Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1965


Tomo 2 ❦ Capítulo VI: 3

3. Rumanía

Durante el segundo tercio del siglo XIX, en los principados rumanos del Danubio continúa el proceso de desintegración de las relaciones feudales y se ahondan las contradicciones de clase.

En ese tiempo, en la situación económica de aquellas regiones se observan cambios considerables hacia el desarrollo capitalista. Después de la paz de Adrianópolis (1829), los principados son atraídos hacia la órbita del comercio capitalista. En busca de ganancia, los boyardos terratenientes aumentan los días de prestación personal. Ese incremento de la explotación de los siervos adquiere fuerza legal en el Reglamento Orgánico, o “Código del vasallaje”, según lo califica Marx en El Capital.60 Por otra parte, la burguesía en ascenso reclamaba la supresión de la servidumbre y la libertad nacional. La agudización de la lucha contra el feudalismo aboca en la revolución democrático-burguesa de 1848, momento histórico en los destinos de los principados danubianos del que Marx y Engels, refiriéndose al significado de dicha batalla, escriben que “el espíritu revolucionario, según lo demuestra suficientemente la insurrección de 1848”, había penetrado también en aquellas tierras.

“Y si ello es así, la nacionalidad valaca puede desempeñar un señalado papel cuando se trate de dar una solución definitiva al problema de estas regiones.”61

En aquellas condiciones, cuando el feudalismo se desintegra y los trabajadores se ven sumidos en la ruina, adquieren gran difusión las ideas del socialismo utópico, entre cuyos mejores propagandistas figura T. Diamant.

Teodoro Diamant (nace en 1810 y muere después de 1841) era hijo de un modesto empleado. Después de 1830 estudió ingeniería en París, donde mantuvo estrechas relaciones con Fourier. Colaboró con este último y en 1833 publicó, en francés, el folleto Aux amis de la Liberté, de la Justice et de l'Ordre. En él, Diamant define como sigue el principio de [394] Fourier: abandonar “la dispersión que sirve de base a la sociedad moderna, en la que los hombres cumplen un trabajo que les repugna”, y adentrarse por la vía de “la asociación basada en la gravitación universal”.

Algo más tarde, Diamant colabora en el periódico de Bucarest Curierul Rominesc, donde aparecen artículos suyos que contribuyen a despertar el interés por el socialismo utópico en Munlenia y Moldavia. En 1841, en un memorial dirigido al gobierno de Moldavia, Diamant indica el procedimiento que se podría seguir para aplicar el sistema de Fourier en estos principados, considerando los problemas sociales que aquejaban a sus tierras; a este efecto recomienda dar la libertad a los gitanos, que pertenecían al Estado, y asentarlos en colonias rurales junto con los “desgraciados vagabundos” y con los elementos pobres de la ciudad.

Por iniciativa de Diamant, en la hacienda de Skeyen, que pertenecía a un amigo suyo, se constituyó un falansterio del que formaban parte los campesinos de dicha hacienda y artesanos reclutados en la ciudad. Pero Diamant se desinteresó pronto por el experimento, por considerar que no correspondía en modo alguno a las condiciones indicadas por Fourier. El falansterio sufrió además la persecución de las autoridades y, abandonado por los colonos, no tardó en ser clausurado.

El representante más significado de la ideología avanzada en el período de los acontecimientos de 1848 es el demócrata revolucionario Nicolás Balcescu (1819-1852). Nació Balcescu en Bucarest; su padre era un boyardo con escasos bienes de fortuna. La ideología de este demócrata revolucionario se formó bajo la influencia de la propaganda realizada por Tudor Vladimirescu y Jorge Lazar, que fueron los iniciadores de la lucha por la liberación nacional.

En 1840, Balcescu y otros patriotas traman un complot contra el hospedar A. Ghika, en el que se planteaban reivindicaciones de tipo democrático-burgués. La conspiración es descubierta y los complicados son sometidos a juicio y condenados a prisión. Al salir de la cárcel, Balcescu prosigue con mayor tenacidad aún su labor revolucionaria.

