Francisco de Paula Canalejas
Estudios críticos de filosofía, política y literatura
I
Una expedición a Montserrat
A mi querido amigo D. Miguel Morayta.
Ditxosas puntas altas
Que Deu vos ha aixecat,
Per ser de nostre mare
La guarda natural.
(Canción popular catalana.)
Y tú llavors ¡oh Verge de Victoria!
Lo teu nom sempre veyas invocat
Qu' 'ls catalans anavan a la gloria
Cantan lo virolay de Montserrat.
(V. Balaguer, A la Verge de Montserrat.)
I.
Bien merecen las solemnes impresiones que embargaron nuestro ánimo en esta ocasión, que consagremos algunas líneas a su recuerdo, ya que son tan escasas las impresiones de este género que nos es dado gustar en la vida monótona y árida de las grandes capitales.
No soy de los que desean con calenturiento afán emociones; tampoco soy de los que las rechazan, considerándolas un atentado a la paz y tranquilidad del espíritu; pero cuando la naturaleza o la tradición me hablan, les abro mi alma para recoger sus palabras, y me deleito en contemplar la huella imperecedera que dejan en mi alma.
Divisábamos apenas las costas de Cataluña, para mí tan queridas, cuando ya los marineros nos hablaban de Montserrat con acento gozoso, tendiendo sus brazos hacia un pico que, rodeado de nubes, se levantaba a gran distancia entre un bosque de montañas que pugnaban, por esconder a los ojos profanos, el monte sagrado de la antigua Corona de Aragón. Yo no sé cuál será la emoción que sobrecoja a los cristianos al descubrir los santificados muros de la ciudad de Jerusalén; pero confieso que al ver el alborozo y la emoción de los catalanes al mirar a Montserrat, comprendía el júbilo de los peregrinos.
Desde entonces Montserrat fue una pesadilla para nosotros; no bastaron los encantos de Barcelona, ni las riquezas históricas que encierra esa ciudad tan mimada por la tradición: deseábamos llegar al corazón de aquella historia; deseábamos sentir el alma de aquellos seres, conocer el grito de guerra de aquellos ejércitos y de aquellas armadas, que avasallaron el Mediterráneo, siempre triunfadoras y victoriosas donde quiera que desplegaron sus banderas.
Por fin, en una tarde del mes de agosto, la locomotora nos arrastraba al través de esas pintorescas márgenes del Llobregat, que no tienen rival en nuestra España y que compiten y aun superan a la celebrada huerta de Valencia. La locomotora volaba en alas del vapor, y nuestro espíritu, sin embargo, estaba ya en Montserrat. Por fin, pasamos el túnel de Martorell, atravesamos, admirando, el famoso puente del Diablo, y poco después la diligencia corría por el camino de Esparraguera. El sol nos hería el rostro, el polvo nos sofocaba, y sin embargo, animábamos al conductor, deseosos de pisar aquel Montserrat, que devorábamos con los ojos desde nuestra salida de las primeras estaciones del camino de hierro. El espíritu catalán hervía ya en nosotros, y nos llevaba a Montserrat, que es el imán de todos los buenos catalanes.
En Esparraguera abandonamos la diligencia, y a los pocos instantes subíamos, oyendo ya las tradiciones del santuario de boca de nuestro tartanero, la pendiente que guía a Collbató. Montserrat se levantaba a nuestros ojos con toda su majestad. Allí estaba aquel logogrifo que aun estudian los geólogos; allí estaba aquel monte sagrado, manantial de contentos, de esperanzas, de valor y de fortaleza para Cataluña.
Ya era noche: el posadero no quiso que subiéramos de noche al monasterio; nos dijo que era peligrosa la ascensión; murmuramos, pero fingimos que nos resignábamos. –¿Recuerdas la noche en Collbató? Era la víspera de un gran día; ya estábamos poseídos por el espíritu de lo maravilloso, y la naturaleza desplegaba a nuestros ojos encantos nunca notados por nosotros. –Un bosque de altos y copudos árboles rodeaba a la posada; el cielo estaba limpio de nubes y vapores; la luna yo no sé lo que nos decía, pero sí sé que estábamos sometidos a una influencia extraordinaria. Detrás una densísima sombra; era Monserrat; en frente el bosque y la luna en el zénit del horizonte. –¡Qué silencio! solo se oía nuestra respiración, y solo escuchábamos la voz de nuestras emociones. Madrid, nuestros estudios, nuestros propósitos, todo había enmudecido en el fondo de nuestros recuerdos; aspirábamos lo presente, gozábamos aquella noche de agosto al pie de Montserrat. Yo no sé cuánto tiempo permanecimos en aquel estado: el posadero nos sacó de él, anunciándonos que a las tres de la mañana estarían a nuestras órdenes guías y cabalgaduras. ¿Dormimos? creo que no: yo solo recuerdo de aquella noche un torbellino de monjes, imágenes, milagros y hazañas y precipicios. El alma se desbordaba ya buscando los espectáculos del día siguiente.
