Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo IV
Desarrollo de la Hispanidad en torno a la Virgen del Pilar (Zaragoza)
Sumario: La Virgen del Pilar en la predicación apostólica.– Confirmación de sangre.– Aridez de Iberia ante el Cristianismo.– Transformación repentina.– Zaragoza en la primera persecución.– Prudencio y Zaragoza.– Los innumerables.– Félix de Zaragoza.– Obispos.
La venida de la Virgen del Pilar entra de lleno en los fundamentos de la Hispanidad. Esto quiere decir que nuestra Virgen influye directamente en la predicación de la creencia, nervio vital que da cuerpo a la unidad española.
Pero además de la predicación, enunciamos como segundo elemento en la forja de la Hispanidad “una confirmación de sangre”. Tan señalado es también el concurso de la Virgen del Pilar en este segundo elemento, que Menéndez Pelayo, al describirlo, no hace sino bordar el trono o Columna de la Virgen. “La regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos…”{1}. Todo es pilarista aquí.
San Lorenzo, que mece su cuna muy cerca de Zaragoza{2}; los atletas de Tarragona impregnados del aura saludable del Pilar, centro de la España tarraconense, que hasta ellos llega; la Virgen Eulalia, participante del mismo espíritu; Santa Engracia, familiar y estrechamente unida al Pilar, por nacer en Zaragoza y ser, como nuestra Virgen, “mártir perennemente viva”, y, en fin, ¡¡¡LAS INNUMERABLES LEGIONES DE MARTIRES CESARAUGUSTANOS!!! He aquí desdoblado el lienzo sobre el que se borda la espiral progresiva y creciente de la unidad de creencia en España, y mediante ella, del ámbito de la Hispanidad. Para no proceder en confuso, expondremos cronológicamente el curso del Cristianismo en nuestra Patria, partiendo de Zaragoza, y extendiéndose, como el flujo del mar, a cada tempestad de sangre desatada sobre nuestro suelo.
Esta exposición del desarrollo progresivo de la fe en nuestra Patria viene a recoger esa serie de hechos apuntados en el párrafo tercero del capítulo anterior. Hechos, decíamos allí, fácilmente explicables admitida la venida de la Virgen a Zaragoza, difíciles de explicar, rechazada ésta. Porque en la presente cuestión es preciso jugar con dos extremos. Por una parte, al arribar el Apóstol Santiago a nuestra Patria y realizar sus primeras correrías, el fruto recogido es harto escaso, casi nulo. La misma ciudad de Zaragoza se le ofrece como terreno agreste e irreductible y esto, aun cuando la tradición no nos lo dijera, constaríanos por el testimonio irrefragable de la “Historia de los Heterodoxos en España”, donde se prueba el carácter herméticamente cebrado del español para toda doctrina extraña{3}.
“Extraña, por demás, era para los iberos la doctrina del Evangelio, y como a tal la rechazaron, juntamente con su predicador. Pero… al predicar en Zaragoza, algo maravilloso le ocurre a Santiago. Recibe la visita de María, según las circunstancias y pormenores de la Tradición, y “después de tan grata visita, cosecha para Cristo abundantes frutos en su predicación; cesaraugustanos e hispanos van engrosando sin cesar las filas del Cristianismo, e inconmovibles como el Pilar, junto al que oyeron al Apóstol, ellos y las posteriores generaciones confiesan valientes la nueva religión del Crucificado, desafían persecuciones de furiosos enemigos, acuden presurosos a derramar su sangre por Jesucristo, sellando así la fe que predicó el Apóstol y confirmó la Virgen con su visita”{4}.
