Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 3 ❦ Capítulo VI: 3
3. El "geografismo" y el racismo en la sociología burguesa de Inglaterra.
En la segunda mitad del siglo XIX la sociología burguesa de Inglaterra, lo mismo que la filosofía, se desenvuelve bajo el signo de la apología del imperio colonial británico, de la propaganda del liberalismo burgués y del librecambio, de las ideas de la “paz de clases” y de la “solidaridad” del trabajo y el capital. Las teorías sociológicas más extendidas en este período son las del positivismo de Mill y Spencer, con su biologización de las leyes del desarrolla social; las diversas teorías geográficas y biológicas, que examinaban la sociedad desde el punto de vista del medio geográfico (Buckle y otros), y las teorías eclécticas de los “factores”, según las cuales la marcha de la historia depende por igual de un gran número de causas y condiciones equivalentes: biológicas, económicas, psicológicas, etc. La sociología burguesa de Inglaterra se caracteriza también [380] en este tiempo por la gran proliferación de teorías racistas, que argumentan y justifican la dominación colonial británica.
Entre los sociólogos reaccionarios encontramos a Francis Galton (1822-1911), quien expuso las bases de la eugenesia como “ciencia” especial de perfeccionamiento de la raza humana. La eugenesia se basa en el principio de que la igualdad de los hombres y los pueblos es imposible, de que la naturaleza misma ha hecho a unas razas “superiores”. llamadas a dominar, y a otras “inferiores”. En su libro El genio hereditario, sus leyes y consecuencias (1869), Galton toma la ley biológica de la selección natural y, transportándola sin una actitud crítica a la sociedad, afirma que las razas superiores (término bajo el que ante todo entiende a los ingleses), gracias a su capacidad para adaptarse al medio exterior, han de dirigir, por ley natural, a las razas y los pueblos “incapaces” de esta adaptación. Entre los incapaces incluía a los negros, los australianos y otros pueblos que habían caído bajo la dominación de los ingleses. La sociología de Galton se distingue por la negación de las leyes objetivas del desarrollo histórico y por el enfoque biológico de los procesos sociales.
Análogas concepciones racistas sustenta Benjamín Kidd (1858-1916). La principal fuerza motriz del desarrollo social la ve en el principio biológico de la lucha por la existencia, en la que triunfan las razas y tribus mejor adaptadas. De ella deriva la conclusión racista de que existen razas superiores e inferiores y de que las primeras están en el derecho de imponer su voluntad a las segundas. Tratando de definir la naturaleza del progreso social. Kidd manifiesta que este progreso reside en la suavización de las contradicciones de clase y en la actitud “favorable” de la burguesía y los terratenientes hacia las clases trabajadoras. En esta suavización de las contradicciones de clase, el papel principal lo atribuye a la religión, afirmando que las prédicas cristianas contribuyeron a templar las costumbres y al triunfo del humanismo en el período del feudalismo occidental europeo.
Kidd se opone decididamente a los avances del conocimiento científico.25 La acumulación de conocimientos positivos, afirmaba, no tiene nada de progresivo, pues conduce a) incremento del ateísmo, y el ateísmo priva a los hombres de la moral. El sociólogo inglés se manifiesta abiertamente contra la teoría del socialismo científico, la lucha de clases y el movimiento revolucionario del proletariado. Para “demostrar” la imposibilidad del socialismo recurre a estos dos “argumentos”: 1) el carácter eterno de la competencia, que, según él, se deriva del principio biológico de la lucha por la existencia, y 2) las leyes biológicas específicas. a las que él atribuye vigencia en la sociedad, y que robustecen las relaciones de clase basadas en la armonía entre el trabajo y el capital.
