Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 2 ❦ Capítulo VI: 4
4. Pueblos checo y eslovaco.
Después de la batalla de Biela Gorá (1620) los checos perdieron su independencia y pasaron a formar parte del Imperio austríaco de los Habsburgos. Austria, escribe Herzen, “empleó dos siglos de sistemático trabajo para hacer olvidar a este pueblo toda idea de una vida nacional independiente”.84 Los Habsburgos se esforzaron por germanizar el país. El pueblo se vio sometido a la dura opresión de los señores austriacos y checos, y también de los funcionarios del Estado absoluto al que habían sido incorporados. La cultura y la lengua checas eran perseguidas. Los husitas, acusados de “herejía”, sufrían toda clase de atropellos y se recurría a la violencia para implantar el catolicismo. La vieja Universidad de Praga encontrábase en manos de los jesuitas, que ponían su empeño en obstaculizar todo cuanto significase progreso.
El feudalismo agota en el país sus posibilidades a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Se desmoronan los gremios y aparecen manufacturas capitalistas. En el último tercio del siglo XVIII se llevan a cabo en el Imperio austríaco algunas reformas: es suprimida la dependencia personal de los campesinos respecto de sus señores y la prestación personal es sustituida por un sistema de tributos. Comienza la afluencia de la población checa a la ciudades germanizadas. Haciéndose eco de los intereses del capitalismo en ascenso, el gobierno de Viena trata de centralizar la administración pública.
Esa política de centralización del gobierno austríaco privó a los checos de los restos de su autonomía política. En aquellas condiciones –desarrollo del capitalismo y formación de la nación checa– el pueblo checo comienza hacia 1780 a luchar por su renacimiento nacional y su independencia.
La suerte de Eslovaquia es aún más dura que la de las tierras checas: Bohemia, Moravia y Silesia Meridional. Integrada en un principio en el reino eslavo de la Gran Moravia, en 906 cae bajo el pesado yugo de los magnates húngaros, que la explotan y tratan de imponerle su idioma y su cultura. Mientras que en las tierras checas avanzan las industrias domésticas y el comercio y luego aparecen las manufacturas, Eslovaquia seguía siendo en el siglo XIX un país agrícola.
A pesar del atraso económico del país, en el siglo XVII aparece ya en Eslovaquia la llamada “Escuela de Presov”, que difundía las ideas humanistas de Juan Amos Comenius y de la que salieron algunos pensadores avanzados, como Juan Bayer, partidario de la doctrina de Bacon y enemigo de la escolástica medieval.
A la vez que progresan las relaciones capitalistas, en la primera mitad del siglo XIX se acentúa en las tierras checas la opresión nacional a que las tenía sometidas la burguesía austro-alemana y crecen las contradicciones de clase. Campesinos, artesanos y más tarde el proletariado, que se va formando como tal, oponen una resistencia cada vez mayor a los explotadores. Aparece una nutrida capa de intelectuales pequeñoburgueses, que se colocan en la oposición, frente a la burocracia y al capital austro-alemanes que eran los dueños del país. [403]
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX el movimiento nacional checo hallábase dirigido por la burguesía, cuya ala liberal trataba de acomodarlo a su política de reformas, aunque tal actitud tropezaba con la resistencia de las clases trabajadoras, las cuales constituían la fuerza principal del movimiento pro independencia. La lucha de los campesinos y trabajadores urbanos por su emancipación de los opresores extranjeros y nacionales se amplía y se hace más virulenta. En la segunda mitad del siglo XVIII estallan en el país grandes insurrecciones campesinas, y entre 1840 y 1850 prodúcense revueltas de obreros que el gobierno reprime echando mano al ejército. En el pueblo checo despiertan de nuevo las tradiciones husitas, con su amor a la libertad, y se extienden las ideas de los ilustrados del siglo XVIII.
