Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 4 ❦ Capítulo I: 3
3. La concepción del mundo de F. M. Dostoievski.
Los profundos cambios sociales y la lucha de clases que tienen lugar en Rusia a mediados y en la segunda mitad del siglo XIX encuentran reflejo en la obra de escritores tan geniales como F. M. Dostoievski y L. N. Tolstói. Ni uno ni otro cultivaron especialmente la filosofía, pero, a pesar de esto y de los profundos errores en que incurrían al resolver los problemas filosóficos, el mero planteamiento abierto y sin temores de las espinosas cuestiones de la destrucción de lo viejo y de la implantación del nuevo modo de vida tenía ya un gran valor filosófico.
Las ideas filosóficas de Dostoievski y Tolstói exigen un análisis científico, tanto más que los aspectos reaccionarios de sus concepciones son exaltados y exagerados por el idealismo contemporáneo, que echa mano de ellos, mientras que su obra se ve falsificada en los trabajos de muchos historiadores burgueses de la literatura y la filosofía.
El gran escritor ruso Fedor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881) expresa en forma peculiar las contradicciones de su época. Las cartas del joven Dostoievski hablan de su profundo interés por la filosofía. Pero en sus concepciones filosóficas se dejaba sentir, ya entonces, el peso de las ideas místicas y religiosas. La base del ser la veía en Dios y en la “naturaleza espiritual pura”. “... Nuestro mundo –decía el escritor– es e! purgatorio de los espíritus celestes nublados por el pensamiento del pecado.” Estimaba que el hombre es un “hijo bastardo” del espíritu supremo y que su razón no puede alcanzar la creación divina, la naturaleza, el alma, el amor, etc. “Esto nos lo da a conocer el corazón, y no la razón”, puesto que la razón es una facultad material. “... El poeta, en el impulso de la inspiración, adivina a Dios –escribía Dostoievski–; por consiguiente, cumple: una misión filosófica. Por tanto, la filosofía es también poesía, sólo que en su más alto grado.”83 Así, pues, el arte y la filosofía son para Dostoievski la revelación suprema.
No obstante, a pesar de estas tendencias idealistas religiosas, en la obra del joven escritor se dibujan netamente su descontento con el orden de cosas existente y su simpatía hacia los humillados y ofendidos. Su humanismo se forja bajo la influencia del movimiento revolucionario de liberación, de las tradiciones ilustradas y de amor a la libertad de la literatura clásica rusa y mundial. Su amistad con Belinski y su participación en el círculo de los “petrashevtsi” nos prueban el interés de Dostoievski en ese período hacia el socialismo utópico.
Después de la disolución del círculo de los “petrashevtsi”, hecho que coincide con la derrota de la revolución de 1848 en Europa Occidental, los verdugos zaristas someten a Dostoievski al infame simulacro de ejecución de una pena de muerte dictada contra él, que en los últimos momentos es conmutada “generosamente” por diez años de trabajos forzados y destierro. El hundimiento de las ilusiones utópicas y las represiones del zarismo alejaron al escritor de las ideas y aspiraciones de su juventud; hacia 1860 se produce en él un viraje hacia la ideología reaccionaria y la [42] filosofía mística. Las esperanzas de Dostoievski se vuelven hacia la autocracia y la religión ortodoxa, y esto encuentra un funesto reflejo en sus obras, que pierden muy sensiblemente en realismo. No obstante, su producción artística es prueba de que también en este segundo período de su creación, el más importante, permanece fiel al humanismo, en contradicción con sus reaccionarias ideas político-sociales y a pesar de sus concepciones filosóficas, que se nutrían del idealismo religioso.
La contradicción interna de las concepciones y la obra de Dostoievski derivaba, ante todo, de la posición social de las capas pequeñoburguesas que gozaban de la simpatía del autor, cuya tragedia describe él con tanta brillantez en sus novelas.
