Estudios críticos,
de filosofía, política y literatura
por D. F. de Paula Canalejas
de la Academia Española y del Claustro de la Universidad de Madrid.
MADRID
Carlos Bailly-Bailliere
Librero de la Universidad Central, del Congreso de los señores diputados y de la Academia de Jurisprudencia y Legislación.
– Plaza de Topete, núm. 10. –
París, J. B. Bailliere e hijo. Londres, Bailliere
1872.
Al lector.
Confieso que no sin satisfacción he coleccionado algunas páginas de las escritas en un período que puedo llamar largo período (1858-1870), en días en que la sucesión de los acontecimientos mata la memoria y cansa al tiempo. Es un contentamiento para mí advertir hoy, que pienso como pensaba, que juzgo como juzgué, y que, en 1871, son mis aspiraciones y creencias las mismas que en 1858 al salir de las aulas. Lo tengo por rareza en días de tan general mudanza; pero no se debe a mi espíritu lo raro del caso, sino a las ventajas de una convicción sistemática У filosófica.
La aspiración cristiana y el sentido predominante de una escuela racionalista, comprensiva, sistemática y profundamente religiosa, que mira en Dios el principio y el fundamento de la ciencia y de la vida, han sido y son las direcciones que ha procurado seguir mi razón, pero con libertad e independencia, sin sobrecogerse por los dolores y peligros espirituales que causa el noble y viril ejercicio de la libertad.
Arraigadas de antiguo en mi espíritu estas opiniones, ratificadas y corregidas una y otra vez, con la mayor pureza de intención y bajo la mirada de una conciencia desconfiada y recelosa, los últimos sucesos (1870) han sido para mí una demostración histórica de la verdad y necesidad de las doctrinas con tanto amor reverenciadas por mi inteligencia.
Los pueblos y nacionalidades latinos cancerados por un individualismo, que negando lo general, debía correr empujado por una fatalidad lógica al materialismo atomístico ateo e impuro, no han tenido noticia de sí, ni recordado su tradicional esfuerzo, en el día de los sacrificios y del heroísmo. Flacos de voluntad y acometidos de una parálisis espiritual, ni han sabido vencer, ni ser dignos en la derrota. Apartaron de Dios su pensamiento y lo divino desapareció de su ser, quedando solo la convulsión y el espanto de la materia al huir del dolor. Sin Dios no hay moral, ni patria, ni familia, ni deber, ni esfuerzo, ni conciencia. La moral independiente es una hipocresía histriónica; el cosmopolitismo, como ley social, un amaño embustero; el interés individual, como criterio político, una alucinación senil.
El rugido de los ateos colectivistas que piden el fuego del profundo para destruir el orden existente, es una consecuencia del materialismo epicúreo, que poniendo la filosofía y la ciencia social al servicio de una clase o de un imperio, se creía en el mejor de los mundos posibles, gozando las más justas y racionales de las leyes.
No me aterra tanto el ateísmo en el proletariado industrial, como el indiferentismo filosófico y religioso de las clases instruidas, que gobiernan, mandan, enseñan y dirigen. El ateísmo en la muchedumbre es pasajero: nada más fácil que encender en su alma la intuitiva y espontánea afirmación de lo Divino, y nada más pronto a despertar en las gentes reunidas, que el himno y la oración a Dios, a lo justo y a lo bello, que puede dormitar, pero que existe esencialmente en el alma del hombre. Pero la indiferencia del que presume de docto en pesar y medir, tocar y ver, es verdadera lepra, y lepra incurable. Y como la trama social, y la circulación de la vida por todos los órganos sociales, exige movimientos constantes de sístole y diástole en cada uno de los centros, que envíen a los demás riquísimo oleaje de ciencia, de virtud y de entusiasmo, flaquea esta ley, cuando las clases instruidas no dan de sí más que escepticismos pulidos, optimismos ridículos, o panaceas teocráticas, contestados por las ignorantes con roncos y espantables alaridos de ira y de venganza.
