Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Capítulo VI: 1
1. Polonia.
A comienzos del siglo XIX se ahonda en Polonia la crisis del régimen feudal, se agudizan las contradicciones de clase entre los campesinos y los terratenientes. A consecuencia de las reformas implantadas a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en todas las regiones propiamente polacas había sido abolida la dependencia personal de los campesinos, pero toda Ja tierra seguía estando en poder de los señores.
Los campesinos, privados como estaban de tierra y de derechos políticos, se hallaban como antes, aprisionados por las tenazas de la prestación personal. Y los propietarios, acomodándose a las necesidades de la economía capitalista en desarrollo, los expulsaban a menudo de sus parcelas con objeto de dedicarlas a la cría de ganado lanar o a cultivos industriales.
La desintegración de las relaciones feudales provoca una constante agitación entre los campesinos y conduce a una crisis revolucionaria.
A principios de siglo prosigue el reparto de Polonia por las monarquías feudales vecinas: la Rusia zarista, Prusia y Austria. Al venirse abajo el Ducado pelele de Varsovia, creado por Napoleón sirviendo los fines de su política exterior, el Congreso de Viena pone en manos de Rusia parte de Polonia con la ciudad de Varsovia; Poznan y otras tierras occidentales polacas quedan en poder de Prusia, mientras que la parte meridional del país y la Ucrania Occidental se convierten en patrimonio de Austria. [361]
En el siglo XIX el movimiento de liberación nacional adquiere en Polonia proporciones muy considerables. La causa de esto se debía a que los polacos fueron sojuzgados y divididos en un momento en que habían entrado ya en el proceso de formación como nación. Los repartos de Polonia no podían detener este proceso, aunque lo frenaron un tanto.
“Consecuencia ya del primer reparto de Polonia –decían Marx y Engels– fue la alianza, completamente natural... de la szlachta, de los burgueses de las ciudades y de parte de los campesinos tanto contra los opresores extranjeros como contra la gran aristocracia del país.”1 Marx, Engels y Lenin han señalado el carácter progresivo que para toda Europa tuvo la lucha del pueblo polaco por su liberación nacional a mediados del siglo XIX, puesto que quebrantaba los soportes de la Santa Alianza, el principal baluarte de la reacción europea.
El campo del movimiento de liberación nacional de Polonia no podía por menos de presentar fisuras: la szlachta, ante la amenaza que representaba la amplia incorporación del pueblo, en los momentos decisivos prefería hacer las paces con el zarismo y con las monarquías austriaca y prusiana antes de atraer a la lucha a las grandes masas campesinas. En estas condiciones, la burguesía polaca, en formación, ocupaba ambiguas posiciones liberales, aunque algunos de sus intelectuales tomasen parte en el movimiento de liberación nacional.
De la parte más radical de las capas arruinadas de la szlachta salen los revolucionarios nobles. Los elementos plebeyos urbanos y los campesino constituían el ala izquierda del movimiento de liberación, que da impulso a la orientación democrática revolucionaria del pensamiento social polaco.
Los revolucionarios más consecuentes comprendían que la creación de una Polonia libre e independiente únicamente sería posible si el movimiento de liberación nacional se apoyaba en un levantamiento antifeudal del pueblo. Advertían que la lucha por la libertad de su patria había de fundirse con la lucha de los rusos, ucranianos, bielorrusos y otros pueblos contra la autocracia zarista y el feudalismo.
Entre los movimientos de liberación ruso y polaco existían ya vínculos estrechos desde la época de los decembristas, los cuales tuvieron contactos con la Sociedad Patriótica polaca. Las tradiciones revolucionarias de los decembristas y la obra de Pushkin, que venían a refrendar las ideas de la Francia del siglo XVIII, se dejan sentir en la ideología de los elementos revolucionarios que toman parte en el levantamiento de 1830-1831 y en el pensamiento del gran poeta polaco Adam Mickiewicz.
La cultura y el pensamiento social avanzados de Polonia, con sus gloriosas tradiciones nacionales, hacen suyos con espíritu crítico los avances del pensamiento occidental europeo y asimilan las progresivas ideas de los pensadores revolucionarios rusos. Fue muy sensible el influjo de Herzen y de Chernishevski sobre el ala izquierda del partido de los “rojos” en la insurrección polaca de 1863-1861. Los dirigentes de esta ala (Sierakowski, Dombrowski y otros) mantenían estrechas relaciones con Chernishevski y sus compañeros de lucha, y formaban parte de los círculos juveniles revolucionarios [362] de Rusia. En la insurrección de 1863 la solidaridad de los pueblos polaco y ruso en la lucha contra la autocracia y los terratenientes quedó sellada con la sangre de los revolucionarios rusos que acudieron abnegadamente en defensa de los rebeldes polacos.
En filosofía, los ideólogos de la tendencia revolucionaria son materialistas y critican al catolicismo, que se hallaba al servicio de la reacción aristocrática-terrateniente. Los pensadores revolucionarios más consecuentes combaten las teorías místicas del mesianismo, que los liberales noble-burgueses hacían pasar como “filosofía nacional” de los polacos. Desde este punto de vista mesiánico, Polonia era el “Cristo de los pueblos”, llamado a redimir con sus sufrimientos los “pecados” de la humanidad y de conducir a todos a la “tierra prometida”.
Hacia 1820 aparecen en Polonia algunas sociedades secretas de revolucionarios nobles. Sus programas políticos y sus concepciones filosóficas eran oscuros y vagos. Su propósito era el de llevar el país a la lucha de liberación nacional, pero se encontraban apartadas del pueblo.
En 1830-1831, dentro del Reino Polaco, es decir, en la parte del país que se encontraba sojuzgada por el zarismo, estalló un levantamiento que, según palabras de Engels, “no fue ni revolución nacional (pues excluía a tres cuartos de Polonia) ni revolución social o política; nada cambió en la situación interior del pueblo; fue una revolución conservadora”.2
El movimiento de 1830-1831 fue obra principalmente de la szlachta, que temía los avances de la actividad revolucionaria de los campesinos. Éstos no recibieron tierra y no prestaron su concurso a la insurrección. Con todo y con ello, el levantamiento dio nuevas alas al movimiento de liberación en Polonia. Los elementos revolucionarios de la szlachta (Lelewel, Krempowiecki, Worcell, etc.) exaltaron en el curso de la insurrección la heroica iniciativa de los decembristas y proclamaron la consigna de la unidad con los revolucionarios rusos (“Por nuestra libertad y la vuestra”).
