Filosofía en español 
Filosofía en español


Pío Hernández

Biografía del doctor Coll

Señores redactores de La Unión.

Muy señores míos: Al tomar a mi cargo el sensible trabajo de bosquejar los principales sucesos de la vida pública y científica del señor Coll, me he propuesto tan solo pagar un justo tributo a la antigua y acendrada amistad que me unía con un homeópata, que si bien no fue mi maestro, le debo sin embargo más de un consejo práctico, y contribuyó no poco a radicar en mí la profunda convicción que hoy abrigo sobre la superioridad de la doctrina homeopática. Sus grandes esfuerzos por el triunfo de la homeopatía; el ser médico español y de proverbial honradez, y la necesidad en fin de que conste en la historia de la medicina española lo que le pertenece respecto al estado actual de la homeopatía, me obligan a molestar a vds. y estimaré se sirvan insertarlo en su apreciable periódico quedándoles por lo mismo muy agradecido su atento comprofesor Q. S. M. B. Madrid y setiembre 26 de 1849.- Pío Hernández.

El doctor D. José Sebastián Coll, conocido homeópata, verdadero discípulo de Hahnemann, ardiente apóstol de su doctrina y entusiasta propagador de las luminosas, bellas y filosóficas máximas del Hipócrates alemán, ha fallecido en la ciudad de Toro a la edad de setenta años cumplidos el día 28 de agosto del presente año. ¡Feliz yo una y mil veces si acierto a bosquejar con su verdadero colorido la vida pública y científica de este honrado médico español! ¡Qué satisfacción para mí, a pesar de lo tétrico del asunto, si el recuerdo de la grande y profunda amistad que nos unía, a la par que la dolorosa e indeleble impresión que su muerte me ha causado, me inspiran lo suficiente para presentarle tal cual ha sido y para legar a la historia los rasgos memorables y filantrópicos de este memorable profesor!

El desgraciado Coll, hijo y nieto de médicos, nació en Luna, villa de la provincia de Zaragoza el año de 1779, a cuya capital pasó a estudiar las instituciones médicas concluyendo y finalizando su carrera en la Universidad de Valencia donde cursó la clínica. Terminada esta regresó a Zaragoza y a poco tiempo de su permanencia, fue uno de los médicos que el protomedicato de Aragón eligió para observar y tratar una mortífera epidemia de fiebre adinámica que en aquella época asolaba la villa de Quinto. Llenó tan cumplidamente su comisión, desplegó tal celo en el ejercicio de su noble profesión, que aquel tribunal médico acordó por unanimidad hacer de él una mención honorífica y darle el más expresivo para bien en nombre de la ciencia y de la humanidad.

En 1805 y época en que prestó tan filantrópico servicio, fue la en que alcanzó otro lauro aun mayor y más significativo para su porvenir científico, pues ganó por rigurosa oposición entre veinte y ocho coopositores una plaza de médico en el Hospital general de Zaragoza, la cual desempeñó por cinco años, en cuyo tiempo se vio precisado a abandonarla, pues el deplorable estado de la salud de su esposa, le obligó a fijar su residencia como médico titular en san Millán de la Cogolla (Rioja). Diez años después pretendió y obtuvo el partido de Fuentesauco, en la provincia de Salamanca, cual sirvió hasta 1823, en cuyo año fue nombrado médico titular de la ciudad de Toro y sus tres hospitales, lo cual unido del cargo de subdelegado del partido y corresponsal de la Academia de Castilla la Vieja, que desempeñó hasta 1840, forma la primera época de su vida pública y científica.

Si bien en esta larga serie de años, nada hay de notable y que demuestre un genio privilegiado, se ve al menos laboriosidad y celo, aprovechamiento y buena disposición; circunstancias a la verdad demasiado apreciables en esta época de ilusión y desengaño.

Entremos, pues, en el último y más corto periodo de su vida, verdadero florón y bello ornamento de la homeopatía española y ninguna persona imparcial, instruida y filosófica, podrá menos de admirarse del rápido transporte que en el malogrado Coll se operó, del grande cambio y rara metamorfosis que en su inteligencia se efectuó, precisamente cuando sus luengos años y edad avanzada debían haber debilitado y aun sofocado el precioso germen que para bien de la homeopatía aún conservaba; cuando el quietismo y sensible aislamiento en que vivió le apartaba cada vez más de los disgustos y sinsabores ínsitos a la vida de apóstol que resueltamente emprendió; cuando en fin el sentimiento de egoísmo tan natural y pronunciado en esta época de la vida apaga y extingue toda tendencia a los goces y fruiciones de conquista y solo se aspira a la vegetación y conservación material del individuo.

