Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1960


Capítulo III: 3

III. La filosofía y el pensamiento social en los países de Europa Occidental (Siglos V-XIV)


Las sublevaciones de los esclavos y otras encarnizadas batallas de clase, que tuvieron lugar durante el período de crisis del régimen esclavista, unidas a las invasiones de los bárbaros, condujeron en el siglo V de nuestra era al hundimiento del Imperio Romano Occidental. Fue este un acontecimiento de significación universal, que marcaba para el Occidente [243] Europeo el fin de la antigua sociedad esclavista, a la vez que señalaba que, sobre sus ruinas, nacía el régimen feudal, medieval.

En los siglos V-VIII, la cultura grecorromana fue desplazada en Europa por una nueva cultura, la cultura feudal, cuyo pivote ideológico era el cristianismo.

En los países de Europa Occidental, la sociedad feudal se caracterizaba por su compleja estructura jerárquica, que partiendo del simple caballero y pasando por el barón, el conde, &c., llegaba hasta el rey o el emperador; este orden jerárquico descansaba en los campesinos siervos, explotados implacablemente, y más tarde en los pequeños artesanos.

El paso del régimen esclavista al feudalismo fue acompañado en Europa Occidental de una decadencia temporal de la economía y la cultura. En estos países se estableció una economía natural, decayó la artesanía. se redujo el comercio, languidecieron las grandes y animadas ciudades y se desplazaron al campo los centros vitales. La cultura esclavista de las postrimerías de la sociedad antigua dejó paso a la barbarie feudal. con la cual el simple hecho de saber leer y escribir se convirtió en algo excepcional. Las raras migajas de cultura seglar, salvadas de la catástrofe, fueron arrastradas por la turbia corriente del fanatismo religioso.

Durante largos siglos, el catolicismo fue la ideología dominante en la Edad Media occidental. “Los dogmas de la Iglesia eran a la vez axiomas políticos. y los textos bíblicos tenían la validez de una ley en cualquier tribunal... Esta supremacía de la teología en todas las ramas de la actividad intelectual era, al mismo tiempo, una consecuencia inevitable de la posición que ocupaba la Iglesia como la síntesis más amplia y la sanción más general del régimen feudal existente.”104

La Iglesia de la Europa Occidental poseía hasta una tercera parte de todas las tierras de labor. Al desperdigamiento caótico de los dominios feudales, la Iglesia oponía su organización rígidamente centralizada, con el Papa a la cabeza. La Iglesia monopolizaba asimismo la cultura. Las escuelas, íntegramente en manos del clero, estaban adaptadas a las necesidades de éste. La filosofía se hallaba al servicio de la religión y de la Iglesia.

En esta fase del régimen feudal, la preponderancia de la religión determinaba también las formas específicas de la lucha de clases en el terreno ideológico. La lucha de los campesinos y los artesanos contra los señores feudales seglares y eclesiásticos y los conflictos dentro de la propia clase dominante adoptaban forzosamente un matiz religioso. Las sublevaciones contra el régimen explotador feudal eran al mismo tiempo herejías, es decir, movimientos contra la ortodoxia eclesiástica.

La decadencia de la economía y la cultura que se produjo después de la caída del Imperio Romano dejó paso posteriormente a un desarrollo, aunque lento, de la cultura material y espiritual, a un enriquecimiento del caudal de conocimientos científicos. Las Cruzadas contribuyeron a que Occidente se familiarizara con la cultura oriental. La astronomía y la matemática cobraron amplio impulso. En el siglo XIII se construyó en España, cerca de Toledo, un observatorio astronómico. Fueron elaboradas [244] nuevas tablas planetarias, basadas en el sistema de Ptolomeo, que se distinguían por su gran exactitud.

En la historia de la matemática se conoce el trabajo de Leonardo Fibonacci, titulado Libro del ábaco (1202), que constituía una exposición de los fundamentos de la aritmética y del álgebra bastante completa para aquel tiempo. Esta obra, escrita en claro estilo, ofrece un panorama de los conocimientos matemáticos de los europeos a principios del siglo XIII.

Se realizaron algunas observaciones físicas y lográronse ciertos perfeccionamientos técnicos. En las obras de Alberto de Bollstädt (llamado el “Magno” por los teólogos católicos) se menciona la aguja magnética (la brújula), conocida ya de los chinos antes de nuestra era. Posteriormente, la aguja magnética fue perfeccionada y comenzó a ser utilizada ampliamente en la navegación. En los trabajos de Rogerio Bacon, sabio de formación muy diversa, que se ocupaba de la astronomía, la matemática, la mecánica y la química, se estudiaban los fenómenos ópticos. Por primera vez en la historia de la física investigó la distancia focal de los espejos esféricos. En el siglo XII se acentuó el interés por la geometría óptica; en la segunda mitad del siglo XIII comenzó la fabricación de anteojos y en los siglos XII-XIII fue inventado el reloj de ruedecillas. También datan de la época feudal en Europa Occidental la aparición de la sericicultura en Italia (siglo XII), la construcción de los molinos de viento y otras innovaciones técnicas.

Ya en la Edad Media se daban conocimientos químicos, aunque todavía en el marco de la alquimia. Alberto de Bollstädt y Rogerio Bacon, siguiendo a los químicos árabes, veían en la alquimia una ciencia experimental. Pero, con el tiempo, los alquimistas se plantearon una tarea especial: descubrir el método para obtener la “piedra filosofal”, recurriendo para ello a la magia y a exorcismos. Y aunque estas concepciones fantásticas frenaban enormemente el progreso de la química, gracias a la alquimia pudo reunirse un material empírico considerable, que sirvió de base a la ciencia química fundada posteriormente.

Las capas reaccionarias dominantes de la sociedad feudal trataron de ahogar las ideas sociales avanzadas y todo afán de saber científico. Con este fin, se valían de la teología y de la filosofía idealista, sobre todo de sus corrientes escolásticas, plenamente al servicio de la religión y la Iglesia.

Al período en que los “Padres de la Iglesia” (patres ecclesiae) elaboraron y defendieron los fundamentos de la dogmática cristiana se le designa habitualmente período “patrístico”. En él se distinguen dos direcciones: la latina u occidental y la griega u oriental.

La Patrística trataba de fundamentar la ideología dominante, ideología que se caracterizaba por su limitación e intolerancia en el terreno religioso, por su hostilidad a la ciencia y por su justificación hipócrita de la más implacable opresión y explotación.

Ya uno de los primeros “Padres de la Iglesia”, el cartaginés Tertuliano (hacia 150-222), decía: “Creo, porque es absurdo.” El desprecio del conocimiento y la razón, la hostilidad a la filosofía “pagana” y la exaltación de la fe ciega constituyen la tesis fundamental de los escritos de Tertuliano.

