Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1960


Capítulo IV: 1

1. El pensamiento filosófico avanzado se desarrolla en un proceso de lucha con la ideología religiosa y con la escolástica.


Italia fue el primer país en el que comenzaron a desarrollarse las relaciones capitalistas. Desde el punto de vista económico, la región más desarrollada era el norte, con sus repúblicas marítimas comerciales de Venecia y Génova, y la industrial de Florencia.

El histórico papel de vanguardia que Italia desempeñó en la formación de la sociedad burguesa de Europa Occidental condicionó, a su vez, las grandes conquistas de la cultura italiana del Renacimiento. Gracias a los brillantes éxitos de sus pintores, escritores, poetas, filósofos y hombres de ciencia, Italia se puso, en aquel tiempo, a la cabeza de los países de Europa Occidental en el desenvolvimiento de una nueva cultura, variada y polifacética.

En el centro de la atención de los pensadores avanzados de la época quedó la personalidad humana. Los ideólogos de la burguesía ascensional que necesitaba la libertad de desplazamiento, la libre empresa y la libertad de comerció, soñaban con liberar al hombre del despotismo feudal.

Esta nueva dirección de la cultura fue denominada humanismo (del latín “humanus”, humano). La vieja sentencia de “soy hombre y nada humano me es ajeno” se convirtió en la divisa de los humanistas. Sus ideas estaban impregnadas de optimismo, de confianza en las fuerzas de la personalidad humana y en el derecho del hombre a gozar de la alegría terrena. Sin embargo, este humanismo se caracterizaba por su limitación, ya que al pronunciarse en favor de la liberación de la personalidad humana respecto de las arbitrariedades feudales y del yugo espiritual de la Iglesia no se planteaba a su vez la tarea de liberar la personalidad del hombre trabajador de los grilletes de la explotación y del yugo de la miseria. Con todo, el humanismo burgués era un movimiento progresivo que cuarteó los cimientos ideológico-políticos del régimen feudal.

En la filosofía italiana de los siglos XV-XVI se fortalecieron las tendencias antiescolásticas y fue sometido a crítica el aristotelismo medieval.

Los ideólogos de los círculos aristocráticos italianos resucitaron la filosofía idealista de Platón. En Florencia, ciudad en la que a mediados del siglo XV habían llegado al poder la familia banquera de los Médici, se fundó la “Academia platónica”, vivero de concepciones idealistas. Marsilio Ficino, principal representante de esta corriente, al rechazar el ascetismo cristiano, concebía el eros (amor) platónico como un impulso creador, como [265] una aspiración de la personalidad humana hacia la perfección y la belleza suprasensible.

En oposición a la escolástica y a la teología de la Edad Media comenzó a desarrollarse en Ttalia la filosofía materialista. Resucitando los elementos materialistas de la filosofía de Aristóteles, el paduano Pedro Pomponazzi (1462-1524) impugnó uno de los dogmas religiosos fundamentales –el de la inmortalidad del alma– y propugnó la doctrina materialista que vincula el pensamiento a la percepción sensible de los fenómenos naturales.

Pomponazzi calificaba a la Iglesia de instrumento inventado por los legisladores para mantener sujeto al pueblo, y en los milagros veía el fruto de un engaño por parte del clero y de la imaginación calenturienta de las gentes sencillas.

Por sus audaces ideas, Pomponazzi fue objeto de una encarnizada persecución de los clérigos y demás oscurantistas.

En el desarrollo de la filosofía renacentista influyó considerablemente Nicolás de Cusa (1401-1464), hijo de un pescador alemán; llegó a ser cardenal de la Iglesia Romana, pero era partidario de la tolerancia religiosa y de una reforma eclesiástica. Nicolás de Cusa conocía bien el legado de los antiguos filósofos griegos, sobre todo de los atomistas.

Sostenía que el universo es infinito, que la Tierra no ocupa el centro del cosmos y que es semejante a otros planetas. Nicolás de Cusa, gran astrónomo y matemático de su tiempo, se dedicó también seriamente a la geografía, debiéndose a él la primera carta geográfica de Europa Central y Oriental.

La filosofía de Nicolás de Cusa era panteísta; afirmaba, en efecto, que “Dios está en todas las cosas, de la misma manera que todas ellas están en él”. Las verdades supremas no pueden ser conocidas por medio de los razonamientos escolásticos, sino mediante la experiencia. Por oposición al “conocimiento” escolástico, Nicolás de Cusa llamó a aquel conocimiento la “docta ignorancia”. Importante capítulo de las ideas filosóficas de Nicolás de Cusa es su doctrina de la “coincidencia de los contrarios”, Esta doctrina demuestra que en su filosofía se daban importantes elementos de dialéctica. Nicolás de Cusa ilustraba y fundamentaba la “coincidencia de los contrarios” con los datos de la matemática. Pero, al mismo tiempo, afirmaba que sólo por medio de la intuición llega el hombre a comprender que los contrarios coincidan en la unidad suprema del mundo.