Un papel importante en el desarrollo del pensamiento social avanzado de Polonia en los años 30-40 del siglo XIX desempeña el gran historiador y político Joaquin Lelewel (1786-1861), cuya labor en la revolución de 1830-1831 fue muy favorablemente comentada por Engels. “... En el seno de esta revolución conservadora –dice– apareció un hombre que criticaba violentamente la estrechez de miras de la clase dirigente y que propuso medidas realmente revolucionarias, cuyo atrevimiento intimidó a la Dieta aristocrática. Al llamar a las armas a toda la vieja Polonia, convirtiendo así la guerra por la independencia de Polonia en una guerra europea, al conceder derechos civiles a los judíos y a los campesinos, al dotar a estos últimos de tierra, al restablecer Polonia sobre la base de la democracia y la igualdad, buscaba la identificación de los intereses de todos los pueblos con las tareas del pueblo polaco.”3
Lelewel miraba con gran simpatía el programa de Herzen sobre la cuestión nacional. Una vez y otra llamó a la alianza fraternal de los revolucionarios rusos y polacos. Durante el levantamiento de 1830-1831 hizo [363] ante la Dieta su famosa declaración: “Nosotros, los polacos, no admitimos siquiera la idea de que el pueblo ruso pueda desear nuestra caída... La culpable de nuestra caída es la camarilla del palacio imperial, que no cesa de oprimiros a vosotros, los rusos, y de manteneros sujetos a la esclavitud de la servidumbre.”4
En sus trabajos de los años 30 y 40, Lelewel, independientemente de los historiadores burgueses de Francia en el período de la Restauración, llega a la conclusión que la clave para comprender la historia polaca ha de buscarse en la lucha de clases, y concretamente en la lucha de los propietarios feudales y de los campesinos oprimidos. “La humanidad se divide en dos grupos: un grupo es activo en perjuicio del segundo, al que aprovecha y explota... El cúmulo de acontecimientos sucedidos en las tierras eslavas, que hasta ahora eran dibujados de distinta manera, encuentran fácil explicación en la lucha de la clase alta con los campesinos.”5
Y Lelewel, a diferencia de los historiadores franceses, encuentra completamente lógica la lucha que los obreros europeos habían iniciado contra la “aristocracia burguesa”.
Refiriéndose a la historia polaca, Lelewel expone la acertada idea de que a la época de la sociedad de clases precedió en el país otra de posesión comunal de la tierra.
Marx tenía en gran estima las investigaciones históricas de Lelewel. “Con sus detenidos estudios de las condiciones económicas que habían convertido a los campesinos polacos de libres en siervos, el viejo Lelewel hizo mucho más para explicar la esclavización de su patria que todo un tropel de escritores cuyo único bagaje se reduce simplemente a las injurias que vierten sobre Rusia.”6
Para Lelewel, la historia no es el caleidoscopio de golpes de Estado y “de rebeliones de la szlachta, sino la vida de las masas populares. Acerca de la lucha de Bogdán Jmelnitski contra los señores polacos escribía así: “La revuelta cosaca es una insurrección del pueblo... Puesto en pie por los llamamientos de los cosacos y en lucha junto con ellos por una causa común, el pueblo se hizo activo. He ahí un espectáculo de los que pocas veces se dan en la historia, un bello y asombroso espectáculo.”7 Consideraba Lelewel que el Estado polaco había sido llevado a la ruina por la política interior de explotación de los terratenientes, una política criminal que había encontrado todo el apoyo del clero católico y de los jesuitas.
Estas conclusiones antifeudales proporcionaban una base teórica al movimiento revolucionario de liberación de Polonia, aunque Lelewel no llevó la idea de la lucha de clases hasta el reconocimiento de la necesidad de la revolución campesina.
Las concepciones sociológicas de Lelewel ostentan aún un carácter idealista. Diferenciaba las clases no por su relación respecto de los medios de producción, sino por su posición jurídica o por su cultura espiritual. En [364] ciertos casos le sirve de criterio el nivel económico. El pensador polaco buscaba equivocadamente las causas de la desigualdad de clase en las violencias de la casta militar, a la que el pueblo, afirmaba él, había encomendado la defensa de la agresión alemana; a veces se remitía al crecimiento de la población. Al mismo tiempo, en la sociología de Lelewel hay elementos de una concepción materialista de la vida social. Sus aspectos más positivos son aquí la tendencia a aplicar consecuentemente en la investigación histórica el principio del determinismo social y el reconocimiento del papel decisivo de las masas populares en el proceso histórico.
Las concepciones de Lelewel en el terreno político-social y en sociología fueron aceptadas por los ideólogos del ala izquierda de la Sociedad Democrática Polaca que los revolucionarios emigrados fundaron en 1832 en Francia.
En filosofía, las opiniones de una serie de figuras de la Sociedad Democrática Polaca eran continuación de las tradiciones materialistas de Staszic y Kollatai.
A la ideología del ala izquierda de la Sociedad se acercaba el revolucionario burgués de la nobleza Enrique Kamienski (1813-1865), autor de dos obras, De las verdades vitales de la nación polaca (1844) y Catecismo democrático (1845), que publicó con el seudónimo de Filaret Prawdoski. Kamienski llamaba a la lucha armada para conseguir la liberación nacional de Polonia.
“Tenemos lodos los motivos para esperar –escribía en De las verdades vitales– que cuando el pueblo ruso, con toda la pasión del impulso hasta ahora contenido, se lance a la conquista de la justicia... la efervescencia alcanzará a todo el ámbito de la nación y terminará por destruir a nuestros verdaderos enemigos.”8
Sus relaciones personales con Saltikov-Schedrín (durante los tres años que permaneció desterrado en Viatka) y la lectura en la emigración de los artículos de Herzen robustecieron en Kamienski la opinión de que el pueblo polaco necesitaba una alianza estrecha con los rusos para la lucha contra el enemigo común.
En su Filosofía de la economía material de la sociedad humana (1843-1845) Kamienski llega a deducir el carácter históricamente regular de la sucesión de formas de explotación del hombre por el hombre, en consonancia con las distintas formas de la propiedad. Pero esa sucesión, según él, obedece al desarrollo inmanente de la “idea de la unidad de lo absoluto”; la limitación idealista de este concepto de Kamienski es evidente.