Comenzábamos a subir; entrábamos en la región sagrada: era de noche y no veíamos la tierra que pisaban los inteligentes asnos, cuya apología chapurreaban nuestros guías; la niña que te enseñaba a tí el catalán, y la mujer que me refería el último incendio del bosque. Comenzaron las tintas que anuncian la luz, a revelarnos el camino: nuestros ojos se buscaban deseosos de interrogarnos. El camino era estrecho; no media tres pies: a la izquierda un pico que se perdía en las nubes, a la derecha un abismo que se perdía en las tinieblas, y por aquella senda caminaban nuestras cabalgaduras, huyendo los guijos del camino y buscando los sitios que al borde mismo del precipicio les ofrecían un asiento más blando para sus cascos. ¡Cuántas veces nos vimos suspendidos sobre el abismo! y sin embargo, al escuchar que todos los viajeros subían de la misma manera, reprimíamos nuestro deseo de abandonar aquella extraña montura, y continuábamos mirándonos con ansiedad en cada una de las revueltas del camino. Ya hacia una hora que continuaba aquella extraña ascensión, cuando el sol vino a nosotros: nacía a nuestras plantas, y le veíamos subir como buscándonos; los valles iban saliendo de la nada; los ríos nos mostraban su plateado curso, y los pueblos eran puntos blancos que los asemejaba a los rebaños tendidos por la llanura. La niebla y la bruma de los valles corría en alas del aura de la mañana, ocultándonos, ya un monte, ya un valle, y por último, disolvíase en el aire. —¿Recuerdas nuestro diálogo?
—¡Mira a la derecha!
—¡Mira, mira a la izquierda !
—¿Ves?
—¿Qué pueblo es aquel?
—El Bruch, Esparraguera, Martorell, Igualada.
—¿Aquel monte?
—Montblanch.
Y así ascendíamos, descubriendo a cada paso un panorama distinto, cada vez más extenso, más iluminado. La montaña eran rocas hacinadas, moles gigantescas, colocadas artísticamente y remedando gigantes, monstruos y seres disformes. Allí un manojo de rocas que afectaban la forma de cono, más allá era una pirámide, allí una roca que nacía en los extremos de aquel gigante, y elevándose recta, se levantaba hasta perderse en las nubes. ¿Qué ha herido aquel monte? No lo sé.
¿Qué fuego, qué revolución, qué ira del cielo ha roto aquella montaña, creando sus mil puntas? Y solo, aislado en medio de una extensa llanura, se levanta aquel monstruo de rocas, que tiene seis leguas de circuito.
Recordábamos las descripciones de los viajeros que han visitado la Suiza; recordábamos los Pirineos vascos, los montes de Asturias y Galicia, nuestra Sierra Morena; pero todo aquello era cosa imaginable, todo aquello podíamos figurarlo; pero el cuadro que a nuestros atónitos ojos se desplegaba no era humano, era divino.
¿Qué íbamos a ver, qué íbamos a descubrir en aquel laberinto de rocas y abismos? El hombre lo habitaba hacía mil años, el hombre debía allí haber colocado su mejor grandeza, su más alta maravilla. La naturaleza y el hombre estaban frente a frente, ¿quién vencería? Esta fue la primera idea que nos asaltó. ¡El arte! ¡el arte! exclamábamos; el arte habrá vencido a la naturaleza. Una catedral de León, una catedral de Toledo, una Santa María del Pino, una gran creación gótica, la catedral de Colonia. Ese era nuestro deseo, eso esperábamos admirar.
Aun no habíamos llegado al monasterio, y hacía ya dos horas que habíamos comenzado la expedición. Por fin, al dar una vuelta, en un inmenso anfiteatro que dejaba amplias mesetas, descubrimos el monasterio.
