Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo I: 1

La aparición del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. Viraje revolucionario en la filosofía.

1. Condiciones históricas y premisas teóricas de la aparición de la filosofía del marxismo.

Los años cuarenta del siglo XIX se caracterizan por un formidable viraje revolucionario en filosofía y en las ciencias sociales en su conjunto. Es el tiempo en que aparece y comienza a desarrollarse la doctrina del marxismo, del que son parte integrante y base filosófica el materialismo dialéctico y el materialismo histórico.

La filosofía del marxismo, que se diferencia cualitativamente de todas las demás doctrinas filosóficas y sociológicas, era el fruto regular de todo el anterior desarrollo de la ciencia y venía a dar respuesta a todos los problemas que se planteaban ante el movimiento social, ante el pensamiento filosófico y sociológico.

Condiciones económico-sociales de la aparición de la filosofía del marxismo. El marxismo surge a mediados del siglo XIX en Europa Occidental, donde en este tiempo se habían revelado con toda fuerza las contradicciones del régimen capitalista. Condición primordial de la aparición del marxismo fue la entrada del proletariado revolucionario en la palestra histórica, es decir, la entrada de la clase llamada a ser la sepulturera del capitalismo y creadora del comunismo. En la doctrina del marxismo, en el materialismo dialéctico e histórico, encontraban su expresión científica los intereses y necesidades fundamentales de la clase obrera.

Hacia 1845 el modo capitalista de producción imperaba ya en Inglaterra y Francia, y también, en parte considerable, en Alemania. El carácter históricamente progresivo de este modo de producción se hacía cada vez más evidente. Las fuerzas feudales reaccionarias, que iban siendo desplazadas, veíanse obligadas a acomodarse a las nuevas condiciones históricas. Es un tiempo en el que Inglaterra se ha convertido ya en una gran potencia capitalista, cuyo poderío industrial era una demostración palmaria de la superioridad económica del capitalismo sobre el feudalismo. Francia, a pesar de las supervivencias de las relaciones feudales, avanzaba con relativa rapidez por la vía del desarrollo capitalista. A mediados del siglo XIX había dado fin a la revolución industrial: de 1830 a 1847 crece nueve veces el número de máquinas de vapor, mientras que casi se triplica [14] la producción de carbón, hierro fundido, hierro dulce y acero; la longitud de sus ferrocarriles aumenta doce veces entre 1835 y 1847.

Alemania, en la primera mitad del siglo XIX, se encontraba fundamentalmente en la fase manufacturera del desarrollo capitalista, pero también conoce su revolución industrial. La industria alemana dependía aún, ciertamente, de Inglaterra y Francia, pero su producción crecía con gran rapidez: de 1800 a 1840, el valor de esta producción global aumentó, por lo menos, dos veces y media.

El desarrollo de las relaciones capitalistas en los países más importantes de Europa Occidental puso de relieve las contradicciones internas que aquejan orgánicamente al modo capitalista de producción. A comienzos del siglo XIX los socialistas utópicos señalaban ya las incalculables calamidades que para los trabajadores representan la anarquía de la producción y la competencia, íntimamente ligadas al sistema capitalista. El desarrollo posterior del capitalismo, tanto en los países industrialmente avanzados como en los atrasados económicamente, descubrió más claramente todavía la naturaleza antagónica del progreso capitalista, bajo el cual la miseria de los trabajadores aumenta con la misma rapidez que las riquezas de los capitalistas. La jornada de trabajo llegaba en muchos sitios a 18 horas diarias; y el salario, que a menudo era satisfecho en forma de talones o de artículos expendidos por tiendas que eran propiedad de los patronos, apenas si bastaba para cubrir las necesidades más perentorias, por lo que la mortalidad alcanzaba entre los obreros proporciones aterradoras.