Los promotores del movimiento checo de liberación nacional –que tiene su origen en el siglo XVIII y se conocía con el nombre de “los despertadores”– eran hombres de ciencia afiliados a la Ilustración. Sus primeros trabajos en este sentido son estudios sobre historia y lingüística checas. Tuvo gran importancia su propaganda de que los checos pertenecían a la familia de los pueblos eslavos. Las más eminentes figuras de este período, como el naturalista Sternberg y en especial José Dobrovsky (1753- 1829), vinculaban todas sus esperanzas al futuro de los eslavos, y en primer lugar de Rusia. Dobrovsky estuvo en ese país en 1792 y mostraba gran simpatía por la labor de N. I. Nóvikov y de otros científicos rusos. Trabajó mucho para depurar la historia de las invenciones de los jesuitas y por la adopción de un método científico en filología, siendo el fundador de la lingüística eslava comparada en Bohemia y autor de numerosas obras de valor capital en este terreno. La evolución del idioma era enfocada poi él en relación con la historia general de cada pueblo. Lo mismo que otros estudiosos de aquel tiempo, como el naturalista Ignacio Boro, Dobrovsky combatió la reacción de la Iglesia católica, si bien en filosofía mantenía posiciones teístas.
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX se destaca, por su aportación científica general y al pensamiento filosófico, el fisiólogo checo Juri Prohazka (1749-1820). Era un materialista mecanicista y trató de aplicar a la fisiología los principios de la física de Newton; combatió la doctrina del fluido nervioso y la explicación que Descartes da a los “reflejos primarios” (cierre de los párpados al ser irritada la córnea, etc.), que el filósofo francés atribuía a una sustancia gaseosa, el “spiritus animalis”. Pero su obra principal, Tesis científicas de la fisiología humana (1784), recalca el valor decisivo del sistema nervioso para la actividad psíquica y contiene una serie de afirmaciones dialécticas.
En los años 30-40 del siglo XIX, el capitalismo industrial comienza a desarrollarse con relativa rapidez y en el país cobra mayor virulencia la lucha política e ideológica.
En este tiempo ejercen cierta influencia sobre parte de los intelectuales checos y eslovacos los paneslavistas, que se apoyaban en una filosofía idealista. Algunos paneslavistas se hallaban bajo el ascendiente de los reaccionarios eslavófilos rusos y del “populismo oficial”; otros muchos eran austroeslavistas y se aliaban con el gobierno de Viena contra el movimiento revolucionario. Frente a ellos, los pensadores de los pueblos checo y eslovaco, ante todo los ilustrados y demócratas, manifestábanse contra [404] el feudalismo y la monarquía y buscaban apoyo en el pensamiento social avanzado de Rusia y del Oeste de Europa.
Los vínculos culturales de checos y eslovacos con Rusia se robustecen singularmente a partir de fines del siglo XVIII, al crecer su conciencia nacional e intensificarse la lucha de liberación contra el dominio extranjero, pese a las barreras que levantan la policía y la censura de los Habsburgos. Casi todos los grandes escritores y poetas checos y eslovacos del siglo XIX buscan ejemplo en la literatura rusa y hacen propaganda de la cultura avanzada rusa.
Entre los enciclopedistas del segundo cuarto del siglo XIX sobresalen el historiador y filólogo José Jungmann, autor de un extenso diccionario checo, y el arqueólogo eslovaco Pablo José Safarik, quien demostró que los eslavos tienen en Europa una historia tan antigua como los germanos, romanos y griegos.
La nueva generación de ilustrados checos promueve de su seno a un hombre como Kollar, fundador de la nueva poesía checa y propagandista de la solidaridad eslava y del humanismo. Juan Kollar (1793-1852) expuso sus ideas sobre el renacimiento de los eslavos en el poema La hija de la gloria, en el cual llama a todos los pueblos eslavos a la unidad y al acercamiento cultural. Todos han de arrimarse al “robusto roble para defenderse del embate de los tiempos”, frase que se refiere a Rusia, que había liberado a Europa del yugo napoleónico. Kollar era adversario del paneslavismo; todos los pueblos eslavos,, afirmaba, han de conservar su independencia y sus derechos.