Como gran artista que era, Dostoievski fustiza airadamente la hipocresía, la afectación y la rapacidad del régimen burgués. En Crimen y castigo, El idiota, El adolescente, Los hermanos Karamázov y otras obras, creó tipos formidables por el vigor de acusación que encerraban y recogió can el talento que le era propio una época en que a primer plano pasaban los hombres de presa del capitalismo, con su divisa de “todo está permitido”. Mas, a la vez que rechazaba el modo de vida burgués, Dostoievski combatía el papel histórico de la revolución, negaba el socialismo como único camino real para modificar las condiciones existentes. Puesto ante el hecho consumado del desarrollo del capitalismo en la época posterior a la reforma e incapaz de comprenderlo y enjuiciarlo acertadamente, el escritor busca la salida en el perfeccionamiento del individuo a través de la moral religiosa, en la utopía reaccionaria. Esto le condena, como pensador, a la prédica ético-religiosa del amor universal, de la purificación del hombre por medio del sufrimiento; le conduce a la prédica del pesimismo, la pasividad y el misticismo.
La filosofía idealista, que le servía de base, le impedía encontrar una respuesta acertada a los problemas candentes de su tiempo.
Las concepciones filosóficas de Dostoievski en los años 60 encuentran expresión en su obra: en las cartas, en el Diario de un escritor y en los artículos político-sociales que publica en las revistas Vremia (El Tiempo) y Epoja (La Época).
La atención de Dostoievski como pensador se centra no tanto en los problemas de gnoseología y ontología como en los de ética, religión, estética y, en parte, sociología.
Como idealista, Dostoievski consideraba que el perfeccionamiento moral del individuo trae consigo el cambio de las costumbres de la sociedad. Para él no existía una teoría científica del desarrollo de la naturaleza y la sociedad. Asignaba a la razón un último puesto y todas las esperanzas las cifraba en el sentimiento, en el “corazón”, en la “divina alma viva del hombre”. Las raíces de la moral, según él, están en la fe en Dios y en la inmortalidad del alma. El incremento de la inmoralidad y de la delincuencia, consecuencia del capitalismo, lo atribuía erróneamente al ateísmo, al materialismo filosófico.
La ética de Dostoievski, que predicaba las ideas cristianas del perfeccionamiento individual, iba contra la teoría –enunciada por los demócratas revolucionarios rusos– del papel activo del medio social y de la necesidad de modificarlo para cambiar las creencias y la moral de los hombres. [43] En ella veía erróneamente un menoscabo de la libertad y el valor de la persona, la reducción de la naturaleza “misteriosa” y “enigmática” del hombre al “teclado de un piano”. El escritor trataba de encontrar el camino de la regeneración moral del individuo con ayuda del “amor cristiano activo”. El medio cambiará cuando seamos mejores, repelía a menudo como objeción a los filósofos materialistas.
Pero las concepciones éticas de Dostoievski quedaban refutadas por su producción artística, que condenaba con extraordinario vigor la moral burguesa, con su afectación y su caridad aparente, el poder del dinero (Baal) sobre los hombres y la acomodación de las consignas de libertad, igualdad y fraternidad a los fines de la burguesía. “¿Qué es la liberté? –escribía Dostoievski–. La libertad. ¿Qué libertad? La libertad igual para todos de hacer cuanto se quiera dentro de los límites que marca la ley. ¿Cuándo se puede hacer cuanto se quiera? Cuando se posee un millón. ¿Da la libertad un millón a cada uno? No. ¿Qué es un hombre sin un millón? Un hombre sin un millón no es aquel que hace cuanto quiera, sino aquel con el cual se hace cuanto se quiera.”84
A pesar de estas ideas de Dostoievski acerca del individuo –que los actuales teóricos burgueses tratan de aprovechar para calificarlo de “personalista”85 y de pensador religioso– en su obra artística el hombre no es una mónada mística, sino una persona de su tiempo que vive y sufre, con las características inherentes a la capa social a la que pertenece.