La implantación de las máquinas, que traía consigo una gigantesca ampliación de la producción material y aumentaba la productividad del trabajo, era a la vez un nuevo medio para incrementar la explotación de la clase obrera, principalmente por la intensificación del trabajo, por el descenso del salario y por una mayor incorporación de las mujeres y los adolescentes a la producción. En 1825, Europa Occidental conoce una crisis económica que se inicia en Inglaterra y pasa después al continente. Los ideólogos de la reacción feudal y los teóricos de la pequeña burguesía arruinada por el capitalismo señalaban las consecuencias “inescrutables” del desarrollo de la producción capitalista para invitar a la vuelta a “los buenos tiempos de antaño”, es decir, al feudalismo. Los economistas burgueses afirmaban que las crisis económicas desaparecerían en un futuro próximo, si bien algunos de ellos estimaban que la miseria de los trabajadores era un mal inevitable, que aseguraba a la nación su riqueza y poderío. Pero ninguno de esos investigadores y políticos veía el hecho incontrovertible de que la miseria de los trabajadores tenía su origen en el capitalismo, en la propiedad privada sobre los medios de producción.

Hasta que la burguesía no se convirtió en la clase dominante en el terreno político y mientras se manifestó contra el feudalismo como fuerza revolucionaria, la contradicción de sus intereses con los intereses de clase del proletariado no podía aflorar con toda nitidez. Pero al establecer su dominación política, la burguesía deja de ser una clase revolucionaria y se va convirtiendo paulatinamente en una fuerza conservadora. Pasan a primer plano las contradicciones de clase específicas de la sociedad burguesa: las contradicciones entre el proletariado y la burguesía. A principios del siglo XIX, el proletariado, según indica Engels, “no representaba [15] más que un sector social oprimido, sufriente, a quien, en su incapacidad para valerse a sí mismo, la ayuda tenía que venirle, en el mejor de los casos, de fuera, desde arriba”;1 en cambio, en los años 30 y 40 de ese mismo siglo, el movimiento obrero de los países más importantes de Europa Occidental –aun conservando todavía su carácter espontáneo– se va convirtiendo cada vez más en una fuerza poderosa y en importante factor de la vida político-social.

Al mismo tiempo que los ideólogos y políticos de la burguesía afirman que la supresión de los privilegios de casta y la proclamación de las libertades democráticas y de los derechos “inalienables” de los ciudadanos equivale a la libertad e igualdad completas de los hombres, la clase obrera comienza la lucha contra la opresión capitalista. Así lo vemos, por ejemplo, en el primer movimiento de masas de los obreros ingleses, que se conoce con cl nombre de cartismo y que V. I. Lenin tenía en gran estima, por considerarlo el primer movimiento revolucionario de las masas proletarias políticamente estructurado. Los cartistas reclamaban la concesión garantizada del sufragio a todos los trabajadores, en la creencia de que la clase obrera, a través de una numerosa representación en el Parlamento, podría llevar a cabo las reformas sociales de que los trabajadores sentían una necesidad tan imperiosa.

En Francia, la lucha de los obreros contra los capitalistas conduce a una serie de insurrecciones armadas. Refiriéndose al levantamiento de los tejedores de Lyón (1831), un periódico burgués de aquel tiempo escribía: “El levantamiento de Lyón ha revelado un importante secreto: la lucha interna que tiene lugar en la sociedad entre la clase de los que poseen y la clase de los que no poseen nada... Nuestra sociedad comercial e industrial tiene su lacra, como la tienen todas las sociedades; esa lacra son los obreros. No hay fábricas sin obreros; y con una población obrera que crece sin cesar y experimenta constantes necesidades, la sociedad no puede permanecer tranquila... Ahí está el peligro para la sociedad moderna y de ahí pueden venir los bárbaros que la destruyan.”2

Al calificar de “bárbaros” a los obreros, que son los creadores de todos los bienes materiales de la sociedad, los ideólogos de la burguesía revelaban su miedo cerval a la nueva fuerza social.

Alemania se encontraba en vísperas de su primera revolución burguesa. Cuando en Francia e Inglaterra se habían llevado ya a cabo muchas transformaciones democrático-burguesas, en Alemania se daban los primeros pasos en este sentido. Pero si en las primeras revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII el proletariado no intervino aún como fuerza independiente, a mediados del XIX la situación había experimentado cambios sustanciales. Las fuerzas avanzadas del proletariado alemán, ya antes de la revolución de 1848, se enfrentaban a la burguesía, como nos lo prueba la aparición en su seno de las primeras organizaciones proletarias revolucionarias: la Liga de los Justos y luego la Liga de los Comunistas, que dirigían Marx y Engels. Así nos lo prueba también un acontecimiento [16] de tanto peso como fue la insurrección espontánea de los tejedores de Silesia en 1844.

