Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo VI: 1
1. El positivismo inglés de la segunda mitad del siglo XIX (Mill, Spencer y sus continuadores).
Al liberalismo político burgués de los años 50 y 60 corresponde en Inglaterra la filosofía idealista, y al mismo tiempo empirista, que cobra expresión, preferentemente, en las teorías de orientación agnóstica. El agnosticismo de los ideólogos de la burguesía inglesa mantenían unos [364] vínculos muy peculiares con el considerable desarrollo alcanzado en el país por las ciencias técnicas y dé la naturaleza, sobre la base de la producción industrial.
Las teorías del empirismo idealista en la filosofía, imbuidas de agnosticismo, declaraban, por una parte, la libertad y la independencia del pensamiento científico, manifestaban sus simpatías por la ciencia, y ante todo por las ciencias naturales, y su hostilidad hacia las especulaciones idealistas puras, mientras que, por otra, se mostraban contra las “desmesuradas pretensiones de la ciencia” a la verdad objetiva y contra el materialismo, allanando así el camino a la religión. Estas doctrinas –y en particular el positivismo de H. Spencer– encerraban una serie de elementos positivos; por ejemplo, el intento de presentar la evolución como ley universal del mundo. Pero en última instancia expresaban los intereses de la burguesía liberal, con el estrecho practicismo y la limitación que le eran propios.
Las ideas del positivismo aparecieron en la filosofía burguesa de Inglaterra en los años 30 y 40, casi a la vez que en Francia. Pero sólo en la segunda mitad del siglo XIX se difunde allí ampliamente, acomodándose a las condiciones políticas del país y al progreso de las ciencias naturales.
El primer gran positivista inglés fue John Stuart Mill (1806-1873). Los rasgos característicos de sus concepciones los había expuesto ya en los años 40, pero sólo en la segunda mitad del siglo ejercieron influencia sensible sobre los medios burgueses; es cuando aparecen sus obras El utilitarismo (1861), Examen de la filosofía de sir W. Hamillon (1865) y Tres ensayos sobre la religión (1874).
La filosofía de Mill es ecléctica. Profesaba un empirismo idealista subjetivo.4 Es en el plano del idealismo subjetivo como interpretaba los conceptos de materia y conciencia. Continuando la crítica que Hume hace de la sustancia, declara a este concepto producto de las asociaciones psicológicas. La materia, según él, es el concepto de “la posibilidad permanente de sensaciones”; la conciencia es un concepto que significa la “posibilidad permanente de vivencias”.
Lo que realmente existe, desde el punto de vista de Mili, son, en última instancia, las sensaciones y las vivencias tomadas por sí solas. En su crítica de las posiciones idealistas subjetivas y agnósticas de Mili, V. I. Lenin escribía: “Si decimos que la materia es una posibilidad permanente de sensaciones (según J. S. Mill) o que la materia representa complejos más o menos estables de “elementos”, de sensaciones (según E. Mach), nos quedamos en los límites del agnosticismo o de la escuela de Hume...”5 Esta posición no está muy lejos de la que sustentaba Berkeley.
Lo mismo que en filosofía, Mili defiende en el terreno de la lógica el empirismo idealista subjetivo y combate a los filósofos “aprioristas”, término bajo el cual él comprendía a los idealistas objetivos y a los materialistas. [365]
J. S. Mill trataba de eliminar de la lógica todo problema propiamente filosófico. En la introducción al Sistema de lógica escribía: “La lógica es un terreno neutral en el que pueden encontrarse y tenderse la mano tanto los discípulos de Hartley como los de Reid, los de Locke como los de Kant.”6 No obstante, su teoría lógica se basaba en un principio filosófico general bien definido, que era el agnosticismo sensualista. La tarea de la lógica científica estriba, según él, en poner de manifiesto los procedimientos de fijación respecto del orden de sucesión estable de las vivencias sensibles y sensaciones del sujeto. Lo único que existe definidamente, estimaba él, son las sensaciones singulares (fenómenos). La lógica, desde el punto de vista de Mill, es como una gramática que nos sirve para operar con las impresiones sensibles. De esta posición filosófica se desprendían otros principios, que quedaron expuestos en su obra principal, Examen de la filosofía de sir W. Hamilton.
La tarea de la ciencia, dice Mill, estriba en ordenar los fenómenos singulares mediante la inducción, la cual ha de apoyarse en la ley de la causalidad, concebida subjetivamente. En el Examen de la filosofía de sir W. Hamilton afirma, por ejemplo, que la ley de la causalidad es producto de la costumbre de contemplar la naturaleza como un todo que actúa uniformemente. A ese resultado, puramente psicológico, llegan, según él, los hombres por su frecuente uso de la inducción a través de la enumeración simple. Por consiguiente, la causalidad no es objetiva; no es sino un signo exterior que el sujeto atribuye a los cambios que se producen en la esfera de los fenómenos.