La cosa, pues, cambia por completo de aspecto. Pero notemos una circunstancia esencial en este hecho que habla muy en pro de la Virgen del Pilar. Santiago marcha muy pronto de Zaragoza y de España, ya que la visita de la Virgen sucedió el año 40{5} y nuestro Apóstol moría decapitado en Jerusalén el año 43 o lo más tarde el 44{6}. Parte de los frutos de su apostolado los lleva consigo, y lo más granado de sus discípulos, siete de ellos, son enviados a Roma para ser consagrados obispos por San Pedro. ¿Qué quedaba, pues, en Zaragoza y en general en la España tarraconense? Como fruto del apóstol Santiago, muy poco… ¿Quizá fructificó mejor la semilla lanzada por San Pablo? No nos quedan huellas de su apostolado; antes se ha llegado a afirmar que cuanto sobre el Apóstol de las Gentes se ha escrito en nuestra Patria no pasa de simples conjeturas{7}.
Los discípulos de Santiago consagrados en Roma vuelven a España, es cierto, pero se aposentan en el sur y allí establecen sus Sedes{8}. Con el cuerpo de Santiago arriban a Padrón otros dos que llevó consigo; mas ¿bastarían ellos para realizar el cambio que vamos a presenciar? ¡De ninguna manera! Lo que sucede es que existe de por medio una causa sobrenatural, y no es otra que la visita de María. Y esta lo explica todo. Y si no, juntemos ahora el otro extremo de la cadena.
Han pasado apenas veinte años desde la predicación de Santiago en España. Nos hallamos en el 64. Nerón decreta la primera de las persecuciones{9}, y esta alcanza ya las regiones de España{10}, acentuándose precisamente en Zaragoza{11}. Porque es Prudencio quien nos atestigua que no hubo una sola persecución a la que Zaragoza no aportara su tributo de sangre. Y siendo tan expreso su testimonio y tan cercanos los hechos, pues el vate español escribe humeante aún el fuego de las persecuciones, no hay motivo para excluir la primera de ellas.
En esta, como en la última, la ciudad del Pilar ofrece al cielo el incienso de sus víctimas. Pero lo que supera toda ponderación es “el número sin número” que en cada una de ellas ofrece al cielo. Prudencio canta en uno de sus versos a 18 de estos héroes, y por cierto, con un aire tan ponderativo, que parece su metro un desafío a las demás ciudades de España y del mundo, en nombre de Zaragoza.
“Mas tú, amante de Cristo, oh Zaragoza,
dieciocho santos llevarás en triunfo
coronada la sien de roja oliva
de paz en prenda”.
“Sola tú, prevenida y a su encuentro
de héroes diste al Señor mayores turbas;
sola tú entre los pueblos resplandeces
rica en virtudes.
“Apenas si Cartago populosa,
Roma misma del orbe soberana,
apenas si en tal gloria, oh tu, honor nuestro,
logra excederte”{12}.
Por no distraer largamente el hilo de nuestra prosa, remitimos al lector a la nota donde completamos el pensamiento con las restantes estrofas. De ellas se deduce que Zaragoza fue toda un ecúleo del cual corre la sangre a borbotones, ungiendo sus puertas, regando sus calles y anegando sus plazas. Al decir Menéndez Pelayo que leyendo a Prudencio parece que se siente el crujir de los potros y el estridor de las cadenas, debía haber completado su pensamiento añadiendo que ese crujido y ese estridor rechinaban, sobre todo, en las calles de Zaragoza, al rozar contra los muros de su Basílica y sondear la cripta de Santa Engracia.
Pero lo que viene a colmar el acervo de las “legiones cesasaugustana” es el escuadrón de sus Innumerables Mártires. Este aguerrido ejército, compuesto moralmente por la ciudad en masa de Zaragoza, eleva el estado del Cristianismo a una altura difícil de alcanzar{13}. Es una hoguera de fe zaragozana y española, que no puede extinguirse en los siglos y arrebata para la ciudad del Pilar y su Reina lauros inmarcesibles. He aquí cómo se canta esta proeza y qué alabanzas merece a la ciudad de María este triunfo, según reza un documento antiguo.
