Los libros
Dos representantes de la nueva literatura española
por Ignacio Iglesias
Cuantos nos esforzamos por seguir paso a paso la producción literaria española, particularmente la novelística, tropezamos con un escollo que rompe a veces nuestra buena voluntad: la proliferación del novelista irresponsable, o mejor dicho, del irresponsable que se cree novelista por el solo hecho de haber tenido la suerte de hallar un editor benévolo. En efecto, abundan en demasía las malas novelas, resultando pues dificilísimo avanzar por el dédalo que nos impone esa especie de inflación literaria. O nos cansamos pronto o bien arriesgamos estragar nuestro paladar. Y lo más lamentable del caso es que muchas de esas malas novelas –pésimamente escritas, ñoñas, inactuales– nos llegan con el atractivo perifollo de un máximo galardón obtenido en cualquiera de los concursos literarios que ahora tanto abundan en España.
Una de las notas características de esa producción literaria, tomada en su conjunto y sin parar mientes en las sobresalientes excepciones que por fortuna existen, es que pocos novelistas españoles actuales tienen un sentido moderno de la literatura, de su alta función artística y de su gran misión social. Campea a sus anchas la inactualidad, de manera tal que en no pocas ocasiones nos preguntamos en qué mundo vive el autor, pues las situaciones y los problemas que nos presenta a través de sus personajes se hallan archisuperados en nuestros días. Y así acontece que la mayor parte de esos novelistas noveles, junto con otros que ya no lo son, atraviesan el difícil y tortuoso campo de la novelística con paso quedo de sombra, silenciosos, cual corresponde a gentes que huyen deliberadamente de las complicaciones y que jamás piensan en comprometerse, aunque sólo sea para ponerse a tono con nuestro tiempo.
Mas, por suerte, existen las excepciones que nos compensan ventajosamente de las ratos de hastío, fruto de tanta lectura intrascendente y baldía. Si bien es cierto que hasta el presente la cantidad continúa imperando sobre la calidad, se apuntan empero ciertos casos de nuevos novelistas que parecen prometernos días mejores. ¿Saldrá al fin la novela española de ese marasmo en que, por causas mil que en este momento no es cosa de analizar, yace desde hace bastantes años? Dejemos la respuesta, si respuesta puede haber, para otra ocasión. Y limitémosnos a señalar gozosos a dos de esos jóvenes novelistas que más que simples promesas son realidades de la que pudiéramos denominar nueva literatura española. Uno de ellos se halla en el destierro y pertenece a la joven generación que hizo la guerra civil; el otro vive en España y era aún niño cuando la guerra estalló. Sus nombres son Segundo Serrano Poncela y Juan Goytisolo, respectivamente.
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Segundo Serrano Poncela se encontraba, repetimos, en el período moceril de su vida cuando se produjo en España la ruptura nacional de tan incalculables consecuencias, ruptura todavía sin restañar. La diáspora española hizo de Serrano Poncela un profesor universitario. Y en la Universidad de Puerto Rico profesa desde hace unos años literatura española, a la par que acompaña sus tareas docentes de una brillante labor de crítica literaria. Frutos sazonados de esos quehaceres literarios son sus obras El pensamiento de Unamuno, donde analiza la vida y la obra de aquel gigante del pensamiento ibérico que se llamó Miguel de Unamuno; Antonio Machado, su mundo y su obra, en la que ofrece una completísima exposición de la obra y del mundo de los poetas más puros y hondos de todos los tiempos; y, finalmente, Prosa moderna en lengua española, libro didáctico en el que el autor traza con pluma magistral las semblanzas literarias de los principales prosistas hispanoamericanos. En estas obras, Serrano Poncela se nos mostró como uno de los críticos más penetrantes de cuantos escriben en castellano, merced a su fuerza de análisis y de síntesis realmente extraordinaria.
Inesperadamente –al menos para nosotros– Serrano Poncela realizó una primera salida al campo de literatura de ficción con un librito de pocas páginas, pero de mucho valor –Seis relatos y uno más– que nos sorprendió al mismo tiempo que nos mostraba una faceta nueva de la obra de nuestro autor. ¿Respondían esos relatos imaginarios a un deseo hondamente sentido de emprender nuevos rumbos en su labor literaria o era algo así como un simple devaneo, con el solo propósito del crítico de mostrar que, al fin y al cabo, no era tan difícil hacer literatura de ficción? (Sabido es que el crítico literario abunda más en capacidad analítica que en espontaneidad imaginativa, y que aquélla, por lo general, suele poner fuerte freno a ésta.) En realidad, la respuesta a la anterior interrogante nos la dio últimamente mediante un nuevo libro titulado La Venda, integrado por una serie de ocho novelas cortas. Ya no cabe la menor duda: el crítico literario se nos ha doblado en novelista. Serrano Poncela es un novelista auténtico, completo y maduro.
Estas novelas cortas engloban estados de ánimo y modos de ser de gente española, con embriones de personajes y de actitudes, pero completos y cerrados. Así vemos en «La Venda», que da título al libro, a un sacerdote en estado de soberbia para quien se abren de súbito, tras haber pecado contra la pureza creyendo con ello hacer un acto caritativo, las fuentes verdaderas de la humildad; en «Amore Amaro» se trata del tardío e intenso amor de un novelista, ya maduro, por una muchacha norteamericana, con la desaparición de ésta y el suicidio de aquél; siguen cuatro novelitas que tienen como asunto episodios de la guerra civil española o que están directamente relacionados con ella («El encuentro», patético aislamiento del hombre en perpetuo destierro; «Prisioneros de guerra», estampa de los momentos postreros de la retirada de los soldados republicanos; «El retorno», el emigrado encarcelado a su regreso a España y que con sus creencias políticas hace ejercicios espirituales; y «Fraulein Inka» aventura amorosa de una espía alemana y un joven oficial republicano); en «El Incubo» se patentiza un agudísimo sentido del humor al presentar el mundillo literario con sus falsos intelectuales y sus escritores desportillados; por último en «Un susto», que cierra la serie de las ocho novelas cortas, nos encontramos con una sórdida historia de familia sorprendida en su intimidad.
No sólo Serrano Poncela ha triunfado plenamente, sin fallo alguno, en ese género de veras difícil que es la novela corta, sino que se nos presenta como un gran novelista, del que esperamos en un futuro próximo la novela grande que establecerá su definitiva y merecida consagración en la novelística española.