Su teoría de la moral, expuesta en El utilitarismo, había sido ya enunciada por J. Bentham (1748-1832), según el cual, el valor moral de las acciones viene determinado por la utilidad directa que reportan al individuo. Las relaciones entre el capitalista y el obrero, afirmaba, son “recíprocamente útiles”. Mill trató de “ennoblecer” un tanto la ética de Bentham. En su sistema ético del utilitarismo (denominación introducida por Mill) se manifiesta contra los “extremos” de un enfoque estrechamente utilitario de las acciones. Estima que los principios morales se derivan de la experiencia y discrepa con Bentham en cuanto a la valoración, propuesta por éste, puramente cuantitativa de la utilidad de los actos humanos; lo que él propone es una valoración cualitativa, con lo que, opina, los placeres espirituales adquirirían una valoración más alta que los placeres sensibles. Seguidamente hace entrar en su sistema –además del egoísmo como factor universal– el principio del altruismo, que exige contribuir “a la mayor felicidad posible de todos los seres que nos rodean”. En la ética de Mill encuentran reflejo su liberalismo típicamente burgués y el deseo de velar la radical diferencia que se observa en el modo como las clases sociales opuestas enfocan los problemas morales.
Las concepciones éticas de Mill fueron una de las fuentes ideológicas del fabianismo y del laborismo, que adquirieron difusión en Inglaterra a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Mill busca la base de su doctrina sociológica en el estudio de la conformación mental y el carácter de los hombres, o lo que es lo mismo, [366] en el estudio de su psicología, y considera la sociedad como un agregado de individuos, cuyo pensamiento experimenta un proceso de gradual desarrollo. Es un representante típico de la ideología del librecambismo, cuya esencia se reducía a exigir la no intervención del Estado en las actividades económicas de los patronos capitalistas. Mill no se mostraba conforme con la reivindicación, defendida por A. Comte, de que se robusteciese el Estado burgués y se ampliasen sus funciones; estimaba que el Estado no ha de intervenir en la vida privada de los ciudadanos; ha de conceder, sí, las posibilidades máximas para que los patronos desplieguen su iniciativa económica. El utilitarismo de Mill se convierte en una prédica de la competencia capitalista, encubierta con reservas acerca de su carácter “honrado” y la necesidad de proporcionar a todos condiciones para que puedan “prosperar” por igual. Si a pesar de esto los que no poseen bienes siguen sin adquirirlos... tanto peor para ellos. Mill cierra los ojos a la naturaleza de clase de la competencia dentro de la sociedad capitalista. En la sociología, lo mismo que en la filosofía, como ideólogo burgués que era, encubre con frases liberales la naturaleza reaccionaria de sus concepciones.
El representante principal del positivismo inglés en la segunda mitad del siglo XIX es Herbert Spencer (1820-1903). Recibió una formación técnica. Durante seis años permaneció como redactor de la revista The Economist, para luego entregarse hasta el fin de su vida a un trabajo de sabio de gabinete. Las obras principales de Spencer son: Primeros principios (trabajo filosófico que vio la luz en 1862), Principios de biología (1864-1867), Principios de psicología (1870-1872), Principios de sociología (1877-1896) y Principios de ética (1879-1893).
Hombre de una vasta erudición, Spencer manejaba un amplio material científico de los más diversos campos del saber para afirmar la evolución como ley suprema de todo lo existente y señalar el carácter universal, progresivo y objetivo del desarrollo (objetivo en el sentido de su independencia de la voluntad del sujeto individual). A esto se deben los grandes elogios que le tributa Darwin.
Spencer es al mismo tiempo un ideólogo de la burguesía liberal inglesa en vísperas de la época del imperialismo. El interés de la burguesía industria) inglesa por los éxitos de las ciencias naturales y la fe en la solidez del monopolio de Inglaterra en el mercado mundial, cobran expresión en la idea spenceriana del progreso gradual, de la “evolución sin conmociones”.
Spencer, que atribuía gran significación a los avances de las ciencias naturales, trata al mismo tiempo de encontrar una vía nueva que elimine el conflicto entre la ciencia y la religión, vía distinta por su carácter de la propuesta por Kant. Mientras Kant reducía el valor del conocimiento para dejar sitio a la fe, Spencer, en cambio, trata de asentar la fe religiosa sobre los cimientos de la propia ciencia.