“Columna y afirmación de la verdad” del catolicismo medieval fue el obispo norafricano Aurelio Agustín (354-430), al que los teólogos llaman [245] también “San Agustín”. De palabra, combatía la filosofía pagana, pero de hecho creó una filosofía propia, basada en el místico e idealista neoplatonismo. Según él, las ideas platónicas son “los pensamientos del Creador antes de la creación”; el camino de la filosofía, idéntico al de la teología, consiste en un místico conocimiento de sí mismo.

Agustín vivió en la época del hundimiento del Imperio Romano; en vida de este filósofo, en el año 410, los bárbaros de Alarico conquistaron y saquearon la “Ciudad Eterna”. Al no poder contar con aquel Estado secular, Agustín puso todas sus esperanzas en la Iglesia cristiana. Según él, la historia entera es la lucha entre los fieles de Dios que fortalecen la Es ciudad divina” y los partidarios de Satán que organizan la “ciudad terrena”. ¡Húndase la Roma construida por los “hijos de Caín”! –predicaba Agustín–. En su propio suelo se alzará el “eterno y universal poder de Dios” que hasta el segundo advenimiento de Cristo se encarnará en la Iglesia.

Según la doctrina agustiniana, el “pecado original” de Adán y Eva ha prendido en toda la humanidad y las fuerzas humanas son muy débiles para salvarla en una vida futura. La salvación sólo puede venir de la “inefable gracia de Dios omnipotente”, que la Iglesia representa en la tierra; fuera de la Iglesia no hay salvación posible. Agustín llega así a la conclusión política de que es necesario admitir la primacía del poder espiritual sobre el poder civil, o sea el dominio universal de la Iglesia Católica.

Con argumentos sofísticos Agustín defendía el orden social en que imperaban la desigualdad, la esclavitud y la propiedad privada de los ricos. Y aconsejaba a los pobres “amar solamente lo que nadie puede arrebatarles”, es decir, no la riqueza (de la cual carecían), sino el poder de Dios.

En la doctrina agustiniana se expresaba uno de los principios fundamentales de la concepción feudal del mundo: el ascetismo hipócrita, el desprecio del mundo, de la materia. Á la vida terrena, vida “temporal” y “pecadora”, contraponía una vida eterna y feliz “ultraterrena”. El hombre, decía también, no es más que un viajero aquí en la tierra, “un candil expuesto al viento”; la vida real no es sino una preparación para la vida de ultratumba. La naturaleza material sólo merece desprecio; cuanto más pronto se libere el hombre de sus cadenas, tanto más pronto alcanzará la “felicidad”.

Las prédicas en favor del ascetismo no impidieron en absoluto la gastromanía, el lujo y la depravación de los señores feudales seglares y eclesiásticos; en cambio, frenó el progreso del conocimiento científico de la naturaleza “pecadora” a la vez que infundió en los trabajadores la idea del carácter natural e inevitable de su pobreza y sus privaciones.

Durante los siglos posteriores aumentó rápidamente la importancia del obispo de Roma, primero entre los “príncipes de la Iglesia”, y a partir del siglo V comenzó a ser llamado “Papa” (del griego papas, padre). Sin detenerse ante nada, los primeros sacerdotes romanos amasaron enormes riquezas y crearon un sistema de dirección de la Iglesia cada vez más centralizado y, a la vez, ramificado.

El oscurantismo papal se erigió en un principio peculiar. Uno de los legados papales decía que los gobernadores y discípulos de San Pedro no deseaban tener como maestros a Platón, a Virgilio ni al resto del “rebaño [246] filosófico”, Afirmaba, a su vez, que desde el comienzo del mundo, Dios convirtió en portavoces suyos no a los filósofos ni a los retóricos, sino a las gentes ignaras y sencillas.

El nuevo imperio fundado por el monarca francés Carlomagno (768-814) llegó a ser una poderosa fuerza, que rivalizaba con el Papado. A principios del siglo IX, pertenecían a él casi toda la Europa Central y parte de las penínsulas italiana e ibérica. En el año 800. Carlomagno recibió el título de emperador del Sacro Imperio Romano. Y aunque el imperio se desintegró bien pronto en diversas partes, conservó su importancia durante largo tiempo.

En los siglos VIII-X, la filosofía de los países de Europa Occidental presentaba un estado lastimoso. La representaban una serie de compiladores que recogían las migajas de la cultura antigua, no sin mezclarlas con toda clase de supersticiones.

A diferencia de estos epígonos, Juan Escoto Erígena (hacia 815-877) desempeñó un papel importante en el desenvolvimiento filosófico del siglo IX.

La filosofía de Escoto es un sistema idealista que pretende armonizar el neoplatonismo con el cristianismo. Para Escoto, “la verdadera filosofía y la verdadera religión son una y la misma cosa”. Su obra fundamental, Sobre la división de la naturaleza, contiene elementos panteístas, un intento de identificar la naturaleza con Dios. A la vez que a la inspiración mística, Erígena atribuía gran importancia a la razón. Por este motivo, sus obras fueron vistas con recelo desde el punto de vista de la ortodoxia eclesiástica y, finalmente, condenadas oficialmente como “seudociencia peligrosa” que estimulaba a los “herejes”.

A fines del siglo XI, la victoria en la prolongada rivalidad entre el Papado y los emperadores comenzó a inclinarse en favor de Roma. La Iglesia Católica, que había consolidado su posición, pasó a ajustar las cuentas, cada vez más resueltamente, a sus enemigos. A raíz de esto, cobró forma definitivamente la escolástica, es decir, la filosofía peculiar del feudalismo cristiano. La escolástica (del griego, sjolé, escuela) era la filosofía oficial de las altas capas de la sociedad feudal a la sazón dominantes e imperaba absolutamente en la enseñanza.

El papel de la Iglesia y el carácter general de la ideología medieval determinaban también la situación de la filosofía como “sierva de la teología”. Su misión de clase consistía en infundir en las masas la idea de que Dios había instituido y sancionaba la jerarquización feudal, la división de la sociedad en estamentos y la opresión de clase y que, por tanto, luchar contra este orden explotador significaba rebelarse contra la voluntad divina.

La misión inmediata de la escolástica era fundamentar, sistematizar y defender la ideología eclesiástica oficial mediante argucias artificiales de carácter lógico-formal. La escolástica propagaba el fanatismo religioso, la intolerancia hacia la independencia de pensamiento. También se caracterizaba por su idealismo extremo y exagerado formalismo.