No entiendo que el mal procede de abajo: entiendo que radica en lo alto. El indiferentismo de las clases instruidas es más culpable y peligroso para el orden moral, que el ateísmo irreflexivo y teatral del proletariado. La responsabilidad está en relación directa con la aptitud y con la instrucción. La ignorancia de la muchedumbre constituirá siempre un cargo para las clases ilustradas que, por serlo, han sido políticas, y es una vergonzosa confesión de ineptitud ese lamento constante del atraso y la ignorancia de los pueblos. ¿Qué se entendió por política? La política es una función antes que todo, y sobre todo moral. Una demostración perenne e incesante, por medio de hechos y de actos, de la eficacia del orden espiritual y moral en la vida de los pueblos. Entendida a la moderna, a lo Maquiavelo, o según los doctrinarios, engendra la novísima, que propalan los sectarios de la Internacional.
Gobernar es educar e instruir indirectamente a los pueblos para el mejor cumplimiento de sus deberes religiosos y sociales. La política que aspira solo al provecho de una clase, de un partido o de una bandera, oscila incesantemente entre la barbarie teocrática y la brutalidad del comunismo ateo y materialista. La política que por el fin santifica los medios, conduce necesariamente a la anarquía, que no es más que el desconocimiento de las ideas morales en la vida social.
La verdadera política consiste en condenar la fuerza del Gobierno que comete el crimen provocando reacciones y la de los partidos que escandalizan y conspiran. La edad que corre es esencialmente democrática, y la universalidad del derecho, que es gran ventura, exige con mandato imperativo que la política se alimente con la práctica de los deberes morales. El predominio de estas verdades en otros siglos y en algunos pueblos, ha causado siempre días de prosperidad nacional y de grandeza moral, que es la verdadera majestad histórica. El predominio de la idea católica dirigiendo la política al logro y consecución de un fin espiritual, causó las maravillas de la historia castellana y hasta la magnífica decadencia Española en los siglos XVII y XVIII. Compárese atentamente tal decadencia con otros derrumbamientos que han sucedido a manera de tramoya teatral, rápida e inesperadamente, y el ánimo más distraído reconocerá la fuerza, la constancia y la resolución que inspira a los pueblos el perseguir una idea y dar la vida en su servicio.
No es este privilegio del Catolicismo; sino que es propiedad de las ideas siempre que reciban culto. Sean las que fueren, Dios o Justicia, Libertad o Patria, en todo tiempo han ennoblecido y legitimado la política, agrandando el espíritu del hombre y haciendo incontrastable su esfuerzo.
Anidad las ideas en la vida social, en las aulas, en el hogar doméstico, en los museos, en los templos, tributadles culto en la plaza pública y en las asambleas populares, y con tal alimento, no hay temor de que caigan los pueblos en las imbecilidades del epicureísmo o de que sigan las blasfemias del ateo.
Ordenada la vida del hombre y de la Sociedad al cumplimiento del fin moral que la verdad de Dios demuestra y enseña; en lucha libre aunque penosa, con el error que es el mal, la política debe secundar enérgicamente este crecimiento y aumento espiritual de los pueblos. Toca al Estado cuidar, dirigir, fundar, socorrer y auxiliar cuantas fuerzas y energías tiendan a la consecución de fines religiosos y morales, dando al olvido la fatal doctrina del indiferentismo, que esperaba en la iniciativa individual, creyendo que el bien moral se engendra en las sociedades como las flores en los bosques. Es necesario condenar las reacciones, las rebeliones, los malos medios, las complacencias y las complicidades con todo lo que no conduzca al logro de mayor bien.
Pero para conseguir que sentido tan puro y religioso triunfe sin inútil aparato de tiranías y opresiones que a nada conducen y nada consiguen, precisa poner el alma entera en el asunto, siguiendo la inspiración democrática de los tiempos. Evitando vanos formalismos (peligro constante de la ciencia social contemporánea), poco meditar necesita el reconstituir la religión del alma y la del hogar doméstico, deduciendo de sus principios los deberes del hombre y los del padre de familia. No es difícil tampoco enseñar la religión propia de la aldea o de la villa, llamando a la historia local, que coloreando a los ojos de la fantasía la existencia colectiva, pone de bulto los agrado del linde, del caserío o de la aldea. Conseguidos estos resultados, ya es más hacedero el empeño tratando de la Ciudad, y sencillísimo respecto a la Patria, madre primera y cariñosísima, real y verdadera, como la mujer que nos llevó en sus entrañas, y que exige igual amor y adoración no menos supersticiosa por lo exaltada.