Las ideas de Kollar eran de un carácter profundamente humano. Así escribía:
Que cuando se diga eslavo
suena como si dijeras hombre.
Los eslavos únicamente pueden alcanzar la libertad si respetan los derechos de los demás pueblos a la libertad y a la independencia. Quien esclaviza a otras naciones causa un daño profundo a la humanidad entera, pues “cada nación es una rama del árbol humano y el que la corta o hiere lesiona a todo el árbol”.85 Kollar manifestó sus simpatías por los pueblos oprimidos de Asia y América; irritábale la esclavización de los hindúes por los ingleses y de los indios por los colonizadores anglo-americanos. A ese respecto dice:
Es también siervo y esclavo
el que al esclavo forma las cadenas.
Entre los propagandistas del humanismo se encuentran los escritores y artistas que se inspiran en la creación popular y abren camino al realismo de un arte puesto al servicio del pueblo. Entre ellos, uno de los más notables es Francisco Ladislao Celakovsky.
Entre los represéntenles del pensamiento progresivo checo en la primera [405] mitad del siglo XIX destaca Bernardo Bolzano (1781-1848), matemático y lógico eminente y socialista utópico.
Bolzano era profesor de teología de la Universidad Carlos de Praga, pero fue expulsado de ella y perseguido por su frecuente defensa de las libertades del pueblo.
Como matemático, Bolzano es un precursor de Cauchy, G. Cantor y C. Weierstrass en el planteamiento y resolución de una serie de importantísimas cuestiones del análisis, de su aritmetización, y en la creación de los fundamentos del análisis matemático en forma de teoría de los múltiplos.
En filosofía fue Bolzano, en lo fundamental, idealista objetivo y metafísico, si bien en sus concepciones hay algunos elementos materialistas. En bastantes puntos se acerca a Leibniz, al que, sin embargo, critica su teodicea, la idea de la “armonía preestablecida”, y su tesis de la inmutabilidad de las mónadas. A pesar de que las posiciones gnoseológicas de que parte son falsas, sus trabajos sobre lógica presentan considerable valor. Para el estudio de la estructura lógica del juicio empleaba el método de la variación de las significaciones. Planteó el principio de la construcción axiomática de la propia lógica y trató de sacarlo adelante. Cierto que no tuvo éxito, ni podía tenerlo en aquel tiempo. Bolzano formuló los principales requisitos que debe reunir la construcción severamente lógica de cualquier disciplina matemática. Fue, por lo tanto, uno de los iniciadores de la lógica matemática y del método axiomático, que tan importante función desempeñan en las matemáticas modernas.
Su ideal de la vida era el concepto del “bien común como supremo principio moral”.
Durante quince años, hasta que. en 1820 fue expulsado de la Universidad, Bolzano Dama a sus jóvenes oyentes a luchar por una justa reorganización de la sociedad. “El vicio –enseñaba– no reside en la naturaleza del hombre, sino en la estructura social.” La tierra produce la cantidad suficiente de medios de subsistencia para alimentar a más hombres de los que viven en ella; por eso. si hay tanta miseria, la culpa es de las malas instituciones de los hombres.
Después de las guerras napoleónicas, que habían reducido a cenizas a Europa, Bolzano habla así al pueblo: “Cada siglo nos trae, antes de perderse en el mar de la eternidad, nuevas pruebas de los males que las guerras representan...” Y a continuación manifiesta la esperanza de que “cientos de hombres podrán luchar con éxito, si se unen”, contra el régimen social que conduce a los conflictos armados.
Haciéndose eco a los sufrimientos de las masas del pueblo v deseoso de verlas felices, Bolzano escribe el Opúsculo sobre el mejor Estado, en el que expone ideas utópicas acerca de la “sociedad perfecta”. El librito en cuestión fue terminado en 1831, pero no vio la luz hasta cien años después.