El sociólogo ruso M. Kovalevski hizo en su obra Sociólogos contemporáneos (1905) una crítica a fondo, aunque no del todo consecuente, de las ideas de Kidd. El defecto principal de éste era, según Kovalevski, la confusión de las leyes de la biología y las leyes de la sociedad. “... La [381] experiencia diaria –escribía Kovalevski– nos enfrenta con la siguiente forma de herencia, que se manifiesta en las sociedades humanas. Consiste en la transmisión por las generaciones adultas a las generaciones jóvenes del conjunto de conocimientos positivos y de experiencia técnica, que en su parle mayor recibieron ellas mismas de sus antepasados.”26 De ahí que la categoría biológica de la herencia no pueda ser trasladada al proceso social de desarrollo, cualitativamente distinto. Con idéntica energía rechaza Kovalevski la identificación que Kidd hace de la lucha biológica por la existencia y la competencia capitalista.
Finalmente, el sociólogo ruso expone una serie de ejemplos demostrativos de que Kidd no tiene razón al afirmar que la Iglesia cristiana y la moral que ella predica suavizan las costumbres y contribuyen a la expansión del humanismo.
A pesar de la debilidad y el carácter anticientífico de los argumentos sociológicos de Kidd, éstos adquirieron carta de naturaleza entre los sociólogos burgueses de Inglaterra y fueron recogidos por los líderes oficiales de los partidos burgueses para “fundamentar” la política colonial británica.27
No fue menor el éxito entre los políticos y sociólogos burgueses de Inglaterra de Henry Thomas Buckle (1821-1862), quien atribuía principalmente a las condiciones geográficas el poderío del Imperio británico. Buckle fue uno de los fundadores de la denominada orientación geográfica en sociología. A la vez que reconocía la ley del progreso histórico, en su obra principal, Historia de la civilización en Inglaterra (1857-1861), afirmaba que la economía y la política, las relaciones de clase y las distintas formas de la conciencia social vienen determinadas por el clima, el suelo y otras propiedades naturales del medio geográfico. Buckle estimaba que, en dependencia del clima, unos pueblos se hallaban en un estado de esclavitud y otros ocupaban una situación dominante. De las condiciones geográficas deducía el inevitable aniquilamiento físico de los pueblos coloniales. “No hay un ejemplo en la historia –escribía– de que el pueblo de un país tropical cualquiera, con una acumulación considerable de riquezas, haya eludido ese destino...”28 Junto al criterio geográfico, en el examen de los acontecimientos históricos, Buckle sustentaba el punto de vista psicológico. Estimaba que el medio geográfico determina las propiedades de la psique humana, la cual, a su vez, engendra las formas económicas que le son correspondientes.
Un puesto visible en la historia de la sociología burguesa de Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX corresponde a Alfred Marshall (1842- 1924), economista y sociólogo, profesor de la Universidad de Cambridge. Su obra principal, Los principios de la ciencia económica, apareció en [382] Londres, en 1890. Marshall, lo mismo que Spencer, Galton y Kidd, toma la sociedad desde el punto de vista de las leyes biológicas. La economía política y la sociología las considera como parte de la biología. En sus trabajos se sustenta la idea de que la propia naturaleza hizo de los ingleses una raza dominante. El sociólogo valora el modo capitalista de producción como manifestación natural de la lucha por la existencia.
Enemigo acérrimo del marxismo, Marshall rechaza la teoría de la plusvalía de Marx. Según él, la ganancia de los capitalistas no es otra cosa que el pago que perciben por dirigir la producción. De ahí que negase la existencia de la explotación del proletariado por los capitalistas y la teoría marxista de la depauperación absoluta y relativa de las masas trabajadoras bajo el capitalismo. Marshall sostiene que la depauperación de los trabajadores que se observa en la sociedad capitalista es consecuencia solamente de los vestigios del feudalismo que aún se conservan. Al afirmarse definitivamente el capitalismo, asegura, la situación de los trabajadores mejorará constantemente, de la misma manera que aumentarán las ganancias de los capitalistas.
