tanto madura y logra remontar vuelo por sí mismo. Laverde, como más arriba quedó consignado, propone a Menéndez Pelayo la Historia de la Estética en España, también una monografía sobre Feijoo (EMP 1-306, 307), y aunque está enfermo, no para de maquinar: «A El Averiguador mandé, entre otras, una pregunta sobre el fundamento objetivo que tengan las denominaciones de vivismo y huartismo que yo empleo en uno de mis Ensayos. Vá con iniciales fingidas, [76] por supuesto. La formulé con objeto de que la conteste con algunas buenas ideas y noticias que sobre dichos particulares recuerdo haberle oído» (4-III-1876, EMP 1-308).

El 7 de abril de 1876 una carta de Laverde (EMP 2-2) pone la primera letra de lo que será notable episodio de la inacabada polémica sobre la ciencia española, que en esta oportunidad dará como resultado palpable la recopilación que se denominará, desde la 2ª edición, La Ciencia Española: «Adjunta vá una nota que a vuela pluma escribí en vista del párrafo de Azcárate citado en ella. Puede V. hacer un buen artículo y una buena obra». El 'Anexo' a esta carta (EMP 2-págs. 5-6) sirvió de base al artículo de Menéndez Pelayo que inicia la polémica, fechado siete días después. Al final de la nota, Laverde escribe: «El asunto, como V. vé, es de importancia y de honra nacional y ya que yo no puedo, desearía que V. empuñase la pluma y refutase con la extensión conveniente, en forma de artº o de carta, el aserto infundado del buen Azcárate (que no es una opinión suya tan solo) que se conoce estar más versado en la lectura de libros extrangeros que en la de los españoles. Con tal motivo podría V. insistir en la necesidad de que se establezcan las cátedras que yo propuse en mi artº El Plan de Estudios y la Historia intelectual de España, para acabar con la vergonzosa ignorancia en que estamos, en parte, por no saber latín, acerca de la actividad científica de nuestros mayores, ignorancia menor entre los extrangeros (¡caso raro!) donde un Kleutgen y otros mil no cesan de citar a Suárez y a otros filósofos españoles. V. puede como nadie, escribir dicho artículo. Mándemele, y yo cuidaré de publicarle donde mas convenga. Tiene esto tanto mayor interés cuanto que el ataque va indirectamente contra el Catolicismo».

Menéndez Pelayo pone manos a la obra (EMP 2-3, 11-IV-1876, «Con el placer acostumbrado recibí su carta del 7, y con ella el plan para el artículo contra Azcárate, que he comenzado a escribir con gusto, aunque recelo que no ha de corresponder a las esperanzas de vd. y a lo que yo mismo deseara») y el mismo día que Laverde le contesta (EMP 2-4, 14-IV-1876, «Su artº contra Azcárate será bueno, por que V. conoce bien el asunto, sabe escribir con desembarazo y podrá decir cosas nuevas o poco conocidas sobre varios puntos, como, por ejemplo, sobre las relaciones que median entre los varios filósofos y escuelas. Lo que yo le mandé no era un plan, sino rápidas indicaciones. Si fuera lo primero, habría hecho capítulo aparte de la Medicina y de los estudios lingüísticos en que tanto bueno escribieron nuestros sabios de los tres últimos siglos») firma el artículo que remite a su maestro (EMP 2-6, 16-IV-1876, «Remito a vd. el articulejo contra Azcárate, que borrajeé calamo currente estos últimos días. Como vd. verá es harto ramplón y chapucero, sin gran novedad en noticias ni en ideas. Autorizo a vd. para que añada, quite, mude, pula y arregle lo que le parezca, y le publique en el modo y forma que más convenga. No le puse más que las iniciales, por la insignificancia y desaliño del trabajo, pero, si vd. cree que conviene firmarle, ponga el nombre entero. En esto como en todo la voluntad de vd. será norma»), quien, ligeramente retocado, se encarga de su publicación (EMP 2-7, 18-IV-1876, «Especial gusto hé tenido con el recibo de su última y particularmente con la lectura de su refutación del peregrino aserto de Azcárate, erudita, perfectamente razonada, contundente, por lo que hoy mismo se la remito, ligeramente retocada, a los SS. Medina y Navarro para que la publiquen en la Revista Europea. Creo que há de producir muy buen efecto»). Aparece publicado el 30 de abril (puede verse en La Ciencia Española, tomo 1, págs. 29-55, edición nacional).

Laverde envía el 24 de abril a Menéndez Pelayo «unas notas o apuntes para, que si lo tiene a bien –que sí lo tendrá, porque el pensamiento capital es bueno, aunque en los pormenores necesite V. mejorar mucho– me envíe la otra 2ª epístola literaria, ampliado lo indicado al fin de la 1ª (…)» (en la misma carta remite la autonecrológica ya mencionada y, sintiéndose acabado, avisa que «a pesar de mi bibliofilismo, voy a vender, si hay quien las compre, todas mis colecciones de revistas: primo vivere, deinde philosophari». Son la Revista de España (completa), La Razón (id.), la Revista de I.P., El Eco de Salamanca, Revista de Asturias y La Concordia).

Mientras se va desarrollando la polémica, Laverde, que ya ha logrado que Menéndez Pelayo acepte el papel que le había asignado (escribe en EMP 2-26, 25-V-1876: «Valera mienta allí mi oscuro nombre entre los defensores de la ciencia española; me agrada el verme colocado, aunque sin méritos, cerca de vd. de quien he de ser (Dios queriendo) continuador y discípulo») inicia con su discípulo una campaña desmedida de moralidad, en la que es parcialmente derrotado pues Menéndez Pelayo se niega a renunciar a su propio criterio. Es interesante obervar estas derivaciones censoras por las que comienza a circular Laverde: «Una de las cosas de que me remuerde la conciencia es de haber sido asaz indulgente con algunos pasajes libidinosos o algo libres de sus traducciones paganas, que V. en su entusiasmo clásico no ve tan claros. No lleve a mal, pues, que le ruegue encarecidamente que los corrija o suprima, tanto mas cuanto que son cortos y por ello no desmerece el conjunto de las composiciones. Podrá suceder que a nadie dañen; pero también pueden ser piedras en que tropiezen algunos. ¡Son tantos los débiles! Cosa terrible sería el perderse por su causa una sola alma. Después de todo ¿no han hecho otros traductores lo mismo que aconsejo a V.? Burgos deja de traducir odas enteras. Y basta de sermón, que ya pasó la cuaresma» (30-IV-1876, EMP 2-12), a las que responde con tino el imberbe discípulo: «Daré gusto a vd. en lo que respecta a los pasajes atrevidos de mis traducciones. No me remuerde, sin embargo, la conciencia en este punto. Todos nuestros traductores, aun los más sabios y piadosos, han respetado en general los originales que trasladaban. Fr. Luis de León vertió la égloga Alexis, y buen número de eróticas de Horacio, entre ellas dos que cantan el pecado nefando, y en una de ellas no dudo en escribir los versos siguientes más licenciosos que los del texto por él interpretado: Ni te consentirán entretenerte / Con el hermoso Lícidas tu amado, / De cuyo fuego saltarán centellas, / Que enciendan en amor muchas doncellas. En cuanto a comentadores de todas épocas vd. sabe que en nada escrupulizaron. Los traductores no españoles tampoco se han permitido infidelidades de esta naturaleza. No traeré a cuento a italianos ni a franceses (…). Con esta castración tampoco se logra nada, porque en mi conciencia de traductor debo poner en tales lugares una nota que expresamente diga: 'aquí suprimimos algunos versos que nos han parecido libres en demasía'. Y esté vd. seguro que [77] a los débiles les bastará esto para entrar en curiosidad de conocer tales lugares y, aun suponiendo que no sepan griego ni latín, no faltará en lenguas vulgares alguna traducción que se lo diga. Y lejos de haber evitado el mal, habrémosle causado mayor, pues en el original o en otras versiones verán enteramente desnudo lo que yo he procurado velar en algun modo. La provación es causa de apetito; todo libro vedado se ha leído siempre con avidez» (5-V-1876, EMP 2-14). Laverde, superado por las razones, propone que se consulte a un jesuita: «En cuanto a la cuestión de los pasajes lascivos de los clásicos, me pone Vd. perplejo con sus razones, aunque profeso la doctrina de in dubiis tutior y por tanto me inclino a la castración, pues creo que las humanidades deben ceder a la divinidad. Pero lo meditaré y le diré lo que en definitiva opine. Entretanto, yo aconsejaría a V. que sometiese el punto a algún sacerdote docto, a la vez que piadoso (un jesuita, por ejemplo), que no dejará de haberla en esa, y su dictamen sería preferible al mío por todos conceptos, bien fallase a favor de la laxitud, bien en sentido contrario, oídas las razones de V.» (8-V-1876, EMP 2-16), pero Menéndez Pelayo sabe ya que no será fácil encontrar entre el clero interlocutor válido: «No conozco en Santander eclesiástico alguno que pueda fallar en materia de letras humanas, haciéndose cargo de las razones que yo a vd. expuse, y que para un teólogo no humanista serán tal vez de poca fuerza. Si se tratara de versos originales míos, no dudaría en cortar y suprimir cuanto fuese peligroso, pero los textos clásicos me inspiran harto respeto para que me atreva a mutilarlos inútilmente, puesto que inútil e infructuosa sería la castración proyectada, como creo haber demostrado a vd. en mi anterior. Consultaremos en último caso a Caminero» (14-V-1876, EMP 2-20). Laverde, que casi chochea, tiene que recurrir al recuerdo de cuando en su juventud se excitaba leyendo pasajes lascivos para mantener su ñoña censura: «Siento que no haya en esa ningún sacerdote humanista que dirima la cuestión sobre los pasajes lascivos de las poesías por V. traducidas del latín y el griego. Caminero es muy competente. Por mi parte, salvo meliori, insisto en que deben podarse, pues, consideradas atentamente, las razones de V. no me convenzen. V. sabe que se han hecho ediciones en el orig. expurgadas de los clásicos. Pues si esto se creyó necesario tratándose de los originales ¿cuanto mas no lo será respecto a las traducciones? Que tendría V. que poner notas y estas excitarían la curiosidad. Pero esta curiosidad no sería tan fácil de satisfacer, pues pocos tendrán a mano otras traducciones o tendrán posibilidad de leer y entender los originales. En cuanto a lo hecho por Fr. Luis de León y otros traductores, es argumento de autoridad que debe ceder a los de razón, y esta me dice, y me lo dice también la experiencia, que los versos lascivos, sean trads. del griego sean originales (que su origen no cambia la esencia de las cosas) son peligrosos, sino para viejos como yo, ni para jóvenes como V., para la mayor parte de los que están en el vigor de sus años. Recuerdo que algunas odas del Horacio de Burgos me hicieron no poco daño, moralmente hablando, en otro tiempo. La más leve chispa basta para inflamar la pólvora seca. Lo de que sus Estudios poéticos circularán poco, no pasa de ser un prejuicio de la modestia de V.; pero por poco que circulen ¿tan difícil será que caigan en manos de alguno o algunos lectores inflamables?» (21-V-1876, EMP 2-25). El discípulo, a quien quizá Laverde ha abierto los ojos sobre los vicios que ofrece la vida, cual Salomón, decide recurrir al socorro (tan utilizado) de las dos versiones: «Dígame vd. qué mutilaciones le parecen convenientes en las poesías que conoce, pues en las que no ha visto creo que no haya nada reparable. Tenga un poco de manga ancha en este punto. Imprimiré, si puedo, algunos ejemplares íntegros, y para que esto pueda hacerse con mayor facilidad, dejaré en blanco o llenaré con puntos suspensivos los trozos expurgados. Todo esto, dado caso que Caminero no falle por la publicación entera y sin mutilaciones, que es lo que yo deseara por respeto a la antigüedad clásica, y a la belleza de los originales traducidos» (25-V-1876, EMP 2-26), y Laverde nos ofrece el testimonio de los textos que más le corrompieron (que quizá, añoraría desde la enfermedad): «No tengo a mano las composiciones en que noté algunos rasgos peligrosos; pero recuerdo que eran la elegía de Tíbulo, el Epitalamio de Cátulo y sobre todo el idilio de Teócrito, y no sé si también una imitación de V. El idilio es donde hallé lo mas grave. Pero si Caminero opina más laxamente que yo, me rendiré a su fallo. Anoche hablé del asunto con Herrero, y le encontré harto tolerante, aunque, sin ver los textos, no podía dar sentencia definitiva. Podría V. consultar también su dictamen, exponiéndole sus razones y las mías» (28-V-1876, EMP 2-29).

Manuel de la Revilla, al picar el anzuelo polémico con su contestación de 30 de mayo (LCE 1, 85-91), devolvió la atención al otro asunto, evitando al escrupuloso Laverde seguir por el estéril camino del inquisidor. Menéndez Pelayo ya ha cogido gusto a la polémica: «Envío a vd. la carta acerca de los estudios bibliográficos para que añada y corrija en ella lo que bien le pareciere. Pero no sé si será conveniente publicar antes otra impugnando al bueno de Revilla que en la última Revista Contemporánea dice que es un mito la filosofía española y unos soñadores los que en ella piensan, citándonos a vd. y a mi nominatim. También dice que la historia de la filosofía puede escribirse sin hablar de España, y llega a indicar que el Catolicismo ha sido la fuente de todos nuestros males, con otros absurdos y desatinos, todo ello a propósito del discurso de Valera, a quien ferozmente impugna. Me parece que vamos entrando en harina y me alegro de ello. Con esto se fijará algun tanto la atención del público en ciertas cuestiones» (1-VI-1876, EMP 2-33). Laverde prepara un largo bosquejo de respuesta a Revilla (EMP 2-34), y da algunos consejos a su discípulo: «Hé apuntado a la ligera estas indicaciones por si de algo pueden servirle a V., no para que se ajuste a ellas, ni mucho menos. Valgan lo que valieren, quizá le sugieran ideas y observaciones que de otro modo acaso no se le ocurrirían. No sea V. tímido en establecer relaciones entre filósofos y filósofos, a poca probabilidad que ofrezcan. Hay que agitar los espíritus con afirmaciones atrevidas. Es preciso dar color y figura a la escuela vivista, sacándola, como quien dice, de la cantera en que está empotrada y confundida. La luliana y la suarista tienen en la historia contornos bien distintos y determinados». El escrito anti-revillesco es recibido por Laverde, quien lo corrige, pone título (Mr Masson redivivo, también será de Laverde el título Mr Masson redimuerto) y envía al editor (EMP 2-36,44), apareciendo en la Revista Europea de 30 de julio (LCE 1, 93-122).

Laverde y Menéndez Pelayo tuvieron luego la suerte de que Salmerón como prologuista, y Amicis como traductor, [78] publicaron una de las dos ediciones que ese mismo año aparecieron en España del que sería libro maldito y contestado, la Historia de los conflictos entre la Religión y la Ciencia de Draper, con lo cual la ansias de gresca de los simbióticos fueron encontrando leña con que avivar el fuego, y poder crear una polémica, como hicieron.

Desde el principio tuvo Laverde la idea de reunir en un libro todos estos artículos polémicos, y cuando el asunto fue tomando cuerpo, gracias a su papel de inspirador en la sombra, se percató de que la sombra no se ve, tuvo ganas de figurar y sugirió a Menéndez Pelayo algo extraño e inadecuado, ¡que se cerrase el libro (lo que sería La Ciencia Española) con el artículo de Merténdez Pelayo sobre el verso laverdaico! (EMP 2-49). Menéndez Pelayo sugiere rellenar el libro no con el laverdaico, sino con la introducción de los Heterodoxos, que aunque la idea era de Laverde, él la había ya fagocitado. Laverde intenta en el límite, como vimos más arriba, introducir por lo menos su specimen de La Estetica en España. No cabe duda que Laverde nunca pensó, cuando añoraba quién continuara su labor, que en menos de dos años su discípulo iba a hacerle sombra de tal modo, y no son de extrañar estos suaves intentos de alcanzar reconocimiento. El psiquiatra quizá encontrase materia para interpretar la total incapacidad de Laverde para cualquier cosa que no fuera escribir cartas: ni siquiera es capaz de escribir la Carta-Prólogo al libro que van a publicar, que firma él pero escribe Menéndez Pelayo a partir de las notas y bocetos que le envía.{40} La enfermedad de Laverde avanza, y su demencia también: «Como las palabras racionalismo y racionalista se toman a mala parte, no quisiera verlas aplicadas por V., en la 2ª revillesca, a Vives, ni a Foxo Morcillo, y desearía que V., al corregir las pruebas, las reemplazase con otras equivalentes, pero no tan mal sonantes a los oídos piadosos» (EMP 2-66). El esfuerzo de modificar el Prólogo («Anteayer remití a V. la cabeza de la carta-prólogo. Ayer me puse a rehacer a mi manera el resto, y después de sudar mucho (a la letra) y ponerme la cabeza caliente, que luego me tuvo desvelado, no logré hacer nada que me satisfaga. No resisto nada el trabajo mental. La mayor dificultad estaba para mi en el orden de los puntos que había de tocar, en la dificultad de engranarlos de un modo lógico y natural. Le mando a V. lo que hé hecho, para que se tome la molestia de refundirlo, y perdone tanta pegiguera a este pobre inválido (…) Fr. Zeferino González me escribe que há leído en La España su revillesca 1ª y le gusta mucho. 'Lástima será, añade, que nuestros gobiernos no pongan a ese joven en posición y circunstancias favorables para desarrollar sus extraordinarias facultades'» 8-IX-1876, EMP 2-69) debió ser tan grande que la propia mujer de Laverde, Josefa Gayoso (EMP 2-83), escribió en secreto y con toda reserva a Menéndez Pelayo pidiéndole que colaborase a privar a Laverde de toda actividad intelectual durante unos años, pues según los médicos, de no hacerlo «está espuestisimo a morir repentinamente de un ataque a la cabeza».