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Juan Goytisolo tenía seis años cuando la guerra civil española se desencadenó con toda su violencia. Su madre murió en uno de los bombardeos de aviación sufridos por Barcelona, y su padre fue encarcelado. A los seis años, pues, Goytisolo se encontró en la calle, sin hogar, junto con sus otros hermanos, hasta ser recogido y enviado con otros niños sin familia ni recursos a un pueblecito catalán casi abandonado, donde vivió los cuatro años de la guerra en estado de absoluta libertad. Fruto de esa temprana experiencia infantil es la novela Duelo en el Paraíso, escrita apenas a los veintitrés años. Mas dos años antes, Goytisolo había escrito otra –Juegos de manos– que le reveló súbitamente al lector español. Henos aquí, por lo tanto, ante un caso de precocidad que choca con la general creencia de que la novela es género de experiencias vitales, por lo que el buen novelista comienza a escribir sus obras cuando cuenta en su haber con suficiente vida vivida, e, decir, con una rica experiencia humana.
Juegos de manos acaba de ser vertida en lengua francesa con un excelente éxito, no obstante las cuatro mil novelas que las editoriales parisienses ofrecen cada año al público francés. Se trata de un libro en el que se refleja de manera violenta, viva y apasionada la «juventud terrible» del Madrid de la postguerra, compuesta por estudiantes que no estudian, procedentes en su mayor parte de las clases pudientes. Es el mal de la juventud española, en la que únicamente el odio y la cólera –cólera y odio contra todo y contra todos– anima unas vidas que no disponen de un ápice de ideal o de sana pasión. Son rebeldes sin causa a la que dedicar su rebeldía; brutales que ocultan su debilidad... El personaje que mejor simboliza a esa juventud sin norte es el verlainiano Uribe, un joven que vive en huída permanente de sí mismo, perdiéndose en fugaces apariencias; pelele gesticulador que se desintegra cotidianamente en la bebida y en el disfraz. Juega con la vida sin vivirla, lo mismo que todos los otros. A través de los personajes de Juegos de manos se nos muestra el aspecto total o totalitario de una angustia sin apelación posible, puesto que en sus tinieblas no penetra un solo rayo de luz y la existencia únicamente les ofrece lo que rechazan. El mundo de esa «juventud terrible» no es más que fachada. Y detrás de la fachada, nada.
El gran mérito de Juan Goytisolo es habernos ofrecido, apenas entrado en la primera juventud, dos novelas –Duelo en el Paraíso y Juegos de manos– en las que ha acertado plenamente. Ahora aguardamos con impaciencia una tercera novela que pronto verá la luz en Buenos Aires, puesto que la censura española la prohibió: Fiestas. No abundan los verdaderos talentos literarios precoces en la novela, género máximo que exige más reflexión que intuición y por lo tanto poco propicio para los jóvenes. Pero Juan Goytisolo es una excepción. Reúne todas las condiciones para ser un gran novelista y lo será. Yo así lo creo.
José F. Montesinos: “Valera o la ficción libre”
La revalorización de Valera no es cosa reciente. No arranca sino de la fecha del centenario (1924), a partir de cuyo momento Manuel Azaña dedica una serie de notables estudios a Valera y su obra. En esa revaloración, creo que la publicación de los ricos epistolarios valerianos ha tenido no pequeña parte. La figura de Valera aparece cada vez más atractiva y sugerente, y sus cartas, sabrosísimas, constituyen, no sólo una deleitosa lectura, sino un arsenal de noticias sobre su vida y su obra, y sobre la vida literaria y social de su tiempo. Como es natural, su obra de novelista también ha suscitado últimamente el interés de los críticos, y este libro del profesor Montesinos –uno de los críticos más agudos y sensibles de nuestra hora– viene a subrayarlo de nuevo.
En el proyecto, en parte ya intentado, de una vasta historia de la novela española moderna, que acaricia Montesinos desde hace años, y del que ya ha anticipado una espléndida Introducción, y algún capítulo –un volumen dedicado a Alarcón–, no podían faltar las páginas a Valera. Montesinos confiesa en el prólogo de este libro suyo (Valera o la ficción libre. Ensayo de interpretación de una anomalía literaria. Editorial Gredos, Madrid, 1957) la «inmensa simpatía» que le ha inspirado siempre el autor de Pepita Jiménez, pero ni por un momento se deja arrastrar por esa simpatía para ofrecernos un libro ditirámbico y apasionado. Su estilo crítico es siempre objetivo y sereno. No se apasiona por su autor, pero sí le interesa hallar el secreto de su obra, los móviles que inspiraron su creación artística, y analizar los medios empleados en ella, fuesen o no acertados. En el caso, tan interesante, de Valera, lo primero que hace Montesinos es indagar y aclarar el concepto que de la novela tenía el autor de Doña Luz, como novela «en libertad», es decir, libre de trabas, reglas y límites, temporales o espaciales. Era la suya una concepción antirrealista de la novela, sentida ya desde muy joven, y mantenida a lo largo de toda su carrera de novelista y de crítico. Ya en Mariquita y Antonio (1861), como subraya Montesinos, está en germen esa concepción valeriana de la novela, que luego el propio Valera se cuidó de exponer ampliamente en sucesivos textos críticos, sobre todo en sus Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas (1886-1887). Los textos antirrealistas que espiga Montesinos en la obra de Valera, y en sus cartas, son reveladores. Véase alguno, como ejemplo: «Prefiero la peor novela de Walter Scott a toda la Comedia Humana» (carta a H. García de Quevedo); nada le irritaba más que «la indecencia docente y humanitaria de los naturalistas» (carta a Campillo), y en otra carta a Campillo: «También deseo escribir más novelas para seguir en mis trece de dejarme llevar de la inspiración y poner por escrito lo que se me ocurra, burlándome de este arte nuevo del realismo, moda ridícula y vanidad que han importado de Francia.»
En suma, Valera era decidido partidario del arte por el arte, y en su consideración de la novela se mostraba rabiosamente fiel a ese principio. Sólo señaló una limitación al derecho de novelar libremente: la de no caer en lo feo y en lo torpe. De no haberla señalado, su idea de la novela podría considerarse hoy muy actual: es decir, la novela como cajón de sastre, donde todo es permitido, incluso la mezcla de otros géneros. Pero, como advierte muy bien Montesinos, la posición antirrealista de Valera se alejaba bastante de los gustos y aficiones de su época: una época en que triunfa, por cansancio y agotamiento del romanticismo, el arte realista, y su derivación más brutal: el naturalismo. No se comprende bien, escribe Montesinos, cómo Valera, aspirando a ser un autor popular, concretamente un novelista popular –porque de su popularidad como poeta se desengañó pronto, no sin amargura–, podía, sin embargo, pensar de esa manera, y defender a capa y espada su, en aquel momento, anacrónica concepción del arte. El adjetivo no es nuestro, sino del profesor Montesinos, que ve en Valera, a ratos, un escritor del siglo XVIII, más que del XIX. Conocida es su impermeabilidad al romanticismo. Su poeta preferido no fue Zorrilla o Espronceda, aunque los elogiase sin tasa, sino... Quintana.