Entre los más destacados representantes de la escolástica figura el arzobispo de Canterbury, Anselmo (1033-1109), al que se calificó de “último Padre de la Iglesia y primer escolástico”, Durante largo tiempo, Anselmo, continuador de Agustín, fijó el contenido filosófico fundamental [247] de la temprana escolástica. Afirmando que el conocimiento es siervo de la fe, trataba de poner el idealismo platónico al servicio de la religión católica. Anselmo de Canterbury adquirió gran nombradía por el llamado “argumento ontológico de la existencia de Dios”.

Los hombres, razona Anselmo, tienen un concepto de Dios como ser que reúne todas las perfecciones y como ser por encima del cual nada existe. El ser real, es decir, el que se halla no sólo en nuestro pensamiento, sino también fuera de éste, es superior al ser irreal, al que sólo se encuentra en nuestro pensamiento. Para que la perfección sea completa, se requiere el atributo de la existencia. Pero el concepto de Dios es el concepto del ser que no admite nada superior y más perfecto. Por consiguiente, Dios ha de existir realmente. Ya entre los contemporáneos de Anselmo hubo quienes señalaron el carácter vicioso de semejantes razonamientos. El hombre, decían estos impugnadores, puede tener la idea de una isla maravillosa y bella, pero ello no basta para deducir que exista efectivamente.

Si bien es cierto que Anselmo de Canterbury fue quien expuso el contenido de la temprana escolástica, un contemporáneo suyo más joven, el francés Pedro Abelardo (1079-1142), le dio una forma más acabada. Abelardo se hizo famoso como maestro en las escuelas de París que atraían a los estudiosos de todos los lugares de Europa. Abelardo es conocido por sus tratados en los que abordaba los problemas de la lógica escolástica.

La lógica escolástica, llamada “dialéctica” por los escolásticos, era sencillamente el arte formal de disputar y argumentar. Estaba relacionado con el choque y examen de toda clase de pro et contra (en favor y en contra), basándose en las afirmaciones de “autoridades” como la “Sagrada Escritura”, las doctrinas de los “Padres de la Iglesia” y de algunos filósofos antiguos, tergiversados habitualmente.

La fuente fundamental de la lógica escolástica era la doctrina de Aristóteles, pero no conservando su verdadero contenido, sino deformada. Debe señalarse como un hecho característico que incluso Abelardo sólo conocía dos tratados lógicos entre los trabajos auténticos del Estagirita.

La lógica escolástica ya había aparecido mucho antes de que se ocupara de ella Abelardo, pero fue él quien la plasmó y convirtió en fundamento de la formación filosófico-teológica. Pero esto no ocurrió de golpe. Pasó bastante tiempo antes de que los clérigos se percataran de todas las ventajas que la lógica escolástica brindaba a la teología. Temían que, pese a su falta de vida y a su formalismo, pudiera representar un peligro para la religión, cuyo fundamento es la fe ciega e irracional, aunque ésta pueda conducir al absurdo.

La tesis inicial de Abelardo era ésta: “entender para creer”. Según sus contemporáneos, el filósofo francés no quería creer en lo que su razón no había “dividido” previamente. Esta tendencia racionalista de Abelardo, que reflejaba cierta independencia de pensamiento, así como el espíritu de oposición de las capas urbanas avanzadas, suscitó contra él una serie de ataques de los teólogos ortodoxos.

El místico Bernardo de Clairvaux, famoso predicador de la segunda Cruzada, le llamó “Anticristo”, “Satanás”, y escribió: “¡Oh, si sus Treo empapados de veneno permanecieran ocultos y no se leyeran en las encrucijadas de los caminos! Por todas partes se ofrece a las gentes veneno [248] en lugar de miel, o, mejor dicho, veneno con miel. Pasan (los libros. Red.) de una tribu a otra, y de un pueblo a otro.”105

En los siglos XI y XII surgen corrientes heréticas opuestas a la ideología religiosa oficial. El movimiento herético más importante de estos tiempos es el de los cátaros (en griego, los “puros”), formado bajo el influjo de las doctrinas orientales.

La doctrina de los cátaros era dualista. Admitían dos creadores: Dios, creador del mundo espiritual, y el diablo, creador del mundo material. Según los cátaros, el mundo terreno se halla bajo el imperio del mal; toda la organización social, las instituciones estatales y la propia Iglesia oficial tienen su origen en el espíritu del mal.

Estas prédicas de los cátaros reflejaban los sentimientos de las masas trabajadoras desposeídas. Sin embargo, los herejes de la ciudad que gozaban de una posición acomodada se oponían principalmente al poder papal y a la costosa organización de la Iglesia oficial.

La lucha entre el nominalismo y el realismo, que duró varios siglos, es el hecho más importante de la historia de la filosofía medieval. Las disputas de los nominalistas y realistas, libradas en diferentes ciudades y monasterios, llegaron a ser muy violentas.

La discusión versaba sobre la naturaleza de los conceptos generales o, como se decía entonces, sobre los “universales” (el “hombre en general”, la “casa en general”, el “¿árbol en cuanto tal”, &c.).

Los realistas afirmaban la existencia real de los universales como entidades ideales o arquetipos, preexistentes a las cosas singulares. Primero existe el “hombre en general”, decían, como una “idea” sui géneris de hombre y después, como productos de ella, existen los hombres singulares. La fuente de esta concepción de los “realistas” era la filosofía platónica. Sin embargo, las manifestaciones posteriores, más moderadas, de este “realismo” se basaban en la doctrina aristotélica de las “formas”, interpretada de un modo idealista.

Los nominalistas insistían en la realidad exclusiva de las cosas singulares y reducían los universales a los puros nombres (en latín, nomina) con que los hombres designaban a las cosas individuales. De acuerdo con ellos, no existen el hombre o la casa “en general”; éstos no son más que los nombres con que se designa, respectivamente, un conjunto de hombres o casas individuales.

A diferencia de la “batahola ratonil” que solían armar los escolásticos en torno a problemas, vacíos y formales, traídos por los cabellos, problemas en verdad ridículos, la disputa de los nominalistas y “realistas” versaba en el fondo sobre un problema muy importante. Aunque la mayoría de los participantes en estas discusiones no acertaban a ver, detrás del ropaje teológico, toda la profundidad filosófica de la disputa, el problema se reducía a esto: ¿las cosas que existen objetivamente y son percibidas por los sentidos preceden a las ideas generales? (nominalismo . O, por el contrario, ¿las ideas preexisten a las cosas? (realismo). En otros términos: ¿nuestro conocimiento se mueve de la sensación al concepto, o del concepto a las cosas? [249]

Detrás del conflicto entre el nominalismo y el “realismo” se ocultaba ya en germen no sólo la lucha entre el empirismo y el racionalismo, sino el comienzo de una delimitación de las dos tendencias filosóficas opuestas –el materialismo y el idealismo–, así como de la lucha entre ellas. Marx veía en el nominalismo la primera expresión del materialismo; claro que al afirmar esto tenía presente la época feudal. “Evidentemente, la lucha de los nominalistas y los realistas en la Edad Media –señalaba Lenin– ofrecía analogías con la lucha de los materialistas y los idealistas...”106

El catolicismo ortodoxo gravitaba hacia el “realismo”, mientras que el nominalismo, expresando un espíritu de oposición y manifestándose en algunas doctrinas heréticas, se convirtió a veces en un movimiento contrario a la Iglesia dominante. Este hecho se explica en virtud de los elementos materialistas del nominalismo.