En 1843 es constituida una sociedad secreta (Hermandad) de la que eran cabezas visibles N. Balcescu, Ion Ghika y Cristian Tell. Su propósito era preparar la revolución. Balcescu establece contacto con los patriotas de las tierras rumanas de Moldavia y Transílvania, sin que por ello abandone sus investigaciones en el campo de la historia. El y A. T. Laurian inician en 1845 la publicación de la revista Magazinul historic pentru Dacia (Revista de Historia para Dacia). Poco después Balcescu se desplaza a Francia para terminar sus estudios y llevar a cabo algunas investigaciones sobre asuntos históricos. Las privaciones y el agotador trabajo agravaron considerablemente la tuberculosis que padecía.

En París, Balcescu toma parte en la revolución de febrero de 18-18; seguidamente regresa a su patria, donde trabaja intensamente para preparar la revolución en los principados danubianos. Con la contribución activa de las masas urbanas, es derribado el hospedar Balcescu y se forma un gobierno provisional.

Durante la revolución, como miembro que era de ese gobierno (ministro de Negocios Extranjeros), Balcescu combate las indecisiones de los liberales burgueses, que estaban en mayoría y toleraban las conspiraciones de los boyardos reaccionarios. La intervención del ejército turco puso [395] fin al levantamiento. Balcescu pasa a Transilvania, donde se esfuerza por limar las diferencias entre los revolucionarios rumanos y húngaros con objeto de aunar los esfuerzos en la lucha contra el absolutismo de los Habsburgos. Pero la situación revolucionaria se halla ya en descenso y Balcescu emigra a París. Allí publica algunos artículos y ensayos sobre la situación político-social de los principados danubianos. Paralelamente, trabaja con gran intensidad en la Historia de los rumanos en tiempos del voyevoda Miguel el Valeroso. Un material muy valioso, que nos permite conocer las ideas de Balcescu. representa su correspondencia con los amigos en este período (1848-1852).

Sin recursos y enfermo, Balcescu murió en Palermo (Italia).

En sus trabajos sobre temas de historia económico-social y política (Situación social de los obreros labradores, La marcha de la revolución en la historia de los rumanos, El problema económico en los principados del Danubio62 y otros), Balcescu denuncia la inhumana explotación y la opresión secular de los siervos de la gleba por parte de los señores y del Estado feudal. Muestra cómo los señores, que “organizan un Estado de terratenientes”, “tratan de formar una casta privilegiada, de apoyar su poder y bienestar en la esclavización de las masas... de absorber las haciendas pequeñas (de los campesinos libres. Red.), que incorporan a las suyas, y de arrebatar al propio tiempo a los campesinos, junto con sus tierras, su libertad personal, hasta convertirlos en siervos”.63

En El problema económico de los principados del Danubio describe Balcescu la penosa situación del pueblo en vísperas de la revolución de 1848, de un pueblo “carente del pan de cada día, de seguridad, de orden, de libertad y de garantías, abandonado al arbitrio de una oligarquía burocrática compuesta por déspotas cobardes, venales y crueles, que viven de los desafueros y de la arbitrariedad...”64

El estudio de los orígenes del régimen de servidumbre en los principados danubianos conduce a Balcescu a la acertada conclusión, con la cual se mostró Marx de acuerdo en El Capital, de que el sistema de la prestación personal es lo que dio origen a las relaciones de servidumbre. “Por lo tanto, no es el trabajo ni son los frutos de éste, sino toda una serie de despojos sucesivos, lo que da origen a las grandes haciendas en nuestros principados y lo que constituye los títulos de propiedad de quienes de antaño poseen la tierra.” Para el señor, “la tierra no es sino una red con la que mantiene sujeto al campesino para explotar su trabajo”.65

Balcescu estimaba que el progreso de los principados danubianos y la emancipación social de los campesinos siervos eran imposibles sin la abolición completa de las relaciones de servidumbre y del Estado feudal.