Hacia 1845, el centro del movimiento revolucionario se desplaza a Alemania, que había de llevar a cabo su revolución burguesa en unas condiciones históricas más avanzadas, a un nivel de desarrollo social más alto que el que se conocía en la Inglaterra del siglo XVII y en la Francia del XVIII. La burguesía alemana, atemorizada por las revoluciones burguesas de Francia y que cada vez más se iba convirtiendo en una fuerza contrarrevolucionaria, observaba con inquietud manifiesta el desarrollo del proletariado de su país y el despertar de su conciencia revolucionaria.3

La burguesía alemana sentíase sobrecogida por la amenaza de la revolución; aspiraba a la transformación pacífica de la monarquía feudal en burguesa, a la unificación pacífica de todas las tierras alemanas bajo el cetro de la corona prusiana o austríaca. Por lo tanto, la peculiar situación de Alemania, que determinaba la falta de espíritu revolucionario en buena parte de su burguesía, contribuía a dispersar las ilusiones democrático-burguesas acerca de la misión histórica de esta clase, ilusiones que tan vigorosas fueron en Inglaterra, y singularmente en Francia, donde hubo un tiempo en que la burguesía significó un factor de progreso.

Las condiciones históricas, en virtud de las cuales Alemania –país que se había convertido en el centro del movimiento revolucionario en Europa y que en los años 40 se encontraba en vísperas de la revolución burguesa– había de llevar a cabo esa revolución en unos momentos en que estaba en auge el movimiento de liberación de la clase obrera, la convirtieron en la patria del marxismo, o ideología científica del proletariado revolucionario. Al mismo tiempo, la aparición del marxismo venía a reflejar los procesos económico-sociales que se producían no sólo en Alemania, sino también en otros países de Europa, particularmente en Inglaterra y Francia, y reflejaba asimismo el incremento de la lucha de clase del proletariado en esos países. El marxismo surgió como teoría científica del movimiento de liberación de la clase obrera de todos los países. Su aparición reflejaba la necesidad objetiva del paso revolucionario del capitalismo al socialismo, la situación del proletariado en las condiciones propias de la sociedad burguesa, sus intereses básicos y sus fines, que se desprenden de la situación que ocupa en la sociedad, de las leyes económicas del desarrollo social por las que se hace inevitable la destrucción del capitalismo y la creación de la sociedad comunista.

Antes de que la doctrina de Marx y Engels surgiese y se propagara, el movimiento obrero ostentaba un carácter espontáneo y no organizado. Los proletarios no tenían aún conciencia del lugar que verdaderamente ocupan en el proceso histórico-social, no veían las vías y los medios para [17] llegar a la supresión de la esclavitud capitalista, no poseían una conciencia socialista científica. Marx y Engels proporcionaron base teórica a la ideología de la lucha revolucionaria del proletariado, dando así satisfacción a la necesidad histórica más importante del movimiento obrero. Se sobreentiende que para llegar a una generalización teórica de la marcha de la historia de la sociedad y para fundamentar con un criterio científico las vías de su ulterior desarrollo, que conduce con fuerza de ley a la revolución socialista, se requería un formidable trabajo de investigación apoyado en todas las conquistas del pensamiento científico en épocas anteriores. Los “críticos” burgueses y revisionistas del marxismo tratan por todos los medios de demostrar que la ideología de la clase obrera no tiene nada que ver con la ciencia.4 Contraponen con carácter absoluto los conceptos de ideología y ciencia, sin querer ver que la ideología socialista científica “descansa sobre todo el material de los conocimientos humanos, presupone un alto desarrollo de la ciencia, requiere una labor científica, etcétera”.5 Los falsificadores del marxismo presentan la doctrina de Marx y Engels como una teoría sectaria, que mira con un criterio nihilista toda la historia anterior del conocimiento, que lo niega todo, que rechaza y desprecia las tradiciones históricas progresivas en el terreno filosófico. El estudio del proceso histórico de formación del marxismo desmiente en absoluto estas gratuitas afirmaciones.