Al decir de este sociólogo burgués, es posible mantener la propiedad privada sobre los medios de producción y, al mismo tiempo, mediante una “justa” distribución de los productos obtenidos, acabar con todas las “injusticias” del régimen de explotación. Esta tesis de Marshall sirvió de base al programa político de los reformistas ingleses, que invitaban a sustituir la lucha revolucionaria del proletariado contra el capitalismo por reformas sociales que no rebasasen el marco del propio sistema capitalista.
Las concepciones sociológicas de Marshall guardaban afinidad con las teorías psicológicas del desarrollo social. Examina la sociedad como un organismo social compuesto de “células” –individuos biológicos– y supone que tanto la sociedad en su conjunto como cada individuo por separado son un cierto conglomerado de estados y reacciones psíquicas. La propiedad privada trata de explicarla por la aspiración que los hombres experimentan hacia ella, y las relaciones entre el trabajo y el capital las atribuye a los sentimientos y emociones de que supuestamente se integran las clases opuestas. En última instancia, Marshall se atiene a la tradicional concepción idealista subjetiva de la sociedad como un producto de la psique humana individual. Su sociología es una doctrina ecléctica que admite en la sociedad tres factores: el biológico, el económico y el psíquico, con el predominio, por lo común, del “factor” biopsíquico sobre el económico.
Engels señala la inconsistencia de la teoría de los “factores”, enunciada por algunos sociólogos burgueses, entre ellos Marshall. En la carta a Starkenburg del 25 de enero de 1894 escribía: “El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico... Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia..”29
Algunos sociólogos e historiadores burgueses de Inglaterra trataron de modificar la teoría de los “factores”, señalando el papel primordial de las [383] condiciones económicas en la vida social. Así, en 1893 apareció la Historia económica de Inglaterra, de W. J. Ashley, y en 1888 la obra de J. E. T. Rogers La interpretación económica de la historia. En ambos trabajos se sustenta la idea de que sólo la economía explica en última instancia las causas del progreso social y que, por esta razón, el sociólogo y el historiador que no lo tienen presente caen en una situación extremadamente difícil. Ashley examina las distintas categorías de la sociología, la economía política y la historiografía y subraya que no son una invención de los investigadores, sino el reflejo en el cerebro del hombre de procesos reales de la vida social, que ostentan un carácter histórico. “No son abstracciones lógicas –escribía–, sino, únicamente, reflejos, que se modifican en el campo del pensamiento, de fenómenos que se modifican de la vida social. El derecho abstracto de propiedad no existe, pero en tiempos diversos existieron distintos derechos de propiedad; de la misma manera, las cosas no llevan ninguna marca que las convierta para siempre en capital; existen sólo medios que se modifican, vinculados a la posesión de riquezas y que sirven para adquirir nuevas riquezas.”30
No obstante, ni Ashley ni Rogers pudieron ir más allá del “materialismo económico”. No comprendían el papel de la lucha de clases en la vida de la sociedad ni la misión histórica universal del proletariado. Sociólogos burgueses como eran, aun de la corriente más radical, consideraban la política burguesa como una política natural y no elevaban el concepto del progreso social hasta el reconocimiento de la necesidad de reemplazar el capitalismo por el socialismo. En algunos casos retornaban a la decantada teoría de los “factores”.
John William Draper (1811-1882) fue, seguramente, el sociólogo inglés que más descuella en la segunda mitad del siglo XIX. Buena parte de su vida residió en los Estados Unidos, donde llegó a ser profesor de química y filosofía. Era también un fisiólogo excelente.
Como sociólogo, gozó de notoriedad entre los círculos burgueses gracias a su Historia del desarrollo intelectual de Europa, de la que en los años 60 y 70 se hicieron numerosas ediciones; en ruso fue editada en 1885 y 1900. “Me parece –escribía en 1863, en el prefacio de dicha obra– que hasta el presente nadie ha tratado de poner los datos relativos a la historia intelectual de Europa en concordancia con los principios fisiológicos y, de este modo, explica el progreso correcto de la civilización; de la misma manera, nadie ha agrupado los hechos que nos proporcionan otras ramas del saber con objeto de explicarnos las condiciones en que este progreso se realiza. Estos defectos filosóficos son los que he tratado de suplir en las páginas que siguen.