En los Primeros principios, Spencer afirmaba: la base para la conciliación de la ciencia y la religión ha de ser el hecho de que “las formas del ser... son absolutamente incognoscibles en su esencia...”7 El propio [367] desarrollo de la ciencia, decía, coloca al investigador ante misterios no resueltos y lo conduce así hacia la religión. El misterio es “el último paso de la ciencia y el primero de la religión”. Al decir de Spencer, la ciencia conoce sólo los fenómenos percibidos sensorialmente y se detiene en el umbral de la esencia. “... Materia, Movimiento y Fuerza no son sino símbolos de realidades ignoradas.”8
Spencer define el conjunto de sus concepciones como “doctrina filosófico-religiosa”. Proclamó la necesidad de crear una filosofía que únicamente se diferencie de las otras ciencias por un grado mayor de generalidad (“unificación”, “conformidad”) de las leyes que en ella se describen. Simultáneamente, interpretaba las leyes generales, de conformidad con el idealismo subjetivo, como leyes obtenidas por la combinación de indicios en que se expresa la semejanza y la desemejanza, la similitud y la diferencia.
Una de las peculiaridades específicas del positivismo de Spencer reside en su doctrina del progreso, de la evolución universal en la esfera de los fenómenos. No admitía la inmutabilidad de las relaciones sociales, pero, al exponer su doctrina sobre el avance en el mundo de los fenómenos, no rebasaba, en realidad, el marco de la interpretación metafísica del movimiento.
Spencer admite en su “filosofía sintética” la validez de las ideas de la evolución no sólo en el mundo de los animales y las plantas, sino también en la sociedad humana y en la naturaleza inorgánica. Su interpretación de numerosos datos de las ciencias naturales se atenía a las posiciones del evolucionismo. No obstante, los grandes descubrimientos científicos los entendía de un modo metafísico.
El descubrimiento de la universalidad de la estructuración de formas en el mundo a través de la división de las células lo calificaba, por ejemplo, como manifestación del carácter universal de la diferenciación puramente cuantitativa; y la ley de la conservación y transformación de la energía, como un efecto del principio de la “constancia de la fuerza”. Spencer redujo el darvinismo a la tesis de que los organismos mejor adaptados son los que sobreviven, lo que en algunos casos lleva a conclusiones racistas en la visión de los fenómenos de la vida social. Para estas conclusiones no se apoyaba en el darvinismo, sino en las ideas maltusianas, a las que se limitaba a acomodar la teoría de Darwin. Spencer interpreta también con un criterio .metafísico los hechos que dentro de las ciencias naturales confirman la acción de la ley dialéctica de la negación de la negación. Estos hechos hablan para él sólo de la “ritmicidad” de los fenómenos y de las “incorrecciones” que se observan en su repetición.
Spencer formuló su doctrina de la evolución universal en forma de leyes, reduciendo el concepto de evolución (progreso) a una incesante redistribución de las partículas corpóreas y a su movimiento, a la unión (integración) de las partículas y a la dispersión (desintegración) del movimiento. En la dispersión de las partículas y la absorción por ellas de movimiento, tiene lugar, según él, en volumen cada vez mayor, un [368] proceso contrario a la evolución (regresión). Pero tal concepción del progreso y la regresión ostenta un carácter metafísico, es mecanicista, pues el desarrollo no lo interpreta como el paso a un nuevo estado cualitativo, sino como una condensación puramente cuantitativa, como un aumento que se produce por “gradaciones completamente imperceptibles”.
La historia humana, según Spencer, es un proceso de “condensación” de individuos y, simultáneamente, de ampliación del territorio que éstos ocupan. Este punto de vista justifica, en fin de cuentas, la expansión exterior del capitalismo británico. De conformidad con la ideología económica del librecambio, Spencer recurre a sus principios de la evolución para ’ argumentar la necesidad de “suprimir las barreras comerciales” entre los países, lo cual conducía a la expansión económica del Estado más fuerte (en esta expansión Spencer comprendía también la “ampliación del territorio”).
Posteriormente, Spencer introdujo en su concepción del desarrollo nuevos elementos, no menos mecanicislas que la idea inicial en su conjunto. Así postuló dos características secundarias del movimiento evolutivo: el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, o sea la complicación cuantitativa (diferenciación), y el paso de lo indefinido a lo estructuralmente definido (concreción).
Uno de los casos más típicos de diferenciación lo veía Spencer en la diferenciación de clases dentro de la sociedad burguesa. El carácter de clase de la teoría de Spencer se pone de manifiesto con la claridad máxima cuando dice que las acciones revolucionarias no conducen en modo alguno a la reorganización progresiva de la sociedad, sino a la anarquía universal, es decir, a la regresión.9
El paso de lo “homogéneo indefinido” a lo “heterogéneo definido” lo entendía Spencer como un proceso ajeno por principio a toda transformación revolucionaria, como “incremento del orden” a través de la “redistribución continua de las partículas”.