La doctrina de los “realistas” trataba de resolver los problemas teológicos que los nominalistas abordaban frecuentemente con un espíritu herético.

Ahora bien, sería erróneo suponer que el nominalismo, que, desde un punto de vista histórico, contenía algunos elementos progresivos, adoptara posiciones plenamente científicas en el terreno filosófico. Si bien es cierto que, en comparación con el “realismo”, se aproximaba bastante a la verdad, ello no significa que el nominalismo se apartara de la teología, de las limitaciones metafísicas y de la unilateralidad. Los nominalistas no acertaban a ver la unidad de lo general y lo singular y negaban la existencia de las propiedades generales y esenciales en las cosas singulares que se ponen de manifiesto en sus relaciones y en las leyes de su desarrollo.

La primera fase del desenvolvimiento del nominalismo se remonta a los siglos X-XI. El escolástico Berenger de Tours (hacia 1000-1088) sólo admite como real lo que perciben nuestros órganos sensoriales y negaba la realidad de las esencias genéricas ideales. De ahí extrajo la herética conclusión de que en el rito eclesiástico de la comunión el hombre prueba pan y vino, no “el cuerpo y la sangre del Señor”, como enseña la Iglesia. Si el cuerpo de Cristo hubiera sido del tamaño de una enorme torre, ya habría sido comido hace tiempo sin dejar rastro.

A fines del siglo XI, en Francia, el canónigo Juan Roscelino (hacia 1050-1088) trató celosamente de fundamentar el nominalismo, sirviéndose de él para interpretar heréticamente el dogma de la “Santísima Trinidad” como tres dioses distintos.

La escolástica “realista” medieval tuvo sus exégetas en Anselmo de Canterbury y sus discípulos.

En el siglo XIII aumentó la importancia de las ciudades que se caracterizaban por su régimen corporativo-artesanal y por el desarrollo del comercio, de la circulación monetaria y la usura. Gracias a su organización centralizada, la Iglesia era, ante todo, la que se beneficiaba con las ventajas derivadas de todo eso. El poder de la Iglesia, cuyas riquezas crecían vertiginosamente, llegó a su más alto nivel en el siglo XIII.

En este tiempo, el desenvolvimiento del régimen feudal iba acompañado de la agudización de todas las contradicciones inherentes a él. La lucha [250] ideológica, disfrazada de herejía, se hizo aún más intensa. La herejía de los cátaros se extendió por todo el sur de Francia teniendo por centro a la ciudad de Albi. El movimiento albigense provocó una serie de guerras sangrientas que llevaron esta rica comarca a la ruina.

Para luchar contra el peligro de las herejías se instituyó el tribunal de la Inquisición, cuya tenebrosa labor se caracterizó, a lo largo de siglos, por su crueldad inhumana. La orden monástica de los dominicos, recién fundada, facilitaba el personal para los tribunales inquisitoriales.

Al recrudecerse las herejías, la Iglesia Romana se planteó la tarea de fortalecer su base “teórica”.

En París, en varias ciudades inglesas e italianas y más tarde en Praga se fundaron las primeras universidades. Aunque eran focos de ortodoxia teológico-escolástica, sin embargo, también brotaron en ellas las corrientes filosóficas que habrían de minar desde dentro a la escolástica.

A fines del siglo XII y principios del XIII se tradujeron al latín las principales obras de Aristóteles. Aunque no de inmediato, Aristóteles se convirtió en la autoridad filosófica y científica más alta de la Edad Media.

Los escolásticos trataban de servirse de la doctrina aristotélica, tergiversándola primero en consonancia con sus objetivos teológicos y adaptándola para utilizarla en la justificación y defensa del catolicismo. El Aristóteles histórico estaba tan lejos del escolástico como el cielo de la tierra. “El oscurantismo –decía Lenin– castró lo vivo en Aristóteles y perpetuó lo muerto.”107

En este tiempo, el sistema escolástico más difundido era la doctrina del dominico italiano Tomás de Aquino (1225-1274).

Tomás de Aquino, al que la Iglesia Católica cuenta entre sus santos, trató de crear una enciclopedia peculiar de la ideología medieval: dominante, justificando la dogmática cristiana con un aristotelismo tergiversado. Sus obras no sólo abordaban los problemas de la filosofía, sino también los del Estado, la economía, el derecho y la. Moral.

A fines del siglo XIX, el Papa León XIII decretó que la doctrina de Tomás de Aquino fuera considerada la única filosofía verdadera de la Iglesia Católica. Y, en la actualidad, los dirigentes vaticanistas y otros ideólogos reaccionarios fundan sociedades destinadas a la propagación del “neotomismo”, escriben decenas de libros, editan revistas consagradas a Tomás de Aquino, proclaman que su doctrina marcha “al compás” de la ciencia actual, &c.

Tomás de Aquino dejó varias obras sistemáticas o “sumas”, como se las llamaba entonces. La “suma” se halla construida conforme a un esquema artificial, rígidamente formal; se divide en centenares de cuestiones, divididas a su vez en “subcuestiones”, que dan lugar a centenares y miles de apartados y parágrafos. Cada uno de ellos comienza con determinada formulación verbal, sentada de una vez para siempre. Todo este intrincado y farragoso sistema está lleno de definiciones terminológicas formales, de casuísticos “pros” y “contras”, de innumerables referencias a las “Sagradas Escrituras” y a otras “autoridades”, y se halla unido por innumerables cadenas de vacuos silogismos. [251]

El objeto de la filosofía de Tomás de Aquino, como el de la escolástica en general, era la totalidad indivisa de los conocimientos. La filosofía escolástica, en particular, comprendía la física y la cosmología. Sin embargo, empleamos el término “conocimiento” en un sentido muy convencional al aplicarlo a todo este revoltijo de fantasías mágicas y de fábulas absurdas que constituían en sus nueve décimas partes la “ciencia” escolástica.