El “Estado mejor”, según Bolzano, es aquel que más contribuye al bienestar de los ciudadanos. En su sociedad perfecta no habrá propiedad privada sobre los medios de producción, todos trabajarán y percibirán la remuneración oportuna, según lo hecho. En la labor legislativa del futuro Estado tomarán parte todos los mayores de edad sin distinción de sexo, nacionalidad, etc. El gobierno, lo mismo que los órganos administrativos de las comunas, distritos, etc., habrá de ser electivo y obrar según las [406] indicaciones del pueblo. No obstante, en su programa de organización democrática de la sociedad, Bolzano propone un “Consejo de hombres experimentados” con facultad para revocar los acuerdos adoptados por los ciudadanos, sin advertir lo antidemocrático de semejante institución.
A diferencia de otros muchos utopistas, Bolzano conserva en su “Estado mejor” los medios de coerción: “Las leyes más perfectas son inútiles si no se dispone de elementos para hacerlas cumplir.” Por lo que a la libertad se refiere, considera necesario poner límites a las acciones capaces de causar perjuicio a la sociedad.
En la obrita de Bolzano hay ideas muy acertadas acerca del futuro “Estado mejor”: así, por ejemplo, cuando habla de las medidas para acabar con las diferencias entre el trabajo intelectual y el manual, de la separación de la Iglesia y el Estado, de las cooperativas para el laboreo en común de la tierra, en las que el trabajo será remunerado según el tiempo que se emplee, de la planificación del comercio, etc.
Mas con todo y con ello, Bolzano no pasa de ser un utopista en sociología. Su concepción idealista de la historia de la sociedad le impide ver las fuerzas de clase capaces de realizar la transformación revolucionaria. Cierto es que dice: “Debemos estimar particularmente a los hombres de Ja clase obrera”, pero no tenía una visión científica de esta clase y se hallaba lejos de comprender la misión histórica universal del proletariado. Bolzano denuncia apasionadamente la injusticia social y adivina algunos rasgos del régimen socialista, mas es incapaz de proponer vías reales que condujesen a ese régimen. Moralista y partidario de la Ilustración, como la mayoría de los utopistas, cifraba sus esperanzas en el “convencimiento” gradual de los hombres.
Las teorías científicas de Bolzano y sus ideas político-sociales, propagadas por sus adeptos –los “bolzanistas”–, dejaron huella en la evolución de la cultura checa.
A mediados del siglo XIX, cuando la burguesía industrial checa se había constituido ya como clase, el movimiento nacional adquiere en el país un carácter político. Los intereses económicos de la joven burguesía checa toman cuerpo en la idea de la liberación política del país “por razones humanitarias”. Ello no era obstáculo, ciertamente, para que, cuando así lo necesitaban, los burgueses buscasen el apoyo de las bayonetas austríacas en contra de los obreros checos. La burguesía checa únicamente podía emanciparse del absolutismo feudal uniéndose a los luchadores de la revolución en Alemania. Pero temía, y no sin razón, 1.a competencia económica de la Alemania burguesa y su política de conquistas. En grado aún mayor temía la iniciativa política de los proletarios y campesinos checos. Por eso, la generalidad de la burguesía liberal prefería la reaccionaria idea del “austroeslavismo”, es decir, el mantenimiento del Imperio de los Habsburgos como Estado federal en el que los pueblos eslavos de Europa Central, unidos, tuviesen el mismo peso que los austríacos y húngaros. Tal como estaban las cosas, con una situación revolucionaria en Europa, esto significaba prácticamente el apoyo a la monarquía de los Habsburgos.
Los principales ideólogos de la burguesía checa en ese período son Palacky y Havlicek.
Frantisek Palacky (1798-1876) es autor de una Historia del pueblo checo, en seis tomos. En ella refuta las calumnias de la reacción austro-católica [407], que durante más de un siglo se había esforzado por borrar de la memoria del pueblo todo recuerdo de la época gloriosa de los husitas y taboritas, cuya significación en la historia de los checos desfiguraba y disminuía. Palacky hace ver la gran importancia del movimiento husita en cuanto a la resolución de los problemas históricos planteados ante el pueblo checo. Al mismo tiempo, siendo como era idealista, ve todo el sentido de la historia checa en el desarrollo de la “idea religiosa”, que no identifica con las disputas teológicas de las Iglesias, sino con las aspiraciones ético-religiosas. Esta concepción idealista de Palacky derivaba de su formación filosófica, en la que se reflejaban algunas nociones tomadas de Kant y Hegel.