La concepción spenceriana de la evolución excluía por completo los saltos cualitativos revolucionarios en el desarrollo, las interrupciones dialécticas de la gradualidad. En una carta a cierto adepto suyo en el Japón, subrayaba que cualquier institución nueva ha de “incorporarse” paulatinamente al sistema ya existente, que en principio ha de ser conservado.
V. I. Lenin, en su trabajo Contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve, señalaba la completa vacuidad de las “fórmulas generales” del progreso, a las que es posible acomodar cualquier hecho empírico. “El propio concepto de “diferenciación”, “heterogeneidad”, etc., adquiere distintos significados según a qué ambiente social se aplique.”10 Spencer veía la aparición de grupos sociales pequeños e intermedios como manifestación de la diferenciación progresiva, sin advertir cómo se ahondaba el fundamental antagonismo de clase de la sociedad capitalista.
Las leyes y las fuerzas motrices del desarrollo evolutivo poseen también, según Spencer, un carácter puramente mecanicista. Todo agregado [369] o conjunto de objetos pierde la estabilidad y cambia bajo la acción de fuerzas exteriores suficientemente considerables y que actúan un tiempo suficientemente largo. El proceso de los cambios que tienen lugar en el agregado, por ejemplo, en el ser vivo, sigue la línea de la menor resistencia ejercida por las fuerzas exteriores.
La concepción metafísica del equilibrio preside toda la filosofía de Spencer. Este afirmaba: “... Por doquier descubrimos la tendencia al equilibrio.”11 Así, en Principios de biología define la vida como “una determinada combinación de cambios heterogéneos, simultáneos y consecutivos, de conformidad con las coexistencias y las sucesiones exteriores”.12 Esta definición es abstracta y formalista; deja por completo al margen el carácter específico cualitativo real de la vida y reduce todos los fenómenos vitales al equilibrio de los mismos con el medio exterior bajo la acción directa de este último. Spencer no tomaba en consideración las contradicciones internas del organismo ni la circunstancia de que sólo a través de ellas el medio exterior influye sobre el medio interno. La dialéctica de la interacción de lo exterior y lo interior no pasa de ser para él un libro cerrado bajo siete llaves.
El carácter metafísico de la doctrina de Spencer acerca de la evolución se pone claramente de relieve en sus ideas sobre sus etapas finales. El límite de todos los cambios, después de muchas fluctuaciones rítmicas, es, según él, la “perfección” o el “equilibrio” de fuerzas. Así, la sociedad parece que marcha (al disminuir el crecimiento de la población), hacia el equilibrio del número de habitantes y de la cantidad de medios de subsistencia; en la vida política se establece el equilibrio, la coexistencia de ideas opuestas, como, por ejemplo, la de la liberalización y la del “dominio de la sociedad sobre el individuo”, y, en general, el equilibrio de las fuerzas progresivas y conservadoras. Spencer fue uno de los fundadores de la concepción del equilibrio como principio y fin de todo movimiento. De conformidad con su teoría, la fuente de la evolución en cualquier esfera es la relativa inconstancia de las fuerzas activas. Resulta que todo en el mundo está ya adaptado lo uno a lo otro (equilibrado) o se acerca a tal adaptación recíproca (equilibrio). La dirección del movimiento queda determinada no por las contradicciones internas, sino sólo y exclusivamente por los choques, por las correlaciones cuantitativas de fuerzas exteriores, orientadas hacia lados opuestos y no vinculadas interiormente entre sí en absoluto. F. Engels calificó semejante tesis de perogrullada.
La teoría de Spencer era antidialéctica y antirrevolucionaria. Su propio autor habló abiertamente de las revoluciones sociales como de intentos “nocivos” para sacar la sociedad de su “salvador” equilibrio. Es de señalar que para robustecer su concepción evolucionista se remitiese a hechos de la historia de Inglaterra tales como, por ejemplo, el compromiso de clase de 1688.
F. Engels indicaba en el Anti-Dühring que la teoría del equilibrio admite las interpretaciones más arbitrarias, puesto que en el fondo se [370] reduce a lugares comunes. Dicha teoría es enemiga del progreso real, de la lucha de las clases revolucionarias de la sociedad.