La filosofía, decía Tomás de Aquino, no debe oponerse a la teología, pero la primera está tan por debajo de la segunda como la razón humana con respecto a la razón “divina”. Dios ha creado la naturaleza “de la nada” y ésta se halla sujeta constantemente a los mandatos divinos. La materia es pura potencia indeterminada y pasiva, a la que sólo la forma ideal da un ser actual. La naturaleza sirve de pedestal al reino celestial o divino. Todo en el mundo se halla dispuesto conforme a los grados de un orden jerárquico, que empieza en la región de los seres inanimados, se eleva a través del hombre hasta los ángeles y los santos y remata, finalmente, en el mismo Dios. Cada grado inferior tiene un propio fin en otro superior y aspira a él, y todo el sistema aspira a Dios.

Para Tomás de Aquino, como para muchos otros escolásticos, la explicación de cualquier fenómeno se reducía a señalar ciertas “formas” o “cualidades ocultas” contenidas en la naturaleza. El hierro es maleable porque está dotado de la “naturaleza” correspondiente. Al descubrirse una nueva propiedad, el escolástico, sin detenerse a meditar ni molestarse en realizar ningún análisis, inventaba una nueva “cualidad oculta” o “naturaleza”. Precisamente en este sentido “explicaba” un conocido personaje de Molière que el opio adormece porque tiene la virtud dormitiva.

Es absolutamente evidente que semejante tautología impedía que progresara el verdadero conocimiento. Pero el progreso científico no lo frenaban menos los intentos escolásticos de definir los lugares “naturales” de los cuerpos, las formas de movimiento “perfectas” e “imperfectas”. Así, por ejemplo, los escolásticos afirmaban que un cuerpo pesado cae a tierra porque su lugar “natural” está en el centro de ella; el humo se eleva porque su lugar es el cielo; el agua se mueve por el pistón de una bomba porque la naturaleza tiene horror al vacío, &c. Afirmaban también que el movimiento circular es “perfecto” y el rectilíneo, imperfecto, puesto que los cuerpos celestes se mueven conforme a leyes, mientras que los cuerpos terrestres se mueven casualmente.

Tomás de Aquino y los escolásticos en general convertían el sistema geocéntrico de Ptolomeo en un dogma religioso. Según las concepciones escolásticas, la Tierra es el centro inmóvil del universo, en torno al cual giran el Sol, la Luna y los cinco planetas fijados a unas esferas especiales. Sirve de límite al universo la octava esfera de estrellas inmóviles, morada de las almas de los justos y de los santos y detrás de la cual se halla el propio Dios. A cada una de las esferas se han unido unos espíritus especiales que las hacen girar.

El hombre, creado por Dios "a su imagen y semejanza”, se halla en el centro del cosmos, en la Tierra inmóvil, y todo cuanto existe en la naturaleza se adapta a él, de un modo positivo o negativo. El Sol le da luz y calor; la lluvia existe para humedecer sus campos y los gatos fueron creados para exterminar a los ratones. En cuanto a los temblores de [252] tierra y huracanes devastadores, Dios los envía como castigo a los hombres por sus pecados para infundirles temor.

El orden inmutable de este mundo inmóvil y cerrado reflejaba claramente con su rígida disposición jerárquica la estructura misma de la sociedad feudal. “El orden jerárquico es la forma idealizada del feudalismo...”108, decían Marx y Engels.

Tomás de Aquino, “príncipe de la escolástica y de la teología”, bendijo el régimen de la desigualdad social y de la explotación. Consideraba que era pecado tratar de elevarse por encima del propio estamento, puesto que Dios instituyó la división estamental. Como monárquico convencido, creía que el monarca no es sólo el gobernante del Estado, sino su creador. El poder real emana, según Tomás de Aquino, de la “voluntad divina”.

Sin embargo, al poder secular sólo está sometido el cuerpo del hombre, no su alma. Pero el poder supremo y omnímodo pertenece a la Iglesia. El Papa es el “vicario de Cristo” y a él deben someterse como vasallos todos los monarcas de la tierra. En la medida en que Dios es superior al hombre, el alma es también más perfecta que el cuerpo y, en esa misma medida, el poder espiritual de la Iglesia está por encima del poder del Estado terreno.

Respondiendo a las exigencias de la Iglesia, el poder seglar debe perseguir implacablemente a los herejes. Si los soberanos condenan a muerte a los falsos monederos y a otros delincuentes, decía Tomás de Aquino, con mayor razón deben castigar a los herejes tan pronto como quedan convictos de herejía.

Por su propia esencia, la escolástica era el arte de la disputa, de la argumentación y de la clasificación. Al escolástico no le interesaba en absoluto o le interesaba muy poco el contenido de una disputa; lo que le importaba era la “definición”, la “distinción”, la subordinación, la subdivisión, &c. El escolástico no trataba de descubrir nada nuevo, pues la verdad se reducía para él a lo que la religión ya había sentado, desde hacía largo tiempo, en forma absoluta e inquebrantable. La escolástica no tenía ningún interés por las ciencias naturales y se hallaba divorciada de la experiencia. Los escolásticos disputaban un día y otro sobre “si los topos tienen ojos”, sin que al abordar este sencillo problema se les ocurriera, en absoluto, recurrir a la más simple observación.

Los elementos de que se valía el escolástico eran la pura argumentación verbal o “verbalismo”; su método, la deducción, que ensartaba un silogismo con otro, y su fundamento, las falsas autoridades. Galileo contaba el caso de un escolástico al que un anatomista le hizo ver que los nervios se unían en el cerebro y no en el corazón, como enseñaba Aristóteles; sin embargo, el escolástico objetó aún: “Usted me ha demostrado todo esto de un modo tan claro y palpable que, de no haber dicho Aristóteles lo contrario –y en sus textos se dice abiertamente que los nervios parten del corazón–, habría que reconocer que es verdad.”109

Aguzando y sutilizando su inútil “arte”, los escolásticos escribían tratados enteros sobre temas como los siguientes: “¿Qué edad tenía Adán [253] cuando fue creado por Dios?”, “¿en cuál de los dos, en el propio Adán o en Eva, revivirá la costilla de Adán, al llegar la futura resurrección de los muertos?” (Según la Biblia, Eva nació de una costilla de Adán.) “¿Duermen también los ángeles?”, “¿puede Dios Todopoderoso crear una piedra tan grande que él mismo no pueda levantarla ?”, &c.

La casuística escolástica, tratando de “fundamentar” la inmutabilidad y eternidad del feudalismo, ahogaba toda manifestación de pensamiento vivo y desviaba la atención de las gentes de las necesidades planteadas por la ciencia y la vida misma. Las ciencias naturales se desenvolvían débilmente en la Europa medieval, lo que puede explicarse, en última instancia, por el estancamiento de las fuerzas productivas y de la vida económica. Sin embargo, a medida que fueron abriéndose las primeras grietas en el edificio feudal y aparecieron los primeros brotes del capitalismo futuro, se revelaron también los primeros indicios de la desintegración de la escolástica ortodoxa. Las exigencias planteadas por el desarrollo de la economía urbana, de la industria y del comercio, despertaron el interés por la técnica y las ciencias naturales. En la ciencia y la filosofía fue plasmándose una tendencia progresiva que tomaba en cuenta las mejores conquistas de la cultura antigua y del Oriente.