El examen detenido que hace Montesinos de las principales novelas de Valera, y la indagación analítica que intenta de sus objetivos artísticos y de los medios que utilizó para lograrlos, prueban esa concepción de la novela «en libertad», que, según Montesinos, es una creación típica del autor de Pepita Jiménez, y al mismo tiempo una anomalía literaria. Valera necesitaba de esa libertad para ejercer, aunque fuese inconscientemente, su vocación de moralista, entendida la palabra a la francesa: un escritor entregado al estudio del hombre, de sus actos y de sus móviles. Pero, cosa curiosa, todas las cuestiones morales que se suscitan en la obra de don Juan arrancan de problemas de amor.
El libro del profesor Montesinos es, sin duda, una de las más logradas aportaciones a los estudios valerianos, un libro de crítica iluminadora y penetrante.
A. D.
Manuel Lamana: “Otros hombres”
Henos aquí ante un libro que escapa a la clásica definición de la novela y que entra de lleno en esa literatura, bastante pródiga en nuestros días, que es ante todo y sobre todo testimonio directo, a la par que alegato y protesta. Esta literatura es reflejo o expresión de una realidad que nadie puede ignorar: la triste situación de los hombres que se han visto privados por la violencia de sus libertades más elementales. Nuestro mundo civilizado ofrece múltiples ejemplos.
Otros hombres (Editorial Losada, Buenos Aires, 1956) tiene por temática la acción clandestina llevada a cabo en España a partir de 1945 –el año de las grandes ilusiones perdidas, puesto que la liberación de Europa dejó sin resolver, contra toda lógica, el problema español– por un grupo de jóvenes estudiantes anhelosos de recuperar lo que su mayores perdieron, es decir, la libertad. Con un estilo directo las más de las veces –sólo en ocasiones resulta un poquito moroso, tal vez intencionadamente– y sin esa especie de hojarasca seudoliteraria de la que suelen usar y abusar los escritores noveles, Manuel Lamana nos ha pintado un cuadro del angustioso drama de las nuevas generaciones españolas, yacentes en el mayor de los desamparos por no disponer ni de un presente ni de un pasado, sabiendo bien lo que no quieren, pero ignaros aún de lo que desean, salvo ese afán de libertad. Por eso el libro toma a veces cierto tono polémico, sobre todo cuando se refiere a las posibles soluciones del problema político español. Más añadamos inmediatamente que ese tono no causa perjuicio alguno al relato, sino todo lo contrario; al fin y al cabo es la forma de expresión de un joven comprometido que nos refiere sus experiencias tal como las vivió y sufrió. Así gana en sinceridad, que no es cosa de poca monta.
Desde las primeras páginas de Otros hombres vemos cómo la juventud española –al menos un sector de ella: el universitario– se siente dominada por una angustiosa sensación de vacío, de vida marginal, sin mucha fe y con poca esperanza, buscando en la acción un medio de escapar a ese estado letárgico. Uno de los personajes lanza esta afirmación amarga y dolorosa: «Tal vez lucho porque no tengo nada en qué creer.» Efectivamente, ¿en qué podían creer aquellos jóvenes, hijos de la mayor de las derrotas nacionales? El pasado no lo conocían y les resultaba inservible; el presente lo odiaban justamente por conocerlo harto bien. Su única convicción era que respecto a sus mayores –los vencedores y los vencidos– ellos resultaban otros hombres. De ahí el título del libro.
Resumamos a grandes rasgos la trama de Otros hombres: Un grupo de jóvenes estudiantes había montado una organización clandestina, que poco después es descubierta por la policía. Unos van a la cárcel y otros logran ocultarse. Javier y Rivas –dos de los principales personajes– logran huir a Francia gracias a la ayuda de unas muchachas norteamericanas. Y en Francia, donde esperaban hallar la libertad y la comprensión, sufren toda clase de dificultades materiales y la decepción que les producen los viejos políticos republicanos expatriados. Javier es víctima de la abulia y un día se deja caer en las aguas del Sena: Rivas se encierra en una soledad metafísica. Así termina la aventura de dos jóvenes representantes típicos de su generación. El libro se ha desarrollado, pues, entre la esperanza y la desolación, entre la ilusión y el desengaño.
Otros hombres merece ser leído y meditado. Tal vez el valor estrictamente literario del libro sufra algunos altibajos, sobre todo a causa de un final un poco forzado y lacio. Pero está escrito con sencillez y resulta un documento de primer orden.
Susana March: “Algo muere cada día”
Si bien el novelista español muestra una profunda repugnancia ante todo cuanto suponga exploración por los íntimos entresijos del yo –el francés, dicho sea de paso, lo hace con delectación casi morbosa, para mayor gloria de la novelística de su país–, en cambio se recrea fácilmente contando una infancia real o ficticia. ¿Por qué? Pregunta fácil, de difícil respuesta. En todo caso, cada pueblo es como es y resultaría pueril ponerse a establecer comparaciones que nada aclararían.
Todo esto viene a cuento de la novela de Susana March, Algo muere cada día (Editorial Planeta, Barcelona, 1955), llegada a nuestras manos con un retraso que somos los primeros en lamentar. En ella se cuenta de manera amena y fácil la niñez de una muchacha, apenas distinta de todas las niñeces, con los sueños y ensueños propios de la infancia y las realidades oscuras impuestas por la vida al través de los quehaceres cotidianos. Trátase de una niña un poco solitaria, como tantas otras, a la que vemos crecer y entrar en la adolescencia, luego en la juventud, con el consiguiente matrimonio, el amor, el desengaño, las tentaciones, los renunciamientos y, finalmente, la estoica o fatalista resignación final. Es, pues, una vida como multitud de otras vidas, vida de mujer que se cree incomprendida, quizás porque lo es, como lo son todos o casi todos los seres humanos. Digamos que el fondo narrativo está constituido por breves y elocuentísimos episodios de la guerra civil, si bien el tema principal no es la guerra en sí. Ya queda dicho que de lo que se trata en realidad es de contar al lector una vida cualquiera.
Algo muere cada día debe de tener no pocos rasgos autobiográficos, cual suele acontecer cuando se abordan esta clase de temas, y sus páginas nos descubren a la notable poetisa que es Susana March. La lectura es fácil y muy amena, merced al estilo llano empleado por la autora, la cual se nos muestra como fina narradora. El libro ofrece dos características altamente meritorias: sencillez narrativa y presencia directa de la vida. Verdad es que Algo muere cada día rezuma cierto pesimismo, como lo indica el propio título, pero es un pesimismo sin grandes gestos ni actitudes descomedidas, más bien sereno y simple. Hay en esta novela de Susana March mucho de verídico y de conmovedor.