Kamienski tiene el mérito de haber sometido a crítica la apología maltusiana de la sociedad burguesa y de haber puesto de relieve las terribles calamidades que el capitalismo trae en Inglaterra, los Estados Unidos y Francia a la clase obrera. Los proletarios, escribía, han de ser puestos en condiciones tales que puedan trabajar para sí mismos. Ahora bien, Kamienski interpretaba el socialismo como un capitalismo “perfeccionado” y no veía claro el camino de transición hacia el nuevo sistema social, que él consideraba posible sólo en un futuro lejano.
Hacia 1840 Kamienski combate el misticismo religioso y el mesianismo y critica el carácter contemplativo de las concepciones de los adeptos polacos [365] de Schelling, a la vez que defiende la tesis de que la cognoscibilidad del mundo no conoce límites. Mas, en última instancia, sus concepciones filosóficas eran idealistas y afines al hegelianismo.
Kamienski afirmaba la universalidad e invencibilidad del desarrollo progresivo en todos los órdenes de la vida, aunque considerando que el progreso social tiene lugar mediante lucha sólo porque los hombres “no comprenden” su carácter necesario. Las concepciones filosóficas de Kamienski reflejan la debilidad de su programa político, en el que no pudo desprenderse por completo de la ilusión de que las clases acomodadas harían voluntariamente concesiones a los trabajadores.
La filosofía de Kamienski fue criticada por el “petrashevtsi” Speshnev, quien señala que, en virtud de su carácter idealista, “teme a la realidad”. Más tarde Kamienski se pasó al campo del liberalismo burgués.
Otro camino distinto sigue la evolución de la concepción del mundo de los revolucionarios nobles Estanislao Worcell, Tadeus Krepowiecki y Adam Mickiewicz. Consiguen superar las reminiscencias de la ideología de la szlachta; se aproximan a la democracia revolucionaria y estrechan sus vínculos con el movimiento popular de liberación. Tal evolución es muy laboriosa, especialmente en lo que se refiere a Mickiewicz, que durante cierto tiempo se halló bajo la influencia del mesianismo.
El mesianismo polaco cobró auge en los años de negra reacción que siguieron al aplastamiento de la insurrección de 1830-1831. En el fondo era una ideología nacionalista. Sus partidarios encubrían su temor al movimiento del pueblo y su pesimismo con místicas consideraciones en torno a una “ideología nacional”, al excepcional papel de la filosofía polaca, viendo en el pueblo polaco al “elegido de Dios” y afirmando incluso el papel mesiánico de la Iglesia Católica polaca. Rasgo característico de los adeptos del mesianismo polaco era su exaltación mística del héroe. Estas concepciones cundieron entre los ideólogos de los grupos liberales de la clase terrateniente, que se inclinaban por la vía “prusiana” de desarrollo del capitalismo en la agricultura de Polonia (A. Cieszkowski y otros).
Algunos demócratas polacos (J. Slowatski, A. Mickiewicz) cayeron por algún tiempo bajo la influencia del mesianismo, en el que equivocadamente veían una forma del amor patriótico al pueblo. También veían en él un instrumento favorable para combatir al paneslavismo reaccionario.
Adam Mickiewicz (1798-1855), gran poeta, revolucionario y pensador, infundió un vigoroso impulso al movimiento de liberación y al desarrollo del pensamiento político-social y filosófico de Polonia.
Sus concepciones se formaron, en gran parte, bajo el influjo de los decembristas K. Riléev y A. Bestúshev, y también de A. Pushkin, con quienes él mantuvo relaciones de amistad durante su destierro político en Rusia. Mickiewicz, según indica Riléev, guardaba afinidades con los decembristas “por sus sentimientos y su modo de pensar”. Pushkin, en sus versos El vivió entre nosotros, dice que el poeta soñaba
on los tiempos futuros
en que los pueblos, olvidadas sus discordias,
se unirán en una gran familia.9 [366]
Durante su destierro, Mickiewicz cobró un sentimiento de profunda simpatía hacia el pueblo ruso; repetidas veces vuelve a la idea de que el pueblo polaco había de aunar sus esfuerzos con los de los revolucionarios rusos en la lucha contra la autocracia zarista. En sus lecciones sobre Historia de las literaturas eslavas dio a conocer a polacos y franceses variados aspectos de la cultura del pueblo ruso y de otros pueblos hermanos.
Según Mickiewicz, el pueblo polaco, por ser uno de los más oprimidos de Europa, podía servir de ejemplo al resto y provocar su ascenso moral. El significado europeo de la lucha del pueblo polaco por su independencia, objetivamente progresiva, era interpretado torcidamente a veces por Mickiewicz, en el que repercutían las ideas del mesianismo.
El gran poeta fue el fundador del romanticismo en la literatura polaca. Pero aquél no lo veía como una evasión de la realidad, según proclamaban los románticos reaccionarios de Alemania, sino como una orientación popular y revolucionaria de la creación artística. En sus artículos publicados en el periódico El Peregrino Polaco (1833) pide que la poesía se ponga al servicio de la lucha política por la libertad del pueblo. De ahí su comprensión de las tareas del arte con un espíritu realista, como se puede apreciar, por ejemplo, en su poema Pan Tadeusz.
Las ideas filosóficas de Mickiewicz quedan recogidas en su trabajo sobre el pensador alemán del siglo XVI J. Böhme y en diversas obras poéticas y políticas. Lanzó el principio de la “filosofía del sentimiento”, comprendida por él de manera confusa, como antítesis de las doctrinas “de la razón”. Esa oposición que el poeta establecía entre “sentimiento” y “razón” presentaba aspectos muy variados. Enfrentaba así la poesía que pugna por la felicidad del pueblo a las leyes frías e impasibles del clasicismo, o el estudio de la vida real al razonamiento especulativo. Mickiewicz oponía el conocimiento de la realidad concreta y sensible al enfoque racionalista de los fenómenos, a la erudición libresca, así como la actividad a la pasividad y al fatalismo, o el sentimiento del deber ante la patria y el pueblo al espíritu calculador y egoísta de los conformistas y de quienes se hallaban dispuestos a llegar a un acuerdo con el enemigo. El principio de la “filosofía del sentimiento” sirve de base a las ideas estéticas de Mickiewicz, que él desarrolla como concepción del romanticismo revolucionario.
En sus Lecciones sobre historia de las literaturas eslavas, el poeta crítica a los hegelianos de derecha polacos, “esclavos del pensamiento alemán”, y a sus maestros. Refiriéndose a los sistemas idealistas más conservadores escribe que los filósofos alemanes “tratan únicamente de explicar y justificar lo existente. El axioma de Hegel: todo lo racional es real y todo lo real es racional sirve de fundamento a la totalidad de sus sistemas”.10 Al igual que otros pensadores democráticos polacos de su tiempo, Mickiewicz no admitía tal axioma: los repartos de Polonia no podían ser “racionales”, y por ello el hecho de que tuviesen lugar demostraba la falsedad de la fórmula hegeliana.
