Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo III
La Virgen del Pilar en los fundamentos de la Hispanidad
Sumario: Santiago y la Virgen del Pilar.– Lecciones del Breviario.– Amplitud de la Liturgia.– La Hispanidad y las concesiones pontificias sobre la Virgen del Pilar.– Primeros documentos.– Puntos concretos.– Hechos.– El Poeta Prudencio.– Argumentos.
Los fundamentos apostólicos de la unidad y nacionalidad españolas, que acabo de expresar, constituyen algo así como la peana sobre la cual se asienta la Virgen del Pilar. Porque “la historia de la devoción a la Virgen Santísima en España, dice el Padre Nazario, ha de comenzar por la predicación de Santiago, pues es indudable que con el nombre de Jesús trajo el Apóstol a España el de María; como lo traería también San Pablo, aunque acerca del apóstol de las gentes no conozcamos ninguna tradición mariana”{1}. Veamos ahora el contenido de la Tradición, que va unido al nombre del apóstol Santiago, tal y como nos lo expone la liturgia eclesiástica. “Según piadosa y antigua Tradición asegura, cómo Santiago Apóstol llamado el Mayor aportara a España por inspiración divina y morara por algún tiempo en Zaragoza, dignóse allí la Santísima Virgen dispensarle un insigne beneficio. Una noche, mientras oraba con sus discípulos a la orilla del Ebro, apareciósele la Madre de Dios, la cual vivía aún entre los hombres, y le mandó edificar una capilla. Por lo cual el apóstol, sin dudar un punto, con ayuda de los discípulos, dedicó a Dios una capilla en honor de la Inmaculada Virgen”{2}. He aquí el primer fragmento de ese documento precioso, que se limita a narrarnos la maravilla de la aparición y voluntad expresa de la Madre de Dios, avalado con el sello de la autoridad y examen eclesiásticos. Sigue a continuación el cumplimiento realizado por el Apóstol, y agrandado por la fe de los fieles en el transcurso de los siglos. “A esta capilla se añadió, andando los tiempos, un templo más amplio y capaz, que por la imagen de la Virgen puesta en pie sobre una columna de mármol y allí venerada con grandísima piedad y concurrencia de todo el reino, recibió el nombre del Pilar que hasta hoy se retiene. Y para que el debido culto de Dios y la ferviente devoción de los pueblos a la Virgen reciba cada día más fructuoso incremento, Clemente XII, Pontífice Máximo, permitió celebrar en todos los dominios del Rey Católico, el día 12 de octubre, el oficio de la misma conmemoración”{3}. Esta es la segunda parte de nuestro documento, que constituye un avance en el curso de la Tradición y un jalón deslumbrante en el camino de la Hispanidad, por la coincidencia providencial de fechas que comienza a apuntarse. Ese 12 de octubre, que acaba de sonar por primera vez en esta obra, se repetirá muchas veces, por ser talismán y eje que polariza los extremos de unión y estrechamiento entre la Virgen del Pilar y la Hispanidad. Sigamos adelante.
Con ocasión de hallarse en Roma muchos obispos de España y América y otros países de Hispanidad a causa de la canonización de los Mártires del Japón, se elevaron preces a Su Santidad en sentido de ampliar más y más los privilegios litúrgicos en favor de nuestra Virgen. La respuesta otorgada benignamente dio lugar a estas nuevas palabras añadidas al rezo del Breviario: “Después el Sumo Pontífice Pío VII elevó esta festividad a rito de primera clase con octava y concedió que se rezara en ella oficio propio para el Reino de Aragón; y últimamente Pío IX, Pontífice Máximo, accediendo benévolamente a los fervientes deseos de muchos obispos de los dominios españoles que se hallaban en Roma el año 1886, con motivo de la solemne canonización de los Santos Mártires del Japón y de San Miguel de los Santos, confesor, concedió que este oficio y misa de la Virgen fuesen rezados en toda España por los obligados al rezo de las Horas canónicas”{4}.