En su defensa de la concepción de la influencia directa del medio sobre el organismo pasivo, Spencer enuncia a menudo proposiciones que se acercan a un lamarckismo vulgarizado. Trató de utilizar el darvinismo deformándolo con su teoría del equilibrio, para obtener conclusiones claramente racistas. Si en la lucha por la existencia, decía, sólo sobreviven los organismos más equilibrados, dando origen a la correspondiente descendencia, también en la sociedad tiene lugar, sobre esta base, la “conservación de las razas favorecidas”. El progreso social, según Spencer, se halla en dependencia directa del aumento de la población, por cuanto este último intensifica la “lucha por la existencia” que, supuestamente, se libra entre los hombres y que conduce a la selección de los individuos más capacitados para la vida. Así surgió una peculiar variedad del maltusianismo: mientras que, de conformidad con Malthus, el aumento de la población trae consigo en cada nación el hambre y las calamidades, al decir de Spencer el destino es adverso únicamente a las razas menos adaptadas a la lucha por la vida (léase menos desarrolladas en el aspecto capitalista). El carácter de clase de esta doctrina es evidente.
Los principales campos en que Spencer aplica en vasta escala su evolucionismo son la psicología y la sociología. La primera la concibe íntimamente unida a la teoría del conocimiento, que nos presenta diluida en construcciones biológicas y psicológicas. La segunda conduce a la ética, que es la premisa y la culminación de la sociología.
En la teoría del conocimiento, Spencer desarrolla un relativismo biológico sui géneris. Partía de la concepción de la experiencia como una acumulación de vivencias de generaciones anteriores y hacía depender el conocimiento de las necesidades de los organismos y de las condiciones de su vida. Spencer reconocía que la fuente del conocimiento es algo exterior al sujeto, sin que por esto admitiera la verdad objetiva, pues interpretaba las “condiciones de vida” únicamente como un conjunto de fenómenos, sin admitir la posibilidad de conocer la esencia del mundo.
Spencer hablaba de tres criterios de la verdad. Primeramente, estimaba confirmada una hipótesis si se producía una concordancia completa entre los estados de conciencia a los que la hipótesis se reduce –es decir, entre los pensamientos que la expresan– y las representaciones comprendidas. Criterio de la verdad es aquí la concordancia recíproca de distintos estados de la conciencia que llega hasta la identidad o, expresándonos con las palabras de Spencer, hasta la “constancia” de un estado.
El segundo criterio de la verdad es en Spencer la imposibilidad de renunciar en el pensamiento teórico a una tesis y de sustituirla por la tesis contraria. “... La imposibilidad de negar un conocimiento cualquiera es señal de que este conocimiento figura entre los de la más elevada categoría.”13
Este principio, según Spencer, es el resultado, fijado por la herencia, de la experiencia de las generaciones anteriores, y tiene un valor puramente [371] biológico. La biologización de las leyes del proceso del conocimiento sirve también de base a Spencer para afirmar que entre las distintas tesis que satisfacen la ley que no admite la contradicción en el pensamiento, la más fidedigna será aquella en que para alcanzarla haya que recurrir a la susodicha ley el menor número de veces, por cuanto el sistema nervioso “se fatiga menos” (tercer criterio de la verdad).
Spencer considera la vida social con criterio biológico y, a la vez, mecanicista, por cuanto la biología la interpretaba de manera mecanicista. La biologización de los fenómenos sociales se entrelazaba en él con su interpretación psicológica y con la teoría ecléctica de los “factores”.
El concepto básico de la teoría social de Spencer es el del organismo social, del que trataba de derivar las leyes sociológicas. Para él, la división social del trabajo es análoga a la división del trabajo entre los órganos del cuerpo animal, y el desarrollo de la estructura de clase de la sociedad equivale a una diferenciación universal progresiva; desde este punto de vista, la supresión de las diferencias de clase sería un proceso regresivo, que atenta contra la diferenciación social.
Spencer veía un antecesor suyo, en cuanto a sus concepciones sobre el Estado, en Platón, con su ideal de la organización de castas. Comparaba también su teoría con la de Virchow, acerca del “Estado celular”, y afirmaba que la clase de los señores es análoga al conjunto de células del aparato neuromotor. Todas las instituciones del Estado burgués, afirmaba, aparecieron de manera tan fatal como las raíces y las hojas de las plantas, los órganos de los animales, etc.
V. I. Lenin muestra en Materialismo y empiriocriticismo la esterilidad y el carácter anticientífico de este trasplante de las categorías biológica: a los fenómenos sociales, y escribe que la aplicación de conceptos biológicos y físicos a la sociedad “es una frase hueca. No se puede llegar, en realidad, a ningún estudio de los fenómenos sociales, a ningún esclarecimiento del método de las ciencias sociales, recurriendo a tales conceptos. No hay nada más fácil que aplicar un rótulo “energético” o “biológico-sociológico” a unos fenómenos tales como la crisis, las revoluciones, la lucha de clases, etc., pero tampoco hay nada más estéril, más escolástico y más muerto que dicha ocupación”.14
No es extraño que la “teoría orgánica” de Spencer fuera aceptada por muchos ideólogos de la burguesía, en particular por los teólogos y maltusianos, ya que proporcionaba argumentos a la concepción del carácter “natural” y “eterno” de las relaciones capitalistas, del mundo de las clases y de la subordinación de los obreros a los capitalistas. En la fase capitalista, según Spencer, el “crecimiento” del organismo social acaba y todo desarrollo ulterior pierde sentido.