En el prólogo se nos cuenta el retorno del marido ausente durante varios años. A continuación, la vuelta al pasado, es decir, la vida de la mujer desde la niñez hasta que el esposo vuelve al hogar, con la vasta serie de sucesos que llenan toda existencia. En este caso que nos relata Susana March tropezamos con un fracaso esencial: el fracaso del amor. Y el libro se cierra con este párrafo final: «Ir amontonando ruinas es vivir.» Por eso algo muere cada día. Título acertado de una novela bien lograda.
Alberto Escobar: “La narración en el Perú”
En un volumen de anchos márgenes y apretada tipografía (editado por Letras Peruanas, Lima, 1956), Alberto Escobar, joven poeta peruano, ha reunido una interesante galería de narradores peruanos, desde la Conquista hasta nuestros días. Son 82 autores. Quizá mucho para las letras de un joven país. Pero, es que el concepto de narración que usa Escobar sobrepasa lo literario. Cubre diversos tipos narrativos, inclusive los históricos, de manera que en sus páginas figuran nombres literarios y otros muchos que no lo son. Por otro lado, no se reduce a presentar los más valiosos, sino que recoge aun aquéllos que no lo son tanto. De ahí que, muy lejos de una selección, esta compilación o galería deba ser considerada cuantitativamente al par que cualitativamente. Desde el primer y segundo punto notamos que entre los narradores peruanos faltan algunos de evidente nombradía: Aurelio Arnao, Augusto Aguirre Morales, José Carlos Chirif, José Santos Chocano, Enrique Casterot y Arroyo, Raymundo Morales de la Torre, Antonio Garland, Juan Bautista de Lavalle, Sor Folie (Isolina Soto), Sor Presa (Angela Ramos), Juan Seoane, Luis Alberto Sánchez, Ismael Silva Vidal, José Carlos Mariátegui, Eduardo Zapata López, que no pueden ser omitidos, como tampoco lo podría ser Fausto Gastañeta, autor de uno de los pocos tipos perdurables de la literatura peruana, el de Doña Caro. Pero, dejando de lado estas evitables omisiones, el libro es de una manifiesta utilidad y el primero en su especie. Se le podría tan sólo objetar que es demasiado ancho, que concede en exceso al circunstancial valor de los escritores ahí comprendidos, y que no cautela como debiera el valor literario, sino que permite innecesarias filtraciones de otros manantiales absolutamente extraliterarios. Escobar, en cambio, se revela como fino crítico y notable estudioso en el prólogo, donde pasa estricta revista al género narrativo en su país. Libro recomendable, digno de estímulo y aplauso.
S.
Miguel de la Mata: “Vagancia”
El primer libro de Miguel de la Mata, «líder» sindical y político peruano, a la par que inquieto hombre de letras, se titula Vagancia. Es un reto a lo consabido. Pocos libros son tan tensos, tan amargos en su fondo y tan livianos y alegres en su forma como éste. De la Mata, que fue preso político muchas veces, tenía los originales de su obra guardados desde hacía 16 años. Salen ahora, cuando él bordea los 50. Presentan, sin duda, a uno de los más vigorosos narradores del Perú. Posiblemente, si persiste, a un gran novelista.
El libro no tiene, en apariencia, una trama. Se limita a mostrar «postales», es decir, estampas. Cada una de ellas es sencillamente magistral. Sin retórica, pero con gran intensidad de estilo y de penetración psicológica, de la Mata hace desfilar ante nosotros un submundo extraordinario. Frente a él, los demonios humanos de Dostoyewski, los subhombres de Gorki, tienen poco que decir. Sin exageración, el libro de Miguel de la Mata es uno de los preludios de escritos más logrados que conocemos en toda la literatura americana. Nos parece que supera las expectativas en torno a Hombres y Rejas de Juan Seoane, La prisión de Gustavo Valcárcel, Hombres sin mujer de Carlos Montenegro, Hombres sin tiempo de Alfredo Pareja Díez Canseco, y el libro par del de de la Mata, Kilómetro 83 de José Díez Canseco, inserto en el volumen Estampas mulatas.
El tema de Vagancia es, como era de suponer, los vagos, que en el Perú se encuentran sometidos a una ley especial, verdadera espada de Damocles pendiente sobre cualquier ciudadano que no indique sus fuentes de ingreso. La vida en la cárcel es el hilo conductor de la obra. Hay personajes de un relieve dantesco. El escritor no exagera. No prepara. No comenta. Le basta con describir, con un estilo de alta tensión poética pese a su prosaísmo.
Impreso con excesiva modestia, creemos que este libro es de los que deben recomendarse, reeditarse y proseguirse. Es el compromiso que ha contraído con sus recientes lectores el ya cincuentón «líder» sindical y ahora escritor social Miguel de la Mata, oriundo de Huánuco, en el Perú, la ciudad desde donde, hacia 1620, escribía a Lope la hasta hoy anónima Amarilis, poetisa de las mejores de su mundo y de su edad.
S.
Pierre Darmangeat: “Antonio Machado”
El hispanista francés Pierre Darmangeat ha publicado, en la Librería de las Ediciones Españolas de París, un estudio que titula L'homme et le réel dans Antonio Machado.
¿Qué se propone Darmangeat con su obra? Alzarse contra el sambenito de irrealismo que se ha querido colgar sobre la poesía y la ética de Machado. Sambenito semejante sólo puede venir de quienes no conozcan la obra machadina a fondo o que, conociendo ciertas partes, ignoran todo o casi todo de otras. Darmangeat, por su parte, conoce a fondo la trayectoria total del poeta.
Para sistematizar en cierto modo su análisis, divide Darmangeat sus páginas en varios capítulos que titula respectivamente El Universo en su conjunto, El mundo exterior, La tierra y el hombre, El medio social y el retratista. De esta forma vamos viendo la presencia de las cosas externas en la poesía machadina y su conciencia de la división entre las dos Españas. Tenía Machado sumamente desarrollada su sensibilidad histórica. Sus sueños se hallan, en efecto, mezclados con elementos históricos, o se desarrollan sobre un telón de fondo histórico que no puede ser más real. Vislumbra incluso, el gran poeta andaluz, la posibilidad de un cambio, de poder influir sobre los acontecimientos. Se da cuenta de que todavía puede salvarse la España cubierta de sucios oropeles que vive amancebada con el señoritismo.