En los años 60, después del fracaso de los intentos de alcanzar la autonomía nacional dentro del Imperio austríaco, comienza a volver sus miradas hacia Rusia, considerando que no pasaría una generación sin que este país se manifestase como fuerza activa de la “vieja democracia eslava” en la palestra mundial.
En el prefacio al último tomo de Radgost escribe, refiriéndose a los checos, que para los rusos “como hermanos naturales suyos, amigos y auxiliares, serían sus aliados más fieles, y no súbditos, y, en caso de necesidad, acaso constituyesen su vanguardia en Europa”. No obstante, Palacky se muestra contrario a las fuerzas revolucionarias de Rusia y las condena.
En los problemas relativos a la organización social, Palacky mantiene un punto de vista conservador, como portavoz que era de la burguesía y de la nobleza aburguesada. Argumentando con el “carácter natural” de la desigualdad de los hombres, combate el sufragio universal y las ideas socialistas.
Otra figura representativa del pensamiento político-social checo hacia mediados de siglo es Karel Havlicek-Borovsky (1821-1856), excelente publicista, crítico y escritor realista, que dejó violentas diatribas contra el absolutismo. En sus concepciones político-sociales, Havlicek no se elevó hasta el nivel de los demócratas revolucionarios, y en 1848 actuó junto con los liberales.
En su lucha contra el absolutismo seglar y eclesiástico, el único camino para la reorganización de la sociedad lo veía en la “revolución de las cabezas y de los corazones”. Su crítica de la lucha de las fuerzas revolucionarias, que en junio de 1848 combatieron en Praga en las barricadas, la justifica por la “impreparación” de las masas populares. Este punto de vista de Havlicek era expresión del miedo de la burguesía checa a la acción revolucionaria del proletariado.
En sus Cartas de Kutnogorsk y en su poema satírico El bautismo de San Vladimiro, Havlicek critica el dogmatismo religioso y la depravación del clero; califica a la Iglesia de “baluarte del absolutismo seglar” y pugna por una reforma religiosa en consonancia con las ideas husitas.
Juan Evangelista Purkine (1787-1868) es otro gran pensador progresista, fisiólogo y miembro de la Sociedad Científica Checa, que llegó a convertirse en el centro del pensamiento avanzado de Checoslovaquia. En 1837, dos años antes de que Schwann y Schleiden formulasen la teoría celular, Purkine descubrió el protoplasma y la estructura de la célula. Sus investigaciones fisiológicas son de un carácter materialista espontáneo. Purkine luchó contra el dogmatismo de la filosofía natural, predominante [408] entonces en la biología, al que opone la experimentación, y fue el creador del primer instituto de fisiología en la Universidad de Wroclaw, donde desplegó sus actividades desde 1823 hasta 1849. Eso no quiere decir que en las concepciones de Purkine no hubiera elementos de idealismo. La evolución social era considerada por él, desde el punto de vista de la teoría de la lucha por la existencia, como un enfrentamiento de pueblos, y de ahí que llegase a conclusiones equivocadas. Purkine, patriota ferviente y pensador progresista, pedía la divulgación de los conocimientos científicos entre las masas del pueblo y conocía a fondo y amaba la literatura rusa. En 1836 fue elegido miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de Rusia.
El pensamiento avanzado cobra un nuevo impulso durante la revolución de marzo a julio de 1848, período en el que la lucha dé los trabajadores checos por su emancipación social y nacional adquiere sus formas más violentas. Los campesinos, agobiados por las cargas que pesaban sobre ellos, querían sacudirse el yugo de los terratenientes, tanto austriacos como checos. La fuerza principal en el movimiento de 1848 era el proletariado, joven aún y que todavía se hallaba bajo la influencia de la ideología pequeñoburguesa; por eso no llegó a exponer un programa político propio. En el período de la revolución de 1848 se revelan netamente las contradicciones entre la orientación liberal del pensamiento social checo, que expresaba la posición de la burguesía, y su tendencia revolucionaria.