Fuentes teóricas del marxismo. La creación de la filosofía del marxismo significaba la realización de una necesidad histórica objetiva. Dicha filosofía no podía aparecer en un tiempo en que la experiencia histórica y las nociones teóricas acerca de la esencia de las relaciones sociales no proporcionaban los datos necesarios para la elaboración de la concepción materialista de la historia. Unicamente a mediados del siglo XIX, el pro: ceso de agudización de la lucha de clases, al ponerse de relieve las contradicciones propias de la sociedad capitalista, unido a los progresos de las ciencias naturales, sentaba las premisas para la transición del materialismo metafísico (con la concepción idealista de la historia que le es característica) al materialismo dialéctico.

V. I. Lenin señalaba que las fuentes teóricas del marxismo residen [18] en tan formidables conquistas del pensamiento humano como son la filosofía clásica alemana, el socialismo utópico francés y la economía política clásica inglesa.

La filosofía clásica alemana presenta el señalado valor histórico de haber sido una de las premisas teóricas necesarias para la transición de la filosofía del materialismo viejo, metafísico, a la concepción del mundo, cualitativamente nueva, materialista dialéctica. “... Marx –escribía V. I. Lenin– no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que imprimió un nuevo impulso a la filosofía. La enriqueció con las adquisiciones de la filosofía clásica alemana, especialmente del sistema de Hegel, que a su vez condujo al materialismo de Feuerbach. La más importante de estas adquisiciones es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, más profunda y más libre de unilateralidad, la doctrina de la relatividad del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en eterno desarrollo.”6

En el tomo segundo de muestra HISTORIA se hizo ya un examen de la filosofía clásica alemana. Por eso nos limitamos aquí a señalar brevemente el gran significado de la dialéctica de Hegel y del materialismo de Feuerbach en la preparación histórica de la filosofía marxista.

Corresponde a Hegel el mérito histórico de haber estudiado sistemáticamente el método dialéctico, la aplicación de un criterio dialéctico al estudio de la realidad. No fue él. ciertamente, el padre de la dialéctica, cuyos Orígenes se remontan a la antigüedad más remota. A lo largo de toda la historia del conocimiento se desarrolla el pensamiento dialéctico, el estudio de los nexos internos de los fenómenos, de su movimiento contradictorio, y el estudio de la dialéctica del proceso de conocimiento. Ahora bien, a pesar de ciertas proposiciones profundamente dialécticas, enunciadas por eminentes filósofos y naturalistas de los siglos XVII y XVIII, lo que en filosofía predominaba no era la dialéctica, sino la metafísica.

Hegel es realmente el primero que en la historia del conocimiento –cierto que con una falsa base idealista– crea un sistema de concepción dialéctica del mundo, un método dialéctico, una lógica dialéctica. Sus esfuerzos tienden a elaborar la dialéctica como una ciencia filosófica que resume toda la historia del conocimiento, a encontrar los principios fundamentales del modo dialéctico de pensar. Tras de someter a profunda y razonada crítica la visión metafísica de las cosas, formula, aunque de manera idealista deformada, las leyes fundamentales de la dialéctica.

Los fundadores del materialismo dialéctico tenían en gran estima el método dialéctico de Hegel. Marx señala que “el hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre es que la dialéctica aparece en él invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho, ponerla de pie, y en seguida se descubre bajo la corteza [19] mística la semilla racional.”7 Esta tarea fue brillantemente cumplida por Marx y Engels.

on la doctrina de Hegel no terminó, según sabemos, el desarrollo de la filosofía clásica alemana. Su último gran representante es el materialista L. Feuerbach, a quien corresponde el gran mérito histórico de haberse manifestado enérgicamente contra el idealismo de Hegel y de otros filósofos y contra la religión; de haber colocado en el lugar que les correspondía y continuado las doctrinas materialistas de los siglos XVII y XVIII. Feuerbach sostenía que todo idealismo, sin excluir el idealismo de Hegel, es, en última instancia, una interpretación teórica y una justificación de la concepción religiosa y fantástica del mundo. Rechazaba el idealismo y la religión y afirmaba que la naturaleza (y el hombre, como producto suyo) es la única realidad; no hay nada por encima ni por debajo de la naturaleza, ni antes ni después de ella. El pensamiento que Hegel presentaba como primer principio y esencia de las cosas no existe fuera de la materia especialmente organizada; su contenido lo toma del mundo exterior, del mundo material, independiente de él, mediante la percepción sensible. Por consiguiente, la fuente de los conocimientos que se tienen del mundo exterior se encuentra en los órganos de los sentidos, de los que deriva el pensamiento. El mundo es perfectamente cognoscible, y si el hombre tuviese más de los cinco sentidos de que dispone, sus conocimientos del mundo exterior no experimentarían cambios sustanciales.