Al llegar la guerra civil, el poeta, en vez de internarse por las escondidas galerías que le llevasen a una torre de marfil, se lanza de lleno a la calle. Su orientación política en favor del socialismo no deja lugar a dudas. Así se cerraba una evolución lógica en un poeta que amaba al pueblo entrañablemente, sin asomo de demagogia.
No existe en el estudio de Darmangeat un rígido cartesianismo al que hubiera podido llegar fácilmente de habérselo propuesto. Darmangeat, por ser poeta él mismo, sabe muy bien cómo hay que presentar a un poeta. Para ello abraza el oficio de prestidigitador de feria. Darmangeat va sacando ante nuestros ojos atónitos las mil maravillas que encierra el saco sin fondo de la poesía machadina.
A manera de apéndice Pierre Darmangeat prolonga su libro estudiando más a fondo el poema de La tierra de Alvargonzález.
Darmangeat nos había mostrado igual conocimiento exhaustivo del tema tratado en un libro sobre Pedro Salinas. Diríase, no obstante, que en la obra que nos ocupa, Darmangeat es menos profesor. La figura de Antonio Machado le inspira un cariño más familiar. Ciertas observaciones que hace en su libro no pueden ser fruto mas que de reflexiones prolongadas, de diálogos, de poeta a poeta, con Juan de Mairena.
El objetivo que el autor buscaba con su libro queda alcanzado desde las primeras páginas. El resto sirve para deleitarnos con consideraciones de jugoso humanismo.
L. L. A.
Roberto F. Giusti: “Poetas de América”
La Editorial Losada, de Buenos Aires, ofrece en su colección contemporánea un pequeño volumen que reúne varios estudios críticos sobre poetas americanos, debidos a la prestigiosa pluma del escritor argentino Roberto F. Giusti, cuyos cincuenta años de labor literaria fueron celebrados no ha mucho en forma adecuada por sus numerosos seguidores y amigos.
Abarca el libro doce trabajos sobre otros tantos poetas, en los que junto al análisis de su obra se nos brinda una jugosa semblanza personal, muy acertada y perspicaz de cada uno de ellos –con sus virtudes y flaquezas–, encuadrándolos en el ambiente y en el período en que vivieron, lo que da ocasión al autor para trazar, como de pasada, unos cuadros de época siempre evocadores y a veces pintorescos, que forman la parte anecdótica y más amena del libro. Y decimos la más amena, porque, a decir verdad, ameno es todo el libro. El dilatado y profundo conocimiento que tiene Giusti de las letras hispanoamericanas, de la fisonomía personal y literaria de sus cultivadores, de las circunstancias y azares que alentaron o condicionaron su producción, de sus cambios de rumbo en la vida, que inevitablemente se reflejan en la obra de cada cual, de sus influencias y motivos de inspiración, le permite hacer una crítica llena de calor humano, en la que el hombre y la obra van como fundidos, una crítica vital, palpitante, muy alejada de esa otra crítica que es mera disección y seca exposición, que podrá tener también sus méritos, pero que adolece de una aridez desoladora.
Giusti, que no es un apologista de los poetas hispanoamericanos, sino un crítico que en ocasiones carga la mano en la censura –díganlo sus severas reprobaciones a Santos Chocano en el ensayo que le dedica, si justas las dirigidas al hombre que «convertía en moneda sus ideales políticos», acaso extremosas, aunque no pueda decirse que infundadas, las que van contra sus versos–, sustenta en algunas de sus páginas opiniones favorables a sus biografiados, en pugna con otras opiniones muy generalizadas. Tal ocurre, por ejemplo, cuando reivindica, con mucha agudeza, para el romántico argentino Esteban Echeverría la calidad de poeta de inspiración, que comúnmente se le niega, considerando su obra como de estudio y de paciencia tan sólo, o cuando señala lo provechoso de la crítica de Grousac para los estudios históricos argentinos, proclamando la veracidad –tan discutida– del conjunto de su obra en este aspecto, a despecho de algún pormenor erróneo o de algún juicio apasionado.
Todos, todos los ensayos que forman el libro Poetas de América, en que nos ocupamos, suscitan la atención y el interés del lector apenas comenzadas las primeras líneas: lo mismo aquel tan breve y substancioso en que hace notar la vigencia del Ariel, de Rodó, medio siglo después de haber visto la luz pública y no obstante la rápida carrera que ha hecho desde entonces la humanidad, como el que inicia el volumen con la silueta literaria y política de José Joaquín de Olmedo; el que dedica al poeta de la libertad, José Mármol, como el que consagra al arte y a la concepción artística de Rafael Obligado, el poeta de la nostalgia. Pero entre ellos nos ha complacido especialmente la lectura del primoroso y pintoresco capítulo en que la figura originalísima y bohemia de Alberto Gerchunoff destaca su aire galante, socialista y graciosamente doctoral, sobre un fondo de recuerdos de juventud del autor de Poetas de América –tertulias familiares o literarias, redacciones de viejos periódicos desaparecidos ya, acogedores restaurantes frecuentados por las gentes de letras, &c.–, que dan a este ensayo el atractivo de una estampa de época encantadora, pintada como al desgaire, pero de mano maestra.
Poetas de América es un excelente libro de crítica y de biografía, utilísimo para el más acabado convencimiento del representativo grupo de poetas a que se pasa revista en sus páginas. Y no sólo se aprende mucho con su lectura, en los autorizados juicios de Giusti, tan penetrantes y sutiles, sino que tal lectura es un deleite, una fiesta para el espíritu.
C. A.
De los poetas a la poesía
Ínsula le ha publicado en Madrid a Carlos Bousoño su Noche del Sentido. La poesía de Bousoño es un estado de ánimo que se prolonga. El poeta no trata de formular una concepción del mundo ni intenta siquiera explicar las cosas. Su empeño es más humilde. Bousoño espera buenamente. En el fondo le agradaría que algo cambiase, pero no hace el menor esfuerzo por provocar el cambio. En Noche del Sentido se trata, más bien, de expresar una insatisfacción descendente y un sentimiento de inutilidad del esfuerzo, que confieren a su poesía una elegancia estética indiscutible.
Poesía la suya más de abandono que de iniciativa, más pasiva que activa. Su ideal parece consistir en dejarse arrastrar suavemente a la deriva. De no ser porque en la experiencia mística el abandono se conquista, podría asimilarse su poesía a la de los místicos. De no ser porque el desprendimiento de los estoicos no se logra sino tras un difícil proceso de lucha, diríase que su poesía tiene algo de estoica.
En la Noche del Sentido la amada arranca al amado de la melancolía y tiende un velo en torno suyo para protegerle contra la realidad de las cosas. La amada es luz y guía. El poeta no tiene más que dejarse llevar de la mano como un niño.