Como portavoz de los vitales intereses de los hombres del agro, Balcescu luchó enérgicamente por la supresión del régimen de servidumbre y por la concesión de tierra a los campesinos. Según él, únicamente así podía la revolución dar paso a un régimen social nuevo, más perfecto que el feudalismo. "Sólo concediéndoles la tierra podemos asegurar la libertad a los campesinos, dar una base sólida al derecho de propiedad, interesar [396] al pueblo en su defensa..., fomentar la agricultura y el comercio de los campesinos, dar cimientos a la riqueza social y elevar el bienestar de la población."66 De ahí se desprende, por un lado, la avanzada posición que Balcescu ocupaba en la revolución de 1848, aunque también puede advertirse la limitación de sus concepciones, la fe utópica en que bajo un régimen de propiedad privada “libre” el pueblo se emanciparía de la miseria y la explotación.

Balcescu combatió enérgicamente a los ideólogos de la burguesía liberal. Mientras que éstos, Eliade por ejemplo, propugnaban la “colaboración fraternal” de las clases, el demócrata revolucionario afirma: “La revolución no debe entrar en componendas con sus enemigos.”67 Censura la orientación idealista de “la «escuela romántica», que menosprecia la ayuda económica del Estado y habla solamente de la fuerza moral, de la fuerza del derecho”... “La escuela romántica, a la que pertenecen tanto Russet como Eliade –escribe–, llevó nuestra revolución al fracaso.”68

También en el problema nacional ocupaba Balcescu posiciones avanzadas. “Nuestro principio político –decía– es sencillo: reconocimiento y respeto de la igualdad y solidaridad de las nacionalidades; diez siglos de lucha y de sufrimientos lo han robustecido.”69 Condena las ideas chovinistas de los “ultra-rumanos” y de los “ultra-húngaros” en 1848 e indica el beneficio que ello reportó a la contrarrevolución, y a nadie más.

“El problema de Transilvania no hay que resolverlo tal como lo quieren los rumanos, los húngaros, los saxos y los secuos: quedarse ellos solos en el país y expulsar de él al resto; no, hay que proclamar el derecho común o la igualdad de todos los hombres y nacionalidades, buscar los recursos para una convivencia armónica...”70 Balcescu formula las tareas futuras de la “revolución nacional”, que habrá de unificar en un Estado a los rumanos de las tres provincias de Valaquia, Moldavia y Transilvania. La forma de gobierno en ese Estado ha de ser la república democrática, para lo cual el pueblo no habrá de dejarse seducir nuevamente por las frases engañosas de los déspotas.

Balcescu habla de la ley del progreso histórico como de algo vinculado principalmente a los cambios en las relaciones de propiedad. Aplicando esta idea a la historia de su patria, dice que “el pueblo, esclavo en un principio, se convierte en siervo, luego en proletario agrícola, más tarde en poseedor, y ahora ha de convertirse en propietario". Llega a la conclusión de que “cada una de estas transformaciones consecutivas fue un progreso en comparación con el estado anterior y dio origen a un nuevo progreso”.71 La evolución histórica se produce solamente como fruto de una enconada lucha social: “La historia de la humanidad no es sino una lucha continua del derecho contra la tiranía, de la clase desposeída contra [397] los usurpadores de sus derechos; una lucha reñida que a menudo ostenta el carácter de venganza, una lucha sin fin, que continúa en nuestros días y que no cesará hasta que no desaparezca la última sombra de tiranía, hasta que los pueblos no restablezcan sus derechos y la igualdad triunfe en el mundo.”72

Por eso la historia de la sociedad no debe limitarse a estudiar la vida política, sino que también ha de ocuparse “de otra parte mucho más interesante: de las instituciones, de la industria y el comercio, de la cultura espiritual y moral, de las costumbres y del modo de vida”, pues sólo “la organización interna de la sociedad puede explicarnos la evolución histórica”.