Laverde permutará ese año su cátedra de Valladolid por una en Santiago, de donde ya no se moverá (más que a Nueva y Otero de Rey). Las dificultades económicas (con el traslado la administración demora meses el abono de sus haberes) le llevan a pensar en desprenderse de todos sus libros «salvo los mas precisos y de amena lectura, y empiezo por los de Filosofía española». Envía a Menéndez Pelayo (EMP 2-118, 12-XII-1876) la lista de esos libros de filosofía española, que ofrece en bloque (se resiste a fragmentar su colección) unos con otros a diez reales el volúmen, para ver si los puede colocar, seguramente pensando que los adquiriría su amigo (que disponía de las ayudas que le habían concedido el Ayuntamiento y la Diputación de Santander). Marcelino, que siempre procuró no mezclarse en relaciones de dinero con Laverde (a pesar de las continuas declaraciones de pobreza y otras que pueden interpretarse como insinuaciones de ayuda), aunque le aconseja seguir disfrutando sus libros «para bien de la ciencia española», se ofrece, en el caso de venderlos por separado, a quedarse con algunos «empezando desde luego por Piquer, Hervás y Vernei, que son los que no tengo» (EMP 2-120). La escasez de dinero en Laverde llegó al extremo de no tener dinero ni para sellos (en marzo de 1877, cuando Menéndez Pelayo está en Roma, le confiesa que le envía dos cartas juntas, «obligado a la mas nimia economía para estirar nuestros recursos lo mas posible», EMP 2-154). Valera, quizá para prevenir un sablazo, contesta a Laverde en sintonía con los que suponemos lamentos económicos de su amigo: «ando siempre tan falto de tiempo como [79] de dinero. En nadie se cumple como en mí el proverbio de que quien mucho abarca poco aprieta. Con mis 52 años encima, no desisto aún de mundo y sus pompas y vanidades, y voy a bailes, teatros, tertulias y comilonas como si fuera yo un gomoso, que así se llaman ahora a los que en diversas épocas se han llamado petimetres, paquetes, currutacos, dandies, incroyables y liones (…) Verdad es que en algo trabajo ahora como Consejero [de Instrucción Pública]. Soy, como tal, presidente de un tribunal para la Cátedra de Historia de España de la Universidad de Granada. Caminero es juez conmigo; excelente y benigna criatura, como otros amigos que, por medio de Vd., han llegado a serlo míos, entre quienes resplandece el portentoso Menéndez Pelayo, que me tiene cautivado. (…) Siento mucho que esté Vd. mal de salud. ¡Animo! Sacuda Vd. melancolías y se hallará medio curado. La voluntad puede mucho.» (EVL-140, 31-XII-1876). Podemos alcanzar el estado de ánimo de Laverde en esta época leyendo sus cartas a Menéndez Pelayo: «Ya puede V. ir pensando en mi biografía; ya pertenezco a la historia. ¡Dichoso yo, que puedo prometerme tal biógrafo!» (EMP 2-124, 24-XII-1876).

El consuelo lo encuentra Laverde en las cartas de sus amigos, pero también en «el P. Santiago, jesuita residente aquí, mi confesor, que suele venir a consolarme con su amable y sabia conversación alguna que otra vez» (EMP 2-152, 3-III-1877). Intenta Laverde arrastrar a Menéndez Pelayo a caminos más conservadores que la Revista Europea: le propone ir escribiendo los Heterodoxos en La Defensa de la Sociedad (movido por Caminero), pero Marcelino, sin negarse a una esporádica colaboración, prefiere firmar en revistas de más circulación y leídas «por tirios y troyanos» (EMP 2-46). Laverde sigue proponiendo planes a su discípulo, ahora más apologéticos (la enfermedad, la austeridad, el confesor &c.): «Nuevo proyecto: Historia de los Santos españoles, demostrando que los pueblos prosperan y decaen segun que en ellos prospera o decae la santidad» (EMP 2-202, 13-VII-1877). Incluso llegará a preguntar Laverde a Menéndez Pelayo (desde septiembre de 1877 ya se tutean, EMP 2-233, 240, 242), cuando ya se han escrito muchas cartas tratando de ortodoxos y heterodoxos: «Muchas veces se me há ocurrido preguntarte si tienes licencia para leer libros prohibidos. Me figuro que no habrás dejado de procurártela, teniendo, como tienes, que manejar tantas obras heterodoxas, y habiéndote hallado en ocasiones propicias para lograrla» (EMP 3-82, 13-VI-1878), que tiene por respuesta un lacónico «por de contado que tengo licencia para leer libros vedados» (EMP 3-86, 21-VI-1878).

Sorprende la respuesta que Laverde ofrece a Menéndez Pelayo (que acaba de volver de un viaje por Andalucía, donde en Córdoba fray Zeferino le ha dicho «que pensaba escribir una historia extensa de la Filosofía, dando grande importancia a la española y utilizando mis datos» EMP 3-48, 7-1V-1878) cuando, lograda la dispensa de edad para poder opositar a la Cátedra de Literatura Española que fuera de Amador de los Ríos, le pregunta si en el programa debe incluir a los autores arábigos y rabínicos: «Como la razas arabe y judaica no llegaron a incorporarse en nuestra nacionalidad, siendo a manera de cuerpos extraños adheridos a esta, y como sus idiomas son de diverso origen y casta que los que constantemente ha hablado España, creo que podrás prescindir de ellas en tu programa, que así será menos complicado» (EMP 3-58, 10-V-1878).

En 1879 le escribe Valera («Aunque no nos escribimos un siglo ha (…) por Marcelino M. Pelayo recibo noticias de Vd. con frecuencia») para pedirle que vote a Montero Ríos como Senador (elegido por la Universidad de Santiago), o «al menos, no vote en contra» (EVL-146, 28-IV-1879). En la carta, con letra de Laverde se lee un «Contesté negativamente». Valera, cariñoso, intenta retomar la amistad perdida con Laverde volviendo al estilo de antaño: «Mucho deseo que se restablezca Vd. por completo y nos dé pronto ese libro que escribe sobre las literatas españolas, del cual me ha hablado nuestro simpático, discreto y sabio amigo Menéndez Pelayo (…) ¿Es posible, me digo, que en una de las primeras ciudades de España, donde hay universidad, no haya un solo individuo que haya comprado El Comendador Mendoza y se le preste a Laverde, para que le lea? Al meditar en esto se le quitan a uno las ganas de escribir. De aquí, del desdén de los españoles, el que nos traiga algún consuelo a los que escribimos el que en Francia, Alemania e Italia vayan gustando algo de nuestros libros (…). Confesaré a Vd., además, una observación que hago y que me pasma y contrista. Los partidos liberales y progresistas a que yo pertenezco son, en España, más bárbaros y anti-literarios que los que llaman retrógrados, serviles, neos, &c. Si yo fuese neo, sería más leido: mis libros llegarían a Santiago. Decididamente, casi todos los liberales de España son unos brutos, sin dejar por eso de ser muy tunantes. Ya empiezan algunos de ellos a decir que yo soy neo, porque conocen que busco el trato de los neos más que el de ellos, y porque salgo con misticismos y con elogios de Santa Teresa y con lo que ellos califican de defensa`de la Inquisición en mi contestación a Nuñez de Arce. La verdad es que yo no creo defender sino lo que me parece razonable, y en cuanto a los amigos neos, hallo más cultos a Cañete, Tamayo, Fernández Guerra, Nocedal, &c., que a Sagasta y al Duque de la Torre» (EVL-147, 14-V-1879). Pero el amigo de Laverde es Menéndez Pelayo y quizá alentado por el jesuita confesor no pierde ocasión de planear sutilmente la conversión del perdido: «Valera me ha escrito pocos dias há. Se me figura que está disgustado de sus correligionarios políticos y que empieza a operarse en su ánimo cierta modificación en sentido católico. Dios la contemple. Díceme que ya los suyos empiezan a llamarle neo por ciertas excentricidades de sus discursos académicos y porque busca el trato de los literatos neos. Conviene mucho alentar suavemente esta tendencia» (EMP 3-299, 19-V-1879). Por la respuesta de Valera, podemos imaginar el contenido de la carta de Laverde en la que suponemos alentaba suavemente esta tendencia: «No entiendo como Vd. que la mayor o menor popularidad de mis obrillas dependa de que sean más o menos ortodoxas; pero aunque lo entendiese, no sabría ni podría seguir su consejo. Si algo vale lo que yo escribo, estriba en el abandono, en la sinceridad, en la naturalidad con que escribo, y esto me faltaría, y me faltaría todo por consiguiente, en el momento en que me propusiese hacer algo a gusto de El Siglo Futuro. Si yo hago algo alguna vez a gusto del Siglo Futuro, que lo dudo muchísimo, ha de ser sin proponérmelo y con la mayor espontaneidad, casi inconscientemente, como ahora se dice» (EVL-148, 26-V-1879). Quizá porque se había extendido la consigna de alentar suavemente esa tendencia, se admira dos meses después Valera en carta a Menéndez Pelayo: «¡Es singular [80] esta afición que me toman los neos! ¿Si seré yo semi-neo sin haber caído en ello?» (EMP 4-10, 23-VII-1879).

Valera siempre mantuvo cierto cariño por «el modesto y bondadoso don Gumersindo Laverde» (como se refiere a él una de las varias veces que le menciona en sus obras, aunque en los últimos diez años no tuvieran prácticamente comercio epistolar: en 1889 escribe Valera a Menéndez Pelayo: «Aunque se ría Vd. de mi ignorancia, le quiero preguntar y le pregunto: ¿dónde está Otero del Rey, en Asturias o en Galicia? He recibido carta de Laverde con fecha de allí, y por no saber la provincia a que Otero de Rey pertenece, no le he contestado todavía» EMP 10-127). En sus cartas a Laverde mantiene Valera el mismo tono de confianza de siempre y se preocupa por Menéndez Pelayo, ignorante de la responsabilidad que a Laverde correspondía como fruto de la cruzada que le obsesionaba: «Este muchacho es muy simpático, sabe y vale mucho y se ha abierto camino con pasmosa facilidad. Tengo la vanidad de haberle ayudado bastante, a pesar de sus ideas políticas y religiosas, en realidad o en apariencia tan contrarias a las mías. Vd. sabe que yo he presumido siempre de imparcial» (EVL-150, 8-X-1879); «Nuestro Marcelino se va dejando llevar demasiado de las interesadas adulaciones de los neos para hacer y decir cosas exajeradas e impropias de su posición oficial; cosas que él mismo no cree y que lo peor es que tienen que pasar o por extravío de la mente o por afán de singularizarse sosteniendo paradojas. Su vida, además, empleada en parte en andar en pos de las señoras alegres y de galanteo, no se aviene bien con el papel profético y lamentable de Jeremías que pretende hacer de vez en cuando. Yo no murmuro de Marcelino, a quien quiero muchísimo, pero no puedo menos de deplorar estas chiquilladas que le perjudican de un modo extraordinario» (EVL-151, 19-VI-1881). ¡El crápula Valera haciendo causa común con el pacato Laverde frente al galante Marcelino! ¡Lástima que algunas de las primeras cartas con Valera hayan desaparecido, y su transmisión oral acabará por perderse! Al año siguiente escribe sin embargo Valera a su amigo: «No se case Vd. nunca. Razón tuvo la Iglesia católica en establecer el celibato para los clérigos, y clérigos somos Vd. y yo» (EMP 5-258, 19-II-1882). Laverde, al contrario, participa a Menéndez Pelayo tras haber sido visitado por Emilio Pardo Bazán, a quien no conocía: «Es Señora de alientos. Tú y ella habríais hecho un buen matrimonio» (EMP 6-27, 15-II-1883), olvidando que dos años antes Marcelino le había escrito: «A propósito de la tal Dª Emilia, te diré que en los pocos días que la ví en Madrid me pareció algo demasiadamente bas-bleu, aunque mujer de indisputable talento y de mucha ciencia. También me pareció muy inclinada a los krausistas, ateneístas y demás gente dañina y levantisca, por lo cual he llegado a temer que dé el salto y se haga libre-pensadora al modo de Dª Concha Arenal. Además, es fea, con lo cual tiene mucho adelantado para ser krausista» (EMP 5-163, 15-IX-1881).{41}

Recién publicado el tomo tercero de los Heterodoxos, Laverde no está siquiera conforme con el trato que da Menéndez Pelayo al enemigo, llegando a dejar por escrito el inapropiado y coyuntural modo como él hubiera deseado culminar la Historia de los Heterodoxos Españoles: «No creo que la causa de no hablar los amigos de tu obra sea la que te imaginas [MP había sugerido «los amigos se callan también, quizá porque he dicho o procurado decir la verdad a todos»]. Cabalmente en La Unión llegada hoy viene un suelto que no debe desagradarte. Por cierto que yo no habría guardado las contemplaciones que tu con los enemigos de la Unión católica, que tan mal te las pagan. Yo habría cerrado el libro con una calorosa apología de dicha sociedad» (EMP 5-331, 26-VII-1882). La Unión Católica había cuajado a comienzos de 1881 «como unión de los católicos para constituir una fuerza social, de la cual puedan disponer, y dispongan como quieran, cuando quieran y para lo que quieran, el Papa y los Obispos»,{42} y Laverde llega a considerarse incluso como su iniciador: «Como hasta cierto punto puedo considerarme como iniciador de la Unión Católica con mi carta a Caminero, dada a luz en la Defensa de la Sociedad y reimpresa en La Tertulia de Mazón, causanme satisfacción doblada los progresos de dicha Asociación» (EMP 5-150, 8-VIII-1881).

El último servicio de importancia que Laverde pudo obtener de Menéndez Pelayo fue en 1884. Para que «diera fe de vida» (pues llevaba meses sin asistir a la cátedra) le había encargado el Rector la Oración inaugural del curso 1884-1885, y Laverde pide ayuda sin disimulo ni condiciones: «No tuve, pues, mas remedio que aceptar, esperando que en todo caso vendría tu opulencia en socorro de mi necesidad. En efecto, si tu no me sacas de este apuro tendré que declinar dicho cometido, por muy cuesta arriba que se me haga pues no acierto a redactar cosa de importancia (…) Por lo tanto, te agradeceré en el alma que me digas lo mas pronto posible, para saber a qué atenerme, si puedo contar con que me mandarás en todo Julio o antes el indicado discurso. Cualquier lección de las que tu explicas en cátedra, v.g. la relativa a la poesía arábigo-española, puede servir para el caso. También sería buen tema y muy oportuno por referirse a un sabio gallego, el de las ideas estéticas del P. Feijoo. En fin, lo que más te plazca» (EMP 6-328, 19-V-1884). Menéndez Pelayo, a vuelta de correo, informa a Laverde de cuál va a ser el tema de su Discurso inaugural: «Te mandaré un embrión de discurso sobre Foxo Morcillo, con las mismas notas que di a Valera para el suyo de la Academia de Ciencias Morales y Políticas que se quedó en proyecto. Creo que llamará la atención por su novedad» (EMP 6-330, 21-V-1884). Desde Santander, reitera Marcelino el tema que [81] ha elegido para el discurso de Laverde: «Me inclino a tratar de Foxo, por lo mismo que ha quedado desierto el certamen que abrió la Academia Sevillana, a instancias del P. Zeferino, para una memoria sobre éste asunto» (EMP 6-391, 14-VII-1881). A Laverde que, recordemos, se había preocupado en su juventud por Fox Morcillo, le gusta la idea: «Buen tema es Foxo para mi discurso tanto mas cuanto que, aunque mezquino, algún precedente tiene en mis antiguas lucubraciones (…) No te olvides de poner al fin del discurso la acostumbrada semonata a los estudiantes, exhortándolos a seguir las huellas de Foxo» (EMP 6-396, 19-VII-1881). En agosto Menéndez Pelayo envió el borrador a Laverde, quien lo remitió a Santiago: «sólo cambié algo en el exordio y la peroración, corriendo el riesgo de pegar dos retazos de mal paño a un manto de purpura. Suprimí los textos latinos algo largos por no luchar con el amanuense y también por razón de uniformidad, pues solo venían los correspondientes a una pequeña parte de las citas hechas en el discurso» (EMP 6-415, 4-IX-1884). El que había hecho de negro acusó recibo del Discurso impreso con suma discreción: «He recibido dos ejemplares de tu discurso, que me ha parecido extraordinariamente mejorado bajo tu pluma, admirándome de que con tales materiales hayas levantado tal edificio» (EMP 6-442, 14-X-1884) siendo contestado por un Laverde que ya sólo firmaba las cartas que dictaba: «Veo una prueba de tu generosidad en lo que me dices del discurso inaugural. Parece que ha gustado. Dicen todos que Fernández le leyó con alma. Remití ejemplares al padre Ceferino, Pidal, Valera y otros amigos» (EMP 6-452, 22-X-1884). Este discurso inaugural aparece incorporado a las sucesivas ediciones de La Ciencia Española (en la nacional, tomo 1, págs. 231-250) como de Laverde, y sólo desde 1944 es pública la paternidad de Menéndez Pelayo, reclamada por Marcial Solana en el nº 1 de la revista Menéndez-Pelayismo. Menéndez Pelayo cuidó este Discurso de Laverde como si fuera suyo. A su traductor francés, Pierre Henry Cazac, sugiere en 1893: «Creo que como apéndice a éste último trabajo [el Platonismo], convendría reproducir, porque no es largo, el discurso inaugural de la Universidad de Santiago que escribió Laverde Ruiz y que versa sobre aquél filósofo platónico de Sevilla. La circunstancia de ser Fox Morcillo, aunque pensador tan notable, desconocido casi fuera de España, parece que exige ésta adición, mucho más cuando yo en el discurso sobre nuestros platónicos no quise insistir mucho en él, para no repetir lo ya dicho por mi inolvidable amigo. Encontrará Vd. éste discurso al fin de uno de los tomos de 'La Ciencia Española'» (EMP 12-231). Así se hizo, y poco después, el traductor (que vivía en Niort, ciudad actualmente hermanada con Gijón), anuncia la traducción de Laverde al francés: «Llegamos ya al fin del 1er volumen (Falta solamente que yo corrija mi traducción del Fox Morcillo de Laverde Ruiz para que todo esté completo)» (EMP 12-439).