Henos, pues, en los umbrales mismos de los documentos de la Virgen del Pilar, con atisbos señaladísimos de hispanismo. Como los Santos Apóstoles, la Virgen del Pilar penetra en el reinado de la Hispanidad con patente de suprema y regia Maternidad. La relación transcrita, por lo que a la Tradición se refiere, está tomada de otra más antigua encontrada en una copia de Los Morales de San Gregorio Papa y conservada en el archivo del Pilar{5}. Se discute la fecha de su escritura, y aunque añadida a un ejemplar que se dice traído por Tajón, parece que prevalece la opinión del P. Risco de que es de fecha posterior{6}. Las palabras más salientes y que añaden nuevas promesas a las del Breviario hasta completar la Tradición, su detalle tal y como la conocemos, son las siguientes: “He aquí, hijo mío, el lugar señalado y destinado para mi honra. En él edificarás una Iglesia en mi memoria y en ella colocarás este Pilar que tengo por asiento, bajado del cielo y construido por manos de ángeles. Junto a él levantarás un altar que se hará famoso por los prodigios obrados y aquí permanecerá hasta el fin del mundo, no faltando nunca en él adoradores”{7}. Distintos de estos documentos son los aducidos por el P. Fita, en el primero de los cuales se citan las crónicas de donde se toman los datos y se señala la venida de la Virgen en el año 40. Y en el segundo aparece por primera vez el nombre de Santa María del Pilar, que desde esta fecha se repite, alternando con el nombre de Santa María la Mayor. La impresión que de la lectura de todos estos documentos se saca, es que parecen escritos después de algún incendio o devastación de que fue tantas veces víctima Zaragoza. El compilador se propuso salvar de las ruinas estas glorias, flotantes entonces en la mente de todos.
Hasta aquí el relato y exposición de la venida de la Virgen en carne mortal a Zaragoza y la enumeración de los documentos. Pero, ¿quiere esto decir que las pruebas de nuestra Tradición comiencen con ellos mismos? De ninguna manera. Si tratásemos de concretar en puntos nuestro estudio, para más claridad de las cuestiones aquí enunciadas, nos expresaríamos así:
1.º Existe una Tradición inmemorial, universal y constante que afirma la venida de la Virgen en carne mortal a Zaragoza, con todas las circunstancias expuestas en los documentos.
2.º Esta Tradición tiene igualmente el apoyo inmemorial y constante de los monumentos. Un templo, cuya existencia parece conocerse ya en el siglo III. Una columna que responde al carácter de la Tradición, de la denominación del templo y de los documentos. Una imagen conforme también con la tradición, cuya trascendencia y universalidad nadie puede negar y cuyo origen y circunstancias tampoco ha sabido nadie exponer saliéndose de la tradición.
3.º Apoyan esta Tradición una serie de hechos fácilmente explicables desde el momento que se la admite; muy difíciles de explicar desde el momento que se la niega. Estos hechos son: El origen y exorbitancia de la fe en Zaragoza. La existencia de mártires en todas las persecuciones. La organización de la Sede episcopal en el siglo III con su clero y su preponderancia sobre todas las Sedes de España. La personalidad de San Vicente como Arcediano de la Iglesia de Santa María. La alusión de Prudencio al Templo de Zaragoza. El sepulcro de San Braulio.
Procediendo ahora por partes, advertimos que nada tenemos que añadir a lo ya dicho, en el punto 1.º, como no sea insistir en la afirmación: La Tradición sobre la Virgen del Pilar se remonta a tiempos inmemoriales, se confirma en los siglos sucesivos por monumentos y se recoge al fin en documentos concretos y circunstanciados.
Respecto a su universalidad, el Dr. Supervía ofrecía ya, hace cerca de cincuenta años, un porcentaje de 400 escritores españoles y 90 extranjeros que la afirmaban{8}. De entonces acá ha progresado inmensamente entre unos y otros; ha sido enriquecida con nuevos argumentos{9} y ha acumulado en su haber testimonios deslumbradores como el de la celebración del XIX Centenario el año 1940.
Lo constante de la Tradición se comprueba igualmente por la trayectoria de fe y devoción expresados en torno al Pilar santo a través de los siglos y más aún, por el robustecimiento y solidez con que ha sobrepujado a las dudas y controversias{10}. Cuantos han escrito después del examen y fallo emitido sobre la Tradición por el Cardenal Lambertini, después Papa con el nombre de Benedicto XIV, establecen una especie de distinción entre lo expresado por las lecciones del Breviario y lo que relatan los demás documentos. Como en nuestro propósito no entra aquilatar detalles, ni aun siquiera probar la Tradición, tomamos esta en conjunto, según la amplitud de los párrafos transcritos y nos ahorramos esas prudentes distinciones. Por lo mismo seguimos adelante, examinando en los monumentos que apoyan la Tradición de la Virgen del Pilar otros tantos jalones naturales de una calzada, sus sendas y sus riberas.