Las concepciones humanistas de Dostoievski, internamente contradictorias, venían dictadas por el agudo dolor y la inquietud que le inspiraban la suerte de su patria y el destino de las gentes modestas. Refiriéndose a este rasgo de la obra de Dostoievski, N. A. Dobroliúbov escribe: “Es el dolor inspirado por el hombre que se reconoce incapaz o, finalmente, incluso sin derecho a ser un hombre auténtico, completo, independiente, a ser él mismo. “Cada uno ha de ser persona y tratar a los demás como personas”: tal es el ideal que se ha formado en el alma del autor al margen de todo género de concepciones convencionales y parciales, parece ser que incluso al margen de su propia voluntad y su conciencia, como algo a priori, como algo que forma parte de su propia naturaleza.”86
Dostoievski odiaba el capitalismo con toda la pasión del pensador y del artista, pero, perdida la fe en los ideales del socialismo utópico, no supo oponer a la ideología y la moral burguesas otra cosa que las ideas del cristianismo primitivo. No percibía la esencia de clase del “humanismo cristiano”, la divisa del cual –“Dios padeció y nos manda que padezcamos”– servía a la Iglesia, puesta a las órdenes de las clases dominantes, en sus deseos de reconciliar al verdugo y a la víctima. A pesar de ello, el humanismo de Dostoievski, como escritor realista, no podía ser circunscrito a las formas de ese “humanismo cristiano”, por cuanto su creación artística rechazaba a menudo el “perdón universal” del cristianismo y presentaba ideas anticlericales que se rebelaban contra la existencia de Dios. [44]
Katerina Ivánovna, una de las heroínas de Dostoievski, víctima de la miseria y las calamidades, ejemplo vivo del absurdo que significa confiar en la misericordia cristiana, lanza un reto a Dios a las puertas de la muerte: “¡Yo no he pecado! Sin necesidad de eso Dios ha de perdonar... ¡El sabe cuánto he sufrido!... ¡Y si no me perdona, que no me perdone!...”87
Cuando Raskólnikov refuta las esperanzas de Sonia Marmeládova –con su infantil impotencia– en la misericordia de Dios, afirma que ella se sacrificó y traicionó inútilmente.
El verdadero humanismo y el realismo del escritor condenan en El idiota al fracaso el amor cristiano del príncipe Mishkin a los hombres. Y en Los hermanos Karamázov, los argumentos del ateo Iván son tan superiores a las profecías religiosas de Zósimo que el monje Aliosha “no acepta la armonía mundial” si ésta “se basa siquiera sea en una lágrima de un solo niño martirizado”.
Dostoievski comprendía el carácter contradictorio y la fragilidad de su posición en las cuestiones filosófico-religiosas; Dios y la religión no se acomodaban bien en su alma, inclinada a la rebeldía.
En febrero de 1854 Dostoievski escribía a N. D. Fonvízina, esposa de un decembrista: “... Soy hijo del siglo, hijo de la falta de le y de la duda, que no me han abandonado e incluso (yo lo sé) me acompañarán hasta la tumba. ¡Qué terribles sufrimientos me ha costado y me cuesta ahora esta sed de creer, que crece en mi alma cuanto más aumentan en mí los argumentos en contra!”88 En 1870, cuando pensaba en la novela Vida de un gran pecador, escribió: “El problema principal, que figurará en todas sus partes, es el mismo que consciente e inconscientemente me ha atormentado a mí toda la vida: la existencia de Dios.”89 No en vano afirmaba Dostoievski en sus cartas que su “hosanna había pasado por el gran crisol de la duda”; más que creer, quiere obligarse a creer en Dios. Con esto guarda relación el incremento de los elementos antirreligiosos y anticlericales en su obra durante los últimos diez años de su vida. En las meditaciones filosóficas de Dostoievski, el marco del dogma eclesiástico, de la religión canónica, se hace cada vez más estrecho. “¿Qué es ahora el religioso para el pueblo? Una persona sagrada cuando está en el templo o cuando administra los sacramentos. Pero en su casa, para el pueblo, es un hombre que se preocupa únicamente del dinero. No se puede vivir así. Acaso no se salvará ni la fe. En verdad que el pueblo se cansará de creer. Sin el ejemplo, las palabras de Cristo no son nada. Y tú le vendes por dinero las palabras de Cristo.”90
El escritor combate vigorosamente a los jesuitas, el papado, el protestantismo, la beatería y la hipocresía religiosa, su complicidad con las clases explotadoras. La Leyenda del Gran Inquisidor es una obra en la que denuncia el catolicismo.