Las rocas resguardaban al monasterio por su espalda, presentando un fondo gris sobre el cual se destacaba el edificio. Nuestro desencanto fue completo; no era una creación gótica, era un edificio regular, frío, inspirado por el renacimiento: era una obra del reinado de Felipe III de Austria.
—¡No es eso, no es eso! –exclamamos a una voz.
El hombre quedaba vencido por la naturaleza. Aquello no era la creación que se iba levantando en nuestra fantasía al admirar las maravillas que nos mostraba la naturaleza.
Nos apeamos en la hospedería. Aquella palabra acabó de convencernos que nos hallábamos en un mundo nuevo. La hospedería del monasterio, era una frase rara vez oída en nuestra vida. Nosotros, hijos de la revolución, no conocemos ninguna de esas costumbres nacidas al calor de aquellas instituciones que la revolución borró del suelo de nuestra patria. Allí, lejos de la sociedad actual, encontrábamos monjes, un monasterio, una hospedería. Lo pasado resucitaba.
Era muy de mañana y resonaban cánticos en la iglesia. Atravesamos un patio, no sin saludar los sepulcros que, salvados de la bárbara invasión francesa, están colocados en la puerta. Las lápidas nos revelaron los nombres de los primeros capitanes y más esforzados varones de los ejércitos aragoneses. Saludamos aquellas tumbas venerandas; eran las de los vencedores de Nápoles; solo queda de sus hazañas los nombres y aquellas lápidas rotas e ininteligibles.
La iglesia es pobre y mezquina: yo deseaba bóvedas que se perdieran en el espacio, con vidrios de colores, y esa luz vacilante y sombría que puebla de misterios y apariciones el ámbito de nuestras catedrales. Era una nave del renacimiento, espaciosa, iluminada, fría, y que, como todas las obras de aquel siglo, hablaba de razón, de examen y de libertad. El decorado era magnífico en otros días, los franceses la saquearon. Casi me alegro: la humildad y la pobreza sientan bien a las imágenes. Cantaban los niños las oraciones de la Virgen: permanecimos largo tiempo escuchando aquellas voces infantiles.
Concluyeron los rezos, y ya hacía tiempo que nuestros ojos miraban la sagrada imagen que santificaba aquella montaña, Nuestra Señora de Montserrat. Quisimos verla muy de cerca, entramos en su camarín y pudimos contemplarla. ¿Lo recuerdas? No soy dado a los alardes de fe religiosa, que hace poco dominaban a ciertos políticos que constituían secta político-religiosa. Pocas veces el culto fastuoso de nuestros templos ha logrado conmover mi alma, y las más de las imágenes reverenciadas en nuestra España no han arrancado un sentimiento de mi alma; pero ante aquella se doblaron mis rodillas. Yo bien sé que el culto que se tributa a una imagen, la rodea de una aureola mística, y que ese mismo culto que se la tributa, predispone nuestro espíritu a la admiración y al arrobamiento. Hay viajeros que visitan sin la menor conmoción Nuestra Señora del Pilar, la Virgen de los Desamparados, Nuestra Señora de los Reyes; pero ninguno se acerca sin sentir que la emoción embargue su ánimo y algo divino atraviese su espíritu, a la veneranda Virgen de Montserrat. Al llegar a ella recordé que era la imagen venerada por veinte generaciones; que era la depositaria de sus dolores, la que había derramado tesoros de consuelo sobre aquellas generaciones, la que poblaba los palacios y aldeas de Cataluña, la que está siempre grabada en los corazones de los catalanes. Desde muy niño vi siempre invocar en mi casa, en todas las aflicciones de mi familia, esa imagen sagrada, y he visto orar a mi madre ante su imagen y escuchado su nombre en días de luto: era el Dios de mi hogar.
Yo había visto pueblos enteros, en horas de agonía, invocarla; yo había visto peregrinos agobiados por la edad y por el sufrimiento, trepar por las peñas que forman los peldaños de su templo, y todos aquellos recuerdos me asaltaron al acercarme a la Virgen de Montserrat. Y no era solo mi vida y mis dolores y mis esperanzas lo que vivía en mi alma; no era solo el recuerdo de que aquella imagen había endulzado la existencia de cien generaciones; era también que aquella imagen era el corazón de la nacionalidad aragonesa, el grito de guerra de sus soldados, la aparición que los guiaba al combate; el Santiago de Cataluña.
Invocando su nombre entraron en Nápoles los soldados de Alfonso V; invocando su nombre, los marinos de Lauria rompían las armaduras genovesas y francesas; invocando su nombre unos cuantos almogávares resistían el empuje de los invasores otomanos que debían romper los muros de la ciudad de Constantino.