Si bien Balcescu no se eleva hasta la concepción científica del papel histórico del proletariado, en él encontramos valiosos pensamientos acerca del papel de las masas populares en la historia. Refiriéndose concretamente a su país, afirma: “El patriotismo del pueblo es mucho más hondo que el de cualquier individuo genial. Cuando el corazón del pueblo se vea inflamado por la gran idea del renacimiento nacional y se decida a defenderla con su sangre, no habrá en el mundo fuerza alguna capaz de contenerlo.”73 Todas las obras de Balcescu son buena prueba de sus deseos de poner de relieve el verdadero papel de las masas en la historia de su patria.

La revolución de 1848 fue cosa del pueblo: “... Creo que la gente del pueblo, particularmente la de Bucarest, cumplió su deber revolucionario y nacional... mientras que... las clases superiores –el gobierno, los terratenientes, los comerciantes, la juventud culta– estuvieron muy lejos de mantenerse a la altura que su posición les imponía y se mostraron indignos de su misión y del pueblo que estaban llamados a dirigir.”74

En la concepción del mundo de Balcescu se dan algunos elementos idealistas; a veces habla de la “providencia” y de “Dios”, pero ello no es esencial para la interpretación que él da a los fenómenos sociales.

Todos los grandes problemas planteados por las condiciones históricas de la vida de Rumania se concentran en los planteamientos teóricos de Balcescu.

Al período de la revolución de 1848 pertenecen también otros pensadores evanzados, como son el erudito Juan Jonescu de la Brad, el historiador y político Kogalniceanu, el publicista de Transilvania Barits y otros.

Jonescu de la Brad escribía que la revolución fermenta dondequiera que la sociedad conoce “la lucha entre los propietarios y los obreros, entre los boyardos y los campesinos, entre los ricos y los pobres, entre los capitalistas y los trabajadores”.

La crítica del régimen feudal ocupa un lugar importante en las obras de Miguel Kogalniceanu (1817-1891), quien protesta airadamente contra el hecho de que “el hombre explote al hombre y todo el pueblo se vea sacrificado a una minoría. Kogalniceanu hubo de conocer los trabajos de crítica literaria de los demócratas revolucionarios rusos. Quería una literatura que fuera expresión de las aspiraciones del pueblo y contribuyese [398] a “modificar las costumbres”, esperando que ayudaría a crear en el país una “nueva vida”.

Barits, Murgu, Boliac y otros pensadores avanzados pidieron insistentemente la abolición de todos los privilegios feudales, la supresión del régimen de servidumbre y la concesión de tierra a los campesinos. “¡Malditos sean su nombre y su memoria!”,75 escribe J. Barits cuando el régimen de servidumbre fue abolido en Transilvania.

Murgu y Boliac defendieron la alianza fraternal de los pueblos rumano y húngaro contra el enemigo común, el Imperio de los Habsburgos.

El escritor César Boliac expuso progresivas ideas estéticas sobre el papel social de la literatura. Según afirmaba, no existe un arte desprovisto de contenido político, es decir, que no se encuentre al servicio de determinados intereses sociales. Los partidarios del “arte por el arte”, indica, tratan de encubrir con esta fórmula el carácter reaccionario de la literatura y del arte que ellos defienden. De conformidad con la concepción de Boliac, la literatura ha de estar al servicio del pueblo y ser un instrumento del progreso social. La poesía, añade, debe “desentrañar detalladamente las fuentes de la desigualdad social... convirtiendo este amor teórico a la libertad y la igualdad en una libertad y una igualdad efectiva y práctica”.76

E1 pueblo rumano, escribe Boliac, quiere que “la poesía de su país abarque todos sus sentimientos, todos los anhelos sociales, políticos y nacionales, todas las calamidades sociales, políticas y nacionales; quiere que sea un reflejo de todo cuanto siente, de aquello en lo cual confía y de lo que es causa de sus sufrimientos...”77