El movimiento revolucionario de 1848-1849 destacó de su seno a gran número de notables dirigentes que combatieron en las barricadas de Praga y que luego sufrieron condena en las cárceles austríacas.
Los revolucionarios checos luchaban contra el feudalismo, la Iglesia y la monarquía, por la implantación de la república, y pedían libertades democráticas e igualdad política para todos los ciudadanos. Apoyábanse en las capas pobres urbanas, los campesinos, los braceros y los obreros de las empresas industriales.
Entre los mejores representantes de la democracia revolucionaria tenemos a Manuel Arnold (1800-1869). Era hijo de un artesano; desde muy joven trabajó en las haciendas de los nobles y no llegó a adquirir una instrucción sistemática. En 1845 ingresó en la sociedad secreta Repeal. Fue desterrado (1847) y en este tiempo escribió una Historia de los husitas, que era un llamamiento a la lucha contra la reacción y contra la opresión nacional y social. El libro apareció en 1848 y tuvo una acogida muy favorable, especialmente entre los campesinos. Arnold regresó a Praga en marzo de 1848 y se incorporó de lleno a la labor de los demócratas revolucionarios; sus octavillas y pasquines eran un llamamiento apasionado en pro de la radical transformación revolucionaria de la sociedad.
En la primavera de 1849, al ser descubiertos los preparativos de un levantamiento general revolucionario, Arnold hubo de refugiarse en Sajorna, pero entregado a las autoridades austríacas, fue condenado a muerte, pena conmutada luego por la de reclusión en una fortaleza.
Lo principal en las concepciones y en la labor política de Arnold es su espíritu revolucionario reacio a todo compromiso. La revolución no es sino una conmoción violenta, es progreso y plenitud de vida”, escribía. Las revoluciones se producen lo mismo en la naturaleza que en la sociedad y en el pensamiento humano, y, considerándolo así, se manifiesta contra [409] los embelecos de los liberales y sus afirmaciones de que era posible resolver los problemas sociales con ayuda de la “fuerza moral”.
En las concepciones sociológicas de Arnold encontramos profundas ideas sobre el carácter de clase de los fenómenos sociales, aunque su noción de los fundamentos de las clases no era científica. Al describir la evolución de la democracia en Europa, señala que en cuanto sus partidarios consecuentes trataron de implantarla realmente el número de demócratas se redujo en grado sumo, puesto que los nobles, los ricos, los funcionarios y muchos campesinos y burgueses acomodados los dejaron solos, al tiempo que, por otro lado, se les incorporaban la “clase media” y, sobre todo, los pobres. La clase de los señores, escribe, necesita que el pueblo crea en el infierno y el ciclo, pues “si el pueblo construyese para él el cielo en la tierra, acabaría con esos señores que dominan y no trabajan”.
Arnold propugnaba la unidad de los trabajadores de todas las nacionalidades para derribar por vía revolucionaria el yugo social y nacional de los Habsburgos. Supo adivinar la táctica de la reacción austríaca, que trataba de sembrar cizaña entre las distintas nacionalidades para yugular la libertad.
El demócrata checo tenía un gran concepto de las posibilidades revolucionarias del pueblo ruso, profundamente convencido como estaba de que éste derrocaría el despotismo zarista y contribuiría a la emancipación de otros pueblos.
Publicista y pensador apasionado, Arnold consagró su vida entera a la lucha por la liberación del pueblo del yugo social y de la explotación.
José Vaclav Fric (1829-1890), demócrata pequeñoburgués y figura activa de la revolución de 1848, después de que ésta fue aplastada continuó llamando al pueblo checo a las acciones armadas contra los opresores. Con su labor publicista denuncia a los liberales conservadores y su podrida política reformista en el problema nacional. A la formación de Fric contribuyó en alto grado su amistad con Herzen, a cuyas ideas recurrió en su polémica con Palacky. El y sus adeptos hicieron suyo el programa de los demócratas revolucionarios rusos. Según Fric, Herzen era el “principal heraldo de la verdad sobre Rusia”.