Desde los primeros Condes hasta el prudente Fernando el Católico, toda aquella serie de Condes esforzados y valerosísimos reyes, los conquistadores de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, Córcega y Cerdeña, los Señores de Milán y Nápoles, los expugnadores de Almería, los Señores del Mediterráneo, todos vinieron a este monte, y todos a pedir inspiración a esta sagrada imagen. Aquellos hombres la miraban, y la imagen hablaba a sus almas yo no sé qué lengua, que los convertía en héroes.
Y cuando la desgracia caía sobre Cataluña, cuando la bourgeois dinastía de los Borbones, en son de guerra, se sentaba en el trono de España, la Virgen de Montserrat alentaba a los defensores de Carlos de Austria, como había alentado a los que resistían la torpe administración del Conde-duque, como había alentado a los que en días de Juan II defendían al infortunado príncipe de Viana, y como en nuestros días alentaba, defendía y salvaba a los denodados defensores de la Independencia patria, en la gigantesca lucha que comenzó el 2 de mayo de 1808.
Así como desde la cima de Montserrat se divisa toda Cataluña, así mirando a la Virgen de Montserrat se conoce toda la historia de Aragón.
Yo no he sentido en mi vida emoción más profunda ni más viva; mi Cataluña vivía en torno de aquella imagen; lo divino, lo heroico de la historia catalana estaba ante mi vista: la fuente de tantos espíritus varoniles y esforzados estaba junto a mí: el escudo de la independencia de Cataluña, la defensora de sus libertades era aquella imagen que con conmovido ánimo contemplaba.
Las maravillas de la naturaleza quedaban deshechas: si el arquitecto no había sabido vencer aquel portento, la religión, la poesía popular la había vencido: había colocado en el centro de aquella gigantesca formación una idea; la idea de una gloria y de su nacionalidad, y al contacto de aquella idea la montaña había pasado a ser un accesorio, a ser la corteza, la vestidura que guardaba en su seno la creación divina del espíritu del pueblo.
Nada tiene para mí mayor encanto que estas divinas creaciones de la fantasía popular, esa religión del hogar, que tiene un templo en cada corazón, un sacerdote en cada hombre que sabe orar, y tenía entonces junto a mí una de esas creaciones, una de esas Diosas de pueblos, cuyos loores llenan la historia de una raza entera.
Yo no sé cuánto tiempo permanecimos adorando aquel rostro que quedó profundamente grabado en mi memoria. De una frente purísima, nace un perfil completamente griego, que se quiebra en la boca, partiéndose en dos pliegues, que imprimen sello de bondad indefinible a aquel rostro singularísimo. Nos retiramos del camarín, no sin volver los ojos a aquella imagen que tan poderosa influencia ejercía en nuestro espíritu.
Continuamos visitando el edificio, y la tradición nos seguía por do quiera; aquí el manto de doña Juana la Loca, allí la sortija de Francisco I, allí las lámparas de los Reyes Católicos, el page de Carlos V, la moneda de Felipe V, y por donde quiera los vestigios del hierro y del fuego francés.
II.
Había caído la noche. ¿Recuerdas la noche en el monasterio? La luna iluminaba los cielos, pero la vista se perdía en el horizonte sin alcanzar a distinguir allá el fondo, donde existían montañas y valles y ciudades, y solo divisaba nieblas que flotaban en la plateada luz de la luna. A la espalda las rocas y los montes que proyectaban mil sombras gigantescas. Y allá en sus cimas, sobre la ermita del Diablo y la de fray Garín, la luna jugaba con las sombras, creando un mundo de apariciones. Sonó la hora de la Salve; la iglesia estaba sola; en el coro los escolares y el organista. La imagen resplandecía rodeada de luces, y nosotros nos recatábamos en las tinieblas que poblaban el templo. Comenzó el órgano, y sus notas volaban sin apagarse nunca por los ángulos del templo: después comenzó la Salve, y aquel canto resonaba en las montañas, y sus peregrinas y originales armonías, libres del contacto de los hombres, levantándose en un ambiente puro que no infestaba aliento humano, ascendían al cielo. Yo no sé si aquella música es profana en algunos de sus cantos; pero sí sé que nunca la música ha penetrado más dentro de mi espíritu; yo sé que adivinaba la frase que venía, y que cuando resonaba en mi oído, sentía satisfecha mi alma; porque encontraba expresada la emoción que palpitaba en mi seno. Una salve, un cántico a la Virgen, allí lejos del mundo, cantada por niños, sin pompa, sin fausto, sin anuncios y convocatorias, en un templo solitario, era un espectáculo nuevo que engendró en nosotros un mundo de ideas.