Los sistemas filosóficos, según Mickiewicz, son producto de las circunstancias históricas. Kant, escribe, se equivocaba al suponer que el carácter de su sistema viene determinado únicamente por el deseo del autor de encontrar la verdad “pura”. Olvidaba que su filosofía era fruto de un [367] determinado régimen político. Mickiewicz critica también el carácter idealista subjetivo de las concepciones de Kant, de quien dice que obligó a girar al mundo no alrededor del sol, sino en torno al sillón de su cátedra.
Las concepciones filosóficas de Mickiewicz tienen un fondo idealista y ofrecen grandes contradicciones. Las tendencias revolucionarias e ilustradas se ven debilitadas en gran parte por el matiz religioso y ético de su Obra. Hacia 1840 se siente atraído por el misticismo y el culto mesiánico a los “grandes hombres”. “La tragedia del poeta, expresión de la cual era a menudo la forma mística de sus apasionados impulsos –decía B. Bierut en su discurso con motivo de la inauguración del monumento a Mickiewicz en Varsovia, el 28 de enero de 1950–, tenía raíces muy profundas en la falta de madurez de las únicas fuerzas populares que hubieran podido iniciar con éxito la lucha por la emancipación nacional y social.”
En algunos trabajos el poeta condena la religión oficial valiéndose de argumentos de tipo religioso. Era adversario de la ortodoxia católica y del papado, que, según él, marchaba de acuerdo con los gobiernos de Francia y Austria. El Papa, afirmaba, es enemigo de todo movimiento de liberación. “Los viejos intereses del clero se hallan estrechamente vinculados a los intereses de la aristocracia.” Hoy día, agregaba, el clero se ha puesto al servicio del capital, al que el pueblo ataca. La obra de Mickiewicz Libros del pueblo polaco y de la peregrinación polaca fue incluida en el Indice.
Los demócratas revolucionarios rusos tenían en gran estima la labor de Mickiewicz, aunque no aceptaban en absoluto los elementos idealistas de sus concepciones. Después de rendir tributo al poeta como heraldo de la libertad y de la unidad eslava, Herzen escribe: “No, no es el catolicismo lo que salvará al mundo eslavo y le hará entrar en la vida... Polonia será salvada sin necesidad del mesianismo...”11
El levantamiento de los campesinos de Galitzia en 1846 dio un vigoroso impulso al pensamiento revolucionario de Mickiewicz. “¿Es que las hachas de Galitzia no os han enseñado nada? –pregunta el poeta en una de sus cartas–... La szlachta polaca arruinó a la patria, ¡que ella misma perezca!”
En 1848 Mickiewicz se dedicó con ardor a la organización de legiones polacas revolucionarias, con la esperanza de que, en caso de éxito, sus acciones provocarían un levantamiento general de los eslavos y de otros pueblos contra el absolutismo austriaco. Al año siguiente fundó en París un periódico, Tribuna de los Pueblos. Por aquel entonces rompió con las nebulosas concepciones de una Ilustración inspirada por los nobles y con las utopías mesiánicas, y se aproximó a la democracia revolucionaria.
Mickiewicz no limita su crítica al sistema feudal, sino que la extiende al régimen burgués. En 1832 indica ya en una carta que la meta a que él aspira “no tiene nada de común con el liberalismo financiero de los franceses”. Y en otro lugar añade: “Los polacos están obligados a demostrar que el republicanismo basado en los principios americanos carece de la estabilidad suficiente...”12 [368]
En sus artículos de Tribuna de los Pueblos expone ideas de un socialismo utópico que él relaciona con las aspiraciones de las masas populares. La realización de su ideal social queda vinculada directamente a la lucha de los campesinos del agro y “de la ciudad” (es decir, de los obreros). Una vez que se haya logrado la liberación de todas las naciones oprimidas y el derrocamiento de los gobiernos monárquicos feudales, ha de advenir, según él, la “tercera etapa de la revolución”, que traerá consigo el establecimiento de un régimen socialista. El poeta combate el reformismo de Luis Blanc y de Considérant, y, en el artículo El socialismo utópico y la lucha revolucionaria, critica la timidez de Saint-Simon y Fourier en cuanto al problema de la destrucción completa y definitiva de la propiedad privada, y también sus esperanzas en un desenvolvimiento pacífico de los acontecimientos.
El socialismo utópico de Mickiewicz se basaba en sus concepciones idealistas sobre la sociedad. Esto se revela muy singularmente en sus conclusiones, profundamente erróneas, sobre la necesidad de fundir la “fuerza moral” (sobre la que, según él, había de descansar la ideología revolucionaria) con la “idea religiosa”. Ahora bien, en su labor práctica no confiaba en el incienso y el rosario, en los sentimientos piadosos, sino en la palabra candente y combativa y en la lucha armada de las masas.
Mickiewicz figura entre los mejores representantes revolucionarios de la nobleza polaca que se pusieron al servicio del pueblo. Los comunistas polacos lo colocan, unido a J. Dombrowski, entre los más grandes revolucionarios del país y defensores de la ideas internacionalistas.
Hacia 1835 adoptaron el credo de la democracia revolucionaria algunos dirigentes del grupo “Grudzendz”, compuesto por soldados de las tropas insurrectas de 1830; eran principalmente antiguos campesinos que después de la derrota habían emigrado a Inglaterra. Posteriormente este grupo fundó la sociedad “El Pueblo Polaco”, cuyos miembros reclamaban la supresión de la propiedad privada sobre la tierra. Declaraban abiertamente su odio de clase a los terratenientes y se esforzaron por crear un bloque democrático dirigido contra los señores. “En todo el mundo un mar de sangre separa a los nobles del pueblo trabajador...”, escribían en uno de sus manifiestos.
Los miembros de “El Pueblo Polaco” criticaban la ideología del grupo aristocrático de Czartoryski y del ala derecha de la Sociedad Democrática Polaca. Estos dos núcleos acaban por aproximarse, aceptando uno y otro la vía “prusiana” de desarrollo del capitalismo en Polonia y orientándose en sus cálculos políticos hacia las potencias capitalistas del Occidente de Europa.