La revolución de 1848 se vio traicionada por la burguesía, que en su mayoría optó por el compromiso con los terratenientes. No obstante, después de la revolución se acentuó el proceso de desarrollo del capitalismo, consecuencia de lo cual son las dos tendencias que se dibujan en la política y la ideología de las clases dominantes. La primera y más extendida era expresión de los intereses de la coalición de terratenientes y burgueses, que, atemorizados por los continuos movimientos del pueblo, adoptaron una orientación reaccionaria en la gobernación de Moldavia, Valaquia y, más tarde, de los principados unidos. En cambio, una parte de la burguesía, interesada en el progreso de la industria y del comercio, presta alguna resistencia a la coalición gobernante. Esta segunda tendencia aspiraba, por ejemplo, a la supresión de las relaciones feudales y a la realización de ciertas reformas democráticas. También defendía el progreso de las ciencias naturales y de la instrucción. Mas esta ala radical de la burguesía actuaba sin energía ni consecuencia, y acabó por aceptar la situación impuesta por la coalición reaccionaria dominante.

El ideólogo de esa coalición era Tito Maiorescú, dirigente de la Sociedad literaria “Junimea” (Juventud), partidario del agnosticismo y enemigo declarado del materialismo y del socialismo. De la escuela de Maiorescu procedían los filósofos que propagaban diversas variedades del idealismo, al servicio todas ellas de la burguesía y de los terratenientes rumanos. [399]

Una aportación decisiva a la lucha con el idealismo en Rumania significa la labor de Basilio Conta (1845-1882). Era hijo de un sacerdote y estudió en Bélgica ciencias económicas y problemas de filosofía; atraíanle también en este tiempo las teorías de Lycll, Lamarck, Darwin y Haeckel.

De regreso a su patria, B. Conta desplegó una variada labor cultural, filosófica y política. A pesar de la oposición del alto clero, consiguió publicar sus obras Teoría del fatalismo y Teoría del movimiento ondulatorio universal.

Además de estas obras, aparecidas en vida, dejó los manuscritos de El origen de las especies, Ensayos sobre metafísica, Fundamentos de metafísica y Principios fundamentales del universo, que sólo vieron la luz con carácter postumo.

La concepción filosófica de B. Conta recoge los mejores elementos de la segunda tendencia de la ideología burguesa en este período, pero no logra evadirse de sus lados débiles.

La base de las ideas filosóficas de B. Conta es la convicción de que la naturaleza precede a la conciencia y existe al margen de ella. El alma, dice Conta oponiéndose a las teorías idealistas, no es sino la forma, la “metamorfosis” de la materia. “Por consiguiente, el mundo exterior existe; no es mi yo el que crea el mundo exterior, sino más bien es éste el que con su influencia engendra el mundo interior.”78 “El alma no es secreción, sino función, y por ello mismo justamente es material.”79 En el problema de la esencia de los fenómenos psíquicos, Conta polemiza con el materialismo vulgar de Vogt, aunque no llega a elevarse hasta la concepción dialéctica del pensamiento como forma cualitativamente específica del movimiento de la materia.

Uno de los atributos de la materia, según B. Conta, es el movimiento. “La materia y la fuerza (o sea el movimiento. Red.)... son uno y lo mismo... son un todo físicamente indivisible.”80 No advierte, sin embargo, que las formas del movimiento son capaces de transformarse una en otra. Otros atributos inalienables de la materia, decía, son el espacio y el tiempo. Uno y otro, como atributos de ella, se encuentran ligados inseparablemente entre sí, lo mismo que con el movimiento.

Según la concepción de Conta, el movimiento infinito de la materia infinita en el espacio y el tiempo infinitos está sujeto a leyes, que él denomina “fatales” en el sentido de ineludibles. “... El mundo en su conjunto, independientemente de la forma del mismo que examinemos, es regido por leyes naturales e ineludibles.”81 También pone de manifiesto el carácter objetivo de las leyes científicas: “La noción de ley se unifica con el principio siguiente, que por medio de la inducción nos proporciona nuestra experiencia: una misma causa siempre produce el mismo efecto.”82 Conta propone una clasificación de las leyes basada en el grado de complejidad de las distintas formas de la materia. Distingue las leyes “mecánicas”, “físicas” y “químicas”, “propiamente biológicas”, “psicológicas” [400] y “sociológicas”. Ahora bien, al no comprender el principio dialéctico que afirma la unidad de la necesidad y la casualidad, Conta niega en redondo la existencia de esta última.