Gumersindo Laverde murió en Santiago el 12 de octubre de 1890. Pura Laverde relataba en carta [19] a Fermín Canella los últimos meses de la vida de su padre: «Su vida fue un continuo martirio, sin moverse de un sillón, con atroces dolores, invocando siempre a la Virgen y a los santos y en sus últimos días, en que los padecimientos fueron mayores, dijo a un amigo que sufría mucho, pero que estaba muy contento de padecer para así ganar el cielo. Todas las noches preguntaba qué santos eran los del día siguiente, y el once por la noche hizo la misma pregunta, y como le contestásemos que la Virgen del Pilar, exclamó: –mañana hay una gran fiesta a la que estoy invitado y he de asistir, y esto lo repitió dos veces. El doce por la mañana nos dijo: –os quiero con toda mi alma, pero me voy a morir y quiero estar a solas con Dios, delante del cual voy a comparecer muy pronto. No se equivocó, pues a las dos de la tarde entregó su alma al Creador sin casi agonía, rodeado de su familia y del Padre Doncel, que era su confesor predilecto.»

Muerto Laverde, su viuda, Josefa Gayoso, sigue manteniendo correspondencia con Menéndez Pelayo, más tarde también su hijo Jesús Laverde y excepcionalmente la hija, Pura. En general estas cartas de la viuda de Laverde buscan recomendaciones para sus hijos y parientes, así como ver el modo de reeditar las obras de su difunto, tanto por el potencial beneficio económico como por honrar su memoria. En vida de Menéndez Pelayo asistimos a cuatro intentos, todos frustados, de reeditar las obras de Laverde.

El primer intento (1890-1894) cuenta con la atención (cada vez menor) de don Marcelino, que confía como editor en Mariano Catalina, político y propietario de la Colección de escritores castellanos, pero está viciado por el interés de la viuda en obtener un beneficio económico de la operación y, sospechamos, por el molesto agobio de la nueva situación que se ha creado al actuar la familia de Laverde como si se hubiera producido una transferencia a ellos de la confianza y respeto que guardaba Menéndez Pelayo por su deudo, pero, diríamos con fórmulas del momento, trocándose del todo los intereses espirituales por los materiales en la relación. Además, Menéndez Pelayo, que soportó comprensivo los progresivos toques inquisitoriales que fueron tintando a Laverde con los años, debía encontrar ridículas las continuas advertencias de la viuda y el hijo: «… aún el día antes al de su muerte, volvió a encargarnos, que no se imprimiese ninguna de sus composiciones y escritos, sin que antes las corrigiese V. y sin el permiso de la autoridad eclesiástica» (15-XI-1890), «Uno de los encargos que nos hacía muchas veces, y que en víspera de su muerte me repitió, fue que no se imprimiese ningún verso ni escrito suyo sin licencia de la autoridad eclesiástica, por lo que le agradeceremos a V. mucho que lo que juzgue oportuno imprimir lo someta a dicha censura» (8-I-1891), «Creo que ya le dije a V. que Gumersindo nos encargó mucho que no se imprimiesen sus escritos sin el permiso de la Autoridad eclesiástica» (12-II-1892). La relación de la familia Laverde con Menéndez Pelayo no deja de tener cierto interés, aunque sólo sea sociológico o incluso psicológico (el de una familia que se cree diferente por haber tenido en su seno un apellido conocido).{43} [82]

Al segundo intento (1894-1895) es ajeno Menéndez Pelayo: parece interesado el Obispo de Lugo, donde vive la familia, en la reedición (debemos suponer detrás la tenaz insistencia de la viuda); pero al obispar éste por Burgos, se deshace la tenue esperanza, y vuelve a ser don Marcelino la más firme, aunque ya mas apagada, posibilidad. La viuda sigue sin desaprovechar la ocasión para lamentar su situación y pedir favores. La hija, Pura, se casa con Julio Buide Codesido «un joven hijo de una familia amiga y que si bien no es rico, reúne las mejores condiciones morales».{44} [83]

El tercer intento (1902-1905) es posterior a la muerte de Josefa Gayoso, la viuda de Laverde (el 29 de abril de 1902). Es Jesús Laverde, quien asume (por su cuenta), la transferencia de la relación que Menéndez Pelayo tenía con su padre, pero con el único objetivo de lograr alguna ventaja del amigo ilustre de la familia. La nueva edición la fomenta el periódico integrista de Oviedo El Pensamiento de Asturias (publicado de 1901 a 1904 por los hermanos Navarro y Rodríguez-Vigil, editado en la imprenta La Cantábrica, que poseían), y será en forma de folletín que se convertirá después en libro. Mueve la edición José Comas (párroco en Coviella y al poco magistral en la Colegiata de Covadonga) y quiere que Menéndez Pelayo haga una presentación, lo que a este no le parece necesario, por lo que propone a Pereda, aunque el impresor prefiere a Juan Vázquez de Mella, el elocuente tradicionalista nacido en Cangas de Onís. Es evidente el interés político y religioso (que en esos casos viene a ser lo mismo) de recuperar a Laverde y lograr la firma de Menéndez Pelayo, quien procura escurrirse de la pequeña manipulación que le han preparado. Interés que se limitaba a publicar las poesías de Laverde pero no los ensayos, como quería Menéndez Pelayo. Aparecieron en el periódico algunos versos de Laverde, pero una vez más fracasó un intento que, sin embargo, dejó al descubierto la total enemistad entre los dos hijos de Laverde, distanciados por el modo de entender el legado intelectual del padre: a Jesús le movía más el beneficio, a Pura más la honra.{45}

El cuarto intento (1912) tiene a Pura Laverde como motor, retirado y fracasado su hermano. Falta un mes para que muera Menéndez Pelayo cuando recibe una carta desde Oviedo, de Fermín Canella (5-IV-1912, EMP 22-149): «Hoy [84] le molesto por haber recibido carta de Dª Pura Laverde, interesando mi pobre concurso en la impresión de los escritos de su ilustre padre, nuestro ejemplar e inolvidable amigo Gumersindo (q.e.p.d.), de santa y gloriosa memoria como hombre y como sabio. Me dice están los trabajos en poder de V., y pide una subvención de esta Diputación (…)». Don Marcelino, como último homenaje a su maestro, veinte días antes de morir, presa ya avanzada de su enfermedad, resume el estado de la cuestión para Canella (Santander, 28-IV-1912, EMP 22-185) sin ocultar su opinión sobre el hijo y consciente de que, al fin y al cabo, «lo que Laverde ha dejado es muy poco»:

«Aun hoy seré más lacónico de lo que quisiera, porque el principal objeto de esta carta es responder a lo que Vd. me dice acerca de la impresión de los escritos de nuestro difunto e inolvidable amigo don Gumersindo Laverde. Esta edición estaría ya hecha si el hijo del autor hubiese mostrado más diligencia o maña. Por mi parte, creo fácil encontrar un editor que haga a su costa la tirada, y conceda algún beneficio pecuniario a la familia, además de cierto número de ejemplares. En otra cosa no hay que pensar, porque Vd. sabe cuán poco y lentamente se venden en España los mejores libros. Si la familia aprueba este proyecto, yo se lo recomendaré a Suárez, que es persona formal y dara mejores condiciones que ninguno otro. Pero en el caso de que haya personas que sin pertenecer al comercio de libros, quiera prestar este obsequio amistoso a los hijos de Laverde, la preferencia no puede ser dudosa. De todos modos la edición no costará mucho, aun haciéndola con cierto esmero, porque lo que Laverde ha dejado es muy poco. Puede reducirse a lo siguiente: 1. El tomo de Ensayos, ya publicado en 1868, y que es ya muy difícil de encontrar; 2. Otros estudios posteriores en la Revista de España y en varias de Galicia, Asturias y Santander; 3. Una pequeña colección de poesías, casi todas impresas ya en los periódicos; 4. Tres o cuatro artículos y discursos que están en mi Ciencia española. Y nada más recuerdo. Dejó un legajo abultado de notas para una bibliografía de escritoras españolas, pero hoy sería enteramente inútil su publicación, por lo incompletas que están y por haber agotado después este asunto D. Manuel Serrano en una de las Memorias premiadas por la Biblioteca Nacional. En suma, los escritos de Laverde pueden formar tres tomitos en octavo español, que serán de muy útil y sabrosa lectura. Yo me ofrezco, desde luego, a dirigir la publicación en su parte literaria, indicando el orden en que han de imprimirse los trabajos, los periódicos donde han de copiarse los [85] que faltan, &c., y escribiendo la biografía literaria de Laverde, último obsequio que puedo tributar a la memoria de aquel tan bueno amigo y excelente hombre. Esta biografía tendrá que ir algo despacio por el estado de mi salud, y por tener que revolver mis papeles, que están en gran desorden, pero para ir ganando tiempo se pueden ir imprimiendo, entre tanto, los escritos, cuyas pruebas revisaré yo mismo escrupulosamente. Lo primero será enviar a la imprenta un ejemplar de los Ensayos, pues yo de ninguna manera les he de mandar el que tengo, lleno de notas de Laverde y mías. De la subvención me parece que no conviene hablar ahora, sino cuando haya un tomo impreso. Si no, darán buenas palabras y nada más (…)»

La muerte de Menéndez Pelayo quizá hizo fracasar el cuarto intento de edición de las obras de Laverde pero permitió a su vidrioso hijo alcanzar, por fin, algún beneficio del amigo de su padre. Aún se enfriaba el cuerpo de don Marcelino cuando ya el hijo de Laverde intentaba vender las cartas que aquél dirigiera a su padre. Las compró rápidamente, con buenas intenciones, el librero y bibliólogo asturiano, afincado en Madrid, Antonio Graiño, tras ofrecer al vendedor «una cantidad que calculo no ha de pagarle ningún particular ni quizá corporación oficial».{46}

Los intentos de publicar las obras completas de Laverde continuaron, por lo que respecta a herederos directos, por la rama de la hija (que aún en 1956 era entrevistada por El Español). Un nieto de Laverde, Ramón Buide Laverde, al final de la edición de su tesis doctoral, en 1924, anunciaba en preparación (no se pasó del proyecto) las Obras completas de su abuelo, organizadas en 7 tomos (incluyendo epistolarios a Narciso Campillo, Jose Mª de Pereda, Antonio Rubió, que hay que suponer se conservan) [20]. En 1943 la Universidad de Santiago dedicó un vítor a Laverde y el Ayuntamiento de la ciudad acordó costear la edición de las obras completas; en 1956, con ocasión del centenario del nacimiento del discípulo se volvió a pedir la edición de las obras completas del maestro; y otra vez en 1960, cuando el Homenaje a Laverde a los 70 años de su muerte. Pero parece que ni siquiera el centenario va a ser el laborioso momento de recopilar las obras de Gumersindo Laverde quien, desde nuestros días, cometió la imprudencia de repartir sus esfuerzos por tres autonomías distintas y además colindantes.

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{1} Sobre Laverde contamos con varios trabajos y estudios específicos, más o menos superficiales y repetitivos (los más rigurosos en torno al Homenaje que se organizó a los 70 años de su muerte). Varios de sus escritos están sin coleccionar, semiperdidos e incluso sin localizar (aunque su conocimiento no cambiará cualitativamente lo que sabemos, pues están bastante marcados los límites). Se conservan abundantes cartas escritas por y a Laverde, muchas de ellas publicadas (las que lo han sido más recientemente todavía hace seis años, 151 cartas inéditas de Valera a Laverde; las más interesantes las cruzadas entre Laverde y Menéndez Pelayo). Aunque en el futuro se puedan afinar con cierta profusión los detalles (no hay que descartar la exhumación de artículos, poesías y cartas), el conocimiento actual nos permite agotar cumplidamente al personaje. La bibliografía específica (incluyendo las ediciones posteriores a su muerte) más importante, ordenada cronológicamente, es: [1] Manuel García Mijares, Apuntes históricos, genealógicos y biográficos de Llanes y sus hombres, Torrelavega 1893 (reedición por El Oriente de Asturias, Llanes 1990, págs. 406-407); [2] Jose María de Cossío, «D. Gumersindo Laverde y Ruiz, poeta montañés», Boletín de la Academia Española, tomo XVIII, cuaderno XC, 731-771; [3] Marcial Solana González-Camino, «Colaboración de Laverde en La Ciencia Española de Menéndez Pelayo», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, nº ext. homenaje a Artigas, 1931, 51-104, [4] Marcial Solana, «Menéndez Pelayo autor del discurso académico de Laverde sobre Fox Morcillo», Menéndez-Pelayismo, nº 1, Santander 1944, 225; [5] José María de Cossío, Gumersindo Laverde Ruiz. Selección [poesías] y estudio, Colección Antología de Escritores y Artistas Montañeses, vol. XXIV, Santander 1951, LXIX + 167 págs.; [6] Fernando Carrera Díaz, «Reivindicación del maestro de la cátedra española D. Gumersindo Laverde Ruiz, para Asturias», Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, 24, abril 1955, 60-91 (incluye 34 cartas de Laverde a su familia, entre 1848 y 1864); [7] Fernando Carrera Díaz, «Laverde Ruiz en la niñez», BIDEA, 27, abril 1956, 66-80 (son 30 cartas de Laverde a sus padres, de 1848 a 1859); [8] Alfredo Carballo Picazo, «Laverde y Menéndez Pelayo», Revista de Literatura, Madrid, julio-diciembre 1956, 19-38; [9] Ramón Buide Laverde, «Presencia, en Galicia, de Menéndez Pelayo, a través de D. Gumersindo Laverde», Cuadernos de Estudios Gallegos, del Instituto Padre Sarmiento, XI, 1957, 313-388; [10] Antonio Fraguas Fraguas, «G. Laverde Ruiz, catedrático del Instituto de Lugo», CEG, XI, 307-312; [11] Paulino Pedret Casado, «G. Laverde Ruiz en la Universidad de Santiago», CEG, XI, 303-306; [12] Martín Andreu Valdés-Solís, «Un nombre para una calle, Gumersindo Laverde Ruiz», BIDEA, 38, 1959, 461-465; [13] José María de Cossío, «Semblanza de don Gumersindo Laverde», BBMP, XXXVII, Santander 1961, 37-48 (este trabajo y los siguientes corresponden al Homenaje a Laverde, a los 70 años de su muerte, que tuvo lugar, de forma itinerante, en Santander el 12 de octubre, en Oviedo el 13, en Valladolid el 14, en Otero de Rey y Lugo el 15 y en Santiago de Compostela el 16 de octubre de 1960); [14] Jose María Martínez Cachero, «La poesía de Laverde Ruiz», BBMP, XXXVII, 57-64; [15] Dionisio Gamallo Fierros, «Asturias y los asturianos en la vida y en la obra de Laverde», BBMP, XXXVII, 65-183; [16] Filemón Arribas Arranz, «Laverde en la Universidad de Valladolid», BBMP, XXXVII, 187-193; [17] Dionisio Gamallo, «Los años lucenses de Laverde Ruiz», BBMP, XXXVII, 197-220; [18] Paulino Pedret Casado, «Laverde y sus contemporáneos en Compostela», BBMP, XXXVII, 223-227; [19] Dionisio Gamallo, «Laverde en Compostela», BBMP, XXXVII, 229-259; [20] Dionisio Gamallo, «Bibliografía sobre D. Gumersindo Laverde», BBMP, XXXVII, 263-289; [21] Epistolario de Laverde Ruiz y Menéndez Pelayo. 1874-1890, Edición, notas y estudio de Ignacio Aguilera, Prólogo de Sergio Fernández Larráin, Diputación Provincial de Santander 1967, 2 vols.; [22] Juan Valera, 151 cartas inéditas a Gumersindo Laverde, Transcripción y notas de María Brey de Rodríguez Moñino, Introducción de Rafael Pérez Delgado, Díaz-Casariego Editor, Madrid 1984, 261 págs. Las referencias al Epistolario de Menéndez Pelayo (en el que se han incluido todas las cartas que se conservan escritas y recibidas por Don Marcelino), cuya publicación acaba de culminar en edición de Manuel Revuelta Sañudo (Fundación Universitaria Española, Madrid 1982-1990, 22 volúmenes que totalizan 15.299 cartas) se hacen con la abreviatura (EMP tomo-carta) y las menciones a los trabajos citados en esta nota entre corchetes.