La mayoría de los componentes de la sociedad “El Pueblo Polaco” sustentaba opiniones religiosas e idealistas. Equivocadamente, identificaban el materialismo filosófico con las odiosas concepciones burguesas, aun que, al mismo tiempo, mostrábanse hostiles a la Iglesia Católica Romana y al Papa.
El teórico principal de “El Pueblo Polaco” fue Estanislao Worcell (1799-1857), demócrata revolucionario y socialista utópico, que durante la insurrección de 1830 se mantuvo en las filas de los revolucionarios nobles. Más tarde, en algunos períodos, formó en el ala izquierda de la Sociedad Democrática Polaca. En su obra De la propiedad (1836) Worcell [369] denuncia los vicios del programa de dicha organización y expone sus ideas democráticas y socialistas utópicas.
La crítica de las ilusiones liberales le sirve para mostrar las limitaciones de la democracia burguesa. Dirigiéndose a los representantes burgueses y nobles, exclama colérico: “Vosotros, cuya doctrina es el derecho del hombre, cuyo estímulo es el egoísmo y cuya meta es la felicidad individual, dirigíos al país que es la encarnación de vuestra síntesis, a los Estados Unidos de América... Allí votaréis el derecho “a matar de hambre a los negros y a convertirlos en ganado de labor.”13
Worcell sustenta el principio de la propiedad “social” colectiva sobre los medios de producción, que ha de sustituir a las formas “pagana”, “feudal” y “burguesa” de propiedad. Su crítica es singularmente violenta cuando arremete contra el sistema de posesión feudal de la tierra. La sociedad socialista, decía, pondrá fin a la lucha de los hombres por la propiedad, que él considera lo principal de toda la historia de tiempos anteriores. Sin embargo, concebía la esencia de las relaciones de propiedad de un modo idealista; en ella veía una forma específica de las relaciones “morales”.
Desarrollando sus ideas sobre el problema nacional, Worcell fustiga el nacionalismo, que él denomina “egoísmo nacional”. En sus artículos Sobre las agrupaciones naturales y sociales combate también el cosmopolitismo, del que son ejemplos típicos el catolicismo, el pangermanismo y el paneslavismo. Pide la unidad de acción de todos los pueblos que luchan por la libertad. El internacionalismo democrático revolucionario de Worcell se revela en sus llamamientos a los pueblos de Rusia y Francia. de Inglaterra y Escocia, de Irlanda y Hungría. La sociedad socialista, manifestaba, se estructurará como una federación de naciones iguales en derechos.
El demócrata polaco expresa sus simpatías hacia el comunismo utópico de los discípulos de Babeuf. Es partidario del empleo de la violencia para conseguir la emancipación social y nacional de los pueblos, que él considera factible mediante la insurrección de los campesinos y de las capas pobres urbanas, de los “trabajadores”. Pero estas radicales reivindicaciones las presenta Worcell con una envoltura religiosa: el nuevo régimen social es el “reino de Dios” en la tierra.
Worcell tenía en gran estima y divulgaba las tradiciones de los decembristas, que habían tendido una mano amiga al pueblo polaco. Hacia mediados de siglo colaboró estrechamente con Herzen, quien le criticaba justamente los elementos religiosos de sus ideas, su creencia “en un mundo espiritual indefinido, innecesario e imposible, pero separado del mundo material”. Bajo el peso de esta crítica admitió Worcell que estaba en un error al considerar el catolicismo como una de las “tradiciones inconmovibles” del pueblo polaco.
Inconsecuente en su posición de demócrata revolucionario, en una serie de casos Worcel no deslindó hasta el fin los campos con la szlachta, cuyo lema era: “no hay siervos ni hay nobles, hay polacos”. Pero también en este punto acabó por reconocer la razón que asistía a Herzen en su crítica de los nacionalistas polacos que integraban el ala derecha de la Sociedad Democrática Polaca.
En los años 40, la sociedad “El Pueblo Polaco”, desvinculada de la patria [370], pierde su espíritu revolucionario y es anegada por una oleada de misticismo. No obstante, sus mejores tradiciones políticas –los elementos de su democracia revolucionaria combinados con ideas socialistas– son recogidas y ampliadas por demócratas revolucionarios de la talla de Szegenny y Dembowski.
Piotr Szegenny (1800-1890) era de origen campesino y hacia 1840 comenzó a organizar una secreta Liga campesina. Estimaba que “sólo moviendo al pueblo bajo a la revuelta contra los propietarios de bienes raíces es posible encontrar los medios para restablecer luego la antigua Polonia”. La Liga preparaba un levantamiento antifeudal juntamente con los artesanos de Varsovia que dirigía Dembowski. En 1844. las autoridades zaristas dieron con esta organización secreta y Szegenny fue condenado a trabajos forzados en Siberia.
En su Librito de oro, Szegenny hace diferencias entre las guerras de liberación y las guerras de conquista, y sostiene que las causas de estas últimas, lo mismo que de la opresión de los campesinos, reside en la falta de cultura de la sociedad. Pero no era un moralizador de vía estrecha, y escribía: “En la próxima guerra, los campesinos y hombres de la ciudad, polacos y rusos, figurarán a un lado, y los señores. y reyes polacos y rusos, al otro.” En sus Aforismos sobre las causas de las calamidades que afligen a la humanidad y Aforismos sobre la vida colectiva, Szegenny expone las ideas de un socialismo utópico, que él viste con un ropaje religioso, a la vez que fustiga a Roma y al clero católico por su alianza con los terratenientes opresores.
Eduardo Dembowski (1822-1846) ha pasado a la historia de Polonia como demócrata revolucionario y pensador dialéctico, como continuador de las tradiciones filosóficas avanzadas de Staszic y Kollatai.
Nació Dembowski en Varsovia en el seno de una familia aristocrática. Era todavía un mozo cuando rompió con los suyos y comenzó a editar una revista científica de carácter democrático. Perseguido por la policía zarista, en el verano de 1843 hubo de marchar al extranjero. Desde entonces todas sus energías las pone al servicio de la labor revolucionaria clandestina, primero en Poznania y luego en Galitzia.
En filosofía, Dembowski atraviesa por una compleja evolución que le lleva del idealismo al materialismo.
Influye sobre él en este aspecto el estudio de la dialéctica de Hegel y del materialismo de Feuerbach. Sus concepciones dialécticas cobran forma en la lucha revolucionaria práctica, en la que va superando la influencia idealista del sistema conservador de Hegel.
De los trabajos de Lelewel sobre historia polaca, Dembowski toma la visión histórica de los fenómenos sociales, con las tendencias contradictorias que les son propias.