Dostoievski condenaba las prédicas jesuíticas y la Inquisición por [45] considerar que “su ideal es el ideal de la violencia sobre la conciencia humana y la conversión de la humanidad en un rebaño”.91
El idealismo religioso de que Dostoievski partía veíase corroído por infinitas dudas. El escritor comprendía que el hombre civilizado no puede creer “incondicionalmente en la naturaleza divina de Jesucristo hijo de Dios”. “Pero –reflexionaba– si la religión ortodoxa es imposible para el hombre culto (y dentro de cien años lo será la mitad de Rusia), quiere decirse que todo esto es un artificio...”92
La concepción del mundo de Dostoievski en los años 60-70 son un conjunto de flagrantes contradicciones entre las tendencias humanistas y las ideas reaccionarias en filosofía y sociología. En la década del 60, las revistas Vremia y Epoja, que Dostoievski editaba junto con su hermano, le sirvieron para predicar la reaccionaria teoría del “terrenalismo”, peculiar variedad del eslavismo, que se proponía la conciliación de las clases hostiles de Rusia, la vuelta de los intelectuales al seno de la autocracia y de la Iglesia ortodoxa, a la vez que exponía argumentos en pro de la tolerancia y la mansedumbre. Dostoievski formulaba así su teoría: “Encontrarse sobre el suelo, estar con el pueblo de uno, significa creer que a través de ese pueblo justamente se salvará la humanidad entera y en el mundo imperarán la idea definitiva y el reino de los cielos.”93 En el hecho de alejarse de este “terreno”, que en realidad no existía, veía Dostoievski las raíces de la incredulidad, del nihilismo y de la afición hacia las teorías socialistas de Occidente. Lo más reaccionario del “terrenalismo” era su negación del socialismo científico y los rabiosos ataques contra e materialismo. Conclusiones prácticas de esta utopía eran la prédica de la ética religiosa y la teoría de los “asuntos pequeños”. “Si te ves dominado por el tedio, gran filósofo, al no ver una tarea digna de tu talla a la cual puedas dedicarte –escribía–, enseña a leer a un niño... hazle una caricia y ayúdale. A veces es necesario lo pequeño, lo muy pequeño, y la semilla que lances será eterna.”94
Adeptos del “terrenalismo” y de la teoría de los “asuntos pequeños” fueron N. N. Strájov y A. A. Grigóriev, colaboradores de la revista de los hermanos Dostoievski; a principios del siglo XX recurrieron a ella decadentistas de todo género y los partidarios de Veji.
Las ideas del “terrenalismo” encontraron su expresión definitiva en el Discurso sobre Pushkin (1880), que fue la última intervención pública [46] de Dostoievski. En un ambiente en que maduraba la situación revolucionaria, llamó a los intelectuales a dar prueba de “sumisión”, al objeto de curar su turbada alma con el amor universal que agrupe a la humanidad alrededor del “pueblo portador de Dios” dentro de la Iglesia ortodoxa.
Dostoievski, que consideraba inhumano el régimen burgués, lanzaba injustas acusaciones contra el socialismo y el comunismo, cuya esencia no llegó a comprender.