Como dramaturgo y poeta, Fric se halla influido por el romanticismo, aunque en sus trabajos sobre estética defiende los principios del realismo. “La poesía –escribe– ha de ser el espejo de la vida y expresión de las ideas sociales avanzadas.”
Los demócratas checos, que llamaban a las masas del pueblo a la lucha contra los terratenientes y la gran burguesía, sostenían un programa utópico de transformaciones socialistas. Suponían ingenuamente que para la realización inmediata de esas transformaciones bastaba con derribar por vía revolucionaria el despótico régimen de los Habsburgos. Algunos demócratas pequeñoburgueses checos defendían las ideas reformistas de Luis Blanc sobre el papel de los talleres nacionales, que, según ellos, habían de ser organizados por el gobierno democrático. Sin embargo, a diferencia de los reformistas utópicos, los demócratas checos de 1848 no iban a remolque de la burguesía liberal, sino que acudían directamente a los trabajadores, tratando de ponerse a la cabeza de la oleada revolucionaria, y pedían la unidad de acción con los revolucionarios alemanes.
Otro representante de la orientación democrática dentro del movimiento [410] de liberación nacional checo de 1848 es Agustín Smetana (1814-1851), hijo de un modesto sacristán y posteriomente sacerdote católico. En las jornadas de junio de 1848, Smetana acudió a las barricadas para infundir ánimos a los estudiantes que las defendían; esto le valió la excomunión y la pérdida de la cátedra de filosofía en la Universidad.
Las concepciones filosóficas de Smetana eran idealistas, afines a las de los hegelianos de izquierda, aunque con ciertos elementos de materialismo. En su crítica de la religión se aproxima al materialismo de Feuerbach; lo mismo que éste, considera que los “seres superiores” no son sino un reflejo imaginario de la esencia del propio hombre; mas, a diferencia del filósofo alemán, admitía la dialéctica, y de ella extraía conclusiones políticas progresivas. Smetana hace una violenta crítica de la Iglesia, a la que llamaba “policía eclesiástica del Estado”, y de la filosofía idealista y reaccionaria del psicólogo y pedagogo alemán Herbart, que se había convertido en doctrina oficial del absolutismo austríaco.
Las principales obras filosóficas de Smetana son Catástrofe y fin de la historia de la filosofía (1850) y El Espíritu, su aparición y destrucción (editada después de la muerte del autor). La filosofía era para él un instrumento llamado a proporcionar al hombre el conocimiento de las causas que le obligan a realizar determinadas acciones y que son condición de la libertad.
Smetana critica la filosofía de Hegel, que él considera fatalista. Según Hegel, escribía, el hombre carece de independencia y actividad, puesto que su destino está predeterminado por completo en el seno de lo absoluto. El pensador checo supo ver la contradicción existente entre el sistema de Hegel, conservador y petrificado, y su dialéctica.
“Hegel enseñaba –escribe– la identidad absoluta de lo real y lo ideal, con lo que, desde su punto de vista, terminaba inevitablemente el desarrollo del espíritu... y, hablando en puridad, el mundo desde el punto de vista hegeliano, habría de morir. Esta contradicción, mejor que cualquier otra cosa, demuestra la falsedad del sistema de Hegel.”86 También censura al filósofo alemán por no explicar cómo y por qué se producen las diversas transformaciones del espíritu absoluto, que Hegel postula pura y simplemente. Smetana tiene un concepto del proceso del conocimiento que no se ajusta al hegeliano; para él sirve de criterio de la verdad el hecho de que las representaciones de los hombres son semejantes a los objetos a que se refieren.