“Oh dichosa y sobre toda ponderación feliz Ciudad de Zaragoza, teñida con sangre de bienaventurados, que éstos son los miles de mártires ofrecidos a Dios. Alégrense contigo todas las ciudades del Orbe orladas con la sangre de sus mártires: Alégrese la que es cabeza de las más nobles ciudades, Roma, que con los ilustres cónsules de Cristo san Pedro y San Pablo, dio lugar a la gesta de los Innumerables Mártires, perfumada con olor de rosas: Alégrese contigo España, llevando enardecida la multitud de su pueblo al honor del nombre cristiano. Y aunque es cierto que no hay ciudad que deje de gloriarse con sus mártires en mayor o menor número, tú a todas superas mostrando el número copioso de tus Innumerables…”{14}.
Y es ahora cuando ocurre preguntar, ¿y quién dio a Zaragoza estas innumerables legiones? El abate Caubé responde por nosotros: “¿Quién va a ser sino la Reina de los apóstoles y de los mártires, María? Vuestro es, por consiguiente, oh Virgen del Pilar, este país de fe acendrada y católica, envidia del mundo…”{15}.
Estas gloriosas legiones de mártires suponen indudablemente una Cristiandad profunda y arraigada en Zaragoza y en España con su clero y su Jerarquía, magníficamente organizada. Así es en efecto. Prudencio nos habla ya de la “casa mitrada de los Valerios”{16}. Valerio fue Obispo el año 300, siendo el primer prelado conocido en la Iglesia de Zaragoza. Pero antes de esta prelacía, nos encontramos con un hecho de tan alta trascendencia como escasa ponderación.
El año 256, los obispos de Mérida y Astorga, Marcial y Basílides, son depuestos de sus sillas por haber apostatado en la persecución de Decio. Pertinaces en su error y no accediendo a la deposición, promueven conflictos en sus diócesis, turbando la paz de sus ovejas. Entonces la Iglesia española recurre a San Cipriano, Obispo de Cartago en África, que brillaba como una lumbrera. Como delegados en las diócesis citadas, son enviados a San Cipriano Sabino y Félix, sucesores de los obispos depuestos, con cartas del pueblo y clero de Astorga y leonés, más otras cartas especiales “DE FELIX DE ZARAGOZA”{17}. A las misivas de España contestó San Cipriano con una carta y muchas cosas que admirar respecto de la Iglesia española{18}. Pero, por lo que a nosotros respecta, lo más interesante son los elogios que dedica a Félix de Zaragoza. Llámalo “Fidei cultor et defensor veritatis”, cultivador, promotor de la fe y defensor de la verdad, elogios los más altos que pueden hacerse de un cristiano o sacerdote en estos siglos. Ahora bien, preguntamos nosotros: ¿Quién era este Félix de Zaragoza? ¿Qué autoridad, qué personalidad es la suya para que sean requeridas en este asunto, se admitan sus cartas especiales y sea alabado por San Cipriano en estos términos? El P. Risco duda que fuese obispo{19}. Mayor gloria aún la suya. El P. Villada cree firmemente que es el Prelado de Zaragoza{20}. A esta opinión me inclino. Pero fuese o no fuese obispo, ¿qué rango característico brilla en su personalidad para que sea distinguido entre los obispos de la Iglesia española con autoridad tan esclarecida y merezca oír de San Cipriano esos elogios? ¿No provendrá esta distinción de la Iglesia que preside? La fama de la Iglesia zaragozana debía trascender sobre todas las iglesias españolas. El Obispo de Zaragoza debía intervenir en asuntos concernientes a otras iglesias. Si no, ¿qué relación puede haber entre Astorga, Mérida y Zaragoza? Pero no termina aquí la trascendencia del hecho. San Cipriano contesta desde el África. Dirige la carta al clero de León y Mérida, directamente interesado en el asunto. Pero menciona en ella especial y únicamente a Félix de Zaragoza, llamándolo “fidei cultor” y “defensor veritatis”. ¿Es que nuestro obispo había sufrido persecución en tormento? Es fácil, ¿pero habría sido el único? ¿Que sus virtudes, su saber y su celo trascendían los límites de la diócesis…? También puede ser. Pero no; yo creo que esta fama le venía a Félix de la diócesis que preside. La Iglesia de Zaragoza debía levantarse en estos siglos con aires de primacía sobre todas las de España. Y no precisamente con una primacía canónica y oficial, sino impuesta por los hechos, por los milagros, por las maravillas apostólicas, marianas y cristianas de que es centro la Iglesia de Zaragoza. Y si esto no se quiere admitir, reconózcase, al menos, un algo característico y maravilloso que atrae sobre Zaragoza y sus hombres el respeto, admiración y deferencia de los obispos de España y de fuera de ella.