En 1842 Dembowski acoge con entusiasmo la crítica que el joven Engels hace de la filosofía reaccionaria de Schelling en su última época. El trabajo de Engels sobre este tema, Schelling y la revelación, aceleró la formación de Dembowski como demócrata revolucionario y ateo. El pensador polaco también estimó favorablemente las obras en que Feuerbach defiende el ateísmo.
Dembowski sometió a crítica los aspectos conservadores del sistema filosófico de Hegel, de quien dice que, en última instancia, puso la dialéctica [371] al servicio de fines reaccionarios, puesto que aceptaba el mal social existente. También combatió a los hegelianos de derecha polacos (A. Cieszkowski, B. Trentowski, J. Kremer, etc.).
La vieja filosofía divorciada del pueblo y de la vida práctica, afirmaba Dembowski, ha llegado a su fin. Es necesario crear una eficaz “filosofía de la creación” o “filosofía del futuro”, que sienta y haga suyos los intereses y necesidades del pueblo, que se halle “vinculada a las grandes metas de la humanidad” y que muestre el camino del progreso. Dembowski critica el idealismo de Kant y Fichte, que se mantiene al margen de la vida, y el materialismo metafísico, con su pasividad y su fatalismo. Al mismo tiempo, el pensador polaco tenía un elevado concepto de los materialistas franceses del siglo XVIII por la lucha que mantuvieron contra la religión.
Entre 1842 y 1844 Dembowski sitúa resueltamente en primer plano el principio activo y eficaz del ser, aunque, a su vez, resuelve de un modo idealista el problema capital de la filosofía, por cuanto la “creación” es para él una fuerza ideal que sirve de asiento a la realidad.
En los artículos escritos en 1844 se acentúa la vena materialista: con un criterio ateo combate el catolicismo y a todas las religiones e iglesias como instrumentos de la esclavización de los campesinos. Las creencias religiosas son, según él, un conglomerado de “engaño, violencia, estupidez y prejuicios”.
En el artículo Pensamientos sobre el porvenir de la filosofía (1845), aunque sin emanciparse aún de la terminología hegeliana, comienza a dar una interpretación materialista al principio de la “creación”. Considéralo como el principio material que se encuentra en estado de actividad constante, la cual no requiere para su explicación ninguna razón sobrenatural, no pide el remitirse al espíritu, etc. “La creación –escribe– es idéntica a la vida real con una base sensible”. La conciencia y el pensamiento, atendido su origen, son de carácter secundario.
La creación, añade Dembowski, es a la razón, al pensar, lo que “la vida es al pensamiento sobre la vida”. La “creación”, afirma, se diferencia radicalmente del concepto hegeliano de “devenir”, que antecede a la “abstracción pura”. Pero Dembowski continúa evitando hablar de “materialismo” cuando se refiere a la “filosofía del porvenir”; para él la filosofía materialista es el materialismo metafísico.
Dembowski enfoca los fenómenos de la vida social con un criterio dialéctico. Al igual que Belinski, afirma que el desarrollo de la sociedad es infinito, lo mismo que en la naturaleza: “Nadie se atreverá a decir a la humanidad: ¡hasta aquí, ni un paso más!” Diverge de Kamienski y considera que “el progreso es el choque de fuerzas opuestas, las cuales, como resultado de la lucha mutua, con la victoria de una sobre otra, conducen a la formación del nuevo organismo y constituyen el progreso, la vida, justamente porque de nuevo mantienen una lucha constante con elementos nuevos”.14
En el curso del desarrollo, lo nuevo y joven, según Dembowski, vence a lo caduco, que está condenado a desaparecer. En la sociedad se desarrolla una lucha a muerte entre el “pueblo bajo” (lud) y las “castas de ricos”, en la que “es imposible conciliar las etapas viejas y nuevas”. [372]
Lo “nuevo”, según lo entendía Dembowski, son las fuerzas del pueblo revolucionario en lucha por su emancipación completa del yugo social y nacional. Pese a su carácter progresivo, esta concepción adolecía de una limitación inevitable en aquel tiempo, por cuanto no iba unida a la interpretación materialista de la historia, a una concepción científica de la estructura de clase de la sociedad y al reconocimiento del papel histórico del proletariado en escala mundial.
En el artículo Algunas ideas sobre el eclecticismo, Dembowski critica las tesis hegelianas de la “síntesis” de los contrarios y de la racionalidad de todo lo existente. Quienes tratan de conciliar las fuerzas del progreso social y de la reacción, de limar las diferencias sustanciales entre unas y otras por considerarlas “inesenciales”, son, según la terminología de Dembowski, “eclécticos sociales”, y “bajo la capa del eclecticismo se ocultan a menudo los más peligrosos enemigos del progreso, cuya ruina buscan al introducir la moderación en sus principios”.15
La crítica que Dembowski hace del “eclecticismo” iba contra los liberales noble-burgueses, que trataban de resolver el problema agrario en el país de manera que los campesinos se “apaciguasen” y sin “ofender” a los terratenientes; aun siendo progresiva como era, adolecía del vicio de la abstracción, puesto que el pensador, interpretando a su manera este término, entendía por “eclecticismo” los intentos de conciliar los contrarios en cualquier esfera de la vida.
Dembowski, que en sus concepciones sociológicas no llegó a evadirse por completo del idealismo, afirmaba que el contenido principal de la historia es el progreso y la conciencia de la libertad. Esta tesis hegeliana la interpretaba, empero, en el sentido de que, en el curso de la evolución social, las masas han de conquistar el poder político a medida que en ellas se produce el “desarrollo de la razón”.
Impulsando las mejores ideas de Lelewel, Dembowski consideraba que la época de la sociedad de clases fue precedida en Polonia por la de la posesión comunal de la tierra; la historia del país en las centurias subsiguientes puede ser comprendida acertadamente sólo como historia de la lucha del “pueblo bajo” contra las “castas” antipopulares de la szlachta y del clero.
En 1845 Dembowski llega a la conclusión de que las “condiciones sociales” determinan toda la vida espiritual de la época. Al feudalismo, según él, “corresponde” la ideología católica; y a la “democracia política” (es decir, a la sociedad burguesa) corresponden las ideas de los hegelianos de izquierda, de los epígonos del saint-simonismo, de los “socialistas” cristianos y de los reformistas partidarios de Luis Blanc. Las ideas del socialismo y del comunismo son anunciadas, a su vez, por la “filosofía del porvenir”, a la comprensión de la cual se acercaban los elementos de “extrema izquierda” de la escuela hegeliana. Estas imprecisas manifestaciones de Dembowski encierran, sin embargo, el atisbo de una vinculación entre la filosofía y la política.