Durante los siglos XIII-XIV, Inglaterra avanzó en su desarrollo económico con relativa rapidez. En esta época, se llevó a cabo en el país la liberación de los campesinos siervos, pero esto no trajo consigo un mejoramiento sustancial de su situación. Sin embargo, cuando a mediados del siglo XIV los señores feudales trataron de restablecer el régimen de servidumbre, los campesinos, en unión de los pobres de las ciudades, se lanzaron a la grandiosa insurrección encabezada por el artesano Wat Tyler (1381). Entablóse, a su vez, una lucha entre las ciudades y algunos grupos feudales, por un lado, y el poder real, por otro; creció también el movimiento contra el dominio de Roma.

En la Universidad de Oxford, cuyos estudiantes tomaron parte en todos estos movimientos, se amplió la influencia de la formación seglar. En este tiempo, apareció en Inglaterra un pensador avanzado, precursor de 'a ciencia experimental de la época moderna; nos referimos a Rogerio Bacon (hacia 1214-1294), monje franciscano que durante catorce años estuvo recluido en las prisiones de la Iglesia.

Bacon se opuso audazmente a las arbitrariedades de los señores feudales y denunció las lacras del clero, sin detenerse ante el propio Papa. Decía que la corrupción reinaba por doquier, que la Iglesia era presa del engaño y la falsedad y que el clero estaba entregado a la disipación.

Con conocimiento de causa, Bacon censuraba el método escolástico, proponiendo abandonar su vaciedad y formalismo para basarse en la experiencia, “que llega al conocimiento de las causas de los fenómenos”. Atribuía una importancia fundamental a la matemática, la cual, según él, es considerada a veces como una ciencia sospechosa “sólo por tener la desgracia de haber sido conocida por los por los Padres de la Iglesia”.

En la filosofía de Bacon se advierten, aunque en forma confusa, elementos materialistas.

En oposición a los tomistas y demás escolásticos ortodoxos, consagrados a la teología, Bacon se interesaba especialmente por los problemas de las ciencias naturales. Concedía una importancia excepcional al conocimiento [254] experimental, considerando que el arte de provocar experimentos se halla por encima de todo saber deductivo y que la ciencia empírica es la reina de las ciencias. Como resultado de sus investigaciones astronómicas, Bacon propuso una reforma del calendario que sólo fue puesta en práctica a fines del siglo XVI. Al buscar infructuosamente, como otros alquimistas de la época, la “piedra filosofal” que debía convertir los metales en oro, realizó algunas observaciones físico-químicas valiosas. Escribió sobre la pólvora y su aplicación en la guerra e ideó la construcción de anteojos, telescopios y microscopios. Soñaba con barcos que no necesitaran remeros, con carruajes que pudieran desplazarse a una enorme velocidad sin recurrir a la tracción animal, con máquinas voladoras dotadas de alas, semejantes a los pájaros, &c.

Rogerio Bacon, que llevó una dura vida de solitario perseguido y acorralado, apenas pudo percibir los grandes cambios sociales que estaban iniciándose y en sus sueños se adelantó a su propia época.

El pensador polaco progresivo Witelo de Silesia expuso ideas filosóficas avanzadas en el siglo XIII. En oposición a los neoplatónicos, interpretó la “emanación” como un fenómeno material consistente en la radiación luminosa que emitía un astro central. Las leyes de la óptica geométrica eran para él leyes universales de la realidad; sus indagaciones ópticas ejercieron más tarde cierta influencia en Leonardo de Vinci.

Trágico fue el destino del holandés Siger de Brabante, profesor de la Universidad de París y muerto o asesinado (en 1282) en una cárcel de la Inquisición, en la que purgaba una condena de reclusión perpetua. Mientras que en la doctrina de Rogerio Bacon sólo se acusaba una cierta influencia de la cultura oriental, Siger de Brabante era un abierto propagandista de la teoría del gran filósofo árabe Ibn Rochd (Averroes). Oponiéndose resueltamente a Tomás de Aquino, Siger de Brabante desarrolló los elementos materialistas y ateos del averroísmo. Afirmaba la eternidad de la naturaleza material y la mortalidad del alma individual, exaltando el papel del intelecto humano. Contraponía la filosofía a los dogmas religiosos, y escribía que existen cosas verdaderas desde el punto de vista filosófico, aunque no lo sean desde el ángulo de la fe.

Los partidarios de Siger de Brabante sostenían que las manifestaciones de los teólogos se basaban en leyendas y que en la ley cristiana, al igual que en otras, hay también leyendas y falsedades.

Es particularmente característica de la tendencia materialista del averroísmo, desarrollada por Siger de Brabante, su tesis de la eternidad del mundo y, por consiguiente, de su increabilidad.

“El problema de la relación entre el pensamiento y el ser, problema que, por lo demás, tuvo también gran importancia entre los escolásticos de la Edad Media; el problema de saber qué es lo primario, si el espíritu o la naturaleza, este problema revestía, frente a la Iglesia, la forma más aguda: ¿el mundo fue creado por Dios o existe desde la eternidad?”110

La efervescencia, provocada por los averroístas en la Universidad de París, fue ahogada por los católicos ortodoxos a comienzos del siglo XIV. [255]

Entre los pensadores avanzados de fines del siglo XIV figura el filósofo checo Tomás Shtitny (1325-1410), ideólogo de la pequeña caballería, que sufría no poco el dominio de los grandes señores feudales. Fue el primero en Europa que escribió no en latín, sino en su lengua nativa checa. Tenía una profunda fe en el poder de la ciencia y en sus trabajos partía de la existencia objetiva de la materia.

La lucha contra las corrientes nominalistas, que a fines del siglo XIII y principios del XIV habían vuelto a cobrar ánimo, representó la más grave dificultad para la escolástica ortodoxa.

“El materialismo –escribía Marx– es un hijo innato de la Gran Bretaña. Ya el escolástico Duns Escoto se preguntaba «si la materia no podría pensar».”
“Para obrar este milagro, iba a refugiarse a la omnipotencia divina... Duns Escoto era, además, nominalista. Entre los materialistas ¿ingleses encontramos como elemento fundamental el nominalismo, que es, en general. la primera expresión del materialismo.”111

El escolástico escocés Juan Duns Escoto (hacia 1265-1308) planteó el problema, tan desagradable para Roma, del carácter nocivo de las riquezas eclesiásticas y de las ventajas de la pobreza. Semejante actitud era muy actual en su época ya que, al decir de un contemporáneo, el pueblo había caído entre dos piedras molares: las exacciones de los papas y la violencia de los reyes.