No constándonos ciertamente cuando murió Félix, nos vemos obligados a salvar una laguna de tiempo, hasta el año 290, que nos ofrece en la Sede de Zaragoza a un obispo, San Valerio. Es, como ya dijimos, el primero cuya certeza nos consta. Bajo su dirección, floreció el diácono Vicente, mártir más tarde con su santo Obispo. Las personalidades de ambos, en distinto grado, dan idea de una jerarquía magníficamente organizada. Complemento de esta fe, de esta organización y de esta trascendencia preponderante de la Iglesia de Zaragoza es el esplendor de su culto en estos siglos, del que nos habla Carrillo con fundadas y elocuentísimas frases:
“Zaragoza se hallaba tan hermoseada con el brillo de la palabra divina, que sobresalía entre todas las Iglesias del mundo”; divini verbi praefulgentia, qua tunc potisimum inter orbis terrarum provincias fulgebat Civitas Caesaraugustana”{21}.
{1} Menéndez Pelayo. “H. H. E.” T. 7.º Epílogo. Edic. Artigas.
{2} Bolandos. “A. S.” Die 10 Augusti.
{3} M. Pelayo. “H. H. E.” Se comprueba a lo largo de la obra.
{4} P. Galindo Romeo. “La Virgen del Pilar y España”, p. 14.
{5} Esta parece la opinión más admitida Fita, “B. R. A. H.” T. 44, p. 531. Lo confirman las revelaciones. Nazario P. “La V. Sor María de Jesús de Agreda”.
{6} Fita, Ibi. J. P. Millán. En sucesivos artículos publicados en “Signo”, num. 123.
{7} Villada. “H. E. E.”, c. 3.º, p. 41, núm. 8.
{8} Flórez. “E. S.”, t. 3.º p. 380-384. Villanueva, “V. L. I. E.”, t. 3.º
{9} Aguilar. “C. H. E.”, t. 1.º, c. VI, p. 75.
{10} Prudencio. “Himno de los 18 Mártires”. Estrofa 22. La inscripción consagrada a Nerón, parece se tiene por apócrifa.
{11} Prudencio, l. c.
{12} Prudencio. Estrofas 14-15-16. Siguen otras que completan la apoteosis de Zaragoza. He aquí las principales:
17. “Sagrada sangre ungió todas tus puertas
y ahuyentó a las legiones infernales
de la ciudad, borrando así expiada
las negras sombras”.
18. “Ningún lúgubre horror su paz conturba
desde que ya del pueblo huyó la peste,
Cristo en todas sus plazas hoy habita,
Cristo doquiera”.
19. “Diríase es la patria de los mártires
a sagradas coronas reservada
de donde en coro níveo sus nobles
al cielo suben”.
21. “Siempre que en los antiguos torbellinos
tembló el orbe al fragor de la tormenta
contra este templo sus mayores iras
lanzó el tirano”.
22. “Jamás cesó el furor sin lauro nuestro
ni vacío cesó de noble sangre,
no estalló tempestad qué no causara
más y más víctimas”.
{13} Risco. “E. S.”, t. 30. Apéndice I. Ruinart. “A. P. M.” Die 3 novembris.
{14} Risco. “E. S.” t. 30. Apéndice 1.º Se atribuye a San Braulio.
{15} Abate Caubé. A. IV. “C. I. M.”, p. 446.
{16} Prudencio l. c. Estrofa 20.
{17} Lafuente, “H. E. E.” C. 2.º, p. 77. R. Buldú, “C. H. E.” L. 1.º, p. 40. Risco, l. c. p. 99.
{18} LL. CC.
{19} l. c. p. 99.
{20} Villada, “H. E. E.”, p. 119.
{21} Citado en “E. S.”, t. 30, p. 130.