Dembowski no es sólo un develador del feudalismo polaco, sino también un crítico del capitalismo europeo occidental y del Estado burgués. Los trabajadores, escribe, después de destruir la violencia económica de [373] los explotadores y, en consecuencia, todas las formas de opresión política y espiritual, podrán construir la sociedad comunista, regida por el principio de que cada cual habrá de trabajar según su capacidad y aficiones, y en la que gozará del derecho a disponer de los bienes materiales, primeramente de acuerdo con su trabajo y luego de acuerdo con sus necesidades.
El comunismo de Dembowski no era científico, sino utópico. Mientras que en la Europa Occidental el proletariado actuaba ya por aquel entonces como una clase revolucionaria, en Polonia no existía siquiera; Dembowski no podía advertir que su patria atravesaría forzosamente por la fase capitalista de desarrollo. Ello no quiere decir, ni mucho menos, que compartiese la idea del “carácter exclusivo” del proceso histórico de Polonia que defendían los adeptos del mesianismo en la sociología polaca.
Dembowski era adversario del nacionalismo polaco en su forma más refinada del mesianismo, al que criticaba por su “culto a los héroes” y por su negación del papel de las masas en la historia. También combatió el paneslavismo y el cosmopolitismo.
Cifraba Dembowski grandes esperanzas en el movimiento de los campesinos rusos. Las tradiciones de los decembristas le inspiraban gran estimación; cuando el pueblo ruso se levante contra los opresores, escribió, “ninguna fuerza podrá defender el régimen de la esclavitud impuesta por la violencia”.
La ética de Dembowski se halla penetrada del espíritu del humanismo revolucionario. Exaltaba la inagotable actividad creadora del hombre como propiedad natural e inalienable, de la cual se desprende el derecho de los oprimidos a realizar la revolución. Dembowski habla de la relatividad de las concepciones éticas de los hombres, que es consecuencia del carácter mutable que las relaciones sociales presentan. Norte y guía de su sistema ético es el “amor al pueblo”, que interpreta en un sentido revolucionario. El pensador combate la ética de la mansedumbre religiosa y llama al pueblo a la lucha contra el despotismo feudal.
Dembowski creó una tendencia, avanzada en su tiempo, del pensamiento estético polaco. Lo mismo que Shevchenko, criticó la estética de Libelt y se manifestó resueltamente contra los románticos reaccionarios de Alemania y Polonia, contra la teoría del “arte puro”. La base teórica de la estética de Dembowski es su “filosofía de la creación”.
El arte, afirmaba, ha de ser la apoteosis del amor al pueblo; ha de enseñar también a aborrecer a quienes oprimen a los trabajadores. Lo más hermoso del mundo es el hombre y su activa labor de creación. El arte no tiene derecho a ir a remolque de los acontecimientos, está obligado a cooperar al desarrollo creador de la actividad de los hombres y a fomentar en ellos el espíritu de sacrificio en la lucha por la libertad. Todas estas ideas eran el credo del romanticismo revolucionario polaco y fueron formuladas por Dembowski partiendo de su peculiar interpretación de la idea hegeliana de la superioridad del arte sobre la vida cotidiana. Al mismo tiempo que desarrolla las ideas del romanticismo revolucionario, Dembowski se muestra contrario a los ensayos de M. Mochnacki, quien trataba de fundamentar el romanticismo en el arte con ayuda de la filosofía mística de Schelling.
Al igual que Mickiewicz, Dembowski va pasando gradualmente del [374] romanticismo al realismo como método artístico más elevado. Esta evolución deja constancia tanto en sus ensayos literarios como en una serie de artículos teóricos dedicados a los problemas estéticos de la dramaturgia, la poesía y la prosa. Y aún se advierte más en los artículos que se refieren al principio del espíritu popular en el arte.
Dicho principio lo entendía en el sentido de que el arte ha de ser accesible a las grandes masas, popular por su contenido y veraz por los temas que afronta. Pero lo principal en el espíritu popular de la obra literaria era, según Dembowski, su tendencia política democrática. El arte ha de encarnar, mediante los procedimientos que le son propios, las ideas y vicisitudes de la lucha por la felicidad del pueblo y contra los nobles.
La estética de Dembowski cumplió en su tiempo un importante papel progresivo en la lucha contra los apologistas feudales del “arte puro”, aunque su autor no la expuso partiendo de posiciones conscientemente materialistas.
Dembowski fue un destacado hombre de acción dentro del movimiento de liberación. Estuvo a la cabeza del grupo democrático revolucionario en la insurrección de Cracovia (1846), que reclamaba la supresión inmediata de todas las cargas feudales y la entrega de la tierra a los campesinos a título gratuito. La revolución agraria, esperaba, conduciría a la abolición de la gran propiedad y a la nacionalización de la tierra. Marx y Engels hablan de este levantamiento como del prólogo de las revoluciones burgueses de 1848 y como la primera de las revoluciones políticas.
Dembowski luchó por transformar la revolución nacional en un movimiento campesino contra el feudalismo, enfrentándose a la desacertada dirección del levantamiento, en manos de la szlachta, que frenaba la iniciativa popular, y rompiendo con los revolucionarios noble-burgueses que al producirse la insurrección de los campesinos de Galitzia no dudaron en abandonar y traicionar a la democracia revolucionaria. El consiguió la adhesión de los obreros de las minas de sal a la Cracovia revolucionaria y mostró su entusiasmo por las acciones de los campesinos de Galitzia contra los terratenientes. En cierta ocasión, cuando trataba de ponerse en relación con los campesinos insurrectos, fue muerto por la soldadesca austriaca.
Cuando Marx y Engels hablan en el Manifiesto del Partido Comunista del partido polaco que “condiciona la liberación nacional a la revolución agraria” referíanse principalmente al grupo de Dembowski. De la actuación de éste y sus compañeros en 1846 dice Engels que poseían “una audacia casi proletaria”.
La revolución de 1846-1848 fue sofocada. Pero hacia 1860 de nuevo se enrarece el ambiente en el reino polaco como consecuencia, en buena parte, de la situación revolucionaria a que se había llegado en toda Rusia (1859-1861). En 1863 se produce en Polonia un nuevo levantamiento contra el zarismo, que ostenta un carácter burgués de liberación nacional.
