Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo VI: 2

2. La reacción filosófica de los años 70 a 90. El idealismo absoluto.

En Inglaterra, cuando a fines del siglo XIX el capitalismo premonopolista se transforma en imperialismo, los sistemas idealistas empiristas de J. Bentham, J. S. Mill y H. Spencer comienzan a retroceder a un [376] segundo plano. El evolucionismo naturalista de este último comienza a aparecer peligroso a los conservadores. El lugar de estas doctrinas pasa a ocuparlo una nueva orientación de la filosofía inglesa: la escuela del idealismo absoluto.

La corriente del idealismo absoluto se apoyaba en un principio en Hegel, y hasta se le dio abiertamente la denominación de “anglo-hegelianismo”. Pero las principales figuras de dicha tendencia –T. Green, F. Bradley, J. Ward. los hermanos Caird. Me Taggart, Bosanquet y otros no tardaron en abandonar la idea hegeliana del desarrollo y el racionalismo hegeliano. Sobre los representantes del idealismo absoluto se dejó sentir la profunda influencia de Platón, Berkeley y los teólogos protestantes.

Las concepciones filosóficas de esta escuela, que se hacía en última instancia eco de los intereses de la burguesía monopolista, estaban llamadas a ocultar la naturaleza verdadera del imperialismo con todas las Contradicciones que le eran propias en el primer período de su desarrollo. Adversarios como eran de la concepción materialista del mundo y del socialismo, los idealistas absolutos apoyaban la política del capital monopolista inglés.

Los idealistas absolutos no negaban que entre las causas que dieron Origen a su filosofía figuraba la aspiración de proporcionar una base teórica a la religión y a la ética del bien y el mal absolutos, con ella relacionada.

El naturalismo biológico de Spencer no satisfacía a los círculos más conservadores de la burguesía inglesa de fines del siglo XIX, y los idealistas absolutos, como, por ejemplo, Edward Caird, procuraban interpretarlo como una repetición imperfecta de la dialéctica idealista de Hegel. Luchaban activamente contra el materialismo, las ciencias naturales y el darvinismo, apoyaban la seudociencia de la eugenesia y la antropología racista y predicaban el odio a la democracia.

Uno de los fundadores del idealismo absoluto fue el profesor de Oxford Thomas Green (1836-1882). En sus obras Prolegómenos a la ética y Lecciones sobre los principios de la obligación política (ambas aparecidas después de su muerte, la primera en 1883 y la segunda en 1901), combate la filosofía de Spencer y demás positivistas ingleses. Green partía de un punto de vista idealista anticientífico y de una interpretación metafísica de los fenómenos de la realidad objetiva para afirmar que la realidad auténtica existe en el seno del “sujeto infinito”, anterior al tiempo y a la materia. La realidad que los hombres perciben, según Green, está integrada por ciertas relaciones inmutables y específicas, producto del “sujeto infinito” e independiente de la actividad cognoscitiva de los sujetos empíricos, pero que en las percepciones de estos aparecen, particularmente, como relaciones entre percepciones distintas. Todo conocimiento es un conjunto de relaciones que, en última instancia, ostentan un carácter ideal, espiritual, a semejanza de lo que ocurre con las categorías de Hegel.

T. Green adulteraba, de conformidad con el idealismo objetivo, la relación real entre materia y conciencia al escribir que )a existencia de la [377] materia como sustancia “depende de la acción de esa conciencia de sí mismo de la que depende la unión de los fenómenos mediante las... relaciones”.19

La realidad que sirve de punto de partida es un cierto sistema de relaciones ideales que se encuentran en unidad interna, unidad que en sí ofrece un carácter infinitamente activo, divino. Dios, tal como lo concibe Green, es la autoconciencia supraindividual universal, que se diferencia cualitativamente de la conciencia del individuo.

El idealismo absoluto encuentra también reflejo en los trabajos de Francis Bradley (1846-1924): Estudios éticos (1876), Principios de lógica (1883), Apariencia y realidad (1893) y Realidad y pensamiento (1889).