Feuerbach se acercó a una concepción acertada del papel de la práctica en el conocimiento, señalando que el pensamiento es inseparable de la actividad sensorial. Sin embargo, no incluía en esta última lo que es principal y determinante en la práctica social del hombre: la producción material, la actividad que transforma revolucionariamente y modifica el mundo. De ahí que no pudiese superar el carácter contemplativo del viejo materialismo metafísico, para el cual el conocimiento se reducía a la acción de los objetos de la naturaleza sobre la conciencia de los hombres, ignorando la acción del hombre sobre los objetos, la transformación de la naturaleza por el hombre como base del conocimiento. Feuerbach rechazaba también la dialéctica hegeliana, en la que no llegó a advertir su “médula racional”; al vaciar la bañera, tiraba el niño junto con el agua. Nunca pasó de ser un materialista metafísico, y aunque en algunos aspectos consiguiera dar un paso adelante en relación con sus predecesores, los materialistas de los siglos XVII y XVIII, fue incapaz de superar los vicios fundamentales de sus doctrinas, y ante todo la metafísica, el carácter contemplativo y la concepción idealista de la vida social.

Los fundadores del marxismo elaboraron e hicieron avanzar el materialismo filosófico sobre la base del método dialéctico, extendieron el materialismo a la concepción de la sociedad, emancipando la filosofía materialista de su limitación metafísica. Paralelamente, tenían un elevado concepto de los materialistas de los siglos anteriores, y en particular de Feuerbach, por su lucha contra el idealismo y la religión, en defensa de la ciencia y del progreso social. Cuando Marx y Engels crean su concepción [20] “materialista dialéctica del mundo, cualitalivamente nueva, no se apoyan solamente en los avances de la filosofía clásica alemana. Según indicaba V. I. Lenin, Marx hizo un resumen crítico de la historia entera de la humanidad, de todas las conquistas del conocimiento humano. “Todo lo que el pensamiento del hombre había creado, lo reelaboró, lo sometió a crítica, lo comprobó en el movimiento obrero y sacó las conclusiones a que los hombres no podían llegar, limitados como estaban por el marco burgués o atados por los prejuicios burgueses.”8

Un gran papel, en la creación de la filosofía del marxismo, cumplió la reelaboración crítica de cuanto había de valioso en la economía política clásica inglesa, y en particular la teoría del valor por el trabajo, que sus representantes habían expuesto; sin ello habría sido imposible descubrir la base material del proceso histórico-social, llegar a la concepción materialista de la historia y, por tanto, vencer las indecisiones del materialismo anterior a Marx. Un papel no menos importante en la formación de la filosofía marxista corresponde a la reelaboración, con un espíritu fecundo. de las doctrinas socialistas anteriores, que facilitaba la crítica científica de la sociedad capitalista y la previsión científica de las vías de desarrollo y de los rasgos más importantes de la nueva sociedad socialista.

Premisas científico-naturales de la filosofía del marxismo. Los descubrimientos científicos llevados a cabo a mediados del siglo XIX exigían insistentemente una interpretación filosófica que permitiese descubrir los vínculos recíprocos y regulares que unen a todos los fenómenos que tienen lugar en la naturaleza, proporcionar una fundamentación profunda y completa a la concepción del desarrollo de la naturaleza. Pero dicha interpretación era imposible tanto para la dialéctica idealista, divorciada de las ciencias naturales, como para el materialismo mecanicista, metafísicamente limitado y ajeno a la idea del desarrollo de la naturaleza, a la idea de la concatenación orgánica universal de todos los fenómenos que en ella existen. Tal interpretación filosófica sólo podía proporcionarla la dialéctica materialista. Los progresos de las ciencias naturales abocaban de lleno a la necesidad de elaborar la dialéctica marxista como ciencia y como método del conocimiento científico, del pensar. Era una de las premisas teóricas de la aparición del materialismo dialéctico, la creación del cual convertía en algo ya maduro y necesario el avance de la propia ciencia.