En aquella reducida área que parece un escalón suspendido en los espacios, donde no llegan ni los gritos de los hombres, existe un monasterio, una sagrada imagen. Todas estas ideas nos asaltaron aquella noche, cuando en uno de los reducidos albergues de la hospedería traíamos a la memoria las impresiones de aquel día.
Muy de mañana el guía nos despertó, era preciso subir a la cumbre de Montserrat. Trepamos por la montaña del monasterio, pasamos por una hendidura de dos gigantescas rocas, y en una ligera vertiente encontramos la ermita de Santa Ana. Allí se reunían los penitentes a escuchar el sacrificio de la misa, que un monje celebraba los días sagrados. Rocas, precipicios y arbustos decoraban aquel panorama limitado por todos los lados por figuras cónicas de pedernal que levantaban su pico hacia las nubes. Lamentábamos el tristísimo estado de aquellas ermitas, derruidas por manos codiciosas, y continuamos nuestra ascensión, si cada vez más peligrosa, cada vez más rica en impresiones y en panoramas vistosísimos. Cuantas ermitas encontrábamos despertaban en nosotros iguales ideas. El remordimiento, el dolor, la misantropía, o el misticismo, ya no tienen templos en las montañas de Montserrat: el hombre no cuenta ya sus dolores a Dios, se los refiere al hombre allá en el seno de aquellas ciudades que se divisan en la llanura envueltas en el humo del carbón de piedra y que enlazan con férreos lazos las locomotoras. En las alturas todo calla, no se miran los alambres del telégrafo, no se escuchan los latidos del vapor, nada humano llega a estas alturas: la naturaleza reina con toda majestad.
Dos horas hacía que perseguíamos por entre aquel laberinto de rocas la ermita de San Gerónimo; por fin llegamos a ella, y subiendo algunas varas más, a la miranda, el pico más alto del monte sagrado de Cataluña. Desde allí divisábamos toda la comarca. Los Pirineos, los montes que separan a Aragón de Cataluña, el mar y, entre sus olas, las Islas Baleares; Manresa, Martorell, Igualada, Reus, se extendían a nuestros pies; y Monjuich nos señalaba el sitio «donde yace su víctima.» ¡Qué espectáculo! El águila, meciéndose entre nubes, mira con desprecio a los seres que pisan el suelo; nosotros, divisando apenas las ciudades más populosas que se escondían entre los pliegues del terreno, nos sentíamos humillados.
Volvimos a la ermita, con el vértigo en la frente y la vista confundida; nuestro guía nos lleva a una vertiente del monte: dio un grito, y tres ecos clara y robustamente repitieron su voz. El monte estaba animado: del fondo de los precipicios se levantaban voces que tenían una resonancia extraña. …
III.
No sin volver los ojos atrás, abandonamos aquella dichosa mansión. Nos despedimos de aquella imagen tan querida de un pueblo entero. Al llegar a Collbató, solo deseábamos un guía para visitar las cuevas de Montserrat. Hacía muchos años que nadie pisaba aquellas cuevas. Un poeta catalán, Víctor Balaguer, las descubrió de nuevo, y después de exploradas, describió los tesoros de aquellas regiones sombrías. Nosotros quisimos visitar las cuevas. Trepamos con escalas de madera a un risco que está en la falda del monte, y descubrimos un boquerón que se internaba en sus entrañas. El guía encendió una antorcha; su luz rojiza se proyectaba agigantando las gigantescas rocas que poblaban la primera cueva, espaciosa y elevadísima. Las rocas descansan en el seno de las tinieblas, y la luz, al despertarlas, crea fantasmas que cruzan, se mueven y cambian de postura, según cambia la posición de la luz. Abandonamos la primera cueva, e inclinados nos deslizamos por entre rocas resbaladizas que, hasta llegar al camarín, nombre que daba nuestro guía a una cueva enriquecida por gran número de estalactitas que, así en las paredes como en el centro, formaban curiosísimos prodigios. La obra continuaba; la gota de agua, cargada de sales, que es el cincel del misterioso escultor, continuaba hace siglos, y continuará aun por siglos su trabajo. Parece mentira que una fuerza ciega e inteligente ejecute con tanto primor aquellas caprichosas figuras que remedan creaciones