Si consideramos que las formas sociales son consecuencia de una prolongada evolución, razona Spencer, toda revolución contra ellas sería reaccionaria. Equivaldría a la “desintegración” de la sociedad. “Cuando, finalmente, adviene la explosión de una verdadera revuelta, desaparecen todos los poderes constituidos, todas las diferencias entre las clases, todas [372] las categorías industriales: la sociedad organizada se convierte en un conglomerado de unidades sociales desprovisto de toda estructura.”15
Spencer no escatima ditirambos a la actividad industrial y comercial de los propietarios privados. La propiedad privada, se imagina, es la única forma posible de propiedad en general. El principio de la propiedad privada lo considera eterno, algo que deriva de la responsabilidad que los hombres tienen de sus actos. Así, pues, el burgués es presentado por Spencer como un hombre abrumado por el peso de las obligaciones sociales, de las cuales se hallan “libres” los que nada poseen.
En la sociología de Spencer, las ideas del liberalismo burgués se unen a la propaganda de la expansión capitalista. La combinación de estos dos temas correspondía a la situación político-económica de la “época victoriana”: el colonialismo agresivo se avenía bien con la vocinglera embriaguez de “libertades” dentro de la metrópoli. Todo lo que Spencer dice de la lucha de las naciones por su existencia, lo mismo que sus argumentos racistas sobre la “inferioridad” de los pueblos poco desarrollados, es un intento de justificar a los colonialistas ingleses.
Spencer era adversario del socialismo. De la misma manera que con un material deleznable no se puede construir una casa buena cualquiera que sea el procedimiento a que se recurra, así, decía, es imposible crear una buena sociedad con hombres de naturaleza inferior cualquiera que sea la organización que se dé a la misma. Recomendaba a los capitalistas que hiciesen algunas engañosas concesiones al proletariado: permitir una pequeña participación en los beneficios, organizar la venta de departamentos a plazos, etc. Este programa de Spencer quedaba coronado por un hipócrita consejo maltusiano: los obreros han de tener menos hijos, a fin de evitar el incremento de la capa de la población falla de medios de subsistencia.
La interpretación de los fenómenos sociales con un criterio biológico daba a la teoría de Spencer un carácter irracionalista y allanaba de hecho el camino a otras concepciones más reaccionarias todavía: a la “filosofía de la vida”, y, tras de ella, al pragmatismo. La ética espenceriana exaltaba abiertamente el egoísmo burgués. Los hombres, razonaba Spencer, han de considerar moral todo acto, toda conducta que contribuya a conservar su vida y a darle una mayor intensidad. Interpretando esta tesis utilitaria con un criterio biológico, Spencer declara que la moral es la felicidad biológica del individuo; las normas de la moral vienen determinadas por la lucha por la existencia. Los darvinistas sociales hicieron suya esta tesis y la utilizaron ampliamente.
Spencer afirmaba que la moral ha cambiado siempre y en todos los sitios a medida que se modificaban las condiciones de existencia. Esta conclusión la une a la doctrina de la transmisión por herencia de la “experiencia” moral de las generaciones pasadas y de la fijación innata de una u otra concepción del deber. Así, pues, en la ética, lo mismo que en la teoría del conocimiento, Spencer trata de combinar el empirismo y el apriorismo, y en parte retorna a la doctrina idealista de los principios innatos. [373]
En la ética de Spencer, al igual que en su sociología, el desenfrenado individualismo burgués se une al culto al Estado expansionista. Spencer quería ligar la ética utilitarista de la felicidad personal de Mili con la apriorística ética kantiana del deber. Razonando acerca de la combinación del egoísmo y el altruismo (significando este último el “servicio a su Estado”), afirmaba que en el proceso de la evolución, fijada hereditariamente en sus resultados, se origina un predominio gradual de los impulsos altruistas sobre los egoístas. De este modo trataba, mediante el principio de “vive y deja vivir a los demás”, de debilitar la lucha de clases, que escinde la sociedad burguesa en campos antagónicos.
La ética espenceriana se ve coronada por la propaganda del culto reaccionario a la élite social, si bien se mostraba contrario al culto del individuo. Muchos temas del individualismo burgués de Spencer los utilizan actualmente laboristas en su propaganda.