Con bastante anterioridad, la concepción metafísica de la naturaleza había recibido ya golpes demoledores. A mediados del siglo XVIII, M. V. Lomonósov hizo una serie de descubrimientos que minaban el terreno a las concepciones metafísicas en física y química, y también en geología. La revolución .operada en la química a fines del siglo XVIII desechaba la teoría metafísica del flogisto. En la segunda mitad de esta centuria aparece la teoría cosmogónica de Kant-Laplace, basada en una noción histórica del origen del sistema solar. La invención de la máquina de vapor viene a plantear prácticamente el problema de la relación entre el calor y el movimiento mecánico, preparando así la desaparición de la [21] teoría del calórico. Investigadores del siglo XVIII exponen ya ideas evolucionistas en biología.

Los nuevos descubrimientos realizados en la primera mitad del siglo XIX demostraban, con mayor evidencia aún, la inconsistencia de la vieja concepción metafísica de la naturaleza. Entonces han aparecido ya la geología y la paleontología, la embriología y la anatomía comparada, Ja fisiología vegetal y animal, la química orgánica y la electroquímica; estas nuevas ciencias dan origen a geniales atisbos que venían a anunciar la teoría del desarrollo.

En todos los sectores de las ciencias naturales se abrían paso las concepciones nuevas embrionarias, que en uno u otro grado reflejaban la dialéctica de la naturaleza; pero estos brotes, de una dialéctica espontánea por su carácter, eran recibidos con gran hostilidad por los partidarios de la metafísica, empeñados como estaban en conciliar las ideas nuevas con la concepción mecanicista y metafísica de la naturaleza entonces imperante. “Los naturalistas, hasta finales del pasado siglo –escribía Engels–, más aún hasta 1830, se las arreglaban más o menos con la vieja metafísica, porque la verdadera ciencia no iba más allá de la mecánica, la terrestre y la cósmica.”9

Hacia 1840 comienza en las ciencias naturales una revolución que iba dirigida contra la concepción metafísica de la naturaleza y a consecuencia de la cual se sientan las premisas científicas para las grandes síntesis dialécticas.

En ese tiempo termina el descubrimiento de la estructura celular de los animales y las plantas, que había de tener formidable importancia en cuanto a la fundamentación de la dialéctica materialista. Ese descubrimiento sentaba las bases para los posteriores avances de la biología en los dos decenios siguientes. Según la teoría celular, la célula orgánica era considerada como la unidad de la que, por reproducción y diferenciación, proceden todos los organismos multicelulares; y siendo esto así, la pregunta era inevitable: ¿y a qué se debe la infinita variedad de estos organismos? La respuesta venía dada en la idea del desarrollo de la naturaleza viva.

Al igual que la biología, en los años 30 la química y la física entran también en una fase de transformaciones profundas; la revolución alcanza en ellas su fase culminante justamente en los años 40 del siglo XIX.

En la química orgánica, ya en los años 20 imperaba la teoría metafísica de los radicales (grupos de átomos) inmutables y eternos, a los que se suponía tan estables que no se modificaban en absoluto bajo ninguna transformación química (excepto la combustión). En la década del 30 es descubierta por vía empírica la sustitución en los radicales de unos átomos por otros, y la piedra clave de la química orgánica pasa a ser la admisión de la mutabilidad de los grupos de átomos, que pueden transformarse en cualquiera otro. Entre los adeptos de las concepciones metafísicas en cuanto a los radicales orgánicos y sus adversarios se entabla una reñida lucha, la cual termina, hacia 1845, con la derrota completa, [22] verdaderamente revolucionaria, de la metafísica “teórica de los radicales”, afirmándose en la química la idea de la mutabilidad o “fluidez” de la materia.

En física, los nuevos descubrimientos realizados en los años 40 que preparaban el terreno para la admisión de los nexos existentes entre las distintas “fuerzas” de la naturaleza, es decir, entre las formas del movimiento de la materia, y del paso de una a otra, permitieron someter a una crítica demoledora la idea metafísica de las “materias” imponderables. En ese tiempo el físico inglés M. Faraday demuestra la unidad de las “fuerzas” y su transformación recíproca en la naturaleza. En 1842, W. R. Grove sostenía en una conferencia que todas las llamadas “fuerzas” físicas (“fuerzas” mecánicas, calor, luz, electricidad, magnetismo, y también la “fuerza” química) en condiciones determinadas se transforman unas en otras sin pérdidas cuantilativas. A comienzos de la década del 40, el naturalista alemán R. Mayer, el físico inglés J. P. Joule, el investigador ruso E. J. Lents y el ingeniero danés L. A. Kolding establecen el hecho de la transformación de la energía. La ley de la conservación y transformación de la energía es formulada en 1842-1845 por R. Mayer.