Aunque Duns Escoto era fraile franciscano, trataba de romper los vínculos entre la filosofía y la teología y, hasta cierto punto, liberar a la primera del yugo de la Iglesia. Además, aducía la libertad absoluta de la voluntad divina, que hace imposible la teología racional. Ahora bien, esta “inescrutable” voluntad determina, según él, el carácter de la actividad espiritual del hombre. Escoto sostenía también que las cosas singulares son la realidad suprema.

Las ideas nominalistas de Duns Escoto que contenían elementos materialistas fueron desarrolladas por el escolástico inglés Guillermo de Occam (hacia 1300-hacia 1350). Toda su vida fue una lucha constante contra el poder papal. Excomulgado y expulsado de la Iglesia, luchó junto al emperador Ludovico de Baviera, que apoyaba a los numerosos habitantes de las ciudades que odiaban a los caballeros feudales.

En sus obras políticas, Occam trató de fundamentar la idea de que el poder secular debía independizarse del poder de la Iglesia, cuyas atribuciones se limitaban, a juicio suyo, a los problemas relativos a la “salvación de las almas”. La delimitación de las esferas de influencia de la Iglesia y del Estado se hallaba vinculada al deslinde que Occam establecía también entre los dominios del saber y la fe.

Guillermo de Occam era nominalista; para él sólo existían realmente las cosas singulares mientras que los universales solamente se daban “en el alma y en las palabras”. In el problema de las vías cognoscitivas, empezaba a destacarse una tendencia sensualista, conforme a la cual el conocimiento del mundo objetivo parte de la experiencia. Occam declaró la guerra a las innumerables “esencias”, “formas” y “cualidades ocultas” de los escolásticos ortodoxos. [256]

También afirmaba Occam que la sustancia material no tiene principio ni fin; es eterna. La materia tiene una realidad propia y no necesita de las “formas” ideales para existir. Con estas afirmaciones Occam se aproximaba al averroísmo y daba a su doctrina un carácter francamente herético.

Al contribuir a la desintegración de la escolástica, el nominalismo preparó el terreno para el progreso de las ciencias naturales. A despecho de la prohibición oficial del nominalismo occamista, durante los siglos XIV-XV se formó en la Universidad de París toda una escuela de partidarios de esta corriente. Los occamistas parisienses abordaban los problemas de la matemática, de la mecánica y de la astronomía, explicaban el movimiento de la Tierra y algunos de ellos resucitaron el atomismo antiguo. La Iglesia dominante prohibió y ordenó quemar los trabajos de los discípulos de Occam.

El nominalismo, y otras corrientes filosóficas opuestas a la Iglesia oficial, que fueron minando por dentro la escolástica, sólo eran patrimonio de un reducido círculo profesional, es decir, de los filósofos y los teólogos.

Los amplios movimientos dirigidos contra el feudalismo estaban vinculados habitualmente a las corrientes heréticas y, en ciertos casos, a las tendencias místicas.

Los místicos medievales afirmaban que por la vía de la experiencia o del pensamiento lógico no se podía conocer la verdad ni alcanzar una vida feliz. El conocimiento solamente puede lograrse por medio de una “iluminación” inmediata o “intuición”, a través de la fusión directa del alma con un principio superior divino. Los místicos creían que sólo de un modo milagroso, violando las leyes naturales, pueden salvarse los hombres de la realidad que los oprime. En sus fantásticas divagaciones los herejes místicos soñaban con el “segundo advenimiento”, con el “juicio final” del mundo corrompido y con el “reinado milenario de Dios en la Tierra”. Algunos místicos se enfrentaban a la Iglesia oficial, Decían que la Iglesia no era necesaria como “intermediaria” entre el hombre y Dios, ya que el primero “se salva” por la fe, para la cual son superfluos todos los ritos externos.

La supresión del dominio de la Iglesia con todas sus riquezas y jerarquías se convirtió en una reivindicación de los herejes místicos más radicales. Exigían asimismo la instauración de la “igualdad natural” entre los hombres y la abolición de los privilegios de casta. Y su máxima favorita era ésta: “Cuando Adán labraba la tierra y Eva hilaba, ¿dónde estaban los nobles?”

La mística, como vía del conocimiento irracional que rechazaba la experiencia y la lógica, es, por su propia esencia, reaccionaria y nociva; sin embargo, en las condiciones peculiares de la Edad Media, algunas tesis de los místicos (la inutilidad de la Iglesia, la falsedad de su doctrina, &c.) servían para oponerse al sistema feudal.

La desintegración de la escolástica no significaba todavía su anulación efectiva. Hacia el siglo XV, la escolástica, que nunca se había distinguido por su vitalidad, se convirtió definitivamente en un cadáver insepulto. os la Iglesia dominante que apoyaba el régimen de explotación necesitaba [257] la escolástica; por esta razón, la ha embellecido, adornado y mantenido en pie durante siglos.

Considerada en su conjunto, he aquí los rasgos más característicos de la escolástica: su subordinación a la teología, su idealismo, su método especulativo-formal y su hipócrita ascetismo, conforme al cual la naturaleza es algo digno de desprecio, una “prisión” temporal y corruptible del espíritu. La lógica escolástica, como arte de la disputa y la argumentación, es formalista hasta la médula. Y en cuanto a su contenido, la escolástica tiene un carácter compilatorio.

Es propio de la escolástica ordenar las categorías lógicas en un sentido jerárquico, de tal manera que cada categoría “cualitativa” ocupe un lugar inmutable, fijo de una vez para siempre. Además, los escolásticos sustituían la conexión causal por la teleología, por la “finalidad” de todos los fenómenos, basada a su vez en la “finalidad divina”.

El nacimiento y desarrollo de las tendencias nominalistas, la aparición de un interés por el conocimiento experimental de la naturaleza, el comienzo de la emancipación de las ciencias naturales del dominio de la teología y, por último, la difusión de ideas materialistas avanzadas, todo ello preparó el desmoronamiento de la escolástica a la par que el nuevo florecimiento científico y filosófico de la época del Renacimiento.

*

La religión, que ocupaba una posición preponderante en la sociedad feudal, sirvió a las clases dominantes de arma ideológica fundamental para fortalecer y consolidar el régimen feudal.

En la preponderancia del oscurantismo religioso, característico de la época feudal y en las persecuciones de que era objeto el pensamiento independiente, científico y filosófico, se dejaba sentir la oposición radical entre la fe y el saber, es decir, su incompatibilidad de principio.