Nicolás de Cusa exhortaba insistentemente a emplear el experimento en las ciencias naturales y a estudiar las matemáticas, pues sólo sobre esta base puede perfeccionarse, según él, el conocimiento humano. “Nada cierto encontramos en ninguna ciencia, excepto en nuestra matemática.”

Pero, al mismo tiempo, la filosofía cusana no se hallaba libre del simbolismo idealista de los números y de otros elementos místicos.

En la historia de la filosofía materialista y de la cultura humanista de la época del Renacimiento desempeñó un papel muy importante Leonardo de Vinci (1452-1519), artista genial, eminente filósofo, hombre de ciencia e ingeniero.

Leonardo nació en la ciudad de Vinci, en la familia de un notario. En Florencia estudió en el taller del gran escultor y pintor Verrocchio. A [266] partir de 1482, Leonardo creó una serie de obras admirables y se hizo famoso como gran pintor.

La obra de Leonardo es un brillante ejemplo de conjugación de la actividad artística y de la labor científica. Engels dijo de él que “no sólo fue un gran pintor, sino un eximio matemático, mecánico e ingeniero, al que debemos importantes descubrimientos en las más distintas ramas de la física.”5

La concepción del mundo de Leonardo de Vinci expresaba los intereses y el estado de ánimo de las nuevas fuerzas sociales, de las fuerzas progresivas que se enfrentaban al feudalismo. Leonardo se pronunciaba en favor del estudio científico de la naturaleza, luchaba decididamente contra la teología y la escolástica, la astrología y la alquimia, y tachaba de sofísticos los razonamientos escolásticos.

“El fuego destruye la mentira, es decir, al sofista, y hace aparecer la verdad, disipando las tinieblas. El fuego está destinado a exterminar todo sofista y es el que esclarece e interpreta la verdad, pues es la luz que disipa las tinieblas que ocultan la esencia de las cosas. El fuego destruye al sofista, o sea el engaño, y sólo él es verdad, es decir, oro.”6

A la búsqueda de la “piedra filosofal” por los alquimistas, Leonardo oponía la indagación de la verdad; según él, los “nigromantes” y “exorcistas” eran gentes que habían escalado la cumbre de la estupidez; las seudociencias como la “quiromancia” y la “fisionógmica” no eran para él más que fantasías. Leonardo encontraba absurda la afirmación de que “los espíritus actúan y hablan sin lengua y sin los órganos sin los cuales es imposible hablar, hablan y sostienen las cargas más pesadas, provocan las tempestades y la lluvia...”7

Leonardo se pronunció contra la dictadura espiritual de la Iglesia Católica y la calificaba de “tienda de engaños”. La máxima de Leonardo “fariseos, o en otros términos, los Padres de la Iglesia” pone de relieve su actitud profundamente negativa hacia la Iglesia que imperaba entonces. Al rechazar las pretensiones de la Iglesia de poseer la verdad, Leonardo hablaba con profunda ironía de las doctrinas reaccionarias de los clérigos que afirmaban que ellos “conocen todos los secretos por intuición”. Denunciando a los monjes decía con indignación que traficaban con el paraíso y desvalijaban a las gentes ingenuas.

Leonardo rechazaba las concepciones medievales de que la Tierra es el centro del universo y afirmaba que la Tierra no “se halla en el centro del círculo solar, ni en el centro del mundo, sino en el centro de sus elementos, próximos a ella y unidos a ella; y a aquel que estuviera en la Luna cuando ésta se encuentra, junto con el Sol, por debajo de nosotros, le parecería que nuestra Tierra con el elemento del agua desempeña el mismo papel que la Luna con respecto. a nosotros”.8 Para Leonardo, la Tierra es “una estrella casi parecida a la Luna”. [267]

Leonardo criticó la teología y toda clase de supersticiones partiendo, en lo fundamental, de posiciones materialistas. Acercándose bastante al materialismo, afirmaba que todos los fenómenos naturales se ajustan a la ley objetiva de la necesidad. “La necesidad es la preceptora y el mentor de la naturaleza. La necesidad es el tema y la inventora de la naturaleza, y la brida y la ley eterna”9

Leonardo se interesó profundamente por los problemas de la teoría del conocimiento. Rechazaba la teoría de la doble verdad y afirmaba que la verdad es una y que pertenece no a la religión, sino a la ciencia.