El primer templo levantado por el Apóstol Santiago en honor de Dios y honra de María medía ocho pies de ancho por dieciséis de largo, lo que hoy diríamos una ermita{11}. Esta capilla, nos dice el insigne arqueólogo Fernández Sánchez, “habíase ampliado hacia el siglo II de la Iglesia, como parecen demostrar algunas lápidas sepulcrales encontradas en los alrededores, a mediados del siglo XVII. Concedida la paz a la Iglesia, a principios del siglo IV, por Constantino el Grande, reedificóse con mayor suntuosidad la capilla de la Santísima Virgen. A esta época pertenecen sin duda el capitel corintio y trozo de columna estriada hallados cerca de la capilla de San José, al poner, hace muy pocos años, el pavimento de mármol”{12}. Corroboran la existencia del templo en este tiempo los versos de Prudencio, de indubitable alusión, después del maduro y minucioso estudio del P. Corro{13}. En gracia al conjunto de la Tradición dejamos su transcripción para más adelante, cuando hayamos expuesto los fundamentos de la imagen y columna. Dan fe de la misma iglesia de Santa María el encardinamiento de San Vicente Mártir como arcediano en este mismo siglo, según testimonio de Aimonio{14}, más el enterramiento de San Braulio, obispo de Zaragoza, muerto en el siglo VII y encontrado en el siglo XIII por revelación de San Valero{15}. Unos siglos de silencio debido a la irrupción de los árabes sobre la Península, que confirman la existencia del templo del Pilar en la época visigoda, al menos, ya que durante la época musulmana no se hicieron templos en España. Esta tesis defiende el docto P. Fita: “Una vez que se haya demostrado la existencia de la Iglesia del Pilar durante la época musulmana de Zaragoza, se puede inferir fácilmente que trasciende a la época visigótica, o por lo menos al siglo VII, en que vivió San Braulio. Porque los musulmanes, por regla general, no consentían a los cristianos erigir nuevas iglesias ni amplificar las antiguas”{16}.
Todos los documentos aducidos tendrán más o menos valor, pero es lo cierto que nadie señala otro origen del Templo, ni se vislumbra un rayo de luz saliendo de estas vías. Crece y progresa, pues, con el conocimiento concreto de la Tradición, la robustez de una Iglesia depositaria fiel de otros monumentos preciosos y complementarios. Entre estos, la columna, sobre que se asienta la imagen, adquiere aires de primacía. Su estructura y origen los conocemos a tenor con la Tradición. Al margen de esta relación milagrosa nadie ha osado exponer una nueva teoría. A ella, pues, nos atenemos con absoluta adhesión.
Cosa parecida sucede con la Imagen de la Virgen. Sobre ella corren diversos pareceres, pero todos infundados y aéreos. Si la imagen de la Virgen del Pilar no responde a la Tradición, ni es la misma, debiera constarnos quién la hizo, de dónde vino, por qué se llamó así. De todas las imágenes milagrosas, más o menos confusamente, sabemos el origen. Si alguna ha perecido, sabemos que ha sido sustituida por otra. De la antigua y taumatúrgica imagen de Zaragoza no hay medio de explicar el origen, si se prescinde de la Tradición”{17}. Convengamos, pues, en que los monumentos enunciados son puntales que avalan y fortalecen más y más la venida de la Virgen en carne mortal a nuestra Patria.
Sobre este molde extendamos ahora las estrofas de nuestro gran poeta Prudencio y perfilemos el cauce de nuestra Tradición. Urge advertir, en gracia a su diligente estudiador, que la “oda de Prudencio en honor de los 18 mártires zaragozanos no es un documento de carácter histórico o narrativo, que tenga por objeto el transmitir a la posteridad la noticia de que en el siglo IV existía ya el templo del Pilar; sino que es un canto, un himno, un poema, donde, suponiendo en los lectores conocimiento de dicho templo, canta el poeta las glorias a grandes rasgos, con sublimes alusiones, en las que se ve brillar alguna de sus insignes grandezas”{18}. Hecha esta advertencia del mismo intérprete, deshojemos una a una y sin comentarios aquellas estrofas de la más acentuada alusión, rogando al lector medite, al par de ellas, los documentos expositivos de nuestra Tradición.