Gracias a este procedimiento de investigación, la historia, vista a través de la fisiología, se nos aparece bajo un aspecto completamente distinto.”31
Así, pues, el sociólogo inglés interpreta la historia de la humanidad [384] como un efecto de las leyes fisiológicas. A semejanza de Spencer y otros partidarios de la teoría orgánica de la sociedad, enfoca los procesos sociales como procesos análogos al desarrollo biológico del organismo animal aisladamente. “La vida de cada individuo por separado –proclama Draper– es, en miniatura, la vida de la nación.”32
Al identificar la vida individua) y la social, Draper afirma que cada nación y cada Estado conocen períodos de infancia, crecimiento, ascenso y, finalmente, de decadencia. Como en el capitalismo ve el producto superior del ascenso, propone que se luche para prolongar al máximo la época capitalista. Draper idealiza en todos los sentidos la democracia burguesa. “No observa” “ninguno de sus antagonismos sociales”, “no advierte” la explotación del proletariado. El sociólogo burgués subordina al desarrollo de la razón el desarrollo concreto de la vida económico-social. “... Cambia el modo de pensar –manifiesta– y al propio tiempo cambian también las acciones.”33
Partiendo de su concepción idealista de la historia, establece cinco períodos de la vida social, que se desprenden, según él, de la penetración gradual de la razón en todos los poros de la sociedad; son las edades de la credulidad, de la investigación, de la fe, de la razón y, por último, de la decadencia, relacionada con la degradación de la razón. El sociólogo inglés se encuentra aquí bajo la vigorosa influencia de la doctrina de Comte sobre las tres etapas del desarrollo social. Sin embargo, es más pesimista que Comte, pues, en última instancia, afirma la desaparición de la sociedad como algo inevitable. Su pesimismo va unido al auge del movimiento obrero en Inglaterra y otros países, a la propagación de las ideas socialistas entre el proletariado.
Draper exagera el papel del factor geográfico. Las diferencias de clima, sostiene, condicionan las diferencias de usos y costumbres, y seguidamente las diferencias en cuanto al carácter de la civilización. De conformidad en un todo con la concepción geográfica de la sociedad, manifiesta: “... Los Estados que se extienden de Este a Oeste han de ser mucho más fuertes que los que van de Norte a Sur. Opino que esto fue una de las causas más importantes de la grandeza y solidez de Roma, y que, en grado considerable, facilitó la labor de gobierno de sus emperadores, que a menudo se vieron en situaciones muy embarazosas. En la dirección Oeste y Este existe la tendencia natural a la homogeneidad, y en la de Norte y Sur a la diferencia y el antagonismo, y el gobierno, en estas últimas condiciones, exigirá la máxima prudencia.”34
La sociología de Draper refleja la tradicional tendencia de la burguesía inglesa al compromiso con los elementos feudales. Ejerció, y hasta ahora ejerce, señalada influencia sobre los primeros jefes de las trades-union inglesas, y también sobre los denominados socialistas fabianos. Los líderes oportunistas del movimiento obrero inglés echaron mano de las ideas de los sociólogos burgueses para combatir al marxismo. Así se puede ver muy especialmente cuando nos paramos a considerar las fuentes [385] ideológicas de la Sociedad Fabiana,35 fundada en 1884 por Sidney y Beatriz Webb. Los “socialistas fabianos” proponían para la lucha con el capitalismo una táctica cauta y lenta, oponían el evolucionismo a la doctrina marxista de las revoluciones sociales y negaban la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Proclamaban los fabianos el régimen socialista como producto de la selección social consciente y, siguiendo en particular a Draper, veían en la razón y la “propaganda sensata” el instrumento único del progreso social. El programa de la Sociedad Fabianá decía abiertamente que sus adeptos se diferenciaban de los demás socialistas en que se negaban de la manera más rotunda a unificarse dentro de una organización y que tal Sociedad “existe para la investigación eñ común, la discusión en común y la propaganda”36 Declaraban también los fabianos que no iban contra la propiedad privada capitalista en general, sino sólo contra algunas de sus manifestaciones. Reducían la sociología a las relaciones entre el individuo y la sociedad y resolvían este problema conforme el espíritu del librecambio.