Leonardo de Vinci trató de restituir en sus derechos al sensualismo materialista que defendían los pensadores de la Antigüedad: Heráclito, Demócrito, Epicuro y Lucrecio. Veía la fuente de las sensaciones, de las impresiones, en la acción del mundo exterior, de la naturaleza, sobre los órganos sensoriales y consideraba que las sensaciones constituyen el primer erado del conocimiento. “Todo nuestro conocimiento comienza con las sensaciones.”10

Al saber libresco Leonardo oponía la experiencia, demostrando que es imposible conocer la verdad pura y exclusivamente con la ayuda de los razonamientos y que es necesario apoyarse en la experiencia, verdadera base de la ciencia. “Aunque yo no sepa referirme a los autores tan bien como ellos, es una cosa mucho más grande y más digna cuando se lee (los autores): referirse a la experiencia, preceptora de preceptores...”11

En la época de Leonardo, el empirismo y el racionalismo filosófico se presentaban como dos tendencias distintas, pero no opuestas aún, del conocimiento del mundo. Leonardo trató de armonizar ambas tendencias. “La verdadera ciencia es aquella a la que la experiencia ha obligado a pasar a través de los sentidos reduciendo al silencio las lenguas de los disputadores y que no alimenta de sueños a sus investigadores, sino que siempre, a partir de los primeros principios verdaderos y conocidos, avanza hacia su fin poco a poco y con ayuda de deducciones verídicas...”12

La tarea de la ciencia consiste, según Leonardo, en establecer los nexos causales de los fenómenos de la naturaleza, basándose en la experiencia, o sea “en empezar por la experiencia y, con ella, descubrir la causa”13 ambién subrayaba la necesidad de realizar debidamente el experimento.

La filosofía de Leonardo se hallaba vinculada a la aparición de las ciencias naturales, basadas principalmente en aquel tiempo en la mecánica. Estimaba que las matemáticas eran el mejor método, el método universal de la demostración científico, y que la mecánica era la ciencia más [268] perfecta. “No puede haber ninguna certidumbre en las ciencias en las que no puede emplearse ninguna de las ciencias matemáticas y en lo que no tiene relación con las matemáticas.”14 Según sus propias palabras, “la mecánica es el paraíso de las ciencias matemáticas y por medio de ella se recoge el fruto de las matemáticas”.15

Al considerar que el conocimiento científico debía ayudar al hombre a dominar la naturaleza, Leonardo se afirmó aún más en esta convicción con sus propias investigaciones científicas de la naturaleza. Al nombre de Leonardo de Vinci va unida la idea de construir un paracaídas, una máquina de volar, un torno de hilar, así como algunos inventos bélicos, trabajos hidrotécnicos, &c.

La concepción del mundo de Leonardo aún no presentaba todos los rasgos de limitación metafísica, propios de los sistemas filosóficos posteriores de los siglos XVII-XVIII. En sus trabajos se encuentran brillantes atisbos dialécticos. Así escribía, por ejemplo: “El cuerpo de todo ser que se alimenta está muriendo sin cesar y sin cesar renace... Pero si se reemplaza tanto como se destruye de él en un día, se engendrará de nuevo tanta vida como la que se ha perdido, de la misma manera que la luz de la vela, que se alimenta de la humedad de ésta, gracias a la rápida afluencia de abajo, restablece continuamente lo que arriba, al morir, se destruye y, al morir, se transforma de luz brillante en humo oscuro.”16

Los razonamientos de Leonardo sobre la posibilidad y la realidad, y sobre el paso de la materia de un estado a otro, se hallaban impregnados de una dialéctica espontánea. “Tomemos el hielo, por ejemplo, y dividámoslo hasta el infinito; se convertirá en agua, y de agua en aire, y si el aire se condensa de nuevo, se transformará en agua y, a partir del agua, en granizo, &c.”17

Las admirables intuiciones de Leonardo sobre la unidad de la ciencia y de la práctica, aunque él daba a la práctica un sentido muy estrecho y la concebía solamente como actividad científica y artística, han conservado todo su valor hasta nuestros días. Al mismo tiempo que atribuía una inmensa importancia a la práctica, Leonardo comprendía todo el valor de las generalizaciones teóricas. Decía “el que se apasiona por la práctica sin la ciencia es como el piloto que sube al barco sin timón o sin brújula; nunca estará seguro de su dirección... La ciencia es el capitán, y la práctica, los soldados.”18

“Me parece –escribía Leonardo en otro lugar– que son estériles y están llenas de errores las ciencias que no han nacido de la experiencia. madre de toda certidumbre, y que no terminan en una experiencia evidente; es decir, si su principio, mitad o fin no pasan a través de uno de los cinco sentidos.”19

Desarrollando la antigua teoría del arte como imitación (mímesis) de la naturaleza, Leonardo de Vinci decía: “El espíritu del pintor debe [269] ser como un espejo que toma siempre el color del objeto que tiene ante sí y se llena de tantas formas como existen de los objetos colocados ante él.”20 Pero el pintor se distingue del espejo en que crea, es decir, en que no refleja pasivamente los objetos. Leonardo consideraba que la experiencia os la base de la pintura y de las demás artes, de la misma manera que lo es también de la ciencia. “Un buen juicio nace de una –buena comprensión decía Leonardo– y una buena comprensión proviene del fundamento sacado de las buenas reglas; pero las buenas reglas son hijas de una buena experiencia, madre común de todas las ciencias y de todas las artes.”21

Leonardo insistía tenaz y perseverantemente en la idea de que el pintor que quiere alcanzar la perfección artística no debe copiar las obras de los maestros de la pintura, sino estudiar la vida, los hombres. Aconsejaba a los artistas observar a los hombres en su vida cotidiana, hacer bosquejos y acumular experiencia artística. “... Es más seguro ir a las cosas naturales que a las que imitan esta [forma] natural estropeándola mucho y adquiriendo malos hábitos, pues el que puede ir a la fuente no debe ir al cántaro...”22

En la base de las ideas estéticas de Leonardo estaba su idea materialista de la conservación de las impresiones sensibles.