A la edad pues de sesenta años se dedicó al estudio y práctica de la doctrina homeopática, estudio que tanto disgusta aun a algunos pretendidos aristócratas de la ciencia, y le emprendió con tal ardor y denuedo y le dispersó tal entusiasmo y fe, que no solo manifestó públicamente su profunda convicción,{1} sino que resolvió con firmeza predicar el evangelio y proclamar altamente la verdad con la pureza de un Hahnemann y con los bríos de un joven lleno de ilusión y de esperanza. Si; público es que en el año 40 empezó su propaganda homeopática en la capital de Castilla la Vieja sin arredrarle en lo más mínimo, ni las invectivas de todo género, ni el sarcasmo intolerable, ni el humillante desprecio para un alma dispuesta a todo género de sacrificios. Imposible parecía que un hombre de su edad, que un organismo agobiado por los años y acostumbrado a un género de vida sosegado y tranquilo, albergase un alma tan grande y una resignación tan estoica, capaces de hacer frente a los mil y un disgustos que su propaganda le acarreaba. ¿Cómo pues explicar tan rara anomalía, tan notable infracción de la ley general y una excentricidad tan extraña? En un siglo tan positivo, material y efectivo que hasta la honradez se cree una especulación, ¿será posible creer que solo el progreso de la ciencia y el bien de la humanidad doliente, han sido los principales móviles que impulsaron al filantrópico profesor de quien nos ocupamos, a la ímproba y para él insostenible tarea de anunciar y hacer triunfar una completa reforma que conmueve hasta los cimientos de la antigua escuela? A pesar del escepticismo que caracteriza y domina en nuestra época me resuelvo a creerlo así en atención a que su edad avanzada le anulaba todo porvenir y su posición independiente le hacía superior a mezquinos intereses. El poco tiempo que en Valladolid permaneció, dio sobradas pruebas de un valor moral innegable, de una serenidad imperturbable y de instrucción sólida y variada que sus enemigos reconocían a pesar de la animosidad que contra él abrigaban.

Viendo pues frustradas sus esperanzas y que lejos de realizarse el objeto para que fue llamado, temían indudablemente presentarse frente a frente a medir su ciencia médica, se trasladó a la corte donde merced a la verdad de la homeopatía y al recto juicio de tan digno apóstol, formó una clientela respetable y bastante apreciadora de la bondad y eficacia de las dosis infinitesimales. Publicó después el Examen crítico-filosófico de las doctrinas médicas homeopática y alopática, y en esta obra llena de fuego y animación, no solo rebatió con gran copia de razones los muchísimos puntos deleznables y ruinosos del viejo edificio de la ciencia, no solo manifestó en ella sus buenos conocimientos en homeopatía, sino que se vindicó con razón de los inmerecidos ultrajes que su decisión y generoso desprendimiento le motivaron.

Solo almas débiles, ánimos pusilánimes y médicos fríos y apáticos en la gran lucha que años ha se sostiene y cuya victoria no es dudosa, han lanzado su anatema y criticado injustamente la obra del desgraciado Coll, alegando para disculpar su indolencia y sensible apatía la virulencia de su lenguaje, la fuerte pero verídica censura a los deleznables e inconsecuentes principios de la medicina secular, la firmeza en fin con que defendió a la homeopatía de los alevosos tiros de sus implacables enemigos. Pero ¡ah! ¡Cuán injustamente han procedido! ¡Menester son, la paciencia de un Job, la resignación de un estoico, la indiferencia de un escéptico y la calculada comodidad de algunos eclécticos, para sobrellevar con calma y sufrir pasivamente las invectivas indignas de un hombre de buena fe, de puras y profundas convicciones, amante como el que más de toda reforma útil y beneficiosa a la humanidad doliente, de una reforma tan deseada y ardientemente pedida en todas épocas por los prohombres de la ciencia! ¡No! El Examen de las doctrinas médicas del doctor Coll le honra sobremanera, y lejos de empañar en lo más mínimo su probidad y sensatez nunca desmentidas, es por el contrario un testimonio fidedigno que unido a sus grandes esfuerzos por el triunfo de la verdad, le proporcionarán un lugar distinguido en la historia de la ciencia y en los fastos de la homeopatía española.