La escolástica, filosofía oficial de la clase dominante bajo el régimen feudal, estaba imbuida de idealismo y de un formalismo inerte, así como del desprecio de la ciencia empírica y de la fanática intolerancia hacia todo lo nuevo. Desfigurando las doctrinas de los pensadores antiguos, especialmente de Aristóteles, de cuya filosofía extirpaban todo lo avanzado y vivo, la escolástica trataba de adaptarlas a sus fines reaccionarios. La actividad de los escolásticos, hostil a la ciencia, y la de los inquisidores de la Iglesia frenaron durante varios siglos el desarrollo de la ciencia y de la filosofía materialista.

Las concepciones escolásticas, sobre todo las “teorías” de Tomás de Aquino, siguen siendo hasta hoy la filosofía oficial de la Iglesia Católica. Los ideólogos reaccionarios de los siglos pasados y de la época actual aprovecharon y siguen aprovechando esta basura escolástica medieval, podrida hasta la médula, para luchar contra la ciencia y la filosofía materialista.

A medida que fue progresando la vida social (desarrollo de la artesanía y de las ciudades, ampliación de la economía monetario-comercial, &c.) comenzó a brotar a través de la espesa ideología religiosa dominante un conocimiento científico vivo y creció el interés por los problemas de las ciencias naturales, por el estudio de la naturaleza. [258]

Los pensadores avanzados que sustentaban las tendencias materialistas y que, directa o indirectamente, se pronunciaban contra la religión y el idealismo filosófico al servicio de ella, se apoyaban en las conquistas de las ciencias naturales y, pese a la resistencia de los teólogos, desarrollaron fecundamente, sobre todo en los países orientales, la astronomía, la geografía, la matemática, la medicina y otras ciencias naturales.

El pensamiento filosófico materialista de la época feudal, cuyo desarrollo discurría en medio de un dominio casi absoluto de la religión, no podía ser consecuente –y no lo fue– en su lucha contra el idealismo; de ahí que hiciera importantes concesiones a la teología y que, con frecuencia, revistiera sus tesis de un ropaje religioso. Sin embargo, pese a su carácter ingenuo e inconsecuente, las tendencias materialistas en la filosofía y en las ideas científico-naturales de los pensadores progresivos de la época feudal contribuyeron al progreso de la cultura y respondieron asimismo a los intereses de la lucha de las fuerzas avanzadas contra la reacción feudal y el oscurantismo clerical.

A la par con ello, dentro de la propia filosofía idealista, especialmente en los países de Oriente, aparecieron contradicciones y libróse una lucha entre diversas corrientes filosóficas; de estas corrientes, unas trataban de apoyarse en la razón, atendían a las conquistas de la ciencia, abordaban los problemas de la lógica y, a veces, criticaban los dogmas religiosos o exigían su fundamentación racional; otras, en cambio, ponían abiertamente la filosofía al servicio de la religión, veían en los dogmas religiosos la autoridad suprema y prescindían de las conquistas de la ciencia.

Durante el primer período de la época feudal, la cultura, el saber científico y la filosofía en los pueblos de Oriente se desarrollaron con más fecundidad que en los pueblos de la Europa Occidental feudal en el mismo período. Los adelantos culturales de los pueblos de Oriente influyeron sobre el desenvolvimiento de las ciencias naturales y de la filosofía en los países occidentales.

Tanto para el pensamiento filosófico de Oriente como de Occidente tuvo una importancia positiva el hecho de que los pensadores avanzados plantearan cuestiones como las relativas-a la eternidad e indestructibilidad del mundo, mortalidad del alma, negación de las recompensas de ultratumba, &c.

En Occidente, la lucha del nominalismo, que contenía elementos materialistas, contra el idealismo de los “realistas” ejerció también una influencia fecunda en el desenvolvimiento de la filosofía.

Los movimientos populares medievales, dirigidos contra la aristocracia feudal y la Iglesia dominante, solían expresarse ideológicamente en forma de herejías.

La lucha de las tendencias filosóficas materialistas y de los movimientos heréticos contra la escolástica, el fanatismo y el oscurantismo religiosos se desencadenó sobre la base de una intensificación de la lucha de clases en la sociedad feudal.

Mientras que en las doctrinas filosóficas y sociales que imperaban oficialmente en la época feudal prevalecía el idealismo, entrelazado con una concepción religiosa del universo, las corrientes materialistas y ateas no sólo se desarrollaban en los trabajos de los representantes de las tendencias filosóficas avanzadas, sino también en las creaciones literarias [259] (cantos épicos, leyendas, relatos, &c.), en las intervenciones de los herejes, en las obras científico-naturales, &c. El enriquecimiento del caudal de conocimientos sobre la naturaleza y los descubrimientos técnicos contribuyeron al progreso de las tendencias materialistas.

La historia marxista del pensamiento científico, de las doctrinas filosóficas y de las concepciones político-sociales de los países de Europa Oriental y Asia en la época feudal, echa por tierra las “teorías” de los historiadores y filósofos burgueses, empeñados en tergiversar y silenciar la significación histórica de la cultura avanzada de los pueblos de Europa Oriental y de Asia. El papel de estos pueblos en la historia de la cultura universal, incluida la filosofía, demuestra irrefutablemente la originalidad e independencia creadoras de los filósofos y científicos chinos, indios. japoneses, iranios, árabes, centroasiáticos, caucásicos, así como de otros pensadores y otras doctrinas de la época feudal.

Aunque, en la época del feudalismo, la religión y la filosofía en sus diversas manifestaciones eran la forma predominante de concepción del mundo, sin embargo, la Edad Media en su conjunto, incluyendo en ella la filosofía y el pensamiento social, no representa una “ruptura” del curso histórico. La historia de la filosofía de la época feudal es un proceso complejo y contradictorio, que tuvo una significación progresiva, proceso que preparó, a su vez, el renacimiento de las doctrinas materialistas de la Antigüedad y su desarrollo ulterior en la época de la formación del capitalismo.




{104} F. Engels, La guerra de los campesinos en Alemania, trad. rusa, págs. 33 y 34.

{105} Bernardi, Epistola 189, Migne, Patrología Latina, t. 182, col. 543.

{106} V. I. Lenin, Una destrucción más del socialismo. Obras completas, ed. rusa, página 173.

{107} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos, ed. rusa, pág. 303, Moscú, 1947.

{108} C. Marx y F. Engels, La ideología alemana. En Obras completas, t. III, pág. 164, 1955.

{109} Galileo Galilei, Diálogo ucerca de los dos principales sistemas del mundo, el ptolemaico y el copernicano, pág. 22. Moscú-Leningrado, 1948.

{110} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, ed. en español, t. II, pág. 344, Moscú, 1952.

{111} Federico Engels y Carlos Marx, La Sagrada Familia o Crítica de la crítica crítica, trad. de W. Roces, pág. 194. Ed. Grijalbo, México, D. F., 1958.