Como es lógico, los intereses de las distintas clases que participaban en el movimiento de liberación nacional no podían fundirse en un todo único. La acción de los campesinos iba dirigida contra los terratenientes, sin exceptuar a los polacos. Se luchaba aún cuando parte de la nobleza y de la incipiente burguesía polaca, que en un principio formaban en las filas de los insurrectos, traicionaron el movimiento de liberación nacional y [375] prefirieron hacer las paces con el zarismo. El partido terrateniente de los “blancos”, que miraba con odio el movimiento popular, hacía sus cálculos desde el principio mismo contando con la intervención de Inglaterra y Francia.
Tuvo singular importancia la lucha del partido de los “rojos” (nombre que en el período de 1863 se daba al partido revolucionario pequeñoburgués), y en especial de su ala izquierda. Esta ala izquierda de los “rojos” contaba con demócratas revolucionarios tan notorios como Dombrowski, Sierakowski y Vrubliewski.
Los “rojos”, empero, no se decidieron a pedir la supresión de la gran propiedad agraria y apoyaron la consigna de “Polonia con las fronteras de 1772”, lo que suponía poner de nuevo la Ucrania Occidental y Bielorrusia bajo el dominio de los terratenientes polacos.
Herzen y Ogariov, que durante toda su vida manifestaron gran interés por la: suerte del pueblo polaco, contribuyeron activamente a robustecer los vínculos entre los revolucionarios rusos y el movimiento de liberación polaco en el período de la insurrección. Esos vínculos se vieron refrendados por la sangre de los oficiales y soldados rusos que se pasaron a los rebeldes.
Herzen entró en estrechas relaciones con los “rojos”, criticó la limitación nacionalista de muchos de los ideólogos de la nobleza e insistió en que éstos adoptaran un programa más democrático, en el que se proclamase el derecho de los campesinos a la tierra, la supresión completa de los privilegios de casta, la soberanía nacional de Polonia, la alianza con el pueblo ruso que luchaba por su libertad y el derecho de los bielorrusos y ucranianos a la autodeterminación.
Chernishevski, Herzen y Ogariov se manifestaron en repetidas ocasiones en pro de la alianza revolucionaria de rusos, polacos y demás pueblos eslavos, haciendo ver a sus adeptos de entre estos pueblos que no debían confundir a los revolucionarios rusos con los “peregrinos” eslavófilos.
El Kólokol de Herzen llamó con toda energía a la solidaridad con los insurrectos polacos. Todos los verdaderos patriotas rusos, decía, están con los rebeldes de Polonia. La meta común de los demócratas polacos y rusos era la creación de una “Polonia de braceros” y de una “Rusia campesina”, ambas libres, lo cual, según indicaba Ogariov en 1863, únicamente podría ser conseguido cuando el levantamiento de Polonia se uniera directamente a la insurrección campesina de Rusia y de Ucrania.
Los jóvenes polacos revolucionarios que estudiaban en San Petersburgo, Moscú y Kiev se hallaban muy influidos por las ideas de Herzen y Chernishevski.
Segismundo Sierakowski (1827-1863), héroe de la insurrección de 1863 en Lituania y compañero de lucha de Chernishevski, pertenecía a la organización democrática revolucionaria rusa “Tierra y Libertad”. Colaboró en la revista Sovreménnik y compartía la doctrina materialista de Chernishevski en filosofía y estética.16 Bajo el influjo de las ideas de la democracia revolucionaria rusa, Sierakowski fue el jefe del ala izquierda de los “rojos” en la insurrección de 1863. [376]
Otro de los dirigentes del ala izquierda de los “rojos” fue Jaroslaw Dombrowski (1836-1871), que más tarde había de encontrar muerte heroica como general de la Comuna de París. Dombrowski llegó a la democracia revolucionaria influido en buena parte por los trabajos de Herzen. Era un apasionado defensor de la alianza de los pueblos ruso y polaco en la lucha contra el zarismo.
Después de la insurrección de 1863 Dombrowski publicó en el periódico Independencia, que se editaba en París, varios artículos en los que se criticaba el nacionalismo de la szlachta respecto de los lituanos, bielorusos y ucranianos. “La procedencia de una misma raíz –escribía– e incluso la comunidad de la vida política no da a un pueblo derecho a dominar a otros... Y la violencia es tanto más intolerable cuando se ejerce por un pueblo que lucha por su propia independencia.”17
La insurrección de 1863 fue aplastada. En el reino polaco se acentuaron la represión y el régimen de terror policiaco.
A mediados de siglo en Polonia había empezado la revolución industrial. El desarrollo del capitalismo en los años que siguen conduce a un incremento de la diferenciación de clases en el seno de la sociedad; también se acentúa la lucha ideológica en todos los órdenes, comprendida la filosofía.
{1} C. Marx y F. Engels, Debates sobre la cuestión polaca en Francfort. En Obras completas, t. VI, pág. 383.
{2} C. Marx y F. Engels, Discursos sobre la cuestión polaca (22 de febrero de 1948). en Obras completas, t. V, pág. 265.
{3} Ibídem.
{4} J. Lelewel, Polonia, su historia y sus hechos, t. XX, Poznan, 1865, pág. 66 (en polaco).
{5} Ibídem, t. III, pág. 49.
{6} C. Marx, Mazzini y Napoleón. C. Marx y F. Engels, Obras completas, t. XI, parte I, pág. 508.
{7} Obras escogidas de los pensadores progresistas polacos, t. II, Moscú, 1956. página 216.
{8} H. Kamienski, Sobre las verdades fundamentales de la nación polaca, Bruselas, página 406 (en polaco).
{9} A. S. Pushkin, Obras completas, en diez tomos, t. III, Moscú-Leningrado, 1949, página 280.
{10} Obras escogidas de los pensadores progresistas polacos, t. II, pág. 328.
{11} A. I. Herzen, Obras completas, en treinta tomos, t. II, Moscú, 1954, pág. 343.
{12} Obras escogidas de los pensadores progresistas polacos, t. II, pág. 302.
{13} El pueblo polaco en la emigración. 1835-1846, Jersey, pág. 102 (en polaco).
{14} Revista God (El Año), t. IV, Poznan, 1843, pág. 7 (en polaco).
{15} Revista God (El Año), t. IV, Poznan, 1843, pág. 28.
{16} N. G. Chernishevski, Prólogo, Moscú, 1953, pág. 143. La figura de Sokolovski está inspirada en Sierkaowski. Véase también N. V. Shelunov, Obras, t. II, San Petersburgo, pág. 728.
{17} Periódico Independencia, París, 1867, núm. 47 (en polaco).