Dice así la oda segunda, según la traducción del P. Corro:
“La Iglesia llena de ángeles sublimes
no del mundo fugaz teme la ruina
en su seno llevando tantos dones
de ofrenda a Cristo.”
Es la estrofa más citada por su carácter similar a la tradición de la Venida de la Virgen. Pero respecto del templo no son menos alusivas las siguientes:
“Siempre que en los antiguos torbellinos
tembló el orbe al fragor de la tormenta,
contra este TEMPLO sus mayores iras
lanzó el tirano.”
Y aunque anterior a ésta, no es menos significativa la siguiente:
“De aquí nació tu palma, oh gran Vicente,
el clero aquí creó tamaño triunfo,
aquí lo obtuvo la MITRADA IGLESIA
DE LOS VALERIOS.”
ESTE NUEVO MOTIVO A ZARAGOZA
el mismo Cristo dio para que hubiese
DE UNA MARTIR PERENNEMENTE VIVA
TEMPLO GLORIOSO.
Las dos siguientes y últimas dicen relación a la imagen y columna, sin que el P. Corro se detenga en una de ellas siquiera:
So EL ALTAR SEMPITERNO COLOCADA
por nosotros perdón pide esta turba
a quien guarda la NOBLE CREADORA
de tantos mártires.
Dejad, pues, que los mármoles sagrados,
donde yace aquí oculta la esperanza,
lave yo con mi llanto y así alcance
venia a mis culpas{19}.
Estos son los famosos versos de Prudencio, tan pródigos en discusiones. Quien pretenda, como nosotros (y creemos que cuantos lean el escrupuloso estudio del P. Corro), ver en ellos alusiones, debe atender a su carácter y fin. Quien, por el contrario, atendido su carácter y fin, no se satisfaga con las alusiones que se acusan, no debe tampoco citar el documento como argumento negativo{20}.
En punto a documentos que, después de estos hechos, recogen la tradición y la exponen más o menos detalladamente, creemos deber mencionar “Las Actas de los Santos” de los PP. Bolandos{21}. Como en lo referente a Santiago, se recogen los detalles y documentos de la Tradición con una imparcialidad y esmero sorprendentes. No debe extrañarnos, desde que uno de los colaboradores, el P. Kuper se tomó el interés de venir a España y Zaragoza y examinar el templo con la imagen y archivos. Entre los testimonios que con más anterioridad suelen citarse sin fijarles fecha, es la oración que diariamente reza el Cabildo de Zaragoza en la que se refiere la venida de la Virgen del Pilar{22}. Esta oración está tomada del oficio que se usó en la Basílica del Pilar hasta la reforma de San Pío V y cuyo origen se ignora, adelantándola a todos los documentos conocidos{23}. El Dr. Aina aduce el testimonio de la Misa propia de la Dedicación del Pilar que reza así: “Missa propria dedicationis apostolicae et evangelicae Sanctae Mariae Majoris de Pilari civitatis Caesaraugustae”{24} y añade: “No se olvide que esta Misa, incluída en el Misal mozárabe, pertenece al siglo VI o al VII”{25}. Afirmación que sorprende al P. A. Valle, según expresa desde “Razón y Fe”, al hacer la crítica de la bibliografía pilarista{26}. Mas, “el sello antiquísimo de la Silla Iriense o de Padrón, en que está grabada la imagen de María Santísima sobre el Pilar en ademán de hablar a Santiago, que está arrodillado a sus pies”{27}. La verdad es que estos documentos no se han estudiado en serio, y, si de ellos se hubiese hecho un examen minucioso, semejante al que hizo el P. Corro del Himno de Prudencio{28}, el P. Villada del relato de la monja Eteria{29} y el P. Fita de las Actas apócrifas del