La base filosófica de las concepciones ético-religiosas y de la reaccionaria sociología de Dostoievski en los años 60 y 70 era el idealismo objetivo transformado en misticismo. Todo cuanto rodca al hombre en la tierra y las ideas y sentimientos del propio hombre son para él un reflejo de misteriosos mundos celestes. Su agnosticismo aparece en la duda acerca de la capacidad de nuestros sentidos para darnos una idea acertada del mundo circundante, en la negación de lo racional y en la limitación del conocimiento sensorial. “Las raíces de nuestras ideas y nuestros sentimientos no están aquí, sino en otros mundos.”95 Por eso, la limitada mente del hombre es incapaz de comprender el misterio divino de la naturaleza: “La esencia de las cosas... no la podemos comprender en la tierra.”96 En los Cuadernos de apuntes para Los demonios, Dostoievski escribe: “Admito la existencia de la materia. pero no sé en absoluto si la materia es material.”97
La fuerza del conocimiento. mejor dicho. de la capacidad de penetrar en el misterio “divino” del hombre y de los fenómenos que le rodean, revestido en forma de peculiar éxtasis místico-religioso, la poseen, principalmente, los tarados. los inferiores, los poco capacitados mentalmente, en quienes la razón ha sufrido lesiones y que se mueve más que nada a impulsos de los sentimientos, del “corazón”.
La naturaleza profundamente contradictoria de las ideas de Dostoievski se pone también de relieve en su concepción de los problemas de la estética. Por sus convicciones teóricas, en los años 60-70 era enemigo de la estética realista de la democracia revolucionaria. Negaba el papel político-social, educativo, de la literatura. protestaba contra la “orientación” y la “acusación” y rechazaba el principio de lo “beneficioso” en la estética por considerarlo “utilitarismo en el arte”. Al propio tiempo, jamás compartió hasta el fin las ideas de los teóricos del “arte por el arte”; afirmaba que éste no ha de permanecer al margen de la vida, que la influencia de la obra artística depende del espíritu humanista y de la clarividencia del escritor. Dostoievski enunció la teoría del “beneficio hipotético”, remitiendo los frutos de la acción del arte a un porvenir remoto. Por encima de todo colocaba la “libertad de creación”, comprendida como un campo independiente que no guarda ninguna relación directa con la sociedad ni con sus apremiantes intereses. “Nosotros creemos –escribía en el artículo El señor Bov y el problema del arte– que el arte posee su vida propia, íntegra y orgánica, y, por consiguiente, hay también leyes fundamentales e inmutables que rigen esta vida.”98
Frente a las imágenes positivas de hombres nuevos que Chernishevski [47] presenta y cuya fuerza y belleza espiritual Dostoievski no pudo comprender y valorar, bajo el peso de la estética idealista él creó toda una galería de personajes que, a su entender, poseían la belleza de los hombres positivos. Pero los tipos de monjes, de ascetas, de hombres cristianamente mansos, que Dostoievski creó bajo la influencia de la estética idealista, carecían de vida, eran raquíticos. Así hubo de reconocerlo el propio escritor. La marcha de los acontecimientos en El idiota revela el carácter utópico de la esperanza del autor acerca de que “el mundo se salvará por la belleza”. Dostoievski, como artista, acusa justamente al régimen burgués que convirtió la belleza en una mercancía que se compra y se vende. La propia belleza ha de ser salvada. La figura de Nastasia Filíppovna –encarnación de la belleza física y moral mancillada– es una acusación al mundo entero en el que reina la rapacidad burguesa.
La profunda contradicción interna que existe entre las ideas y la obra de Dostoievski ha conducido reiteradamente a valoraciones contradictorias de su producción literaria. Los rasgos reaccionarios de su ideología eran incompatibles con el modo de pensar de los hombres avanzados de Rusia, mas su obra contenía un valioso núcleo humanista. De ahí que Dobroliúbov, Saltikov-Schedrin, Antonóvich y Pisarev, que criticaban la filosofía idealista religiosa de Dostoievski, lo defendiesen al mismo tiempo como escritor realista.