En la Noche del Sentido no existen posibilidades históricas ni sociales. El poeta ama a España aunque su latido de amor es vano. Una España fantasmagórica que debe permanecer, como todo lo que ama; en un reino de niebla. Todo afán por una patria mejor parece inútil: Pretendemos hacer a España hermosa / cual trabajar en nuestra propia caja / de muerto. España; que en la luz se cuaja / como un sepulcro funeral. Inútil avanzar; imposible retroceder, difícil mantenerse. ¿Qué hacer, pues, en medio de esa patria extinguida? ¿Corresponde ese estado de ánimo a toda una generación?
A pesar de su refinamiento, de su elegancia, de su lirismo distante, se adivina en Bousoño un alma generosa que busca a su manera.
Esperemos a Bousoño en su próximo libro.
Lejana patria se titula el libro que desde Bogotá nos envía Helcias Martán Góngora. Lejana Patria va precedida de Las Bocas Fieles. Hay mucho camino recorrido desde Las Bocas Fieles a Lejana Patria. En el primero se advierten todavía influencias que en el segundo desaparecen para dar paso a una voz más personal. El poeta adquiere así mayor dimensión sin renunciar por ello al ritmo interno de Las Bocas Fieles que tanto encanto tiene.
El Ministerio de Educación Pública peruano ha editado Poesía de Demetrio Quiroz-Malca. Cultiva deliberadamente Quiroz-Malca cierto tipo de arcaísmo poético. Arcaísmo, más por la expresión y por el ambiente que por las palabras empleadas. El dominio de la forma y la capacidad de adaptación de Quiroz-Malca son realmente sorprendentes. Su refinamiento estético sumamente meritorio.
Agradecemos a la gran poetisa uruguaya Dora Isella Russell el envío de parte importante de su obra. Nadie ignora, en el mundo de habla castellana, los méritos y virtudes de la poesía de Isella Russell. Esperamos con gran interés sus próximas creaciones que no harán, sin duda, más que confirmar su trayectoria.
L. L. A.
Luis Alberto Sánchez: “Historia de América”
Prolija es la labor del conocido escritor Luis Alberto Sánchez. Hombre de bien formada cultura, de pensamiento ordenado, sus libros en América –y sus diversas colaboraciones para diarios y revistas– han servido de guía para el conocimiento de hechos, problemas, personajes, y, en general, para las diferentes manifestaciones del proceso histórico y cultural del nuevo continente.
La Editorial Ercilla de Chile publicó, últimamente, la sexta edición de Historia General de América que, hace algunos años, lanzó a la luz pública y por primera vez el mencionado y distinguido intelectual. Pero ahora la obra está totalmente puesta al día y corregida de acuerdo con las nuevas concepciones de la pedagogía. En esto, precisamente, merece destacarse –sobre todo– el libro que ligeramente comentamos.
Luis Alberto Sánchez, además de sus dones de escritor y de ensayista, es un buen profesor. Ha dictado cursos en la Universidad de San Marcos de Lima, en el Instituto Nacional de Panamá, en el Lyceum de La Habana, en el Colegio Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires, en la Universidad de Quito y en la Facultad de Filosofía y Pedagogía de Santiago de Chile. Su versación en materia histórica ha sido apreciada por numerosos Institutos americanos, siendo miembro correspondiente de la Academia de la Historia del Ecuador. Su libro, por lo tanto, es fruto en mucho de su experiencia profesoral, pedagógica.
Dividido en ocho partes, estudia a América desde la época aborigen hasta nuestra presente actualidad (1956). Pero cada clasificación que hace no es la descripción de simples acontecimientos en los cuales, generalmente, se enredan los historiadores, sino que buscando las causas para la explicación y entendimiento de cada etapa americana, introduce, mejor, juzga indispensable hacer referencia a elementos que, como él bien dice, son «a menudo pospuestos»; tales serían el aporte económico, la evolución del trabajo, el papel de la mujer, la significación de la calle, el tono de la cultura, las relaciones internacionales. Por otra parte, a través de toda la Historia General de América su autor manifiesta ese amplio «patriotismo continental» que es esencia de su formación humana, espiritual.
Libro sin duda escrito para los estudiantes americanos, es necesario para quienes deseen –con justo interés– conocer la forma como se ha ido formando la personalidad del continente nuevo. Luis Alberto Sánchez –en su breve introducción él lo explica– «ha tratado de evitar todo escollo de índole particular. Ni patrioterismo ni tampoco inocuidad. Si el exceso de pormenores sobre lo que constituye la crónica policial de la historia, esto es, las guerras, representa un obstáculo para establecer una armonía durable, también se debe tener presente que el angelicalismo profesional, el no considerar la existencia de ningún conflicto, aparte de falsificar la historia, da como resultado un relajamiento de vínculos internos que no deben perderse. Juzgamos nuestro único mérito sabernos sobreponer al campanario y, a la vez, tratar de recoger el clamor de la tierra», termina diciendo.
J. M. M.
Carlos Dávila: “Nosotros, los de las Américas”
Carlos Dávila Espinoza fue uno de los periodistas más hábiles y mejor informados de América. Desarrolló su vastísima labor en Chile, su patria, y en los EE. UU. Su influencia periodística lo llevó a ligarse a la política, participando en sucesos extraordinarios de su país, y esta actividad política, a su vez, le procuró el conocimiento profundo de los grandes problemas nacionales y del continente, y al mismo tiempo le facilitó la visión directa de los poderosos intereses que juegan en el trasfondo de la política americana, todo lo cual enriqueció y robusteció su labor periodística.
Carlos Dávila dirigió La Nación, en su tiempo el diario más importante de Chile; más tarde fue designado Embajador ante los EE. UU., donde descolló como uno de los más inteligentes diplomáticos. A raíz de los turbulentos acontecimientos de 1932 llegó a ocupar durante cien días la jefatura del gobierno en Chile. Derribado del poder, fundó la excelente revista semanal Hoy. A poco de dejarla en buen camino se radicó en EE. UU. donde se hizo respetar como periodista sagaz y dinámico. Regresó a su patria al cabo de veinte años de ausencia, volviendo a tomar la dirección de La Nación. Debió abandonarla para asumir el cargo de secretario de la O.E.A. Desgraciadamente falleció en 1955, en plena faena americanista.
En medio de sus tareas informativas, Carlos Dávila compuso su denso libro Nosotros los de las Américas, de extraordinaria calidad socio-económica y de vigorosa crítica constructiva en favor de la integración continental y de su progreso armónico. La Editorial del Pacífico ha lanzado una segunda edición y, de nuevo, desatará polémicas ardorosas.