Aunque Spencer polemizó con Comte, en una controversia en muchos aspectos de carácter personal motivada por el deseo de afirmar su prioridad en la fundación de los “principios” positivistas, en linees generales continuó la línea filosófica del positivismo comtiano. No obstante, la teoría de Spencer se diferencia en algunos aspectos de la de su rival. A diferencia de Comte, Spencer expone el principio de la evolución, y niega la reivindicación, que la doctrina comtiana postula, de reglamentar la vida social y hasta la vida individual ele los ciudadanos, de someterla a la “jerarquía” estatal.
En su obra La clasificación de las ciencias (1864), Spencer se manifiesta contra la ordenación de las disciplinas científicas en serie según su grado de generalidad, lo que es propio de la clasificación comtiana de las ciencias. A este principio opone él la división de las ciencias en abstractas, abstracto-concretas y concretas, las primeras de las cuales (lógica, matemáticas y mecánica) “exponen las relaciones independientemente de las realidades”, las últimas describen las “realidades” (es decir, los fenómenos) y las segundas ofrecen un carácter intermedio. Las consideraciones de Spencer sobre la clasificación de las ciencias contenían cierto núcleo racional, por cuanto éstas se diferencian realmente entre sí, entre otras cosas, por su distinto grado de concreción. No obstante, incurría en el defecto de elevar a la categoría de lo absoluto esta diferenciación según el principio por él propuesto.
La filosofía de H. Spencer desempeñó en su tiempo un papel bastante contradictorio. En los países anglosajones y en el continente, en la Europa Occidental, fue la bandera de las teorías antirrevolucionarias, antidialécticas y antimaterialistas. En forma cómoda para los fideístas “moderados”, permitía hablar de la conciliación de la religión y la ciencia. Una sólida cultura enciclopédica y la abundancia de referencias a la historia, la etnografía, las ciencias naturales y a otros caminos del saber, envolvía la doctrina de Spencer con la aureola de una filosofía científica. El reconocimiento del progreso le daba el engañoso aspecto de un sistema de ideas opuesto al oscurantismo. De hecho, empero, esta filosofía era un baluarte del conservadurismo político revestido de una fraseología liberal.
En los países que a fines del siglo XIX entraban en la vía del desarrollo [374] capitalista, como, por ejemplo, el Japón y China, Polonia y Rusia, ciertos sabios progresivos veían en la filosofía de Spencer un medio de lucha en pro de la ciencia, contra el desenfrenado misticismo religioso, en favor del desarrollo social y contra la inmovilidad y el estancamiento. Pero si bien tuvo cierto valor positivo la idea misma de la evolución y la circunstancia de que Spencer introdujera en el campo filosófico gran número de hechos procedentes de diversas esferas de la ciencia y fuera su propagandista, en conjunto, su sistema era un obstáculo para la propagación de las ideas de la filosofía materialista. Muchas de las tesis del arsenal ideológico de Spencer fueron después desarrolladas por los empiriocriticistas y, más tarde, por los neopositivistas.
Los filósofos idealistas universitarios ingleses de la segunda mitad del siglo xix miraban con desprecio la doctrina de Spencer, viendo en ella una “filosofía de la calle”. Afirmaban que la significación que Spencer daba al concepto de “progreso” era muy vaga. No obstante, las ideas positivistas adquirieron bastante difusión. Una posición positivista próxima a la de Spencer ocupaba el conocido psicólogo Alexander Bain (1818-1903). Criticó su dogmática doctrina de “lo incognoscible”, pero las enmiendas que él introduce en el positivismo acentuaban aún más el agnosticismo en esta doctrina: el sujeto, según Bain, es un haz de sensaciones que, a su vez, representan fenómenos puramente fisiológicos y no nos dicen nada de las propiedades del mundo exterior.
A. Bain, que era un psicólogo notable, estudia en su obra principal –Examen sistemático del espíritu humano (1855-1859)– el problema de la actividad de la conciencia y la voluntad, y otros fenómenos psíquicos. Para sus investigaciones en este plano recurre al asociacionismo de J. S. Mill y niega en el hombre la libertad de la voluntad, considerando que todo acto humano obedece a motivos concretos. Ahora bien, ¿cómo son determinados los propios “motivos”? Este problema trata de resolverlo siguiendo el paralelismo psicofísico, lo cual no podía conducir a resultados científicos importantes.
Junto a Spencer, también trató de dar una forma popular al positivismo Karl Pearson (1857-1936), cuya obra principal es La gramática de la ciencia (1899).