En su carta a F. A. Sorge del 18 de enero de 1893, F. Engels desenmascaraba la naturaleza burguesa del “socialismo” fabiano. “... Aquí eñ Londres los fabianos son una banda de arribistas bastante sensatos como para comprender que la transformación social es inevitable, pero que de ninguna manera quieren confiar este trabajo de gigantes exclusivamente al proletariado carente de madurez. Y por eso tienen a bien el encargarse de dirigirlo. Su principio fundamental es el miedo a la revolución...' Si socialismo lo dibujan como una consecuencia extrema, pero' inevitable del liberalismo burgués. De aquí su táctica: no mantener una lucha decidida con los liberales como adversarios, sino empujarlos hacia conclusiones socialistas, es decir, engañarlos, “impregnar el liberalismo de socialismo”, no presentar frente a los liberales candidatos socialistas, sino introducirlos subrepticiamente e imponérselos a los liberales, es decir, hacerlos votar engañosamente. Pero no comprenden, naturalmente, que ellos mismos serán engañados o burlados, o bien traicionarán al socialismo... Mas cuando vuelven a su táctica específica de velar la lucha de clases, las cosas marchan mal. La lucha de clases hace que nos odien fanáticamente a Marx y a todos nosotros.
Los fabianos cuentan, naturalmente, con muchos partidarios burgueses...”37
Esta característica de Engels revela claramente la orientación políticosocial que los fabianos seguían en sus actividades teóricas y prácticas. [386]
{25} Véase: B. Kidd, La evolución social, trad. rusa, San Petersburgo, 1897, capítulo IX y otros.
{26} M. Kovalevski, Sociólogos contemporáneos, ed. rusa, San Petersburgo, 1905, pág. 213.
{27} “El líder de los conservadores ingleses, Joseph Chamberlain, ministro de Colonias a fines del siglo XIX y comienzos del XX, manifestó que el libro de Kidd El control de los trópicos le había producido una “impresión indeleble”. (Véase la recopilación de artículos La etnografía angloamericana al servicio del imperialismo, ed. rusa, Moscú, Ed. de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., 1951, pág. 71.)
{28} H. T. Buckle, Historia de la civilización en Inglaterra, trad. rusa, San Petersburgo, 1895, pág. 31.
{29} C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, ed. esp., t. II, Moscú, 1952, págs. 474-475.
{30} W. J. Ashley, La historia económica de Inglaterra en relación con la teoría económica, Moscú, 1897, pág. 736.
{31} J. W. Draper, Historia del desarrollo intelectual de Europa, en dos tomos, trad. rusa, Kiev, 1900, págs. VII-VIII.
{32} J. W. Draper, Historia del desarrollo intelectual de Europa, ed. cit., pág. VII.
{33} Ibídem, pág. 21.
{34} Ibídem, pág. 17.
{35} La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Fabio Máximo, que en la lucha contra Cartago adoptó una táctica de extremada prudencia, lo cual le valió el título de “El Contemporizador”.
{36} El programa de la Sociedad Fabiana fue insertado como Apéndice en la Historia del siglo XIX de Lavisse y Rambaud, ed. rusa, t. VIII, 1907, pág. 292.
{37} C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 459.