Este libro analiza con una lucidez y franqueza admirables todos los aspectos de la confusa situación de América y los rasgos más acusados de las curiosas relaciones de los países latinoamericanos con los EE. UU. Para él, el hemisferio occidental ha debilitado, en parte, su misión al no organizarse como entidad única, poderosa e independiente, para dirigir los asuntos mundiales en vez de ser arrollado por ellos. Reconoce y exhibe la culpabilidad de los países indo-americanos, pero acusa con gran calor a los EE. UU. de no haber llevado a cabo, de manera amplia y sincera, una política de cooperación con América Latina, para encaminar su desenvolvimiento efectivo, diversificado y sólido. ¿Por qué? Según Dávila, uno de los motivos decisivos en el retraso de una acción intensa de los EE. UU. en favor del progreso rápido de América Latina ha sido la desfiguración sistemática de las relaciones económicas entre ambas secciones del continente. Examina de manera impresionante, por los hechos, datos y argumentos acumulados, todo el cuadro de las relaciones de los EE. UU. con América Latina, de los esfuerzos verificados por modificarlas en un sentido positivo, de beneficio para ambos y para el mundo, y su fracaso constante.
Su análisis de la realidad mundial y la lucha de intereses en su seno, como su enfoque de la pugna ideológica, donde traza un paralelo de las concepciones liberal-individualista y marxista-comunista, a las cuales rechaza por deterministas e inhumanas, es de gran audacia y penetración. Frente a aquellas ideologías presenta la concepción pragmática norteamericana. En seguida, lleva a cabo un paralelo entre Norteamérica y Latinoamérica, de gran franqueza y exactitud. Termina proclamando la urgencia de la unidad e integración de América con razones y perspectivas irrefutables.
J.
José L. Romero: “El ciclo de la revolución”
Gran trabajo de síntesis tuvo que realizar sin duda el autor de este libro –distinguido profesor en la Universidad de La Plata– para ofrecernos en bastante menos de doscientas páginas de un pequeño volumen de la Biblioteca Contemporánea (Editorial Losada, S.A., Buenos Aires) todo el proceso de la revolución política y social de nuestro tiempo, llevándonos como de la mano, por entre la complicada maraña de los hechos, a la búsqueda de una explicación histórica de la época que vivimos, época que, a trueque de miserias y dolores, reviste «una grandeza que acaso no comparta sino con pocas épocas pretéritas, aquellas que han prometido una creación fundamental».
No cabe, ni aun someramente, hacer una referencia de una obra de tal índole, que es ya en sí misma un esfuerzo de condensación. Digamos, sí, al recomendársela al lector como muy esclarecedora y provechosa, que no se trata meramente de un libro de historia –carece del rigor y de la objetividad que suele caracterizar a ese género–, ni tampoco de un libro de eso que llaman sociología, sin que nadie sepa a ciencia cierta en qué consiste esa flamante disciplina, sino de un «film» histórico social pleno de interés, que abarca desde la actividad de los grupos sociales que hacia fines del medievo constituyeron la primitiva burguesía, al socaire de ciertas transformaciones económicas, hasta los problemas candentes de nuestros días, suscitados en gran parte por el golpe recibido por la conciencia burguesa en Rusia a fines de la primera guerra mundial, con la revolución bolchevique, que si tiene importancia por su significación, la tiene mayor aún, en el sentir del Sr. Romero, como punto de arranque para una revisión a fondo del orden social en todo el Occidente.
En el estudio que del vasto ciclo de la revolución contemporánea hace el autor, abundan, entremezcladas con la exposición e interpretación de los hechos, las opiniones personales, de las que reciben estas páginas aliento y vitalidad que las animan considerablemente. Tanto más, cuanto que –contra lo que es habitual en trabajos de esta clase, cuyos autores propenden a convertirse en profetas de desventuras– el tono de estas opiniones es sereno y más bien consolador.
Sin que desconozca ni oculte el Sr. Romero la gravedad y los peligros de la hora dramática en que estamos –y más grave aún que el riesgo de una nueva guerra, le parece, a la larga, «la crisis de las estructuras sobre las que se vive y la pérdida de aquellos valores tan entrañables que la vida se hace deleznable sin ellos»–, se trasluce del conjunto de su obra la esperanza de que en esta crítica edad del Occidente, los hombres de buena voluntad están a tiempo aún y sabrán cumplir su misión de salvar los bienes de la cultura contra quienes exaltan frente a ellos las fuerzas primigenias de la tierra, la sangre y los instintos.
Libro plausible este en que nos ocupamos, por su clara síntesis, y de confortadora lectura, porque sin caer en un optimismo frívolo, no opone ninguna barrera al natural anhelo que todos sentimos de que la humanidad pueda enveredarse por buenos caminos a un porvenir mejor, más estable y más claro que el angustioso presente en que nos ha tocado la suerte –la mala suerte– de vivir. Y sobre todo, libro de copiosa información y sustancia.
C. A.
Un nuevo libro de Denis de Rougemont
Hay mil signos que atestiguan que el siglo XX dejará huella por haber asimilado la conciencia occidental. Habiendo llegado en un momento de crisis de extrema gravedad, el Occidente, y todavía con más precisión, la conciencia europea, debe enfrentarse con esta aventura que se confunde con su civilización de hace dos mil años. La obra de Denis de Rougemont, titulada La Aventura Occidental del hombre, publicada en francés por Albin-Michel, tiene por esto una significación muy singular, hasta el punto en que en ella el autor describe y analiza, no la civilización occidental en sí, sino la actitud humana que condiciona esta civilización occidental.
Por esa misma razón, se trata de cosa muy distinta a un balance de la civilización occidental, puesto que Denis de Rougemont no se contenta con responder a la pregunta previa: «¿De dónde venimos?» Lleva más adelante sus investigaciones y se pregunta: «¿Dónde estamos?», y sobre todo contesta a la interrogación angustiada de tantos y tantos hombres del Occidente: «¿A dónde vamos?»
Para contestar estas tres preguntas fundamentales y para que las respuestas sean satisfactorias, era muy necesario que quien las aportase fuera un hombre como Denis de Rougemont, director del Centro Europeo de Cultura, organismo que tiene por misión poner de manifiesto y confirmar la herencia cultural de Europa. Denis de Rougemont es, por definición, lo que podemos llamar un director de conciencia de este Occidente que, desde hace veinte siglos, asume el papel esencial en la marcha hacia adelante de la humanidad.