IV Concilio de Letrán{30}, otra suerte corriera nuestra Tradición en estos siglos. A estos, documentos siguen los que ordinariamente se aducen ya de siglos posteriores, como los subterráneos que de diversos puntos de Zaragoza se dirigían a la Iglesia del Pilar, descubiertos en el siglo XVII pero de alusión a los tiempos primitivos{31}. “Ara y puerto de refugio” fue para los mozárabes la Capilla angélica, al decir de Zurita, pues sin duda, en virtud de las capitulaciones, que, al tomar la ciudad, hicieron los moros con los cristianos, se les permitió, igual que en otras ciudades, la libertad del culto bajo la dominación musulmana. Así lo demuestra la cofradía que, según la tradición recogida por el historiador D. Jerónimo de Blancas, existía ya por este tiempo. “Consta efectivamente por varios documentos la existencia de prelados zaragozanos en tiempo de la cautividad muslímica como Senior, Eleca y Paterno...”{32}. Moción, hijo de Fruya, deja el 26 de junio del año 987 en su testamento “cien sueldos a Santa María intramuros de Zaragoza y a las santas Masas extramuros de la misma ciudad”{33}. El primer documento en que se escribe Santa María del Pilar es el extendido el 27 de mayo de 1299 por la ciudad de Zaragoza a los peregrinos que acudan a postrarse a los pies de tan venerada imagen{34}. “Un nuevo y probable argumento de la existencia del templo del Pilar en la época visigoda y de su grande riqueza nos da el diligente investigador de las crónicas árabes D. Francisco Codera”{35}. Y toda esta serie de documentos los rubrica la carta de D. Pedro Librana, a raíz de la reconquista de la ciudad del Pilar juntamente con la Bula de Gelasio II{36}. Pero de estos documentos haremos estudios especiales en capítulos sucesivos, ya que constituyen verdaderos sondeos ecuménicos de devoción en torno a la Virgen del Pilar y de reclamos católicos rumbo a la Hispanidad.
{1} N. Pérez. “H. E. M.”, c. 1.º, p. 9.
{2} Breviario Romano, Día 12 de octubre.
{3} Ibi.
{4} Ibi.
{5} Aína. “E. P.”, p. 36.
{6} “E. S.” T. 30, p. 81.
{7} Ibi.
{8} F. Fita. “B. R. A. H.” Supervía, La Virgen del Pilar. Su Templo y culto, p. 6.
{9} N. Pérez. “H. E. M.”, p. 11-13.
{10} N. Pérez. “A. H. V. P.”, p. 6.
{11} P. P. Bolandos, “A. S.” Apéndice, t. 33, p. 114.
{12} P. Zaragoza. “T. H. I. A.” citado por N. Pérez. “A. H. V. P.”, p. 26.
{13} P. Corro. “E. T. P.” A lo largo del folleto.
{14} Migne, “P. L.” T. CXXVI.
{15} Fita. “B. R. A. H.” T. 44. p. 437.
{16} Ibi.
{17} N. Pérez. “A. H. V. P.” Apéndice I, p. 338.
{18} P. Corro, o. c., pág. 6.
{19} Ibi. Arévalo “H. H.” Peristphanen.
{20} N. Pérez, obra citada, p. 343.
{21} P. P. Bolandos. “A. S." Apéndice, t. 33, p. 114.
{22} Aína “E. P.”, p. 36.
{23} Ibi.
{24} Ibi, ps. 30 y 36.
{25} Ibi.
{26} A. Valle. “R. F.” 595. Diciembre de 1940, p. 337. Bibliografía del Centenario.
{27} Aína. o. c., p. 36.
{28} P. Corro. “E. T. P.”
{29} Villada. “H. E. E.” T. 1.º, 2.ª Edic. y “A. B.” “La lettre de Valdrius aux moines du Vierzo sur la bienhereux Aetheria”, t. 29, p. 377, año 1910 y T. 30. p. 444 a 449, año 1911.
{30} Fita, “R. F.” T. 1.º, p. 52 y 53.
{31} “Santiago, Jerusalén, Roma”. Diario de una Peregrinación, t. 1.º.
{32} Risco. “E. S.”, T. 30.
{33} Villada. “H. E. E.”, p. 71.
{34} Ibi, p. 73.
{35} P. Nazario. “H. E. M.”, p. 13.
{36} Flórez. “E. S.” T. 3.º, Apéndices 10 y 11.