Al oponerse al escolasticismo en la ciencia, así como al amaneramiento y a la “belleza” trivial, sin contenido, en el arte, Leonardo fue uno de los primeros que reconocieron en la historia del pensamiento filosófico el papel importante de la crítica en el desarrollo de la ciencia y del arte. Exhortaba a los artistas a escuchar las observaciones de los críticos: “Se comprende de suyo que el hombre consagrado a la pintura no debe rechazar la opinión de los demás, pues sabemos muy bien que cualquier hombre, sin ser pintor, posee un conocimiento de la forma de otro hombre... Si sabemos que los hombres pueden juzgar con acierto sobre las creaciones de la naturaleza, habrá que reconocer, en mayor medida aún, que también pueden juzgar acerca de nuestros errores.”23

La teoría estética de Leonardo, teoría realista por su carácter, ejerció una fecunda influencia sobre el desenvolvimiento del arte italiano del Renacimiento. En sus concepciones político-sociales se mostraba enemigo del despotismo feudal y se manifestaba en favor del progreso de la industria y de la técnica. Le repugnaban las guerras de conquista, a las que calificaba de locura feroz”.

La afirmación de la importancia decisiva de la experiencia en el cono cimiento de la naturaleza, la elevada estimación del papel de las matemáticas y de la mecánica, la vinculación de las investigaciones teóricas con las necesidades de la vida, de la práctica; la profunda comprensión del papel de la ciencia y el odio a la escolástica, tales son los rasgos fundamentales de las concepciones filosóficas de Leonardo de Vinci.

Bernardino Telesio (1509-1588) dio un importante paso en el desarrollo de la filosofía de Italia. Fundó una academia filosófica en la que por oposición al aristotelismo medieval se propagaba el estudio empírico de la [270] naturaleza. Su principal obra se titula De la naturaleza de las cosas conforme a sus propios principios. En lo fundamental era materialista y sostenía que existe objetivamente la materia eterna e inmutable, homogénea, increada e indestructible, Pero, al mismo tiempo, se inclinaba hacia la idea de que todas las fuerzas de la naturaleza están animadas. Como fuente del movimiento de la materia, Telesio señalaba la oposición del calor y del frío.

La lucha cada vez más aguda de la filosofía materialista y de la ciencia contra los dogmas de la Iglesia y contra la rígida escolástica se extendió a nuevos países, Esta lucha estalló con gran fuerza en España, donde los pensadores avanzados que expresaban los intereses de las fuerzas antifeudales de la sociedad se enfrentaban virilmente a la Iglesia y a la Inquisición. Eran los tiempos en que, al decir de Marx y Engels, “la libertad española desapareció en medio del fragor de las armas, de cascadas de oro y de las terribles iluminaciones de los autos de fe”.24

Uno de los más grandes representantes de la filosofía renacentista en España fue el eminente sabio Juan Luis Vives (1492-1540), cuya obra reflejaba el complejo y contradictorio proceso histórico de la España del siglo XVI. Luis Vives nació en Valencia, pero pasó la mayor parte de su vida en el extranjero, en París, Londres y otras ciudades europeas. Estudió en la Sorbona y más tarde desempeñó una cátedra en el Colegio de Oxford. Entre sus principales obras figuran: Causas de la corrupción de las artes, Sobre las ciencias, Acerca del principio, división y utilidad de la filosofía, Tratado del alma, Introducción a la sabiduría, Del socorro a los pobres, o de las necesidades humanas.

En sus abras, Vives se muestra como humanista, como apasionado adalid de la ciencia y del progreso.

Criticando a los escolásticos, Vives afirmaba que sólo se ocupan de cosas absurdas, de “formas” y “realidades”, que repiten las ideas de Platón, &c. Teniendo en cuenta a los escolásticos, Vives decía que cualquier campesino o artesano podía captar la naturaleza de las cosas con mayor rapidez y profundidad que nuestros filósofos. “Y si ocurre que alguno tiene un ingenio, desconocedor de esa naturaleza o propenso a las fantasías o a los sueños delirantes, ése dicen que tiene ingenio metafísico...”25

La filosofía de Vives es dualista. Junto a la sustancia material admite un principio espiritual, divino; sostiene igualmente que existen cosas sagradas en las que el hombre no puede penetrar por habérselo prohibido Dios.26

El dualismo de Vives se manifiesta asimismo en su doctrina de la oposición del alma y del cuerpo.