Incansable y en extremo celoso por la propagación de la santa causa que con tanto ardor defendía y sin detenerse por lo avanzado de su edad y las penalidades de un asiduo y continuo trabajo, se dedicó a poco tiempo a la traducción del Organon del arte de curar, del inmortal y célebre Hahnemann y el Manual de materia médica de Jhar y si esta última obra no ha salido por él, no fue culpa suya, pues trabajos tuvo preparados anunció el laudable deseo de dar una Biblioteca homeopática. Mas a pesar de tantas y repetidas pruebas de acendrado amor a la ciencia, y reconocida filantropía hacia la humanidad doliente, aun le faltaba apurar la copa de la amargura y resignarse a sufrir los mil y un disgustos de la sensible y apasionada parcialidad de ciertos comprofesores, siendo víctima de la notoria injusticia de sus contemporáneos que rara vez perdonan a los que como el señor Coll se lanzan denodados en el espinoso campo de la reforma. Pero era tan acerba y tan continua la crítica que se le hacía, fueron tantos y tan repetidos los insultos científicos y personales que se le dirigieron, que naturalmente habrían abrumado a un espíritu de menos temple que el que abrigaba el entusiasta y decidido homeópata aragonés. Lejos pues de ceder el campo a sus implacables enemigos, decidió y llevó a cabo la creación de un periódico homeopático (Gaceta Homeopática, primer año) del que fue digno director y donde para memoria suya y honor de la homeopatía española existen algunos trabajos que convencerán mañana a sus injustos detractores del equivocado juicio que de él habían formado.

Pero ¡oh fatalidad! ¡A los seis meses de tarea periodística, empezó a sentir el desgraciado Coll, que sus fuerzas le abandonaban, que su espíritu decaía y que a su entusiasmo y proselitismo le sustituían la indiferencia y apatía! Su vista se resintió notablemente y juzgando que tan natural fenómeno emanaba de la perniciosa influencia del clima de Madrid, marchó a la Andalucía y como ya caminaba a pasos agigantados hacia el fatal e inevitable destino del hombre, apenas gozó del bello y delicioso cielo andaluz. Volvió s muy poco tiempo dirigiéndose después a la Coruña donde permaneció dos años, siempre trabajando y dedicado a la práctica pura de la homeopatía. Solícita su familia en llevarle a su seno, para que tranquilo y sosegado concluyese sin afanes el resto de sus días, así lo verificó y al año de su permanencia en Toro, sucumbió prematuramente a la mortífera influencia de una fiebre tifoidea, sembrando el luto y consternación en su adorada familia; dejando inconsolable a sus verdaderos amigos; produciendo una verdadera pérdida a la doctrina homeopática siempre sensible pero más ahora que tanto necesita de espíritus esforzados para consumar la grande obra de propagación y triunfo; y abandonando en fin al naciente Instituto Homeopático Español que se honraba en contarle en el número de sus socios fundadores.

¡Séale pues ligera la tierra y goce en mejor vida el premio de sus eminentes, desinteresados y utilísimos servicios!

lápida
Epitafio grabado en la losa sepulcral donde moran los restos mortales del homeópata Doctor Coll, y dedicado a su memoria por Pío Hernández y Ramón Castillo.

Bajo esta losa funeral se entierra
De parientes y amigos el consuelo,
Mostremos, ¡ay! con lágrimas de duelo
Todo el pesar que nuestro pecho encierra.

Pues a alejar el mal que al hombre aterra
Se consagró con rígido desvelo;
Los frutos alcanzar logre en el cielo
Del mucho bien que derramó en la tierra.

Del saber y virtud sublime herencia;
De la verdad apóstol elocuente,
Y honor de la española inteligencia.

Al fallecer varón tan eminente,
Perdió una antorcha el templo de la ciencia
Y un bienhechor la humanidad doliente.

 

——

{1} A poco tiempo de iniciarse en las máximas o principios de la homeopatía, publicó en Toro un opusculito con el nombre de Aviso a los amigos y enemigos de la homeopatía, opúsculo que a decir verdad, salvo algunos lunares propios de sus modernas ideas entonces, contiene una exposición clara de la doctrina de Hahnemann, probando ya su idoneidad y suficiencia pera la lucha a que se preparaba.