El sistema de concepciones de Pearson recibió la pretenciosa denominación de “cienticismo”. Activo propagandista de la seudociencia eugenética, presidió el Instituto Nacional de Eugenesia y adquirió notoriedad como defensor de las ideas racistas. El positivismo de Pearson contenía bastantes ideas enunciadas ya por Comte, Miller, Spencer y Mach.
El positivismo y el agnosticismo de Pearson se manifiestan muy especialmente en su concepción del objeto de la ciencia. La ciencia, afirmaba, ha de limitarse a comprobar y registrar los hechos, sin que sea capaz en modo alguno de revelar su esencia ni sus principios. Repite la tesis de A. Comte de que en la ciencia podemos responder sólo al “cómo”, pero no al “porqué”. Las leyes de la ciencia, de acuerdo con Mach, las consideraba como abreviaciones y descripciones taquigráficas de los hechos, que el investigador está facultado para cambiar si le parece que no resultan cómodas para la descripción. La concepción que Pearson tiene del fin de la ciencia –el logro del “éxito” vital– se acerca al pragmatismo [375]. La filosofía no goza, en general, de su estimación y la excluye de la clasificación de las ciencias que propone. Admite únicamente como ciencia la historia de la filosofía, y aun así como una disciplina puramente descriptiva.
Pcarson emprendió su campaña contra la filosofía movido por el deseo de combatir la concepción materialista del mundo, cosa que ni él mismo ocultaba. Cuando propone llevar hasta el final la “depuración” de la ciencia, para eliminar en ella la filosofía, se lanza a la crítica de categorías tales como materia y causalidad. V. I. Lenin indica que Pearson se solidarizaba con la definición de la materia por Mili como “posibilidad constante de sensaciones”.16 Pearson afirma reiteradamente que los hechos que describe la ciencia “depurada” de categorías filosóficas no son sino sensaciones humanas. “Para los objetos de la percepción exterior, el término conveniente será: “cambio de las impresiones sensibles”; y la palabra “movimiento” hay que emplearla como símbolo lógico de este cambio.”17 El problema de la cosa en sí, al decir de Pearson, carece de todo sentido científico.18 En este problema derivó, en grado considerablemente mayor que Spenccr, hacia el idealismo subjetivo
Se manifiesta contrario a la religión, pero, al mismo tiempo, interpreta la ciencia como una religión nueva, superior, que se encuentra “al servicio del espíritu humano”. Los investigadores, escribía, son los “sacerdotes de la ciencia”. De este modo, Pearson llega a una nueva variante de la idea de A. Comte, cuando éste proclamaba la necesidad de una “religión terrena”.
De su “religión de la ciencia” Pearson extraía conclusiones éticas ajustadas a las ideas de un liberalismo burgués enmascarado con un reformismo social. Su Ética del librepensamiento (1887) es una combinación ecléctica de la idea de la libertad de conciencia, de la libertad de amar y, finalmente, de la eugenesia, todo ello apoyado en la interpretación socialdarvinisla del principio de la “lucha por la existencia”. La eugenesia, según él, esta llamada a crear, por vía de la selección artificial, una “fuerte nación dominadora”.
Las ideas de Pearson fueron acogidas con simpatía entre los intelectuales burgueses que creían que el progreso industrial y comercial aseguraba a Inglaterra el primer puesto entre los países capitalistas. Dichas ideas no representaban peligro alguno para la religión y se acomodaban perfectamente a la política antiobrera del gobierno británico.
{4} Acerca de las concepciones filosóficas de J. S. Mill en los años 40 del siglo XIX, véase el tomo II de la presente HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, págs. 177-179.
{5} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1959, pág. 110.
{6} J. S. Mill, Sistema de lógica, trad. rusa, Moscú, 1914, pág. 11.
{7} H. Spencer, Primeros principios, trad. rusa, San Petersburgo, 1886, pág. 373.
{8} H. Spencer, Primeros principios, ed. cit., pág. 374.
{9} Véase: H. Spencer, Primeros principios, ed. cit., pág. 209.
{10} V. I. Lenin, El contenido económico del populismo y su critica en el libro del señor Struve, Obras completas, ed. esp. cit., t. I, pág. 431.
{11} H. Spencer, Primeros principios, ed. cit., pág. 313.
{12} H. Spencer, Principios de biología, trad. rusa. t. I, San Petersburgo, 1870, pág. 52.
{13} Cita tomada de: H. Collins, La filosofía de Herbert Spencer, trad. rusa, San Petersburgo, 1897, pág. 193.
{14} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. cit, pág. 367.
{15} Véase: V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 152.
{16} Véase: V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 152.
{17} Kart Pearson, La gramática de la ciencia, trad. rusa, San Pctersburgo, 1911, pág. 323.
{18} Ibídem, pág. 96.