Según Vives, el cuerpo humano “es de tierra y de estos elementos que vemos y tocamos”.27 Al cuerpo le son inherentes la hermosura, salud, [271] integridad, fuerza, desenvoltura y sus contrarios, enfermedad, fealdad, manquedad, &c.

“Es el ánimo hay saber y virtud: y sus contrarios ignorancia y vicio.”28

Según el filósofo español, en el alma se distinguen dos partes: la superior y la inferior. La parte superior se define por la razón, la mente, el pensamiento y la voluntad, en tanto que la inferior contiene los diversos afectos. Vives sostiene asimismo que el alma es inmortal.

Considera, al mismo tiempo, que es necesario “juzgar bien de las cosas, ...de tal manera que estimemos a cada una en aquello que ella es...”29 Los múltiples fenómenos de la naturaleza constituyen el objeto del conocimiento. Vives exhorta a investigar experimentalmente la naturaleza y sostiene que el punto de partida de todo conocimiento es siempre la experiencia. Los sentidos son nuestros “primeros maestros”... “La marcha del aprendizaje va desde los sentidos a la imaginación, y de ésta a la mente”, dice Vives.30 Según él, no se puede conocer la naturaleza de las cosas sin captar las causas que las originan.

En la filosofía de Vives se concede mucha importancia a la crítica de los escolásticos medievales, que tratan de reducir toda la riqueza y diversidad de los fenómenos de la naturaleza a los silogismos aristotélicos. El verdadero Aristóteles, piensa Vives, es más sencillo y, al mismo tiempo, más grandioso que el que exponen sus comentaristas. Al abordar el problema de las causas de la decadencia de la cultura en la época feudal, Vives señala en su obra Causas de la corrupción de las artes que la filosofía y otras muchas ciencias se han corrompido porque los filósofos han dejado de estudiar la naturaleza, limitándose a remitirse a la autoridad de los antiguos y, en especial, de Aristóteles.

Un eminente filósofo materialista de la época del Renacimiento fue el español Juan Huarte (aprox. 1535-1592), gran investigador de la naturaleza, nacido en el pueblecito de San Juan de Pie del Puerto, provincia de Navarra. En su famosa obra Examen de ingenios para las ciencias, hace un intento de clasificación de los tipos humanos y ataca briosamente a los “castrados de la ciencia”, es decir, a los escolásticos. Pero sus ideas no estaban exentas de elementos de materialismo vulgar. Huarte consideraba que las facultades intelectivas del hombre dependían de las relaciones mutuas entre los cuatro elementos del cerebro, a saber: la humedad, la sequedad, el calor y el frío. Mofándose de los escolásticos, decía que su mente estaba húmeda como la de un borracho.

El objeto de la filosofía, según este materialista español, es la naturaleza que existe objetivamente, estudiada con ayuda de los órganos de los sentidos. Las sensaciones y la razón proporcionan un verdadero conocimiento de la realidad efectiva. De acuerdo con lo que dice Huarte quien tenga una mente muy sensible, y buen oído para captar el lenguaje de la naturaleza y lo que ésta enseña con sus obras, puede aprender mucho, Pero los dogmas escolásticos sustituyen el verdadero conocimiento por fantásticos infundios sobre la divina providencia y los milagros. [272]

Huarte enjuicia críticamente las Sagradas Escrituras, según él oscuras y misteriosas en alto grado, a más de no ser convincentes para todo el mundo.

Las obras de Huarte, que resultaban peligrosas para la Iglesia, fueron prohibidas.

La lucha contra la escolástica y el oscurantismo y en favor de una nueva cultura, la cultura humanista, también se libró en los Países Bajos durante los siglos XV y XVI. Entre los pensadores avanzados de este tiempo descuella especialmente el escritor satírico Erasmo de Rotterdam (1466-1536).

La obra más popular de Erasmo es el Elogio de la locura (1509), en la que se defendía la necesidad de extender la ilustración como medio para corregir todos los males sociales. Erasmo se mofaba con gran ingenio de los vicios de la sociedad feudal, que estaban, como él mismo decía, bajo la protección de la “Reina de la Locura”. Al atacar al clero católico, Erasmo recomendaba cuidarse de los teólogos y escolásticos como quien se cuida de un “cenagal hediondo”. Y acerca de los filósofos escolásticos escribe: “Efectivamente, no conocen nada con certeza y pretenden saberlo todo. No se conocen siquiera a ellos mismos y, como su vista es corta y su espíritu desvaría, no ven la fosa abierta a sus pies, ni la roca que se alza a un palmo de sus narices. Pero esto no les impide decir que contemplan las ideas, los universales, las formas –separadas de las cosas–, las primeras materias, las esencia y otras cosas parecidas.”31

Erasmo de Rotterdam era un convencido enemigo de las guerras de conquista y escribió un trabajo titulado Lamento del mundo, en el que se manifestaba en defensa de las relaciones pacíficas entre los pueblos. Por oposición a la guerra; la obra comienza con una verdadera apología en favor de la paz.