{2} La Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, Espasa, Madrid 1916, tomo 29, pág. 1181, s.v. Laverde, comete, entre otros, el error de hacerle natural de Santander, nacido en 1840, por tanto muerto a los 50 años, &c. El mismo error de hacer a Laverde natural de Santander 1840 volvemos a encontrarlo en José Luis Abellán, Historia crítica del pensamiento español, 1. Metodología e introducción histórica, Espasa-Calpe, Madrid 1979, pág. 54 (error salvado en el tomo 5 (1), pág. 350, Madrid, 1989, de la misma obra); autor que también atribuye a Menéndez Pelayo el apelativo a Laverde de «el Ossián español» [supuesto poeta escocés del siglo III, una suerte de hijo de un Astérix gaélico, que, ciego, se dedicó a cantar las glorias de su familia y las hazañas de su patria], siendo así que tal cursilería es fórmula del agustino Francisco Blanco, La literatura española en el siglo XIX, Madrid 1891 (cita que también ofrece el Espasa). También coincide Abellán con el Espasa, ambos con Bonilla, al cifrar en 264 las cartas de Menéndez Pelayo a Laverde (sobre este asunto ver al final).

{3} Así Fernando Carrera [6] llega a imaginar que los que serían padres de Laverde, a los que hace vecinos de Nueva, hubieron de trasladarse por pocos días a Estrada a cobrar unas deudas, donde «las molestias del viaje precipitaron los acontecimientos y en aquel pueblecito vino al mundo un niño (…)», y «pocos días después, tan pronto como Dª Asunción pudo ponerse en camino, no muy cómodo en aquella época, regresaron a su pueblo, Nueva (Llanes), con el nuevo infante», al objeto de poder sostener que «es de justicia reivindicar para Asturias a Laverde Ruiz: (…) el hecho de nacer, por mera casualidad en un lugar, que no es el de la vecindad de sus padres, no es suficiente para considerar montañés a un asturiano de pura cepa». El canónigo ovetense Martín Andréu [12], al pedir el nombre de una calle de Oviedo para Laverde, cree ya innecesario discutir sobre su asturianía: «Ya sobre esto no debía caber duda alguna después, sobre todo, del concluyente trabajo del Cronista de Llanes D. Fernando Carrera, en el que explica el por qué del nacimiento completamente casual de Laverde Ruiz en tierra santanderina». En 1961, el nada sospechoso canónigo y profesor de la Universidad de Oviedo, don Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, en su indispensable volúmen (de 800 págs.) El «esfuerzo medular» del krausismo frente a la obra gigante de Menéndez Pelayo, se refiere a Laverde como «preclaro llanisco» (pág. 16). Como jarro de agua fría a estos y otros vindicadores, que los habrá, dejemos constancia ya de que Laverde se muestra partidario de llevar Santander hasta el Sella, y además por el idioma (aún no pasteurizado y centralizado, como algunos pretenden se imponga del Deva al Eo): «Si para cuestión de límites de la Cantabria sirvieran algo los datos filológicos, yo me inclinaría a fijarlos en el Sella por el poniente. Desde aquel río hacia Santander el lenguaje difiere mucho del usado en el resto de Asturias, aspirándose la h, cuando del Sella hacia el poniente se convierte en f. Así horno, forno, jornu, higo, figu, jigu &» (10-VII-1878, EMP 3-106).

{4} Gumersindo Laverde, Ensayos críticos sobre Filosofía, Literatura e Instrucción Pública españolas, por el licenciado Don Gumersindo Laverde, Catedrático en el Instituto de Lugo, Individuo correspondiente de las Reales Academias Española y de la Historia, etc., Lugo, Imprenta de Soto Freire, Editor, 1868, 526 págs. Prologado por Juan Valera. Existe una edición en microficha, por Pentalfa Ediciones, Oviedo 1983 (Colección Libros en Microficha nº 7), del ejemplar conservado en la Biblioteca Nacional (BNM 1-42069).

{5} La dedicatoria de este ejemplar (Biblioteca Menéndez Pelayo, Santander, BMP 25260) dice «Al joven y sabio literato D. Marcelino Menéndez y Pelayo, su admirador y entrañable amigo. Gumersindo Laverde». Los añadidos manuscritos de Laverde a este ejemplar aparecen en las páginas IX, 360, 365, 371, 373, 376, 379, 382, 383 y 386. En las páginas donde hay relaciones de nombres, aparecen éstos marcados con cruces y señales en los márgenes, mostrando que su propietario (MP) comprobó y confirmó tales listas en más de una oportunidad. A este ejemplar se refiere Menéndez Pelayo veinte días antes de morir, contestando a Fermín Canella, a propósito de un intento más por reeditar a Laverde: «Lo primero será enviar a la imprenta un ejemplar de los Ensayos, pues yo de ninguna manera les he de mandar el que tengo, lleno de notas de Laverde y mías» (MP a Canella, 28-IV-1912, EMP 22-185). Esta negativa rotunda de don Marcelino a desprenderse de su libro, menos anotado de lo que dice y no por ello menos utilizado, muestra el aprecio de don Marcelino por la reliquia de su maestro.

{6} «Le envío asimismo apuntes biográficos míos asaz minuciosos para que entresaque los datos que mejor le cuadren y no tenga que molestarse buscándolos cuando le llegue el caso de escribir mi necrología. ¿Tendrá algo de presentimiento esta prisa que ahora me doy a mandárselos? (…)

Apuntes biográficos

1. Mis padres, D. Toribio Laverde y Gil-Sanz, natural de San Vicente de la Barquera, abogado, y Dª Asunción Ruiz de Lamadrid y Puertas, natural de Lavárces.

2. Nací el 5 de Abril de 1835 en Estrada, a tres kilómetros de S. Vicente, donde mi padre era administrador del Conde de la Vega del Sella, actual cabeza de la ilustre familia de los Duque de Estrada (apellido).

3. A los cuatro años pasé a Nueva, concejo de Llanes, Asturias, donde mi Padre fue con el mismo empleo de admor. de dicho Conde, y allí estudié con aprovechamiento primeras letras y gramática latina.

4. En la Universidad de Oviedo cursé los cinco años de Filosofía y el de Ampliación, desde Octubre de 1847, brillantemente al principio, con más tibieza al fin, acortados mis vuelos por mi absoluta incapacidad para las Matemáticas. Empezaba a hacer versos, y forjé una comedia y el plan de una tragedia disparatadas en el invierno de 1849 a 50.

5. En dicha Universidad me hize Br. en Filosofía y Letras (1857) y Licenciado en Derecho (1859), habiendo hecho una parte de estos estudios (negligentísimamente) en las de Madrid, Valladolid y Salamanca. Durante ese período se desarrolló mi numen poético y mi afición a la Filosofía española y a las cuestiones de Instrucción pública.

6. Salieron mis primeros versos en La España literaria (1852) y en La España literaria y recreativa (1853). Fui uno de los fundadores del Album de la Juventud (Oviedo, 1853) y del Círculo científico y literario (Madrid, 1854). Colaboré en la Revtª de Instrucn. ppcª (desde 1857), en El Nalón (Oviedo, 1855), Eco de Salamanca (1858), Revista de Asturias (1858), El Faro asturiano (desde la misma fecha), Crónica de Ambos mundos (1860), Crónica de Salamanca (1859).

7. En 1860 fui a Madrid con un modesto empleo en la Sria. de la Junta Provincial de Beneficiencia. Colaboré en la Revista española (1862) y en la Ibérica (1862).

8. A fines de 1862 hize oposición a la cátedra de Retórica de Lugo y de ella tomé posesión el 17 de Febrero de 1863, y poco después me case con Dª Josefa Gayoso, hija de la próxima villa de Otero de Rey, de quien hé tenido cuatro hijos, dos varones y dos hembras, muertos párvulos el 1º y la 1ª, quedándome la 2ª y el 2º (Pura y Jesús, que ahora tienen 8 y 5 años respectivamente).

9. Desde Lugo colaboré en La Concordia (director Puente y Apezechea), en La Enseñanza (Uña) y en la Revista de España (Alvareda). Los arts. insertos en estas publicaciones forman lo principal de mis Ensayos. Allí publiqué dos años el almanaque de Las dos Asturias, y colaboré en La Abeja montañesa, El Faro asturiano y El Trabajo (de Oviedo). Entusiasta por el progreso de las Asturias promoví y en parte sostuve en la prensa de ambas provincias animada polémica sobre el ferro-carril de la Costa. En 1868 cooperé a La Paz, periódico católico de Lugo, del que me retiré cuando empezó a tomar tinta carlista, estando mis simpatías por Alfonso XII. Por la misma época empezaron mis dolencias nerviosas que aumentándose progresivamente, han cortado los vuelos a mi pluma, por donde poco o nada he vuelto a escribir, quedándome solo el papel de Mecenas (platónico). Correspondiente de la Española (864) y de la Historia (868).

10. Fui Director del Instituto desde fines de 1870 a principios de 73. En 1871 fui a Madrid de juez de oposiciones a varias cátedras de Geografía e Historia de Instituto (hasta principios de 73), y hasta mediados de 73 lo fui de las de Historia de España de las Universidades de Sevilla y Granada. Bajo los Ministerios de Sagasta y Serrano (1872) fui cuatro meses Oficial de la clase de terceros del Ministerio de Fomento, cuyo empleo me proporcionó, sin gestión alguna por mi parte, mi íntimo amigo D. Juan Valera. Durante mi estancia en Madrid me gradué de Dr. y Licenciado en Filosofía y Letras, e hize concurso (1873) a las cátedras de Literatura Latina de Valladolid y Santiago. Propuesto para ambas (entre crecido nº de concursantes) por los respectivos Consejos Universitarios, opté por la primera y tomé posesión el 10 de Octubre de dicho año. En el actual (1876) la hé permutado por la de Literatura general y española de la misma Escuela. Y sigo afligido de los nervios. Valladolid, a 23 de Abril de 1876. G. Laverde.

P.D. Se me olvidaba decir que en 1866? [fue en 1865] obtuve mención honorífica por una oda que presenté al Concurso que celebró la Academia Española para cantar la cesión que Isabel II hizo a la Nación de las tres cuartas partes del Patrimonio, y que en 1872, a pesar de mis ruegos en contrario, me concedieron (Valera Director de Instrucción ppcª) la Cruz de 2ª Clase de María Victoria, y que antes (1870) me dieran, por espontánea iniciativa de Uña y en premio de servicios literarios, la Encomienda de Isabel la Católica.»

{7} No hemos manejado fuentes inéditas sobre Laverde, por ahora. La publicación completa de todas las cartas que puedan conservarse y otros posibles inéditos, tendría entre otras cosas el indudable interés de desvelar más indicios sobre la formación y vicisitudes de Laverde en sus años mozos. Al analizar con cierto detalle los datos disponibles observamos ciertas lagunas en el período correspondiente a 1853-1860, como si el propio Laverde (y quienes han filtrado la información hecha pública sobre esos años) quisiera olvidar oscuros, tormentosos o inciertos momentos, cuando frecuentaba elementos progresistas, antes de convertirse en un neo, cada vez más radical e intransigente.

{8} Laverde inventó una variante de verso sáfico que para no ser menos que el introductor del adónico llamó laverdaico. El joven Menéndez Pelayo publicó en octubre de 1875 un ensayo sobre el laverdaico, cumpliendo los deseos del poeta («Voy a permitirme dirigir a V. un ruego; el de que haga algún ensayo de los metros laverdaicos. La empresa de Boscán habría naufragado sin la cooperación de Garcilaso. Sea V. mi Garcilaso» EMP 1-170, Nueva, 25-I-1875) e incluso sus indicaciones: «Podrá V. hacer una consideración en pro del laverdaico y es que abre campo a gran riqueza de combinaciones métricas con el Sáfico y el Adónico; en esto, a mi juicio, consiste su mayor mérito. Del sáfico y adónico solos, pocas combinaciones pueden hacerse, mientras que, unidos al laverdaico, se prestan a infinitas, no siendo escasas ya, aunque disto mucho de agotar la idea, la que yo ensayo. También podría V. indicar que mi mucha práctica en el uso del sáfico fue probablemente el camino por donde llegué a la invención del laverdaico, a causa de la afinidad de éste con aquél; y de aquí podría tomar V. pretexto para encajar en el artículo alguna o algunas de mis sáficas, a fin de hacerle más ameno» (EMP 1-184, 4-111-1875); «No deje V. de leer el Sistema musical de la lengua castellana, por Sinibaldo de Mas, pues tengo para mi que allí ha de haber algun precedente del laverdaico. Al explicar V. como yo llegué a dar con este linaje de versos, puede suponer que me llevó a ello mi afición al cultivo del sáfico, y con tal motivo ingerir, para amenizar el artº, algunas de mis sáficas, aunque, para ello, sea conveniente dividir su trabajo en dos o más secciones; v.g. I. Preliminares, II. Por donde yo llegué a el laverdaico, III. El laverdaico y sus combinaciones» (EMP 1-196, 18-IV-1875). El modesto Laverde (una vez corregido el borrador que le remitió Menéndez Pelayo, EMP 1-217) se preocupó personalmente de gestionar la publicación del artículo: «El artículo laverdaico puede V. remitirle a los Sres. Medina y Navarro (calle del Rubio, 25) para que le inserten en la Revista Europea, diciéndoles que había pensado mandármele a mí para que yo se lo enviara a ellos, y así me lo tenía dicho, pero que ha variado de propósito y se lo remite directamente por temor a mi modestia. Advierta V. que pocos días ha les anuncié que pronto les enviaría un artº de un amigo de Santander. Con lo dicho, todo se arregla y todos quedamos bien» (EMP 1-218, 21-VII-1875). La otra gran innovación poética de Laverde consistió en su intento de introducir en nuestra ortografía la semicoma, que representaría una pausa mas leve que la correspondiente a la coma: escribió incluso al académico y poeta Antonio Segovia proponiéndolo, aunque no insistió al descubrir que Lamberto Gil, al traducir a Fenelón, había utilizado ya la pintoresca semi-coma (ver EMP 1-194).

{9} Lorenzo Novo Mier, Dicionariu Xeneral de la Llingua Asturiana, Asturlibros, Oviedo 1979, págs. 133 y 275.

{10} Carta desde Santiago de 5-XII-1877 (EMP 2-268). Mazón, célebre librero santanderino, fue el editor de La Tertulia, y más tarde, con Laverde, de la Revista de las dos Asturias. De los espumeros, en 1921, el poeta Francisco G. Prieto, La vida asturiana e'nun cientu de sonetos, llegaba a cantar que «Son fios de la mar como tritones / que salen esplumantes, vocingleros…»; por lo que al año siguiente el folklorista Aurelio de Llano, Del folklore asturiano: mitos, supersticiones, costumbres, afirmaba «yo nací a la orilla del mar y en mi vida oí hablar de los Espumeros, ni ningún aldeano sabe dar cuenta de ellos». De los ventolines Ramón Menéndez Pidal afirmó que habían sido introducidos por Laverde, y Constantino Cabal que habían sido inventados por Tomás Cipriano Agüero. Ramón Baragaño, Mitología y Brujería en Asturias, Ediciones Noega, Gijón 1983, desconocedor de la carta de Laverde, es víctima de la confusión: «La importancia de esta afirmación de Menéndez Pidal es obvia, aun cuando es preciso resaltar que, según Constantino Cabal, años antes de que Gumersindo Laverde hablara sobre los ventolines [se refiere al artículo de Laverde, «Mitología asturiana», en La Ilustración Gallega y Asturiana, de 1879, I, 52-56], ya se había referido a ellos Tomás Cipriano Agüero en 1853, en su raro y pionero estudio sobre las creencias populares asturianas. Así pues, aunque particularmente coincido con Aurelio de Llano en negar la categoría de mito popular a dichos seres, estimo de justicia no recaiga toda la culpa de falsario sobre Gumersindo Laverde, y que éste la comparta con Tomás Cipriano Agüero y Rogelio Jove y Bravo, puesto que todos ellos se dejaron llevar por la imaginación al escribir sobre la mitología asturiana. Del mismo modo, creo conveniente resaltar también el que Félix de Aramburu careció de rigor crítico al seguir a dichos autores, y coincido con Caro Baroja en que, por el contrario, Aurelio de Llano acaso estuvo demasiado hipercrítico» (págs. 14-15). No se podían imaginar los autores del Album de la Juventud los revuelos y discusiones pseudo eruditas que iban a causar, y menos aún que un zamorano, catedrático de literatura española, que ahora firma Xuan Xosé Sánchez Vicente, en un libro premiado y publicado en 1985 por la Consejería de Cultura del Principado, La cultura popular asturiana: unidá y pluralidá, cuya fuente en mitología es la obra citada de Baragaño, rozaría lo insuperable al tachar de cazurrada las gongorines palabres de Laverde: «Ye ñidiu, amás, que n'asturianu inxamás seríen 'ventolines', sinón 'ventolinos', lo mesmu que nun son 'culines', sinón 'culinos'. Ventolines, nun sólu pue, entós, que sea un inventu nel conteníu: la mesma forma ye una cazurrada nun sentía a un falante asturianu; lo qu'afita les sospeches» (pág. 148). A pesar de todo, en la formación (mágica) del espíritu nacional de los escolinos asturianos siguen sirviendo invenciones como las de Laverde como contenidos mítico-ideológicos de la identidad, pues, al fin y al cabo, qué mas da que los asuntos del folklore tengan un siglo o un milenio de solera.