Un lugar importante en la concepción de Conta ocupa su teoría de la “universalidad del movimiento ondulatorio”. Posee esta teoría el mérito de reconocer la universalidad de los cambios que se operan en la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano; al propio tiempo, recoge la convicción de su autor de que el cambio, en general, es una propiedad inseparable de la materia. No pudo, sin embargo, superar hasta el fin la concepción mccanicista de los cambios. Suponía también que éstos se producen de manera ondulatoria, suavemente, sin saltos cualitativos. A cualquier progreso, estimaba, sigue una regresión, de conformidad con la teoría mecánica de las ondas; esto acentúa el carácter no dialéctico de la teoría de la “universalidad del movimiento ondulatorio”, si bien su autor señala que, a pesar del movimiento de regresión, las ondas vuelven al punto de partida, de tal suerte que en última instancia el progreso es lo que triunfa.

Conta admite el darvinismo por cuanto proporciona una explicación materialista científica del desarrollo de las formas vivas de la naturaleza, si bien ciertos aspectos de esta doctrina los considera con un espíritu crítico. Conta reprocha a Darwin que en su sistema no se ve claramente la causa material y objetiva que provoca las modificaciones morfológicas que constituyen el terreno para la acción de la selección natural, e insiste en el valor que en este sentido tienen las condiciones de existencia de los organismos; no consiguió, empero, desentrañar toda la complejidad de los fenómenos de la unidad del organismo con el medio, ya que comprendía unilateralmente y exageraba el grado y el carácter de la influencia de este último.

Conta es también materialista en la teoría del conocimiento, la fuente del cual la ve en la realidad objetiva. Nuestro saber acerca del mundo aumenta sin cesar, dice, y la capacidad cognoscitiva del hombre es tan inagotable como lo es la propia realidad objetiva que es materia de nuestro conocimiento. Este empieza por la percepción sensible, por la llamada “huella de primer grado” en el cerebro. Conta advierte que los elementos complejos del pensamiento proceden de otros elementos psíquicos anteriores más simples. A la sensación siguen las “percepciones de segundo grado”. El paso de la percepción de primer grado a la de segundo, es decir, a las “ideas” (conceptos), al juicio y al razonamiento, comprende la actividad de las funciones siguientes del pensamiento: generalización, “abstracción”, análisis, síntesis, inducción y deducción. Pero, según Conta, los conceptos “se fijan” mecánicamente en la materia cerebral como si dejasen cierta huella. Una fase importante del proceso cognoscitivo es la comprobación de nuestros conocimientos por la experiencia, por la práctica. Conta comprende, sin embargo, la práctica en un sentido estrecho, reduciéndola al experimento de laboratorio y a la experiencia personal. No ve el valor de la práctica social, aunque en ocasiones llegue a hablar de la práctica de los “pueblos”.

El reconocimiento de la existencia objetiva y del carácter infinito de la materia, o lo que es lo mismo, la negación de toda fuerza sobrenatural, [401] así como la admisión de que la materia es lo primario y la conciencia lo derivado, condujo a Conta al ateísmo.

El pensador rumano ve el origen de la religión en la ignorancia y el temor del hombre primitivo ante el futuro, que para él era un arcano, y en su impotencia para hacer frente a las fuerzas de la naturaleza. Pero las primeras creencias religiosas no permanecieron estacionadas; las formas de la religión cambiaron conforme crecía el poder del hombre sobre la naturaleza, al aumentar sus conocimientos y desarrollarse la sociedad humana. Conta no ve, sin embargo, las raíces sociales de la religión.

Las ideas de B. Conta en sociología reflejan la debilidad, inconsecuencia y contradicción interna de la corriente política y teórica de la que él era vocero.