Erasmo vinculaba el interés por la guerra con los intereses de “tiranía de la nobleza”, opuesta a las gentes sencillas, ansiosas de paz.

“La mayor parte del pueblo –escribe Erasmo– odia la guerra y ora por la paz. Sólo unos pocos, cuyo infame bienestar depende del dolor del pueblo, desean la guerra. Ahora bien, juzgad vosotros mismos si es justo que el deshonor de ellos tenga un valor y una fuerza superiores a la voluntad de todas las buenas gentes.”32

Durante los siglos XV-XVI se desarrolló en Francia una aguda lucha ideológica que halló expresión en las manifestaciones de los pensadores avanzados contra la preponderancia de la escolástica medieval.

En el siglo XVI Francia seguía el camino del desarrollo capitalista. Los comerciantes franceses impulsaban el comercio de ultramar. En el país crecía la industria textil. Gradualmente iban desapareciendo los gremios medieyales de artesanos y se desintegraban las relaciones feudales basadas en la servidumbre. Acuciados por la ruina provocada por la intensificación de la explotación feudal y por el yugo de los impuestos del Estado feudal, los hombres abandonaban en masa el campo. [273]

Fue un tiempo en que la burguesía crecía como clase en Francia. Cada vez aumentaba más y más su peso específico en la vida económica del país, desplazando de sus posiciones a las clases feudales. En estas condiciones fue creándose y fortaleciéndose en Francia, en el siglo XVI, el poder centralizado del Estado absolutista feudal; pero este proceso discurrió en medio de una larga y porfiada guerra civil entre las diferentes capas de la clase feudal. La guerra entre la Liga Católica y los hugonotes, librada bajo la enseña de la religión, llevó el país a la ruina y sólo trajo consigo calamidades para las masas populares.

Pierre de la Ramée (Petrus Ramus, 1515-1572), descollante filósofo francés de este tiempo, insistía en que la “sabiduría natural” y la “razón humana”, no la revelación divina, son las únicas fuentes verdaderas del conocimiento. Consideraba que para perfeccionar las ciencias era necesario crear un método correcto, que él asociaba a las matemáticas.

Ramus combatía la lógica aristotélica, en la forma escolastizada con que dominaba en la Edad Media, y trató de crear una nueva lógica que estuviera exenta del formalismo de la escolástica medieval.

Herzen señala que Ramus formulaba “exigencias prácticas u oportunas. Repudiaba el formalismo y la logomaquia y quería aplicación y utilidad”. Afirma asimismo que el filósofo francés “se defendió como un león” contra innumerables enemigos hasta que “terminó sucumbiendo en la lucha”.33

En el apogeo de las interminables y devastadoras guerras de los hugonotes, el filósofo francés Miguel de Montaigne (1533-1592) hizo un llamamiento en favor de la tolerancia.

Montaigne pertenecía a una familia de comerciantes que había recibido un título nobiliario. Después de terminar sus estudios en el Colegio de Burdeos, fue nombrado consejero del parlamento bordelés, renunciando a este puesto en 1570; en 1581 fue elegido alcalde de Burdeos. En 1588, fue detenido, y a instancias de los elementos clericales se le recluyó en la Bastilla, recobrando su libertad poco después.

Caracterizando el pensamiento filosófico de Montaigne, Herzen escribe: “En Francia, por ejemplo, se había formado con anterioridad a Descartes una concepción filosófica de las cosas de carácter particular, una filosofía práctica, no científica, sin teoría formulada y que no se sometía a ninguna doctrina abstracta, a ninguna autoridad; era una concepción libre, basada en la vida, en la meditación, en el análisis de los acontecimientos vividos y, parcialmente, en la asimilación y el estudio persistente y vivo de los escritores antiguos; esta concepción empezó a mirar sencilla y francamente a la vida y sacaba de ella materiales y consejos; parecía superficial, porque era clara, humana y luminosa.”34

Un rasgo distintivo de la filosofía de Montaigne es su escepticismo. Cambian los hombres, dice el pensador francés, y con ellos cambian también las opiniones; cada opinión es fruto del desarrollo individual del hombre y, por esta razón, no sería acertado atribuirle una validez objetiva. Montaigne dice que las ideas humanas son confusas e incomprensibles, y [274] de esto saca la conclusión de que hay que abstenerse de formular juicios precipitados. Los sentidos, principal fuente de nuestros conocimientos, son engañosos e inciertos, afirma Montaigne. Pero ¿acaso la razón humana puede darnos un conocimiento verdadero? Y responde negativamente diciendo que la razón es débil y ciega. Por esto, no le faltaba motivos al escéptico de la Antigüedad que decía que “filosofar es dudar”.