{11} «No abre menor espacio a los vuelos de la fantasía, otro elemento que con los anteriores se enlaza; la mitología asturiana, procedente sin duda alguna de los celtas, aunque desfigurada sucesivamente por la mezcla de creencias de origen vario y, sobre todo, por el cambio de ideas religiosas, y hoy relegada ya a los distritos más incultos y fragosos del Principado. Entre los seres imaginarios que la constituyen, son notables las xanas, malignas, ligeras y rara vez visibles robadoras de niños, las cuales han por moradas los senos de recónditas silvestres fuentes, en cuya superficie hacen brotar, mañana de San Juan, la misteriosa flor del agua, a porfía buscada, como prenda de próximo himeneo, por las aldeanas que, al rayar el alba, coronan de florido ramage los manantiales; las lavanderas que, saliendo de sus extrañas grutas orillas de los ríos, al fulgor de la luna y de las estrellas, se columpian, batiendo madejas de oro, sobre la espuma de las cascadas; las ayalgas, cuestodios, bajo las ruinas de antiguos edificios, de grandes tesoros, cuya existencia revelan de noche al transeunte fosfóricas lucecitas: los nuberos, enanos tronadores que animan las tempestades y son conjurados con el clamoreo de las campanas; la huestia, procesión de finados que la noche del fallecimiento de alguno dan tres vueltas en torno a su casa con verdes cirios, llevando en andas la sombra del moribundo, hasta el momento de espirar, en que dirigen sus graves pasos, entonando fúnebres salmodias, hacia la iglesia, cuyas campanas suenan y cuyas puertas se abren por sí mismas; las almas en pena y las moras o moros encantados que en el silencio nocturno sorprenden al extraviado caminante con sus dolorosos gemidos; mitos todos que, si no caben en los confines de la verdad científica, se acomodan perfectamente a la verdad estética, puesto que reflejan el sentimiento y la inspiración del pueblo, idealizan la naturaleza y la vida, supremo fin del arte. ¿Qué tesoros de poesía no extraerían de tales consejas, combinadas con los elementos histórico y tradicional, arqueológico y topográfico, tan pintoresco en Asturías, un Zorrilla o un W. Scott?

Mas el W. Scott y el Zorrilla asturiano aún están por venir, siquiera observen algunos como preludios de su aparición en las obras de varios trovadores modernos de la patria de Pelayo; y la señorita Armiño, si hemos de juzgar por las muestras, dista mucho de haber nacido para conquistar el lauro que ciñe las sienes del cantor de Granada y del gran novelista escocés, pues su genio lírico y en estremo idealista no consiente trabas objetivas y cuando se las impone está como violentado pugnando con sus nativas tendencias» (Ensayos críticos…, Lugo 1868, págs. 25-26).

{12} Laverde mencionó alguna vez en su correspondencia con Menéndez Pelayo a Roque Barcia, siempre con cierto respeto, mostrando que le conoció bien y dando pábulo incluso a una supuesta conversión del famoso demagogo: cuando están organizando el plan de los heterodoxos vivos, MP sugiere a Laverde (Lisboa, 12-XI-1876, EMP 2-102) que estos pueden organizarse en protestantes, krausistas, hegelianos, materialistas y positivistas, y extravagancias individuales, y le pide sugerencias; Laverde (Lugo, 17-XI-1876, EMP 2-105), mejor conocedor del paño que su precoz amigo, da nombres a esa idea: «1º Protestantes y católicos liberales: Carrasco (Valladolid), Cabrera (Sevilla), Mora y su Iglesia liberal española (Extremadura), Tornos y otros (Madrid). 2º Hegelianos: Contero: Pi y Margall: Castelar, Traducciones de Prohudom Fabié. 3º Krausistas (fuera del Patriarca y de Castro), Traduccs. de Tiberghien y Ahrens. Minuta de un testamento. 4º Espiritistas: Sociedad de Madrid y Zaragoza: Alonso y Eguilaz, Navarrete, Torres, Solanot, Huelves, Marques de… Florida, Traducciones. 5º Materialistas y positivistas y neo-kantistas, Mata, Tubino, Simarro, Perojo, Revilla. 6º Extravagantes, Barcia: Cuestion Pontificia: Teoría del Infierno»; nada más volver MP del viaje por Italia y Francia del primer semestre de 1877, se interesa por Barcia: «¿En qué agrupación heterodoxa cabe D. Roque Barcia?» (Santander, 12-VI-1877, EMP 2-185); satisfaciendo Laverde su curiosidad: «Roque Barcia es un tipo sui generis, un protestante liberal o cosa así. Para definirle es preciso leer sus obras El cristianismo y el Progreso, Cuestión pontificia, Catón político y Verdad social, y Teoría del Infierno» (Laverde a MP, 23-VI-1877, EMP 2-190); «Noticias bibliográficas (…) Barcia. Cuestión pontificia, Catón político, Teoría del Infierno, Filosofía del alma humana» (Laverde a MP, 28-VII-1877, EMP 2-108); «Bajo el reinado de Isabel 2ª escribió Barcia un libro sobre El Cristianismo y el progreso, motivado por las lecciones de Castelar acerca de la Civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo (de las cuales dio buena cuenta Ortí y Lara en su folleto La sofistería democrática). El tal libro fue recogido y quemado: al mismo Barcia le oí decir: me han quemado vivo en mi pensamiento. En un puesto de libros de la calle de la Luna vi un ejemplar con dedicatoria autógrafa a Pi y Margall. Hoy sería una curiosidad bibliográfica» (Laverde a MP, EMP 2-230, texto publicado con la carta de 31-VIII-1877, con dudas de los editores; en realidad debe pertenecer a EMP 2-108, pues se menciona en EMP 2-221); «Curiosísimos son los datos de heterodoxos que vd. me comunica. Sería curioso el libro de Roque Barcia sobre el Cristianismo y el Progreso» (MP a Laverde, 17-VIII-1877, EMP 2-221); «Supongo que tendrás noticia de una carta en que D. Roque Barcia anuncia que se retira de la política para poder regresar a España, a imprimir, pues en París no tiene modo de verificarlo, su Diccionario etimológico de la lengua castellana. Me figuro que no habrá hecho otra cosa que aplicar a nuestro idioma las lucubraciones de los filósofos franceses, pues no conoce las lenguas sabias, ni las orientales» (Laverde a MP, 16-XII-1878, EMP 3-206); «No sé si habrás notado que Barcia vive completamente apartado de la política. Por Octubre de 1874 me dijo Ibo Alfaro [Manuel Ibo Alfaro, escritor y catedrático de geografía e historia en varios institutos, 1822-1885]: '¿A que no sabe V. donde fue a parar Barcia una vez rendida Cartagena? ¡A Jerusalén! Hé visto una carta suya en que dice: Quien no crea, venga a Jerusalén y creerá: yo hé venido, y creo'. Fernández Sánchez [José María, catedrático de Historia en Santiago, autor en 1880 de Diario de una peregrinación], que estuvo posteriormente en Palestina, me há dicho que el famoso demagogo había quedado a partir un piñón con los PP. Franciscanos de Tierra Santa y resuelto a variar de rumbo, y que, a alguno de aquellos que le vio luego en Madrid, reiteró sus buenos propósitos, viviendo solo para mi hijo (decía) y mi lengua. ¡Quiera Dios que persevere! Por cierto que algo más útil sería en la Academia que los Balagueres y los Echegarays» (Laverde a MP, 14-II-1882, EMP 5-253). El firmante de la Historia de los Heterodoxos Españoles dejó finalmente así escrito, documentado en privado por Laverde: «Otro demócrata, con puntas de filósofo y de reformador social, notable sobre todo por lo desusado y apocalíptico de su estilo, don Roque Barcia, comenzó a sonar y florecer por los años de 1854. En su Filosofía del alma humana, y en el tratadito de la Generación de las ideas que la acompaña, expuso doctrinas ontológico-psicológico-filológicas, tan revesadas y sui generis, que algunos, en su afán de clasificarlo todo, las han calificado de sincretismo greco-oriental, ligera y vagamente formulado. (…) Sobre la misma base panteísta pienso que estaría edificado su libro rarísimo de El Cristianismo y El Progreso que nunca he alcanzado a ver, porque el gobierno de 1861 embargó y destruyó la edición, dando ocasión a Barcia para exclamar: '¡Me han quemado vivo en mi pensamiento!'. Desde 1855 Barcia había penetrado en el campo de la heterodoxia franca, como aventurero desligado y sin bandera conocida, a no ser la de un protestantismo liberal, latísimamente interpretado a tenor de la genialidad del autor (…)» (Edición Nacional, CSIC, Madrid 1948, tomo VI de los Heterodoxos, XL de las O.C., págs. 361-362).

{13} Plan que bien pudo leer, por ejemplo, en el nº 13, de octubre de 1847, de la Revista Enciclopédica que antes decíamos regalaba Mellado a sus suscriptores, págs. 392-415.

{14} Joaquín Iriarte, Menéndez Pelayo y la Filosofía Española, Editorial Razón y Fe (Estudios sobre la filosofía española, su concepto y su valor, tomo II), Madrid 1947, págs. 65-66.

{15} El artículo de Laverde en El Diario Español sirvió como esqueleto a otro publicado meses más tarde (30 diciembre 1856) en la Revista de Instrucción Pública, heredera de la Revista Universitaria, y fue refundido de nuevo en los Estudios críticos de 1868. El gran historiador de la filosofía española, el dominico Guillermo Fraile Martín, Historia de la Filosofía Española. I. Desde la época romana hasta fines del siglo XVII, 1971 (citamos por la 2ª ed., BAC, Madrid 1985), comete un pequeño error (pg. 14) al fechar en 30-dic-1850 este artículo de 30-dic-1856, que le arrastra sin embargo a otro mayor (pg. 23) cuando escribe: «El discurso de Lloréns y Barba fue la ocasión para que un joven erudito, Gumersindo Laverde y Ruiz, que ya, a sus quince años, había escrito un artículo De la filosofía española, publicara otro a sus veintiuno titulado De la filosofía en España».

{16} [En la transcripción de este párrafo hemos pasado las notas al texto] «Tales son, y merecen citarse muy especialmente, Martínez de la Rosa (Espíritu del Siglo), Arrazola (Promptuarium institutionum philosophicarum), Varela de Montes (Ensayo de Antropología), Alvarez Guerra (Unidad simbólica), Foz (Derecho Natural, 5. Sabemos que este señor dará a luz muy pronto unas excelentes Epístolas Filosóficas), Mora (Curso de Etica y Lógica), Pacheco (Derecho Constitucional, Derecho Penal), Martí de Eixalá (Curso de Filosofía elemental), Fabra (Filosofía de la Legislación natural), Melchor I. Díaz (Elementos de Ideología, Tratado del entendimiento humano), Cuví (Frenología), Cayetano Cortés (Catecismo de los deberes del hombre), Sotos Ochando (Ensayo de una lengua filosófica), Arbolí (Curso elemental de Filosofía), García Luna (Filosofía ecléctica), Cortada (Estudios históricos), Roca y Cornet (Ensayos sobre las lecturas de la época), Muñoz Garnica (Estudio sobre la elocuencia sagrada, Manual de Lógica), Mata (Examen crítico de la Homeopatía, etc., 6. Se dice que este esclarecido profesor va a publicar una colección de los opúsculos y artículos sueltos que sobre puntos filosóficos ha escrito en diversas épocas. Se lo agradecerán los amantes de la ciencia), Camus (Manual de Filosofía racional), López Martínez (Armonía del mundo racional, 7. En una nota de esta obra anuncia su autor, para más adelante, otra en que intenta conciliar el panteísmo con el dogma cristiano. Será curioso de ver), Monláu (Psicología), Rey (Lógica, Etica), Baeza (Moral, Lógica), Núñez de Arenas (Gramática general, Elementos filosóficos de Literatura), Basilio García (Teoría del discurso), Beato (Tratado elemental de Psicología, etc.), Rodríguez (Manual de Etica), Azcárate (Veladas sobre la Filosofía moderna, 8. Esta obra debe constar de tres volúmenes, correspondientes a otras tantas secciones en que su autor divide el asunto: sólo ha salido el primero; esperamos con ansia los dos restantes), Pi y Margall (Historia de la pintura en España, La Reacción y la Revolución), Sánchez de la Campa (La instrucción pública y la sociedad, 9. Tiene este docto catedrático muy adelantada una Síntesis filosófica trascendente), Barcia (Filosofía del alma humana, Generación de ideas, 10. La Generación de ideas es sólo el boceto de un vasto sistema, en cuyo desenvolvimiento trabaja hace años el autor. Tenemos fundamento para creer que con su publicación se colocará entre los más eminentes filósofos del siglo presente), Campoamor (El personalismo), Asuero (Oración inaugural del curso 1855 a 1856 en la Universidad Central), Casso (Pueblo soberano y súbdito (11. Tiempo ha que este distinguido joven se ocupa de escribir una obra a que dará el título de Filosofía de la Caridad Social, donde con vasta erudición, gran fuerza de raciocinio y elocuente forma explana su teoría sobre la aplicación al perfeccionamiento del Estado por parte de éste del espíritu de la Iglesia católica en los tres órdenes de la vida humana: el moral, el intelectual y el físico), Durán, La Hoz, Baralt, Borrego, Pastor Díaz (12. Hemos oído que este señor tiene pensado publicar una colección de sus obras escogidas. Lo deseamos vivamente), Ríos Rosas, Morón, Sanz del Río, Salmerón (13. Tiene manuscrita una notabilísima obra de Filosofía del Derecho, con muy ingeniosos cuadros sinópticos), Gayoso, Rivero, Lorenzana, Berzosa, Moreno Nieto (14. Mucho deseamos ver reducidas a un libro las lecciones sobre Filosofía arábiga que este insigne profesor dio con tanto aplauso en el Ateneo el invierno pasado), Castelar (15. Hemos visto anunciada la publicación de una obra titulada Fundamentos racionales de la Democracia), Rayón, Gómez Marín, Canalejas y tantos más de que no tendremos noticias o que ahora no recordamos, esparcidos acá y allá de un extremo al otro de la Península, ilustrados catedráticos, oradores elocuentes, distinguidos escritores, dignos representantes de las diferentes escuelas que pugnan por el imperio de la inteligencia y del mundo, argumentos vivos contra los que sienten ser 'antipática la Filosofía al genio español' (16. Es posible que algunos de los citados no existan ya; no lo sabemos. ¿Qué tiene esto de particular en un país donde nadie se cura de hacer resaltar las glorias científicas de sus compatriotas?)».

{17} Caso (Oviedo 1830-París 1903) había publicado aquel mismo año la obra que Laverde cita, Pueblo soberano y súbdito, observaciones al opúsculo titulado Examen del Dogma de la Soberanía del Pueblo, original de don José Hipólito Alvarez Borbolla, Oviedo, 1856. Esa obra le abrió el camino de redactor, ese mismo año, del diario carlista La Esperanza, de Madrid. En 1860 abandonó el carlismo para fundar un partido monárquico de doctrina balmesiana, pero cuando la revolución de septiembre volvió a entrar en el partido carlista entre los cabreristas (ver Melchor Ferrer, Historia del Tradicionalismo Español, Sevilla s.f., tomo XXI, pág. 227).

{18} Años más tarde, el transformado Laverde le dice a MP, por ejemplo: «Más raros aun que los de La Reacción y la Revolución de Pi y Margall han de ser los ejemplares de su Historia de la pintura española, recogida por impía y con sobrado motivo, pues toda ella es una serie de teorías panteísticas de lo más crudo, y de pintores apenas se ocupa» (22-VIII-1877, EMP 2-224)

{19} Ver, por ejemplo, Melchor Ferrer, Historia del Tradicionalismo Español, Sevilla s.f., tomo XX, págs. 101 y 113.

{20} Laverde, «Ministerio de Instrucción Pública», en Revista Universitaria, 2ª época, nº 6, págs. 82-85.