Así poblaremos de ideas la vida en cada uno de sus grados y en cada uno de sus círculos; así habrá ideas que invocar en horas solemnes; solo así se confortará el ánimo, y el esfuerzo será el que cumple a los pueblos viriles. Con tal educación la vacilación es imposible; imposible el decaimiento y el contagio moral.
Que impone todo ello penosa incumbencia a las clases ilustradas, y que exige discreta y prudentísima atención de los gobiernos para enlazar la acción de escuelas, aulas, academias, ateneos y corporaciones científicas, no lo niego; pero en España con buena voluntad y libre espíritu, no es difícil la consecución del empeño. Nuestro pueblo, riquísimo en intuiciones religiosas y morales, con alta tradición literaria, con un arte democráticamente religioso e historia abundantísima, que ennoblece pueblos, comarcas y ciudades, exige solo una educación filosófica y religiosa, que acoja y aproveche las tradiciones de sus escuelas y de sus santos populares, uniendo en estrecho consorcio y maridaje, el carácter genial de la raza, viril y encendido, con una especulación amplia, libérrima, y de constante aplicación a la vida.
Grandemente aprovecha a fines tan amables el arte, descubriendo los misterios del ser humano y sacando a luz lo sobrenatural, que está en el alma, y la belleza, que se esconde en el orden de las creaciones. Abandonando poetas y músicos el bastardo realismo, que convierte sus obras en grotescas fotografías de la degradación individual, y abriendo los críticos anchurosos horizontes al genio, y depurando el gusto con severas correcciones, renacerá la fuerza religiosa y educadora que acompaña siempre a la inspiración artística.
El curso general de la ciencia en el siglo favorece el propósito. La exaltación idealista de las escuelas Hegelianas ha engendrado una furiosa reacción materialista, cuyos efectos serán sin embargo pasajeros, dado el carácter irracional de estas escuelas. Se acerca el momento de saciar el hambre de los entendimientos con enseñanzas eminentemente ontológicas, realistas que demuestren la verdad de Dios, la realidad de las ideas de verdad, bondad y belleza, deber y patria, y hagan a todos manifiesta la espiritualidad humana, y por consiguiente la dignidad del hombre y la grandeza de sus destinos.
Una sola de estas ideas basta para iluminar y santificar la vida. El alma que las conozca todas y las ame, bien podrá llamarse en lengua humana alma perfecta. La nación en que estas verdades tengan largo séquito y sean reverenciadas, será la primera entre las principales de Europa, aunque Francia se regenere, Alemania vuelva en sí de su paroxismo bélico, se constituya Italia, e Inglaterra complete su educación tan falta de espiritualidad y de grandeza moral.
Un amigo mío, muy querido{1}, que lee, siguiendo el rasguear de mi pluma, se sonríe y me llama pietista político. Si es piedad creer en la eficacia de las ideas y juzgar que sin ideas a quien rendir la vida, la existencia es martirio incomprensible, soy en efecto pietista; pero como no aspiro al triunfo de ninguna iglesia ni confesión; como no sirvo ni quiero servir a otras jerarquías que a las esencialmente espirituales, y en Dios tan solo busco y encuentro el fundamento y la raíz de toda doctrina y de toda enseñanza, gracias a la razón libre, libérrimamente consultada, deseo ardientemente, por el amor que me inspiran la ciencia y la patria, que este pietismo sirva de refugio a los desesperados de la política y a los que hoy padecen bajo el poder del escepticismo y del materialismo.
Así pensaba en 1858 al salir de las aulas, y así opino en Agosto de 1871, y he aquí el sentido general de todos los escritos que siguen.
El autor.
{1} Emilio Castelar.
[ Libro de xvi+449 páginas impreso sobre papel en Madrid en 1872. ]