Refiriéndose a la sociedad, Conta no rebasa el marco del “hombre en general”. Su propia posición de clase le impedía ver en la historia al hombre social concreto, perteneciente a una clase determinada. Estima, es cierto, que el autor de una idea “no puede obligar a la sociedad a creer en una verdad que no refleja su estado y sus necesidades”. Mas con todo y con eso, sostiene también que el estado de la sociedad, a su vez, depende del estado de las ideas; llega, por tanto, a una contradicción bastante común en la sociología premarxista, que se mantenía en el terreno idealista al explicar los fenómenos de la vida social. Por otra parte, en política caía a veces bajo la influencia de concepciones retrógradas, lo cual le llevaba al nacionalismo.

Ahora bien, aun con todas estas equivocaciones, Conta fue un eminente filósofo materialista del período anterior a Marx.

En el segundo tercio del siglo XIX, Rumania conoce grandes progresos en muchas ramas del saber. Aparecen sociedades científicas, se fundan las universidades de Jassi (1860) y de Bucarest (1864) y se crea la Academia Rumana. Figuras científicas tan destacadas como Manuel Bacaloglu, Gregorio Cobelcescu, Gregorio Stefanescu, Víctor Babes, Esteban Mihailescu, etc., ocupan posiciones materialistas en sus respectivos campos de acción.

Estos investigadores se manifiestan contra las diversas manifestaciones del idealismo y el agnosticismo, combaten la superstición y trabajan para. difundir los conocimientos científicos. Su posición materialista se manifiesta principalmente en su filiación lamarekista o darvinista, y también en la crítica que hacen de las orientaciones idealistas en la ciencia (vitalismo, etc.).83

La influencia del pensamiento demócrata revolucionario ruso sobre la vida social y la fisolofía rumanas se dejó sentir acusadamente en las ideas estéticas y en la obra de C. Mille y otros escritores demócratas y en la concepción del mundo de los círculos revolucionarios de orientación populista encabezados por N. Zubcu-Coadrianu y el doctor Russel. [402]




{60} C. Marx, El Capital, trad. esp. de W. Roces, ed. cit., t. I, pág. 183.

{61} C. Marx y F. Engels, El problema de Oriente. Las nacionalidades en Turquía. En Obras completas, t. IX, pág. 376.

{62} Algunos materiales de esta obra fueron utilizados por Marx en El Capital.

{63} Balcescu, Obras, t. II. Bucarest, 1953, pág. 21 (en rumano).

{64} Ibídem, t. I, pág. 298.

{65} Ibídem, pág. 277.

{66} Balcescu, Obras, t. I, pág. 282.

{67} Textos sobre el desarrollo del pensamiento político-social en Rumanía, Bucarest, 1954, pág. 227 (en rumano).

{68} Ibídem, pág. 223.

{69} Cita del libro de Juan Ghika Recuerdos de los años de emigración después de 1848. Bucarest, 1889, págs. 371-376 (en rumano).

{70} Balcescu, Obras, t. II, pág. 262.

{71} Ibídem, t. I, pág. 310.

{72} Balcescu, Obras, t. II, pág. 324.

{73} Manuscrito. Ed. de la Acad. de Ciencias de la República Popular de Rumania, pág. 21 (en rumano).

{74} Balcescu, Obras, t. I, pág. 229.

{75} Periódico De Transilvaniei, núm. 45, 1848, pág. 186 (en rumano).

{76} César Boliac, Sobre la literatura, Bucarest, 1954, pág. 75 (en rumano).

{77} César Boliac, Obras escogidas, Bucarest, 1950, pág. 26 (en rumano).

{78} Basilio Conta, Obras filosóficas, Bucarest, 1922, págs. 459-460 y 464 (en rumano).

{79} Ibídem, pág. 45.

{80} Ibídem, pág. 159; también 161 y 524.

{81} Ibídem, pág. 41.

{82} Ibídem, pág. 526.

{83} Las concepciones materialistas de los investigadores de la naturaleza Esteban Mihailescu, Víctor Babes y Gregorio Cobelcescu y otros pensadores rumanos de fines del siglo XIX serán examinadas en el tomo III de la presente HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.