Sin embargo, a diferencia del agnosticismo, el escepticismo de Montaigne no pone en tela de juicio la cognoscibilidad de la naturaleza.

El escepticismo de Montaigne se dirige, ante todo, contra la filosofía escolástica medieval. Sostiene que la escolástica es, en primer lugar, un revoltijo de opiniones contradictorias. En ella no encontramos ninguna certidumbre, pero sí muchas cosas absurdas, de tal modo que no es posible enunciar un absurdo que no haya sido enunciado anteriormente por algún filósofo.

En segundo lugar, según Montaigne, todo la filosofía escolástica se reduce a escritos sobre escritos y no es la ciencia, útil para el hombre, que descifra los secretos de la naturaleza y eleva su poder sobre ella.

“Podemos decir dándonos un aire de importancia: «Así lo dice Cicerón» o «ésta es la doctrina moral de Platón» o «he aquí las auténticas palabras de Aristóteles». Pero, ¿qué es lo que decimos nosotros por nuestra propia cuenta? ¿Cuáles son nuestros propios juicios? ¿Cuál es nuestra conducta? Pues, ciertamente, todo eso podría decirlo también un papagayo.”35

Montaigne acepta la idea de la existencia de Dios y no pone en duda el misterio de la religión. Pero, a la vez, es partidario de la tolerancia religiosa y lucha contra los procesos de brujas emprendidos por el clero católico. Se mofa asimismo de la idea de la inmortalidad del alma y dice que ésta muere con el cuerpo.

El filósofo francés extiende su escepticismo al campo de la política. En sus Ensayos se opone a las convulsiones revolucionarias y a las innovaciones, y se pronuncia en favor de la observancia de las leyes. No obstante, mostrándose en este terreno tan escéptico como en sus concepciones filosóficas, habla del carácter confuso y oscuro de las leyes, de las formas del Estado y del derecho. “Sin embargo, sucede a veces –dice Montaigne– que el destino, cuyo poder excede siempre a nuestra previsión, nos coloca en una situación tan difícil que las leyes tienen que abrirse un tanto y ceder un poco.”36

En sus Ensayos, Montaigne idealiza el régimen comunal primitivo de los indígenas del Nuevo Mundo. Sobre todo llama su atención la ausencia de cárceles, tribunales, policía y guerras religiosas entre ellos; asimismo atrae su atención la valentía de esos indígenas, su carácter franco, su honradez, &c.

La simpatía por el pueblo, por los pobres y por los sencillos trabajadores empapa toda la obra de Montaigne.

El pensador francés se pronuncia contra las hipócritas máximas de la moral religiosa y se atiene a los principios morales epicúreos. El fin [275] Último de nuestra virtud es el placer, entendido éste como placer espiritual, dice Montaigne.

El escepticismo de Montaigne, dirigido contra la concepción feudal-escolástica del mundo, entrañaba un programa positivo, cuyo primer punto era la defensa de la personalidad ideal, libre de las trabas feudales y de las limitaciones de casta, así como del yugo religioso, de la dictadura ideológica y política de la Iglesia. Montaigne defendía asimismo el derecho del individuo a sustentar sus propias opiniones.

El filósofo francés sitúa en el centro de su filosofía no el problema religioso, sino la personalidad humana como individualidad libre. C'est moi que je peins (Me pinto a mí mismo), dice Montaigne. Y en otro lugar afirma: “Me estudio a mí mismo; tal es mi física y mi metafísica.”

El segundo punto del programa de Montaigne es el culto a la naturaleza. El orden inmutable de las cosas, independiente de la naturaleza humana y el incesante fluir, sujeto a leyes, del mundo natural; he ahí lo que admira y cautiva a Montaigne. La fe en la naturaleza y la confianza en su cognoscibilidad, junto con su exhortación a seguir las indicaciones de ella, coronan el escepticismo de Montaigne.

Montaigne se muestra hostil a toda teoría dogmática y apriorística del conocimiento. Parte de los hechos y defiende el método científico de investigación, basado en ellos. En este aspecto, es el precursor inmediato de Francisco Bacon y de otros pensadores avanzados de los siglos XVII-XVIII.

“La concepción de Montaigne –dice Herzen– ejerció una enorme influencia. Más tarde se desarrolló hasta darnos Voltaire y los enciclopedistas.”37

Montaigne dio muestras de interés por las noticias que acerca de la Rus de Moscú daban los viajeros occidentales que la habían visitado. El propio filósofo francés aduce algunos datos (por cierto, inexactos) sobre Rusia.

Pedro Charrón (1541-1603), discípulo y continuador de Montaigne, nació en París. Ejerció la abogacía y más tarde se ordenó de sacerdote. En 1601 vio la luz su obra filosófica fundamental, Sobre la sabiduría, y su Breve tratado de la sabiduría.