Los liberales burgueses, los reaccionarios y los servidores de la Iglesia hicieron suyas y alzaron sobre el pavés las ideas místico-religiosas de Dostoievski. Su desprecio y odio al pueblo lo encubrían con la “doctrina” de Dostoievski, los aspectos reaccionarios de la cual fueron acomodados par la lucha contra la revolución, el materialismo y el ateísmo. Siguiendo la: huellas de Merezhkovski y Rozánov, los “vejistas” presentaban a Dostoievski como un buscador y constructor de Dios, como un defensor de la religión del amor universal y del sufrimiento. Los idealistas burgueses, teólogos y teósofos de nuestros días toman del patrimonio de Dostoievski lo más reaccionario para incorporarlo a sus sistemas filosóficos, que dan nueva vida a las doctrinas místicas del pasado.
Lenin, Gorki, Lunacharski y Olminski combatieron contra la exageración del “dostoievskismo”, de las ideas reaccionarias de la filosofía de Dostoievski, defendiendo una valoración correcta de su obra literaria. La creación artística de Dostoievski, incorporada al fondo de oro de la literatura rusa y mundial, era tenida en gran estima por V. I. Lenin, quien. según los recuerdos de V. D. Bonch-Bruévich, a la vez que “condenaba acerbamente” las tendencias reaccionarias en la obra de Dostoievski, decía de él: “Es un escritor realmente genial al analizar las dolencias de la sociedad de su tiempo; tiene muchas contradicciones y deformaciones, pero, al mismo tiempo, presenta cuadros vivos de la realidad.”99
{83} F. M. Dostoievski, Cartas, t. I, Moscú-Leningrado, 1928, pág. 50.
{84} F. M. Dostoievski, Obras, en diez tomos, t. 4, Moscú, 1956, pág. 105.
{85} Así obran, por ejemplo, K. Mochulski en Dostoievski (París, 1947), N. Berdiáev en Las concepciones de Dostoievski (Praga, 1923), V. Zenkovski en Historia de la filosofía rusa (París, 1918) y otros.
{86} N. A. Dobroliúbov, Obras, en tres tomos, t. 3, Moscú, 1952, pág. 472.
{87} F. M. Dostoievski, Obras, en diez tomos, t. 5, Moscú, 1957, pág. 453.
{88} F. M. Dostoievski, Cartas, t. I, pág. 142.
{89} Ibídem, t. II, Moscú-Leningrado, 1930, pág. 263.
{90} F. M. Dostoievski, Materiales y estudios, bajo la dirección de A. S. Dolinin. Archivo literario, Leningrado, 1935, pág. 163.
{91} La posición negativa de Dostoievski frente a la Iglesia Católica provoca irritados comentarios entre quienes hoy día la defienden. El teólogo católico B. Schultze escribe: “El cuadro de la verdadera Iglesia de Cristo y del vicario de Cristo en la tierra aparece en las novelas y obras político-sociales de Dostoievski terriblemente adulterado y espantosamente deformado. Lo que aquí se ofrece no es una visión divina y celestial, ni tampoco un cuadro humano y terreno; es una visión diabólica. ¡Ay de quien tome de esta fuente su conocimiento de la naturaleza de la Iglesia de Cristo! En este sentido de las obras de Dostoievski emana una fatal “influencia incurable”. (B. Schultze, Russische Denker, Viena, 1950, pág. 194.) Los oscurantistas contemporáneos, que alzan sobre el pavés las ideas místico-religiosas de Dostoievski, no pueden perdonar al gran escritor sus manifestaciones impías, sus ataques contra el jesuitismo, el papado, etc.
{92} Cuadernos de apuntes de F. M. Dostoievski, Moscú-Leningrado, 1935, pág. 208.
{93} Ibídem, pág. 92.
{94} F. M. Dostoievski, Materiales y estudios, págs. 162-163.
{95} F. M. Dostoievski, Materiales y estudios, págs. 156-157.
{96} Ibídem, pág. 157.
{97} Cuadernos de apuntes de F. M. Dostoievski, pág. 39.
{98} F. M. Dostoievski, Obras completas, t. 10, San Petersburgo, 1883, pág. 64.
{99} V. D. Bonch-Bruévich, Lenin acerca de libros y escritores. Literatúrnaia gazeta (La Gaceta Literaria) del 21 de abril de 1955.