{21} Carrera [6] publica una carta de Laverde a sus padres desde Salamanca de 10 enero 1857, en la que se menciona una comisión a un tal Miranda (¿una mordida?): «Queridos padres: como VV. conocerán por mi letra, ya estoy restablecido, si bien de vez en cuando no dejan de repetirse mis dolores de estómago, que son por demás ingratos. Desde el día siguiente al de Reyes asisto a la oficina. Hemos tenido tres días de funciones, habiéndose corrido vacas y novillos en la Plaza de la Constitución, que es una de las más magníficas de España. Hubo también cucañas y bailes de máscaras. En esta tierra todo se ha de celebrar en grande. Mi situación económica es bastante mala, pues después de habérseme pegado a las costillas sobre 500 rs. con mi viaje y Admon de Miranda, después de no haber recibido la paga de dicbre., he gastado en mi enfermedad lo siguiente, que estoy debiendo, así como los gastos de posada de 21 días del mes pasado. Médico 80 rs. Leche de burra, 16. Una faja para el estómago, 24. Medicinas & 48. Total 168. Con esto y 240 rs. de matrículas que debo al principio del mes que viene, pueden VV. considerar si me hallaré apurado. Todo ello lo debo a la tal comisión de Miranda, sin la cual me hallaría hoy ya desahogado. Gajes del oficio. Se me olvidaba decir a VV. que también debo a la hacienda 300 rs. por aquella administración.» El 23 mayo 1858, desde Oviedo (cuando debería estar en Salamanca) vuelve a escribir a sus padres: «Aunque hoy no he tenido carta de VV. cojo la pluma para una cuestión de mucha importancia. Ayer vino por telégrafo la noticia de estar ya concedida por el Gobierno la creación en Oviedo de una fábrica de cigarros picados o pitillos (merced al celo del Sr. Quintana); esta fábrica según los que lo entienden deberá constar de un Director, un Contador, un Interventor y dos o tres oficiales. Ahora bien, es preciso que V. sin pérdida de correo porque el tiempo es precioso, escriba al Sr. Quintana, que vea si puede traerme a dicha fábrica, aunque sea con menos sueldo. El da razones de esto, V. lo sabe. No se le escape el decir que yo estoy aquí todavía, pues cuando menos debe suponerme dicho señor en camino de Salamanca.» Pocos días después ya ha logrado el traslado a Oviedo, carta 9 junio 1858: «Tengo la íntima satisfacción de decirles, aunque tal vez lo sepan ya, que nuestros deseos están ya cumplidos, gracias a Dios, según carta que anteayer por la noche recibió de Madrid el amigo que les dije me había recomendado a otro suyo para que hablase a Quintana. Dice que vengo en comisión de desempeñar el cargo de Interventor de la Fábrica, sin cesar de figurar como Auxiliar en Salamanca, donde se me consignará el sueldo; (…)»

{22} Fue transcrita por Laverde en el apéndice A de los Ensayos críticos, págs. 487-491.

{23} En el número de 23 de mayo de 1857, transcrita por Laverde en el apéndice A de los Ensayos críticos, págs. 492-494.

{24} Veinte años despues escribe Laverde a Menéndez Pelayo (EMP 2-218, Otero de Rey, 12 agosto 1877), creemos que confundiendo Valladolid por Salamanca: «Al ordenar los legajos de correspondencia que aquí tenía, he hallado varias cartas que traen a mi memoria el proyecto de una Revista de Filosofía que concebí estando en Valladolid el año 1857. Frustrose como es de suponer. He sido el hombre de más proyectos y de menos obras que se conoce! Solicité la colaboración de todos los que a la sazón gozaban fama de filósofos, sin distinción de escuelas, desde Contero Ramírez y Sanz del Río hasta Berzosa y Muñoz Garnica, desde Braulio Foz y Martínez López hasta Mateos, Moreno Nieto, Varela Montes y Azcárate. Era yo entonces un Moreno Nieto en Miniatura, con la diferencia de que lo que en él nace de saber demasiado provenía en mi de saber poquísimo. Así se explica cómo pudo ocurrírseme la idea de formar semejante olla de grillos. No dejó de cuajar por falta de éstos.»

{25} Le contestaron en El Norte de Castilla de Valladolid, y respondió en El Eco de Salamanca de 2 y 9 de mayo de 1858, págs. 73-75 y 81-83.

{26} «Los genios gemelos», nº 4, págs. 4-6, septiembre 1858; «El arpa rota. Cantos de Jorge [crítica]», nº 5, págs. 5-7, octubre 1858; «Las Dos Asturias», nº 6, págs. 1-2, noviembre 1858.

{27} Notable hipérbole, entre sesenta generaciones (de treinta años) y cien (de veinte).

{28} Julio Caro Baroja, Introducción a una historia contemporánea del anticlericalismo español, Istmo (Fundamentos, 70), Madrid 1980, pág. 199.

{29} En carta de 12 mayo 1865 (EVL-51) informa Valera a Laverde que se presentaron 24 poesías en alabanza de la Reina al concurso, de las que se desecharon 17. Entre las siete está la de Laverde: «Yo hablé ya a Cueto, a Campoamor y a otros para que den a V. el lauro, si la conciencia de estos Señores no queda por ello muy escrupulosa (…) No sé si he dicho a V. que ya la Academia ha decidido publicar una biblioteca selecta de autores españoles. Yo presenté la proposición y fue aceptada por unanimidad y con aplauso. Después formé el Catálogo o Plan de la Biblioteca que la Academia discutirá y aprobará, a lo que espero». El 19 de mayo (EVL-52) refiere la votación: «Anoche fue la votación en la Academia del premio a la Oda en alabanza del rasgo. Salieron premiadas unas redondillas de Fernández y González. Vd. solo obtuvo un voto para el premio: el mío. Luego se votó el accésit. Tuvo Vd. ocho votos, dos otras dos composiciones y uno, una; pero como no alcanzó Vd. mayoría absoluta de los votantes, que eran 19, se quedó Vd. también sin accésit. Se propuso luego que hubiera mención honorífica y publicación de las mejores odas y sobre esto se discutió largo. Se votó, por último, que hubiese mención honorífica. Luego hubo aun otra votación para decidir cuales composiciones habían de ser mencionadas y publicadas, y se decidió que fuesen la de Vd. y otra. Pero ni los pliegos se han abierto ni las composiciones se publicarán hasta que Vd. y el otro incógnito den su venia. En la Gaceta verá Vd. el aviso de esto. Conteste Vd. pronto dando su venia. Yo entre tanto le doy la pequeña enhorabuena por el pequeño triunfo.»

{30} «A Homburgo se va desde aquí en media hora por el ferrocarril, y yo voy casi todos los días y vuelvo a las 12 de la noche. Aquel garito-burdel-figón-taberna que tiene allí el principillo reinante en Homburgo, es espléndido de extraordinaria belleza; pero debe valerle buenos cuartos al principillo. Seis o siete mesas de juego enormes estan cercadas de aficionados desde las 9 de la mañana hasta las 11 de la noche, sin parar el juego medio minuto. Se juegan sumas muy considerables. Las putas más famosas de París, de Berlín y de Viena acuden a estos lugares y bullen en los salones, y comen, fornican, lucen galas, juegan y derrochan. Al lado de la ramera más desorejada se sienta a jugar o a comer la princesa, la duquesa, hasta la reina (…)» (EVL-56, 29-VIII-1865); «Hoy diré solo que no he dado aún por ahí con sabio alguno de los que tanto en España se celebran. En Baden, donde he estado 10 días, y en Wiesbaden y Homburgo, donde muy a menudo voy, no hay más que jugadores, putas y gente alegre, regocijada y poco filosófica. El Gobierno de S.M. debe de tener una alta idea de mi circunspección y juicio cuando, sin temor de que yo me pervierta, me ha encajado de patitas en el centro de este círculo vicioso» (EVL-57, 19-IX-1865); «Se diría que el Cielo quiere descargar más pesada y duramente sus azotes [se refiere a la epidemia de cólera en España] sobre nuestro pobre país que sobre los demás pueblos del mundo. Pero no saco yo las consecuencias que sacan los neo-católicos, los cuales sostienen que todo es en castigo de nuestras culpas. Infelices de nosotros, y ¿qué culpas son las nuestras? Ahí está Homburgo, lugar abominando y vitando, ameno pero horrible congreso de putas y de tahures, donde jamás ha habido un solo caso de cólera desde que esta epidemia visita la Europa» (EVL-58, 20-X-1865).

{31} Vidart (1833-1897) era dos años mayor que Laverde. Diez años más tarde Laverde destaca sus evoluciones: Menéndez Pelayo le escribe «Vidart pasa por pesimista y discípulo de Schopenhauer» (EMP 2-203, 17-VII-1877), y Laverde abunda: «Vidart evoluciona admirablemente. Empezó impugando a Renan, se hizo Krausista luego, y ahora por lo visto, está afiliado entre los sacerdotes de Bhuda» (EMP 2-206bis, 20-VII-1877). La Filosofía Española. Indicaciones bibliográficas, Imprenta Europea, Madrid 1866, XVI+406 págs. Existe una edición en microficha, por Pentalfa Ediciones, Oviedo 1983 (Colección Libros en Microficha, nº 6).

{32} Esta carta 109 de Valera a Laverde está datada y colocada en la edición del epistolario como de 1869, cuando por el contenido se desprende sin duda que es de 1868.

{33} El libro de Laverde contiene: Al que leyere (VII-XI), Prólogo (de Valera, XIII-XXXI), «De la fundación de una Academia de Filosofía española, como medio de poner armonía en nuestra Instrucción pública» (1-20), «Poesías de Doña Robistiana Armiño (Oviedo, 1851)» (21-37), «Del estudio del idioma árabe en España» (38-60), «Observaciones en defensa de la Historia crítica de la literatura Española, del Señor Don José Amador de los Ríos» (61-79); «Don Antonio Xavier Pérez y López» (80-89); «La asignatura de Retórica y Poética» (90-106); «Apuntes acerca de la vida y poesías de Don Pedro Montengon» (107-142); «Nivelación de los Institutos de segunda enseñanza» (143-170); «Incorporación de las escuelas normales e inspecciones de instrucción primaria a los institutos de segunda enseñanza» (171-189); «Nuevas consideraciones sobre la incorporación de las Escuelas Normales e Inspectores de Instrucción primaria a los Institutos» (190-218); «Sebastián Foxo Morcillo» (219-223); «De la enseñanza teológíca en España» (224-232); «Doloras, colección escogida de las publicadas por D. Ramón de Campoamor, con un prólogo de D. Ventura Ruiz Aguilera, y notas críticas de D. Damián Menéndez Rayón (Octava edición, Madrid 1864)» (233-254); «El plan de estudios y la historia intelectual de España» (255-285); «La asignatura del derecho romano» (286-317); «Elementos de Geografía, por Don Patricio Palacio, doctor en Jurisprudencia y catedrático de Historia y Geografía. Obra aprobada para texto en los Institutos, Escuelas normales y otros establecimientos de enseñanza. Sexta edición corregida, Oviedo 1865» (318-327); «La filosofía española, indicaciones bibliográficas, por D. Luis Vidart, capitán de Artillería, individuo electo de la Real Academia sevillana de Buenas Letras, secretario de la Sección de Ciencias morales y políticas del Ateneo de Madrid. Madrid 1866» (328-392); «Jovellanos católico» (393-431); «Historia de la crítica literaria en España desde Luzán hasta nuestros días, con exclusión de los autores que aún viven: memoria escrita por Don Francisco Fernández y González y premiada por la Real Academia en el concurso del corriente año, Madrid 1867» (432-469); «Del tradicionalismo en España en el siglo XVIII» (470-486); Apéndices (487-522); Indice (523-524); Erratas (525-526).

{34} Valera confía en Laverde lo desairado de su posición: «Yo no escribo a Vd. por falta de tiempo. Estoy muy disgustado y aburrido (…). Al decirle a Vd. estos sinsabores míos me justifico, al mismo tiempo, de una cosa de que Vd., que es excelente, no me habrá acusado ni siquiera por un momento en el fondo de su conciencia, pero de la que yo quiero conmigo justificarme: es a saber, de no haber hecho nada por Vd. desde que soy Director de Instrucción pública. Desahogo y disculpa están cifrados en una palabra o en una breve frase: yo soy aquí tan Director como San Hinojo en el Cielo. Ruiz Zorrilla es un bárbaro Curcicurbo, entregado por completo a un tal Picatoste, oficial de mi Dirección, de derecho, y de hecho verdadero Ministro de Fomento, amo y señor y árbitro de nuestras voluntades y de todos nosotros. Vd. comprenderá que, si yo hubiese podido, aunque no le quisiera a Vd. ni pizca, por interés le hubiera traído a mi lado para que me ayudase a desempeñar esto y a dar decretos, reglamentos y disposiciones arreglándolo todo a nuestro gusto; pero yo no puedo dar empleo ni disponer de cosa alguna (…) me temo que no he de poder resistirme y que no he de tardar en irme. Ya que dije a Vd. un secreto y me desahogué, le escribiré otro día dando pormenores de esta desdichada y poco airosa situación» (EVL-130, 6-VII-1871); «Ya Vd. sabrá como las mudanzas políticas me han obligado a hacer dimisión que, al fin, ha sido aceptada. Siento de veras haberme ido de la Dirección de Instrucción Pública sin hacer nada por Vd., sin haberle traído a la misma Dirección de oficial, guardando Vd. su cátedra que hubiera quedado a cargo de un auxiliar; pero, amigo mío, yo he sido un poco Director in partibus infidelium con un personal impuesto por Ruiz Zorrilla y por su valido el Sr. Picatoste. Contra esto nada podía yo. No crea Vd. que esta privanza y omnipotencia de Picatoste y esta impotencia mía han dejado de influir en mi dimisión y en que yo la haga con gusto. El hombre pone y Dios dispone, y quién sabe lo que será; pero yo pongo ahora y me propongo no volver a aceptar destino alguno como no sea Ministro de la Corona o Ministro Plenipotenciario. Estoy harto de sufrir las chinchorrerías de los Gefes» (EVL-132, 1-VIII-1871).

{35} Escrita por amanuense dirige una carta Valera a Laverde (EVL-127, 1-V-1871) en la que se lee: «Confíe V. en que muy pronto, como desea, le haré venir a Madrid como juez de un tribunal de oposiciones»; dos meses después, el 1º de julio, poco antes de dimitir Valera como Director General de Instrucción Pública, firma el Oficio por el que se nombra a Laverde vocal del Tribunal de oposiciones a las Cátedras de Geografía e Historia vacantes en los Institutos de Avila, Canarias, Castellón, Las Palmas, León, Oviedo y Zamora. En esta época Laverde había intercedido sin éxito ante Valera, impulsado por Augusto Ulloa, para que Santander y Oviedo formaran una única región agrícola, al margen de Vizcaya y Guipúzcoa, y para que la Granja modelo que entonces correspondiera se instalara en Nueva (la respuesta a Valera del responsable de esta posible decisión, Sabino Herrero, fue que no se pensaba fragmentar la región agrícola y que de hacerlo la Granja modelo se instalaría en la población más importante, Santander).

{36} Escribe Menéndez Pelayo a su amigo Antonio Rubio en 30 de mayo de 1874, sin haber cumplido los dieciocho años (EMP 1-104): «Hoy, mi queridísimo Antonio, estoy lleno de temores y sobresaltos. Figúrate que el Sr. D. Nicolás Salmerón y Alonso, ex-presidente del Poder Ejecutivo de la ex-República Española y catedrático de Metafisica en esta Universidad, entra el día pasado en su cátedra y después de limpiarse el sudor, meter la cabeza entre las manos y dar un fuerte resoplido, pronuncia las siguientes palabras, que textualmente transcribo, sin comentarios ni aclaraciones: 'Yo (el ser que soy, el ser racional finito) tengo con Vds. relaciones interiores y relaciones exteriores. Bajo el aspecto de las interiores relaciones, nos unimos bajo la superior unidad de la ciencia, yo soy maestro y Vds. son discípulos. Si pasamos á las relaciones exteriores, la Sociedad exige de Vds. una prueba; yo he de ser examinador, Vds. examinandos. Tengo que hacerles a Vds. dos advertencias, oficial la una, la otra oficiosa. Comencemos por la segunda. Como amigo, debo advertirles a Vds. que es inútil que se presenten a exámen, porque estoy determinado a no aprobar a nadie, que haya cursado conmigo menos de dos años. No basta un curso, ni tampoco veinte para aprender la Metafísica. Todavía no han llegado Vds. a tocar los umbrales del templo de la ciencia. Sin embargo, por si hay alguno que ose presentarse a examen, debo advertirle oficialmente que el examen consistirá en lo siguiente: 1º Desarrollo del interior contenido de una capital cuestión en la Metafísica dada y puesta, cuestión que Vds. podrán elegir libremente. 2º Preguntas sobre la Lógica subjetiva. 3º Exposición del concepto, plan, método y relaciones de una particular ciencia filosófica, dentro y debajo de la total unidad de la Una y Toda Ciencia'. Como nos quedaríamos todos al oír semejantes anuncios, puedes figurártelo, considerando que Salmerón no nos ha enseñado una palabra de Metafísica, ni de Lógica subjetiva, ni mucho menos de ninguna particular ciencia (como él dice), pues en todo el año no ha hecho otra cosa que exponernos la recóndita verdad de que la Metafísica es algo y algo que a la Ciencia toca y pertenece, añadiendo otras cosas tan admirables y nuevas como esta, sobre el conocer, el pensar, el conocimiento que (palabras textuales) 'es un todo de esencial y substantiva composición de dos todos en uno, quedando ambos en su propia sustantividad, o más claro, el medio en que lo subjetivo y lo objetivo comulgan' y explicando en estos términos la conciencia, como medio y fuente de conocimiento. 'Yo me sé de mí (¡horrible solecismo!) como lo uno y todo que yo soy, en la total unidad e integridad de mi ser, antes y sobre toda última, individual, concreta determinación en estado, dentro y debajo de los límites que condicionan a la humanidad en el tiempo y en el espacio'. En tales cosas ha invertido el curso y ahora quiere exigirnos lo que ni nos enseñó ni nosotros hemos podido aprender. Esto te dará muestra de lo que son los Krausistas, de cuyas manos quiera Dios que te veas siempre libre. Por lo tanto he determinado examinarme aquí de Estudios críticos sobre Aut. Griegos e Historia de España, y después al paso que voy a Santander, me detengo en Valladolid y me examino allí de Metafísica, librándome así de las garras de Salmerón». El mismo día explica a sus padres sus propósitos de no examinarse con Salmerón y de hacerlo en Valladolid, de paso hacia Santander (EMP 1-106): «Tú no comprenderás algunas de estas cosas, porque no conoces a Salmerón ni sabes que el krausismo es una especie de masonería en la que los unos se protegen a los otros, y el que una vez entra, tarde o nunca sale. No creas que esto son tonterías ni extravagancias; esto es cosa sabida por todo el mundo».