Europa –hoy amenazada, convulsa por pasiones externas y por contradicciones internas– tiene necesidad, para continuar existiendo, de darse cuenta de su pasado, de su presente y de su posible porvenir. Desde ahora, gracias al libro de Denis de Rougemont, la satisfacción de esta necesidad queda ampliamente facilitada. Pero era preciso realizar una síntesis de todos los aspectos del conocimiento: la historia de las religiones así como de los pueblos; la historia de las ciencias, así como de los técnicos; la geografía política y humana, así como todas las disciplinas filosóficas.
Por consiguiente, el verdadero valor de esta empresa consiste en una suma verdadera de cultura, ya que, y digámoslo una vez más, esta empresa tiende nada menos que a una suma de conciencia. Porque no basta hacer notar una vez más la crisis de conciencia del Occidente. De lo que se trata es de describir exactamente una aventura pasada, presente y futura del hombre en Europa, de su actitud en el tiempo y en la conquista del espacio, de sus relaciones con ese Extremo-Occidente que es América del Norte, así como de su situación con respecto al Oriente que la amenaza, al comunismo totalitario que acecha su ruina y, sobre todo, frente a sus contradicciones internas que le han arrastrado a un momento de crisis. Esto es precisamente lo que acaba de hacer Denis de Rougemont: describir al hombre de Occidente, perfectamente reconocible, perfectamente caracterizado en relación con el hombre de Oriente y con el hombre comunista, en la medida en que confiere a la persona humana la categoría de valor esencial de civilización.
Carmen Aldecoa: “Del sentir y pensar”
En este volumen, bien editado en México por Costa-Amic, Carmen Aldecoa –española exilada– recoge una serie de breves artículos que tratan de diversos temas, junto con varios extractos de conferencias y un largo ensayo que abarca más de la tercera parte del libro. La autora es presentada por el profesor Federico de Onís, lo cual ya es toda una garantía.
En la introducción, Carmen Aldecoa nos dice que el título Del sentir y pensar es, «en cierto modo, el guión de la futura tarea, ya que hasta su estructura me propongo mantener». Cuando sentir y pensar se armonizan es lícito esperar resultados óptimos, sobre todo teniendo en cuenta que este libro es «fruto primerizo pero ya maduro», dicho sea con palabras de Federico de Onís.
Si dispusiéramos de mayor espacio, podríamos señalar muchas de las cosas buenas contenidas en Del sentir y pensar, libro escrito por una expatriada que guarda la nostalgia de su país y no se ha dejado disolver en el nuevo medio en que le tocó vivir, como desgraciadamente ha ocurrido con no pocos de sus compatriotas. Señalemos, no obstante, su «19, Chemin du Greillon», donde se refiere con emoción a una colonia de niños españoles establecida en Francia, en los alrededores de Lyon.
La parte para mí más sugestiva del libro es el extenso ensayo «Herramientas y Letras», en el que se adentra por un terreno casi virgen en España, la historia de la literatura obrera. De esta literatura sólo conocemos en España dos intentos de sistematización, bibliográfica. El primero vio la luz en la revista Leviatán, que en Madrid dirigió Luis Araquistáin; el segundo es el libro de René Lambret L'Espagne 1750-1936, publicado en 1953. Sin embargo, obligado es señalar que ambos ofrecen lagunas dignas de ser colmadas.
Carmen Aldecoa ha incorporado algunos de los libros que vieron la luz durante la guerra civil y más tarde en la emigración. Continúan, pues, existiendo las lagunas. Verdad es que el ensayo de Aldecoa no tiene la pretensión de ser un estudio exhaustivo del tema, afirmándonos su «propósito de insistir en la tarea». Esperemos que más tarde nos ofrecerá el capítulo de historia de la literatura obrera que, como ella dice acertadamente, «no figura en las historias de la literatura española».
J. A.
Adolfo Muñoz Alonso: “El bien común de los españoles”
La Editorial Euroamérica de Madrid, ha emprendido una serie de opúsculos acerca de la concepción cristiana de «El Bien Común». El sexto de los que han visto la luz lleva por título El bien común de los españoles, del que es autor el catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia, don Adolfo Muñoz Alonso.
En este trabajo filosófico-literario define el autor los presupuestos metafísicos del bien común y explica que la causa de restringir el concepto de este tema a los españoles se debe a que éstos andan más necesitados que otros pueblos de una realización del bien común. Después de analizar lo que es el bien y la incomodidad que para el hombre puede suponer la condición de que sea común, explica la interdependencia que existe necesariamente entre bien y bien común, en razón a que este último se impone al hombre por significar que es el bien de la persona humana en sentido social.
Afirma más tarde que el bien común es la razón que legitima a la autoridad; la que fundamenta a la sociedad, y la que justifica a la ley, que el santo de Aquino definía como «la ordenación de la razón encaminada al bien común por el que tiene el cuidado de la comunidad, después de haber sido solemnemente promulgada».
Después de un somero estudio de los antecedentes indicados aplicados a España, da como solución presente la del «Estado autoritario, fuerte, nacional, frente a un Estado tiránico inspirado en la ausencia u olvido de la misión que tiene que cumplir. No se puede proclamar un Estado por el Estado mismo, sino que habrá de fortalecerse, después de darle a España la conciencia de una unidad firme y alegre, y hacer ver a los españoles que es algo superior a las minúsculas competencias de clases, grupos o partidos.»
Acusa a continuación al actual Estado español de «haber incorporado a su corriente social, e incluso política, a hombres en quienes el bien común como bien personal de la comunidad, no se ha visto confirmado siempre. Para encauzar esta corriente se precisa una exaltación estatal que expresa lo contrario que una «divinización del Estado». Es decir, que lo que el autor sugiere es que el Estado goce de la autoridad necesaria para que el hombre se integre a su patria por completo, en cumplimiento del bien común de los españoles. Pero ¿es que esto es posible en el actual Estado español? No lo creemos, porque si la autoridad «condiciona» el bien común por medio de la ley, la unanimidad que se manifiesta en su cumplimiento o en la obediencia exterior a sus dictados –en los que la colectividad no tomó parte alguna– no significa de suyo la conformidad de la ley al bien común, sino que aquel acatamiento unánime obedece generalmente a los conocidos motivos y procedimientos comunes a los regímenes totalitarios, comunistas o no, ya que en todos ellos sus doctrinas son humillantes para la persona humana, en igual grado y en virtud de la oposición contradictoria de su falsa concepción del bien común.
En el último capítulo de este libro, trata el señor Muñoz Alonso del bien común de los españoles en relación con la sociedad española, así como de su realización social en relación con el capital, la propiedad y el trabajo, sentando como conclusión final, «que el bien común de los españoles se verá cumplido cuando no faltando a nadie lo necesario no le falte a nadie nada».
C. de J.