Así, pues, en los años 40 del siglo XIX la física alcanzó el grado de madurez suficiente como para desechar la idea metafísica del calórico y demás “materias” imponderables y para demostrar científicamente la unidad, concatenación y transición recíproca de las distintas formas de la materia. Todos estos descubrimientos impulsaban a las ciencias naturales en un mismo sentido: negaban la vieja concepción metafísica de la naturaleza y ponían de relieve la dialéctica objetiva que es propio de todos los fenómenos naturales. La idea de la concatenación universal de los fenómenos de la naturaleza, del desarrollo de ésta, la idea dialéctica, confirmada experimentalmente, de que en la naturaleza no hay cosas absolutamente inmutables, ni límites, ni interrupciones absolutamente insalvables, se imponía literalmente a la conciencia de los naturalistas. Las ideas dialécticas eran un exponente de la revolución que se estaba produciendo espontáneamente en la biología, la geología, la química y la física de aquel tiempo.

Al examinar el desarrollo que las ciencias naturales experimentaron a partir de 1830, Engels señala el cambio radical producido en esa época en la visión general de la naturaleza. “La química...: la atomística. La fisiología, la célula (el proceso orgánico de desarrollo tanto del individuo como de las especies, mediante la diferenciación, la prueba más palpable de la dialéctica racional) y, finalmente, la identidad de las fuerzas de la naturaleza y su mutua transformación, que ha puesto término a todas las categorías fijas.”10

El método metafísico revelaba definitivamente su completa inconsistencia y se convertía en el más poderoso freno para el avance de las ciencias naturales.

Ahora bien, los propios naturalistas seguían manteniendo por lo común las viejas ideas metafísicas y mostraban su absoluta impotencia cuando se trataba de “explicar racionalmente y entrelazar entre sí estos hechos [23] modernos, que, por así decirlo, ponen de manifiesto la dialéctica en la naturaleza”.11 Los investigadores de aquel tiempo se inclinaban a menudo hacia el idealismo o el agnosticismo (Helmholtz, Gerhardt, Schwann y otros), cuando los progresos de las ciencias naturales exigían imperiosamente la adopción de un método de estudio que correspondiese al contenido objetivo de los nuevos descubrimientos y se apoyase en una base filosófica materialista íntimamente relacionada con los avances científicos.

Se trataba, en realidad, de la necesidad de crear una dialéctica materialista que, oponiéndose a la dialéctica hegeliana, pudiese generalizar todo lo nuevo que las ciencias naturales habían proporcionado en los años de su reorganización revolucionaria, iniciada después de 1830. “La dialéctica despojada de todo misticismo –escribe Engels– se convierte en una necesidad absoluta para las ciencias naturales, una vez que éstas abandonan el terreno en que podían arreglárselas con las categorías fijas...”12

Todo esto nos muestra que Ja marcha objetiva de las ciencias de la naturaleza, especialmente en los años 30-40, había abonado el terreno para la creación de la dialéctica materialista. Las ciencias naturales de esa época exigían una generalización filosófica; la generalización materialista dialéctica de las conquistas científicas se convirtió en una necesidad inmediata.

La lucha revolucionaria del proletariado –factor decisivo en la aparición y desarrollo de la filosofía marxista– y, unido a ella, el progreso de la ciencia, plantearon a Marx y Engels la ingente tarea de elevar el materialismo a un nivel nuevo, de proporcionarle una nueva forma, la forma del materialismo dialéctico, pues “cada descubrimiento trascendental, operado incluso en el campo de las ciencias naturales, le obliga a cambiar de forma”.13

Ninguno de los filósofos anteriores a Marx, como ninguno de los naturalistas, fue capaz, por la limitación de sus concepciones, no ya de cumplir esta tarea, sino ni siquiera de plantearla. Sólo los jefes del proletariado –Marx y Engels– la llevaron audazmente a término, dando así satisfacción a lo que exigía la historia entera de la vida social, la historia entera de la lucha revolucionaria de la clase obrera y también la marcha entera del desarrollo de la ciencia.