En el tratado Sobre la sabiduría analiza la psique humana, las reglas del conocimiento y los aspectos esenciales del derecho como doctrina de las relaciones mutuas de los hombres. Charrón fue quien sistematizó el escepticismo de Montaigne.

La existencia humana, según Charrón, es vana, precaria y se halla expuesta a toda clase de infortunios. En verdad, el hombre no se distingue mucho de los animales con los que mantiene cierta “afinidad y parentesco”. No obstante, es soberbio y orgulloso. Sus actos y su conducta debe someterlos al dictado de la verdadera moral.

El fundamento de esta moral estriba en seguir a la naturaleza. Y en e] desvío de ella hay que buscar la causa de todos los vicios, de la soberbia y del orgullo del hombre. Al igual que Montaigne, Charrón predica el culto a la naturaleza, A juicio suyo, su esencia, más que incognoscible, es desconocida aún. La posibilidad del conocimiento se funda en el hecho [276] de que el hombre es un fragmento de la naturaleza y en el de que en cada hombre hay una parte de ella. Según Charrón, la naturaleza es la fuerza propulsora de toda la conducta humana; en última instancia la verdadera moral humana procede de la naturaleza, no de la religión. Las leyes de la naturaleza constituyen la fuerza motriz de la moralidad.

La observancia de las leyes de la naturaleza proporciona una base firme a la vida humana bajo la forma del “término medio”, entendiendo por éste el punto de equilibrio entre los diferentes extremos y despropósitos en que suelen incurrir los hombres. Y, a la par con ello, da origen a ese “sentido común” que, al decir de Charrón, sirve de base tanto a la moral como al conocimiento. Remitiéndose a Epicuro y al epicureísmo, Charrón concibe como “placer” la “subordinación a la naturaleza” y el “sentido común”,

Las ideas filosóficas de Montaigne y Charrón demuestran que el pensamiento filosófico de la época del Renacimiento, al apartarse cada vez más de la escolástica, se acercaba a su vez al conocimiento del hombre, es decir, al conocimiento de sus tendencias, capacidades, acciones, &c.




{5} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. española, t. II, pág. 54. Moscú, 1952.

{6} Leonardo de Vinci, Obras escogidas, trad. rusa, t. I, pág. 54. Moscú-Leningrado, 1935.

{7} Ibídem, pág. 58.

{8} Ibídem, pág. 199.

{9} Leonardo de Vinci, Obras escogidas, trad. rusa, t. I, pág. 83. Moscú-Leningrado, 1935.

{10} Ibídem, pág. 51.

{11} Ibídem, pág. 46.

{12} Ibídem, pág. 50.

{13} Ibídem, pág. 53.

{14} Leonardo de Vinci, Obras escogidas, trad. rusa, t. I, págs. 67-68. Moscú-Leningrado, 1935.

{15} Ibídem, pág. 72.

{16} Ibídem, págs. 86-87.

{17} Ibídem, pág. 192.

{18} Ibídem, pág. 53.

{19} Leonardo de Vinci, El libro de la pintura, trad. rusa, pág. 81. Moscú, 1934.

{20} Leonardo de Vinci, Obras escogidas, trad. rusa, t. II, pág. 88, 1935.

{21} Ibídem, pág. 207.

{22} Ibídem, pág. 200.

{23} Ibídem, págs. 93-94.

{24} C. Marx, F. Engels, La revolución española, trad. española, pág. 11. Moscú. Se refiere al oro saqueado en las colonias españolas de ultramar.

{25} J. L. Vives, De las disciplinas (Primera parte, Causas de la corrupción de las artes en general). Juan Luis Vives, Obras completas, t. II, pág. 484. M. Aguilar, editor, Madrid, 1948.

{26} J. L. Vives, Introducción a la sabiduría, Biblioteca de Autores Españoles, t. 65. pág. 244. M. Rivadeneyra, editor, Madrid, 1873.

{27} Ibídem, ed. cit., pág. 240.

{28} J. L. Vives, Introducción a la sabiduría, ed cit. pág. 240.

{29} Ibídem, pág. 239.

{30} J. L. Vives, Tratado del alma, pág. 87, Espasa-Calpe Argentina. Buenos Aires-México, 1945.

{31} Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, trad. rusa, págs. 128-129. Moscú, 1938.

{32} Erasmo de Rotterdam, Lamento del mundo. Cita tomada de la revista Problemas de Filosofía, núm. 5, pág. 137, 1955. (En ruso se publica por primera vez.)

{33} A. Herzen, Obras filosóficas escogidas, trad. española de J. Vento, pág. 240. Moscú, 1956.

{34} Ibídem, ed. citada, págs. 263-264.

{35} M. Montaigne, Ensayos, Libro I, trad. rusa, pág. 177. Moscú-leningrado, 1954.

{36} Ibídem, pág. 157.

{37} A. Herzen, Obras filosóficas escogidas, ed. citada, pág. 264.