Apoyándose en las ideas del idealismo hegeliano, Bradley atacaba las bases materialistas de las ciencias naturales de su tiempo. En Apariencia y realidad escribe que “fuera del espíritu no hay ni puede haber realidad alguna...”20 Según él, todo aquello que inherentemente lleva consigo la contradicción no puede tener existencia real. Y puesto que todo cuanto el hombre ve alrededor de él y conoce presenta contradicciones internas, ese mundo, afirma Bradley, no pasa de ser un fenómeno, una apariencia, una ilusión. “Todo cuanto nos rodea y vemos son fenómenos. Tomados como tal, los fenómenos son contradictorios, y por eso no pueden ser verdades de lo real...”21

Bradley trata de “suprimir” la materia que existe objetivamente y categorías tales como espacio, tiempo y movimiento. La verdadera realidad, opina, sólo puede ser no contradictoria, armónica, constante, “autosuficiente” y absoluta; los fenómenos, en cambio, no poseen estos caracteres. “La realidad suprema –escribe– es tal, que no se contradice a si misma.”22

A diferencia de Hegel, quien estimaba que el espíritu absoluto se mueve y evoluciona, hasta alcanzar la fase superior de su desarrollo, Bradley niega que lo absoluto presente contradicción alguna y que esté sujeta a desarrollo. Hegel era dialéctico. Bradley resultaba metafísico. Pero Bradley manejaba la dialéctica hegeliana para justificar con argumentos sofísticos el agnosticismo. Acepta con Hegel que el pensamiento es siempre interiormente contradictorio, pero la conclusión a que llega difiere de la hegeliana: el pensamiento humano se mueve en la esfera de los fenómenos y no afecta a la verdadera esencia del ser. De este modo, Bradley opone el fenómeno a la esencia y repite en gran parte los argumentos de Kant.

Bradley utiliza la filosofía idealista subjetiva de Berkeley y Hume –según la cual la realidad verdadera es el conjunto de sensaciones humanas– para afirmar que lo absoluto, como principio básico de su doctrina, puede ser percibido simultáneamente por la razón y por los sentidos. “Lo real puede ser real cuando es percibido”,23 escribe. [378]

La filosofía de Bradley es lógicamente contradictoria. Afirma que todos los juicios de los hombres sobre la realidad son internamente contradictorios y, al mismo tiempo, está convencido de que sus propios juicios sobre la naturaleza tienen un valor absoluto. En busca de salida de este atolladero, afirma que el pensamiento que alcanza la realidad auténtica ha de estar penetrado de un sentimiento “religioso”. Así, pues, Bradley no encuentra en última instancia otra solución que la de arrojarse en los brazos de la fe religiosa. Su doctrina sobre la realidad se reduce a un intento de proporcionar base filosófica a distintos dogmas místico-teológicos, aunque él, personalmente, no estaba de acuerdo con la teología oficial. Estimaba que la religión es el campo de lo “supramoral”. A este respecto concebía el mal y la presencia de contradicciones en el mundo de los fenómenos como producto de la imperfección, de la desarmonía, por lo cual recurría a lo absoluto “divino”, donde, según él, todo es perfecto y hermoso. “En lo absoluto –escribía– todo lo finito alcanza la perfección que busca.”24

Así surge la concepción que justifica el mal y las calamidades que afligen al mundo. Estas últimas son manifestaciones de la desarmonía, la cual, sin embargo, se transforma en armonía en lo absoluto. El representante político de lo absoluto en la tierra es el Estado burgués, supuestamente libre por su propia naturaleza de las contradicciones de clase.

En sociología, Bradley mantiene la idea de que los ciudadanos han de estar al servicio de la “todopoderosa y armónica” “integridad estatal”. Sus manifestaciones contra el utilitarismo individualista de Bentham y J. S. Mill reflejaban el robustecimiento de las tendencias centralistas dentro del pensamiento político burgués en vísperas de la época del imperialismo.