Tales son las fundamentales premisas históricas y teóricas que determinaron la aparición de la filosofía del marxismo.

La transformación revolucionaria que Marx y Engels llevaron a cabo en filosofía y el estudio crítico a que sometieron todas las anteriores conquistas del pensamiento humano no eran tareas distintas, que se excluían mutuamente. Todo lo contrario; como Lenin subraya, “el genio de Marx estriba precisamente en haber dado soluciones a los problemas planteados antes de él por el pensamiento avanzado de la humanidad”.14 [24]




{1} F. Engels, Anti-Dühring. Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1960, pág. 313.

{2} Cita tomada de: E. V. Tarlé, Obras en doce tomos, ed. rusa, t. VI, Moscú, 1959, págs. 249 y 250.

{3} Ciertos ideólogos del liberalismo soñaban con “suprimir” el proletariado, sin ver que la existencia e incremento sucesivo de esta clase eran inevitables dentro del capitalismo. Así, el liberal Biedermann publicó en 1847 unas lecciones sobre socialismo y problemas sociales en las que afirmaba que la “tarca primera e inmediata del socialismo” era la de frenar el crecimiento del proletariado, como supuesta consecuencia de la superpoblación de la tierra, y acabar así con la miseria (Karl Biedermann, Vorlesungen über Sozialismus und soziale Fragen. Leipzig, 1847, §. 11) Como medio radical para resolver el problema social, Biedermann se remitía a Maltbus, recomendando la prohibición por vía legislativa del matrimonio entre jóvenes.

{4} Así, por ejemplo, H. B. Acton, sociólogo inglés contemporáneo de orientación positivista, afirma que, según la doctrina de Marx y Engels, la ideología, por su naturaleza misma, no puede ser ciencia, por lo que el marxismo, en cuanto ideología de la clase obrera, no es científico. “... Marx y Engels –escribe Acton– emplean la palabra «ideología» para significar concepciones erróneas o falsas sobre la naturaleza y la sociedad. pero no la aplican para el conocimiento científico de las cosas tales como son” (H. B. Acton, The Illusion of the Epoch. Marxism-Leninism as a philosophical creed. Boston, 1957, p. 131). Acton presenta las cosas como si Marx y Engels considerasen la ciencia incompatible con la ideología. Lo cierto es que los fundadores del marxismo empleaban la palabra “ideología” para significar el reflejo deformado de la realidad únicamente al referirse a concepciones filosóficas y sociológicas idealistas y reaccionarias. Pero jamás negaron el carácter científico de la ideología de la clase revolucionaria, y en particular del proletariado. Sabemos que, para el tiempo en que fueron expuestas, consideraban científicas las concepciones económicas de A. Smith y D. Ricardo, ideólogos de la burguesía inglesa. Marx y Engels subrayaron reiteradamente el carácter científico de su teoría del socialismo proletario, a diferencia del socialismo utópico que le había antecedido.

{5} V. I. Lenin, Carta a la “Agrupación del Norte”. Obras completas, t. 6, trad. esp. de W. Roces, pág. 161. Editorial Cartago. Buenos Aires, 1959.

{6} V. I Lenin, Tres fuentes y las tres partes integrantes del marxismo. Obras completas, t. 19, 4ª ed. en ruso, pág. 4. (Trad. esp. en Lenin, Obras escogidas, en dos tomos, t. I, pág. 65, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1948.)

{7} C. Marx, El Capital, t. I, pág. XXIV, trad. de W. Roces, 2ª ed. esp., Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1959.

{8} V. I. Lenin, Tareas de las Uniones de Juventudes. Obras completas, 4ª ed. en ruso, t. 31, pág. 262.

{9} Federico Engels, Dialéctica de la naturaleza. trad. esp. de W. Roces, pág. 172, Editorial Grijalbo, México, D. F., 1961.

{10} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, ed. cit., pág. 160.

{11} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, pág. 160.

{12} Ibídem.

{13} F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, trad. esp., Moscú, 1952, t. II, pág. 347.

{14} V. I. Lenin, Tres fuentes y las tres partes integrantes del marxismo. (En Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. II, pág. 65.)