{37} En otra carta a Antonio Rubió de 12 julio 1874 (EMP 22-1018, recién publicada en el último volúmen del Epistolario, pues la familia Rubió no entregó estas cartas de Menéndez Pelayo hasta junio de 1989) leemos: «Tuve que detenerme en Madrid hasta el 26 del mismo mes [junio], para hacer oposiciones [al premio] a 'Historia de España'. Hicelas en efecto y obtuve el premio. Terminados todos estos enredos, me puse en camino para Valladolid, donde me detuve hasta el 30 del mes, examinándome y siendo aprobado en la asignatura de Metafísica. Aquí me tienes, pues, libre y desembarazado de todo temor a los discípulos de Krause y preparándome para graduarme en Setiembre de Licenciado en Letras. Valladolid no me ha parecido del todo mal, pero prefiero con mucho a mi Santander. Como estuve en aquella muy pocos días, no te puedo dar noticias mas individuales (…). Puesto que tanto os agradan los metafísicos arranques del ser racional finito, llamado Salmerón, ahí te envío una leve muestra de sus apuntes, bastante para hacer reír al lector más melancólico y taciturno. Te advierto que no he alterado una sola palabra del texto. Se trata de la razón: 'No es la Razón mera facultad de las Ideas, si por estas se entiende el conocimiento del Objeto, como Todo puro abstracto de la determinación sensible –que es la idea entitativa, reinante hasta ahora en la Historia de la Ciencia– sino que es la total propiedad del ser racional finito, de la unidad de su ser y esencia a todas sus relaciones interiores, exteriores y compuestas, inferiores, coordinadas, superiores y supremas orgánicamente, segun la cual recibimos en la esfera del Conocer la presencia del Objeto mínimo o máximo, en la absoluta unidad, en la cual el que conoce y lo Conocido son vistos como en lo uno y de lo uno que son ambos términos, es decir, el ser que funda la respectiva sustantividad del Sujeto y del Objeto en la relación, dando lo esencial común en que se unen y distinguen juntamente, como el medio absoluto sobre los términos'. ¿Has entendido algo? Pues yo tampoco.»

{38} «Empiezo por participarte que ya soy Licenciado en Filosofía y Letras, habiendo obtenido el título por premio extraordinario. Voy a explicarte cómo se ha verificado esto: Has de saber (¡oh amigo mío muy querido!) que deseando no tropezar con la falange Krausista, que tantos malos ratos me hizo pasar en Junio, deliberé buscar asilo en la Universidad Vallisoletana y recibir en ella el título de Licenciado. Con este objeto te pedí una certificación de los estudios hechos en ésa (por cuyo envío te doy las más expresivas gracias), y apenas lo tuve en mi poder, que sería hacia el 20 de Setiembre, me trasladé a tu querida patria, de la cual siempre conservaré gratos recuerdos. Como salí tan apresuradamente de Santander, no tuve tiempo ni para contestarte siquiera. Llegado a Valladolid, presenté en la secretaría de la Universidad mis papelotes, y después de mil diligencias oficinescas, cuya enumeración sería prolija y enojosa, me señalaron día para el grado. Presenteme a su tiempo, y después del consabido encierro, practiqué los dos ejercicios, terminados los cuales fui declarado Licenciado en Letras con la nota de Sobresaliente. Inmediatamente presenté solicitud para el premio extraordinario. Hice los ejercicios el día 30. El punto que me tocó fue éste: 'Conceptismo, culteranismo y gongorisino – Sus precedentes históricos – Sus causas y efectos en la poesía española'. Nuevo encierro por espacio de seis horas, al cabo de las cuales leí mi discurso y el Tribunal me adjudicó el premio extraordinario, al cual, como sabes, va unida la dispensa de los derechos del grado. Al día siguiente (1º de Octubre) tomé el camino de Madrid, en donde seguiré este año estudiando las asignaturas del Doctorado» (Carta de MP a Antonio Rubió, 5-oct-1874, EMP 22-1020 = 1-127).

{39} Miguel Cascón, S. J., Menéndez Pelayo y la Tradición y los Destinos de España (con un comentario de Teófilo Ortega), Imprenta de la Federación, Palencia 1937, 83 págs. Es el mismo autor de Los jesuitas en Menéndez Pelayo (Santarén, Valladolid 1940, 613 págs.), libro preparado antes de la guerra (el prólogo de Enrique Sánchez Reyes lleva fecha 19 enero 1936) que se publicó gracias a que Dios libró al autor de la horda marxista (pág. 28), y en el que puede consultarse un nomenclator bibliográfico que incluye más de mil jesuitas citados por don Marcelino en sus obras. Otro jesuita, Arturo Mª Cayuela, publicó la antología Menéndez y Pelayo, orientador de la cultura española (Editora Nacional, Barcelona 1939), con prólogo firmado en Zaragoza, agosto de 1938, III Año Triunfal.

{40} «Cabalmente hace ya un mes lo menos que bulle en mi cabeza la idea de la carta-prólogo; pero no acierto a parirla. Mandeme V. un boceto, a ver si con su ayuda logro salir del apuro; es decir, un borrador de carta, que podrá versar sobre la importancia de conservar la tradición científica para la independencia nacional, de que la defensa de nuestra ciencia antigua, no solo es cuestión patriótica, si no también religiosa, que llamando las inteligencias a su estudio se las apartará de la política, y cuanto a V. se le ocurra que a mi se me ocurre bien poco y aun a ese poco no se darle forma» 28-VII-1876, EMP 2-51. Sugiere Meriéndez Pelayo: «En la carta-prólogo pudiera vd. seguir poco más o menos este plan. Olvido actual de la ciencia española – Menosprecio con que algunos la miran – Sus causas, 1ª mala voluntad hacia el catolicismo, 2ª espíritu de secta y exagerado orgullo, 3ª influjo de la moda, 4ª dificultades con que se tropieza para conocer nuestra ciencia por rareza de los libros &. 5ª Abandono de la lengua latina – Necesidad de remediar tales daños 1º por interés religioso, 2º por interés nacional (necesidad de la autonomía de España en el orden científico como en el literario. Los pueblos decaen en todos sentidos cuando carecen de vida propia en el terreno filosófico, &.), 3º por interés científico universal (está aún por hacer el capítulo de España en la historia de muchos conocimientos y disciplinas) – Medios de remediar la común ignorancia (puede vd. dar nueva forma al pensamiento capital de estas cartas) – Importancia de las apologías y defensas de la ciencia nacional – Recuerdo de los trabajos anteriores de ese género (Matamoros, Denina, Forner, Cavanilles, Lampillas &.&.) Juicio de estas Cartas y de su autor – En el concepto polémico – En el bibliográfico – Indicaciones sobre la Historia de los Heterodoxos y su introducción» 2-VIII-1876, EMP 2-52. Pero confiesa Laverde: «Muy buenas son las notas que V. me envía para la carta-prólogo, luminosas indicaciones contienen; pero veo que, si V. no me ayuda en mayor escala, no llegará a salir cosa de provecho. Tan estéril está mi imaginación, tan premiosa mi pluma, tan perdido tengo el arte de escribir. No puede V. figurarse las cuartillas que llevo ya escritas, tachadas y vueltas a escribir para no sacar en limpio casi nada. Así, pues, para no calentarme más los cascos, cosa a mi salud harto nociva, determino enviar a V. el plan e ideas capitales de mi epístola y rogarle que se convierta por unas horas en mi Scrio. particular, olvidándose por completo de sí mismo. Desarrolle V. mis ideas, añada y quite cuanto le parezca oportuno, y dé a todo formas literarias, y creo que saldrá una cosa presentable. Lo copio yo luego, le doy algún toque de mi estilo, lo envío a Medina, y Pax vobis» 6-VIII-1876, EMP 1-53.

{41} Años más tarde escribe Menéndez Pelayo a Valera: «Hemos tenido aquí a la Pardo Bazán cerca de dos meses y ha acabado de empalagarme. Tiene el gusto más depravado de la tierra, se va a ciegas detrás de todo lo que reluce, no discierne lo bueno de lo malo, se perece por los bombos, vengan de donde vengan, y no tiene la menor originalidad de pensamiento, como no sea para defender extravagancias. Esto se lo digo a Vd. en confianza, porque la mujer ha estado conmigo cariñosísima. Pero no puedo transigir con su literatura, aunque reconozco que tiene vasta cultura y facultades de asimilación y talento de estilo» (EMP 8-434, 29-VI-1887).

{42} Decía Canga Argüelles, entre aplausos y gritos de ¡viva León XIII!, al inaugurar el Círculo Católico de Madrid, el mes de abril; ver Boletín de La Unión Católica, nº 4-6, abril-junio 1881, pág. 148. En las págs. 160-161 se da noticia de la constitución de la Unión Católica en Santiago de Compostela el 27 de marzo de 1881, para «conservar intacto para las nuevas generaciones el sagrado depósito de nuestras creencias, entendidas, explicadas y reducidas a la práctica, no según el ingenio de los sabios, sino según las instrucciones del Papa y los Obispos, única autoridad competente en materias religiosas», y aparece 'Gumersindo Laverde, Catedrático de la Universidad' entre los firmantes.

{43} Pocos días después de morir Laverde, su viuda pide ayuda a Menéndez Pelayo (la legítima produce 2000 rs; los derechos pasivos 4200; el hijo estudia 3º de Leyes), esperando que obtenga algo directamente para «el hijo de Laverde» o a través de la venta de una edición de poesías de su difunto (no se acuerda de los ensayos): «En tan aflictiva situación acudo al amigo querido de Gumersindo, para que ampare a esta desgraciadísima viuda; bien consiguiendo del Gobierno 4 o 5.000 rs. anuales para que el hijo de Laverde, que tanto trabajó por las letras españolas, siga sus estudios o bien coleccionando sus poesías y con un prólogo de V. imprimirlo y ponerlo en venta. En fin, amigo mío vea V. que medio será mejor para que el Laverde pequeño, acabe su carrera y siga el ejemplo de su amado Padre» (20-X-1890, EMP 10-597). Poco después puntualiza la viuda: «Además aún el día antes al de su muerte, volvió a encargarnos, que no se imprimiese ninguna de sus composiciones y escritos, sin que antes las corrigiese V. y sin el permiso de la autoridad eclesiástica» (15-XI-1890, EMP 10-637). Menéndez Pelayo asume el compromiso de intentar la edición de los escritos de Laverde, en la que colaborará Fermín Canella. En enero, la familia le envía copia de las poesías de Laverde y el hijo, Jesús Laverde Gayoso, que le escribe por vez primera, vuelve a recordar el deseo paterno: «Uno de los encargos que nos hacía muchas veces, y que en víspera de su muerte me repitió, fue que no se imprimiese ningún verso ni escrito suyo sin licencia de la autoridad eclesiástica, por lo que le agradeceremos a V. mucho que lo que juzgue oportuno imprimir lo someta a dicha censura» (8-I-1891, EMP 11-9). Por su parte, Fermín Canella trata también con Menéndez Pelayo de la edición (Oviedo, 22-I-1891, EMP 11-20), implicando a Protasio G. Solís, antiguo director de El Faro Asturiano y Revista Asturiana, que puede facilitar los trabajos allí publicados, y le informa que posee «igualmente, inapreciable ejemplar de sus Estudios críticos, con muchas adiciones y correcciones autógrafas de Gurnersindo».

Menéndez Pelayo no anduvo excesivamente ágil al mover la edición póstuma de las obras de su amigo, quizá como rechazo al agobio al que le somete la familia de Laverde: una recomendación en enero a favor de un tal Velón (EMP 11-8), nuevas urgencias para que recomiende el abono de los derechos pasivos en marzo (EMP 11-110). El misma Canella, en abril reclama contestación a su carta sin respuesta de enero de 1891 (EMP 11-115). Menéndez Pelayo da buenas palabras a la viuda, que se tranquiliza pensando en «las ventajas» que puede obtener con la edición: «En el alma agradecemos a V. lo que nos dice, de que no descuida el preparar la edición de los trabajos de nuestro Gumersindo. Quiera Dios que halle editor, que los imprima con algunas ventajas. Llevamos pasada una temporada de penurias (…) mis derechos pasivos se quedan reducidos a 4.000 rs. (…) el finado, que hasta que voló al cielo, no pudo apartar del pensamiento lo mal que quedabamos, pedirá para V. muchos bienes espirituales y temporales, como los pedimos nosotros, pero él será mas oído que nosotros, que carecemos de sus admirables virtudes» (22-IV-1891, EMP 11-142). A Canella, a quien contesta en junio (EMP 11-231), confiesa sin embargo Menéndez Pelayo que «encontrar editor no es difícil, pero yo quisiera que este editor pagase algo a la familia de Laverde». La viuda, aprovechando el primer aniversario de Laverde vuelve a recordar el asunto de la edición (EMP 11-365). Menéndez, un mes después, reconoce que no hay editor que pague, como mucho que publique. A Doña Josefa parece no importarle, porque se le ha ocurrido que Menéndez Pelayo, con su influencia, podrá lograr que el Ministerio de Fomento compre los ejemplares que le corresponderían (6-XII-1891, EMP 11-418): «respecto a la impresión de los escritos de nuestro inolvidable Gurnersindo, veo que es casi imposible encontrar editor que pague a no ser con ejemplares y por mas que nuestras circunstancias presentes son bastante apremiantes, lo que más deseo es ver cuanto antes sea posible impresos sus escritos, por lo que si V. encuentra editor aunque se limite a pagar con ejemplares, me daré por satisfecha mucho más si parte de ellos, con la legítima y grande influencia de V., el mejor de los amigos del finado, se consigue que los tomen en el Ministerio de Fomento». En febrero de 1892 (EMP 11-508) la viuda acepta que sea Mariano Catalina quien edite a Laverde a cambio de cien ejemplares (que ella espera compre Fomento, a su beneficio) y vuelve a castigar a Menéndez Pelayo con su inquisitorial advertencia: «Creo que ya le dije a V. que Gumersindo nos encargó mucho que no se imprimiesen sus escritos sin el permiso de la Autoridad eclesiástica». Al mes siguiente Josefa Gayoso (EMP 11-551), como parece ya asegurado el asunto de la edición, vuelve a pedirle a Menéndez Pelayo (recordando una promesa que al parecer habría hecho para cuando Cánovas subiese al poder), esta vez bien «una canonjía en cualquier parte de España o un beneficio en Galicia» para su pariente José Ferreiro Gayoso. Menéndez Pelayo (EMP 11-571), con paciencia, reclama detalles de la canongía a la que aspira el pariente «porque las recomendaciones que se hacen en términos generales tienen menos fuerza que aquellas en que se indica el puesto y la localidad que se desean», y le dice a la viuda que «para dar comienzo a la impresión de las obras de nuestro Gumersindo (…) me hace falta un ejemplar de los Ensayos con las notas y correcciones que hizo el autor en los últimos años de su vida. Creo que Vds. deben de conservar algún ejemplar corregido de esta forma, el cual yo devolveré en cuanto la impresión esté hecha». A vuelta de correo recibe el benefactor el libro, «téngalo V. todo el tiempo que lo necesite», y la apetencia de Ferreiro, que desea la vacante de Arcediano en Santander (EMP 11-579).

El heroico 2 de mayo de 1892, Menéndez Pelayo (EMP 11-579) acusa recibo del ejemplar anotado de los Ensayos pero informa que «el editor Sr. Catalina que, según parece anda muy ocupado ahora con sus atenciones de Director de Obras Públicas, no ha dado todavía orden de comenzar la impresión, pero le meteré prisa para que lo haga, a ver si en otoño podemos dar el primer tomo de los tres en que, según yo creo, debe dividirse la publicación». La viuda vuelve a recordar en mayo y junio al candidato a canónigo, al que desea sacar «del ambiente endurecido de Monforte», y a finales de julio, Menéndez Pelayo, que ya decide que no puede hacer nada por Ferreiro, tampoco ve clara la viabilidad de la edición: «Me tiene muy aburrido la tardanza del Sr. Catalina en dar principio a la edición de las obras de nuestro inolvidable Laverde. Como dicho Sr. es actualmente Director de Obras Públicas, tiene en gran atraso y abandono sus negocios editoriales (…) Le apremiaré para que lo haga, y caso de no poder conseguirlo, buscaré otro editor, porque tengo tanto interés como Vds. en que la obra se haga y no quiero ser tachado de negligencia por cosas que no dependen de mí y en que no tengo culpa» (Santander, 26-VII-1892, EMP 12-20). Josefa Gayoso en noviembre de 1892 (EMP 12-106), abril (EMP 12-281) y noviembre de 1893 (EMP 12-441), viviendo de nuevo en Lugo, sigue interesándose por la edición que debía hacer Catalina. Al mes siguiente (EMP 12-448) pide protección para su hijo, ya licenciado. En marzo del año siguiente vuelve la viuda (EMP 12-587) a preguntar por Catalina y por la colocación de su hijo. Fermín Canella (seguramente movido por la viuda) vuelve a recordar a Menéndez Pelayo que «este verano deberíamos reunir todos los materiales para publicar las obras del inolvidable Gumersindo Laverde» (Oviedo, 10-III-1894, EMP 12-590). El proyecto de edición a cargo de Catalina parece cancelado.