Concepciones filosóficas y político-sociales análogas expone también Bernard Bosanquet (1848-1923), otro representante de esta escuela. En Conocimiento y realidad (1885), Lógica (1888), Psicología de la persona moral (1897) y otras obras, al igual que Bradley, niega la existencia del mundo real independiente del sujeto. El mundo que nos rodea lo ve como una mera manifestación de lo absoluto. Lo absoluto, escribe, es un todo espiritual acabado y perfectísimo en el que los seres finitos permanecen como elementos subordinados a ese todo. Bosanquet deforma el verdadero fin de la investigación de la filosofía científica –el estudio de las leyes objetivas y universales del movimiento y desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento– cuando afirma que la filosofía se propone penetrar en el “espíritu del todo” y “seguir su desarrollo a través de los distintos géneros de experiencia (personal y social)”.

Sobre la doctrina del espíritu ideal, absoluto y armónico se levanta la teoría seudocientífica de Bosanquet acerca del Estado como un “todo” en el que se funde supuestamente la diversidad de los intereses sociales. La filosofía, afirmaba él, cuando considera la sociedad trata, ante todo, de los problemas de la relación entre el individuo y el Estado. Estas ideas quedan expuestas con particular claridad en su obra principal, La teoría filosófica del Estado (1899), en la que sostiene la necesidad de [379] crear un Estado poderoso, capaz de reprimir la lucha de las masas populares, las revoluciones y los levantamientos. La base del Estado, dice, es la propiedad privada; el individuo sin propiedad privada carece prácticamente de voluntad. Bosanquet exalta y justifica las guerras, en las que veía una manifestación del poder supremo del Estado dentro de la vida social. El Estado, escribía, no está obligado a atenerse al principio del deber en sus relaciones con otros Estados.

Contra el materialismo, desde el campo del idealismo absoluto, se pronunció también el psicólogo James Ward (1843-1925). En Naturalismo y agnosticismo (1889) y otros trabajos quiso utilizar los datos de la física moderna para “refutar” el materialismo; bajo la influencia de las ideas de Leibniz expone una concepción idealista del mundo como sistemas de mónadas espirituales en desarrollo, vinculadas entre sí por percepciones recíprocas. De entre todas estas mónadas, la superior es Dios. Ward enuncia la teoría de la “síntesis creadora”, de acuerdo con la cual el desarrollo de cualidades nuevas de la realidad tiene lugar bajo la dirección de fuerzas de carácter divino. La idea de la evolución, tal como él la interpreta, adquiere un carácter teológico.

Más influida todavía por las ideas religiosas es la concepción de Mac Taggart (1866-1925), quien afirmaba que toda filosofía verdadera “debe ser mística”, si no por su método, al menos “por sus conclusiones”. Atribuía a lo absoluto cierta emanación cósmica del “amor” divino.

El idealismo absoluto se extendió de Inglaterra a otros países del Imperio británico, y también a los Estados Unidos.

Al filo de los siglos XIX y XX el idealismo absoluto comienza a perder adeptos en Inglaterra: los intelectuales burgueses encuentran sus concepciones “pasadas de moda” y francamente espiritualistas. La clara hostilidad del idealismo absoluto hacia la ciencia era incompatible con los rápidos avances de las ciencias naturales y la técnica. A principios del siglo XX pasa a primer plano el denominado neorrealismo, que maneja los datos de la ciencia actual para levantar sobre ellos nuevas variedades del idealismo y el agnosticismo.




{19} Th. H. Greén, Prolegomena to Ethics, Oxford, 1883, págs. 55-56.

{20} F. Bradley, Appearance and Reality, Londres, 1893, pág. 552.

{21} Ibídem, pág. 120.

{22} Ibídem, pág. 137.

{23} F. Bradley, Essays on Truth and Reality, Londres, 1914, pag. 190.

{24} F. Bradley, Appearance and Reality, ed. cit., pág. 413.