A diferencia del sistema conservador de Hegel, que pone límites al movimiento dialéctico, Smetana estimaba que el progreso del conocimiento no se agotará nunca; y las representaciones empíricas y las construcciones apriorísticas han de obrar en común, a fin de alcanzar la gran empresa que es el conocimiento de la verdad. Ahora bien, Smetana sólo pudo encontrar la síntesis de lo empírico y lo racional, de lo finito y lo infinito, apoyándose en un panteísmo idealista que era una síntesis de lo terrenal y de lo divino.
La descripción filosófico-natural que hace del mundo se diferencia de la de Hegel por la circunstancia de que, según el pensador checo, en la naturaleza todo tiene lugar de acuerdo con la evolución natural. Sus concepciones [411] sobre la naturaleza derivan de los conocimientos científicos de su tiempo. Todo el mundo, afirma Smetana, se desarrolla infinitamente.
Smetana busca la base del desarrollo social en la vida espiritual de los hombres. En su intento de aplicar la dialéctica, como principio universal del desarrollo, a la sociedad humana, califica la revolución de “hito de la eternidad”, y en el desenvolvimiento de la sociedad veía la lucha de los oprimidos contra “los enemigos privilegiados de la dignidad humana”, es decir, contra las fuerzas del despotismo político. Sin embargo, la esencia de la revolución estriba para Smetana, ante todo, en una subversión en el plano de la conciencia, y singularmente en el dominio moral; el fin de la existencia del mundo es el triunfo del bien sobre el mal. Smetana estaba convencido de que el progreso universal, basado en la cultura y la razón, traería como consecuencia la extinción de la religión, de la Iglesia y del Estado. Su lugar lo ocuparían la ciencia y los vínculos morales del “amor universal”.
Asimismo relaciona el humanismo con la idea de la unidad eslava; considera que el problema social prevalece sobre el nacional y que la solución de éste depende de cómo se resuelva el primero.
Smetana gozaba de gran prestigio entre el pueblo checo, y esto le valió el odio de la Iglesia y de las clases dominantes. Muchos ideólogos de la burguesía se concitaron para combatir su obra filosófica.
En la segunda mitad del siglo XIX, el pensamiento político-social y filosófico de la burguesía checa marcha hacia la degradación. Su ideólogo es entonces T. Masaryk, enemigo acérrimo del marxismo, positivista y “teórico” de la doctrina religiosa, que más tarde había de ser tan exaltado por la historia oficial burguesa de la filosofía.
En el período de reacción que sigue al aplastamiento de la revolución de 1848, el pensamiento social avanzado checo es sometido a persecuciones de toda clase. En el dominio ideológico dominan en este tiempo las concepciones idealistas y liberales nacionales de los líderes de la burguesía checa. La censura y la policía juntan sus esfuerzos para impedir la propagación de las ideas revolucionarias. Los círculos gobernantes austríacos imponen la filosofía del idealista alemán Herbart.
Entre los elementos progresistas del país despierta una tempestad de protestas la implantación oficial de la pedagogía herbartiana en las escuelas checas. Sus mejores intelectuales, que conservaban las tradiciones del gran pensador y pedagogo eslavo Juan Amos Comenius, hicieron una crítica demoledora del reaccionario sistema de Herbart.
Desde mediados del siglo XIX, en la cultura de los pueblos checo y eslovaco pugnan dos tendencias opuestas: la liberal burguesa y la democrática. La primera se halla representada en filosofía por epígonos del idealismo alemán tan lamentables como Durdik, Lindner y por el positivista Masaryk. Frente a ella, hasta la propagación del marxismo, encontramos a la tendencia democrática, a la cabeza de la cual se encontraban los escritores checos de la segunda mitad del siglo XIX J. Kral, B. Nemzova, J. Neruda y alguno otro, de cuya concepción del mundo nos ocuparemos en el tomo III de la presente HISTORIA. [412]
{84} A. I. Herzen, Obras completas y cartas, t. X, 1919, pág. 5.
{85} J. Kollar, Artículos sobre la reciprocidad eslava, Praga, 1929, pág. 20 (en checo).
{86} A. Smetana, El espíritu, su aparición y destrucción, pág. 132 (en checo)