{44} La nueva esperanza se abre a la viuda en abril de 1894. Pide informes a Menéndez Pelayo, pues una persona respetable le ha preguntado cuánto costaría la impresión de los escritos de Laverde (EMP 12-615). Unos días después (EMP 12-624), tras dolerse de que les han tenido que prestar dinero para que su hijo pudiese obtener el título de licenciado, desvela la identidad de aquella persona respetable interesada, el Obispo de Lugo, ya trasladado a Burgos. Confiada en el padrinazgo episcopal y como Catalina no acaba de iniciar la edición, le pide que le devuelva los originales que hacía dos y tres años estaban en su poder. A principios de mayo acusa recibo de los originales que Menéndez Pelayo se ha apresurado a devolver (EMP 12-624), y le anuncia a don Marcelino que será visitado por el pariente Ferreiro Gayoso.

El primer día del año 1895 la viuda de Laverde (EMP 13-179) vuelve a ponerse en manos de Menéndez Pelayo, pues el ya Obispo de Burgos no puede hacer nada por la ansiada edición, y le sugiere, por decir algo, que ofrezca la impresión a la Real Academia Española. Además comunica que a principios de febrero se casará su hija Pura «con un joven hijo de una familia amiga y que si bien no es rico, reúne las mejores condiciones morales», Julio Buide. A su hijo Jesús prefiere colocarlo en Madrid «para que pudiese hacer oposición a alguna cosa». En junio las recomendaciones ya se amplían al yerno Julio Buide, al que quieren se nombre interino de francés del Instituto de Lugo (EMP 13-378-379), petición en la que insiste la hija de Laverde, ya que su difunto padre les decía que cuando él faltase Menéndez Pelayo sería su segundo padre. Las cartas son repetitivas, de la madre o del hijo (que refiriéndose a lo que tantas veces le ha pedido su madre sin saberlo él, dice, ruega que su posible colocación sea en Madrid, no en Galicia, pues desea abrirse vida independiente y prepararse, después de doctorarse, para una cátedra de Derecho (6-XII-1895, EMP 13-535). En mayo de 1896 Josefa Gayoso ruega a Menéndez Pelayo que no les abandone y mire si el Marqués de Comillas, o Valera o Campoamor pueden colocar al hijo de Laverde (EMP 13-714). En julio de 1897 vuelve a preguntar por el ya olvidado Catalina, por si piensa imprimir los escritos de Laverde (EMP 14-312). Dos años después, marzo de 1899 (EMP 15-177), la viuda de Laverde sigue suplicando, ahora una colocación para su yerno Julio Buide, pero que no sea inferior a 6000 reales, pues tiene tres hijos. Vuelve a preguntar si puede conseguir la impresión de los escritos de Gumersindo. En diciembre de 1900 (EMP 15-886), Asunción Laverde, desde Nueva, sobrina de Gumersindo y huérfana con cinco hermanos menores, ruega la ayuda de Menéndez Pelayo para que una hermana entre en el colegio de niñas de Leganés.

{45} En la carta en que anuncia la muerte de su madre pide Jesús Laverde colocación honrosa en Madrid y sugiere la posibilidad de publicar las poesías de su padre (EMP 16-449). En mayo o junio se entrevista personalmente con don Marcelino en Madrid, donde busca la recomendación del Marqués de Pidal. Ahora de lo que se trata es de publicar las poesías (los ensayos parecen olvidados) (EMP 16-504). El 17-VII-1902 Jesús Laverde, desde Lugo, escribe al que le gustaría fuese su protector una lacrimógena carta, que pretende tocar la fibra sensible del amigo de su padre, objetivo que un lector desapasionado del epistolario observa que no logra, quizá por lo directo que aparece el interés: «A mi hermana única, a la que anuncié la probable publicación de las poesías de nuestro padre, pedí algún dato, que yo no tenía, y se alegró muchísimo. Lo que V. haga bien está para nosotros (…) ¿Y un destinillo de ocho mil en la Trasatlántica en Coruña para mi cuñado Julio Buide no se conseguirá del Marqués de Comillas por medio del de Pidal?» (EMP 16-526). Ese mismo mes (EMP 16-553) informa que traerá las cenizas de su padre de Santiago a Otero de Rey, donde están sus antepasados (¡pero de parte de madre!); en agosto (EMP 16-544) le ruega le acuse recibo del cuaderno que le envió en que iban copiadas las poesías de su padre y en septiembre (EMP 16-570) describe el traslado a Otero de Rey de las cenizas de Laverde, y se pregunta si se editarán por fin sus libros.

Coincidiendo con los doce años de la muerte de Laverde (EMP 16-600) su hijo, que todavía sigue pidiendo una colocación, informa de una nueva posibilidad de edición de las poesías de Laverde. Se trata de que formen folletín en El Pensamiento de Asturias, para después editarlas en libro. Menéndez Pelayo (Madrid, 24-X-1902, EMP 16-612) está de acuerdo, desea corregir las pruebas y con las últimas remitirá el prólogo que le piden. En abril de 1903 (EMP 16-810) Jesús Gayoso amplía datos: el intermediario, Comas, quiere que se haga una presentación, y si Menéndez Pelayo no puede (ya había dicho que no le parecía oportuno) propone a Pereda, aunque el impresor prefiere Vázquez de Mella. En junio de 1903 (EMP 17-18) Jesús Laverde habla de una edición de 650 ejs. en papel de lujo, en 8º, y 250 pgs., que costarán 90 céntimos cada uno y el conjunto cerca de 650 pts., «como mi único afán es honrar del algún modo la memoria de mi padre, creo que con un limitado número de ejemplares habría los bastantes para repartir a algunos amigos y cubrir en parte los pequeños gastos de la impresión». Aparece un Víctor Cueto Vigil, párroco de Pría, que fue amigo de Laverde, interesado en colaborar en la edición. Menéndez Pelayo (EMP 17-23) ve preferible publicar un tomo con escritos varios a uno solo de poesías y se ofrece a corregir pruebas y a escribir el prólogo. En julio de 1903 (EMP 17-43) Jesús Laverde envía a Menéndez Pelayo la carta de Comas en la que se confirma que los Sres. Navarro se avienen a imprimir las obras de Laverde, parece que ha llegado la hora de ver publicadas las obras; y don Marcelino, desde Santander (12-VII-1903, EMP 17-50) se reafirma en su disposición a corregir las pruebas, en que sobran artículos de presentación, en que el prólogo se imprimirá cuando el texto esté acabado, con foliación distinta y que tiene ya dispuesto el cuaderno de poesías para enviarlo a Oviedo o donde sea. El final de esa carta creemos que es significativo del grado de hartura que debía experimentar Menéndez Pelayo al tener que soportar las insípidas cartas del hijo de su maestro, pues no evita poner en su sitio al engreído heredero (a lo menos del apellido, que sólo hace figurar en el remite de sus cartas el nombre y la ciudad), a quien sugiere: «No gaste Vd. dinero en certificar sus cartas, porque de todos modos llegan a mis manos. En cambio debe Vd. poner en las suyas las señas de su casa, para evitar extravío». José Comas, en julio (EMP 17-63), escribe a Menéndez Pelayo desde Coviella (Arriondas) para que envíe las poesías de Laverde directamente a los Sres. Navarro (Calle de Arguelles 1, Oviedo), y, dándoselas de ocupado y atareado, se ofrece a corregir las pruebas a partir de octubre. Jesús Laverde, como sólo tiene un ejemplar de los Ensayos, si no aparece otra copia, tendrá que hacer una copia manuscrita para enviar a la imprenta (EMP 17-59). Don Marcelino, quizá molesto por el tono de la carta de Comas, no le envía hasta finales de septiembre (cuando dejaría de estar ocupado), el cuaderno de versos de Laverde, pidiendo las segundas pruebas (30-IX-1903, EMP 17-147), y propone al hijo de Laverde el plan de la edición: «como no tenemos ejemplar de los Ensayos para enviar a la imprenta, puesto que ni Vd. ni yo hemos de exponer a extravío o deterioro los que poseemos como recuerdo muy preciado, es menester que Vd. copie o haga copiar los siguientes artículos, que a mi juicio, tienen utilidad permanente y deben ser reimpresos: De la fundación de una Academia de Filosofía Española 21, Vida y poesías de Montengón 107, De la enseñanza teológica en España 224, Doloras, de Campoamor 233, El plan de estudios y la historia intelectual de España 255, La Filosofía Española. Indicaciones bibliográficas 328, Jovellanos católico 393, Historia de la crítica literaria en España 432, Del tradicionalismo en España 466. A estos nueve estudios tomados de los Ensayos deben añadirse otros dos publicados en la Revista de España: uno sobre Estudios Bíblicos y otro sobre Curso de Literatura de Canalejas. Si Vd. no los conserva, yo los haré copiar de la Revista, en Madrid». Jesús Laverde informa (Lugo, 6-X-1903, EMP 17-155) que Canella proporcionará directamente los artículos de los Ensayos, cuya relación ha enviado a Comas, felicitándole por haber sido nombrado magistral de la Colegiata de Covadonga.

La siguiente carta, casi tres meses después (Lugo, 30-XII-1903, EMP 17-273), lleva a Menéndez Pelayo la noticia de que El Pensamiento de Asturias ya ha terminado la publicación de las poesías de Laverde (Menéndez Pelayo contesta que siente «mucho que hayan impreso las poesías sin mandarme pruebas, porque es muy delicada la corrección en este género de trabajos»), y la petición de una copia de la lista de artículos que había seleccionado de su padre, pues la que envió en septiembre la tiene en «la aldea» (Otero de Rey). El paciente Marcelino rehace la lista (Santander, 3-I-1904, EMP 17-281): «Los artículos que deben copiarse del libro de Ensayos son los siguientes, como ya en otra indiqué a Vd.: De la fundación de una Academia de Filosofía Española; Observaciones en defensa de la Historia Crítica de la Literatura Española del Sr. Amador de los Ríos, Apuntes acerca de la vida y poesías de D. Pedro Montengón, Doloras de Campoamor, El plan de estudios y la historia intelectual de España, La Filosofía Española. Indicaciones bibliográficas por D. Luis Vidart, Jovellanos católico, Historia de la crítica literaria en España desde Luzán hasta nuestros días, Del tradicionalismo en España en el siglo XVIII. A estos artículos debe agregarse el discurso inaugural de la Universidad de Santiago sobre Sebastián Fox Morcillo, y dos trabajos publicados en la Revista de España», pero al rehacerla, sobre la primera lista ha cambiado «De la enseñanza teológica en España» por «Observaciones en defensa… de Amador de los Ríos». El hijo de Laverde contesta que no pudo controlar la edición de las poesías en El Pensamiento de Asturias, que Comas está animado a seguir con la impresión, y alude al mecanismo de tal edición, en la que invertirá algo (y se deduce, por las explicaciones, que esperando obtener algún beneficio): «la impresión puede decirse casi gratis, pues solo les ofrecí, además de cobrarse con ejemplares, una corta cantidad en metálico y se avinieron a mis proposiciones. Parece que el papel será bastante bueno, en fin, estoy con curiosidad por ver algo: ya les he indicado que mi fin no es obtener un lucro, sino honrar a mi inolvidable y buen padre» (EMP 17-309). Jesús Laverde se muestra torpe en la preparación de la edición, pues debe recurrir a Menéndez Pelayo (EMP 17-314) para resolver asuntos técnicos menores, de los que Don Marcelino dice no entender, y tampoco le envía pruebas de imprenta, que tenía interés en corregir, porque no se atreve a pedírselas a Comas, a quien dio plenos poderes (EMP 17-338). Es claro el interés del magistral de Covadonga por encargarse de la edición dejando al margen a Menéndez Pelayo (de quien interesa sólo la firma en el prólogo y las influencias, para colocar ejemplares), y que ésta se limite a poesías, obviando ensayos demasiado laicos. En abril de 1904 (EMP 17-422) Jesús Laverde aprecia las variantes entre las dos selecciones de ensayos y (EMP 17-424) le adjunta carta de Comas para que decida en papel, tamaño, prólogo, y que en la portada debe decir «del Iltmo. Sr. etc.» aunque su padre lo omitiera por modestia. Menéndez Pelayo tarda un mes en contestar (26-V-1904, EMP 17-461) sugiriendo que funda las dos listas y advirtiendo que la edición de los versos es fea y con erratas, que «llmo Sr.» no debe ponerse en la portada de las obras de un autor ya fallecido y que escribirá el prólogo pero al final, cuando vaya adelantando la impresión. La dejadez de Jesús Laverde llega al punto de tener que preguntar a Menéndez Pelayo, a finales de 1904 (EMP 17-711), si le han pedido ya de la imprenta el prólogo o si el magistral le ha escrito, pues él no sabe nada.

Que Jesús Laverde se las prometía, por fin, con la edición de las obras de su padre (tras tantos años de pedir colocaciones y beneficios en vano) podemos deducirlo de los rumores que llegaron a su hermana. Don Marcelino, que, sin duda, sólo por respeto a la memoria de Gumersindo podía soportar el estilo de las cartas y actuaciones de su hijo, se ve sorprendido en mayo de 1905 con una carta (EMP 18-226) muy digna, de Julio Buide, el yerno de Laverde (que había sido recomendado diez años antes), quien, ahora propietario, con buenos resultados, de un Colegio de 1ª y 2ª enseñanza en Villalba, explica interioridades familiares: su madre política, Josefa Gayoso, por beneficiar a su hijo perjudicó a su hija y esposa suya, por lo cual no se hablan, y ahora que ha sabido que están editando los escritos de Laverde, pregunta si es verdad y si habrá algún beneficio, para en ese caso contribuir él a los gastos en la parte que le corresponda. Casi a la vez recibe carta de Jesús Laverde (probablemente sin que sea casual la coincidencia con la reclamación de sus derechos por la hermana) (EMP 18-231) en la que da por cancelado el proyecto, pues hace meses que el Magistral de Covadonga le escribió que se suspendía la publicación del periódico, con lo cual parece se olvida la edición; si algún día se hace, que recuerde lo de su prólogo. La relación de Jesús Laverde con Menéndez Pelayo prácticamente se deshace: en abril de 1906 (EMP 18-776) el hijo de Laverde confirma que de la edición paralizada de su padre sólo salieron unas hojas y que espera que algún día aparezca la edición dirigida por Menéndez Pelayo; en abril de 1910 (EMP 20-843) se adhiere al homenaje que se hace a don Marcelino, y por último, ya enfermo el amigo de su padre le escribe para desear que su estado de salud no fuese tan malo como dicen (Lugo, 27-II-1912, EMP 22-86).

{46} La noticia causó cierta alarma, por el sensacionalismo que se podía derivar de la difusión de opiniones privadas sobre personas que pudiera haber expresado, en la intimidad de la carta a un amigo, el ilustre fallecido. Se moviliza Enrique Menéndez Pelayo que se dirige al Director de la Academia, Alejandro Pidal, para en caso de publicación realizar al menos un expurgo, y al librero Graiño. El asturiano Graiño (con local abierto en Preciados 48), contesta el 19 julio 1912 al desconsolado hermano: «Con efecto, una persona que debe Ud. suponer me ofreció en venta cierto número de cartas del nunca bien llorado Dn. Marcelino (q.e.p.d.), y dada mi veneración por el amigo sin par, abrí trato con el poseedor de ellas dispuesto a comprarselas a todo trance, para lo cual le ofrecí una cantidad que calculo no ha de pagarle ningún particular ni quizá corporación oficial; advirtiéndole de paso que, si bien era dueño en absoluto de la materialidad de las cartas, no lo es así de lo escrito en ellas, ni puede enajenarlas con miras editoriales; pues que la propiedad de todo esto corresponde única y exclusivamente a los herederos del autor. Nada me contestó aún, pero ruego a Ud. que permanezca tranquilo y abrigue toda suerte de seguridades de que, si consigo verlas en mi poder, nadie que no sea Ud. dispondrá de una sola, ni siquiera para leerla», y el 6 de agosto de ese año, pagado ya Jesús Laverde, da Graiño noticia de la compra: «Ya me las he leído casi todas, y en ellas campean tan solo las manifestaciones del alma grande y generosa y la sabiduría sin limites del hombre sin par; no hay en ellas, pues, frase o concepto mortificante para persona determinada, y de todos modos puede Ud. estar tranquilo ante la seguridad que le doy de que solamente nuestro entrañable amigo Bonilla hará uso de ellas al escribir por extenso la biografía que publicaremos en breve de nuestro amigo inolvidable. Son en junto 243 cartas, dirigidas todas a D. Gumersindo Laverde desde 1874 a 1887, y al hijo, según creo, de este Señor se las he comprado. Las había ofrecido a varias personas más y a la Academia Española, y al enterarme de este hecho le puse nueva carta señalándole un plazo para resolver el asunto, gracias a la cual he tenido el feliz éxito que anhelaba». El paquete de cartas de Menéndez Pelayo a Laverde, vendidas por su hijo a Graiño, paso a otras manos hasta llegar a las de Sergio Fernández Larráin, quien se las proporcionó a Ignacio Aguilera para que pudiera iniciar su publicación, que se culminó en 1967 [21]. Las cartas de Graiño citadas en esa edición o en el Prólogo al tomo 1 del EMP.

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