artísticas. La naturaleza ama el estilo gótico, me decías tú, y, en efecto, es verdad. Todas aquellas formaciones, parecen copia de las ojivas, de las puertas y rosetones que se admiran en nuestras catedrales góticas. Por donde quiera encontrábamos creaciones que admiran. Llegamos al pozo del Diablo, ¿lo recuerdas? Es un pozo de cien o más pies de profundidad, en el cual apenas cabe una escala tosca de madera, que conduce a nuevos subterráneos. El guía nos avisaba los peligros, y así llegamos a otras cuevas, cuyo aspecto, a la luz de los fuegos de bengala, adquirió un carácter singular. El suelo era cada vez más resbaladizo, y ya caminábamos con ayuda de las manos, arrastrándonos por las rocas, que cubiertas por una capa de cieno, no prestaban asiento a nuestras plantas. El cuidado de la marcha nos impedía admirar lo que nos rodeaba. Recordábamos entonces el espectáculo de la miranda. Allí luz y horizonte de leguas y leguas, pueblos, villas y ciudades en la llanura, cordilleras de altísimos montes bajo nuestras plantas; aquí tinieblas, rocas, abismos velados por la oscuridad, y un monte altísimo sobre nuestras cabezas.
Nos sentamos fatigados: el guía nos refirió cómo aquellas cuevas habían sido albergue de los defensores de la independencia patria en los días de la gloriosa lucha contra Napoleón el Grande. Un cerrajero del pueblo inmediato escondía en aquellos antros sus trabajos para proveer de armas a los partidarios. Los franceses descubrieron el asilo por el lloro de un niño: el intrépido catalán dejó caer un caldero en un abismo, y el ruido de su choque, al rodar entre las peñas, repetidos por mil ecos, espantó a los soldados del Emperador. Entonces el cerrajero amenazó con disparar su trabuco, a cuya explosión se debían hundir las rocas y sepultar a franceses y españoles. Los soldados no esperaron a que el valeroso catalán cumpliera su promesa, y abandonaron las cuevas.
Tres horas duró nuestra visita, y ya deseábamos la luz y el aire. Al salir parecía que las rocas se animaban, y como nosotros deseosas de luz, corrían tras los reflejos de la antorcha.
La imaginación se exaltaba por momentos, e iba dando nombres y animando con deseos a aquellas moles gigantescas. Todo se movía en torno nuestro, y más de una vez necesitamos acudir a nuestro juicio para hacer cesar el vértigo que se enseñoreaba de nosotros. ¡Cuán fácil es vencer a la imaginación en la vida común y regular de las ciudades; pero cuán pronto se inflama y nos enloquece al sentirse rodeada de accidentes extraordinarios!
Pocas veces he gozado con mayor deleite los encantos de la luz que al salir de las cuevas de Montserrat. Volvía los ojos a todos los lados, y el risueño paisaje que contemplaba crecía en encantos, como se transfigura, cuando amorosamente la contemplamos, el rostro de una mujer amada. Salimos de las cuevas, no sin llevar recuerdos de profundas emociones. Las tinieblas llenaban aun la imaginación. Recordábamos aquel magnífico canto del celebrado Byron, en que la inspiración, negra como el asunto, corre por sus solemnes estrofas, y entonces comprendíamos cuánta es la verdad de aquel canto. Al subir a Monserrat debe entonarse el canto de los peregrinos catalanes; pero al descender a las cuevas yo aconsejo al viajero que murmure como oración el satánico canto a las tinieblas de lord Byron.
Poco después corríamos hacia Esparraguera: la locomotora nos arrastró a Barcelona, y al escuchar en aquellos días las oraciones que los buenos catalanes dirigen a su Santa Patrona, al oír referir los milagros continuos de aquella imagen, al ver pocos días después cómo los marinos saludaban el lejano pico que se descubría en lontananza, en tanto el Almogávar hendía las azuladas ondas del Mediterráneo, volvían a nosotros los recuerdos de Montserrat, y nos asociábamos a aquellas oraciones, y nos descubríamos también, saludando el sagrado monte que guarda la protectora de las libertades y de la independencia de la altiva y esforzada Cataluña.
Junio, 1858.
[ F. de Paula Canalejas, Estudios críticos de filosofía, política y literatura, Madrid 1872, páginas 1-16. ]